—Saldrá dentro de un minuto, Brett —dijo el señor Phillips. Se volvió a meter su reloj de ferroviario en el bolsillo del chaleco—. Lo mejor será que subas… si es que insistes en irte.
—Fue por culpa de todos esos librotes —dijo tía Haicey—. Librotes gruesos y sin dibujos. Sabía que habría problemas.
Se arrebujó el descolorido chal sobre sus delgados hombros; era una pequeña mujer, parecida a un pájaro, de brillantes y ansiosos ojos.
—No se preocupen por mí —dijo Brett—. Volveré.
—La propiedad será tuya cuando yo muera —dijo tía Haicey—, y el Señor sabe que falta poco para eso.
—¿Por qué no cambias de idea y te quedas aquí, muchacho? —preguntó el señor Phillips, mirando parpadeante al joven—. Si hablo con el Señor J. D., creo que podré encontrarte un trabajo en la fábrica.
—Tantos chicos se van de Casperton —suspiró tía Haicey—. Nunca regresan.
El señor Phillips chasqueó la lengua.
—Al principio escriben —dijo—, luego van perdiendo, gradualmente, el contacto.
—Tu gente vive aquí, Brett —se quejó tía Haicey—. ¿No has sido feliz con nosotros?
—¿Por qué los jóvenes no podéis contentaros con Casperton? —preguntó el señor Phillips—. Aquí tenéis todo lo que podáis necesitar.
—La culpa la tuvo esa Pretty-Lee —murmuró tía Haicey—. Si no fuera por esa chica…
Un tirón recorrió la línea de vagones. Brett besó la seca mejilla de tía Haicey, estrechó la mano del señor Phillips, y subió al tren. Su maleta ya estaba sobre uno de los asientos. La colocó en el portaequipaje y se sentó, volviéndose para responder a la despedida de la pareja.
Era una mañana de verano. Brett se recostó y contempló cómo pasaba el paisaje. Era un bello paisaje, pensó: mucho maíz, algo de ganado y, en la lejanía, las neblinosas colinas azules. Ahora vería lo que había al otro lado de ellas, las ciudades, las montañas y el océano. Hasta ahora, todo lo que sabía del exterior de Casperton lo había aprendido leyendo, o viendo fotografías. En lo que a él se refería, mientras había estado ordeñando vacas y cortando madera allá en Casperton, el mundo exterior no existía; pero no deseaba contentarse con leer sobre él, deseaba verlo por sí mismo.
Pretty-Lee no había ido a despedirle. Probablemente aún estaba enfadada por lo de ayer. La había encontrado en el mostrador del Club Rexall, bebiendo una gaseosa y leyendo una revista de cine con una gran foto de un rostro imposiblemente bello, del tipo que uno nunca ve en la calle, en la portada. Se había sentado en el taburete junto a ella y pedido una cosa.
—¿Por qué no lees algo bueno, en lugar de esa bazofia? —le preguntó.
—¿Algo bueno? Supongo que quieres decir algo aburrido. Y no la llames… con esa palabra. No suena correcta.
—¿Qué es lo que dice? ¿Que alguien llamada Doll Starr está harta de celebridad y desea una casita sencilla en el campo, llena de críos? Entonces, ¿por qué no se viene a Casperton?
—No lo entiendes —protestó Pretty-Lee.
Él le tomó la revista, y la hojeó.
—Mira: trata sólo de gente que da fiestas que cuestan miles de dólares, y vuelan por todo el mundo, liándose unos con otros y suicidándose o divorciándose. Es como si se leyese acerca de los marcianos.
—Me gustaría leer sobre las estrellas. No hay nada malo en eso.
—El leer esta basura te convierte en una insatisfecha. Deseas arreglarte el pelo a lo loco como ves en las fotografías, y usar vestidos raros…
Pretty-Lee rompió en dos la caña con que bebía. Se puso en pie y recogió su bolsa.
—Me agrada saber que crees que mi vestido es raro…
—Conviertes todo lo que digo en cuestión personal. Mira —le mostró un anuncio a todo color en la contraportada de la revista—. Mira esto. Aquí hay un hombre que se supone que está haciendo filetes en algún tipo de parrilla de jardín. Parece una estrella de cine; viste como si estuviera a punto de casarse; no hay ni una arruga por parte alguna. No hay una sola mancha en su delantal. Ni siquiera hay una mancha de grasa en la parrilla. El césped es tan liso como una mesa de billar. Aquí está su hijo; se ve igual que su papi, sólo que sin canas en las sienes. ¿Viste alguna vez un hombre así de guapo, o un cabello que tan sólo fuera plateado sobre las orejas y absolutamente negro en el resto? La hija parece una actriz cinematográfica, igual que su mami, excepto que ésta tiene un mechón gris en la frente, para hacer juego con su marido. Ya puedes ver el coche en que viajan; deben de acabar de cepillar las gomas de los neumáticos: ni siquiera están polvorientos. No hay ni una piedra fuera de lugar; todas las flores están en plena lozanía, no hay ninguna mustia. No hay hojas caídas sobre el sendero, ni se ven ramas muertas en los árboles. La casa al fondo parece un palacio, y el hombre con el rastrillo, que mira por sobre la verja, parece gemelo del otro, y está rastrillando hojas con su traje nuevo…
Pretty-Lee le arrancó la revista.
—Pereces odiar todo lo que es más bonito que esta sucia ciudad…
—No creo que sea más bonito. Tú me gustas, y tu cabello no está siempre perfectamente arreglado, y llevas un cosido en el vestido, y reaccionas como una persona, hueles como una persona…
—¡Oh! —Pretty-Lee giró y salió a escape del Club.
Brett se movió inquieto en el polvoriento tapizado y miró a su alrededor. Había poca gente en el vagón: un viejo estaba leyendo un diario; dos viejas cuchicheaban. También estaba una señora de unos treinta años con un niño con pinta de maleducado; y algunos más. No se parecían a la gente de los anuncios, ni mucho menos. Trató de imaginárselos haciendo las cosas que uno leía en los diarios: las viejas poniendo veneno en el té de alguien; el viejo dando órdenes para empezar una guerra. Pensó en niños dentro de las casas de las ciudades, y en aeroplanos volando por encima, y en bombas cayendo: grandes bombas de alto poder explosivo. ¡Buum! Los edificios se desploman, vuelan por el aire trozos de piedra y cristal. Los niños saltan con el resto…
Pero la clase de gente que conocía no era capaz de hacer nada así. Les gustaba holgar y comer y hablar y beber cerveza y comprar un nuevo tractor o frigorífico e ir a pescar. Y, si en alguna ocasión se enfurecían y golpeaban a alguien, luego se sentían avergonzados, y deseaban darle la mano…
El tren frenó, y se detuvo a sacudidas. A través de la ventanilla vio un edificio con aspecto de cartón piedra en el que un cartel decía APEADERO DE BAXTER. Sobre un tablero de anuncios se veían algunos carteles descoloridos. Un viejo estaba sentado en un banco, esperando. Las dos viejas bajaron y un chico con pantalones vaqueros subió. El tren se puso en marcha. Brett plegó su chaqueta, se la puso bajo la cabeza, y trató de dormir…
Se despertó, bostezó, y se irguió en el asiento. El tren se estaba deteniendo. Recordó que no se podían usar los lavabos mientras el tren estaba parado. Se alzó, y fue al extremo del vagón. La puerta estaba atrancada. La logró abrir, y entró y la cerró tras de sí. El tren iba ahora más lentamente, clac-clac… clac-clac… clac… clac… clac.
Se lavó las manos, y luego tiró de la puerta. Estaba atrancada. Tiró más fuerte. La manija era demasiado pequeña, era difícil hacer fuerza con ella. El tren se detuvo. Brett se apoyó contra la pared y empujó con todas sus fuerzas la puerta. No se movió.
Miró por la sucia ventanilla. El sol estaba descendiendo. Se imaginó que debían de ser las tres y media. No podía ver mas que campos de secano.
Afuera, en el corredor, se oyeron pasos. Pensó en gritar, pero no lo hizo. Sería demasiado embarazoso el aporrear la puerta y gritar: «Sáqueme de aquí, estoy atrapado en el lavabo».
Trató de moverla dándole golpes secos. Ni se movió. Alguien estaba arrastrando algo pesado junto a la puerta. Sacas de correspondencia, quizá. Lo mejor sería gritar. Pero, maldita sea, no podía ser tan difícil abrir aquella puerta. Estudió el cierre. Todo lo que tenía que hacer era girar la manecilla. La asió con fuerza y giró. Nada.
Oyó como la saca de correspondencia sonaba bump-bump, y luego otra. Al infierno con la vergüenza; gritaría. Esperaría hasta oír pasar a alguien de nuevo junto a la puerta, y entonces haría ruido.
Esperó. No se oía nada. De todas maneras, golpeó la puerta. No hubo respuesta. Quizá no quedara nadie en el vagón. Dentro de un minuto, el tren se pondría de nuevo en marcha, y quedaría atrapado hasta la siguiente estación. Golpeó violentamente la puerta.
—¡Hey! ¡La puerta está agarrotada!
Sonaba tonto. Escuchó. Todo estaba muy silencioso. Golpeó de nuevo. El vagón chirrió. Pegó la oreja a la puerta. No podía oír nada. Volvió a la ventanilla. No había nadie a la vista. Apretó la mejilla contra la misma, y miró a lo largo del vagón. Tan sólo vio campos de secano.
Se volvió y le dio una buena patada a la puerta. Si la estropeaba, lo sentía; pero el ferrocarril no debería tener cierres defectuosos en sus puertas. Si trataban de hacérsela pagar, les contestaría que se dieran por satisfechos de que no los demandase…
Se apalancó contra la pared opuesta, echó la pierna atrás, y le dio una fuerte patada al cierre. Algo se rompió. Abrió la puerta.
Estaba mirando a través de la puerta abierta y de la ventana de enfrente. No había andén alguno, sólo los mismos campos secos que podía ver en el otro lado. Salió y se dirigió a su asiento. El vagón estaba ahora vacío.
Miró por la ventanilla. ¿Por qué se había detenido el tren allí? Quizá tenían problemas con la máquina. Llevaban ya allí diez minutos o así. Se puso en pie y fue hasta la puerta, bajando al escalón metálico. Inclinándose hacia afuera, podía ver como el tren se extendía hacia delante: un vagón, dos…
No había máquina.
Quizá se hubiera equivocado de dirección. Miró en el otro sentido. Se veían tres vagones, pero tampoco había máquina alguna. Debía estar en una vía muerta…
Se introdujo de nuevo en el vagón, y fue hasta el siguiente. Estaba vacío. Lo atravesó, y pasó al otro. También vacío. Cruzó los dos vagones y el suyo, prosiguiendo hasta el otro extremo del tren. Todos los vagones estaban vacíos. Salió a la plataforma del extremo del tren y miró los raíles. Corrían rectos, a través de los campos secos, hasta perderse en el horizonte. Bajó a tierra, y caminó sobre la grava hasta el otro extremo del tren, la parte delantera, pisando los extremos de las traviesas de madera. El enganche estaba abierto. El alto y polvoriento vagón permanecía quieto sobre sus ruedas, esperando. Delante de él, las vías seguían…
Hasta terminarse.
Caminó a lo largo de las traviesas, siguiendo los carriles de hierro, brillantes en la parte superior y marrones por el óxido en los lados. Se acababan a unos treinta metros del tren. La grava continuaba otros cinco metros y luego desaparecía. Más allá, se cerraban los campos. Miró al sol, estaba ahora más bajo hacia el oeste, con su luz amarilleando y convirtiéndose en vespertina. Se volvió y miró de nuevo al tren. Los vagones se alzaban altos, vacíos, silenciosos. Volvió atrás, subió, tomó su bolso de viaje del maletero y se puso la chaqueta. Saltó a la grava, siguió las vías hasta donde se terminaban, dudó un momento, y luego se metió entre los tallos, que le llegaban a las rodillas. Hacia el este, a través de los campos, podía ver algo parecido a una mancha en el horizonte.
Caminó hasta el anochecer y entonces se hizo un nido entre los tallos muertos y se echó a dormir.
Estaba tendido sobre su espalda, mirando a las rosáceas nubes matutinas. A su alrededor, los tallos secos crujían movidos por una suave brisa. Notó el suelo terroso bajo sus dedos. Se sentó, tendió la mano y partió un tallo. Se desmenuzó en pedacitos frágiles. Se preguntó qué sería. No se parecía a ningún vegetal que hubiera visto antes.
Se alzó, mirando a su alrededor. El campo seguía y seguía, totalmente llano. Un saltamontes vino chirriando hacia él, cayendo al suelo entre sus pies. Lo recogió. Las largas patas articuladas se asían inútilmente a sus dedos. Lanzó al insecto por el aire. Revoloteó alejándose. Hacia el este, se veía con más claridad la mancha: ahora parecía ser una pared gris, muy a lo lejos. ¿Una ciudad? Recogió su bolsa, y comenzó a caminar.
Estaba empezando a sentir hambre. No había comido desde la mañana anterior. También sentía sed. La ciudad no podía estar a más de tres horas de camino. Siguió campo a través, con las plantas secas chasqueando bajo sus pies, mientras se alzaban nubecillas de polvo del suelo seco. Pensó en los carriles, corriendo a través de los campos vacíos, terminando…
Había escuchado gruñir a la locomotora a la cabeza del tren mientras éste se detenía. Y se habían escuchado pasos por el corredor. ¿Dónde habían ido todos?
Pensó en el tren, en Casperton, Tía Haicey, el señor Phillips. Parecían muy lejanos, un recuerdo de hacía mucho. Allá en lo alto, el sol brillaba cálido. Eso era real. El resto no parecía tener importancia. Delante de él había una ciudad. Caminaría hasta llegar a ella. Trató de pensar en otras cosas: televisión, multitudes, dinero: los sucios billetes y desgastadas monedas…
Tan sólo el sol y la polvorienta llanura y las plantas muertas eran reales ahora. Podía verlos, notarlos. Y la bolsa. Pesaba; se la cambió de mano, siguió caminando.
Había algo de color en el suelo, frente a él, un pequeño objeto brillante que surgía del suelo. Dejó caer la bolsa, se arrodilló sobre una pierna, escarbó en el suelo seco y sacó una taza de té en loza, a la que faltaba el asa. La tierra pegada a ella saltó bajo la uña, dejando la superficie limpia. Miró al fondo de la taza; no llevaba marca. ¿Por qué una solitaria taza de té, se maravilló, aquí en medio de la nada? La dejó caer, cogió su equipaje, y prosiguió.
Después de eso, contempló más detenidamente el suelo. Encontró un zapato. Estaba maltratado por el tiempo, pero la suela estaba en buenas condiciones. Era una bota de trabajo, de tamaño 10½-C. ¿Quién la había tirado allí? Pensó en otros zapatos abandonados que había visto en anteriores ocasiones, tirados a la vera de caminos o en callejones. ¿Cómo llegaban allí…?
Media hora más tarde se encontró con el oxidado parachoques de un coche antiguo. Buscó alrededor el resto del coche, pero no vio nada. La pared estaba ahora más cerca, tal vez a diez kilómetros.
Un pedazo de papel blanco revoloteó por el campo en una racha de aire. Vio otro, y más, arrastrados por las bocanadas. Corrió unos pasos, tomó uno y lo desarrugó.
COMPRE AHORA… ¡PAGUE LUEGO!
Tomó otro.
PREPÁRATE A TU ENCUENTRO CON DIOS
Un tercero decía:
AL TRIUNFO CON WILLKIE
La pared se alzaba ante él lisa y gris. Llevaba polvo en la piel y ropa, y, mientras caminaba, se lo sacudió inconscientemente. La bolsa tiraba de su brazo y le golpeaba en la espinilla. Tenía mucha hambre y sed. Instintivamente, olisqueó el aire, buscando el aroma de comida. Había estado siguiendo, desde hacía ya tiempo, la pared, buscando una abertura. Se extendía en suave curva hasta donde abarcaba su vista, alzándose verticalmente del suelo. Su superficie era porosa, sin adornos, demasiado lisa para poder escalarla. Tenía, estimó Brett, unos siete metros de altura. Si hubiera algo con lo que hacer una escalera…
Más allá vio un amplio pórtico, flanqueado por columnas grises. Llegó hasta él, dejó la bolsa en el suelo, y se secó el sudor con el pañuelo. A través de la abertura en la pared se podía ver una calle pavimentada, y las fachadas de los edificios. Los situados en la calle eran bajos, de no más de uno o dos pisos, pero tras ellos se divisaban otros más altos. No se veía persona alguna, ni ningún sonido agitaba el bochornoso aire del mediodía. Recogió la bolsa, y atravesó el pórtico.
Durante la siguiente hora caminó por calles vacías, escuchando el eco de sus propios pasos rebotando en paredes de ladrillo marrón, vacíos escaparates, puertas de cristal tapadas por cortinas y, de vez en cuando, un solar desolado y cubierto de hierbas. Se detenía en las largas travesías abandonadas. A veces, llegaba hasta él un lejano sonido: el solitario bramido de una bocina, una campana tañendo apagadamente, un repiqueteo de cascos de caballo.
Llegó hasta un estrecho callejón que se abría como un desfiladero entre desnudas paredes. Se detuvo a su entrada, escuchando un lejano murmullo, como el de una multitud siguiendo el paso de un funeral. Se introdujo por el estrecho pasadizo.
Seguía recto unos pocos metros, luego zigzagueaba. Mientras doblaba sus esquinas, el ruido de la multitud se fue haciendo más fuerte. Ahora ya podía distinguir voces individuales, y alguna palabra ocasional por encima del vocerío. Apresuró el paso, deseoso de hallar alguien con quien hablar.
De pronto, las voces, que le parecieron centenares, se alzaron en un rugido, un prolongado ¡Aaaaaaah!… Brett pensó en la multitud de un estadio, mientras el equipo local saltaba al campo. En aquel momento podía oír también una banda, el soplido de los instrumentos de viento, los bajos y repiqueteos de los instrumentos de percusión. Y ya podía ver la boca del callejón, una calle soleada engalanada con guirnaldas, las espaldas de la gente y, sobre sus cabezas, el rítmico aparecer y desaparecer de un desfile, con altos casquetes y banderolas en casi cada fila que pasaba. Dos largos palos de los que colgaba una pancarta aparecieron a la vista. Pudo atisbar unas grandes letras rojas:
… PARA NUESTRO BANDO!
Se acercó más, alzándose de puntillas para poder ver sobre las grises espaldas de la multitud. Se aproximó una masa de hombres ataviados con túnicas amarillas, con las borlas de sus fez balanceándose rítmicamente. Un niño saltó a la calle, y corrió al lado de ellos. La música rechinaba y resoplaba. Brett le dio una palmada al hombro del espectador situado delante de él.
—¿Qué sucede…?
No podía oír su propia voz. El hombre lo ignoró. Caminó a lo largo de la multitud, buscando un punto más elevado, o un sitio en que la gente no estuviera tan apiñada. Parecía haber menos mirones un poco más allá. Llegó hasta el final de la multitud, siguió unos metros más, y se quedó en la esquina. Los de amarillo habían pasado ya, y un grupo de muchachas de opulentas caderas, con blusas de satén, botas negras y capas de pieles blancas se aproximaron, silenciosas e inexpresivas. Cuando llegaron a un punto situado a unos veinte metros de donde estaba Brett, comenzaron de pronto a marchar a un alegre paso, alzando las rodillas, contoneándose, lanzando brillantes bastones a lo alto, recogiéndolos, haciéndolos girar, y arriba de nuevo…
Estiró el cuello, buscando cámaras de TV. La multitud situada en el extremo opuesto de la calle formaba una fila sólida, monótonamente vestida, siguiendo con los ojos la procesión y abriendo y cerrando sus bocas. Un hombre gordo de traje arrugado y con un sombrero de jipi-japa se abrió paso hasta el frente, y se quedó allí, limpiándose los dientes con un palillo. De alguna manera, parecía fuera de lugar entre los demás. Tras los espectadores, los frontis de los edificios parecían normales: ladrillos sucios, cristales reparados y aluminio, ventanas polvorientas y escaparates repletos de presentadores de cartón, un cartel descolorido que decía: TAN SÓLO HOY, PRECIOS DE GANGA. Hacia la izquierda de Brett, la acera se extendía, vacía. A su derecha, la calle estaba repleta de gente que gritaba una y otra vez. Ahora, una fila de policías uniformados de azul seguían a las majorettes, caminando silenciosamente. Tras ellos, un trozo de papel volaba a lo largo de la calle. Se dirigió al hombre más cercano, a su derecha:
—Perdóneme. ¿Puede decirme el nombre de esta población?
El hombre lo ignoró. Brett le palmeó en el hombro.
—¡Oiga! ¿Qué población es ésta?
El hombre se quitó el sombrero, lo hizo girar sobre su cabeza y lo lanzó al aire. Voló por encima de la multitud, perdido. Brett se preguntó por un momento cómo recuperaban sus sombreros las personas que los lanzaban al aire. Pero lo cierto es que no conocía a nadie que fuera tan estúpido como para tirar su sombrero…
—¿Le importaría decirme el nombre de este lugar? —dijo Brett, tomando al hombre del brazo y tirando de él. El hombre giró hacia Brett, cayéndole pesadamente encima. Brett se echó hacia atrás. El hombre cayó y quedó rígido, moviendo los brazos, y con la boca y los ojos abiertos.
—Aaaaah —decía—. Bum - bum - bum. Auuu, yauuu…
Brett se inclinó rápidamente sobre él.
—Lo siento —exclamó. Miró a su alrededor—. ¡Socorro! Este hombre…
Nadie le miraba. El hombre más cercano, situado a unos metros de él, se apretaba contra su vecino, sin sombrero, abriendo y cerrando la boca.
—Este hombre está enfermo —dijo Brett, tirándole de la manga—. Se cayó.
Los ojos del hombre se volvieron, reluctantes, hacia Brett.
—No es problema mío —murmuró.
—¿Es que nadie me va a echar una mano?
—Probablemente esté borracho.
Tras Brett, una voz llamó en un penetrante susurro:
—¡Rápido! ¡Usted! ¡Venga al callejón…!
Se volvió. Un enjuto hombre de unos treinta años, con escaso cabello rojo y sudor en su labio superior se hallaba en la boca de un callejón estrecho, similar al que había seguido él. Llevaba puesta una sucia camisa amarillo pálido de cuello ancho, manchado por el sudor y que colgaba fláccido, pantalones bombachos color verde oscuro y botas de piel blanda, gastadas y sucias, con bordes superiores más anchos, que colgaban sobre sus rodillas. Hizo un gesto, y se introdujo de nuevo en el callejón:
—¡Aquí!
Brett caminó hacia él.
—Ese hombre…
—¡Venga aquí, estúpido! —el hombre asió el brazo de Brett, tirando de él hacia el interior del callejón. Brett se resistió.
—¡Espere un momento! Ese tipo… —trató de señalar.
—¿Aún no lo sabe? —el pelirrojo hablaba con un acento extraño—. Son golems… tenemos que quitarnos de en medio antes de que…
El hombre se quedó helado, aplastándose contra la pared. Automáticamente, Brett se colocó a su lado. La cabeza del hombre estaba vuelta hacia la entrada del callejón, y los tendones de su curtido cuello sobresalían. Tenía una barba de algunos días. Brett podía notar su mal olor, al estar tan cerca. Se apartó.
—¿Qué…?
—¡No haga ruido! ¡No se mueva, idiota! —su voz era un siseo.
Brett siguió su mirada hasta la soleada acera. El hombre caído seguía en el suelo, moviéndose débilmente, con los ojos abiertos. Algo se movió hacia él, una translúcida forma marrón, como agua embarrada. Flotó sobre él un momento, luego cayó como una ola sobre las rompientes, fluyendo a su alrededor. El cuerpo se movió, girando sobre sí mismo, rápidamente, luego se puso en pie como impulsado por un resorte. El sol cayó sobre la fluida cosa que ahora fluyó hacia abajo, con brillos ámbar, para tomar la forma de una oleada y flotar alejándose.
—¡Infiernos! ¿Qué era…?
—¡Venga! —el pelirrojo se volvió, trotando silenciosamente hacia la oscura esquina entre las altas paredes grises. Miró hacia atrás, le llamó con una seña, impacientemente, desapareciendo tras el ángulo…
Brett le siguió, vio una amplia avenida con altos árboles con hojas color chartreuse, propias de la primavera, una reja de hierro forjado y, tras ella, praderas de césped. No se veía persona alguna.
—¡Un momento! ¿Qué lugar es éste?
Su compañero lo miró con ojos enrojecidos.
—¿Cuánto tiempo hace que está aquí? —le preguntó—. ¿Cómo entró?
—Entré por un pórtico. Hace tan sólo una hora.
—En cuanto lo vi hablando con aquel golem, supe que era un hombre —dijo el pelirrojo—. Llevo aquí dos meses, quizá más. Tenemos que escondernos. ¿Quiere comida? Hay un lugar… —señaló con el pulgar—. Venga. Ya hablaremos luego.
Brett lo siguió. Se metieron por una travesía, atravesaron la puerta de un cafetucho. Se cerró tras ellos con estrépito. Se veían mesas, taburetes junto a una barra, un polvoriento tocadiscos de monedas. Se sentaron en una de las mesas. El pelirrojo rebuscó bajo la mesa, se sacó una bota y golpeó con ella contra la pared. Inclinó la cabeza, escuchando. El silencio era absoluto. Golpeó de nuevo. Se oyó un estrépito de vajilla tras la puerta de la cocina.
—Ahora, no diga nada —advirtió el pelirrojo. Contempló expectante la puerta situada tras la barra. Se abrió de un empellón. Apareció una muchacha de mejillas rojas y cabello descuidado con un uniforme verde de camarera, limpió la mesa y se quedó esperando con un bloc y un lápiz en la mano.
—Un bocadillo de jamón y café —dijo el pelirrojo. Brett no abrió la boca. La muchacha le lanzó una breve mirada, apuntó rápidamente y desapareció—. Los vi aquí el primer día —le dijo el pelirrojo—. Fue una verdadera suerte. Vi cómo los gels la ponían en marcha. Eran de los grandes… no como los encargados de poner en orden las cosas. En cuanto hubieron acabado, entré y probé a hacer lo mismo. Funcionó. Usé las mismas frases del golem…
—No sé de qué me está hablando —interrumpió Brett—. Le voy a preguntar a esa chica…
—No le diga nada; quizá lo echase todo a rodar. Puede que se viniese abajo toda esta secuencia; o tal vez llamase a los gels. No estoy seguro. Espere, tendrá comida cuando vuelva esa cosa.
—¿Por qué la llama «cosa»?
—Ah —miró a Brett en forma extraña—. Se lo mostraré.
Brett podía oler ya a comida. Se le hizo la boca agua. No había comido en veinticuatro horas.
—Lo que se ha de procurar es tener cuidado —comentó el pelirrojo—. Moverse en silencio, y pasar desapercibido, y uno puede darse la vida de un duque. Lo más difícil es obtener comida, pero aquí…
La chica de mejillas sonrosadas apareció, con una bandeja sostenida en una mano y una gran taza y plato en la otra. Los dejó sobre la mesa, con estrépito.
—Le ha llevado bastante tiempo —dijo el pelirrojo. La muchacha resopló, abrió la boca para hablar… y el pelirrojo puso rígido un dedo y se lo clavó bajo las costillas. Se quedó con la boca abierta, paralizada.
Brett se semincorporó.
—Está loco, señorita —dijo—. Le ruego que…
—No malgaste saliva —el compañero de Brett lo miraba triunfalmente—. ¿Que por qué la llamo «cosa»? —se puso en pie, tendió la mano y desabrochó los botones de arriba del uniforme verde. La camarera permanecía inerte, algo inclinada hacia adelante, rígida. Se abrió la blusa, dejando al descubierto unos redondos senos blancos… lisos, sin adornos.
—Una muñeca —dijo el pelirrojo—. Un títere, un golem.
Brett la contempló, mirando los húmedos rizos sobre sus sienes, la punta de su lengua, que se veía entre los dientes, las venillas rojas en sus mejillas y la piel blanca redondeada…
—Es la forma más rápida de reconocerlos —dijo el pelirrojo—. La tetilla es lisa, sin pezón.
Volvió a abotonar el uniforme, y luego golpeó de nuevo las costillas de la muchacha. Ésta se echó hacia atrás y se arregló el cabello.
—Seguro que un caballero distinguido, como usted, está acostumbrado a algo mejor —dijo con sorna. Se alejó.
—Me llamo Awalawon Dhuva —dijo el pelirrojo.
—Yo soy Brett Hale —le dio un bocado al bocadillo.
—Esas ropas —dijo Dhuva—, y la forma extraña que tiene de hablar. ¿De dónde es usted?
—Del condado de Jefferson.
—Jamás oí hablar de ese lugar. Yo vengo de Wavly. ¿Qué es lo que le trajo aquí?
—Iba en un tren. Las vías se acabaron en medio de la nada. Caminé… y aquí estoy. ¿Qué lugar es éste?
—No lo sé —Dhuva negó con la cabeza—. Sin embargo, sabía que estaban mintiendo sobre el Río de Fuego. Nunca creí en todas esas paparruchas. Palabrería religiosa, destinada a mantener tranquilo al pueblo. Ahora, no sé en que creer. Por ejemplo, tenemos eso del techo: dicen que está a un centenar de kharfads de altura, pero, ¿cómo vamos a comprobarlo? Quizá esté a un millar, o tan sólo a diez. Por Grat, me gustaría subir a verlo, en un globo, a medirlo por mí mismo.
—¿De qué está hablando? —preguntó Brett—. ¿Adónde quiere ir en globo? ¿A ver qué?
—Oh, sé de qué estoy hablando, vi uno en el Torneo. Una gran bolsa llena de aire caliente, con una cesta debajo. Atada al suelo por una cuerda. Pero, si uno cortase la cuerda… Pero seguro que los sacerdotes no dejarían que esto pudiera suceder, no señor —Dhuva miró especulativamente a Brett—. ¿Qué piensan en su pueblo, ese Ferson o como sea que se llame? ¿A qué altura se creen que está?
—¿Se refiere al cielo? Bueno, el aire se acaba a unos cuantos kilómetros de altura, y luego está el espacio, que no tiene fin: millones y millones de kilómetros…
Dhuva dio una palmada en la mesa y se echó a reír.
—¡La gente de Feseron debe ser bastante estúpida! ¡Que no tiene fin!, ¿quién se va a creer ese cuento? —se rió.
—Sólo un niño se puede creer que el cielo es una especie de techo —replicó Brett—. ¿Nunca ha oído hablar del sistema solar, de los otros planetas?
—¿Qué es eso?
—Son otros mundos. Todos ellos giran alrededor del sol, como la Tierra.
—¿Otros mundos, eh? ¿Dando vueltas por debajo del techo? Es extraño que nunca los haya visto —lanzó un bufido—. Despierta, Brett. Olvídate de todos esos bulos. Cree tan sólo en lo que veas.
—¿Qué es esa cosa marrón?
—¿Los gels? Son los que mandan aquí. Vigílalos siempre, Brett. No te descuides. No dejes que te vean.
—¿Qué es lo que hacen?
—No lo sé… ni quiero averiguarlo. Éste es un sitio grande, que me gusta. Tengo todo lo que deseo para comer, muchos sitios donde dormir. Y hay los desfiles y los espectáculos. Es una buena vida… mientras uno sepa no hacerse notar.
—¿Cómo puede uno salir de aquí? —preguntó Brett, acabando su café.
—No sé cómo se sale; supongo que saltando la pared. No obstante, yo no pienso irme. Tuve que salir de mi casa a toda prisa; el Duque…, pero eso no importa ahora. No pienso regresar.
—¿Toda la gente que hay aquí… son golems? —preguntó Brett—. ¿No hay más gente normal?
—Usted es el primero a quien veo. Me di cuenta de ello en seguida. Un hombre auténtico se mueve de manera distinta a un golem. Los golems hacen cosas raras como echarse atrás alarmados, ponérseles los pelos de punta, quedarse helados y salírseles los ojos de las órbitas. Y además hacen círculos con sus bocas, lanzan miradas de inteligencia y ríen sin alegría. Ya sabe: todas esas cosas de las que uno lee en los libros, pero que la gente nunca hace en la realidad. Pero, ahora que está usted aquí, ya tengo a alguien con quien hablar. Admito que me estaba sintiendo muy solitario. Le mostraré donde puede alojarse, y prepararemos su cama.
—No me quedaré mucho tiempo.
—¿Qué hay afuera que no pueda conseguir aquí? En esta ciudad se encuentra todo lo que uno pueda desear. Podemos pasárnoslo en grande.
—Se parece a mi Tía Haicey —le dijo Brett—. Ella decía que allá en Casperton tenía todo lo que necesitaba. ¿Cómo podía saber ella lo que yo necesitaba? ¿Cómo lo sabe usted? ¿Cómo lo voy a saber yo mismo? Pero de lo que estoy seguro es de que necesito algo más que comida y un lugar en el que dormir…
—¿Qué más?
—Todo. Cosas en que pensar y algo por lo que valga la pena trabajar. ¡Vaya, pero si hasta en las películas…!
—¿Qué es una película?
—Ya lo sabe, una interpretación grabada en un film. Una imagen móvil.
—¿Una imagen que se mueve?
—Exactamente.
—¿También le han contado eso los sacerdotes? —Dhuva parecía estarse aguantando la risa.
—Todo el mundo ha visto películas.
Dhuva se echó a reír.
—Esos sacerdotes —comentó—, son iguales en todas partes, ya veo. Los bulos que cuentan, y la gente se los cree… ¿Qué más le han contado?
—Los sacerdotes no tienen nada que ver con todo esto.
Dhuva dejó de reírse.
—¿Qué le han contado de Grat, y de la Rueda?
—¿Grat? ¿Qué es eso?
—El Superser. El de los Cuatro Ojos —Dhuva hizo un signo, pero se corrigió a tiempo—. Puro hábito —comentó—, no me creo nada de eso. Nunca lo creí.
—Supongo que está hablando del dios —dijo Brett.
—No sé nada de ese dios. Hábleme de él.
—Es el creador del mundo. Es… bueno, superhumano. Sabe todo lo que sucede, y cuando uno muere, si ha sido bueno, lo lleva al paraíso.
—¿Y dónde está eso?
—Está… —hizo un gesto vago, señalando hacia arriba.
—Pero acaba de decir que arriba tan sólo había vacío —le recordó Dhuva—, y otros mundos girando, como islas errantes por el mar.
—Bueno…
—No se preocupe —Dhuva alzó las manos, aplacadoramente—. Nuestros sacerdotes… —Levantó al pronto la cabeza—. ¿Qué es eso?
—No he oído nada.
Dhuva se puso en pie, se volvió hacia la puerta. Brett se alzó. Una gigantesca forma marrón, cristalina y transparente, se erguía en la puerta, vibrante en su superficie. Dhuva giró, saltó al lado de Brett, se zambulló hacia la puerta. Brett se quedó inmóvil. La forma fluyó, rápida como el mercurio, alcanzó a Dhuva y lo envolvió. Por un instante, Brett vio la enjuta figura, suspendida dando patadas en el interior del gel; luego, la oleada turbia flotó hacia la puerta, la abrió de un empellón, y desapareció llevando a Dhuva.
Brett se quedó clavado en el suelo, contemplando la puerta. Un rayo de luz solar iluminó el suelo polvoriento, un ratón marrón corrió junto al zócalo. El silencio era casi total. Fue hasta la puerta por la que había desaparecido el gel, dudó un momento, y luego la abrió.
Estaba mirando a un enorme pozo oscuro, de muchos acres de extensión, cuyos costados estaban llenos de agujeros, los extremos amputados de las conducciones de agua y alcantarillado, y los cables eléctricos que colgaban. Muy por debajo, brillaba un reflejo en la superficie de un estanque negro. A unos pasos de distancia se hallaba la camarera, inmóvil sobre una oscura tira de linóleo. A sus pies se abría el abismo. El borde del suelo estaba recortado, como si hubiera sido mordisqueado por ratas. No se veían señales de Dhuva.
Volvió de nuevo a la sala, dejando que se cerrase la puerta. Inspiró profundamente, tomó una servilleta de papel de una mesa, y se secó el sudor del rostro, dejó caer la servilleta al suelo y salió a la calle, olvidando la maleta. Dobló la esquina, y caminó a lo largo de silenciosos escaparates, repletos de champús, gafas de sol, barnices para uñas, lociones solares, cajas de cartón, banderolas, juguetes de plástico, multicolores prendas de fibras artificiales, medicamentos, productos de belleza, discos de música popular, postales…
En la siguiente esquina se detuvo, mirando a lo largo de las silenciosas calles. Nada se movía. Se acercó a una ventana situada en una pared de cemento gris, y se empinó para mirar por el polvoriento cristal, viendo una habitación llena de patrones de sastre, percheros, una bicicleta, paquetes de revistas viejas, sin portadas.
Fue hasta una puerta. Era sólida y parecía imposible forzarla. La siguiente le dio la impresión de ser más frágil; tiró de la manecilla de bronce, luego dio unos pasos atrás y le lanzó una patada. La puerta cayó hacia dentro, arrastrando su marco, con un sonido hueco. Brett se quedó mirando la sima abierta. Un fragmento de pared cayó con un seco chasquido. Atravesó el orificio de la fachada gris. El oscuro estanque del fondo lanzó un destello de luz desde la profunda negrura.
A su alrededor, se alzaban en silueta las altas paredes de la manzana de casas; los cuadrados de las ventanas eran retazos de azul luminoso abiertos en las sombras. En los haces de luz bailaban motas de polvo. Muy arriba se veía, aunque a duras penas, el techo; una tela de araña de viguetas. Y abajo estaba el abismo.
El muñón de un grueso carril salía unos centímetros del suelo, a los pies de Brett. Era lo bastante largo, pensó, como para servir de apoyo a una cuerda. En algún punto de allá bajo, Dhuva, un extraño que se había mostrado amistoso con él, estaba en manos de los gels. Haría lo que pudiese, pero necesitaba equipo… y ayuda. Primero buscaría una tienda en la que hubiesen cuerdas, armas, cuchillos. Luego…
El borde roto de la pared llamó su atención. El grosor de la pared, visible donde se había desgajado el marco de la puerta, era el de un papel. Extendió la mano y arrancó un pedazo. La parte exterior, la que se veía desde la calle, tenía apariencia sólida y se veía lisa. La interior era porosa, como mordisqueada. Salió afuera y examinó la pared. Le dio una patada a la superficie gris. Un gran trozo de la pared, de metro ochenta de alto, se desmenuzó y cayó sobre la acera con estrépito, levantando una nube de polvo. Luego se desplomó otro trozo. Un pedazo del mismo resbaló y cayó hacia las profundidades. Oyó un lejano chapoteo. Miró al gran hueco irregular en la pared: parecía un rompecabezas al que le faltara una pieza. Se giró y comenzó a correr, con la boca seca, y latiéndole dolorosamente el corazón en el pecho.
A dos manzanas del edificio hueco, dejó de correr, y siguió caminando, mientras sus pasos creaban ecos en la vacía calle. Miraba al escaparate de cada tienda, al pasar frente a ella. Se veían piernas artificiales, botellas de agua de colores, muñecas gigantes, pelucas, ojos de cristal, pero nada de cuerdas. Trató de pensar. ¿Qué clase de tienda tendría cuerdas? Quizá una de efectos navales, pero, ¿dónde encontrar una?
Tal vez fuera más fácil buscarla en un listín telefónico. Frente a él vio un signo que decía HOTEL. Atravesó la puerta giratoria y se metió dentro. Estaba en un oscuro vestíbulo de paredes de mármol, con puertas dobles que daban a un bar alfombrado de color beige, la jaula pintada color bronce de un ascensor frente a él, flanqueada por urnas de cerámica y una escalera ascendente. A su izquierda se hallaba un mostrador de recepción de caoba oscura. Tras el mostrador se hallaba un hombre en silencio, esperando. Brett sintió una loca sensación de alivio.
—¡Esas cosas, los gels! —gritó, atravesando la sala—. Mi amigo…
Se calló. El conserje permanecía mirando por encima del hombro de Brett, sosteniendo una pluma sobre el libro de registro. Extendió la mano, y le asió la pluma. El dedo del hombre quedó curvado sobre la nada. Un golem.
Se giró, y fue hacia el bar. Frente a una luna oscura se alineaban taburetes desocupados. En las mesas se hallaban vasos vacíos frente a sillas vacías. Se sobresaltó al escuchar el ruido de la puerta giratoria. De pronto, una luz suave iluminó el vestíbulo. En algún punto, un piano comenzó a tocar Más de lo que sabes. Con un sonido lejano el ascensor se puso en marcha.
Brett se ocultó en un rincón en sombras y vio cómo un hombre gordo, vestido con un colgante traje de sirsaca se dirigía hasta el mostrador de recepción. Tenía un rostro rojizo y una calva marcada por grandes pecas marrones. El conserje le hizo un blandengue saludo con la cabeza.
—Ah, sí, señor. Una bella habitación doble con baño… —oyó Brett decir al conserje con untuosa voz, mientras le ofrecía la pluma. El gordo la tomó, garabateó algo en el registro—… por sólo catorce dólares —murmuró luego. Sonrió, dio un toque de campanilla para llamar al botones. Un muchacho con el traje habitual de su profesión, de color verde, y un gorrito con una correa bajo la mandíbula, salió de una puerta tras el mostrador, tomó la llave y abrió la marcha hacia el ascensor. El gordo entró en él. Brett contempló, a través del enrejado del hueco, cómo subía el ascensor, mientras temblaban y se estremecían los grasientos cables. Comenzó a atravesar el vestíbulo… y se detuvo en seco.
Una líquida forma marrón había aparecido por la entrada. Flotó sobre la alfombra, hasta el botones. Con el rostro inexpresivo, el golem volvió a ocultarse tras su puerta. En lo alto, Brett oyó detenerse al ascensor. Se escuchó ruido de puertas. El conserje estaba rígido tras el mostrador. El gel planeó, y luego desapareció. El piano estaba ahora silencioso. Las luces brillaban suavemente, pero de pronto se apagaron. Brett pensó en el gordo: lo había visto antes…
Subió las escaleras. En el pasillo del segundo piso, tanteó su camino en la semioscuridad, guiado por la débil luz que entraba por las claraboyas. Tiró de una puerta. Se abrió. Entró en una amplia habitación con una cama doble, un sofá y una cómoda. Cruzó la habitación y mirando por la ventana vio un callejón. A siete metros de distancia se veían cortinas en las ventanas de la pared de enfrente. No había nada tras esas ventanas.
Se oían ruidos en el pasillo. Brett se dejó caer al suelo tras la cama.
—Está bien, marchaos —gritaba una ebria voz—, y que nunca tengáis problemas grandes.
Se escucharon risas, chillidos y el repiqueteo de arroz contra la puerta. Rechinó una llave. Se abrió la puerta de par en par. En el pasillo brillaban fuertemente las luces, silueteando las figuras de un hombre con chaqué y una mujer en vestido blanco de novia, con flores en la mano.
—¡Cuídala, Mel!
—¡… no hagas nada que no me hayas visto hacer a mí!
—¡… besar ahora a la novia!
La pareja entró en la habitación, cerró la puerta empujando a los de fuera, y se quedó apretada contra ella. Brett se agazapaba tras la cama, sin atreverse a respirar. La pareja seguía en la puerta, con las cabezas bajas, en la oscuridad…
Se puso en pie, rodeó la cama y se acercó a las figuras inmóviles. La chica era joven, esbelta, de facciones agradables, con cabello oscuro y suave. Sus ojos estaban entreabiertos; Brett pudo ver un reflejo en su retina. El hombre estaba bronceado, tenía hombros anchos y cabello rubio y ondulado. Sus labios estaban entreabiertos, mostrando sus dientes blancos. Los dos estaban de pie, sin respirar, con los ojos mirando a la lejanía.
Le arrebató el ramo a la joven. Las flores parecían reales, sólo que no tenían perfume. Las dejó caer al suelo y empujó el golem masculino, para dejar libre la puerta. La figura se desequilibró, cayó y dio en tierra con un sonoro golpe. Brett levantó a la mujer en sus brazos, y la dejó sobre la cama. Regresó a la puerta, y escuchó. Todo estaba ahora en silencio. Fue a abrir la puerta, pero dudó. Volvió a la cama, desabrochó los diminutos botones perlados de la parte delantera del traje de la novia, abriéndolo. Los senos eran redondos, lisos, de uniforme blanco cremoso…
En el pasillo, se dirigió a la escalera. Un gel alto apareció ondulando, con su figura fluyendo y moviéndose en oleadas, subiendo y bajando. La forma flotó hacia Brett, quien inició un movimiento de huida y luego, recordando a Dhuva, se quedó muy quieto. El gel onduló junto a él, pasando de largo, desplomándose y fluyendo bajo una puerta. Brett exhaló el aire de sus pulmones. Lo mejor sería olvidarse del gordo; había demasiados gels allí. Comenzó a desandar el camino.
De una puerta doble, que se abría en un descansillo, surgía música suave. Brett se acercó a ella y se arriesgó a dar una mirada al interior. Bellas parejas danzaban suavemente sobre un suelo pulimentado, otros estaban cenando, mientras camareros vestidos de negro se movían entre ellos. En el lado opuesto de la sala, cerca de una polvorienta planta artificial, estaba sentado el gordo, estudiando el menú. Mientras lo contemplaba, desplegó la servilleta, se la pasó por el cuello, y luego se secó el rostro.
Nunca interfieras en una escena, había dicho Dhuva. Pero quizá lograse integrarse a ella. Brett se sacudió el polvo del traje y se arregló la corbata, entrando en el salón. Un camarero se le acercó, y lo contempló dubitativo. Brett sacó su billetera y le alargó un billete de cinco dólares.
—Una mesa tranquila en un rincón —dijo. Miró tras de sí. No se veían gels. Siguió al camarero hasta una mesa cercana a la del gordo.
Sentado, miró a su alrededor. Deseaba hablar con el gordo, pero no podía arriesgarse a llamar la atención. Esperaría a tener una oportunidad.
En las mesas cercanas, hombres con trajes bien planchados, cuellos limpios y rostros cuidadosamente afeitados hablaban en murmullos con esbeltas mujeres, elegantemente vestidas, que jugueteaban con copas de vino, sonriendo suavemente. Escuchó fragmentos de conversación:
—Querida, has oído…
—… unos ochenta años…
—… resulta imposible. Uno debiera…
—… para la época del año en que estamos…
El camarero regresó con un cuenco de sopa lechosa. Brett estudió la batería de cucharas, tenedores y cuchillos y miró de lado a los que cenaban en las otras mesas. Era importante que siguiese el ritual correcto. Se colocó la servilleta en el regazo, cuidando en desplegarla bien. Miró de nuevo las cucharas, tomó una grande y contempló de reojo al camarero. Hasta ahora todo iba bien…
—¿Deseaba vino el señor? —preguntó el camarero.
Brett indicó a la pareja vecina.
—El mismo que ellos están tomando. —El camarero se marchó, regresando con una botella de vino, mostrándole la etiqueta a Brett. Éste la miró, y asintió. El camarero se atareó con el corcho, sacándolo con muchos floreos, colocando una copa frente a Brett y sirviéndole un dedo de vino. Se quedó a la espera.
Brett tomó la copa y lo probó. Sabía a vino. Asintió. El camarero le sirvió de nuevo. Brett se preguntó lo que habría pasado si hubiera puesto mala cara y lo hubiera escupido. Pero sería demasiado arriesgado intentarlo. Era algo que nadie hacía.
Las parejas bailaban, o volvían a sus sitios; otros se alzaban e iban a la pista. Un conjunto de cuerda, en un rincón, tocaba melodías suaves que parecían hablar de la tranquila melancolía desvaída de los decorosos bailes de club en tardes olvidadas ya hacía mucho. Brett miró hacia el hombre gordo. Estaba comiendo sopa, ruidosamente, con la servilleta atada al cuello.
El camarero había regresado con una bandeja.
—Bello día, ¿no, señor? —comentó.
—Maravilloso —estuvo de acuerdo Brett.
El camarero depositó una fuente cubierta sobre la mesa, levantando la tapa, y se quedó a la espera con el tenedor y cuchillo de trinchar preparados.
—¿Prefiere la parte bien tostada, señor?
Brett asintió. Miró disimuladamente al camarero. Parecía real. Algunos golems parecían más reales que otros; quizá dependiese tan sólo de los papeles que estuvieran representando. El hombre que se había desplomado en el desfile había sido tan sólo una especie de extra, un componente de la multitud. El camarero, por otra parte, era capaz de conversar. Tal vez fuera posible sonsacarle algo…
—¿Cuál es…? Esto… ¿dónde está situado exactamente este pueblo? —preguntó Brett.
—Nunca he sabido mucha geografía, señor —le contestó el camarero.
—Trate de recordar.
—¿Salsa, señor?
—Seguro. Pero, dígame, por favor, el nombre del pueblo.
—Quizá fuera mejor que llamase al camarero jefe, señor —dijo secamente el golem.
Por el rabillo del ojo, Brett entrevió un movimiento. Se dio la vuelta, y no vio nada. ¿Había sido un gel?
—Déjelo correr —dijo. El camarero le sirvió patatas, guisantes, le volvió a llenar la copa de vino, y se marchó silenciosamente. Brett decidió que la pregunta había sido demasiado poco ortodoxa. Tal vez si tratase de llegar al asunto de una forma menos conspicua…
Cuando regresó el camarero Brett le dijo:
—Hace un día excelente.
—Ya lo creo, señor.
—Mejor que ayer.
—Desde luego, señor.
—Me pregunto que tal día hará mañana.
—Es posible que llueva, señor.
Brett hizo un signo con la cabeza, señalando la pista de baile.
—Excelente orquesta.
—Es muy popular, señor.
—¿Son gente del pueblo?
—No sabría contestarle a eso, señor.
—¿Lleva usted viviendo mucho tiempo aquí?
—Oh, sí, señor —la expresión del camarero era reprobadora—. ¿Quiere alguna otra cosa, señor?
—Acabo de llegar aquí —le dijo Brett—. Me gustaría saber si podría indicarme…
—Excúseme, señor —el camarero desapareció. Brett hundió el tenedor en el puré de patatas. Era imposible interrogar a un golem. Tendría que averiguar por sí mismo lo que deseaba saber. Se volvió para mirar al gordo. Mientras lo hacía, éste sacó un gran pañuelo de un bolsillo, y se sonó ruidosamente la nariz. Nadie se volvió para mirarle. La orquesta tocaba con sordina. Las parejas bailaban. Aquél era un momento tan bueno como cualquier otro…
Se alzó, y fue hasta la mesa del gordo. Éste levantó la vista.
—¿Le molesta que me siente en su mesa? —le dijo Brett—. Quiero hablar con usted.
El gordo parpadeó, e indicó una silla. Brett se sentó y se inclinó hacia adelante.
—Quizá me equivoque —dijo—, pero creo que es usted real.
El gordo parpadeó de nuevo.
—¿Qué quiere decir? —preguntó cortante. Tenía una voz aguda y petulante.
—Que no es usted como los otros. Creo que puedo hablar con usted, que es usted otro forastero.
El gordo se miró el arrugado traje.
—Yo… bueno… he estado muy atareado hoy. No tuve tiempo de cambiarme. Soy un hombre muy ocupado. Pero a usted eso no le importa —cerró la boca, y se quedó mirando a Brett con preocupación.
—Soy forastero —le dijo Brett—. Desearía saber qué hay en este lugar…
—Cómprese un periódico. Traen una cartelera de espectáculos…
—No me refería a eso. Estoy hablando de esas marionetas por todas partes, y los gels…
—¿Qué marionetas? ¿Gels? ¿Gelatina? ¿No le gusta la gelatina?
—Me gusta mucho la gelatina. No estoy…
—Pues pídasela al camarero. Le servirá toda la que quiera, en el sabor que más le guste. Ahora, si me perdona…
—Estoy hablándole de esas cosas marrones que parecen agua enlodada. Las que aparecen si uno se interfiere en una escena.
El gordo parecía nervioso.
—Por favor, váyase.
—Si provoco disturbios, vendrán los gels. ¿Es eso lo que teme?
—Bueno, bueno. Cálmese. No es preciso que se excite.
—No armaré escándalo —afirmó Brett—. Tan sólo quiero que hable conmigo. ¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—No me gustan los escándalos. Los aborrezco.
—¿Cuándo llegó aquí?
—Hace sólo diez minutos. Acabo de sentarme. Aún no he terminado con mi cena. Por favor, joven, regrese a su mesa —el gordo contemplaba a Brett con aire temeroso. En su calva brillaba el sudor.
—Me refiero al pueblo. ¿Cuánto tiempo lleva en él? ¿De dónde vino?
—¿Cómo? ¡Pero si nací aquí! ¿De dónde vine? ¿Qué pregunta es ésa? Se podría decir que me trajo la cigüeña.
—¿Nació aquí?
—Ciertamente.
—¿Cuál es el nombre del pueblo?
—¿Está tratando de tomarme el pelo? —el gordo se estaba enfadando. Su voz se hacía más fuerte.
—Chiss —le advirtió Brett—. Atraerá a los gels.
—¡Me cago en esos gels, sean lo que sean! —estalló el gordo—. Ahora lárguese, o llamaré al encargado.
—¿Quiere decir que no lo sabe? —preguntó Brett mirando fijamente al hombre—. Todos ellos son muñecos, o golems, que es como les llaman. No son hombres de verdad.
—¿Quiénes?
—Todas esas imitaciones de gente sentadas en las mesas y bailando en la pista. Seguro que se da cuenta de…
—Me doy cuenta de que está usted necesitando ayuda médica —el gordo echó atrás su silla, y se puso en pie—. Quédese con la mesa —dijo—. Cenaré en otra parte.
—¡Espere! —Brett se puso en pie, y agarró el brazo del gordo.
—¡Quíteme las manos de encima! —el gordo se dirigió hacia la salida. Brett lo siguió. Ante la mesa de la cajera, Brett se volvió rápidamente y vio agitarse una forma marrón.
—¡Mire! —tiró del brazo del gordo.
—¿Qué tengo que mirar? —el gel había desaparecido.
—Estaba ahí. Un gel.
El gordo tiró un billete y salió apresuradamente. Brett sacó uno de diez, y esperó el cambio.
—¡Aguarde! —le gritó. Oyó los pasos del gordo alejarse por las escaleras—. Apresúrese —le dijo a la cajera. La mujer estaba mirando a la lejanía, con los ojos vidriosos. Murió la música. Las luces parpadearon, y se apagaron. En la penumbra Brett vio alzarse una forma fluida…
Corrió, bajando las escaleras a saltos. El gordo estaba doblando una esquina. Brett abrió la boca para gritar… y se quedó rígido, mientras una fangosa forma translúcida surgía de la puerta, y se alzaba para erguirse frente a él. Se quedó inerte, con la boca semiabierta, los ojos perdidos, inclinado hacia adelante, con los brazos extendidos. El gel flotaba, con su superficie centelleando, esperando. Brett olió un intenso aroma a geranios.
Pasó un minuto. Le picaba la mejilla. Luchó contra el deseo de parpadear, de tragar saliva, de volverse y echar a correr. El sol, en lo alto, caía sobre la silenciosa calle, sobre los muertos escaparates.
Luego, el gel abandonó su forma, se derrumbó, se alejó. Brett se dejó caer contra la pared, exhaló la respiración, que había estado conteniendo, con un sonoro suspiro.
Al otro lado de la calle vio un escaparate que mostraba equipos de acampada, cocinas portátiles, botas, rifles. Cruzó la calle y probó la puerta. Estaba cerrada. Miró arriba y abajo de la calle. No se veía a nadie. Dio una patada al cristal, junto a la cerradura, metió la mano por el hueco y giró la manija. En el interior, recorrió las estanterías, seleccionando una larga cuerda de nylon, un cuchillo de monte, una cantimplora. Examinó un rifle Winchester de repetición, con mira telescópica, pero lo volvió a su sitio, tomando en cambio una pistola calibre 22. Vació dos cajas de cartuchos en sus bolsillos, y luego cargó la pistola. Se echó la cuerda al hombro y salió a la intransitada calle.
El gordo se hallaba frente a una tienda, en la siguiente manzana, limpiándose una mancha de la barbilla y contemplando el escaparate. Alzó la vista, frunciendo el entrecejo, y comenzó a alejarse al llegar Brett.
—Espere un momento —le gritó Brett—. ¿No vio al gel, el que me acorraló allí?
El gordo miró hacia atrás suspicazmente, y siguió caminando.
—¡Espere! —Brett le asió el brazo—. Sé que es usted real. Le he visto eructar y sudar y rascarse. Es al único al que puedo acudir… y necesito ayuda. Mi amigo está atrapado…
El gordo se soltó, con el rostro aún más rojo, si cabía.
—Le aviso, maníaco: apártese de mí.
Brett se le acercó, y le golpeó con fuerza en las costillas. Cayó de rodillas, jadeando. Su sombrero rodó por el suelo. Brett lo aferró y le ayudó a levantarse.
—Lo siento —le dijo—. Tenía que estar seguro. Ahora no me cabe duda de que es usted real. Tenemos que rescatar a mi amigo Dhuva…
El gordo estaba recostado contra el escaparate, desorbitando sus ojos aterrorizados, friccionándose el costado.
—¡Llamaré a la policía! —jadeó.
—¿Qué policía? —Brett hizo un gesto con el brazo—. Mire. No se ve un solo coche. ¿Había estado alguna vez en una calle tan vacía como ésta?
—Es sábado por la tarde —jadeó el gordo.
—Venga conmigo. Quiero que lo vea por sí mismo. Todo está hueco. No hay nada tras esas paredes…
—¿Por qué no viene nadie por aquí? —gimió el gordo.
—Las paredes tan sólo tienen medio centímetros de espesor —siguió Brett—. Venga, se lo mostraré.
—No me gusta esto —dijo el gordo. Tenía la cara húmeda y pálida—. Está usted loco. Pero, ¿qué es lo que pasa? Todo está tan silencioso…
—Tenemos que intentar salvarlo. El gel se lo llevó al abismo…
—Déjeme ir. Tengo miedo. ¿No puede dejarme vivir en paz?
—¿No lo entiende? ¡Los gels atraparon a un hombre, quizá luego vayan por usted!
—¡Nadie va tras de mí! Soy un hombre de negocios… un ciudadano respetable. Me ocupo de mis propios asuntos, doy dinero a las obras caritativas, voy a la iglesia. ¡Lo único que deseo es que me dejen en paz!
Brett soltó el brazo del gordo, y se quedó mirándolo: el rostro rojizo, pálido ahora, la frente húmeda, las mejillas temblorosas. El gordo recogió el sombrero, lo sacudió contra su pierna, y se lo encasquetó.
—Creo que ya comprendo —dijo Brett—. Esta imitación de ciudad es su sitio. Todo está imitado de acuerdo con sus necesidades, como ocurrió en el hotel. Vaya donde vaya, la escena se abre ante usted. Nunca ve a los gels, nunca descubre el secreto de los golems… porque está de acuerdo con las cosas. Nunca hace nada inesperado.
—Así es. Cumplo con la ley. Soy respetable. No fisgoneo. No meto la nariz en los asuntos de los demás. ¿Por qué iba a hacerlo? Ahora, déjeme en paz…
—Seguro —aceptó Brett—. Aunque lo arrastrase hasta ahí adentro y se lo mostrase, no se lo creería. Pero ahora no está en una escena, lo he arrastrado lejos de ellas…
Repentinamente, el gordo se giró y corrió unos metros, luego miró atrás para ver si Brett lo perseguía. Le amenazó con un puño.
—Ya he visto tipos de su especie antes —gritó—. Subversivos.
Brett dio un paso hacia él. El gordo ladró y corrió cincuenta metros más, con los faldones de su chaqueta revoloteando tras de sí. Miró hacia atrás, se detuvo, una obesa figura en la vacía calle soleada.
—¡No se crea que las cosas van a quedar así! —gritó—. ¡Sabemos cómo entendérnoslas con los de su especie!
Se arregló la ropa, y se alejó por la acera. Brett lo siguió con la mirada, y luego volvió hacia el edificio hueco.
Los desgajados fragmentos de pared que Brett había hecho caer seguían tal como los había dejado. Entró por el hueco y miró al cenagoso pozo, tratando de determinar su profundidad. Al menos treinta metros. Quizá cincuenta.
Desenrolló la cuerda que llevaba al hombro, y ató un extremo al muñón del carril, tirando el otro al precipicio. Cayó a la oscuridad, y colgó balanceándose. Era imposible saber si el extremo tocaba suelo sólido allá abajo. No podía perder más tiempo buscando ayuda. Tendría que intentarlo él solo.
Se oyó el ruido de una pisada sobre el pavimento, en el exterior. Se volvió, y salió a la luz del sol. El gordo giró la esquina, y se detuvo al ver a Brett. Apuntó con un grueso índice, mientras sus prominentes ojos se abrían bien en su rostro rojizo.
—¡Allí está! ¡Les dije que se había ido por este camino!
Aparecieron dos policías. Uno de ellos miró a la pistola en el costado de Brett, y puso la mano sobre la suya.
—Lo mejor será que deje caer eso.
—¡Mire! —le dijo Brett al gordo. Se inclinó, y recogió uno de los cascotes—. Mire esto… es tan sólo un cascarón…
—¡Ha perforado un agujero en ese edificio, agente! —chilló histérico el gordo—. Es peligroso.
El policía ignoró el agujero abierto en la pared.
—Tendrá que venir conmigo, señor. Este caballero lo acusa de…
Brett miró fijamente a los ojos del policía. Eran de color azul pálido, y lo miraban sin pestañear desde un rostro inmutable. ¿Sería real el policía? O, ¿podría derribarlo de un empujón, como a los otros golems?
—El tipo no está bien de la cabeza —le estaba diciendo el gordo al policía—. Deberían haber oído las locuras que contaba. Es un subversivo. ¡Todos los de su especie deberían estar encerrados!
El policía asintió.
—No podemos permitir que nadie cause problemas.
—Y es joven todavía —siguió el gordo. Se secó la frente con su gran pañuelo—. Es trágico. Pero estoy seguro que ustedes sabrán como ocuparse de él.
—Lo mejor será que me dé esa pistola, señor —el policía extendió una mano. Brett se movió repentinamente, clavándole sus dedos rígidos en las costillas. El policía se quedó tieso, se derrumbó y quedó inerte, mirando a la nada.
—Lo… ha matado —se atragantó el gordo, echándose atrás. El segundo policía asió su pistola. Brett saltó sobre él, derribándolo de un puñetazo a las costillas. Se volvió para enfrentarse con el gordo.
—¡No los he matado! Tan sólo los he desconectado. No son reales, únicamente golems.
—¡Un asesino! Y aquí en el pueblo, a plena luz del día.
—¡Tiene que ayudarme! —gritó Brett—. Fíjese en toda esta escena, ¿no lo ve? Tiene el aire de algo improvisado a toda prisa, para enfrentarse a un factor inesperado; o sea yo. Los gels saben que hay algo que va mal, pero no acaban de figurarse qué puede ser. Cuando llamó usted a los policías, les hizo el juego.
Sorprendentemente, el hombre se echó a llorar. Cayó de rodillas.
—No me mate… oh, no me mate…
—¡Nadie va a matarlo, estúpido! —le interrumpió Brett—. ¡Mire! ¡Quiero mostrarle una cosa!
Aferró al hombre por las solapas, y lo puso en pie, arrastrándolo hasta el hueco, y a través de éste. El gordo se quedó muy quieto, y se echó hacia atrás.
—¿Qué es esto? ¿Y qué sitio es éste? —Corrió hacia el hueco.
—Es lo que he estado tratando de explicarle. La población en que usted vive… es un cascarón vacío. No hay nada en su interior. Nada de esto es real. Tan sólo usted… y yo. Había otro: Dhuva. Estaba en un café con él. Vino un gel. Trató de huir. Lo atrapó. Ahora está… ahí abajo.
—No estoy solo —balbuceó el gordo—. Tengo a mis amigos, clubs, socios de negocios. Estoy asegurado. Últimamente, hasta he comenzado a volverme a interesar en la religión…
Se le cortó la voz. Giró, y saltó hacia el hueco de la pared. Brett saltó tras él, agarrándole por la americana. Se rasgó. El gordo tropezó con uno de los policías-golem, cayó de bruces. Brett llegó junto a él.
—¡Levántese, maldita sea! —estalló—. ¡Necesito que me ayude, y me va a ayudar! —tiró del hombre, poniéndolo en pie—. Lo único que tiene que hacer es quedarse arriba, junto a la cuerda. Quizá Dhuva esté inconsciente cuando lo encuentre. Tendrá que ayudarme a subirlo. Si se acerca alguien, me refiero a los gels, hágame una señal. De un silbido… así —le hizo una demostración—. Y, si me meto en problemas, haga lo que pueda. Tenga… —comenzó a darle la pistola, pero lo pensó mejor, y le entregó el cuchillo—. Si algo trata de interferir, quizá esto no sirva de mucho, pero es mejor que nada. Ahora, voy a bajar.
El gordo miró como Brett asía la cuerda, y se introducía en el vacío. Brett estudió el sudado rostro, los húmedos mechones de cabello sobre el rojizo cráneo. Nada le aseguraba que aquel hombre fuera a permanecer en su puesto, pero no podía hacer más de lo que ya había hecho.
—Recuerde —dijo Brett—, que a quien tienen prisionero es un hombre de verdad, como usted o como yo… y no un golem. Es lo menos que debemos hacer por él.
Las manos del gordo temblaban. Contempló a Brett, y se humedeció los labios. Brett comenzó a bajar.
El descenso fue fácil. La irregularidad del corte de la excavación le proporcionaba asideros. Se veía surgir de la pared el extremo de una viga putrefacta; más abajo el muñón, medio desecho, de una cañería de cemento de medio metro de diámetro. Se hallaba ya a tres metros por debajo del borde del suelo. Por encima, la gruesa figura del gordo era visible silueteada contra el irregular orificio de la pared.
Ahora, la pared se inclinaba hacia dentro; la cuerda colgaba libre. Brett bajó junto al muñón de una cañería oxidada, y siguió, soltándose mano a mano. Si no había nada al fondo sobre lo que posarse, sería una larga subida para volver a la superficie…
A unos siete metros más abajo podía ver la estancada agua negra, con su lisura rota por los anillos en expansión formados allá donde habían caído piedras desalojadas por su paso.
Notaba una vibración rítmica en la cuerda. La sentía a través de las manos, un débil vaivén…
Caía, asido a una cuerda suelta…
Se desplomó de espaldas sobre el agua aceitosa, de un metro de profundidad. La cuerda cayó a su alrededor, con un chapoteo prolongado. Se puso en pie, rebuscó el extremo de la cuerda. El brillante trenzado de nylon había sido cortado limpiamente.
Durante media hora, Brett vadeó el agua que le llegaba hasta la cintura, caminando a lo largo de una pared de arcilla húmeda que se alzaba lisa junto a él. Muy arriba, haces de apagada luz del sol cruzaban las partes superiores de la caverna. No había visto señales de Dhuva… o de los gels.
Encontró un empapado madero que sobresalía de la superficie de las aguas, y se asió a él, para descansar. Sobre el agua oscura flotaban restos: una pistola de plástico, fichas para juegos, una bolsa de golf. Un túnel se abría en la pared de arcilla, allá enfrente; más allá del mismo, Brett podía ver alzarse una segunda caverna. Se imaginó la ciudad, silenciosa y vacía arriba, y el subsuelo perforado.
Una hora más tarde, había atravesado la segunda caverna. Ahora, se aferraba a un espolón de granito que surgía directamente debajo del punto en que había desaparecido Dhuva. Allá en lo alto podía ver a la camarera vestida de verde, rígida junto al borde. Estaba cansado. El caminar por el agua, con los pies metidos en el barro fino del fondo, era agotador. Y no había adelantado nada hacia una posible escapatoria, o un encuentro con Dhuva, desde que el gordo le había cortado la cuerda. Había sido tonto al dejar a aquel tipo a solas, con un cuchillo… pero no tenía elección.
Tendría que hallar otra forma de salir. El chapotear incesantemente por el fondo del pozo era una tarea inútil. Tendría que escalar la pared, y aquel punto era tan bueno como cualquier otro. Se echó hacia atrás y contempló la pared de arcilla que se alzaba ante él. A siete metros de altura, goteaba agua del extremo roto de una conducción de diez centímetros de diámetro. Desenrolló la cuerda que llevaba al hombro, hizo un nudo corredizo en un extremo, la volteó, tomando impulso, y la lanzó hacia arriba. Falló, y cayó con un chapoteo. Le recogió, y lo intentó de nuevo. Al tercer intento quedó prendida. Probó su firmeza, y comenzó a escalar. Sus manos estaban resbalosas por el barro y el agua. Se aferró también con las piernas, y siguió subiendo. La delgada maroma tenía poca adherencia. Resbaló medio metro hacia abajo, y luego se alzó de nuevo, resbaló otra vez y subió trabajosamente, resbaló, subió.
Pasados los primeros tres metros, encontró asideros en los que poner los pies en la pared de arcilla. Siguió subiendo con gran esfuerzo, con las manos doloridas y despellejadas. Una maraña de cables eléctricos que surgía de la pared le proporcionó un buen apoyo para los pies. Descansó. Cerca, se abría un orificio de medio metro en la pared: un túnel. Quizá fuera posible balancearse hasta alcanzarlo. Valía la pena intentarlo. Sus doloridas y resbalosas manos no le iban a seguir respondiendo en la subida.
Se agarró bien a la cuerda, dio una patada de lado, logró poner un pie en la boca del túnel, medio saltó, medio cayó en el interior del mismo. Se aferró a la cuerda, la soltó de la conducción y se la arrolló al hombro. Comenzó a gatear por el estrecho pasadizo.
El túnel giraba hacia la izquierda, luego hacia la derecha, luego subía. Brett gateaba sin pausa, notando la arcilla fría y blanda bajo sus palmas y empapadas rodillas. Un túnel, más pequeño, se unió a aquél, viniendo de la izquierda. Otro bajaba hasta el techo. Aquél en el que estaba se hizo mayor, primero hasta tener un metro de diámetro y luego hasta metro veinte. Se incorporó y caminó en cuclillas. Aquí y allí, apenas visibles en la oscuridad, había objetos medio enterrados en el barro: una cucharilla plateada, con el mango doblado; una oxidada máquina de ferrocarril miniatura, una radio portátil, de color verdoso por la corrosión de sus baterías rotas.
A una distancia que Brett estimó de unos cien metros del abismo, el túnel dio paso a una vasta caverna, iluminada por una claridad verdosa procedente de unos discos de cristal traslúcido situados en el techo, muy en lo alto. De la pared más cercana sobresalían una hilera de columnas de cemento descolorido, los cimientos del edificio de arriba, cuyas superficies estaban horadadas y mordisqueadas. El suelo, entre Brett y las columnas, estaba cubierto con piedras y palos claros, que brillaban opacos.
Comenzó a cruzar ese espacio. Uno de los palos se quebró bajo sus pies. Pateó una piedra, del tamaño de un melón. Rodó rápida, y se detuvo mirándole con huecos ojos: era un cráneo humano.
El suelo de la caverna cubría un área del tamaño de un manzana de edificios. Estaba tapizado de huesos humanos, y aquí y allá aparecían el pequeño esqueleto de un gato, o las quijadas, de prominentes caninos, de un perro. Se oía el constante correteo de las ratas que jugueteaban entre las costillas, se sentaban sobre los cráneos, se ocultaban tras los ilíacos. Brett avanzó pisando collares de perlas de imitación, anillos de zircón, botones de plástico, aparatos para sordos, barras de labios, polveras, varillas de corsés, aparatos protésicos, tacones de goma, relojes de pulsera, relojes de solapa, relojes de bolsillo con cadenas oxidadas.
Más hacia adelante, Brett vio un toque de color: una mancha de amarillo pálido. Se apresuró, tropezando sobre montones de huesos, aplastando cristales de gafas bajo sus pies. Alcanzó a la inerte figura, que yacía desmadejada, boca abajo. Se puso en cuclillas junto a ella, y le dio la vuelta. Era Dhuva.
Le dio palmadas en las muñecas y friccionó las frías manos. Dhuva se agitó, gimió débilmente. Brett lo alzó hasta sentarlo.
—¡Despierta! —murmuró—. ¡Despierta!
Los párpados de Dhuva temblaron. Miró, sin verlo, a Brett. Éste le susurró:
—Pueden volver los gels en cualquier momento. Tenemos que salir de aquí. ¿Puedes caminar?
—Lo vi —dijo Dhuva débilmente—. Pero se movió tan rápido…
—Por el momento no hay peligro —le cortó Brett—. No hay ninguno por los alrededores. Pero pueden venir. ¡Tenemos que hallar una forma en que salir de aquí!
Dhuva se estremeció, mirando a su alrededor.
—¿Dónde estoy? —dijo roncamente. Brett lo asió del brazo y lo ayudó a ponerse en pie.
—Estamos en una caverna que han excavado —le contestó—. Toda la ciudad está minada por ellas. Unos túneles las conectan. Tenemos que hallar una que nos lleve a la superficie.
Dhuva contempló la gran extensión de huesos.
—Me dejó aquí por muerto.
—O para que murieses —añadió Brett.
—Míralos —exhaló Dhuva—. Centenares… millares…
—Parece ser toda la población. Los gels deben haber ido llevándoseles, uno a uno.
—Pero, ¿por qué?
—Por interferir en las escenas. Pero eso no importa ahora. Lo que importa es salir de aquí. Ven; veo túneles en el otro lado.
Cruzaron el amplio espacio, por entre el campo de huesos y las ratas. Llegaron al extremo más alejado de la caverna, tomaron un túnel de un par de metros de diámetro que subía, de cuya oscura boca goteaba un reguero de agua. Comenzaron a caminar por él.
—Necesitamos un arma contra los gels —comentó Brett.
—¿Por qué? No quiero combatir con ellos —la voz de Dhuva sonaba débil y asustada—. Quiero salir de aquí… ir aunque sea a Wavly. Prefiero enfrentarme con el Duque.
—Esto fue una verdadera ciudad en otro tiempo —dijo Brett—. Los gels se han hecho con ella, han vaciado los edificios, minado el subsuelo, asesinado a la población, y puesto a gente artificial en su lugar. Y nadie se dio cuenta de ello. He hablado con un hombre que ha vivido aquí toda su vida. No sabe nada. Pero nosotros sí lo sabemos… y tenemos que hacer algo al respecto.
—No es problema nuestro. Ya he tenido bastante. Quiero irme lejos.
—Los gels deben estar en algún punto de por aquí abajo, en alguna parte de este laberinto de túneles. Por alguna razón, tratan de mantener las apariencias… pero sólo para la gente que es de aquí. Hacen sus escenas para ese gordo, allá donde se presenta. Y nunca se presenta en parte alguna en la que no le estén ya esperando esos seres.
—Lograremos saltar la muralla, de alguna manera —dijo Dhuva—. Quizá muramos de hambre, mientras tratamos de atravesar los campos secos, pero siempre será mejor que esto.
Salieron del túnel a una carbonera, atravesaron una puerta que colgaba de sus goznes, y se encontraron en la sala de la caldera de la calefacción central de un edificio. Unas escaleras llevaban hacia la luz del sol. En la calle, a la sombra de los altos edificios, estaba aparcado un cuadrado sedán, en el chaflán. Brett se acercó y tiró de la puerta. Se abrió. Las llaves colgaban de la ignición. Se sentó en el polvoriento asiento. Tras él se oyó un ronco aullido. Miró atrás. A través de la sucia ventanilla vio a un tremendo gel que se alzaba frente a Dhuva, que se pegaba a la ennegrecida pared de ladrillos del edificio.
—¡No te muevas, Dhuva! —gritó Brett. Dhuva estaba inmóvil, aplastado contra la pared. El gel se erguía, con su superficie ondulando.
Brett salió del coche. Se hallaba a unos cinco metros de aquel ser. El penetrante olor del mismo le llegaba en oleadas. Tras el gel, podía ver el pálido rostro aterrorizado de Dhuva.
En silencio, Brett giró el pasador del anticuado capó del coche, levantándolo. La tubería del combustible, de cobre, iba desde la pared de separación hasta el filtro. El tornillo de retención giró fácilmente, el filtro cayó en su mano. La gasolina fluyó en un chorro ambarino. Se quitó su húmeda chaqueta, la arrebujó y la metió bajo el chorro. Por encima del hombro vio a Dhuva, aún rígido… y al gel, flotando, indeciso.
Ahora, la americana estaba empapada de gasolina. Sacó una caja de cerillas de su pantalón. Mojada, la echó a un lado. Su vista cayó sobre la batería, fijada a un oxidado marco, bajo la parrilla. Sacó la pistola de su funda, y la usó para cortocircuitar los terminales. Saltaron pequeñas chispas azules. Acercó la americana, rozó la pistola contra los terminales. La americana prendió, con un ¡floosch!; saltaron llamas amarillas, con mucho humo. La asió por una manga, y la hizo girar sobre su cabeza. El gran gel, atraído por el repentino movimiento, se acercó apresuradamente. Lanzó la prenda en llamas sobre el monstruo, y saltó a un lado.
El ser se volvió loco. Se desplomó, golpeó contra el pavimento. La chaqueta en llamas saltó despedida. El gel se lanzó a lo largo del pavimento, hasta la cuneta, chapoteando agua sucia que mojó a Brett. Con el rabillo del ojo, éste vio cómo Dhuva tomaba la prenda encendida y la arrojaba contra la gasolina que se había deslizado en un arroyuelo hasta la cuneta. El fuego se alzó hasta una altura de siete metros en su centro, se retorció y quemó el gran gel. El antiguo coche se estremeció cuando el frenético monstruo chocó contra él. Se alzó una humareda negra; un hedor insoportable llegó hasta el olfato de Brett. Se echó hacia atrás, tosiendo. Las llamas rugían por el frontis del coche. La pintura se desconchaba y ardía. Estalló un neumático. En un sobresalto final, el gel logró apartarse de las llamas y cayó, una gran masa oscura de goma quemada, estremeciéndose, quedando por fin quieto.
—Han hecho túneles por debajo de todo —dijo Brett—. Se han abierto paso a través de cables eléctricos y conducciones de agua, cemento, acero, tierra; han dejado la cáscara, reforzada con un andamiaje parecido a una tela de araña. De alguna manera, han mantenido el suministro de agua y electricidad a donde necesitaban…
—No me importan tus teorías —le atajó Dhuva—. Lo único que deseo es irme de este lugar.
—Tiene que ir bien, Dhuva. Pero necesito tu ayuda.
—No.
—Entonces tendré que intentarlo yo solo —se dio la vuelta.
—Espera —le gritó Dhuva. Se acercó a él—. Te debo una vida, pues salvaste la mía. No puedo abandonarte. Pero si no sale bien… o si no logramos hallar eso que dices…
—Entonces nos iremos.
Doblaron por una travesía, caminando con rapidez. En la siguiente esquina, Brett señaló:
—¡Ahí hay una! —cruzaron hasta la gasolinera, corriendo. Brett probó si se abría la puerta. Estaba cerrada. Le dio patadas, astillando la madera de alrededor de la cerradura. Miró al interior—. No sirve —dijo—. Mira en el edificio de al lado. Yo iré al de atrás.
Cruzó la amplia rampa, golpeó una puerta, miró a un suelo cubierto de serrín. Se terminaba a tres metros de la puerta. Fue hasta el borde, y miró hacia abajo. Diagonalmente, a doce metros de distancia estaba el tanque subterráneo de un cuarto de millón de litros que abastecía los postes de gasolina, colgado, aislado, de una columna de arcilla estriada, apuntalada con los quitinosos andamiajes de los Gels. Las conducciones truncadas terminaban a dos metros del depósito. Desde la posición de Brett, era imposible ver si sus muñones estaban cegados.
Al otro lado de la oscura caverna apareció un rectángulo de luz. Dhuva se recortó en una puerta que miraba en dirección a él.
—¡Aquí, Dhuva! —Brett desenrolló la cuerda, hizo un nudo corredizo. Midió la distancia con la vista, y lanzó el lazo. Golpeó la parte superior del tanque, prendiéndose en un gran encastre. Rompió los cristales de una ventana, y ató el otro extremo de la cuerda al listón central. Dhuva llegó junto a él, y contempló como se aferraba a la cuerda con pies y manos y comenzaba a cruzar hacia el tanque.
Fue fácil. Los pies de Brett golpearon el tanque depósito, se montó a horcajadas sobre el mismo, pasó hasta el otro lado, y luego se descolgó hasta las cañerías de alimentación. Probó la resistencia de las mismas, y luego se deslizó hasta quedar apoyado en ellas. Había unos tapones de un material céreo duro en los bordes rotos de los conductos. Hurgó en ellos con la pistola. Cayeron trozos del material. Trabajó durante quince minutos antes de que saliesen las primeras gotas. Dos minutos más tarde estaban derramándose dos gruesos chorros de gasolina hacia la oscuridad.
Brett y Dhuva apilaron maderas, trozos de papel, serrín y trozos de carbón alrededor de un núcleo de trapos empapados de gasolina. Directamente encima del montón estaba tendida una cuerda tensa que iba del listón de la ventana hasta un cochecito de niño, cuya armazón de acero contenía una segunda carga de materiales combustibles. El cochecito colgaba a medias sobre el recortado borde del suelo.
—Tardará unos quince minutos en quemarse la cuerda, con el fuego a esta distancia —dijo Brett—. Entonces caerá el cochecito y soltará los carbones encendidos sobre la gasolina. Por entonces ya se habrá extendido por toda la superficie del estanque y fluido por los túneles laterales a otras partes del laberinto de cavernas.
—Quizá no acabemos con todos.
—Pero cazaremos a unos cuantos. Es lo máximo que podemos hacer por ahora. Enciende el fuego en el cochecito; yo me encargo de éste.
Dhuva olisqueó el aire.
—Este líquido —comenzó—. En Wavly le llamamos flogistoneo. Los ricos lo usan para cocinar.
—Pues nosotros lo usaremos para cocinar gels —encendió una cerilla. El fuego se alzó, humeando. Dhuva lo contempló, rascó inexpertamente su cerilla, inició la combustión. Se quedaron mirando un momento. El nylon se arrugaba y ennegrecía, fundiéndose con el calor.
—Será mejor que nos marchemos —dijo Brett—. No me parece que vaya a aguantar ni quince minutos.
Salieron a la calle. Tras ellos surgían remolinos de humo por la puerta. Dhuva aferró a Brett por el brazo:
—¡Mira!
A media manzana de allí avanzaba el gordo del sombrero de jipi-japa, a la cabeza de un grupo de personas con austeros trajes grises y aspecto de hombres de negocios.
—¡Ése es! —gritó el gordo—. El tipo del que les hablé. ¡Sabía que ese canalla volvería a las andadas! —caminó más despacio, contemplando desconfiadamente a Brett y Dhuva.
—¡Será mejor que se vaya de aquí, y rápido! —le gritó Brett—. ¡Va a producirse una explosión dentro de unos segundos!
—¡Humo! —aulló el gordo—. ¡Fuego! ¡Han incendiado el pueblo! ¡De ahí sale! Por la ventana… ¡y la puerta! —se echó hacia adelante. Brett sacó la pistola de la funda y la amartilló.
—¡Quédese donde está! —ladró—. Por su propio bien, le digo que corra. No me importa ese grupo de golems que ha reunido, pero me disgustaría dañar a un verdadero ser humano… aunque se trate de un cobarde como usted.
—Éstos son ciudadanos honestos —jadeó el gordo, irguiéndose y mirando la pistola—. No se saldrá con la suya. Todos le hemos visto. Acabaremos con usted…
—Nos vamos ahora. Y ustedes también se han de ir.
—No nos podrá matar a todos —dijo el gordo. Se humedeció los labios—. No le dejaremos que destruya nuestra ciudad.
Cuando el gordo estaba vuelto para exhortar a sus seguidores, Brett disparó una, dos, tres veces. Tres golems se desplomaron. El gordo se dio la vuelta.
—¡Demonio! —aulló chirriante—. ¡Un asesino anda suelto!
Cargó, con la boca muy abierta. Brett fintó a un lado y le hizo la zancadilla. El gordo cayó pesadamente, golpeando con la cara al suelo. Los golems se abalanzaron. Brett y Dhuva les lanzaron puñetazos contra sus esternones, bloqueando inefectivos golpes con sus hombros, pechos y espaldas. Brett se agachó, evitando un loco golpe y derribó a su atacante, volviéndose para ver como Dhuva acababa con el último de los muñecos. El gordo estaba sentado en el pavimento, cuidándose su nariz sangrante, pero con el sombrero aún encasquetado.
—¡Póngase en pie! —le ordenó Brett—. No queda ya tiempo.
—Los ha matado. Los ha matado a todos… —el gordo se puso en pie y, repentinamente, se giró y se zambulló hacia la puerta por la que salía una columna de humo. Brett lo sacó a rastras. Entre él y Dhuva comenzaron a arrastrarlo, tratando de contener sus intentos de soltarse. Habían recorrido ya una manzana, cuando su prisionero, con un repentino tirón, logró escapar de ellos, y echó a correr hacia el fuego.
—¡Déjalo ir! —gritó Dhuva—. ¡Es ya tarde para regresar!
El gordo saltó por sobre los caídos golems, tiró de la puerta, desapareció entre el humo. Brett y Dhuva corrieron hacia la esquina. Cuando la estaban doblando, una tremenda explosión estremeció la calle. El pavimento, frente a ellos, tembló, y se abrió en una ancha grieta. Una sección de tres metros desapareció de la vista. Rodearon el socavón, corrieron para ponerse a salvo cuando las fachadas de las casas se cuartearon y desplomaron entre nubes de polvo. La calle bailó bajo los efectos de una segunda explosión. Se abrieron nuevas grietas, mientras se alzaba polvo en bocanadas a lo largo de las zigzagueantes líneas. Cayeron cascotes a su alrededor. Inclinaron sus cabezas y siguieron corriendo.
Agotados, Brett y Dhuva caminaban a lo largo de las vacías calles de la ciudad. Tras ellos, el humo oscurecía el cielo. Flotaban cenizas, cayendo a su alrededor. El viento les traía el olor de gel quemado. El sol del atardecer brillaba sobre el desnudo pavimento. Un solitario golem, con un fez del que colgaba una gran borla, estaba rígidamente recostado contra una farola, abandonado desde el desfile de la mañana, con los ojos en blanco. En las avenidas había coches vacíos. Las antenas de TV se recortaban abandonadas contra el atardecer.
—Ese lugar parece estar habitado —dijo Brett, indicando una ventana abierta de un apartamento, en la que una cortina colgaba sobre una maceta de geranios—. Voy a dar una ojeada.
Regresó agitando la cabeza.
—Estaban todos en la salita, frente a la televisión. Al principio, parecían de verdad; quiero decir que ni alzaron la vista, ni dijeron nada cuando entré. Apagué el aparato. De todas formas, la electricidad aún funciona. ¿Cuánto tiempo durará todavía?
Tomaron una calle residencial. Bajo sus pies, el suelo tembló por una explosión lejana. Rodearon una grieta, siguieron adelante. Algún que otro golem se hallaba quieto, en extraña pose, o caído por las aceras. Uno, vestido de negro, se balanceaba en inestable péndulo en el pórtico gótico de un edificio de piedra tallada.
—Supongo que no habrá servicios este domingo —comentó Brett.
Se detuvo frente a una casa de apartamentos, de ladrillo marrón. Una manguera olvidada formaba un charco de agua en un pequeño y enfermizo trozo de césped. Brett fue hasta la puerta, se quedó escuchando, y luego entró. Al otro lado de la sala estaba sentada la quieta figura de una mujer en una mecedora. Un rizo se agitaba en su frente. Una sombra de expresión pareció cruzar su arrugado rostro. Brett se adelantó.
—No tenga miedo. Puede venir con nosotros… —se calló. Una cortina, agitada por el viento, lanzaba sombras móviles sobre la inerte faz del golem, en la que ya comenzaba a posarse el polvo.
Se volvió, inclinando tristemente la cabeza.
—Todos —dijo—. Es como si los hubiesen borrado de un papel. Cuando los gels murieron, los golems murieron con ellos.
—¿Por qué? —preguntó Dhuva—. ¿Qué significa todo esto?
—¿Significa? —repitió Brett. Agitó la cabeza, comenzó a caminar de nuevo, calle adelante—. No significa nada. Simplemente, las cosas son así.
Brett estaba sentado en un abandonado Cadillac, escuchando la radio.
—¿… me oye alguien? —interrogaba una voz suplicante a través del altavoz—. Soy Ab Gullorian, de las Espiras Gemelas. Parece que soy el único que queda con vida. ¿Me escucha alguien?
Probó otra frecuencia:
—… hemos estado haciéndonos preguntas equivocadas… buscando la Razón Última. Pero, hermanos, ésas son cosas extrañas. Pues, si una flor brota, ¿qué hombre preguntará por qué? ¿Qué buscamos en una sinfonía…?
Giró el botón de nuevo:
—… Kansas City. Apenas media docena de nosotros. ¡Y los muertos! Amontonados por todas partes. Pero hay una cosa extraña: el Doctor Potter ha intentado hacer autopsias…
Buscó otra emisora:
—CQ, CQ, CQ. Aquí Hollip Quate emitiendo CQ, CQ. Se ha producido un desastre, aquí en Puerto Lujurioso. Necesitamos…
—Llenad vuestras almas con el pensamiento de Jesús —urgía otra estación.
—… a la base —dijo débilmente la radio, con mucha estática—. Observatorio Lunar llamando a la base. Escuche, Control Lunar, habla el comandante McVee del Destacamento Lunar, único superviviente…
—¿… escucha, Hollip Quate? ¿Me escucha? Aquí Kansas City. Oiga, ¿desde dónde dijo que estaba llamando…?
—Parece como si los dos hubiéramos tenido un buen número de ideas erróneas acerca del mundo exterior —comentó Brett—. La mayor parte de esas estaciones suenan como si fuesen de otro planeta.
—No entiendo de dónde salen esas voces —dijo Dhuva—, pero todos los lugares que mencionaron me resultan desconocidos… excepto las Espiras Gemelas.
—Yo he oído hablar de Kansas City —admitió Brett—, pero de ninguno de los otros.
La tierra tembló. Se escuchó un sordo retumbar.
—Otra vez —dijo Brett. Apagó la radio y probó el starter. Gruñó y se puso en marcha. El motor inició el ciclo, tosió y luego funcionó suavemente—. Sube, Dhuva. Lo mejor será que vayamos en coche. ¿Qué camino hemos de seguir para salir de este lugar?
—La muralla está en aquella dirección —señaló Dhuva—. Pero no sé dónde habrá una puerta.
—Ya nos ocuparemos de eso a su debido tiempo —contestó Brett—. Todo este lugar se va a hundir dentro de poco. Realmente, hemos iniciado algo grande. Supongo que otros depósitos subterráneos de combustible han estallado, y que se han incendiado las conducciones de gas.
Un edificio, ante ellos, se cuarteó, desplomándose en un montón de ladrillos pulverizados. El coche saltó al estremecerse la calle por efectos del hundimiento. Una tapa del alcantarillado saltó despedida, rodó unos metros y se perdió de vista. Brett giró el volante, aceleró. El coche saltó sobre cascotes y rugió por el pavimento lleno de escombros. Brett miró por el retrovisor. A una manzana de distancia tras ellos se acababa la calle. De un inmenso pozo se alzaba una nube de humo y polvo.
—¡Por esta vez, hemos escapado! —gritó—. ¿Cuánto falta para la muralla?
—¡No mucho! Gira por allí…
Giró la esquina con un chirrido de los neumáticos. Ante ellos se alzaba la pared gris, lisa, sin nada que la rompiese.
—¡Es un callejón sin salida! —gritó Brett.
—Mejor será que paremos y sigamos a pie…
—¡No hay tiempo! ¡Voy a lanzarlo contra la pared! Quizá podamos abrir un agujero en ella.
Dhuva se acurrucó; con los dientes apretados, Brett apretó a fondo el acelerador, dirigiendo el coche directamente contra la pared. El pesado coche casi voló los últimos metros, chocó…
Y se abrió paso por la lona pintada hasta un campo de tallos secos.
Brett giró el vehículo en una gran curva, para detenerse y mirar atrás. Un ennegrecido sombrero de jipi-japa flotó hacia el suelo, cayendo entre los tallos. Tras la pared de lona brotaba humo en grandes nubarrones. Un hedor fétido llenaba el ambiente.
—Esto acaba con el asunto, supongo —comentó Brett.
—No sé. Mira allí.
Brett se volvió. A lo lejos, por el campo, surgían humaredas desde el suelo.
—Toda la región está minada —dijo Brett—. ¿Hasta dónde llegarán los túneles?
—Cualquiera sabe. Pero será mejor que nos pongamos en marcha. Quizá podamos salir a un espacio libre de ellos. Aunque la verdad es que eso poco importa, somos los últimos que quedamos…
—Hablas como el gordo —atajó Brett—. ¿Por qué tenemos que sorprendernos tanto al averiguar la verdad? Después de todo, nunca la habíamos buscado. Todo lo que sabíamos, o que creíamos saber, era lo que nos contaban. La luna, la otra cara del mundo, una ciudad lejana… incluso el pueblo vecino. ¿Cómo podemos estar seguros de lo que hay allí… a menos que vayamos a verlo por nosotros mismos? ¿Sabe un pez de colores, que está en una pecera, lo que es el océano?
—¿De dónde vinieron esos gels? ¿Cuantas partes del mundo tendrán perforadas con sus túneles? ¿Qué ocurrirá en Wavly? ¿Será también un país de golems? ¿El Duque… y toda la gente que conocí?
—No lo sé, Dhuva. Yo también me he estado preguntando acerca de la gente de Casperton. Como el Doctor Welch. Siempre lo veía por la calle con su maletín negro. Siempre creí que lo llevaría lleno de píldoras y bisturíes; pero tal vez llevase, en realidad, rabos de cebra y ojos de sapo. Quizá sea verdaderamente un mago, de camino hacia un lugar en el que debe exorcizar un diablo. Puede que la gente que veía cada mañana corriendo para alcanzar el autobús no estuviesen yendo hacia la oficina; puede que bajasen a cavernas y fuesen desgastando los cimientos de las casas. Tal vez subiesen a los techos, se pusiesen vestimentas con los colores del arco iris y echasen a volar. Acostumbraba a pasar por delante de un banco, allá en Casperton: un gran edificio gris de sillería, con cortinas en las partes inferiores de las ventanas. Nunca entré dentro, no tengo nada que hacer en un banco. Siempre me lo imaginé lleno de empleados, atendiendo a los clientes… Ahora no sé… Podría ser cualquier cosa…
—Eso es lo que me da miedo —admitió Dhuva—. Todo podría ser cualquier cosa.
—En realidad, las cosas no son diferentes de como eran —comentó Brett—, sólo que… ahora sabemos la verdad.
Condujo el gran coche a través del campo, en dirección a Casperton.
—No sé lo que hallaremos allí. Tía Haicey, Pretty-Lee… Pero tan sólo hay una forma en que averiguarlo.
La luna se alzó mientras el coche corría, dando saltos, hacia el oeste, alzando una nube de polvo que se recortaba contra el luminoso cielo del atardecer.