El joven era alto y bien proporcionado. Sus ropas estaban hechas de plástico de buena calidad, con un dibujo semejante al “tweed”, de acuerdo con la moda que lucían los jóvenes salidos hacía pocos años de la universidad de Yale. Llevaba el cabello corto, según la moda popularizada por dicha universidad. Era casi guapo en comparación con los astros del telecine, pero en sus facciones campeaba una expresión abstraída, muy poco corriente en un joven de su edad. La cinta azul de su solapa indicaba un año de servicio como cadete espacial voluntario.
Al otro lado de la mesa de madera y cristal de Marte, Hector Almeric estaba sentado, leyendo la carta que el joven le había entregado. Al terminar su lectura, alzó la mirada.
—Vienes con excelentes recomendaciones —observó—. No hay muchos jóvenes de tu edad que puedan exhibir una carta de presentación del presidente del Primer Banco Galáctico. Asimismo, veo que mi amigo Gregory menciona que estuviste en Yale…
—Sí, señor.
—¿En qué año?
—Graduación del 15, señor.
—¿Del 15, eh? —repitió Hector Almeric—. O sea, que hace tres años saliste de allí… Yo también me gradué en Yale… en el 2085.
—Sí, señor. El señor Gregory me lo dijo.
Hector Almeric sonrió. Fue una sonrisa expansiva, la que reservaba para las fotografías que solían aparecer en los telediarios siempre que enviaba algún donativo para obras de caridad.
—Supongo que también te dijo que me complace ayudar a los ex alumnos de Yale, ¿verdad? ¿Cómo te llamas? —miró la carta.
—Michael Lance —contestó el joven antes de que su interlocutor lo viese.
—Oh, sí. Bien, ¿en qué puedo ayudarte, Michael? ¿La promesa de un empleo cuando terminen tus Cinco Años de Libertad?
—No, señor —replicó Michael Lance—. Quiero exactamente treinta minutos de su tiempo. Tengo algo que vender…, pero supongo que descubrirá se trata de algo que usted deseó toda su vida.
Hector Almeric estudió al joven con una mirada experta en valorar a los hombres, y asintió. Luego apretó el botón del televisor de su oficina, y la pantalla dejó ver una rubia voluptuosa.
—Que nadie me interrumpa durante los próximos treinta minutos, pero avíseme cuando pase este tiempo.
La joven asintió y la pantalla volvió a su fondo gris.
El financiero cogió un cigarro de la caja de su mesa y se lo colocó en la boca. Dio una chupada y dejó escapar una columna de humo. Cuando el cigarro estuvo a su gusto, concentró su atención en el joven.
—¿Qué vendes? —le preguntó.
El joven se inclinó hacia delante.
—Represento a la Corporación de Bienes Raíces Galácticos.
No hubo cambio visible, pero Hector Almeric, de pronto, se puso alerta.
—¿Bienes Raíces Galácticos? ¿Quiénes son los dueños?
El joven enrojeció.
—En realidad, yo poseo dos tercios de las acciones, aunque la transferencia final, claro está, se halla sujeta al éxito de mi gestión en los próximos dos años. El resto es propiedad del señor Gregory, que también ha accedido a financiar la corporación.
—¿Ah, sí? —Hector Almeric permaneció callado un minuto, y al final sonrió—. Me gusta ver cómo un joven con ambiciones se labra un puesto en la galaxia. Hoy día, casi todos prefieren sentarse muellemente, engordando, o se unen a los Liberales. Pero en esto tiene que haber algún truco, jovencito. La Corporación para el Desarrollo Mundial, de la que soy presidente, poseía ayer el setenta por ciento de todo el terreno utilizable en la galaxia, con una opción al otro veinte por ciento. Y el diez por ciento restante está en Plutón, donde todavía no sirve para fines prácticos. Bien, ¿cuál es tu truco?
—El truco es la palabra utilizable. Pero antes de referirme a ello, me gustaría hacer un poco de historia referente a mi idea —Michael Lance apoyó la cartera de plástico en sus rodillas y sacó unos papeles—. Sé que ya conoce los hechos que voy a presentarle, pero juzgo esencial refrescarle la memoria sobre algunos detalles que conciernen a mis proyectos.
—Tienes treinta minutos —accedió Hector Almeric. Era un hombre metódico y admiraba esta cualidad en los demás.
—Como todos sabemos —prosiguió Michael Lance—, el siglo XX fue un período de guerra continua. La mayor parte de la riqueza mundial se hallaba en manos de unas tres mil familias, que jamás llegaron a colaborar ampliamente entre sí. Existía una clase media que actuaba según dos ilusiones contradictorias. Una consistía en que ellos eran los dueños de la Tierra y la otra que cada uno tenía la oportunidad de llegar a formar parte del grupo menor que controlaba los bienes.
—De acuerdo —aprobó el interlocutor de Michael Lance—. Me gusta que un joven de Yale conozca tan bien la historia.
—Por otra parte —continuó el joven—, había un grupo mucho mayor de obreros, a veces llamados proletarios. A éstos se les permitía alimentar la ilusión de que eran iguales a los demás, y que también poseían la oportunidad de enriquecerse.
—Lo cual era cierto, en teoría —sonrió Almeric.
—Tal vez. Pero el propósito principal era mantenerlos en la inactividad. Un pequeño grupo de obreros, no obstante, cultivaba otra ilusión: la de poder derrocar a la clase media y a los ricos. Esta ilusión se veía cuidadosamente alimentada por estos últimos, ya que les servía para dos finalidades. Era una meta inalcanzable, que absorbía las energías de los obreros más rebeldes, y actuaba, mediante el temor, para que la clase media utilizase sus energías, protegiendo las riquezas de la clase superior. Era una especie de equilibrio de las masas.
Hector Almeric asintió aprobadoramente y esperó la continuación de la brillante perorata del joven.
—También existían algunas razas inferiores y grupos religiosos que, cortésmente, eran llamados minorías. Se les permitía cierta libertad de agitación en pro de la igualdad, y ocasionalmente se les concedían algunas garantías temporales. Pero tantas divisiones y subdivisiones tenían como consecuencia que la fuerza política del pueblo fuese el polvo de un cometa.
—¿El polvo de un cometa? —le interrumpió Hector Almeric.
Michael Lance se ruborizó.
—Lo siento, señor. Se trata de una frase popular hoy día en la Universidad. Significa que sus energías se hallaban completamente dispersas.
—Entiendo —afirmó Hector Almeric, tomando nota de la frase. Sus hijas le consideraban un hombre anticuado y continuamente trataba de demostrar lo contrario.
—Desde el punto de vista político —añadió el joven universitario—, quienes controlaban el dinero estaban divididos en tres grupos. A unos les llamaban fascistas, porque pregonizaban el despojo cruel de la tierra en beneficio de sus intereses particulares. Otros deseaban que todo continuase como siempre, siendo considerados como conservadores. Y un pequeño grupo invocaba una limitada generosidad hacia la clase media y los trabajadores. A éstos les denominaban liberales.
”La clase media estaba dividida entre los políticos conservadores y un liberalismo ligeramente más radical. Los trabajadores se hallaban mucho más fragmentados, con muchas subdivisiones; quienes insistían en que vivían en el mejor de los mundos, los que preconizaban un socialismo moderado, y los que pretendían una dictadura del proletariado. Conocidos como comunistas, este último grupo afirmaba que el suyo era el único socialmente posible, aunque lo que en realidad les impulsaba era el deseo de permutar su puesto con los prohombres de la riqueza.
—Supongo que ya habrás comprendido lo falso de tales teorías, ¿verdad?
—Naturalmente. Debido, sin embargo, a la rivalidad entre los individuos que controlaban la riqueza, el siglo XX estuvo en guerras constantes, que llegaron a su culminación con la Guerra Atómica en 1970. En muy escaso tiempo, un cincuenta por ciento de la población, quedó destruida y la mayor parte del mundo, incluyendo los grandes núcleos urbanos, quedó contaminado, e inhabitable. La población restante se vio obligada a llevar una existencia de carácter rural, completamente apática. Transcurrieron otros cincuenta años antes de que un hombre descubriera la manera de eliminar toda la radiactividad de la Tierra.
—Sí, mi abuelo —exclamó con orgullo Hector Almeric—, Alfred Almeric.
—Lo sé —asintió Michael Lance—. El descubrimiento de su abuelo logró restablecer las esperanzas. Se reconstruyeron las grandes ciudades y volvió a prosperar la industria. Pero esta vez se eludieron los grandes errores. En 2040, el gobierno mundial fue una realidad. Aquí el mismo año, comenzó la colonización y el desarrollo de los demás planetas. En 2060, los Estados Unidos de la Galaxia funcionaban adecuadamente bajo la égida de una Presidencia. Y el método ha continuado mejorando desde entonces.
—Lo cual, según me imagino, nos lleva ya a tu propuesta.
—Al menos, muy cerca —sonrió el joven—. En resumen, actualmente existen tres clases de individuos: los Manuales, los Intelectuales y los Inversores. Naturalmente, la riqueza de la Galaxia la poseen los Inversores, que son en número de cincuenta.
—Se permiten setenta y cinco —le recordó Hector Almeric—. Aunque debo admitir que es muy difícil que un joven llegue a ser Inversor. Sólo se agregaron dos en los últimos veinte años, mientras que diez Inversores fallecieron.
—Si éstos poseen la riqueza —asintió el joven—, es natural que también constituyan el gobierno… asegurándose así de la plena protección de sus inversiones.
—No sólo esto —le interrumpió Hector Almeric—. También existe el factor de que somos los únicos capacitados para dirigir el mundo de manera práctica y sobre una base industrial. Deberías leer el libro de mi padre: La Seguridad de la Élite Práctica. Creo que su lectura es obligatoria en Yale.
—Un libro maravilloso —reconoció Michael Lance—. Y también he leído su estudio, La inmortalidad de la Élite.
Hector Almeric hizo un gesto de modestia con el cigarro.
—Los Inversores —continuó el joven—, automáticamente formaron la Junta de Directores de los Estados Unidos Galácticos. Usted es el Presidente actual. Como sólo pueden existir setenta y cinco Inversores a la vez, la colaboración es mucho más fácil que en otros tiempos. Cada Inversor posee su propio monopolio, por lo que no existe la competencia, y se considera que la Galaxia no es más que una extensión del negocio personal.
—Creo que se ha demostrado la eficacia de este método —corroboró Almeric—. Desde que se emplea este sistema no ha habido ni una sola guerra.
—Cierto. Ustedes, por otra parte, también son conscientes de las dificultades del sistema antiguo, por lo que su poder no puede ser heredado por los hijos, aunque sí una cuarta parte únicamente de los bienes. Los nuevos Inversores sólo pueden ser hijos de Inversores o de Intelectuales, capaces de producir un nuevo invento o descubrir nuevos campos de explotación durante sus Cinco Años de Libertad entre la fecha en que salen de la Universidad y aquella en que empieza su servicio. En caso contrario, se convierten en empleados de las oficinas o laboratorios, quedando clasificados como Intelectuales.
Hector Almeric dejó caer su cigarro en un cenicero desmaterializador de su mesa y contempló cómo se disolvía.
—Supongo que el nombre de tu compañía indica que estás postulando el puesto de Inversor por el segundo método.
—No es eso exactamente, señor. Pero continuando con los Manuales, éstos constituyen… —echó una ojeada a uno de los documentos de su cartera—, un noventa y siete coma seis por ciento de la población. Tienen asignado un trabajo, como los Intelectuales, pero en vez de sueldos se les proporciona todo lo necesario, a fin de que sigan trabajando. Si no pueden ya realizar ninguna labor, o no trabajan con entusiasmo, son transferidos a los Departamentos de la Caridad, tras haber sido esterilizados. Ese último método ha hecho maravillas para elevar la eficiencia laboral.
—Supongo que habrás leído mi monografía Los aspectos políticos del sexo, ¿verdad?
El joven asintió.
—Varias veces. Un trabajo muy brillante. Como podrían surgir peligros por causa del rígido sistema de clases, los hijos de Manuales pueden llegar a ser Intelectuales si muestran genio o una gran habilidad en las pruebas destinadas a tal fin, al concluir su sexto curso escolar. Si aprueban, siguen en el colegio en lugar de ir a trabajar.
—Y no olvides que los Inversores pagamos todos los gastos —le recordó Almeric.
—Claro está. Creo que todo esto sintetiza los aspectos más sobresalientes de nuestra civilización… excepto los Liberales.
—Ah, sí, los Liberales —se burló Hector Almeric.
—Todos los períodos han conocido personas insatisfechas con los sistemas que rigen durante su vida. En el siglo XX, los únicos que poseían cierta fuerza eran los socialistas y los comunistas. Estos grupos quedaron completamente eliminados por su abuelo y sus contemporáneos. Pero los Liberales de la vieja época constituían un grupo débil, opuesto a la violencia, incapaz de unirse en la acción, por lo que se les permitía medrar. Lo cual fue un error.
—Sí —admitió Almeric—. Mi abuelo, sin embargo, pensó que existía un buen motivo para dejarlos vivir. Muchos eran científicos, profesores y sabios cuya colaboración se necesitaba.
—Fue una apreciación limitada —objetó Michael Lance—. Aunque entonces eran inofensivos, esto ya no es cierto. En los últimos diez años, los Liberales han formado un poderoso movimiento subterráneo, unificado bajo un solo caudillo. Creen en las responsabilidades sociales de los científicos y los demás Intelectuales, en la distribución de la riqueza, en una participación idéntica de todos, en la jefatura para las masas, más que de las masas, y en la radical eliminación de todos los Inversores.
—Por lo que veo, has realizado un estudio detallado de los Liberales —observó Hector Almeric. Su mano estaba cerca de un botón de su mesa—. ¿Por qué?
—Desde los dieciséis años —explicó Michael Lance— sé que iba a convertirme en Inversor. Cada minuto de mi tiempo lo dediqué a este objeto, ya que estaba resuelto a no cometer los mismos errores de mi padre.
—¿Tu padre?
—Mi padre es Alvin Harlow Lance. Estuvo con usted en Yale. Se interesó en las tareas intelectuales y fue campeón de ajedrez en tres dimensiones. También se interesó por las actividades sociales.
—¡Alvin Harlow Lance! —exclamó Almeric—. Lo recuerdo. Era el joven más popular de la Universidad.
—Exactamente —sonrió el joven—. Como resultado de esto, aunque descubrió la Quinta y Sexta propiedades del radio, no lo consiguió del todo hasta transcurrido su quinto año de libertad, por lo que sus patentes pasaron a propiedad de la Junta de Inversores. En consecuencia, sigue siendo todavía un Intelectual, empleado en los laboratorios Henderson. Yo no cometí tal equivocación.
—Entiendo. ¿Pero qué tienen que ver con esto los liberales?
—Decidí convertirme en Inversor…, y continuar siéndolo. La única amenaza para los Inversores reside en los Liberales. Mientras existan, constituirán una amenaza para la Junta. Con toda la riqueza y el poder en manos de menos de setenta y cinco personas, sin ningún grupo intermedio como la clase media de la antigüedad, una revolución alcanzaría el éxito con sólo eliminar a éste reducido grupo de personas.
—Nos hallamos bien protegidos.
—¿Pero es adecuada la protección? ¿Qué puede impedir, por ejemplo, que un Liberal se convierta en Inversor, y golpee desde dentro?
Hector Almeric sonrió con tolerancia.
—Querido muchacho, todavía tienes mucho que saber. Si un Liberal consiguiese convertirse en Inversor, puedes tener por seguro que dejaría de ser Liberal. Sólo aquellos que no poseen fortuna desean el reparto mundial.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—No es posible modificar la naturaleza humana —afirmó Almeric—. Cuando seas tan viejo como yo, lo entenderás mejor.
—Tal vez —pensó el joven—. Pero los Liberales saben que pueden vencer, con sólo ir destruyendo a los Inversores. El año pasado, fueron asesinados dos de ellos. Éste, pueden ser asesinados todos. Incluso la incertidumbre de dónde y cuándo atacarán es una de sus armas.
—Tal vez te interese saber —sonrió Almeric— que ayer almorcé con los directores del Control Político, el Departamento Federal de Investigación y la Eliminación de la Herejía. Están llevando a cabo una magnífica labor.
—Estoy seguro de ello, señor. Pero creo que existe un límite para la propaganda, la incesante vigilancia de cada ciudadano, y la ejecución de quienes se resistan en reaccionar debidamente a la propaganda. ¿Saben ya cómo desembarazar la galaxia de Liberales?
—Aún no —Almeric, frunció el ceño—. Saben, eso sí, que el jefe actual aceptó el mando de manos del viejo Anderson, hace un año, antes de morir este por resistirse al arresto. Saben que se trata de un científico. Creen que se opone al asesinato, pero ignora la alternativa que ha planteado el Consejo Liberal. También conocen la señal para ser reconocido por cualquier Liberal. Esto nos ayudará mucho.
—¿La señal?
—Sí, empujando un mechón de cabello hacia la frente. Creo que se trata de una supuesta referencia a los tiempos antiguos, en que los esclavos y siervos llevaban tales mechones para indicar su condición.
—Parece más romántico que práctico —observó Lance, serio.
—Exacto. Éste es uno de los motivos por los que jamás vencerán.
—Sin embargo —replicó Lance—, se trata de una competición entre el intento de matar a varios miles de hombres que operan en la sombra y el de asesinar a cincuenta que son plenamente accesibles.
Michael Lance hizo una pausa y levantó la mirada.
—Yo puedo acortar el período de incertidumbre a dos meses y garantizar la victoria final.
—¿Cómo?
—¿Cuál es la situación exacta? —preguntó Michael Lance, ignorando la pregunta del otro—. Los Liberales son fuertes, la mayoría de ellos desconocidos, a pesar de que varios policías se ocupan de ellos desde hace años. Han asesinado a dos Inversores y planean matarlos a todos. No hay ningún lugar de la Galaxia al que los Inversores puedan huir. Marte y Venus, los únicos planetas habitables, tienen colonias, y por tanto, también allí habrá liberales.
Almeric asintió.
—Además del miedo a morir asesinado —continuó Lance—, un Inversor no puede vivir cómodamente en ningún sitio de la Galaxia. Ninguno de ellos le permite protegerse de los gases de los cohetes que constantemente envenenan el aire; ni apartarse de las razas inferiores, pese a los distritos y zona reservadas; ni descansar tranquilamente, libre de temores, de la contaminación y de la gente desagradable. ¿Es éste el precio de la superioridad?
—¿Tienes una solución a esto?
—Sí.
—En tal caso —observó dubitativamente Hector Almeric—, no hay duda de que llegarás a ser el Inversor cincuenta y uno. Pero los mejores cerebros se han ocupado de esto y han fracasado. ¿Cuál es tu plan?
—¿Conoces los planetas menores, Ceres y Vesta?
Almeric afirmó con el gesto.
—Situados entre las órbitas de Marte y Júpiter. Creo que Ceres es ligeramente menor de las quinientas millas de diámetro, en tanto que Vesta sólo tiene algo más doscientas millas.
—Exactamente —asintió Lance—. La Corporación de Bienes Raíces Galácticos posee ambos planetoides. Yo presenté una reclamación sobre ellos el año pasado y como no hubo ninguna otra demanda, ayer me fueron automáticamente transferidos.
—¿Pero por qué? —Almeric volvió a fruncir el ceño—. Nosotros los vigilamos hace unos años. No hay minerales ni nada valioso en ellos. Aunque la atmósfera y el clima son magníficos, no pueden ser habitados por otras razones. Ceres, según creo recordar, tiene una gravedad sólo un tercio de la Tierra. Un hombre tendría que llevar siempre gravitatorias para permanecer pegado al suelo.
Michael Lance sonrió, en tanto presionaba los lados de su anillo, consultando la hora. Se puso de pie.
—Veintinueve minutos y cuarenta y un segundos. Señor Almeric, la respuesta a todos los problemas de los Inversores reside en el planetoide Ceres. ¿Le molestaría hacer mañana, junto con los demás Inversores, una gira de inspección?
Hector Almeric volvió a mirar la carta que estaba sobre la mesa.
—No tengo noticia de que Dwight Gregory haya actuado impulsivamente en los últimos treinta años, y por lo visto opina que usted sabe algo —por fin se decidió—. Iremos.
—Gracias, señor —cuando Michael Lance estrechó la mano a su interlocutor, le sonrió—. Saldremos mañana, a las diez… en el crucero espacial del señor Gregory.
La resplandeciente nave fue cayendo con suavidad por entre unas cuantas nubes, brillando con luz propia, y los cohetes de retropropulsión la posaron mansamente en el suelo. La escotilla se abrió y Michael Lance saltó a tierra. Le siguieron otros cincuenta individuos, que descendieron con mayor lentitud. Fue Hector Almeric quien habló en primer lugar.
—No lo entiendo —dijo, balanceándose ya sobre un pie, ya sobre el otro—. Nuestros ingenieros informaron que la gravedad de Ceres era apenas un tercio de la de la Tierra. Ninguno de nosotros lleva botas de gravedad, y sin embargo, siento el mismo peso que en la Tierra.
—Sus ingenieros estaban en lo cierto —replicó Michael Lance—, ya cuando estudiaba en la universidad, inventé lo que llamo Impulso Neogravitatorio Lance. Puedo lograr cualquier cambio deseado en la gravedad.
—¡Mientras estudiabas en la universidad! —se maravilló Almeric—. ¿Por qué no pediste inmediatamente la patente? Habrías sido Inversor desde hace tres años.
—Lo sé —admitió el joven—, pero, pese a todos mis inventos, no habría podido ganar más de tres millones en estos tres años. Yo esperaba algo mejor.
—Creo que ayer mostraste cierta tendencia a la ambición —reconoció Almeric, con sequedad. Él y sus compañeros intercambiaron una mirada.
Los cincuenta hombres se agruparon en torno a Michael Lance. Con dos excepciones, se trataba de individuos, de mediana edad, o más viejos. Sus rostros reflejaban la seguridad de un dominio prolongado. Los años de buena alimentación habían añadido cierta rotundidad a sus figuras, que exhibían como el emblema de su categoría. Dos eran más jóvenes, pero también iban adquiriendo el perímetro deseado entre los de su clase. El grupo reunía el dinero y el poder de toda la galaxia, de un millón de sistemas planetarios.
—Caballeros —comenzó Michael Lance—, van a ser hoy testigos del resultado de algunos inventos completamente nuevos para ustedes…, exceptuando al señor Dwight Gregory. Han sido concebidos durante los últimos seis años, pero ninguno fue patentado hasta hace unos días. Lo organicé todo cuidadosamente para que los informes de la oficina de patentes no llegasen a sus despachos hasta hoy.
—Muy dramático —se burló uno de los Inversores.
—Desde luego —admitió Michael Lance—. Antes de seguir adelante, debo llamar su atención sobre algo añadido a la nave del señor Gregory. Tal vez les habrá pasado por alto.
Todos miraron a la nave, viendo por primera vez una espiral metálica en torno a la punta, que se extendía hasta alcanzar un diámetro mayor que el de la nave.
—Ésta es la Espiral de Energía Lance —explicó el joven—. Algunos habrán observado el aspecto de las nubes de Ceres durante el descenso.
—Yo sí —afirmó uno de los reunidos. Era Fociades, el jefe del monopolio del Uranio—. Parecen estar recargadas. ¿Es ésta una zona de tormentas eléctricas?
Lance meneó la cabeza.
—Hay un cinturón de energía en torno a todo el planetoide. Nada, caballeros, puede penetrar este cinturón sin una llave apropiada. Y la Espiral de Energía Lance es la única llave que existe.
—¿Y las bombas atómicas? —preguntó uno.
—Explotarían inofensivamente en la atmósfera superior, sin tocar el cinturón —explicó Lance—. Si gustan, al marcharse, podrán hacer la prueba. Y ahora, miren en torno suyo, caballeros.
Los cincuenta Inversores miraron. En tanto alcanzaba la vista, se veían grandes cuadros de verdor, recortados como césped. A su izquierda se alzaba una residencia, de las proporciones de un palacio, cuyas formas eran algo borrosas. Su blancura era casi translúcida, por lo que en sus paredes aparecían como vibraciones luminosas.
—¡Vaya casa! —exclamó uno de los Inversores. Era Dubois, el propietario del monopolio de la Construcción—. Jamás he visto un material de construcción como éste. ¿Qué es?
—Energía solidificada —repuso Michael Lance—. Otro invento mío. Representa un aprovisionamiento interminable de material, a un coste mínimo, puesto que sólo hay que extraerlo del espacio, a la vez que un sistema más rápido de edificar. Esta residencia de cincuenta habitaciones se construyó en menos de una semana, y es posible levantar varias al mismo tiempo.
—¿Y su perdurabilidad? —preguntó Dubois.
—Esta casa todavía no está terminada. Si se dejase en el estado actual, se desvanecería en unos dos meses. Pero tan pronto como la riegue con una solución hidrotérmica, durará eternamente. Y ahora… otro aspecto de la casa, que hará las delicias de sus esposas…
Michael Lance extrajo una cajita metálica de su bolsillo y giró un pulsador. Por un momento no ocurrió nada, pero después los muros de la casa se transparentaron, quedando a la vista los muebles y todo el interior. Todos divisaron unas cuantas figuras que se movían por las habitaciones.
—No creo que esto les agrade a nuestras esposas —opinó uno de los Inversores con una mueca—. ¿Y si ocurre mientras se están bañando?
—Este reajuste no se añade normalmente a las casas —le calmó Lance—, pero estos otros, sí. Observen.
El interior de la casa volvió a hacerse invisible, al tiempo que sus paredes adquirían un tinte verde. Luego, apareció otro color, y la casa fue cambiando con todos los tonos del espectro.
—Basta con, apretar el botón —explicó Michael Lance— y cambia la longitud de las ondas de la luz, poniendo en la casa el color deseado. Como los muebles contienen el mismo proceso electromagnético, pueden cambiar de color al mismo tiempo que la casa.
—¿Y usted lo controla con esto? —preguntó Almeric, indicando la cajita de metal que sostenía Lance.
—No, señor. No sirve más que para dar una orden a distancia a los criados de la casa. Vengan, quiero que los conozcan.
Todos penetraron en un jardín de flores polícromas, dirigiéndose a la puerta principal de la vivienda. Estaba ya abierta, dejando ver una figura alta y bronceada.
—Buenos días, caballeros —les saludó la figura con su metálica voz—. Bien venidos a la residencia Lance.
—¡Un robot! —exclamó uno de los Inversores—. ¡Un criado robot!
—Exacto —asintió Michael Lance. Y mientras los demás se agrupaban en torno al robot para examinarlo, continuó—: Por supuesto, hace ya unos cincuenta años que poseemos robots capaces de manejar ciertas máquinas. Pero estos robots, caballeros, son capaces de realizar todas las acciones físicas de los hombres. Se duplican a sí mismos en una pequeña factoría situada al otro lado del planetoide. Son excelentes cocineros, maravillosos jardineros, y más eficaces que cualquier doncella o ayuda de cámara humano. Asimismo, obedecen a las órdenes habladas… sin refunfuñar.
—Joven —le interrumpió Raymond Renault, el más anciano de los Inversores—, admito que me queden pocos años de vida. Si usted continúa como ha empezado, el resto de los Inversores se empobrecerá pagándole a usted derechos de patente.
—No lo creo —sonrió Lance—. Más tarde ya tendrán ocasión de ver lo que los robots son capaces de ejecutar en lo referente al servicio personal. Pero ahora me gustaría enseñarles otras características de la casa. Por aquí, por favor.
Los cincuenta hombres le siguieron obedientemente hacia un amplio salón. Lance se dirigió a un muro y presionó un botón disimulado. Una amplia sección de la pared se desvaneció, dejando al descubierto lo que parecía ser el interior de una gran caja de caudales.
—Ceres es capaz de bastarse a sí mismo —les explicó Michael Lance a los reunidos—. Al otro lado del planetoide hay jardines y corrales de cuyos huéspedes se cuidan los robots. También disponemos de un equipo para la fabricación de telas y prendas personales. Pero existe un método para transportar materiales de la Tierra, Venus o Marte.
—¿Otro invento? —inquirió Almeric.
—Lo he llamado Transferencia Espacial —afirmó Lance—. Gracias a esto es posible enviar cualquier objeto inanimado a través del espacio en una transmisión instantánea. Con la ayuda de uno de los empleados del señor Gregory en la Tierra, les haré una demostración.
Presionó otro botón, y una luz rojiza brilló sobre el muro. Un momento más tarde, se materializó una cuartilla de papel. Al cogerla Lance, los demás pudieron divisar una sola línea mecanografiada.
—“Lo que Dios ha creado” —leyó uno de ellos en voz alta—. ¿Qué necedad es ésta?
—Es una idea mía —explicó Lance—. Cuando los antiguos inventaron lo que llamaban telégrafo, fue éste el primer mensaje que enviaron. Me pareció oportuno que fuese también el primer mensaje lanzado por Transferencia Espacial. Ahora probaremos algo más.
De nuevo apretó el botón y otra vez resplandeció la luz roja. En la pared se produjo como un temblor lumínico. Las líneas se fueron solidificando y apareció un jamón.
—Buen planeta, jovencito —aprobó Almeric—. ¿De modo que ha mantenido todo este tiempo en secreto tales inventos?
—Estaba en mi derecho —le recordó Lance con firmeza—. Cláusula Segunda, Párrafo Tercero del Contrato Inversores-Intelectuales, que reemplaza a la vieja Constitución: “Todo invento realizado durante el Período Universitario, o los Cinco Años de Libertad, podrá utilizarse con provecho para su inventor”. Y a mí todavía me quedan dos años de libertad.
—También abogado espacial —rió Almeric.
—Bien —prosiguió Lance—, la existencia de Transferencia Espacial significa algo más que la posibilidad de obtener productos de los otros planetas. Implica también que un hombre podría vivir aquí y ocuparse de todos sus negocios, firmar y devolver los documentos a cualquier lugar de la galaxia, sin necesidad de abandonar Ceres.
—Lo cual podría ser peligroso… para los Inversores —refunfuñó Renault—. Necesitamos estar en contacto con el mundo exterior. Los Liberales se aprovecharían de…
—Por el contrario, su contacto sería aún mayor —replicó Lance—. Se lo demostraré.
Se dirigió al muro opuesto. Apretó un botón y toda la pared se convirtió en una enorme pantalla.
—¿Otra de sus ideas? —preguntó Almeric con sequedad.
—No es un invento, exactamente —confesó el joven—. Me he limitado a realizar ciertas mejoras en el televisor actual. Me gustaría, empero, enseñarles una ventaja especial. La colaboración del señor Gregory hará que esto sea posible.
La pantalla resplandeció y todos se encontraron contemplando una escena del Primer Banco Galáctico de la Tierra. Lance la controló con una sencilla palanca, y todos pudieron observar perfectamente un primer plano de cifras que estaban siendo trazadas en un libro de cuentas, vieron cómo el cajero contaba el dinero, y luego a un botones comiéndose su ilimitado almuerzo en el sótano. Hubo unas risitas cuando vieron cómo un joven contable pellizcaba la nalga de una secretaria, al pasar.
—La instalación de pequeños ojos electrónicos —continuó diciendo Lance— les capacitará para ver todo lo que sea posible observar dentro del radio visual, proporcionando de esta manera un método mucho mejor de investigación que el que ahora poseen. En realidad, se trata de un perfecto sistema de espionaje. Esta pantalla puede, asimismo, ser dividida, permitiendo observar hasta a cien personas a la vez.
Apretó el botón y reapareció la pared.
—La misma pantalla actúa también entre las casas que se construyan en este planetoide o para vigilar cualquier parte de los alrededores. ¿Debo continuar, caballeros?
Durante la hora siguiente, los Inversores fueron acompañados a todas las estancias de la casa, hallando perfeccionamientos por todas partes. Los dormitorios podían ser oscurecidos a cualquier hora, simulando la luz del techo una noche estrellada; la biblioteca contenía una pantalla de lectura del último modelo; una melodía celestial surgía de las paredes del cuarto de música; la piscina contenía gotas de energía, lo cual la transformaba en una fuente de eterna juventud. Habían terminado de inspeccionar el cuarto de juegos, cuando apareció uno de los robots.
—El almuerzo está servido, caballeros —anunció en voz baja.
Los cincuenta Inversores estaban acostumbrados a comer bien, pero jamás habían gustado nada tan exquisito como los manjares que les sirvieron los robots. Hector Almeric estaba a punto de dirigirse a la cocina para felicitar al chef, cuando recordó que se trataba también de un hombre mecánico. Volvió a sentarse con una sonrisa.
Una vez hubieron terminado, entregados ya al placer de los cigarros y licores, Michael Lance volvió a dirigirles la palabra.
—Caballeros, ya han visto todo lo que Ceres puede ofrecerles. Gracias al señor Gregory hemos podido terminar los planos de la casa, los muebles y los alrededores, de acuerdo con los archivos del Plan Ensoñación, que todos ustedes poseen. Podemos garantizarles la construcción y el equipo, así como el paisaje, de la finca que cada uno de ustedes ha deseado siempre… y terminar las cincuenta fincas antes de dos meses. Como es lógico, este planeta quedará reservado a los Inversores y a sus familias.
—¿Y las comunicaciones? —quiso saber Almeric.
—También poseemos el planetoide Vesta —repuso Lance—. Todas las naves espaciales quedarán instaladas allí, a fin de que Ceres se vea libre de los gases de escape. Habrá un Autocar Espacial, conducido por un robot, que llevará a los niños a una escuela de la Tierra. Habrá además Taxis Espaciales, Cruceros y Coches de turismo, con o sin chofer, para cada miembro de sus familias. Apretando un botón, aparecerá una nave en Ceres a los cinco minutos.
—¿Sugiere usted que nos traslademos todos aquí? —preguntó Renault.
—Nuestra proposición es ésta —puntualizó Michael Lance—: La Corporación de Bienes Raíces Galácticos les entregará la finca con la que han soñado, proporcionándoles todo el servicio. Los únicos seres humanos de Ceres, es decir, las personas autorizadas para aterrizar aquí, serán los Inversores y sus familias. Si se refugian todos en Ceres, los Liberales no podrán atacarles, y no estallará ninguna revolución. Con el elemento tiempo resuelto, el riesgo personal destruido, los Liberales podrán ser descubiertos, perseguidos y eliminados a placer.
—¿Cuánto nos costará esto? —inquirió Almeric.
—Un millón de dólares a cada uno, más mil dólares mensuales por el mantenimiento de Vesta.
—¡Cincuenta millones de dólares! —exclamó Almeric. Había respeto en su tono de voz—. De los que usted se quedará con dos tercios. Empiezo a comprender por qué un millón de dólares al año le parecía muy poco por sus inventos.
—Es bastante barato como precio para la paz, la seguridad… y la vida —objetó el joven.
El presidente del Primer Banco Galáctico se levantó, alisando con gesto automático su cabello gris.
—Caballeros, he guardado silencio hasta ahora porque poseo una parte de la Corporación de Bienes Raíces Galácticos. Pero el hecho de haber respaldado financieramente a este joven demuestra de modo claro mis sentimientos acerca de su proposición. Pero ahora deseo ante todo que consideren esta oferta. Mi principal objetivo no es el beneficio, que, al fin y al cabo, sólo es razonable. Pero anoche, caballeros, uno de mis propios criados me disparó con una pistola lanzarrayos. Un criado que fue analizado por el Servicio Psíquico hace menos de seis meses. Esto significa que los Liberales emplean a algunos Manuales y han aprendido a esquivar los sondeos psíquicos. Caballeros, Michael Lance tiene razón, nos está ofreciendo la seguridad de nuestras vidas.
Dwight Gregory volvió a sentarse y reinó el silencio, mientras los cincuenta se contemplaban entre sí. Luego, poco a poco, todas las miradas se posaron en el presidente, Hector Almeric.
—¡Por la bomba atómica! —exclamó éste—. Creo que nos has convencido, jovencito. Firmaremos.
Uno a uno, los cincuenta Inversores firmaron el contrato, junto con una transferencia bancaria de un millón de dólares. Después, regresaron a la Tierra, con el objeto de seguir dirigiendo la galaxia.
Michael Lance cumplió su palabra, y la construcción de Ceres se llevó a cabo en unas siete semanas. Durante los dos días siguientes, cincuenta cruceros familiares, y otras naves para los equipajes, aterrizaron en el pequeño planetoide. Los robots descargaron velozmente todo el equipaje y acomodaron a las familias. Y les pareció demasiado pronto, ya que se llevaron a cabo, mientras tanto, tres nuevos intentos para asesinar a otros tantos Inversores.
El primer día de su estancia en Ceres, Hector Almeric se dedicó a visitar su nueva morada. Hasta en el último detalle, era la residencia con que siempre había soñado. Los jardines eran tal como los había imaginado, magníficas flores terrestres, helechos y salvia, junto a lirios rojos de Marte y pálidas florecillas azuladas de la Luna. Se paseó por el parque y permaneció largo rato junto a la fontana cantarina que deseaba desde la edad de veinte años.
Hector Almeric tenía muchos motivos para sentirse feliz, pero no lo era. Estaba preocupado e inquieto. Se dirigió al salón de conferencias y sintonizó el televisor con la longitud de onda de Dwight Gregory. El banquero le sonrió como un colegial y saludó a Almeric.
—Lo malo que tienes, Hector —le espetó—, es que nunca aprendiste a descansar. ¿Por qué no llamas a la Tierra y le das a alguien una orden cualquiera? Esto te sentará bien. Y no vuelvas a importunarme. Estoy a punto de recibir un mensaje de mi robot…, le he puesto el nombre de Gertrudis.
La pantalla se oscureció, desapareciendo el banquero. Almeric, indolentemente, sintonizó la longitud de onda de Michael Lance y apretó la palanca. No hubo respuesta. Marcó el número de su oficina en la Tierra y la pantalla continuó en blanco.
No había ningún motivo, pero Hector Almeric volvió a sentir miedo. Cruzó la estancia y apretó el botón de Transferencia Espacial. La energía estaba muerta, sin vida. Volvió al televisor y, de nuevo, intentó llamar a Michael Lance. Al no obtener respuesta, apretó la palanca con temblorosas manos. Lanzó un respingo cuando la pantalla le mostró únicamente un paisaje plano y verde. La casa de Michael Lance se había desvanecido.
Hubo una nota indicadora en el televisor y observó cómo la luz señalaba una llamada desde la Tierra. Aliviado, giró la manivela hacia este canal. Y entonces, Michael Lance, el Inversor cincuenta y uno, apareció sonriente en la pantalla.
—Michael —jadeó Almeric—, ¿qué le ha pasado a tu casa?
—Debí olvidarme de rociarla con la capa final —Lance se encogió de hombros—. Soy muy descuidado, ¿verdad? Pero esto no les ocurrirá a las demás casas de Ceres.
—No…, no lo entiendo —tartamudeó Almeric—. Y…, y algo raro le ocurre al aparato de Transferencia Espacial. No funciona. Tampoco puedo sintonizar con mi oficina por el televisor. ¿Es que no hay fuerza?
Lance sonrió ampliamente.
—¿Ha intentado llamar a una nave?
—No.
—Pues no se moleste. Temo haberle mentido en un par de cosas, Almeric. No hay naves en Vesta. No las hubo jamás. Creo que también me olvidé de decirle que los robots fueron construidos de forma que jamás aprendiesen a fabricar una nave.
—¡Pero si hay muchas! —protestó Almeric.
—Todas están de servicio. No, temo que no tengan ningún medio para abandonar Ceres.
—Construiremos una —barbotó Almeric—. Jenkins era ingeniero espacial. Inventó la conducción galáctica.
—Dudo que encuentre los materiales apropiados en Ceres —replicó, afablemente—. Pero en realidad, esto no importa. La franja de energía en torno a Ceres no puede penetrarse por ninguno de sus lados. La combinación de penetración se cambia automáticamente cada día. Y aunque ustedes descubriesen la clave, sería ya distinta cuando hubiesen logrado fabricar una espiral.
Hector Almeric comenzó a comprender.
—¿Pero… por qué…, por qué? —preguntó, estupefacto—. ¿Por qué? ¿Crees que te convertirás en dictador de la galaxia, con todo el poder y el dinero? ¿Es eso lo que intentas?
—Todavía no sé lo que haré, Almeric. El Consejo todavía no lo ha decidido.
—¿El Consejo? —se atragantó Almeric.
Michael Lance asintió.
—Oh, sí, ésa es la otra mentira que te dije, Almeric, al afirmar que yo era el inventor de todos los adelantos de que ahora disfrutas. Aunque su empleo fue idea mía, en realidad no son más que el resultado de la colaboración de todo el Consejo. Sí, los científicos hemos llegado a tener conciencia de nuestra responsabilidad ante todos los hombres…, incluso los Inversores. Nuestra obra ya no se utilizará nunca más para explotar o matar a nadie. Por este motivo, los Inversores habéis sido trasladados a Ceres en vez de ser eliminados.
—Pero hubo varios intentos…
—Sólo para amedrentaros, Almeric, para tener la seguridad de que accederíais a instalaros en Ceres. No ha habido ningún otro asesinato desde que fui nombrado jefe temporal del Consejo de los Liberales.
—¡Tú! —exclamó Almeric, aterrado—. ¡Tú eres el científico…!
Michael Lance asintió.
—¿Pero…, pero por qué? —repitió el Inversor.
—Ya lo sabes, Almeric. Lo has sabido siempre. Pero no querías admitir que tú y los demás Inversores habéis vivido a expensas de los millones de habitantes de la galaxia —el altavoz captó la ironía de la voz—. Supongo que es natural que hayáis cerrado la mente a la idea de que podía llegar el día de la venganza. Tenía que llegar. Recuerda…, “no es posible cambiar la naturaleza humana” —hizo una pausa y continuó—: Pero tú debes de ser más feliz, Almeric. ¿Por qué no convocas una reunión de la Junta y dictas una ley para que todos los habitantes de Ceres sean felices? A fin de cuentas, tienes lo que te prometí: paz, seguridad… y la vida. Y, gracias a los robots, muchos lujos…, incluyendo las fincas que siempre anhelasteis poseer. Tú y tus descendientes, Almeric, podréis vivir y mandar en Ceres por toda la eternidad. Nadie podrá entrar… ni salir de este planeta.
Hector Almeric seguía mudo, con la cabeza abatida, ante la pantalla.
—Ésta será la última comunicación con la Tierra —añadió Michael Lance—. Ahora estamos limpiando el espacio, para que los canales del televisor y de Transferencia Espacial a Ceres sean destruidos para siempre. En beneficio de la población libre de la galaxia…, que por primera vez lo es de veras…, te deseo buena suerte, Hector Almeric.
Y antes de que su imagen se desvaneciera en la pantalla, dejándola gris de nuevo, Michael Lance se llevó una mano al cabello y se puso un mechón de éste sobre la frente.
La Revolución había terminado.