Entré en la peluquería del pueblo y escuché:
—¡Yo creía que ganaban los indios!
—¡Pero si disparan para arriba!
Sin lugar a dudas mucho más entretenida que la jaula de los colorines a la que suplantaba..., vi una diminuta televisión roja con una antena larga como una zarza.
Echaban una película del Oeste.
La indiada, embijada de rojo y negro, dando aullidos descomedidos, atacaba a una caravana de carretas formadas en círculo.
Sin perderse la escena, con el cogote bajado y algo torcidos los ojos, un señor mayor se hacía el apaño.
—¡Nos rodean, señor Harland!
—¡Flanagan! ¡Ocupe su posición! Para ser usted un estúpido ovejero me está dando mucha guerra.
El peluquero dio cinco o seis vueltas rapidísimas a las tijeras..., las chasqueó: ¡fix-fix-fix!; y luego, con ellas colgando inertes de su dedo, se me quedó mirando como un perrito de las praderas.
Debía estar pensando en que no hay indio calvo.
¡Mi cabellera le había impresionado!
Me senté a esperar frente a la caja tonta.
Efectivamente: los colonos rechazaron repetidamente a los salvajes (que caían como los patitos en la caseta de tiro de una feria); pero eran demasiados..., y giraban enloquecidos al compás de la manivela del director. Hasta que se les agotaron las municiones y, entonces, los «pieles rojas» masacraron a los «rostros pálidos». A casi todos; y, a los pocos que cogieron vivos les cortaron el cuero cabelludo, les sacaron los ojos y, desollados, los colgaron boca abajo de un árbol plagado de feroces hormigas arborícolas.
—¡Pues comparados con los apaches tontos, los apaches gileños son unos angelitos! —soltó el señor de cabeza senil.
—¡Salvajes sedientos de sangre! —soltó su paisano.
—¡Vaya puta mierda! —murmuré yo entre dientes.
A todo esto, las tijeras, hambrientas, cortaban el aire; pero era poco lo que podían hacer en el laurel capilar de aquel venerable hombre, que debía estar ahí, más por costumbre, que por necesidad.
—¡No hay vísperas que valgan con la muerte! —sentenció el peluquero, y se centró en cortarle los pelos de las orejas, de las cejas y de la nariz.
Los únicos sitios donde podría haberse escondido algún infeliz indio.
—¡Deberían dedicarse al vergel y dejarse de tanta marimorena! —filosofó el santo varón cuando, en la pantalla, un pelotón de soldados en columna de a dos, salieron a galope tendido del fuerte en persecución de Gerónimo; que los esperaba oculto tras un cardo seco.
La cigüeña de plástico que decoraba el local —con chistera y fumándose un puro— movió de arriba abajo el pico.
Como si le diese la razón al cliente.
Yo no era de la misma opinión; y a punto estuve de puntualizar que los apaches no eran huertanos, y que consideraban que hacer surcos en el campo era violar a la Tierra Madre; pero, en cambio, me salió una improvisación en free-stile:
Click, clack, plas, plas. Ya no estoy
confío en mi verbo.
Un angel aunque no quiero serlo.
Solo recuerdos.
Click, clack plas, plas.
En la…, ...crecimos juntos,
perdidos en la calle.
Caimanes y valles.
Cerveza fría en parques, no clase. (parques/salvajes)
Click, clack, plas, plas.
Escucho grillos…,
tu muerto, yo vivo
Pero ellos siguieron a lo suyo, sin hacerme caso.
—¡Mire la india en el canchal!
—No es la india... es... ¡Ella! —replicó el alfajeme, y sin saber qué hacer con el peine en la mano, acaso se quedó pensando en las palabras de Jesús: «¡Hasta los cabellos de tu cabeza están contados!».
—¡Eso que disparan son mixtos! ¡Si no ya habrían matado a la mitad de los caballos! —replicó su antifonario.
—¡Ya está listo! ¡Le he dejado hecho un pincel!
—Sí claro; ahora que no puedo saltar..., ¡vaya charcos que me salen al paso! —exclamó el otro que, esperando ver qué pasaba al final del western, no se movió del sitio.
Me puse a su lado y saqué la fotografía que llevaba preparada en la cartera. Era el retrato de un comanche que se afeitaba la mitad del cuero cabelludo y llevaba muy largo el de la otra mitad.
Se llamó «Cabeza Rapada».
El peluquero se aproximó a mí con prevención. En su semblante creí adivinar el reflejo de un orgullo profesional herido... Sus ojos inyectados en sangre daban a entender que sabía perfectamente que a menos de diez metros de distancia no hay nada que detenga la acometida de un apache.
Quizás —me dije asustado— su tatarabuelo había escalpado cientos de pelucas indias.