acúsome, padre, porque he pecado
Acúsome, Padre, porque he pecado. Sé que probablemente usted está esperando que me suelte a contarle situaciones específicas en las que mentí a mis padres, amigos o novia, que es el pecado más común. Pero esto comenzó desde mi más tierna infancia. Aurelio y yo nacimos con días de diferencia. Nuestras madres eran vecinas, y, para mi desgracia, se volvieron muy amigas. Prácticamente nos criaron juntos y siempre fuimos como hermanos, y como buenos hermanos, jamás pude dejar de compararme con ese maldito mediocre. Cuando yo apenas tenía control de mi boca, Aurelio lanzaba sonoras trompetillas. Cuando comencé a balbucear, él ya hablaba. Cuando empecé a gatear, Aurelio gateaba. Cuando yo aprendí a caminar, él ya corría. Cada proceso de crecimiento infantil parecía costarme lágrimas de sangre mientras Aurelio lo único que hacía era seguir el orden natural de la vida.
Para colmo de males, las madres tuvieron a bien mandarnos a la misma escuela. Yo aprendía las vocales mientras él leía a la perfección. Cada vez que estaba a punto de terminar las operaciones matemáticas, él ya estaba siendo felicitado por el profesor. Le quitaron las ruedas a su bicicleta un año antes que a la mía. Toda la vida fue el abanderado de la escolta. Todos querían ser sus amigos, en tanto que yo me tuve que granjear a esos liliputienses ayudándolos a estudiar para los exámenes, pasándoles la tarea y algunas veces hasta haciéndoselas a los hijos de puta. Peor aun cuando me tocaba hacer exámenes ajenos, adrenalina y corazón en mano mientras Aurelio solo tenía que sonreír para echarse a todos los compañeritos de salón en el bolsillo. Era igual en el colegio que en la calle donde vivíamos, e incluso en las fiestas infantiles donde coincidimos. Las mejores notas, trajes, juguetes y premios siempre fueron para Aurelio.
La vida empeoró conforme íbamos creciendo. Bastardo mal nacido. Lo peor era que yo siempre me esforzaba estudiando, haciendo tareas y suplicando a los maestros para que me dieran trabajos extras. Ellos estaban hartos de mí porque mes con mes les pedía lo mismo. En una ocasión, escuché a una maestra con cuerpo de jabalí, a quien apodábamos cariñosamente: “La Pumba”, decir a una mujer con cara de roedor apodada no sin menos cariño “La tusa”: “Ya no sé qué hacer con Maximiliano, cada mes nos pide trabajos extra para promediar el diez, pero la verdad, es injusto para los demás estudiantes”. La Tusa le respondió: “hazle como todos los demás, pídele cualquier cosa, ponle las décimas y no pierdas el tiempo leyéndolo. Siempre es más de lo mismo, y el pobre los escribe cansado, porque hace lo mismo con todas las materias y nunca será como leer a Aurelio”. La indignación me inundó, me abrí pasó con un “Con permiso”. Las dos mujeres tan poco antropomorfas, atónitas me vieron pasar con la mirada de quien ha cometido una terrible imprudencia. Ellas no eran el problema, yo tenía que acabar con el adorado Aurelio, matar su bien ganada reputación y decidí comenzar por el aspecto más envidiado del guapísimo príncipe.
Todas las niñas en la secundaria para él, todas las chicas querían ser sus novias, bailar con él, hablar con él. No niego que gocé de cierta popularidad en el inter, pues las muchachitas comenzaban a hacerse mis amigas para tener un pretexto de estar cerca del fantabuloso Aurelio. El guapo, deportista, aplicado y con coche último modelo Aurelio. En mi tierra dicen que cartera mata carita, carro mata cartera, choro mata todo. No me quedaba de otra, tenía que convertirme en el tipo más culto y caballeroso con quince años de edad y una casa que contaba apenas unos once libros, cinco de ellos eran de cocina. Los leí todos, cocinar no era una habilidad común entre los hombres e iba a aprovecharlo al máximo. Así pues, comencé a ganar popularidad entre las chicas, en especial las que tomaban el taller de cocina. Al fin, comencé a emparejarme con Aurelio en uno de sus terrenos, no cabía en mí de la felicidad al ver que, muchas de las chicas que al principio me buscaban para tener oportunidad de acercarse a Aurelio, ahora hablaban conmigo sin acordarse de su existencia.
¿Cómo iba a saber yo que el gusto por la cocina vendría acompañado de un estrepitoso aumento de peso? No es por presumir, ni ser soberbio, padre, pero entiéndame, mejoré mis habilidades culinarias nivel Gordon Ramsey, es de entender que yo comenzara a comer un poco más que mi pareja, luego mi pareja comía dos terceras partes lo que yo, después la cuarta parte hasta que dejé de contabilizar, me dejé llevar y terminé con la forma de una ballena joven. Cada vez que mi madre me pedía ponerme en forma, yo respondía “redondo es una forma y el círculo la más perfecta de todas”. Mucho tiempo aparenté sentirme conforme con mi cuerpo, pero notaba como poco a poco, las mujeres me veían con ojos de amistad más que de amor.
Me di cuenta de que debía perder peso si no quería perder a mis nuevas adeptas. Empecé haciendo ejercicio, pero solamente logré aumentar mi apetito y gané peso cuando decidí dejar de hacerlo. Finalmente, entre las chicas de la escuela, estaba Khalessi, supongo que el fanatismo de los padres por las sagas de fantasía contrastaba con su mal gusto. En fin, la Khal había bajado mucho de peso al tiempo que ganó muy mala reputación. Se decía que se acostaba contigo a la menor provocación. Mi reputación también había decaído mucho, pero no lo suficiente para juntarme con ella, la telefoneé para que los de la escuela no se dieran cuenta de que tenía alguna clase de contacto con Khalessi. Me dijo que accedería a verme a cambio de un helado. La llevé a comer del otro lado de la ciudad.
Le pregunté por su peso perdido, ella pareció ofendida, pero le dije que necesitaba saber el secreto. Le expliqué todo tal cual había pasado. Sonrió de manera diabólica, se relamió el chocolate de la comisura de los labios, me llevó a un motel, me quitó la virginidad, y me confesó que la gula tiene que venir acompañada de la lujuria para que no se note. Ella tenía razón. Padre, por favor, no trate de averiguar mi peso, le aseguro que eso dejó de estar entre mis prioridades, necesito desahogarme. Ella y yo hicimos un trato, empecé a ser una especie de sugar daddy, la llevaba a comer a donde Khalessi quisiera, luego ella me llevaba al motel y hacíamos el amor como deben hacerlo los recién casados.
Poco a poco comencé a recuperar mi figura y tenía menos apetito, pues la Khal terminaba con todo y me dejaba muerto. Después de verla, yo tenía ganas de encamarme, pero de otra manera. Perdón, Padre, perdón por incomodarlo, le juro que me voy a moderar un poco más por mis comentarios, pero por favor, trate de comprender, no creo que esta sea la historia más decente de entre sus feligreses, pero dígame, ¿acaso es la más soez? No lo creo, ¿verdad? Tenga piedad, pues soy solo un niño perdido por la envidia, que necesita su guía y consejo para volver a los brazos de Dios. Así que haga su chamba y deme consuelo… Como le iba diciendo, mi recién estrenada vida sexual me regresó de nuevo al juego, me volví competencia digna de Aurelio otra vez, pues en el tiempo en el que engordé sin mi Khalessi, estuve leyendo mucho y aprendiendo más, me lucía en las clases, y aunque nunca logré superar a Aurelio en calificaciones, sí que lo superé en popularidad con las mujeres. Yo necesitaba primero dominarlo en uno de sus terrenos para luego superarlo en todos los demás, había ganado una batalla y me faltaban un par para la guerra.
Después llegamos a la preparatoria. No negaré que me supo muy amarga la derrota en la secundaria, pues terminé con 9.9 y él tenía su diez perfecto, además de la completa devoción y adoración de los profesores, pues nunca les pidió nada y a cambio les dio la maravillosa oportunidad de convivir con él. Dio el discurso de generación, lo odié guardando la esperanza de ser yo quien diera el discurso de graduación cuando ambos termináramos la preparatoria. Me lo fijé como meta de vida.
Así fue que, en esas vacaciones, empecé a entrenar en mis ratos libres de cultura y mujeres. El objetivo era ganarle en el basquetbol, el soccer y el voleibol. Todo parecía ir viento en popa, ya no solo me acostaba con Khalessi, sino con muchas otras, algunas que jamás desearon a Aurelio, pero él a ellas sí, y eso me engrandecía estrepitosamente. Sin embargo, mantener ese ritmo de vida sexual es muy caro, me tuve que conseguir un trabajo de medio tiempo como vendedor en Palacio de Hierro, ganaba por comisión y me tenía que esforzar mucho por vender, ¿y le digo, algo, Padre? Es bastante difícil ser el mejor en todo, los deportes, la escuela, mantener un carro, ganar dinero, pero todo valía la pena con tal de continuar siendo el rey en esa área de la vida aureliana. Yo era aún muy joven, y las mujeres me comenzaron a desagradar por interesadas, me convertí en un verdadero codo. Había veces en que conservaba una novia hasta que las salidas me salían muy caras. Así que hice un esquema de inversión. No estaba dispuesto a gastar más de $1500 en una mujer, no importaba cuánto la quisiera, el dinero no se daba en los árboles, yo lo sabía, los clientes lo sabían, mi jefe lo sabía, pero ellas no parecían ser conscientes de…
Así fue que le quité muchas mujeres a Aurelio para deleite personal y sexual, y al final decidí quedarme con Khalessi como un seguro contra riesgos, pagaba mis cuotas a plazos fijos y recibía los beneficios de la suscripción, hasta que ocurrió la fatalidad. No ponga esa cara, padre, le aseguro que la zorra esa lo disfrutó. Y es que esa última vez, comenzamos a hablar con mucho cinismo de nuestros compañeros de cama, y es que, con todo y que yo era un cualquiera, ella me llevaba mucha ventaja en ese terreno. En eso la mal nacida me soltó: “nunca he estado con el único hombre que realmente valdría la pena estar, con Aurelio”. La ira se apoderó de mí, y pese a que recién terminamos de hacer el amor, su condena despertó a todos mis demonios internos, la tomé por las muñecas y la penetré con violencia, le dije: “cierra los ojos e imagínate que es Aurelio, puta”, la traté sin ningún respeto, pero decirle eso me mató a mí, pues ella nunca había puesto esa cara de placer mirándome a los ojos, tampoco se había puesto tan dócil ni había sido más entregada y dispuesta a complacerme, cuando me vacié dentro de ella, gritó su nombre en un rictus de placer que rozaba la línea del dolor, pero su sonrisa y el “vuélvemelo a hacer así”, que murmuró jadeando, me hizo ver que era un trance por el que estaba dispuesta a pasar una y mil veces por Aurelio, pero jamás por mí. Me vestí, me largué y la dejé con la cuenta del motel. Pensé que teníamos algo especial, desalmada.
Padre, por favor, no se vaya, le prometo que ese fue el último de los comentarios sexuales, en serio necesito su consejo y ayuda, por favor, no se vaya. Gracias, padre, quédese aquí por favor, se lo prometo que no voy a decir ninguna de esas cosas de nuevo, pero por favor, termine de escuchar mi historia. Durante el tiempo siguiente yo seguí con mi vida, finalmente me volví mejor en todo, me esforcé lo suficiente y rindió frutos. Mis calificaciones y mi esfuerzo en los deportes me consiguieron una beca deportiva en Harvard. Sí, señor, en la Universidad, y domino a la perfección el idioma, mi vida estaría solucionada en este momento de no ser por Aurelio y Khalessi. Después de ese encuentro trágico no quise volver a hablar con ella, ni con él, pues me había vuelto el mejor en absolutamente todo, Aurelio no me llegaba ni a los talones y esa chica solamente bajaría de nivel mi reputación si tenía a bien continuar coincidiendo conmigo. No me convenía ninguna de las dos compañías y decidí alejarme por completo.
Cuando fui a inscribirme para el último semestre de la preparatoria y recién aprobaron mi beca, me encontré a Aurelio a la salida de las instalaciones. Se imaginará el tamaño de mi sorpresa cuando me contó que iba a darse de baja. Como dije antes, no supe más de la Khal, ella le llamó a él porque no tenía como pagar la cuenta del motel y siempre pensó que era un buen tipo. Me quedé de piedra. Me comentó que la chica se sentía muy sola, por ello tenía muy mala reputación pese a ser tan bonita, además de que era inteligente y única. Le dio mucha compasión y la sacó del apuro, no imaginaba a un hombre tan patán para dejarla con la cuenta a ella. Ellos comenzaron a salir y frecuentarse, de pronto ella comenzó a evitarlo, él fue a verla a su casa, estaba embarazada de Dios sabe quién. Él insistió en casarse con ella, y comenzó a trabajar en Palacio de Hierro como yo lo hacía, pero él de tiempo completo, ahora tenía una familia hermosa y no había tiempo para la escuela. Le pregunté si se haría cargo de un hijo que no fuera suyo, el bastardo me dijo que no tenía corazón para dejar desamparados a la madre ni al niño. Se me cayó el mundo entero, yo solo le había ganado porque él tenía mejores cosas que hacer. Maldito soberbio. A partir de ese momento dejé de ir a la escuela, me la pasaba viendo la tele en mi cuarto, no podía dejar de pensar que nunca le gané en realidad porque simplemente ni le importaba la competencia. No me levantaba de la cama en días ni siquiera para bañarme, me daba flojera, comer me daba flojera, estudiar me daba flojera, salir de la habitación también, e incluso respirar me daba flojera. Padre, dígame ahora, ¿cómo le digo a mis padres que lo he perdido todo? ¿Cómo les explico que no iré a la Universidad porque Aurelio no deja de meterse en mi vida?