El loco destino me jugó otra vez una de sus locas desventuras. No tenía pensado levantarme tan temprano ese día, era feriado. Y a decir verdad, la cama estaba muy cómoda y calentita. Pero tenía una cita, no piensen mal. No aún. Quedé con esa loca amiga que todas tenemos, esa amiga especial que nos hace levantar un feriado temprano, solo para que la acompañemos a una venta de ropa, muy especial y súper cool, y que solamente, según ella, íbamos a conseguir las mejores prendas y a buen precio, solo y ¡solo! si madrugábamos e íbamos temprano…
Y a mí se me ocurrió decirle que sí. Tonta yo. Pero es lo que se hace por una amiga, que tiene el corazón roto y está un poco bajoneada.
El día comenzó bien. Desayunamos bien abundante ya que al lugar donde fuimos tenía cositas caseras muy ricas. Y de tanto charlar, nos dimos cuenta de que el madrugar no nos sirvió de mucho, ya que se nos estaba haciendo tarde.
¡Cómo me hizo correr esa loca! Estaba desesperada por llegar, que no íbamos a conseguir nada barato y de buena calidad y bla bla. En fin, cuando llegamos era un caos de gente, pero la verdad es que el lugar era muy lindo, y lleno de percheros y de ropa muy fina y variada.
Creo que nos pasamos horas revolviendo prendas, probándonos y haciendo combinaciones desde las más recatadas hasta las más osadas.
Lo pasamos genial y fue una mañana muy divertida, hasta que llegamos a un perchero de camperas y chalecos de cuero, muy originales y sinceramente con unos diseños de muerte.
Estábamos enloquecidas con esas prendas tan particulares y diversas, hasta que un choque de cabezas, por estar agachada buscando algún zapato para combinar, me hizo volver a la realidad de golpe. ¡Qué fuerte golpe me di! ¡Qué bruto el hombre que me propinó semejante cabezazo!
—Pero tenga cuidado, hombre, ¿no ve que me hizo daño? —dije enojada, mientras me frotaba la cabeza. ¡Qué pedazo de bestia ese hombre, estaba furiosa!
—Usted se agachó sin mirar, fue usted la imprudente —me dijo con un acento un poco extraño.
Lo primero que pensé fue: ¿tiene la boca llena de algo? Y cuando él levantó la mirada al mismo tiempo que yo lo hice con la mía, elevándola al máximo, lo vi y me quedé helada.
Primero me quedé pensando cómo pudo haberse producido el choque de cabezas, ya que era tan alto que no me daban las medidas. No soy tan petiza, mi amiga diría que la medida es la normal: 1,65 metros. Pero este hombre superaba mi altura y por varias decenas de centímetros. De largo y de ancho. Y de ancho por sobre todo. Era como un ropero, su aspecto casi me hace olvidar por qué estaba tan enojada, y al rascarme la cabeza; acto reflejo que tengo cuando me quedo sin palabras, lo que no sucede muy a menudo; el dolor me hizo recordar el porqué de mi enojo.
—¿Me está diciendo que yo tuve la culpa? Fue un accidente, pero al menos la educación te obliga a pedir disculpas a una mujer —dije muy enfadada a pesar de la atractiva visión que tenía enfrente mío. Unos 1,95 metros de puro hombre, piel asoleada, mandíbula cuadrada, con un hoyuelo en la pera, pelo rubio, y unos ojos enigmáticos, ya que estaban tapados por unos anteojos aviador, esos como los que usaba Tom Cruise en la película Top Gun.
Creo que por un instante me babeé, pero por suerte fue imperceptible. Lo miraba asombrada, frotándome el chichón que ya me estaba creciendo, y preguntándome cómo es que a él no le dolía nada y a mí me estaba saliendo un huevo en la cabeza.
—¿Yo pedir perdón? Fue usted la bruta que me dio el cabezazo.
—¡¡¡Bruta!!! ¡¡¡Me dijo bruta a mí!!!
Ah nooo, ahora sí que se me salta la cadena, como dicen mis amigas. No hay guapetón que se salve de esta.
Mi ceja levantada de la bronca, estaba casi por salir disparando de mi cara. Me encuadré poniendo mis brazos en jarra, muy, pero muy enfadada con este guapetón, que no tuvo la buena educación de pedirme disculpas después del cabezazo que me dio.
—¡Mira nenito lindo! El que seas un bombón de dulce de leche, no te exime que no hayas aprendido buenas costumbres. ¡¡Yo me imagino que en el país en donde te criaron, te habrán enseñado a pedir disculpas a las damas!! —le grité furiosa, moviendo el pie nerviosa. Esperando una respuesta, y si esa respuesta era una disculpa, mejor.
¿Pueden creer que el guapetón no solo no me dio la disculpa?, sino que se acomodó sus lentes, resopló, se dio media vuelta y se fue.
Me dejó ahí, con el chichón, enojada y sin disculpas.
—¡Ey, maleducado! ¡Pedime disculpas!! ¿A dónde vas?
—¿Qué te pasa loca? —me preguntó mi amiga, tomándome del brazo y alejándome de la muchedumbre que se estaba formando al haber levantado la voz.
—¿No viste lo que pasó, Sil? Me dio una flor de cabezazo y encima no fue capaz de pedirme disculpas, y además está re fuerte, ni chance me dio de hacerle ojitos —contesté toda esta frase acompañada de unos pucheritos terribles, y con los brazos cruzados. Bien de berrinche.
—Sí me di cuenta de que no te pidió perdón, Nan, pero estás haciendo un escándalo loca, dejalo pasar.
—¡Que lo dej…!
Y me callé, porque o sino explotaba con ella también. Ufa, además de no haberle visto los ojos, que era todo lo que me quedaba por descubrir de ese hermoso guapetón, me quedé de souvenir un hermoso chichón, que ya estaba latiéndome y molestándome al punto de ponerme berrinchuda por todo.
—Está bien, sigamos. Ya me duele la cabeza.
Y después de probarnos unos cuantos trapos más, por fin la convencí a la loca de mi amiga de ir hacia una caja.
Cuando estábamos pagando, muy contentas y eufóricas por nuestros hallazgos de moda, me puse a revolver en la cartera, ya que mi billetera se había ido para el fondo de la misma, y no podía alcanzarla.
Al maniobrar y pegar el tirón para sacarla, tiré muy fuerte la mano hacia atrás, con la mala suerte de aterrizar sobre la cara de alguien. Inmediatamente se escucharon unos improperios en otro idioma, no los entendí pero me imaginé que no eran muy elegantes, por el tono de voz masculino. Al instante hice un ademán de encogerme de la vergüenza y, cuando me pude dar cuenta de que el hombre dejaba de quejarse del golpe, comencé a darme la vuelta despacito.
Mi cara de pedir disculpas, pasó a ser de incredulidad, al ver que el dueño del golpe, era el mismo del cabezazo. Vaya karma, pensé.
Y cuando comencé a intentar disculparme, para que viera -y se lo iba a recalcar- que yo sí soy educada. Su cara cambió de dolor a seriedad total, y a enojo terrible. Dios, este buen hombre se enojó demasiado para mi gusto. Quedé con la boca abierta, detenida en tiempo y espacio, por su gesto de enojo. Cuando tomé coraje y aire, para comenzar a disculparme otra vez, no tuvo mejor idea que sacarse los lentes.
Y ahí sí quedé detenida en tiempo y espacio. Con la mano levantada, y el dedo índice en el aire. En mi vida había visto unos ojos tan verdes y profundos. Eran color del océano, de esas fotos que vemos de alguna isla tropical, esa mezcla rara de verde claro, casi índigo. Y totalmente hipnótica. Así me quedé, con cara de tonta, mirándole los ojos. Notando que gesticulaba, hasta que de pronto me di cuenta de que no solo gesticulaba. ¡Me estaba gritando! ¡Y en otro idioma!
—¿Se está vengando verdad? ¡Qué educada de su parte!
—¿Qué? —Dije medio embobada volviendo a tierra y poniéndome en guardia frente al guapetón.
—¡Educada soy! Estaba por pedirle disculpas, justamente cuando usted empezó a decirme, vaya a saber cuántos improperios en otro idioma que no conozco, y por lo tanto no me dio chance de contestarle.
¡Tomá! Ahí fue todo lo que tenía atragantado. Y se ve que no fue muy lejos de la realidad, ya que el guapetón, se puso colorado.
—¡¡Ah!! ¡Mire usted!, así que yo tengo razón. ¡¡Su sonrojo me está diciendo que sí me estaba insultando!!
—Disculpe, yo… no quería, no era mi intención, es que me agarró desprevenido… y… —se disculpaba casi balbuceando, al borde de ponerse rojo como una manzana.
Yo lo miraba, y me decía para mí misma: una apetitosa manzana…
—Está bien, te disculpo, guapo —le retruqué con una sonrisa de triunfo en la cara, ya que me sentía ganadora de esta partida. —Espero que no sea costumbre de tu país tratar a las mujeres así, ¿verdad?
—¡¡No!! Para nada, en Australia somos unos caballeros con las damas —me contestó ya más distendido.
—Espero estar dentro de tu catálogo de damas, porque por el ejemplo que me estás dando, dista bastante de eso.
Y el muy caradura se quedó pensando, con una sonrisa de costado. No sabía si romperle la cara de un cachetazo -al hacerme creer que no estoy dentro del catálogo de dama-, o partirle la boca de un beso, por darme esa media sonrisa tan sensual y derrite-bombachas que me estaba dando.
—Por supuesto señora dama, aunque por momentos… —y se quedó pensativo, mirándome a los ojos.
—¿Por momentos qué?
A pesar de que me estaba matando con la mirada, tenía muchas ganas de seguir conociéndolo.
—Nada, nada, con su permiso, necesito terminar mi compra.
Y encima tuvo el tupé de dejarme con la frase a medio terminar. Pero tuve que dejarlo pasar, pero sin dejar de fruncir el ceño y con un puchero en los labios.
Retomamos cada uno el fin de la transacción, yo seguía con el puchero en la cara, ya que quería seguir dándole charla al guapetón, y él con los lentes puestos, y esa media sonrisa de lado, que junto con el hoyuelo en la pera, era un "ufff", no hay parámetro para comparar.
Al terminar de pagar, cada uno de su lado, nos dirigimos una mirada media pícara, que terminó por dejarme medio mareada, y cada uno agarró todas sus cosas y se marchó por su lado.
Llegué a casa en una nube, Sil no paraba de hablarme de todas las cosas lindas que nos habíamos comprado y bla bla. Y yo seguía repitiendo en mi mente, el fugaz pero fuerte encuentro con mi guapetón australiano.
—Australiano… —dije así como en trance.
—¿Qué dijiste loca? Hace media hora que te cuento lo que me compré y vos solo atinas a decir: ¿¿Australia?? ¿Qué te pasa? ¿Tan mal te dejó ese hombre?
—Guapetón nena, y de Australia.
—Si vos lo decís. Nan, estaba bueno, pero tampoco para ponerte así. El cabezazo te dejó mal, tenés que ponerte hielo en la cabeza, te veo el chichón desde lejos.
Y automáticamente me puse la mano sobre el mismo, sintiendo el punzante dolor, que me hacía recordar aún más al culpable de la inflamación.
Al llegar a casa nos pusimos a desembolsar todo lo comprado en la cama y revisar nuestros logros.
Hasta que mi amiga me dijo muy asombrada.
—¿Pensás regalarle semejante campera de cuero a alguien?, ¿puedo saber a quién sería? Es enorme, ¡¡qué espalda!!
Me di vuelta con cara de interrogación, y de pronto al darme cuenta de lo que estaba hablando, la sangre se evaporó de mi cara.
—¡¡¡Ay Dios, me la mandé y fea!!! —dije tomando la campera en mis manos.
—Esto no es mío, gorda, ¡¡¡es de él!!!
—¿De quién?? ¿No entiendo, le sacaste una prenda a alguien que la quería comprar?
—¡¡No!! ¡¡¡Tarada!!! ¡Es la campera del guapetón! ¡Cuando estaba pagando, seguro la metí en la bolsa con toda la ropa que compré!
—Está bien que no te haya dado bola, nena, pero robarle no da.
—¡¡Qué decís, nena!! ¿No me entendiste que fue por error? Estaba tan embobada en él que no me di cuenta de que me estaba metiendo SU campera en la bolsa con MI ropa. ¡¡Qué vergüenza!!
—¡Vamos a tener que revisar si hay algo dentro que lo identifique! —dijo mi amiga, después de estar mirando la campera las dos juntas, como esperando que en algún momento nos fuera a hablar.
—Sí, tenés razón, me da cosa revisarla, pero no nos queda otra. Porque si vamos a la tienda para preguntar si tienen datos, no nos van a dar nada y nos van a tildar de locas o peor.
—La ladrona sos vos, que quede claro.
—Gracias amiga, siempre confié en vos para darme una mano cuando estuviera en una situación complicada.
Y con vergüenza y timidez, comencé a revolverle los bolsillos esperando encontrar alguna pista de este guapetón y poder devolverle la campera, y quizás, bueno, tratar de entablar una linda amistad. Con suerte, digo, con mucha suerte. Aunque dadas las circunstancias, y pensando en su actitud, creo que lo de bonita amistad se me va a complicar un poco.
Por suerte, encontré un bulto en uno de los bolsillos internos de la campera. Y para más satisfacción era una billetera.
Yo estaba como loca, gritaba y saltaba de alegría sosteniendo la billetera como si fuera el ticket ganador de la lotería, muy dentro de mí, realmente creía eso. Al menos las esperanzas nunca se pierden, ¿no?
Tomé la billetera en mis manos, y cuando me disponía a abrirla, sentí la cabeza de mi amiga apoyándose en mi hombro, con cara expectante, esperando que yo siguiera con la apertura del tesoro.
—¿Qué haces? ¿Ahora estás entusiasmada? Recién te lavabas las manos —le dije haciéndome la enojada. Nunca podría recriminarle nada pero tenía ganas de pelear un poco.
—Dale, ¡¡deja de hacerte la intrigante y abrí la maldita billetera!! —me dijo sin dejar de mirar con el ceño fruncido por sobre mi hombro.
—Roger Miller —susurré.
—Lindo nombre. No mentía, vive en Australia, Sidney para ser más precisos, ¿será vecino de Nemo?
La loca de mi amiga se moría de risa por su chiste, mientras yo me perdía en la foto de su carnet de conducir.
—No hay número de teléfono, y ¿ahora qué hacemos?
—Indagar en la tecnología tontita.
Mi amiga es una luz para eso.
Y así fue que investigando en la web pudimos dar con su facebook y así con el chat hangouts.
Nos contestó muy tarde, aunque por suerte si no nos llegaba a contestar, creo que esa noche no iba a dormir de los nervios.
Al principio fue muy ruda la respuesta, me costó convencerlo de que realmente quería devolverle la campera y sus cosas y no raptarlo o algo así. ¡¡Qué desconfiado el hombre por Dios!!
Y nos pusimos de acuerdo en vernos en la puerta de su hotel esa misma noche. Ya que tenía que partir al día siguiente.
—Esto me da mala espina.
A mi amiga no le gustaba nada que yo fuera en persona a dejarle la campera. Pero estaba empecinada en ir, quería a toda costa volver a mirarlo a los ojos, aunque fuera por enojo, si no me llegaba a creer que nada de lo que pasó fue a propósito.
Me fui armada de coraje, a la espera de una aventura. Me acerqué a la entrada del hotel, ya con un poco de menos coraje, pensando que tal vez sí era un error llevar las cosas yo solita. Era muy tarde, y a decir verdad, estaba todo muy oscuro.
—Hola, Roger. ¿Estás por ahí? —llamé tímidamente.
—Bueno, parece que al fin te saliste con la tuya.
Escuché, a un lado, y casi me patino del susto al girar de golpe.
—Perdón, no quería asustarte, estaba chequeando de que estuvieras sola.
—¿Pensabas que venía acompañada? ¿Que esto era una trampa? —ya levantando la voz un poco enojada.
—¿Y por qué no puedo pensar eso? Mis cosas desaparecen en un local, y luego te desesperas por devolvérmelas en persona. ¿Qué quieres que piense?
Y tenía razón, mi amiga pensaba lo mismo. Pero soy tan cabeza dura que me meto en problemas la mayoría de las veces.
—Yo solo quería dártela en mano, como ves estoy sola, no pretendía nada más. Tomá, me voy. De nada.
Y le di la bolsa con las cosas, ya decepcionada y hasta algo enojada, al borde del puchero.
—Espera, lo siento. Tienes razón, me expresé mal. Mi estadía en este país no es solo por placer y me está afectando en mi humor —dijo tomándome del brazo. Impidiéndome que me vaya.
Y cuando estaba claudicando y tratando de no hacer notar tanto mi felicidad, una sombra apareció detrás de nosotros. Con un arma en la mano.
—A ver tortolitos, que tiernos, pero de acá no se mueve nadie sin darme todo lo de valor que tengan —dijo con una voz escalofriante.
Roger se dio vuelta para mirarme, como si me acusara de haber preparado todo.
—Te juro que no tengo nada que ver con esto —le dije con un tono de temor. Y parece que me comprendió, porque su cara se transformó a enojo, y de golpe se puso delante de mí, protegiéndome del malhechor.
—¿Será mejor que hagamos lo que dice, no? Está armado —dije susurrando para que solo lo escuchara Roger, y no dar tanta confianza al ladrón.
—Si se calma podemos llegar a un arreglo, pero baje el arma, no es necesario que nos apunte.
Dios, Roger trataba de calmar al ladrón y yo estaba temblando como una hoja. Del miedo me sujeté a su remera por la espalda, mientras que él me protegía con su cuerpo y, con un brazo hacia atrás, me sostenía por la cintura.
—Acá el que manda soy yo, vamos muévanse más hacia el callejón y vemos como seguimos —ordenó el ladrón moviendo de manera peligrosa el arma.
De a poquito y haciendo marcha atrás fuimos desplazándonos hacia donde el ladrón nos guiaba, pero mirando de reojo para todos lados, tratando de encontrar a alguien para pedir ayuda. Pero por lo tarde que era, no había nadie en la calle en ese momento.
Un sentimiento de culpa de pronto se apodero de mí, y mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Todo esto es mi culpa —dije sollozando. —Solo tendría que haber dejado en recepción tus cosas e irme. Todo es por mi tonto capricho de volverte a ver —ya al borde de las lágrimas, que no me dejaban ver.
Roger, paró en seco y giro la cabeza, para mirarme asombrado.
—No te culpes, Nan, pero sí hablaremos largo y tendido cuando todo esto termine.
Y a mí me sonó a promesa.
Creo que no sabía si llorar por la culpa o por el tono amenazante de la frase, pero tampoco me dejó pensar mucho al respecto, porque en una toma digna de película, tomo el arma del ladrón y comenzaron a pelear hasta que de repente se escucharon tiros, y alboroto. Yo salí empujada hacia un rincón, caí al piso.
Cuando todo el alboroto se calmó, y pude entender lo que pasó me sentía más confundida que nunca. Roger tenía en el suelo al malhechor apresándolo con una rodilla en la espalda. Y de golpe la gente empezó a rodearnos y el maldito ladrón, al llegar la policía, no tuvo nada mejor que decir que nosotros lo habíamos atacado de la nada.
Cuando nos disponíamos a explicar todo, nos dimos cuenta de que la bolsa y mi cartera ya no estaban. El ladrón no estaba solo, como comúnmente pasa, y de ser las víctimas, fuimos nosotros los malhechores. Terminamos siendo arrestados.
Por suerte, a pesar de todo el susto, fuimos demorados en una pequeña oficina de la comisaría, a la espera de las averiguaciones pertinentes hasta poder aclarar todo el malentendido.
Teníamos a favor los testigos que se pudieron acercar, ya que estaban declarando a nuestro favor. Y claro, como ninguno de los dos teníamos identificaciones, deberíamos esperar a que la policía corroborara nuestros datos.
Yo estaba sentada en el fondo de la fría oficina, en una destartalada silla, totalmente helada, con los codos en las rodillas y sosteniéndome la cara, no sé si temblaba más del frío o de la bronca que sentía.
Roger, se encontraba caminando de lado a lado en la oficina, como gato enjaulado, con los puños cerrados. Con tanta fuerza, que tenía los nudillos blancos.
—No puedo creer que nos pasara esto. —Mi bronca era terrible pero mi frase no fue la más acertada, al menos no para Roger, que se dio vuelta con la cara transformada de la ira al borde de explotar.
—¡No puedes creerlo! ¡Si estamos acá por tu culpa! —me gritó, exponiendo el enojo que tenía.
—No fue mi culpa, yo también soy víctima. —No puedo creer que me estuviese echando la culpa de esta situación.
—¡Claro que sí! ¡YO no puedo creer que te haya hecho caso de encontrarnos así nada más en la calle! ¿A cuántos incrédulos hiciste caer en esta trampa de esta manera? ¡Dime! Y me levantó de la silla de golpe tomándome fuertemente de los brazos.
Estaba aterrada, no solo sentía frío, sino que encima me estaban sacudiendo con fuerza y me estaban echando la culpa de ser cómplice de un delito.
—Te dije que no fue mi culpa, nada de esto fue planeado, ¿qué te crees que soy?
Ya no podía disimular lo que me herían sus palabras, las lágrimas caían demostrando mi inocencia.
Se apartó de mí como si quemara, creo que se arrepintió al instante de lo que había hecho. Dio media vuelta tomándose la cabeza y hablando en su idioma. Yo seguía dura, parada donde me dejó, llorando como tonta. Solo atiné a taparme la boca para no dar tanta vergüenza y tratar de aplacar mis sollozos.
Las piernas me fallaron, y fui a parar al suelo de rodillas, ya no veía dónde estaba, solo me tapaba la cara con las dos manos, y lloraba sin consuelo.
Roger se dio cuenta de cuán brusco había sido, y decidió consolarme. Se arrodilló frente a mí y me abrazó, acunándome. Pidiéndome disculpas.
—Lo siento, nena. Te juro que me enceguecí, no llores, por favor.
Paré de llorar, pero comencé a temblar del frío. Me estaba congelando. Y al notarlo mi guapetón, se sentó mejor en el suelo, y me arrastró sobre él. Abrazándome, para darme calor.
—¿Qué haces?, te voy a ensuciar la remera —dije acongojada, porque el rímel le iba a manchar toda la ropa, pero a decir verdad, estaba muy cómoda en sus brazos.
—La remera es lo menos en este momento, te estás congelando, y no quiero que te pongas enferma. Por la mañana saldremos de acá, eso espero ¿no? ¿La justicia en tu país es muy lenta?
Levanté la cara para mirarlo de frente y me dio risa su expresión, no pude ocultarlo.
—¿Qué te hace gracia?
—Tu expresión, toda la situación. No sé cuánto tiempo estaremos acá, a decir verdad. No puedo comprender cómo la situación se puso en contra nuestra —fruncí el ceño, tratando de entender cómo pasamos a ser nosotros los malos.
Sentí su caricia en mi cara, tratando de desfruncirme el ceño.
—No hagas eso, ya todo pasó, realmente me asusté cuando el ladrón te apuntó con el arma.
Nos quedamos mirándonos a los ojos. En verdad, me volví a perder en su mirada.
—Cuando salgamos de acá, espero que siga en pié la charla que me prometiste en el callejón —le dije tímida, sin dejar de mirarle la boca. Y lo notó, porque bajó su mano a mi mentón, deteniéndose sobre mis labios y marcando el contorno de ellos con su pulgar.
—Debo confesar que me tienes intrigado porteñita.
—¿Intrigado? ¿Y por qué, guapetón? —Ya más calmada, y entrando en calor por sus caricias y su ardiente mirada.
—¿Guapetón? Jajaja. Ese no es mi nombre, "porteñita". Aunque mis amigos me dicen Sid, por mi ciudad natal.
Con esa frase, mi cabecita loca se disparó a full, haciendo las comparaciones pertinentes, por su apodo y el mío.
No pude dejar de sonreír al respecto, y una carcajada se me escapó, aunque intenté taparme la boca con la mano.
—¿A qué viene tanta risa? ¿Te hace gracia mi apodo porteñita? —me recalcaba el mío como si fuera a descargarse de mi tan querido apodo de guapetón.
—¿Es que no te das cuenta? Le exclamé tomándole la cara con las dos manos.
—¡Somos Sid y Nancy! No puedes negar, que a pesar de todo lo que nos pasó, encima nuestros nombres juntos son particulares.
Se me quedó mirando un momento, pensando toda la situación. Hasta que por sus gestos, me di cuenta de que estaba comprendiendo la situación.
Y comenzó a reírse de una manera, que para mí, era música. Una carcajada bien masculina y sensual. Mis manos bajaron por el movimiento hasta su pecho, y no podía apartar mi mirada de la suya. Él notó lo mismo, porque al momento su gesto comenzó a cambiar y se empezó a poner más serio. Sus ojos bajaron a mis labios, y luego a mi ojos, como pidiendo permiso de avanzar.
Yo ni lerda ni perezosa, no necesité permiso de nadie, comencé a acercarme a su boca.
—No soy rubia, y vos no tenés pinta de punk, pero creo que podríamos tener una bonita historia. ¿Qué te parece la propuesta?
—Claro que sí, Nancy —susurró sobre mis labios, al mismo tiempo que me daba esa sonrisa matadora, derrite bombachas.
Y sellamos el pacto con un beso de novela. De esos besos que te hacen sentir en las nubes y escuchar fuegos artificiales al mismo tiempo.
Por suerte, todo se aclaró rápido en la comisaría. Y por la mañana ya estábamos libres, y dispuestos a conocernos un poco más.
Él conoció más a su porteñita, y yo también a mi guapetón.