Pasó la navaja por la piedra. Últimamente, tenía la sensación de que perdía el filo con suma celeridad. Por ello, volvió a deslizarla, tantas veces como creyó necesarias hasta que obtuvo el resultado esperado. Luego la llevó hasta la cinta de cuero, repitiendo los movimientos pausados y metódicos. Limpió la hoja en la suave toalla de lana blanca y después levantó el brazo, observándola al trasluz.
—Perfecta…
—¿Cómo dice?
Se había olvidado de su cliente. A veces le sucedía. Se concentraba tanto en la vibración de la hoja en sus manos que cuanto lo rodeaba perdía interés.
Se volvió hacia el hombre que había en el sillón, quien, de espaldas, lo contemplaba a través del pequeño espejo.
—Nada importante —le restó gravedad al asunto, agitando la mano vacía en el aire.
Caminó hasta el sillón, le dio una palmada en el hombro y este volvió a desplegar el periódico que había estado ojeando.
—Terrible, ¿verdad? —preguntó en un tono distraído.
El barbero lo miró, intentando adivinar el hilo de sus pensamientos. Había estado largo tiempo saboreando lo que iba a hacer a continuación y no sabía si habría comentado algo a lo que no había prestado atención. No solía hacerlo. Cuantos pasaban por su salón trataban siempre los mismos temas: dinero, trabajo, mujeres… Le aburrían. ¿Qué veían de interesante en sus monótonas y lamentables vidas?
Tomó la crema de afeitar y empezó a extenderla mientras lo escuchaba divagar:
—Todos estos asesinatos y desapariciones extrañas que están sucediendo. Uno no puede estar tranquilo ya ni siquiera de camino a casa. No sé cómo las autoridades aún no han logrado cazarlo, aunque no deben estar lejos.
Aquello llamó su atención, haciéndole levantar por primera vez la vista para clavar sus ojos en los del cliente. Este, como si se percatara de que al fin le estaba prestando entera atención y le resultara extraño, se removió incómodo en el asiento.
—¿Y por qué está tan seguro? —lo cuestionó.
El hombre tragó saliva. Despacio.
Había un brillo peligroso en los iris de quien sostenía la navaja, uno que no había detectado antes; un pequeño punto de locura. Se preguntó si algo de lo que había dicho le podía haber molestado.
—Bueno, mi cuñado trabaja en el cuerpo, ¿sabe? No suele hablar de las investigaciones que se están llevando a cabo porque tiene prohibido hacerlo, pero el otro día se le escapó delante de mi hermana que iban tras una buena pista.
Ante el alzamiento de cejas del barbero, solo supo proseguir. Le incomodaba su silencio; le incomodaba lo fijo que lo miraba; le incomodaba esa inmovilidad que presentaba, como si se hubiera convertido de pronto en una estatua y ni siquiera respirara.
—Creen que debe ser un cirujano o carnicero o alguien que tenga relación y práctica en el uso de materiales de corte muy precisos.
El silencio se tornó aún más tenso. Asfixiante.
Un sudor frío resbaló por la sien del hombre, quien sintió la necesidad imperiosa de limpiarse. Aun así, no lo hizo. Se mantuvo estático, más quieto que la figura que tenía frente a sí.
Una sonrisa lenta se extendió por el rostro del barbero, al mismo tiempo que sus ojos se oscurecían.
No dijo nada.
No fue necesario.
El hombre tampoco habló.
Pocos días después, los carteles con su rostro inundaron las sucias calles de la ciudad.