I
El señor Tadanao envió a sus consejeros al campamento de Ieyasu. Fueron recibidos por su Excelencia con desprecio.
—Hoy, durante la batalla, cuando las tropas de Li Todo se vieron en problemas, ¿dónde estaban las tropas de Echizen? ¿Descansando? ¿Nadie les dijo lo que estaba ocurriendo? Si se hubieran puesto en marcha cubriendo la retaguardia, el castillo de Osaka habría caído. Pero no. Gracias a la inexperiencia de su general y con la ayuda de sus consejeros, los más cobardes de Japón, nos derrotaron.
Ieyasu no esperó una respuesta. Se levantó con gesto arrogante y abandonó la habitación.
El consejero mayor, Honda Tomimasa, ya tenía preparadas varias excusas para explicar que las tropas de Echizen no hubieran tomado parte en la derrota de aquel día, pero aun así la situación le pilló desprevenido. No pudo decir una palabra.
Aunque ya no se podía hacer nada, los consejeros regresaron al campamento de Echizen atemorizados y resignados.
El general Tadanao, daimio de Echizen, tenía por aquel entonces veintiún años. Su feudo recolectaba medio millón de barriles de arroz, mucho más que los trescientos que había recibido en época de su padre. Este había muerto en el cuarto mes del año 1607, y no se recordaba guerrero más valiente que él.
El general había cultivado su fuerza de voluntad con el paso del tiempo, como un solitario árbol azotado por el gélido y cruel viento de la cima de una montaña. Los consejeros le tenían miedo, y debían ser cautelosos con las noticias que llegaban al campamento.
—Ha llegado un mensaje de su Excelencia, el padre del shogun —le anunciaron—. Solicita su presencia en Osaka, con sus tropas.
Aquel día tendrían que hacer llegar a Tadanao la reprimenda de Ieyasu. Tadanao los llamó a su campamento tan pronto como regresaron.
—¿Qué os ha dicho mi abuelo? Normalmente nos agradece nuestro trabajo, ¿no?
Tadanao estaba de buen humor, y acompañó la pregunta con una sonrisa. Su afabilidad incrementó la vergüenza de los consejeros. Al final, uno de ellos reunió el valor suficiente para responderle.
—Me temo que se equivoca —le dijo, con voz temblorosa—. Al parecer, el hecho de que las tropas de Echizen no hayan tomado parte en la batalla de hoy ha enfurecido a su Excelencia.
No se atrevió a decir nada más. Afligido, se sentó de nuevo en el suelo.
Tadanao, que no estaba acostumbrado a las reprimendas, no pudo controlarse.
—¿Eh? ¿Qué ha dicho? —vociferó—. Cuando le pedí permiso para atacar me lo negó. ¿Y ahora está en contra de mí? Mañana, el señor y sus vasallos mancharán nuestras armas con su sangre. Sus cuerpos quedaran repartidos por todas las murallas del castillo. ¡Di esto a todos mis soldados, y prepáralos para la batalla!
Las manos de Tadanao, escondidas en su regazo, temblaban. Con un movimiento brusco, como si ya no pudiera soportarlo más, cogió la espada de uno de los sirvientes más jóvenes. La desenvainó y apuntó con ella a las caras de los consejeros.
—¡Mirad! ¡En esta Nagamitsu clavaré la cabeza de Hideyori, y se la dedicaré a mi padre! —dijo a los que estaban sentados en el suelo, mientras dibujaba círculos en el aire con la espada a la altura de su cabeza.
Tadanao, quizá debido a su juventud, solía sufrir de vez en cuando enfados parecidos. Sus consejeros, que estaban acostumbrados a su carácter, no le dieron demasiada importancia.
* * *
Aquellos tristes cielos de los últimos días desaparecieron para dar paso al séptimo día del undécimo mes del año 1615, que amaneció especialmente claro y sereno.
La caída del castillo de Osaka era cuestión de tiempo. Algunos de los capitanes más importantes de su guarnición (Goto Matabei, Kimura Nagato y Susukida Hayatonosho) habían muerto en una batalla desesperada durante el verano anterior, y ahora solo quedaban en el castillo Sanada Saemon, Chosokabe Morichika y Mori de Busen, junto a algunos más.
El shogun, Hidetada, se despertó pronto aquel día y levantó el campamento una hora antes de la salida del sol. Inmediatamente, ordenó a los destacamentos de Matsudaira Toshitsune de Chikuzen, Kato Samanosuke Yoshiaki y Kuroda Nagamasa de Kai que se dirigieran al paso de Okayama y tomaran posiciones en primera línea de ataque.
Poco después de la salida del sol, Ieyasu apareció transportado en un palanquín. Llevaba una chaqueta marrón de seda, un delicado kimono blanco y una sobrefalda atada en cada extremo a la altura de los tobillos. Todo Takatora, que se cruzó con él por casualidad, le hizo saber que tal vestimenta no era la más apropiada para un combate.
—Su Excelencia, ¿no debería vestir algo más apropiado, como una armadura?
Ieyasu sonrió, mostrando en sus ojos la astucia que lo había hecho célebre.
—¿Una armadura? —preguntó—. No necesito llevar armadura para terminar con estos pobres desgraciados de Osaka.
Llevaba un hossu en la mano con el que ahuyentaba a las moscas que volaban a su alrededor. Treinta de sus hombres de confianza, incluidos Naito Kamon-no-Kami Masanari, Uemura Iemasa de Dewa e Itakura Naizen-no-sho Shigemasa, caminaban junto a su palanquín. Al final de la procesión iba Honda Masanobu de Sado, que iba vestido igual que Ieyasu.
A lo largo de la planicie entre las carreteras de Okayama y Tennouji había un ejército de más de ciento cincuenta mil hombres. Los estandartes se agitaban con la brisa estival, y los cascos de los soldados brillaban bajo los rayos de sol. Los destacamentos, agrupados según los rangos de sus generales, estaban esperando la orden de ataque. Tres mensajeros de Ieyasu se acercaron a las unidades desplegadas montando caballos blancos.
—Los ejércitos de Yoshinao y Yorinobu todavía están formando —anunciaron—. Las tropas aún no están preparadas para combatir. Seguramente sacarán a la caballería a una distancia de cien o doscientos metros. Desmontarán y, lanzas en mano, esperarán órdenes.
Esto no era del agrado de Tadanao. Llevaba esperando aquel momento desde la noche anterior, que había pasado sin dormir pensando en la batalla. Tan pronto como escuchara la orden enviaría al consejero Yoshida Shuri para que trajera a su ejército, treinta mil hombres divididos en dieciséis batallones y comandados por los hermanos Honda, sus dos consejeros con más experiencia.
A pesar de sus protestas, debían colocarse en el centro de las líneas ocupadas por el destacamento de Kaga, en la peligrosa montaña de Chausu. Allí, en el lado izquierdo, las tropas bajo las órdenes de Honda Tadayori de Izumo se prepararon para atacar.
Justo en aquel momento, la orden del shogun fue enviada a todas las unidades:
«Los defensores están evacuando sus puestos de avanzada y parece ser que están esperando a que caiga la noche. La orden de atacar parece que se dará en breve».
Pero Tadanao no esperó a recibir la orden. Tan pronto como el enemigo lanzó dos o tres disparos de cañón hacia donde estaba Honda Tadayori, las tropas de Echizen contestaron con una salva de seiscientos u ochocientos mosquetones, y, sumidos en una nube de humo, los sesenta batallones avanzaron simultáneamente, como un bosque viviente, sobre el monte Chausu.
La defensa de la zona que iba desde el paso Aoya hasta el monte Chausu fue confiada a Sanada Saemon y su hijo, con el apoyo por el sur de Iki Shichiroyemon Tootaka, Watanabe Kuranosuke Tadasu y Otani Daigaku Yoshitane. Pero la fuerza combinada de estas unidades no superaba los seis mil hombres.
El enorme ejército de Echizen se distinguía entre los demás, esplendoroso e inmenso. Su general, Tadanao, también. Parecía un hombre decidido a obtener la gloria a toda costa. Había cambiado su bastón de mando por una enorme lanza de jinete y, al galope, se lanzó contra el enemigo sin escuchar los consejos de sus subordinados.
Ante tal ejemplo de coraje y bravura, el enemigo que se dirigía hacia las tropas de Echizen flaqueó y se dispersó como las hojas de un bosque en mitad de una tempestad. El primer gran triunfo llegó cuando Honda Tadamasa de Iyo mató a Nenryu Sadayu, el campeón de armas del castillo. Las tropas de Sanada Saemon Yukimura, que defendían la línea entre el monte Chausu y el templo Koshin, fueron aniquiladas en un solo ataque. Sanada cayó a manos de Nishio Nizaemon, y su capitán bajo la espada de Nomoto Ukon. Las tropas de Echizen, presionando a las tropas que huían hacia el castillo, se replegaron desde el paso Senba hasta la Puerta Negra del castillo. Colgaron su estandarte y prendieron fuego a algunos edificios del complejo.
Sesgaron tres mil seiscientas cincuenta y dos cabezas enemigas. En la batalla de aquel día, nadie se pudo comparar con Tadanao.
Tadanao bajó de su caballo en la cima del monte Chausu. Desde allí vio los estandartes de las tropas de Echizen moviéndose como olas a lo largo del foso del castillo. Avanzaban en forma de triángulo, una táctica que complicaba un posible contraataque.
Un soldado de la primera línea de ataque llegó corriendo.
—Aoki Shinbei ha sido el primero en entrar al castillo, señor.
La cara de Tadanao cambió al escuchar la noticia.
—¡No hay duda de que Shinbei es el más valiente de todos mis hombres! —Estaba excitado, y tuvo que atar al caballo para que no se encabritara con los gritos—. Regresa a tu posición y di que ofrezco veinticinco mil barriles de arroz por la cabeza de Hideyori.
¿Qué valiente general se haría con ella? Aquello sería suficiente para él. Ahora que Shinbei había conseguido entrar al castillo, el honor y la gloria esperaban a Tadanao. Su fe y su confianza en sí mismo eran cientos de veces mayores que antes.
Casi un centenar de daimios participaron en el ataque al castillo de Osaka, y Tadanao se sintió satisfecho al descubrir que ningún otro se había ganado la fama. Como era hijo del valiente Hideyasu y estaba relacionado con la familia Tokugawa, era natural que mostrara aquella destreza marcial en la batalla.
—Mi abuelo estará deseando mostrarme su aprecio. Iré a verlo, y escucharé qué tiene que decir.
Tadanao se apresuró a concertar audiencia con Ieyasu, cuyo campamento había sido trasladado al paso de Okayama.
Ieyasu estaba siendo felicitado por un grupo de daimios. Cuando Tadanao apareció, el gobernante se levantó de su asiento como muestra de respeto y lo tomó de la mano.
—¡Espléndido! ¡El héroe del día, el gran nieto de Ieyasu! —dijo a Tadanao, cogiendo su rostro entre sus manos—. Has demostrado un gran valor, como el gran Fan Kuai de China. Sí, ¡eres el Fan Kuai de Japón!
Tadanao era, por naturaleza, ingenuo y de buena fe. Tras escuchar las palabras de su abuelo empezó a llorar de felicidad, olvidando sus insultos del día anterior. No quedaba rastro de resentimiento por su parte.
Cuando regresó al campamento aquella noche, preguntó a sus compañeros si habría alguna celebración. Sabía que ahora se le consideraba el más fuerte de todos, sobre todo después de que Ieyasu lo hubiera llamado «el Fan Kuai japonés».
Aquella noche pudo verse en el cielo el reflejo de los incendios del castillo de Osaka. Estos, en la imaginación de Tadanao, eran fogatas en honor de sus hazañas. Le llenaron una y otra vez la copa de vino. Excepto por alguna cosa sin importancia, la mente de Tadanao aquella noche estaba vacía de pensamientos y preocupaciones.
* * *
El día cinco del mes siguiente, todos los señores feudales que habían participado en el asalto final fueron convocados al castillo de Nijo, en Kioto. Ieyasu tomó de la mano a Tadanao y se dirigió a ellos con las siguientes palabras:
—Cuando tu padre, Hideyasu, aún vivía, tú siempre te dirigías a mí con el respeto propio de un nieto hacia su abuelo. Ahora que me has mostrado tu lealtad en el campo de batalla, destacándote sobre los demás, estoy totalmente satisfecho. Tendría que ofrecerte una carta de agradecimiento, pero por costumbre familiar no lo haré. Ahora sé que el linaje de mi familia perdurará, y que la casa de Echizen vivirá en paz para siempre.
Dicho esto, entregó a Tadanao un bote de té decorado con flores de su colección privada.
Abrumado por aquel honor, Tadanao se sintió profundamente satisfecho, como si ya no tuviera nada más importante que hacer en este mundo.
Era lógico que se sintiera satisfecho. Desde niño, tanto su comportamiento como sus emociones habían sido doblegados por la disciplina. No recordaba haberse sentido inferior nunca. De crío solía disparar flechas a dianas de juguete, compitiendo con sus compañeros de juegos, y siempre era el vencedor. Cuando había una competición deportiva dentro del castillo de Kioto, el más diestro siempre era Tadanao. Incluso en juegos como el Gobang, el ajedrez chino, salía victorioso nueve de cada diez veces. Tenía, además, habilidad en todas las artes militares: tiro con arco, equitación, torneos y peleas con armas.
De esta manera, con el paso de los años había llegado a sentirse superior al resto de sus amistades. Había llegado a la convicción de que era, efectivamente, el mejor de su grupo, y de que tenía unas características muy superiores al resto.
Pero, a pesar de estar seguro de su superioridad, desde la campaña de Osaka se había dejado llevar por la melancolía. Sus competidores, otros miembros de su propio clan, ya eran daimios. ¿Era posible que debiera buscarse a sí mismo de otra manera?
De hecho, el sexto día del quinto mes había cometido un gran error al sumarse demasiado tarde a la batalla. Pero la gloria que había ganado al día siguiente, durante el asedio al castillo, había borrado de su mente aquel sinsabor. Las tropas de Echizen fueron las primeras en entrar al castillo, y sus honores en el campo de batalla fueron mayores que los de cualquier otro destacamento. Tadanao estaba seguro de que era mejor que los demás, y por eso le parecía natural que su fama se acrecentara más que la de cualquier otro soldado.
Las tropas de Tadanao derribaron tres mil setecientos cincuenta enemigos en la campaña de Osaka y consiguieron la cabeza del general Sanada Yukimura. Nadie dudaba de ello.
El regalo que había recibido de Ieyasu y el título de «Fan Kuai de Japón» había generado una gran impresión en Tadanao. Estaba exultante. Se sentía como si los ciento veinte daimios y sus seguidores estuvieran observándolo con envidia y admiración.
Hasta entonces se había sentido orgulloso de sí mismo pero, debido a que solo sus subordinados le mostraban aprecio, no había estado satisfecho. Ahora que su Excelencia le había cogido de la mano y lo había felicitado personalmente, recibiría elogios de todos los señores del país.
Los señores Yoshinao y Yorinobu, sus tíos, no habían recibido ninguna distinción especial. Otro de sus tíos, Tadateru, caballero de Echigo, no pudo participar en la batalla y cayó en desgracia. Incluso los honores ganados por los grandes clanes de los Date, Maeda y Kuroda, eran insignificantes comparados con los de Tadanao, poco más que una libélula frente a la luna llena.
Tadanao, daimio de Echizen, convencido de que era el héroe del país, partió de Kioto el octavo mes de aquel año y regresó a su castillo de Fukui.
II
En el gran salón del castillo de Echizen en Kitanosho había cientos de velas sobre candelabros de plata. La fiesta de aquella noche, como bien mostraba la gran cantidad de cera bajo las lámparas, ya estaba bien avanzada. Desde que volvió de la provincia, Tadanao se había habituado a reunir a todos sus siervos en torneos diurnos y banquetes nocturnos.
El título de «Fan Kuai de Japón» que le había otorgado su abuelo Ieyasu era el origen de una inmensa felicidad para Tadanao. Su corazón palpitaba rápidamente solamente con pensar en ello, y se enorgullecía al poder competir con los jóvenes guerreros de su clan.
Los jóvenes guerreros, que estaban formando dos filas en el gran salón, habían sido seleccionados para la ocasión de entre un gran número de sirvientes por su destreza en el combate. Entre ellos había algunos que apenas eran unos críos imberbes, pero todos eran fuertes y mostraban su bravura en la mirada.
Tadanao presentó el espectáculo. Era esbelto y sus ojos oscuros y penetrantes reflejaban su gran coraje, aunque estaba un poco nervioso. Era un luchador muy diestro, pero temía no poder demostrar su superioridad ante el otro equipo. Asumió la capitanía y, desde el principio, a sus compañeros les fue mal. Salieron de la arena uno tras otro, vencidos, y, cuando llegó el turno del segundo capitán, este también cayó. En el equipo contrario aún quedaban cinco miembros.
En ese momento Tadanao, capitán de su equipo, se colocó en el centro de la arena y mostró su larga lanza con maestría. Los guerreros del equipo contrario se asustaron solo con verle. Su primer oponente estaba intimidado por el porte aguerrido de Tadanao. Antes de que pudiera darse cuenta, ya le había golpeado el estómago con la lanza y estaba tirado en el suelo por el dolor. Los siguientes dos contrincantes, un supervisor y un oficial de tesorería, también fueron derrotados con gran facilidad. El siguiente en luchar fue el segundo capitán del equipo contrario. Se llamaba Oshima Sadayu y era el hijo mayor del instructor de esgrima del castillo, Oshima Saze. Se le consideraba el segundo mejor con la lanza.
—A pesar de la fuerza del señor, encontrará en Sadayu un gran rival —se podía escuchar entre el público.
Pero, tras siete u ocho fuertes intercambios, Sadayu también fue derrotado. Al recuperarse de un golpe de su contrincante perdió momentáneamente el equilibrio y, cuando bajó la guardia, Tadanao aprovechó el momento para asestarle un golpe seco en el pecho. Su caída fue aplaudida por todos los que allí estaban presentes, sobre todo por los más cercanos a Tadanao, que estaban exultantes de alegría. Tadanao, recuperándose del esfuerzo, esperó de pie al siguiente contrincante.
El capitán del otro equipo era un joven llamado Onoda Ukon. A la edad de doce años se había convertido en alumno de Gondo Saemon, el famoso maestro de lanza de Kioto, y con veinte ya era capaz de derrotar a su profesor. Pero Tadanao no se dejó intimidar. Cuando Ukon gritó «¡Va!», el señor levantó su arma y se dispuso a atacar.
La pelea fue un intercambio de ataques y contraataques tras los que Ukon, tambaleándose después de recibir un fuerte golpe en el hombro derecho, retrocedió unos pasos y se postró ante Tadanao, rindiéndose.
Los espectadores saltaron de alegría, haciendo que los muros del castillo de Kitanosho temblaran. Tadanao volvió a sentir esa sensación de autosatisfacción que tanto le gustaba. De vuelta a su asiento, anunció con voz alta:
—Caballeros, mis sinceras felicitaciones a todos vosotros. Ahora deseo que, en compensación por vuestro esfuerzo, os unáis a mí en un festín.
Estaba de mejor humor de lo habitual. Durante el banquete, sus sirvientes favoritos se sentaron junto a él y, uno tras otro, le ofrecieron sus cumplidos.
—¡Mi señor! Gracias a la campaña del castillo de Osaka han mejorado sus dotes para la lucha. Nosotros ya no somos lo suficientemente buenos para enfrentarnos a usted.
La simple mención de la campaña de Osaka era suficiente para que Tadanao se alegrara pero, esta vez, la fuente principal de la alegría era el vino que se había tomado. La mayoría de los sirvientes ya habían perdido la vergüenza gracias al alcohol: algunos de ellos empezaban a mostrarse incoherentes, y otros estaban comenzando a cantar coplillas de amor.
—¡Señores! Os doy permiso para que os vayáis, si lo deseáis —dijo Tadanao, poniéndose en pie de repente, y se retiró a su habitación.
Una vez allí, rechazó los servicios de la dama que había sido enviada a su habitación y decidió salir a dar un paseo acompañado de un joven sirviente, para disfrutar de la placentera brisa y del canto de los insectos de otoño entre las blancas flores de lespedeza.
El jardín estaba húmedo. La tenue luz de la luna mostraba la ciudad junto al castillo como un cuadro lleno de contrastes flotando en el vasto espacio iluminado por la noche.
Hacía tiempo que no se encontraba rodeado de tanta quietud. Todo lo mundano le parecía triste. Todavía se escuchaba débilmente el jolgorio del salón que había abandonado hacía poco. La fiesta parecía haberse hecho más ruidosa desde que la había abandonado, y alguien estaba cantando acompañado por una cítara de Azuma. Pero el salón estaba lejos, y lo que escuchaba no le interesaba demasiado.
Tadanao atravesó un estrecho camino entre la lespedeza, cruzó el pequeño lago y subió por una colina hasta llegar al pabellón. Entró. Desde allí se podían ver las montañas de la cordillera de Shinetsu como flotando en el aire. Estaba sumido en un ensueño de melancolía, una sensación que nunca antes había experimentado. Permaneció allí una hora, ajeno al paso del tiempo.
De repente, escuchó voces de hombres donde antes solo había estado el triste canto de los insectos. Eran dos personas, al parecer, y estaban hablando cerca del pabellón.
La serenidad de la que Tadanao estaba disfrutando fue destruida por aquellos intrusos. Pero aquella noche no podía mostrarse indignado y ordenar a aquellos hombres que abandonaran el lugar. Poco a poco se fueron acercando, sin dejar de conversar. El interior del pabellón estaba oscuro, todavía virgen de la luz de la luna, y los dos hombres no podían imaginar que su señor estaba allí. Tadanao sentía curiosidad por saber quiénes eran y, a medida que se acercaban, logró reconocer sus voces. El que parecía más borracho era Onoda Ukon, el capitán del equipo contrario del torneo de aquel día. El otro, que tenía una voz más nerviosa y chillona, era el segundo capitán, Oshima Sadayu, que había sido derrotado rápidamente por Tadanao. Ambos estuvieron hablando un buen rato sobre el enfrentamiento entre ambos equipos mientras Tadanao los escuchaba atentamente, tal como su naturaleza de daimio le obligaba a hacer.
Los dos hombres se detuvieron un instante en el lago, a menos de cinco metros del pabellón. Sadayu hablaba en tono reservado.
—Dime, ¿qué opinas sobre las habilidades de nuestro señor?
La respuesta de Ukon fue algo a medio camino entre lo gracioso y lo rencoroso.
—¡No pienso hablar sobre nuestro señor! Sería un suicidio para ambos, si nos escuchara.
—También hablamos sobre el shogun a escondidas. Vamos, ¿qué piensas sobre la habilidad del señor con las armas? ¿Cuál es tu verdadera opinión?
Parecía que Sadayu iba en serio. Permaneció en silencio durante unos instantes, como si esperara la respuesta de Ukon.
—Bueno, lo que dicen es cierto. Es muy bueno.
Ukon se detuvo. Tadanao estaba escuchando hablar a uno de sus sirvientes sobre su destreza por primera vez. Y Ukon prosiguió.
—Dejé que me ganara, como siempre, pero no me esforcé mucho.
Se produjo un largo silencio, durante el cual ambos hombres sonrieron irónicamente.
Las palabras de Ukon tuvieron un efecto devastador en Tadanao. Un remolino de emociones lo atravesó. Nunca se había sentido así. Era como si le hubieran dado una paliza y después lo hubieran pisoteado con los pies llenos de barro. Le temblaban los labios, y la sangre parecía estar hirviendo en sus venas.
Lo poco que Ukon había dicho fue suficiente para que Tadanao cayera hasta lo más bajo de la dignidad humana desde el pedestal en el que había estado sentado hasta aquel momento. Estaba furioso, pero también se sentía terriblemente vacío y desolado. Había descubierto que el mundo era una gran mentira, y que todo lo que había vivido hasta aquel momento había sido un fraude.
Durante un instante sintió la necesidad de quitarle la espada a su sirviente para matar a aquellos dos hombres allí mismo, pero la desesperación se disipó rápidamente en su interior. ¿Debía matar a aquellos dos hombres y revelar a sus siervos que había descubierto lo hipócritas que eran? Tadanao luchó, de nuevo, contra sus emociones, e intentó pensar tranquilamente cómo debía actuar ante aquella situación.
El sirviente, que estaba sentado en cuclillas junto a Tadanao como si se tratara de un simple mueble sin vida, era un chico de gran inteligencia que no se asustó ante tal situación. Pensó que debía avisar a los otros dos de la presencia de su maestro, y tosió tres veces.
La tos del chico fue más que eficaz. Ukon y Sadayu, dándose cuenta de que había alguien cerca, dejaron de hablar inmediatamente y regresaron al salón.
Los ojos de Tadanao estaban llenos de ira, pero sus mejillas seguían pálidas. Todas las emociones que lo habían acompañado desde niño se habían esfumado de repente por culpa de las palabras de Ukon.
De pequeño siempre había sido más listo que el resto. Cuando disparaba sus flechas daba en el centro de la diana más veces que cualquier otro. Durante las clases de caligrafía, el viejo maestro lo solía felicitar por sus trabajos.
Lo mismo ocurría en las artes militares. Con la espada y la lanza, siempre había vencido a todo aquel que se ofrecía a luchar contra él. A pesar de lo que había escuchado, seguía pensando que había ganado por sí mismo.
Pero también sabía que las palabras de Ukon eran ciertas. Aunque seguía confiando en sus habilidades, no tenía más remedio que aceptar que lo que había escuchado era verdad.
Las palabras de Ukon permanecieron dentro de su mente. Tadanao intentó calcular qué parte de la victoria de aquella noche había sido cierta, y cuál un engaño. Pero eso ya no importaba. Nunca sabría qué parte de las numerosas victorias y distinciones que había recibido desde su juventud había conseguido gracias a sus habilidades. Pensar en ello era una auténtica agonía que se le clavaba en el corazón. Seguramente, no todos sus siervos se habrían dejado vencer: a la mayoría debía haberlos vencido limpiamente. Pero la duda estaba ahí. Debido a la existencia de personas como Ukon y Sadayu, ahora sus triunfos del pasado estaban impuros. Empezó a odiarlos a los dos.
Pero la herida profundizó aún más. Incluso la gloria que había conseguido tres meses atrás en el campo de batalla de Osaka le parecía ya increíble. Tan pronto como recordó el título de «Fan Kuai de Japón», que tanto orgullo le había proporcionado, empezó a sospechar si no habría en él algún rastro de mentira que lo convertía en el más ridículo de los hombres. ¿Había sido también manipulado por su abuelo, como si fuera un niño? Y de los ojos de Tadanao empezaron a brotar lágrimas.
III
El banquete continuó después de que Tadanao se marchara pero, cuando la campana del castillo tocó medianoche, todos los jóvenes guerreros decidieron que era la hora de retirarse. En este momento, un chambelán entró corriendo al gran salón.
—¡Caballeros! —gritó, levantando ambas manos para pedir silencio—. ¡Atención! El señor ha ordenado un cambio de planes para mañana. Como hoy, ha organizado un torneo de lanzas. La hora y las reglas del combate serán las mismas.
Algunos se sintieron disgustados con la noticia, y otros sonrieron: al parecer, el señor deseaba otra victoria. Pero la mayoría, contenta gracias al vino, aceptó el cambio con buen humor.
—Luchemos durante días y días —gritaron—. ¡Más vino para celebrarlo! Mañana volveremos a emborracharnos.
* * *
Al día siguiente, el salón volvía a estar limpio y habían colocado de nuevo los estandartes de ambos equipos junto a los muros. Tadanao, como el día anterior, ocupaba el asiento de honor, pero esta vez sus ojos mostraban la llama de su ira.
Hubo cierta diferencia en los resultados de los combates pero, con las victorias y derrotas del día anterior todavía frescas en las mentes de los guerreros, muchos de los ataques fueron para redimir el honor perdido.
El equipo rojo ganó, pero de peor manera que el día anterior. Cuando su capitán, Tadanao, entró en la arena, todavía quedaban seis miembros del equipo contrario, incluyendo al capitán y al segundo capitán, que todavía no habían tenido que pelear.
Tadanao los miró con resentimiento mientras hacía girar su lanza, algo que a los espectadores les llamó la atención. Parecía estar bajo los efectos de una locura delirante. Sus primeros dos oponentes se acercaron cautelosamente, pero recibieron tales ataques que terminaron en el suelo. Los siguientes dos terminaron igual, no sin ofrecer un poco más de resistencia.
El quinto fue Oshima Sadayu. Tenía algunas dudas sobre la razón por la que Tadanao estaba comportándose de un modo tan extraño, aunque no imaginó ni durante un momento que su señor lo hubiera escuchado hablar la noche anterior.
—¡Ahora te toca a ti, Sadayu! —Tadanao intentó mostrarse despreocupado, pero su voz era estridente—. ¡Sadayu! Usa tu espada o tu lanza de verdad; si no lo haces, nunca conoceremos tus auténticas habilidades. Los combates con lanzas de punta protegida no son combates auténticos. Estoy cansado de peleas de mentira. Yo usaré la lanza que utilicé durante el asedio de Osaka, y deseo que tú hagas lo mismo. No pienses que soy tu señor; si ves una oportunidad, ¡ataca sin pensártelo dos veces!
Tadanao pronunció estas palabras con voz temblorosa y emocionada. La ira ardía en sus ojos. Sadayu palideció. Onoda Ukon, también.
El resto de sirvientes no entendían lo que ocurría. Muchos creyeron que su amo había perdido la razón.
Tadanao era nervioso por naturaleza, y a veces demasiado rudo, pero nunca actuaba con tiranía o crueldad. Los sirvientes estaban asombrados por su comportamiento.
El airado señor había pedido armas reales debido al odio que sentía hacia Sadayu y Ukon, pero también porque, de este modo, esperaba descubrir sus auténticas habilidades. Sus contrincantes tendrían que utilizar todas las técnicas que conocieran para protegerse.
—¡Vamos! ¡Preparad las lanzas! —ordenó Tadanao.
Dos jóvenes sirvientes trajeron unas lanzas mayores de lo normal y las dejaron entre Tadanao y su contrincante.
—Sadayu, ¡úsala! —dijo Tadanao, quitando la protección de su lanza, que medía seis metros de longitud. La luz que resplandecía sobre los catorce centímetros de la hoja de su lanza, obra del maestro Bingo Sadakane, enfrió el espíritu de todos los presentes. Honda Tosa, que había sido seleccionado para controlar los movimientos de Tadanao, le preguntó:
—Mi señor, ¿lo ha pensado bien? Exponer su persona al peligro de las armas descubiertas es algo demasiado peligroso. ¡Si el shogun se entera de esto, será el fin! Le ruego que abandone la idea —le suplicó con desespero, arrugando la frente.
—Es inútil que interfieras —dijo Tadanao con total rotundidad—. Hoy lucharé con armas de verdad aunque me cueste la vida. No pierdas el tiempo intentando detenerme.
Había una especie de autoritarismo en sus formas, y algunos lo atribuyeron al cambio de clima otoñal. Honda no siguió insistiendo y se retiró.
Sadayu estaba resignado. Suponía que todo aquello estaba relacionado con la conversación que había tenido la noche anterior; no había duda alguna que había llegado a oídos de su señor. Como sirviente, no tenía otra alternativa que la de aceptar la pelea. Morir en manos de su maestro sería una muerte honorable, y este fue, a partir de aquel momento, su único deseo.
—Mi señor —dijo con firmeza—, no importa qué armas utilice: estoy preparado para enfrentarme con usted.
Hubo un rumor entre los espectadores allí presentes. Tadanao sonrió.
—Así debe ser, ya que eres mi siervo. Pero no pienses en mí como tu señor. Si bajo la guardia, no dudes un momento y atácame.
Tadanao retrocedió cinco metros, levantó su lanza y se colocó en posición.
—¡Con permiso! —gritó Sadayu, dirigiéndose hacia su señor.
Todos los ojos estaban concentrados en la pelea. Algunos estaban fascinados, y otros horrorizados por lo que podría ocurrir a continuación. Los espectadores estaban tensos, siguiendo los movimientos del maestro y del vasallo con el aliento contenido.
Tadanao necesitaba descubrir el auténtico alcance de su fuerza y habilidad para quedarse satisfecho. No era consciente de que era el daimio de una provincia, y menos de que su oponente era su sirviente. Simplemente luchaba con coraje y determinación.
Pero Sadayu ya había tomado una decisión. Tras tres breves intercambios de golpes, aprovechó que la lanza de Tadanao le había golpeado el muslo izquierdo para caerse hacia atrás.
Los espectadores suspiraron aliviados. Sacaron a Sadayu rápidamente de la arena y lo llevaron junto a sus compañeros.
Tadanao no se alegró de aquella victoria. La derrota de Sadayu había sido demasiado fácil, igual que la del día anterior.
Tras la caída de Sadayu, Ukon tuvo que aceptar el reto. Cogió la lanza y se preparó para pelear. No mostraba señal alguna de miedo. Su rostro estaba pálido, pero en sus ojos había ferocidad.
Tadanao pensaba que Ukon, que era quien había hablado con franqueza el día anterior, le ofrecería cierta resistencia. Pero, como su compañero, parecía estar conteniéndose, como si estuviera decidido a expiar su crimen a través de la lanza de su señor.
Después de cinco o seis embestidas, Tadanao se dio cuenta que su oponente estaba dejando desprotegida la zona cercana a su corazón. Al parecer, él también estaba dispuesto a dejarse vencer por su señor. Entonces, decidido a terminar rápidamente, giró el cuerpo hacia la lanza de Tadanao, que se le clavó en el hombro derecho.
Tadanao había intentado descargar su ira por los sucesos de la noche anterior, pero lo único que logró fue crear más tristeza en su corazón. Tanto Ukon como Sadayu se habían dejado vencer poniendo en peligro sus vidas.
Cuando Tadanao descubrió, más tarde aquella misma noche, que Ukon y Sadayu se habían abierto el vientre en sus propias casas, entró en un estado de desesperación todavía más profundo.
IV
Corría el rumor de que, desde aquel torneo, el señor Tadanao se había convertido en un auténtico demonio que tenía aterrorizados a todos los siervos del castillo. Cuando los sirvientes tenían que presentarse ante él, temían por sus vidas, y el miedo los paralizaba. Incluso los invitados de honor tenían que ir con cuidado y no salirse del protocolo. La relación de compañerismo entre señor y sirvientes, que había existido hasta hacía poco, había desaparecido.
Con el deterioro de sus relaciones, Tadanao comenzó a sentirse totalmente solo. Un día, un visitante acudió para entregarle una carta de los consejeros de la familia. Tadanao observó al hombre que estaba postrado ante él.
—No tengas miedo de acercarte —le dijo—. No hace falta que te arrastres.
Pero dijo estas palabras con rabia, en lugar de con el tono ceremonioso que habría sido adecuado. El visitante no se atrevió a hacerle caso.
* * *
Una noche hubo un banquete, y Tadanao estaba de mejor humor de lo habitual. Su paje favorito, Masuda Kannosuke, le llenó la copa de vino.
—¿Por qué últimamente no vemos a su señoría en la sala de prácticas militares? —le preguntó el paje.
Hablando de esta manera, Kannosuke estaba intentando demostrarle que se preocupaba de él como amigo.
Tadanao se puso furioso y tiró la copa de vino a la cara de Kannosuke. Nadie habría esperado una respuesta tan violenta, y el sirviente palideció. Pero, entrenado como estaba en el código de lealtad, no intentó esquivar el golpe. Recibió el impacto de la copa en la frente y cayó al suelo, mientras la sangre bajaba por sus blancas mejillas.
Tadanao se levantó sin decir nada y regresó a sus aposentos.
Un grupo de pajes se acercó a Kannosuke y le ayudó a levantarse. Kannosuke, disculpándose por no poder seguir ayudando aquella noche, se retiró a su habitación y, antes de que saliera el sol, se suicidó.
Cuando Tadanao se enteró de lo ocurrido sonrió triste y amargamente.
Diez días después, Tadanao estaba jugando al Gobang con su viejo amigo y consejero Koyama Tango. El viejo hombre y Tadanao tenían el mismo nivel en aquel juego, pero en los últimos dos o tres años el consejero había perdido capacidades. Aquel día ya había perdido tres partidas seguidas.
—Mi señor —le dijo, sonriendo con naturalidad—, últimamente ha mejorado mucho. Un hombre viejo como yo ya no es adversario para usted.
Tadanao estaba de buen humor, ya que aquella noche había obtenido varias victorias, pero las palabras de Tango hicieron que su expresión se nublara. De repente, se levantó y propinó una patada al tablero de juego que había entre él y su oponente. Las piezas de marfil blancas y negras salieron disparadas en todas direcciones, y un par golpearon la frente de Tango.
Tango no entendía por qué se había enfadado tanto, sobre todo cuando iba ganando. Cuando Tadanao se disponía a marcharse de la habitación, el anciano le agarró el pantalón y se dirigió a él con voz temblorosa.
—¿Qué está haciendo? Ha perdido el juicio. ¿Por qué razón me insulta de esta manera?
Pero las palabras de su consejero no afectaron a Tadanao. Se zafó de él y se marchó a su habitación.
Los ojos del viejo se llenaron de lágrimas. No entendía por qué su señor, por quien había sentido afecto desde el primer día, lo insultaba ahora de aquella manera. Había decidido dejarse vencer en las partidas de Gobang para contentar a su señor y como muestra de su lealtad.
Pero, esta vez, Tadanao ya había llegado demasiado lejos. Interpretaba cualquier acto de sus sirvientes en su contra.
Aquel día, cuando regresó a su casa, el anciano consejero se puso su ropa formal y se clavó el puñal en el vientre. Después de aquella humillación, no podía seguir viviendo.
* * *
Los rumores sobre la conducta de Tadanao se extendieron por todos sus dominios.
Tadanao, ansioso de victorias, siempre había sido un entusiasta de los juegos de mesa, pero después de aquel incidente abandonó esos pasatiempos.
Era normal que, bajo estas circunstancias, el modo de vida de Tadanao se fuera convirtiendo gradualmente en algo más salvaje y basto. Dentro del castillo no hacía nada más que comer, beber y acostarse con mujeres. En el exterior, su pasatiempo favorito era salir de caza. Solía cazar pájaros en los valles y bestias más grandes en las montañas. Lejos de la mundanal vida del castillo, en la naturaleza, Tadanao se sentía renovado por completo.
V
Hasta entonces, Tadanao siempre había escuchado con detenimiento los consejos de sus consejeros más experimentados. Cuando todavía se le conocía por el nombre de Nagayoshimaru, su padre lo llamó y le dijo:
—Cuando yo falte, escucha con atención lo que te digan los consejeros. Reflexiona sobre sus palabras como si fueran las de tu padre.
Y siempre había respetado aquella última orden.
Pero últimamente malinterpretaba todo lo que le decía la gente a su alrededor, incluso las sugerencias sobre temas administrativos. Si sus consejeros recomendaban a alguien de cierta posición y grandes habilidades, Tadanao no tenía duda alguna que debía ser un impostor y rechazaba sus servicios. Si los consejeros se quejaban del comportamiento de alguien y solicitaban su detención, Tadanao interpretaba que esa persona debía ser alguien honesto y útil para él, y rechazaba la solicitud de arresto.
Aquel año, la recogida del arroz en Echizen se llevó a cabo antes de lo normal. Los consejeros se presentaron ante Tadanao y le pidieron una rebaja de sus impuestos. Pero, cuanto más le rogaban, más desagradable era el trato que el señor les ofrecía.
—¡No! Digo que no puede ser, y haréis lo que yo os ordene —les gritó, a pesar de que no entendía del todo el funcionamiento de ese tipo de tratos.
Señor y vasallos habían llegado a un punto muerto que siguió sin resolverse, y los rumores sobre el excéntrico comportamiento de Tadanao llegaron hasta la residencia del shogun, en Edo.
Una noche, Tadanao estaba bebiendo en su habitación acompañado por un pequeño grupo formado por sus damas favoritas. Entre ellas había una chica llamada Kikuno, una belleza que había comprado en Kioto y que se había convertido en el objeto de la pasión de su señor.
A medianoche, después de que las luces se apagaran, Tadanao aún seguía bebiendo. Para las damas, que no bebían, el tiempo pasaba despacio; lo único que tenían que hacer era mantener llena la copa de su maestro.
Tadanao se levantó de repente, medio borracho, y fijó la mirada en la joven Kikuno. El alcohol y la fiesta parecían haberla agotado y, sin darse cuenta de que estaba en presencia de su señor, había cerrado los ojos lentamente y caído presa del sueño.
Tadanao la miró fijamente y una gran sensación de ansiedad recorrió su cuerpo. Su mente comenzó a desvariar. Era imposible que aquella mujer sintiera un afecto verdadero por él. Sus sonrisas y sus miradas no eran sino artimañas, detalles que no tenían ningún significado profundo. Había vendido su cuerpo y su alma por dinero y, le gustara o no, tenía que servir a su daimio. Su única posibilidad para huir de la miseria en la que vivía era hacer todo lo posible por ganarse el afecto de su dueño, el poderoso hombre que controlaba su destino.
Pero el de aquella mujer no fue el único amor que Tadanao puso en duda. Comenzó a pensar que ninguna de las mujeres con las que había tenido contacto carnal había sentido algo por él.
Nunca había conocido la verdadera amistad. De pequeño habían seleccionado sirvientes de su misma edad para que fueran sus amigos, pero nunca habían sido verdaderos compañeros de Tadanao: solo le mostraban sumisión. Tadanao los había querido, pero ellos nunca habían correspondido sus sentimientos. Habían seguido a su lado solo por lealtad.
¿Y qué podía pensar de las mujeres? Desde muy joven había tenido a su disposición a muchas mujeres hermosas. Tadanao las había amado a todas, pero ¿cuántas de ellas lo habían querido de verdad? Ellas también se habían limitado a ofrecerle sumisión. Y todavía las seguía teniendo a su alrededor pero, en lugar de calor humano, ellas solo le ofrecían una cosa: sumisión.
Tadanao tenía claro que había recibido sumisión como sustituto del amor, como sustituto de la amistad, como sustituto de la gratitud. Por supuesto, había algunas excepciones en las que el amor había sido verdadero y la amistad auténtica.
Se dio cuenta de que había pasado toda su vida, la que había vivido en la intimidad de sus habitaciones, sumido en una monótona soledad. El amor no había sido más que una de las obligaciones de un sirviente hacia su señor, y estaba cansado de esa sumisión.
* * *
Desde aquel momento, en la vida privada de Tadanao se produjo un giro. Empezó a pensar que, en lugar de a las muñecas pasivas que lo rodeaban, debía amar a alguna mujer más espiritual, a alguien de carácter más fuerte. Si una mujer así se enamorara de él, todo iría mejor. Pero, aunque no lo hiciera, al menos ofrecería un poco de resistencia. Tadanao quería que lo trataran como a un ser humano normal.
Para llevar a cabo su plan, llamó a algunas de las hijas de sus siervos de mayor rango. Pero, para aquellas mujeres, las palabras de Tadanao eran las del señor del castillo, alguien a quien no podían oponerse. Se acostaron con él como lo habían hecho las demás, como sirvientas ofreciendo sus respetos a los dioses desde un altar. Y Tadanao no sintió el más mínimo placer.
Tras un tiempo en el que las cosas siguieron igual, a Tadanao se le ocurrió que quizá obtendría mejores resultados de mujeres que ya estaban prometidas en matrimonio con otro hombre. No había duda de que se resistirían, aunque fuera un poco. Hizo que algunas mujeres de su familia se presentaran ante él, pero todas dijeron que lo consideraban su dueño y le ofrecieron sus servicios con total serenidad. Eso no le gustó.
A estas alturas, el comportamiento del señor del castillo estaba en boca de todo el mundo, incluso de sus sirvientes más lejanos. Pero Tadanao todavía no había logrado lo que deseaba.
El experimento con mujeres prometidas no había tenido éxito, así que puso en práctica un plan aún más inmoral. Preguntó cuáles de las esposas de sus sirvientes de Echizen poseían la mayor belleza y el mejor carácter. Hizo acudir a tres de aquellas damas urgentemente al castillo, y se negó a devolvérselas a sus maridos.
No había duda de que su locura había tocado techo. Los maridos insistieron en que les devolviera a sus esposas, pero Tadanao se negó a hacerlo. Los consejeros principales le pidieron que reconsiderara su comportamiento pero, cuanto más le rogaban, más decidido se mostraba Tadanao a seguir con su plan.
Pronto, los tres sirvientes cuyas esposas habían sido secuestradas descubrieron la verdadera naturaleza del cruel engaño de Tadanao. Dos de ellos decidieron suicidarse.
Cuando la noticia de estas muertes llegó a sus oídos, Tadanao vació la copa de vino de un solo trago, sonrió y se quedó callado. Los miembros del clan que estaban presentes mostraron su compasión y admiración por los dos fallecidos.
—¡Fueron fieles guerreros! —dijo uno de ellos.
—¡Murieron honorablemente! —añadió otro.
Sus elogios incluían frases como las anteriores, pero todos pensaban que había sido una desgracia enviada por los dioses, una señal inequívoca de un destino funesto.
Tras la muerte de los dos sirvientes, toda la atención se posó en el único marido que quedaba con vida, un hombre llamado Asamizu Yojiro. Algunos decían que era un cobarde por no haberse suicidado tras el secuestro de su esposa.
Cuatro o cinco días después, el hombre apareció en el castillo e informó al oficial de recepción de que deseaba audiencia con Tadanao. El oficial hizo lo imposible por disuadirle.
—A pesar de lo que ha ocurrido, Tadanao es tu señor. Entiendo que quieras vengarte; se ha comportado de un modo incorrecto y todos lo sabemos, pero sigue siendo tu señor.
Pero Yojiro insistió.
—Es cierto, pero aun así quiero hablar con él. Por favor, hazle saber que estoy aquí.
El oficial informó a un consejero de la llegada de Yojiro, y este concertó la audiencia.
—Yojiro debe haberse vuelto loco —murmuró el viejo consejero cuando escuchó la explicación del oficial—. El señor se ha sobrepasado, pero en estos casos el único medio en el que un siervo puede expresar su protesta es suicidándose.
Ambos lo entendían. La pérdida de su querida mujer había trastornado por completo la mente de Yojiro.
Sorprendentemente, la reacción de Tadanao fue amistosa.
—¿Qué? —gritó—. ¿Yojiro ha venido a verme? No hay duda de que esta visita me alegra. ¡Qué pase ahora mismo!
Por primera vez desde hacía tiempo, se le veía animado y hablaba sin gritar.
Instantes después, Yojiro apareció ante Tadanao, tan delgado y demacrado como un perro enfermo. Parecía que el pobre hombre estaba agotado por la angustia de los últimos días: estaba muy pálido, y tenía los ojos hinchados y una expresión lúgubre.
Por primera vez en su vida, un sirviente de Echizen se había presentado ante Tadanao mostrando su auténtico aspecto y sin intención alguna de ocultar sus verdaderos sentimientos hacia él.
—Así que tú eres Yojiro. ¡Acércate! —le dijo Tadanao amablemente.
Inmediatamente notó que Yojiro no era como los demás; parecía estar deseando aniquilarlo. Cuando la distancia entre ambos desapareció, se miraron directamente a los ojos, como hombres iguales.
Yojiro retrocedió y se sentó en el tatami sobre sus rodillas a unos pocos pasos de su señor. A continuación gritó, con una voz que parecía provenir de lo más hondo del mismo infierno:
—¡Mi señor! ¡La moralidad y humanidad están por encima del código de lealtad! Me has robado a mi mujer, ¡y así te mostraré mi odio!
Con la velocidad de una golondrina, Yojiro dio un brinco y se lanzó sobre Tadanao. Llevaba una espada en la mano derecha, pero Tadanao era demasiado ágil para su atacante: le agarró la mano con facilidad y lanzó a Yojiro al suelo. Un sirviente que estaba presente ofreció un arma a Tadanao, pero este la apartó.
—¡Yojiro, eres el único que se ha mostrado ante mí como un auténtico guerrero! —le dijo mientras lo agarraba del brazo.
Yojiro todavía sostenía su arma, pero se postró ante él en señal de sumisión.
—Tu mujer también me rechazó en varias ocasiones. ¡Ambos sois criaturas inusuales!
La rebeldía de Yojiro había proporcionado una doble alegría a Tadanao. Primero lo había odiado como hombre hasta el punto de querer atentar contra su vida, y esto le había hecho sentirse por primera vez como si fuera un ser humano normal. Después lo había atacado a pesar de saber que era un buen guerrero y, lo que era mejor, Tadanao había sido capaz de repeler su embestida. En aquella victoria no había el más mínimo rastro de engaño. Una vez más, sin las dudas que lo habían perseguido durante tanto tiempo, pudo saborear la exultación de una victoria.
Tadanao se sentía como si se hubiera abierto un claro entre las opresivas nubes de melancolía que lo habían perseguido durante todo aquel tiempo. Ahora veía la luz más allá.
No solo permitió que Yojiro se marchara sin reprimenda alguna, sino que dejó en libertad a su mujer.
La alegría de Tadanao, a pesar de todo, duró poco.
Tras abandonar el castillo, Yojiro y su mujer se suicidaron. Nunca se supo la razón, aunque quizá decidieron terminar así por vergüenza, o abrumados por la gratitud de Tadanao que les perdonó la vida.
Fuera cual fuera la razón de sus muertes, el señor recibió la noticia con desagrado. Incluso el ataque de Yojiro, visto tras su suicidio, provocó dudas en Tadanao. Se preguntaba por qué no habían decidido morir a manos de su señor, algo que habría sido más noble. Si hubiera ocurrido esto último, la hazaña de Tadanao al terminar con la vida de Yojiro antes de que este lo hubiera obligado a ceder habría sido muy diferente de las falsas victorias de los torneos del castillo. Tras reflexionar un poco, Tadanao se hundió un poco más en la desesperación.
El proceso de deterioro que sufrió Tadanao a partir de aquel momento está recogido en los textos históricos. En aquella época se le consideraba un asesino de inocentes, porque había pasado por su espada a muchos de sus sirvientes.
La historia de La piedra para cortar cabezas, relato que ha llegado hasta nuestros días por tradición oral, todavía produce en el que la escucha una sensación de repugnancia. Pero, si Tadanao llevó a cabo tales brutalidades, fue debido a que sus sirvientes nunca llegaron a tratarlo como un ser humano, y este terminó con sus vidas del mismo modo.
VI
Este extravagante comportamiento no podía durar eternamente. Mientras Tadanao se sobrepasaba en Echizen, en Edo, los ministros del shogun Doi Toshikatsu y Honda Masazumi estaban planeando en secreto un plan para derrocarle, ya que tomar medidas directas contra alguien tan cercano a la familia Tokugawa habría provocado un gran alboroto.
Los ministros decidieron enviar a Echizen a la madre de Tadanao, que había tomado los hábitos y era conocida como Seiryo, con la misión de transmitirle de manera indirecta la decisión del shogunato.
Tadanao llevaba años sin ver a su madre y la recibió con gran afecto. Cuando esta le contó el deseo del shogun de despojarlo de su condición, Tadanao dio su conformidad de una manera más entusiasta de lo que se esperaba. Abandonó su gran feudo con tranquilidad, como si se tratase de unas viejas sandalias de paja, y decidió exiliarse a la ciudad de Funai, en la zona norteña de Kyushu.
En Tsuruga, de camino a su exilio, se unió a los sacerdotes budistas y se cambió el nombre a Ippaku. Esto ocurrió el quinto mes del año 1623, cuando Tadanao acababa de cumplir treinta años.
Desde Funai se trasladó a Tsumori, otra ciudad de la provincia de Bungo. Allí, con una asignación por parte del shogunato de cincuenta mil barriles de arroz, pasó el resto de sus días sin pena ni gloria, y murió en 1650 a la edad de cincuenta y seis años.
De los últimos años de la vida de Tadanao no nos ha llegado nada. Pero el señor del castillo de Funai, Takenaka Shigetsugu, cuya misión era la de vigilar a Tadanao, ordenó que sus sirvientes escribieran todo lo que había hecho el exilado para enviárselo al ministro Doi Toshikatsu. Ese relato, titulado La historia de la conducta de Tadanao, ha llegado hasta nuestros días. Lo siguiente es un fragmento de lo que el señor del castillo de Funai escribió sobre los últimos años de Tadanao.
«Desde que se trasladó a Tsumori, Tadanao pasa sus días tranquilamente, sin mostrar ningún indicio de violencia. El señor del castillo suele comentar que, cuando perdió su patrimonio familiar, sintió un alivio como si se hubiera despertado de una pesadilla. Jura que nunca, ni en sus futuras reencarnaciones, volvería a nacer como señor de una provincia. A pesar de estar rodeado de gente, dice que muchas veces se sintió atormentado al notar que su alma estaba cayendo en el infierno de la soledad. Parece que no siente resentimientos hacia nadie…
»A veces, durante su tiempo libre, invita a los ancianos de la villa o a algún sacerdote a jugar al Gobang en su habitación. Se rumorea que, en el pasado, sus ataques de rabia eran peores que los del mismo emperador Chou de la dinastía Yin, pero tales comportamientos han desaparecido.
»En una ocasión, el sacerdote Rono del templo Okon, una persona con la que mantiene una relación cordial, se aventuró a comentar que “Cualquier hombre que hubiera tenido una fortuna de tres millones trescientos cincuenta mil barriles de arroz, se habría sentido tentado a emular el comportamiento del tirano Chou”. Tadanao sonrió, sin mostrar enfado alguno.
»Últimamente ha llamado a su presencia incluso a sirvientes de baja cuna y gente del pueblo, y parece ser que disfruta escuchando sus rudas y sinceras historias. Cuando la gente ve sus respetuosos modales y el buen trato que dispensa a sus empleados, no sospecha que se trata del monstruo anárquico que perdió a su familia y una provincia de tres millones trescientos cincuenta mil barriles de arroz debido a su comportamiento atroz».