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kan kikuchi

más alla del amor y el odio

I
Ichiro era un guerrero, temido por su destreza con la espada, que servía a un daimio terrateniente, Saburobe. Rara vez resultaba herido en sus enfrentamientos, y sentía una extraña satisfacción al matar.
Cuando Saburobe descubrió que Ichiro estaba manteniendo una relación amorosa con su concubina favorita, Oyumi, entró en cólera y atacó a Ichiro. En un momento en el que Saburobe bajó la guardia, el sirviente cogió uno de los candelabros que tenía cerca y le golpeó en la sien. A continuación, cogió su daga y se abalanzó sobre él.
—¿No me ofreces ni un poco de resistencia? —le preguntó, y Saburobe se puso furioso. Su propia espada estaba a menos de un metro de distancia, pero no conseguía alcanzarla. En el forcejeo, Ichiro le clavó su daga varias veces.
Saburobe consiguió zafarse de él e intentó salir de la habitación, pero Ichiro lo acorraló en el balcón.
—Este es el fin —dijo Ichiro, dando un paso hacia Saburobe. Allí acabó todo.
Cuando se calmó, Ichiro se dio cuenta de que aquel asesinato era un crimen muy grave, y se arrepintió de ello. Su amo había sido un samurái libertino y un poco ruin, pero no había cometido ningún delito grave. Pensó en ocultar el cadáver pero, si lo hacía, no podría hacerlo pasar por un suicidio. Entonces, decidió que su única salida era huir.
En ese momento, Oyumi entró en la habitación.
—Me preocupa lo que pueda suceder a partir de ahora. Lo he visto todo desde detrás de la puerta, y lo que has hecho me ha helado la sangre. Deberíamos coger algo de dinero y huir de aquí inmediatamente, antes de que los sirvientes lo descubran. Nos marcharemos rápido, y sin que nadie nos vea —le dijo Oyumi, con voz temblorosa.
Ichiro, al escuchar la voz de la mujer, se recuperó anímicamente casi por completo. En cierta manera, no era más que una marioneta de los deseos de Oyumi. Se levantó y cogió una caja de té de Paulonia que había en el suelo.
Entonces, tras limpiarse la mano ensangrentada en los granos blancos de té, empezó a buscar en los cajones del armario y encontró un paquete con monedas de oro.
—¿De dónde habrá salido tanto dinero? —le preguntó Oyumi, que comenzó también a registrar los cajones. Buscaron incluso en el armario donde el señor guardaba su armadura, pero no encontraron ninguna otra moneda.
—El señor era muy ahorrador, pero solía enterrar el dinero dentro de viejos jarrones de cerámica.
La pareja abandonó la casa aquella misma noche. Era el otoño del tercer año de la era An’ei (1774). En aquel momento, Minosuke, el hijo de Saburobe, tenía solo tres años, y siguió viviendo bajo el cuidado de las niñeras sin saber que la muerte de su padre no había sido por causas naturales.
II
Ichiro y Oyumi se fugaron de Edo y, para evitar que la gente los viera, decidieron no utilizar la carretera Tokaido. Planearon llegar a Kioto utilizando la Tousando. Ichiro seguía atormentándose por el asesinato que había cometido. Cuando se animaba, su compañera se ocupaba de recordárselo.
—Lo mires por donde lo mires, lo cierto es que eres un criminal. Sería una buena idea que te armases de valor y empezaras a descubrir lo bueno que tiene este mundo —le decía día y noche.
Cuando llegaron a la posada Yabuhara en Kiso, provincia de Shinshuu, ya no les quedaba prácticamente nada de dinero para los gastos del viaje. Entonces empezaron a robar a los mercaderes que llegaban a la posada. Al principio solo lo hacía la mujer, pero al final también empezó a hacerlo Ichiro, que comenzó a saborear el placer de una conducta tan inapropiada.
Ichiro cada vez era peor persona, y esos robos dieron paso a otros trapicheos más graves, hasta terminar en auténticos atracos con violencia. Durante el día se alojaban en la posada, y por la noche se dedicaban a robar a los viajeros.
Ichiro no sentía remordimientos por el tipo de vida que llevaba. Cuando llegaba algún rico viajero, lo mataba para robarle y escondía su cuerpo con cuidado. Así pasó un año entero, en el que mató a tres o cuatro personas.
Y llegó la primavera, tres años después que la pareja se marchara de Edo. En los últimos tiempos, debido a que los daimios de las provincias norteñas pasaban por allí camino de la capital, aquella posada gozaba de mucha clientela. También contribuyó a ello la construcción de las carreteras secundarias de Echigo y Ecchu, y eran muchos los que provenían de Kioto y Osaka.
Un día, una pareja de clientes llegó a la posada.
No había duda que era un matrimonio. Él pasaba de los treinta años, y ella debía tener veintitrés o veinticuatro. Era una pareja adinerada de campesinos de Shinshuu que había salido en viaje de placer.
Ichiro se fijó en cómo iban vestidos y decidió que ellos serían sus víctimas.
—¡Qué largo se nos ha hecho el viaje desde nuestro hogar hasta la posada! —dijo la mujer, mientras el hombre desataba el cordón de sus sandalias de paja frente a la puerta de la posada.
Antes que Ichiro los pudiera saludar, apareció Oyumi.
—Si bajáis por la ladera de esta montaña encontraréis la carretera —les dijo—. Pero antes descansad un poco.
Ichiro, siguiendo su malvado plan para robarles, avisó al marido de la inminente llegada de la noche y de los ocho kilómetros que quedaban hasta la siguiente posada.
—Entrad y tomad una taza de té.
Entraron, cayendo en la trampa de Ichiro. La mujer, después de deshacer el nudo del cordel rojo que sujetaba su sombrero de viaje, se acercó a su marido y se sentó a su lado.
Estaban cansados por el viaje, y estuvieron reposando en la posada unas horas. Cuando se levantaron, salieron de la posada y empezaron a bajar la ladera.
Cuando ya habían desaparecido en el horizonte, Oyumi le hizo una señal a Ichiro. Este, como si fuera un cazador, se escondió la espada en la espalda y salió tras la pareja corriendo a toda velocidad.
A la derecha de la carretera estaba el río Kiso, y a partir de allí el camino se volvía mucho más estrecho e inaccesible.
Ichiro llegó a un pequeño bosquecillo que estaba justo antes de la siguiente posada. Los días de primavera eran ya más largos, y aquel día habría luna llena.
Ichiro se escondió entre las hojas caídas de los árboles y esperó a que llegara la pareja. No se detuvo a pensar en la felicidad de aquellas personas, ni creía que quitarles la vida fuera inmoral. Su compañera se había quedado en la posada, confiando en que Ichiro terminaría con ellos.
Lo que Ichiro deseaba era robarles sin violencia y sin que la sangre llegara al río. Lo único que quería era robarles el dinero y la ropa, no matarlos.
Estaba pensando cómo debía realizar aquel atraco cuando divisó a la pareja en el camino.
Al contrario que Ichiro, los dos habían decidido tomar el camino largo de la montaña, por lo que caminaban cansados, apoyándose el uno en el otro sin hablar.
Cuando se acercaron al montón de hojas de sauce, Ichiro salió de repente. Temiendo por su vida, el hombre se colocó delante de su esposa para protegerla.
—¡Eh, viajeros! Levantad las manos si no queréis que os mate. Rápido, ¡tirad al suelo todo el dinero y la ropa que llevéis!
—¿Eh? ¿No eres el hombre con el que nos encontramos tomando té? —le preguntó el hombre, desesperado.
Ichiro decidió matarlos y, con destreza, clavó su espada en la nuca del hombre. Su esposa, al verlo, se desvaneció y cayó al suelo.
Se acercó a la mujer, blandiendo su espada ensangrentada. Ella le suplicó que le perdonara la vida pero, a pesar de ver el miedo en sus ojos, Ichiro no bajó el arma. Se quitó una pequeña toalla que llevaba atada y la enrolló alrededor del cuello de la mujer para terminar con lo que tenía que hacer.
Tras matarlos a ambos, se sintió presa del pánico y tuvo la necesidad de salir huyendo de aquel lugar. Les quitó todas sus pertenencias y salió corriendo rápidamente. Aunque hasta entonces había matado a mucha gente, sus víctimas siempre habían sido ancianos, comerciantes y gente rica. Nunca había matado a una pareja joven como aquella.
Regresó a la posada hundido en lo más profundo de su desesperación. Cuando entró, arrojó a su compañera la ropa y el dinero de la pareja como si se tratara de algo sucio. Oyumi, totalmente tranquila, empezó a contar el dinero. Solo había veinte ryos, menos de lo que esperaba.
Después de inspeccionar la ropa que Ichiro le había entregado, le pidió explicaciones.
—Uhm… Es una camisa de seda para ponerla debajo de un kimono de esos de seda amarilla tan típicos de la isla de Hachijo. ¿Oye, qué has hecho con el resto?
—¿El resto? —contestó Ichiro.
—Sí, junto a este tipo de kimono se lleva otra cosa. Cuando la mujer entró a tomar té y se quitó el sombrero, pude ver con claridad que llevaba puesto algo más. Creo recordar que llevaba puesto un vestido con estampado de tortugas.
Ichiro no se atrevió a contestar.
—No habrás olvidado de quitarle todas las prendas, ¿no? Del vestido de las tortugas sacaríamos siete u ocho monedas. No eres un novato en esto de matar a gente, así que no deberías haberlo olvidado. Esto no es propio de un ladrón profesional. Haz algo para solucionarlo —le dijo, furiosa.
Ichiro, que sentía en lo más profundo de su corazón haber matado a aquella joven pareja, se sintió dolido. Haberse olvidado de quitarle toda la ropa había sido un grave error por su parte. Hasta entonces nunca se había olvidado de nada después de asesinar a alguien, ya que siempre revisaba todos los bolsillos movido por su propia avaricia.
Sin embargo, su compañera de fechorías no sentía remordimiento alguno a la hora de asesinar a personas de su mismo sexo y, como tributo a las masacres que realizaba, siempre se llevaba la ropa, incluso la interior.
No entendía por qué había cambiado Ichiro su conducta, pero el hombre no contestaba a sus preguntas.
—¡Oye! Ahora que por fin hemos encontrado un trabajo interesante, vas y lo estropeas. Tal como me temía; en realidad no estás hecho para esto —le repetía Oyumi una y otra vez.
Ichiro, hasta aquel día, siempre la había escuchado. Pero ahora todo lo que decía se lo tomaba mal y sus palabras, tan pronto como le entraban por un oído, le salían por el otro.
—Parece que todo lo que te digo no sirve de nada. Lo mejor será que siga sola. Todavía no sé a dónde iré, pero seguramente será por la zona por la que siempre me he movido —dijo ella.
Ichiro, aunque solo fuera durante un instante, se alegró de romper con ella.
—Lo supe desde el día en el que maté a aquella pareja delante de la posada. A partir de ahora, nuestros caminos se separan. Al menos esta noche hay luna llena, y no estará muy oscuro.
Su compañera terminó de arreglarse el dobladillo de los pantalones, se calzó sus sandalias de paja y salió corriendo.
Al verla mientras se alejaba, Ichiro se sintió miserable. La observó con los ojos enrojecidos. A pesar de que sentía algo de amor hacia ella, en su corazón solo quedaba miseria.
Cuando hacía alguna atrocidad, cuando cometía un crimen o robaba el dinero de alguien, siempre terminaba encontrando alguna excusa para su conducta, y pocas veces se había sentido tan miserable como en ese momento. Por un vestido con estampado de tortugas, que valía menos de diez monedas, aquella mujer había tirado a la basura su amor y se había marchado. Al pensar en esto, recordó todos los crímenes que había cometido hasta aquel día, y aquello le carcomió el alma.
Ichiro huyó de su propio pasado. Más bien huyó de sí mismo, y de aquella mujer que había hecho germinar el virus de la maldad en su interior. Tenía la intención de volver a renacer. Empaquetó dos o tres prendas de vestir y, cogiendo el dinero de la pareja a la que había matado, se marchó.
No había andado mucho cuando se dio cuenta de que toda su ropa, así como el dinero que llevaba encima, se lo había robado a alguien. Nada era suyo, por lo que dio media vuelta, se subió al tejado de la casa y, desde allí, lo tiró todo.
Para no encontrarse otra vez con su compañera, decidió tomar un camino secundario que pasaba cerca del río Kiso. Dejó que el azar dirigiera sus pasos. Lo único que quería era alejarse, aunque fuera un poco, del lugar donde había cometido tantos crímenes.
III
Ichiro caminó ochenta kilómetros sin encontrarse con nadie y llegó a la planicie. A mediodía del día siguiente llegó al templo Jouganji, en la provincia de Mino, que estaba rodeado por una impresionante muralla. No había planeado visitar el templo, pero pensó que podía tratarse de una señal para que redimiera sus pecados y decidió aferrarse a aquella esperanza religiosa.
Aquel templo era de la secta Shingon, y administraba toda la provincia de Mino. El sacerdote de aquel templo, a pesar de las malas acciones que Ichiro había cometido en el pasado, terminó aceptándolo.
—Has acumulado muchos crímenes en tu pasado. Te ayudaré a limpiar tu interior; de esta manera no sufrirás el martirio del infierno. Como devoto del budismo, guiarás a las masas hacia su iluminación, rescatando a los que lo han perdido todo.
Tras estas palabras empezó su adoctrinamiento en el budismo. Al escuchar al sacerdote, la llama de la penitencia se encendió en el corazón de Ichiro. Se convirtió en monje y recibió un nuevo nombre, Ryokai. Se dedicaba exclusivamente al estudio del budismo y, para probar su valor moral, entrenaba durante la mitad del día con temperaturas heladas. Por las mañanas se concentraba en los textos de los tres misterios budistas (el cuerpo, la mente y la palabra de Buda), y por la noche no hacía otra cosa que recitar los versos religiosos. De esta forma, llegó a conocer a la perfección todo lo necesario para ser sacerdote. Una vez que fue consciente de que su moral estaba bien asentada en su mente, recibió el perdón del sacerdote principal del templo y se entregó al deber de ayudar a todo aquel que lo necesitara.
Abandonó la provincia de Mino con la intención de ir a Kioto, la capital. Aunque era monje, sufría por haber matado a tantas personas en el pasado. Quería redimirse de todos los pecados que había cometido.
Se dedicaba a ayudar a la gente. Se fijaba en la gente con retraso mental que andaba por la calle, les daba la mano, les rodeaba los hombros con el brazo, y les ayudaba en todo lo que podía. Llevaba las pesadas maletas de ancianos y jóvenes por igual. Incluso, por voluntad propia, cuando había algún puente en alguna villa cercana a la carretera principal que se había dañado, iba a la montaña y cortaba madera para arreglarlo, o arrastraba piedras para reparar alguna pared. Cuando veía que la calzada estaba dañada, iba a por tierra y arena y la reparaba. Ichiro, con aquellos detalles de caridad que para él eran triviales, intentaba compensar todas las atrocidades de su pasado.
Llegó el otoño del noveno año de la era Kyouhou (1724). Ichiro viajó en barco desde Akamagaseki hasta Kokura, donde rezó en el Usahachimanguu, el templo del dios de la guerra de la provincia de Buzen, para luego navegar río arriba a través del Yamakunigawa y visitar el templo Rakanji, situado en las montañas Gijaku. Desde la ciudad de Yokkaichi atravesó por el sur una inmensa planicie llena de tierras pantanosas, tras la cual se volvió a encontrar con el Yamakunigawa y siguió el gran cañón que formaba allí.
Pasó todo el otoño recorriendo los distintos refugios de la región de Chikushi, ayudando en las tareas del bosque y en la recolección del arroz en varias plantaciones. También se encargaba de recolectar los caquis, famosos en la zona, y ponerlos a secar debajo del alero de los tejados.
Y llegó agosto. Un día, tras contemplar los rayos del sol de la mañana desde una roca junto al río Yamakunigawa, decidió pasear por el camino que daba a la montaña, y a mediodía llegó a Hida. Después de almorzar, pensó en bajar la montaña y se dispuso a ir hacia el sur.
Justo después de abandonar Hida, el camino se cruzaba otra vez con el río Yamakunigawa. Caminó por su orilla, a pesar de que era una zona de roca volcánica. Dado lo abrupto del sendero, Ichiro tuvo que ayudarse de un bastón. De repente vio a un grupo de cuatro o cinco campesinos que estaban conversando.
Se acercó al grupo y uno de ellos saludó enseguida a Ichiro.
—¡Ah, has venido en buen momento! Después de provocar tantas muertes solo puede redimirse con el budismo —le dijo uno de los campesinos.
Cuando escuchó «después de provocar tantas muertes», Ichiro creyó que se refería a las víctimas de sus asaltos. Se sintió tan arrepentido que no pudo dar un paso más.
—Parece poca cosa, pero puede llegar a ser muy peligroso. ¡Razones no faltan!
—Si subes por este río en barca llegarás a un peligroso puerto de montaña. Tras él encontrarás un valle rodeado de altas montañas que puede cruzarse a caballo. Esta mañana, el corcel de este chico se desbocó y lo lanzó al cauce. ¡Qué dantesco fue! —dijo otro campesino.
—Dicen que esto es habitual, por lo abrupto del terreno —añadió otro—. Todos los años mueren aquí tres o cuatro viajeros. El puente del río se ha podrido debido a la lluvia y al viento, pero nadie lo ha reparado.
Los campesinos no sabían qué hacer con el cuerpo del chico. Ichiro recitó un sutra ante el cadáver y se dispuso a cruzar el río.
Más allá se terminaba la provincia, y a la izquierda había una montaña toscamente labrada. En la ladera que daba al río había unos escarpados acantilados de piedra caliza que caían verticalmente. El agua del río serpenteaba hacia el acantilado como si se acercara a él admirando su majestuosidad. Junto al pie del acantilado, todo era de un verde oscuro.
El camino, tal como habían dicho los campesinos, se apartaba de aquellos acantilados. En el centro de la montaña había un bosque de pinos y sauces. Desde allí arriba quedaba claro por qué era tan peligrosa aquella zona. Parecía haber sido construido por los mismos demonios.
Ichiro no se separó ni un momento de la pared de roca y, con paso firme pero tembloroso, logró cruzar aquel lugar.
No solía detenerse ante las dificultades que se le presentaban, así que intentó reunir todas sus fuerzas para enfrentarse a aquel trance. Los viajeros con los que se encontraba llevaban escrita en el rostro la dificultad del sendero, así que decidió ser valiente.
Ichiro encontró en aquel lugar el camino que debía seguir en la vida. Decidió abrir un túnel en la peligrosa montaña para que la gente no tuviera que arriesgar su vida al cruzar aquel sendero. Si en un año lograba salvar a diez personas, en diez años salvaría a cien, y después de un siglo habría salvado a miles.
Decidido, empezó a trabajar. Se alojó en el templo Rakanji y comenzó a pedir donaciones a los habitantes de las aldeas cercanas al río para que contribuyeran a la construcción del túnel, pero nadie confiaba en un monje desconocido.
—¡Ja! ¡Está loco! ¿Cómo se le ocurre excavar un túnel en la montaña? —decían unos.
—¡Ese hombre es un estafador! Que les pida a los dioses el dinero que necesita para la obra —decían otros—, y todos intentaban persuadirle de la locura que tenía planeada hacer dentro de la montaña.
Ichiro lo intentó durante diez días seguidos pero, viendo que nadie iba a ayudarle, decidió seguir con su proyecto él solo. Consiguió un martillo y un cincel y empezó a trabajar en la ladera del acantilado. Como la roca era volcánica, era fácil que saltaran virutas, por lo que Ichiro tenía que ir con mucho cuidado para no terminar en el fondo del río.
—¡Eh! ¡Al final te has vuelto loco del todo! —se reía la gente mientras le daba palmaditas en la espalda.
Pero Ichiro no se daba por vencido. Se bañaba en las claras aguas del río y golpeaba la piedra mientras rezaba a la diosa Kannon.
Trabajaba con tanto ahínco que los escombros pronto empezaron a acumularse por todas partes. Incluso rompió su martillo, y tuvo que buscarse otro. Continuó trabajando y las pequeñas piedras dieron paso a rocas de mayor tamaño, lo que ponía su vida en peligro.
Cuando tenía hambre mendigaba por los pueblos de los alrededores y, cuando se había llenado la barriga, volvía al trabajo. Cuando notaba que empezaba a vaguear, recitaba unos mantras y en su corazón volvía a aflorar el coraje. Ichiro trabajaba a veces durante dos o tres días seguidos. Los viajeros que pasaban por su lado lo menospreciaban constantemente, pero su corazón no cedía ni un solo instante. Cada vez que oía malas palabras, golpeaba el martillo con más fuerza.
De repente empezó a llover, e Ichiro tuvo que construir un pequeño cobertizo de madera. Por las mañanas, el río brillaba como las estrellas, y por la noche todo estaba tan silencioso que parecía ser de otro mundo. Pero los seres humanos carecían de aquella belleza en su interior, así que la gente siguió riéndose de él y de la labor que estaba llevando a cabo.
—¡Ja! ¡Parece que todavía no te has dado por vencido! —le seguían diciendo.
Ichiro seguía trabajando arduamente con el martillo. Mientras golpeaba la piedra no había ningún pensamiento malo dentro de su corazón, ni dolor por las muertes que había causado en el pasado, ni una aspiración de lograr el paraíso mediante aquella obra. Lo único que había en su corazón era una alegre devoción.
Las noches en las que despertaba atormentado por los crímenes que había cometido habían empezado a ser cada vez menos frecuentes. Poco a poco, con cada golpe de martillo, iba ejercitando su coraje.
Y pasó un año, y la primavera junto a su verano. Otros doce meses pasaron, e Ichiro aún no había terminado. Había conseguido excavar una cueva en el extremo de la montaña. A pesar de que no era muy grande, el esfuerzo valió la pena.
Los habitantes de los pueblos de los alrededores seguían burlándose de Ichiro.
—¡Míralo! ¡Mira cómo pica, el lunático del sacerdote! Un año lleva ya así, y aún sigue…
Cada vez que veía sus progresos en la excavación, Ichiro lloraba de felicidad. A pesar de que la cueva no era muy profunda, era el fruto del poder de su devoción, y no tenía ningún tipo de duda sobre ello. Terminó el año, y seguía con su trabajo. Por la noche se dedicaba a las enseñanzas de Buda, y durante el día seguía trabajando como un loco. Para él, su brazo derecho era tan importante para su vida como su devoción religiosa.
En la cueva entraba la luz del sol, pero cuando llovía también lo hacía el agua. A pesar de ello, el único ruido que se escuchaba dentro del túnel era el del martillo.
Terminó el segundo año y los habitantes de los pueblos cercanos seguían burlándose de él. Pero, ahora, Ichiro les respondía con una sonrisa.
Al año siguiente, el ruido que hacía Ichiro con el martillo ya era tan constante como el agua que fluía por el río. La gente ya no le decía nada. Sus burlas se convirtieron en expresiones de incredulidad ante su constancia. El monje ya no se arreglaba el cabello, que le había crecido hasta los hombros, y tenía tanta suciedad acumulada que ya no parecía un ser humano.
Mientras perforaba la cueva como si fuera un gusano, seguía alimentando su locura con el martillo.
Al final, los habitantes de los pueblos cercanos empezaron a compadecerse de él. Ichiro paraba durante cortos períodos de tiempo para ir por la zona a pedir limosna.
Y terminó el cuarto año. Ichiro ya había excavado quince metros de profundidad, pero se desesperaba ante el enorme tamaño de la montaña. El fervor de Ichiro tenía a los aldeanos muy sorprendidos, y todos admiraban el resultado de su esfuerzo.
Ichiro, gracias a la meditación, había adquirido los mayores niveles de concentración. No contemplaba otra salida que la del uso de un simple martillo. Como si de un topo se tratara, llevaba sus fuerzas al límite y no pensaba en otra cosa que en excavar.
Seguía trabajando solo. En el exterior de la cueva ya había llegado la primavera, y en el interior retumbaba el sonido del martillo.
—¡Pobre hombre! Terminará loco si sigue cargando con esas pesadas rocas. Yo ya me habría suicidado.
Los aldeanos sentían pena por Ichiro, porque pensaban que su esfuerzo sería en vano. Pasó un año, y otro, y justo al finalizar el noveno ya había excavado veintidós metros desde la entrada de la cueva hasta el fondo de la misma.
La gente de los pueblos cercanos comenzó a creer en la probabilidad de éxito de la obra de Ichiro. Si un monje, un antiguo ladrón, había conseguido realizar aquel trabajo en nueve años, si convencían a más gente de que aquella idea no era una locura terminarían mucho antes. Los aldeanos de las siete villas que nueve años atrás se habían negado a ayudarle empezaron a trabajar voluntariamente como canteros. A partir de ese momento, Ichiro dejó de estar solo. El ruido simultáneo de un sinfín de martillos picando la pared de roca se unía en una magnífica melodía.
Al año siguiente, cuando los aldeanos se dispusieron a medir todo lo que habían avanzado, descubrieron que solo habían llegado a una cuarta parte de la longitud de la montaña, y se desanimaron un poco.
—Nunca terminaremos, por muchos que nos unamos para trabajar —se quejaban los hombres, por lo que enseguida se cansaron.
A medida que pasaban los días, el número de ayudantes alrededor de Ichiro fue decreciendo hasta que, una vez más, se quedó solo.
Ichiro, por mucho que picara con el martillo, nunca terminaba de llegar al otro lado de la montaña, y cada vez se alejaba más del lugar por donde pasaban los viajeros. Estos, al pasar por delante de la oscura entrada del túnel, preguntaban en tono de duda:
—Ryokai, ¿todavía sigues con esto?
La luz cada vez era más tenue, así que Ichiro tenía que tener mucho cuidado. Con el tiempo, los aldeanos dejaron de verlo y terminaron por olvidarlo, a pesar de que ya se había convertido en el hombre que estaba perforando la enorme montaña de roca.
Ichiro trabajaba sintiendo que podría estar allí, sentado en aquella oscura y fría roca, diez años más. Su piel se había vuelto pálida, y le dolían los ojos. Estaba tan delgado que su piel parecía colgar sobre sus huesos, pero en su interior había un espíritu lleno de devoción por lo que estaba haciendo, una devoción que frecuentemente ardía como el fuego. Cada vez que se afeitaba la cabeza, sentía la mayor de las alegrías.
Ya habían pasado tres años desde que Ichiro se había vuelto a quedar solo en la cueva, y los aldeanos empezaron a preocuparse por él. Curiosos, midieron la profundidad de la cueva excavada: sesenta y cinco metros. En uno de los muros había abierto un pequeño orificio por el que entraba un poco de luz. Ichiro había conseguido perforar aproximadamente un tercio del total de la montaña.
Una vez más, pensaron que todo aquello era fruto de algún tipo de milagro, y se avergonzaron de haber abandonado el trabajo. Para redimir sus almas, diez de ellos decidieron volver a ayudar a Ichiro.
Y pasó otro año. Con el trascurso de los días y meses, los aldeanos empezaron a preocuparse por los costes que iba a suponerles aquella empresa, y de nuevo aumentó el número de abandonos.
Sin embargo, el afán de Ichiro no cambiaba, por pocos o muchos ayudantes que tuviera. Era como una máquina: levantaba y bajaba el martillo con fuerza, y llegó a olvidarse por completo de los aldeanos. Todo empezó a desaparecer de su mente: su pasado, la gente a la que había conocido, e incluso su consciencia de sí mismo.
Y pasó un año, y otro más. Seguía trabajando devotamente, y su brazo estaba en los huesos pero duro como el hierro. El decimoctavo año estaba terminando. Antes de lo que Ichigo esperaba, llegó a la mitad de la montaña.
Cuando los aldeanos descubrieron su proeza, empezaron a pensar de nuevo que Ichiro lograría su objetivo. Avergonzados por segunda vez, siete de ellos decidieron volver a ayudarle. En aquel año, el administrador del shogunato para la provincia de Nakatsu acudió al lugar a inspeccionar su obra, y solo tuvo palabras benevolentes hacia Ichiro. Treinta personas de las villas cercanas fueron a ayudarle en la excavación. El fervor en aquella cueva era como las rojas hojas de otoño.
—Ya te has convertido en el jefe de todos estos trabajadores. Ahora te toca dejar el martillo y supervisar el trabajo del resto —le recomendaba la gente al demacrado Ichiro.
Pero este no les contestaba. Si era necesario, moriría con el martillo en la mano. Junto a una treintena de ayudantes, trabajaba sin acordarse de comer ni de dormir, poniendo su vida en peligro constantemente.
La gente le pedía a Ichiro que descansara, pero él no les hacía caso. Se acercaba el duodécimo año. Un rayo de sol, como si se tratara de una flecha, entró en la cueva e iluminó la parte más profunda, donde todos estaban trabajando para llegar al otro lado de la montaña.
Trabajaban en la oscuridad, entre los escombros, y la arenisca les dañaba los ojos. Ichiro, al final, ya no podía ver bien ni apreciar la luz.
Tal como cualquiera podría deducir, Ichiro era ya muy anciano. Pero, como estaba a punto de lograr su objetivo, no pensaba en otra cosa que en terminar lo empezado.
—Oye, que llevo ya dos años esperando a que esto termine —gritaba sin darse cuenta de que los años no habían pasado en balde, pero a pesar de ello seguía martillo en mano.
La majestuosa bravura de la madre naturaleza se estaba mostrando ante él con la forma de aquella dura montaña de roca.
IV
En la época en la que Ichiro asesinó a Saburobe, su hijo, Minosuke, tenía tres años.
A los trece años, Minosuke descubrió que su padre no había muerto de una forma natural. Además, supo que su asesino no había sido un samurái, sino un sirviente de la familia. Su joven corazón ardió por la desesperación y el disgusto. Inmediatamente juró venganza. Y, para ello, decidió entrar al dojo Yagyuu. En el decimonoveno año recibió la titulación en las artes marciales de aquel dojo, e inmediatamente partió para llevar a cabo su venganza. Si lo conseguía, restituiría el buen nombre de su familia.
Minosuke se acostumbró a viajar. Peregrinó por todo el país preguntando por el paradero de Ichiro, su eterno rival. Aunque nunca lo había visto en persona, no desesperó en su búsqueda a lo largo de las cinco provincias de Gokinai, Tokai, Higashiyama, Yamakage, Hokuriku y Nankai. Recorrió el país durante años, sin poder encontrar a quien buscaba. Más que resentido o rencoroso, estaba agotado por las dificultades que iba encontrando en su camino. Pero cuando recordaba el asesinato de su padre sentía la necesidad de restaurar el honor familiar, y lograba reunir el valor y la determinación necesaria para seguir adelante.
Nueve años después de abandonar Edo llegó al castillo de Fukuoka. Tras inspeccionar la zona, decidió adentrarse más en Kyushu.
Del castillo de Fukuoka se trasladó al de Nakatsu, y el primer día de febrero alcanzó el Usajingu. Tras visitar el templo, descansó un instante en una casa de té que había cerca de allí. Sin quererlo, escuchó la conversación de un campesino que estaba sentado a su lado.
—¡Ah! Te refieres a aquel monje que vino hace ya tantos años desde Edo. Parece ser que, arrepentido por todos los asesinatos que había cometido en su juventud, decidió usar el budismo para ayudar a toda la gente que pudiera. Ahora está excavando un túnel cerca del pueblo de Hida.
Minosuke, al escuchar esas palabras, creyó que aquella persona podría ser la misma que estaba buscando. Estaba impaciente por descubrirlo.
—Disculpe, sé que no nos conocemos de nada, pero me gustaría preguntarle una cosa. Ese monje del que habla, ¿qué edad tiene? —les preguntó.
Sus palabras llamaron la atención de un samurái que también estaba en aquel lugar.
—Yo no lo he visto nunca en persona, pero dicen que debe tener unos sesenta años.
—Me pregunto si será alto o bajo… —dijo Minosuke, mientras se levantaba del tatami.
—Bueno, eso no lo sé. Lo único que sé con certeza es que siempre está excavando el túnel.
—¿Sabe cuál es su nombre?
—Eso tampoco lo sé, pero me han dicho que nació en Kashiwazaki, provincia de Echigo, y que cuando era joven partió hacia Edo —contestó el campesino.
Minosuke se alegró mucho de todo lo que había descubierto, y pensó que había sido gracias a su visita al templo. Se armó de coraje para empezar el viaje por el camino que lo llevaría a las montañas en búsqueda de aquel eterno rival del que no conocía el nombre. Llegó a Hida poco antes de la puesta de sol, y decidió buscar la cueva inmediatamente. Pero, reflexionando un poco, se dio cuenta de que sería demasiado precipitado, por lo que pasó la noche en una posada de la zona, impaciente por que se hiciera de día. Por la mañana, se levantó pronto y con paso ágil regresó al pueblo.
Cuando llegó a la entrada de la cueva preguntó a uno de los hombres que estaban sacando escombros.
—¿En esta cueva hay un monje que antiguamente era conocido como Ryokai?
—Ryokai y el jefe de la excavación de esta cueva son la misma persona —contestó el trabajador, riéndose.
Minosuke estaba a punto de conseguir su deseo.
—¿Esta es la única salida que existe? —le preguntó, pensando que, si fuera así, su rival no podría huir de él.
—Pues claro —le contestó el hombre—. Espera aquí un momento, llamaré a Ryokai.
El hombre entró en la cueva y Minosuke se quedó solo, ansioso por descubrir qué aspecto tendría su rival. Si se trataba del jefe de aquellas excavaciones, seguro que sería un hombre fuerte de algo más de cincuenta años.
Al poco rato Ichiro salió de la cueva y se dirigió hacia Minosuke. Caminaba como un sapo. No parecía humano; era un despojo de hombre. Estaba muy delgado, y tenía las articulaciones de los pies inflamadas. Se le quedó mirando un largo rato. A juzgar por los harapos que vestía supuso que se trataba de un auténtico monje budista, pero se había dejado crecer demasiado el cabello. Después de mirar a aquel anciano monje de ojos grisáceos, Minosuke se dirigió a él.
—Veo que tienes miopía, viejo monje —le dijo.
Minosuke, con el corazón desbocado, siguió observando detenidamente al anciano. Deseaba sentir odio hacia él, pero Ichiro ya no era sino una vaga sombra de lo que había sido en el pasado: apenas podía mantenerse firme y tenía ya un pie en el otro mundo.
—En el fondo, debe quedar en ti algo del antiguo Ryokai —le dijo, entusiasmado.
—En realidad, nada. El pasado quedó atrás —contestó el anciano monje mirando a Minosuke.
—El sacerdocio te ha cambiado mucho, Ryokai. ¿Recuerdas que asesinaste a un hombre llamado Nakagawa Saburobe, guardia imperial de rango medio? Yo soy Minosuke, su hijo. ¡Prepárate a morir!
Ichiro, que había escuchado con atención las palabras de Minosuke, estaba sorprendido.
—¿Minosuke? ¿El hijo de Nakagawa? Ah, yo soy el mismo Ryokai que mató a tu padre y huyó —contestó, mostrándose no como el rival al que habría de enfrentarse, sino como un amigo del huérfano.
—Por culpa del miserable acto que cometiste he pasado muchas dificultades estos últimos diez años. Ahora que te he encontrado, no podrás huir.
Ichiro se quedó sin palabras durante un instante. Había dedicado todos aquellos años al budismo y creía que su muerte estaba cerca, pero no había esperado aquel fin.
—Minosuke, si tienes que matarme, hazlo, por favor. Llevo perforando esta montaña diecinueve años, y solo queda un veinte por ciento del trabajo. He dedicado demasiado tiempo a esta tarea y, si manchas de sangre la entrada del túnel, todo ese esfuerzo habría sido en vano —le dijo con ojos brillantes.
Al ver a aquel monje Minosuke sintió un gran odio debido a su deseo de vengar la muerte de su padre. Pero su rival había confesado su crimen, y se había ofrecido a morir. Si arrebataba la vida a un monje medio muerto, la venganza sería agridulce, pero al menos lograría restaurar el honor perdido de su familia. En aquel momento ya no sentía odio, y deseaba terminar rápidamente con la vida de aquel viejo.
De repente, del interior de la cueva salieron cinco o seis ayudantes.
—Ryokai, ¿qué es lo que sucede? —preguntaron a la vez.
—Tengo razones para matarlo —contestó Minosuke, manteniendo la calma en todo momento—. No quiero infligir una muerte deshonrosa a este anciano monje, pero tengo que terminar con algo que empezó hace mucho tiempo. Si me lo impedís, no habrá perdón para vosotros.
Mientras hablaba, el número de personas que se acercaban aumentaba cada vez más, y pronto una larga fila de hombres estuvo de pie junto a la entrada. Tan pronto como Minosuke pusiera un dedo sobre Ichiro, lo atacarían.
—El deseo de venganza es algo muy común en nuestros días. Nosotros, los aldeanos de esta región montañosa, vemos en la figura de nuestro monje a la reencarnación de Bodhisattva —argumentó uno de ellos.
Minosuke, al verse en aquella situación, empezó a enfadarse de nuevo. Era un guerrero, y no podía quedarse sin hacer nada.
—Nadie puede salir indemne de un crimen, ni siquiera el monje más devoto. Los que obstaculicen la venganza por un asesinato no recibirán perdón alguno —les contestó mientras desenfundaba su espada—. Todos los que lo rodeaban también se pusieron en guardia. Entonces, Ichiro levantó la voz.
—Calmaos todos. Esta es la entrada al lugar de expiación de todos los pecados que cometimos en algún momento del pasado. Mi deseo, en estos últimos días de mi vida, es que nos mantengamos todos como amigos, trabajando mano a mano. No es necesario que nos peleemos.
Mientras Ichiro hablaba, Minosuke se le acercó. Los que estaban a su alrededor conocían de sobra la amplia experiencia de Ichiro, y que no cambiaría de opinión sobre su objetivo de terminar la obra. Sabían perfectamente que terminaría sus días en aquel lugar. Entonces, el jefe de los obreros se dirigió a Minosuke y le dijo:
—Honorable samurái, ya han pasado casi veinte años desde que Ichiro hizo la promesa de entregarse en cuerpo y alma a la excavación de este túnel. A pesar de las atrocidades que cometió en el pasado, decidió llevar a cabo esta ambiciosa empresa, encontrando numerosos impedimentos en el camino. Todos los que trabajamos en esta cueva deseamos que Ryokai confíe en nosotros y nos proteja para siempre —suplicó, hablando con sinceridad. Entonces se dio media vuelta y, dirigiéndose al resto de sus compañeros, añadió—: ¡No dejaremos que le haga daño! ¡No dejaremos que le haga daño!
Esta súplica también iba dirigida hacia Minosuke, pero no tuvo el mismo efecto que en el resto. Una pelea con el grupo de trabajadores de la cueva sería un inconveniente para su plan de venganza.
Ichiro se introdujo de nuevo en el túnel para seguir trabajando. Entonces, Minosuke decidió esperar a que cayera la noche para entrar a escondidas en la cueva y matar a Ichiro.
Pero Ichiro era más listo y, para estar preparado, ordenó a los suyos que vigilaran los movimientos de Minosuke.
No ocurrió nada hasta la noche del quinto día. Los trabajadores seguían vigilando a Minosuke, pero la mayoría se quedaron dormidos antes de la una. Minosuke pensó que aquella noche era el momento idóneo para llevar a cabo su plan. Se levantó, cogió la espada que había colocado junto a su almohada y, sin hacer ruido, salió del cobertizo donde dormía. En aquella noche de primavera la luna brillaba con todo su esplendor. La brisa agitaba las aguas del río creando remolinos que se llevaba la corriente. Pero Minosuke no tenía tiempo para pararse a contemplar las maravillas de la naturaleza, y siguió en silencio hacia la entrada de la cueva. Había esquirlas de piedra por todas partes, y se le clavaban en los pies.
La luz de la luna entraba en la cueva a través de los numerosos orificios que habían excavado en la roca. Agarrándose a la pared derecha, Minosuke avanzó hacia el fondo de la cueva.
Entonces escuchó un ruido proveniente del final de aquella gruta.
—¡Quaaaaaaack! ¡Quaaaaaaack!
Al principio no supo de qué se trataba. El sonido fue aumentando gradualmente y después terminó, y en la cueva volvió a reinar la calma absoluta. Sin duda alguna, aquel sonido era el de un martillo agujereando la pared de roca. Minosuke tenía la sensación de que aquel ruido le había golpeado con fuerza el corazón. El sonido rebotaba en las paredes de la cueva, atacando el fino oído de Minosuke. Sosteniendo con fuerza su espada, contuvo la respiración durante un instante.
Entonces, el murmullo del ruido del martillo golpeando la roca junto a la voz de Ryokai recitando unos sutras se hizo más claro.
Aquella voz, que ahora se había vuelto más ronca, entraba en los oídos de Minosuke como el agua que se cuela por las grietas de una roca. La silueta de Ichiro moviendo el martillo era tan oscura como la tinta que se usa para escribir. El de Ichiro ya no era un corazón corriente. El lugar que normalmente ocupan las emociones, en Ichiro estaba dedicado exclusivamente a la fe del budismo. Minosuke acarició con nerviosismo la empuñadura de su espada y su cuerpo comenzó a temblar con fuerza. Furioso, empezó a sacudir su espada por detrás de su hombro.
Aquella voz que vibraba por todas partes de la cueva como si fuera un martillo había conmovido el corazón de Minosuke, a pesar de que deseaba poder llevar a cabo su misión. Giró la cabeza hacia la luz de la luna y se sintió sobrecogido. Se había precipitado al desear matar a Ichiro. Esperaba que, algún día, su corazón llegara a estar tan lleno de fe como el de Ryokai.
Sin embargo, en lugar de renunciar a su venganza y marcharse, decidió unirse a los hombres que trabajaban en aquella cueva.
Minosuke trabajaba con ímpetu. Ryokai seguía trabajando como siempre, dando lo mejor de sí mismo y perforando la roca como un loco.
Pronto terminó el mes. El corazón de Minosuke, inspirado por el de Ryokai, se llenó por completo de coraje. Con el continuo trabajo en aquella cueva, se olvidaron de que eran rivales.
Y llegó el vigésimo año de Ryokai trabajando en aquella cueva de Hida. Ya hacía año y medio que Minosuke se había unido a ellos. Era la noche del diez de septiembre del tercer año de la era Enkyo (1746). Aquella noche, como de costumbre, los trabajadores se retiraron a descansar, pero Ryokai y Minosuke siguieron trabajando sin mostrar señal alguna de fatiga. Cuando eran casi las nueve, Ryokai golpeó sin querer la raíz podrida de un árbol, haciendo que una piedra rebotara y se le clavara en la mano derecha.
—¡Aaaaarghhh! —exclamó.
Y entonces llegó el momento que tanto tiempo había esperado.
Aunque su miopía no le dejaba ver bien, aquello lo vio perfectamente. La luz blanca de la luna se reflejada en el agua del río y entraba por el punto donde el martillo se había clavado en la roca.
—¡Ohhhh! —exclamó con las pocas fuerzas que tenía, mientras todo su cuerpo temblaba. Se reía y lloraba a la vez, y parecía haber perdido el poco juicio que le quedaba—. ¡Minosuke! Ven a ver esto. Esta noche por fin he cumplido mi promesa, después de veintiún años de trabajo.
Ryokai cogió a Minosuke de la mano y juntos contemplaron el río desde aquel agujero. Los dos empezaron a llorar de alegría.
—Y ahora, Minosuke, ha llegado el día de que cumplas tu promesa. Mátame. Si muero ahora, en pleno éxtasis de fe, no hay duda que alcanzaré el otro mundo. Hazlo ahora. Si esperas a mañana, los trabajadores te lo impedirán —le dijo con una voz ronca que resonó en las paredes de aquella cueva.
Pero Minosuke se sentó frente a Ryokai y, con los brazos cruzados, comenzó a llorar. Lloraba a mares, con el corazón compungido.
Cuando miraba a Ryokai, más que ver a un rival al que matar por venganza, veía a un frágil anciano con un corazón lleno a rebosar de emociones y cosas maravillosas.
Volvieron a cogerse de las manos. En aquel momento, ambos olvidaron los problemas del pasado y permanecieron en silencio, llorando con gran emoción.