Aún recuerdo nuestro primer encuentro.
Aquel verano en Mar Azul cuando aun nadie lo conocía, y nuestras familias eran las pioneras. Mejor dicho, tu familia era una de las pioneras, yo solo era otra muchacha más, de las tantas que habían nacido en un pequeño pueblo costero. Y solo eso estaba destinada a ser.
Ambos sabemos que tengo razón, sin ninguna escuela cerca, y con una madre ama de casa y costurera a medio tiempo, ese también era mi destino. Aprender el oficio de mi progenitora, casarme con el hijo mayor de alguno de mis vecinos -con algo de suerte el hijo del carnicero- y darle muchos nietos a mis padres, que ya estarían jubilados y podrían malcriarlos a placer.
Caminando por la playa, buscando conchillas de caracoles, perdida en mis pensamientos, no vi a tu novia de aquel entonces, que corría detrás de su caro sombrero blanco, que alguna brisa atrevida había osado arrebatarle.
Por supuesto, el resultado fue que ella cayó entre las olas que acariciaban la costa, arruinando su inmaculado vestido celeste, que de seguro costaba más que todo mi guardarropa junto. Ella no tardó en comenzar a chillar indignada, exigiéndote que hicieras algo para satisfacer su ego magullado.
A ti sí te vi. Alto, dorado y rubio, como un ángel salido de las imágenes que hay en la iglesia del pueblo. No podías ser más apuesto, y yo sólo te miré como atontada. Eras el príncipe azul de mis sueños… y tenías novia.
No reparaste ni una sola mirada en mí, mientras la ayudabas a ponerse de pie. Tarea difícil, dado que sus delicadas sandalias se habían hundido en las arenas húmedas. Mientras con una mano la sujetabas de la cintura, con la otra aferraste con brusquedad el sombrero, responsable de todo el incidente, y en ese momento, te giraste a mirarme.
Cierro los ojos, y aun después de cincuenta años recuerdo el cambio en tu rostro, como si estuviese ocurriendo ahora mismo. De un azul intenso como un mar tormentoso, tus ojos se volvieron brillantes como las aguas de un arroyo de montaña, mientras una expresión que solo podía traducirse como sorpresa e interés, se apoderaban de ti.
Sin darte cuenta, soltaste a tu compañera y avanzaste un paso en mi dirección. A lo cual, por supuesto, yo retrocedí.
Nunca supe con exactitud que pasó entre ustedes ese día. Como todo un caballero de brillante armadura, siempre te rehusaste a darme detalles. Solo apareciste en la puerta de mi casa esa misma tarde, con un ramo de rosas y una botella de whisky.
A mi madre te la ganaste enseguida con ese galante gesto, y a mi padre, aunque jamás lo reconoció, también. De alguna manera, habías logrado averiguarlo todo sobre nosotros. Por eso no me sorprendió cuando no tardaste el ganar el permiso para llevarme a caminar por la playa sin chaperonas.
Nunca atrás y nunca adelante. Siempre te aseguraste de aferrar con fuerza mi mano para que yo pudiera caminar a tu lado. Y no solo en la playa, sino en nuestra vida.
Suspirando, te di una rápida mirada de reojo y al igual que siempre, me sonreíste:
—¿Qué ocurre, pequeña? —aunque ya estoy vieja y canosa, y mi cuerpo no es firme como antes, una sola mirada tuya me transporta a mis dieciocho años y nuestras caminatas en la playa.
—Nada. Solo recordaba viejos tiempos, amor —y a pesar de que sé que eres mayor que yo por diez años, aún sigues siendo mi caballero de brillante armadura, alto, apuesto y dorado, como un ángel caído del cielo.
Te ríes por lo bajo, obviamente recordando lo mismo que yo:
—Mi pequeña traviesa… Recordar es algo hermoso, pero yo me conformo con algo más simple… —levantando nuestras manos, entrelazo nuestros dedos y sin apartar la mirada de mi rostro, volvió a ganarse mi corazón de nuevo. —Yo me siento honrado de poder caminar a tu lado, mi amor. Por lo que nos quede de tiempo en esta vida, y aun después, yo te esperaré, porque sin ti a mi lado, me siento incompleto.