País Relato - Autores

juani hernández

con los ojos del alma

«No debes usar la magia en tu propio beneficio». Tengo esa enseñanza grabada en la memoria, pero no porque la haya seguido a pies juntillas, sino por todo lo contrario. Aunque, más allá de la memoria, la tengo grabada en la piel, y nunca mejor dicho.
Pero ¿cómo pedirle a un alquimista que olvide su poder, lo aletargue, y no ose transformar el negro carbón en reluciente y valioso oro…? Sería como pedirle a una golondrina que dejase de volar, a un ruiseñor que cesase su canto, a un pez que se olvidara de nadar… Además, no soy ningún dechado de integridad, sino un hombre imperfecto, lleno de muchos defectos y muy pocas virtudes, y que cometió la estupidez de pretender vivir una vida mejor aun a riesgo de perderla en el proceso. Y sí, conseguí este vasto e imponente castillo que domina la villa desde lo alto de la colina, tantas tierras que a mis arrendatarios les faltan manos para cultivarlas, y tanto oro que llega a rebosar en mis baúles… Aunque, todo esto, implicaba algo más… El lote incluía una preciosa máscara tras la que ocultar la horrible y monstruosa deformidad que adorna la totalidad de mi rostro, hasta el punto de que ni yo mismo soy capaz de mirarme en un espejo sin gritar despavorido. De hecho, no hay ninguno de estos brillantes objetos bajo este techo, fueron destruidos, todos, imposible de hallar alguno ni en el más recóndito de los rincones. Y aclaro, para posibles dudas al respecto, que esta maldición no trae letra pequeña, no hay posibilidad de resarcimiento, de dar un mísero paso atrás, al menos que yo sepa, pues mi arrepentimiento no ha servido para borrar una sola de las cicatrices que rompen mi faz, y no es porque no haya sido inmenso, profundo o sincero… Tal es mi pesar, que no hay ser humano en este mundo más miserable y desdichado que yo. Sin embargo, arrastrar mi pena no sanará mi rostro ni sirve de nada derramar lágrimas, más bien todo lo contrario; escuecen sobre mi injuriada piel como la más purulenta de las pústulas. No hay esperanza ninguna…
Consulté todos mis libros, incluso los que se refieren a las Artes Místicas más oscuras, hasta me atreví a invocar a una de las Señoras de lo Maligno para que me diera razón y guiase mis pasos para romper este maldito hechizo que me convierte en una abominación deforme y repulsiva. Solo conseguí que se mofara de mí, aunque es cierto que, después de mucho suplicar y humillarme, murmuró: «Mírate con los ojos del alma», lo que me pareció una burla aún mayor, pues el alma jamás ha tenido ojos ni los tendrá.
Y yo, en los únicos ojos en los que quiero mirarme son en los de ella; mi hermosa y dulce Madeleine.
Hace más de un año que vi por primera vez aquella mirada aguamarina, sumiéndome en una constante agonía. Acompañaba a su padre, un tal John Winckley, cuando vino a presentarme sus respetos y a rogarme que le arrendara la vieja granja, que había pertenecido a los O’Higgins, y que entonces estaba desocupada al haberse marchado el anciano matrimonio a la ciudad, a casa de su hija. Yo mismo hubiera sido capaz de echar a ese par de viejos con tal de que los Winckley ocupasen aquellas tierras, con tal de tenerla a unas pocas millas de distancia. Pues, ni aun con todos mis oscuros conocimientos, supe qué misterioso embrujo me hacía buscar como un sediento aquella mirada temerosa, mas con esa chispa de curiosidad y coraje que la obligaba, aun si se arriesgaba a quebrantar las leyes del respeto o el decoro, a no apartarla de la mía, resguardada como siempre tras la máscara. Su padre la llamó al orden en más de una ocasión con el mayor disimulo posible, y yo me alimenté gustoso de su sonrojo al verse descubierta y reprendida por su delicioso e inocente descaro.
Desde aquel día, mis sueños comenzaron a vestirse, noche tras noche, de seda azul pálido. Al principio, solo era el deseo de conocer el color de su voz, su tibieza… Después, en mis desvelos, disfrutaba de la suavidad de sus labios… hasta traspasar la barrera de todo lo prohibido y gozar del sabor de su piel, tersa y cautivadora, el más dulce y seductor de los embrujos… Su níveo cuello, la deliciosa curva que llegaba hasta su hombro, el valle de sus senos, la pálida piel de sus pechos y el sonrosado brote que los coronaba… Cómo se endurecía con el toque de mis dedos, cómo su cálido cuerpo reaccionaba ante mis caricias, incitándome a perderme en la profundidad de sus secretos, en la tierna flor de su femineidad cuyos pétalos se abrían para mí, tentándome a caer en el más oscuro de los tormentos.
Y así, una velada tras otra, sin descanso ni piedad.
Tal era mi tortura que volví a consultar mis libros, a pesar de que había perdido la fe en ellos al no poder romper la maldición que me convertía a los ojos del mundo en un demonio al que temer y al que no desafiar, único motivo por el que los habitantes de la villa no abandonaban sus tierras, rechazando mi amparo y que realmente no deseaban. Y yo estaba resignado, sabía que mi destino era la soledad, una tediosa y monótona soledad, sin sobresaltos ni emociones, sin que el corazón latiese desbocado en mi pecho. Por eso recurrí otra vez a aquellos viejos tomos de siglos y siglos de antigüedad, me perdí entre sus páginas con el único fin de descubrir qué maldito embrujo me ataba al recuerdo de esos ojos y me traía cada noche su rostro y, peor, su cuerpo, para deleitarme en él y gozarlo, gozarnos el uno al otro sin que ninguna censura posible pudiera alcanzarnos. Porque, en mi ensoñación, la dulce Madeleine era apasionada, casi osada, y me hacía arder de tal forma que, aun sabiendo que no era más que el fruto de mi mente hechizada, temía rozar los círculos del infierno, incluso para alguien como yo, que había roto las normas de lo divino hacía ya tiempo.
Me volví huraño, más si cabe, y mis criados, que hasta entonces habían soportado estoicos mi presencia, se apresuraban en abandonar la estancia en cuanto yo hacía aparición. Y no podía culparles pues, durante meses, solo se escuchaban mis atormentados pasos entre los fríos muros del castillo y mis lamentos en forma de gruñidos, más propios de un alma en pena que de un ser humano.
Hasta que sobrevino la desgracia en la ahora conocida como granja Winckley. Aquellas lluvias eran más que una tempestad, parecían una señal apocalíptica, y algo de divino o maligno debía haber pues el resto de propiedades soportaron el brutal azote del aguacero menos la suya, echándose a perder toda la cosecha y pereciendo la mayoría del ganado a causa de la inundación. Que Madeleine y sus padres hubieran sobrevivido bien parecía un milagro.
Su padre se presentó ante mí lleno de temor y angustia, rogando por algo de tiempo para recuperarse y así poder hacer frente a las deudas contraídas a causa de la catástrofe, como si fuera cosa de un par de días. Me aproveché, por qué no reconocerlo si así fue; hice uso de su desesperación para mis propios fines, como si las cuatro monedas que pudiera proveerme su granja fuesen vitales para mí. Convine en darle el plazo que me requería y, como si estuviese haciendo alarde de mi generosidad, le ofrecí, además, algunas monedas de oro a modo de préstamo para poder comenzar de nuevo. Pero yo no soy un filántropo y nadie osaría imaginarlo dadas las circunstancias, así que aguardó a que le indicara las condiciones de nuestro trato, alguna garantía debía darme, algún tipo de aval que me asegurase que recuperaría mi inversión. Y no fue ni más ni menos que poner a su hija a mi servicio, como una doncella más en aquel inmenso castillo… como si no hubiera ya suficientes. Y él se mostró tan agradecido cuando se lo propuse… Tuve que reprimirme y no frotarme las manos frente a él, producto del gozo que aquello me producía, escucharle decir que su hija acudiría sin reticencia alguna y que cumpliría con sus funciones y obligaciones para conmigo. Se me hacía la boca agua…
Aquella noche, la dulce Madeleine volvió a subyugarme en sueños. El aroma de su piel, fresca y lozana, me ataba a ella como el más poderoso elixir. Y en esa fantasía era tan fácil dejarse llevar, olvidarse de todo y caer rendido a sus pies, a merced de sus caricias y sus deseos. Por extraño que pareciese, me hacía sentir poderoso, capaz de alcanzar la luna con solo estirar la mano, y hubiera bastado que ella pronunciase las palabras para entregársela si me la hubiera pedido.
Nunca fue así con ninguna mujer, jamás. Las meretrices que el cochero me traía de vez en cuando del lupanar situado a las afueras de la villa siempre eran complacientes y se ajustaban a mis demandas, sumisas y dóciles, sin duda a causa del miedo, aunque yo siempre ocultaba mi deformada cara. Sin embargo, a Madeleine no le importaba lo más mínimo mi despreciable aspecto, y sé que no portaba la máscara porque, al despertar, aún podía recordar el tacto de sus delicadas manos en mi rostro… un recuerdo tan abrumador…
También se mantiene muy presente en mi memoria el día que llegó al castillo, con su sencillo vestido de muselina rosada con pequeñas flores moradas. Mi corazón parecía a punto de estallar al verla en mitad del salón, de pie, frente a mí. Y yo me aproximé, estando más cerca de ella de lo que nunca había imaginado. Porque una cosa era soñarlo, y otra muy distinta pensar que pudiera ser realidad. Ella, de pronto, hizo una pequeña reverencia. Tenía las manos cogidas por delante del cuerpo y la cabeza gacha, en actitud servil y respetuosa, y sentí cierta rabia, o pesar, aún no lo sé, al echar en falta esa osadía que me enloquecía en sueños cada noche. Así que me limité a llamar a la señora Hubert, el ama de llaves, para que le indicase cuál era su habitación y las que serían sus tareas, tras lo que me marché.
Me fui directo a mi biblioteca privada, los criados siempre han tenido la entrada vetada y, con dedos temblorosos, busqué el conjuro que, esperaba, sirviese para mis propósitos. Tenía que ser sincero conmigo mismo; no iba a ser capaz de cruzar un par de palabras con ella sin que mi máscara, y lo que había bajo ella, supusiese un obstáculo. Me respondería llena de recelo, de temor, y no era miedo lo que yo ansiaba de mi dulce Madeleine… aunque tampoco sabía qué era lo que satisfaría aquella desazón que inundaba mi pecho, todo mi interior, y que no había hecho más que acrecentarse al tenerla por fin bajo mi propio techo.
Entonces, en mitad de una ilustración llena de rosas rojas y espinas, pude leer una inscripción.
Favus distillans labia tus; mel et lac sub lingua tua.
Fac verba tus ardeat cor meum.
«Tus labios destilan néctar; miel y leche bajo tu lengua. Que tus palabras hagan arder mi corazón», repetí en voz baja.
Apreté el libro entre mis manos mientras las cicatrices de mi rostro comenzaban a quemar bajo la máscara. Sabía que me costaría caro, pero ya estaba condenado a las sombras para siempre, no había salvación para mí, y cualquier precio valía la pena si podía pasar unas horas con ella, aunque no fuera real, aunque no fuera más que una ilusión… aunque todo fuera obra de aquel conjuro que la sometería a mi voluntad como una muñeca de trapo.
Aquella noche, le pedí al ama de llaves que fuera Madeleine quien me sirviera la cena en el comedor. La pobre mujer me miró atónita ya que, lo común, era que me la llevasen a mis aposentos, y no terminaba de salir de su asombro cuando le pedí que encendieran la chimenea, pero que los candelabros permanecieran apagados. Quería que la luz de la lumbre fuera la única que iluminara la estancia pues, aunque ella no sería consciente de lo sucedido, yo seguía sintiéndome más seguro en la penumbra.
Además, me vestí con mis mejores galas; no tenía muchas ocasiones de hacerlo. Me puse una de mis camisas blancas, almidonada, corbata y chaleco en tonos azul claro, como sus ojos, y frac. Luego fui hasta el salón y la esperé, impaciente. Sé que no tuve que aguardar mucho tiempo hasta que llamó a la puerta, pero a mí me parecieron horas.
―Adelante ―le dije, y, al verla entrar, respiré hondo para armarme de valor y enfrentar lo que estaba decidido a hacer.
―Milord ―murmuró, inclinándose levemente tras haber dejado la bandeja en la mesa, y estaba a punto de retirarse cuando mi voz, con cierto tizne oscuro, pronunció el conjuro.
Ella me miró fijamente, sus ojos parecían haber perdido su brillo de repente, y yo sabía que su mente estaba vacía por completo, a la espera de aquella orden que conectase su raciocinio con su cuerpo y la hiciera reaccionar.
―Hoy no seré tu señor, ni tampoco me mirarás con aprensión ―comencé a decir en el mismo tono grave―. Solo seré para ti un hombre común y corriente al que le concederás el honor de disfrutar de tu compañía y tu conversación.
Madeleine dejó escapar una profunda exhalación. Imaginé que fue la reacción de su cuerpo al poderoso embrujo, y permaneció en pie, observándome.
―Buenas noches, señorita Winckley ―pronuncié entonces con voz más animada.
―Lord Sherbroke ―respondió ella, inclinando levemente la cabeza.
Sonreí para mis adentros al comprobar que su actitud hacia mí era diferente, no me trataba con tanta reticencia como cuando llegó al castillo.
―¿Le importaría acompañarme mientras ceno? ―me atreví a pedirle, señalando la silla al otro lado de la mesa, frente a mí.
Ella me miró un tanto desconfiada, pero, al final, accedió.
―Imagino que ya habrá cenado ―supuse, a lo que ella asintió.
―He comido en la cocina, con el resto de la servidumbre ―me indicó.
―Tal vez quiera un poco de vino ―le ofrecí, aunque negó con la cabeza―. Confío en que se encuentre a gusto mientras dure su estancia aquí ―deseé con sinceridad―, al igual que espero no resulten demasiado pesadas las tareas que le hayan encomendado.
―Estoy acostumbrada al trabajo duro ―me aclaró, aunque sin ápice alguno de suficiencia―. No soy más que la hija de un granjero, lo que me hace preguntarme…
No sé bien por qué guardó silencio, si porque no se atrevía a continuar o porque estaba buscando las palabras adecuadas.
―Prosiga sin pudor ―la animé también con un gesto de mi mano.
―Me pregunto qué interés puede tener para usted una pueblerina como yo ―me cuestionó sin rodeos. Me gustó, me encantó que el hechizo le permitiese hablar sin tener en cuenta la barrera que suponía nuestro estatus social.
―Solo el de conocerla un poco mejor. Me parece una joven muy inteligente, con la que mantener una conversación de lo más interesante ―le aclaré porque, a pesar de no haber hablado con ella hasta ese entonces, sabía, porque su padre me lo había relatado, acerca de su pasión por la lectura, hecho que, lejos de contrariarme, obsequiaba con un aliciente más a esa belleza exterior que me había cautivado en un primer momento―. Sé por su padre que le gusta leer ―añadí, como si quisiera dejarla más tranquila, y debió funcionar pues aprecié que se relajaba ligeramente su postura.
―Algo poco común en una muchacha de mi condición ―agregó con un toque de resquemor.
―Los diamantes son muy poco comunes, señorita Winckley, y se consideran las piedras preciosas más valiosas del mundo ―dije con tono sosegado y alcé mi copa, señalándola, a modo de brindis. Ella bajó el rostro con suavidad, mostrándose halagada―. Imagino que su afición a la literatura se debe a su curiosidad por lo que nos rodea ―dije tras dar un trago.
―En eso tiene razón ―afirmó―, soy curiosa, y demasiado, según mis pobres padres. Cuando no entiendo algo, corro a buscar la solución entre las páginas de un libro, aunque no siempre suelo hallar la respuesta, cosa que me contraría sobremanera ―agregó con un mohín un tanto infantil.
―¿Se refiere a algo en especial? ―pregunté con la misma curiosidad de la que ella me hacía partícipe.
―Me refiero a usted ―me respondió sin tapujos, y yo casi me atraganto con el trozo de venado que estaba masticando en ese instante.
―¿Siente curiosidad por mí? ―quise asegurarme―. ¿O lo que le interesa es saber qué hay debajo de mi máscara? ―añadí con cierto resentimiento.
―Las malas lenguas ya se encargan de relatar lo que oculta tras ella ―se sinceró, bajando un instante la vista hacia sus manos que mantenía en su regazo―. Pero me gustaría saber qué hay de cierto en lo que se dice que lo motivó.
―Un incendio en el ala sur ―me apresuré en puntualizar la versión que yo mismo hice circular por la villa.
―He visitado el ala sur esta tarde y no parece haber sido restaurada a causa de un incendio ―apuntó con suspicacia―. De hecho, la madera de sus ventanales está más desgastada que la del resto de la casa.
Sé que ella no me veía, pero no pude evitar fruncir el ceño al no comprender a qué se estaba refiriendo.
―La zona sur siempre se estropea antes debido al recorrido del sol, y ese es su estado, tal y como cabría esperar. No tiene el aspecto de algo reparado hace pocos años ―añadió, y yo sonreí ante su inocente elocuencia.
―Si ha llegado a esa conclusión, imagino que también habrá hecho sus propias cábalas ―aventuré, divertido―. Si no fue un incendio, ¿qué cree que me transformó en el monstruo del que todo el mundo habla?
―Las malas lenguas también se han encargado de eso ―dijo con un mohín, como si no estuviera conforme.
―¿Y se puede saber qué dicen? ―pregunté. Realmente estaba disfrutando de aquella conversación.
―Dicen que usted… ―volvió a titubear, aunque en esta ocasión sí temía ofenderme, por lo que le hice una seña para que prosiguiera―, dicen que hizo un pacto con el Maligno y usted no cumplió su parte, por lo que deformó su rostro como castigo.
Una carcajada resonó tras mi máscara, y no porque me resultase hilarante, sino porque rozaba muchísimo más la realidad que aquella estúpida excusa del incendio.
―Y… ¿no le convence esa historia? ―pregunté al notar que seguía patente su gesto de disconformidad.
―Si tuviera semejante poder, no se conformaría con este castillo situado en una villa perdida de la mano de Dios ―respondió con firmeza―. Ostentaría mayores riquezas, dominar el mundo entero, someterlo a su antojo.
―¿Y quién dice que no soy capaz de hacerlo? ―le cuestioné, girando mi muñeca y agitando con suavidad el vino de la copa que sostenía.
―Que su alma es noble ―me dijo, arrebatándome con sus palabras la respiración.
―No sabe nada sobre mi alma, señorita Winckley ―mascullé con repentina dureza, dejando la copa en la mesa con gesto brusco.
―Sus criados se quejan porque es hosco y arisco, no porque los castigue o los tiranice, exponiéndolos a las más duras penurias ―apuntó.
―Tal vez acalle sus lenguas largas con unos cuantos latigazos ―mentí, tratando de disuadirla.
―Ayudó a mi padre ―apuntó, obstinada.
―Porque la quería bajo mi techo, a mi servicio ―dije casi sin pensar.
―Si hubiera querido someterme, ya lo habría hecho ―me retó con osadía, y noté que me hervía la sangre al entender el enfoque de sus palabras. Porque yo jamás... Me puse de pie, inclinándome sobre la mesa, aproximándome a ella.
―¿Quién dice que no vaya a hacerlo? ―farfullé sin embargo, furioso.
―No puedo ver su rostro, Lord Sherbroke, pero sí sus ojos ―murmuró, sin un ápice de temor en su voz―, y estoy segura de que no son los de un hombre malvado.
―Usted no me conoce en absoluto, señorita Winckley ―dije en tono amenazante.
―Hace un rato me dijo que su único interés era el de conocerme un poco mejor ―susurró con infinito sosiego, y un brillo en su mirada que avivó su azul pálido―. Pues déjeme decirle que ese interés es mutuo…
Me envaré y me alejé de la mesa un par de pasos. Sabía muy bien que su actitud, sus palabras, no eran más que fruto del conjuro que había lanzado sobre ella, pero no pude evitar sentir esa agitación en mi pecho que me hacía maldecir haberlo hecho, que me hacía desear que lo ocurrido fuera real. Apreté los puños tratando que la culpabilidad no fluyese libre desde mi interior al pensar que aquella inocente sí estaba sometida a mi voluntad.
―No le conviene conocer a un hombre como yo ―espeté, dándole aún la espalda y evitando así que percibiese la furia que vino a continuación. Porque yo era un ser maligno, un monstruo, y no solo por fuera…
―Puede que su alma esté ennegrecida ―dijo, haciéndose eco de mis pensamientos―, pero no a causa de la maldad, sino del dolor ―añadió, con voz suave cual bálsamo sanador.
―¿Qué sabrá usted de mi alma? ―La encaré, mirándola con rabia. Necesitaba volver a controlar la situación. Sin embargo, aquellos ojos…
―Es la de un hombre que habrá cometido mil errores, pero que jamás le haría daño a nadie de forma premeditada ―habló con una seguridad que me aturdió, como si realmente estuviera en posesión de una verdad que yo desconocía―. Y, sobre todo, nunca forzaría a una mujer.
No sé qué me impulsó a hacerlo, tal vez me vi en peligro ante sus palabras tan certeras, pero, con un par de zancadas, llegué hasta ella y la sostuve con rudeza del brazo, obligándola a levantarse. Me acerqué a ella y, aunque no podía ver mi expresión encolerizada tras la máscara, la percibió pues, por primera vez en toda la conversación, se vio intimidada.
―Yo no estaría tan seguro ―la amenacé, además, y un ligero temblor sacudió su cuerpo―. De hecho, para evitar cualquier tentación, preferiría dar por finalizada la velada ―sentencié―. Cuando vuelvas a tu recámara, tendrás un sueño apacible y, al amanecer, no recordarás nada de lo acontecido esta noche ―pronuncié en tono solemne la segunda parte del hechizo, la que lo haría evaporarse poco a poco hasta el amanecer.
Liberé su brazo y ella inclinó levemente la cabeza, recuperando la compostura, tras lo que se marchó.
Esa noche no fui capaz de conciliar el sueño, me sumí en una especie de tortuosa duermevela en la que las palabras de Madeleine me perseguían sin descanso. Porque sí que la había manipulado a mi antojo, y ciertamente deseaba tenerla, en el sentido más libidinoso de la palabra. Y, sin embargo, algo me lo impedía, no sabía el qué, pero haberlo escuchado de sus labios me pareció una completa aberración… ¿Una aberración para alguien como yo, que era un engendro proveniente del mismísimo averno?
En esa lucha interna me mantuve a lo largo del día, y no quise salir de mi recámara para evitar la tentación de verla, incluso renuncié a la idea de volver a conjurarla.
Pero, al llegar el anochecer, la señora Hubert llamó a mi puerta y me preguntó si deseaba que Madeleine volviera a servirme la cena en el salón…
No pude resistirme…
Esa noche, descubrí que sus libros favoritos eran los dedicados a la botánica; le interesaban mucho las virtudes de las plantas y sus poderes curativos. Ciertamente, fue una conversación mucho más amena que la de la velada anterior y de la que ella no recordaba nada, aunque a mí seguía remordiéndome la conciencia mi reacción arrebatada y, sobre todo, haber vuelto a caer en la tentación de anular su voluntad con tal de volver a disfrutar de su compañía, de la melodía de su voz y esa fragancia de flores frescas.
Así que, para acallar la voz de mi conciencia, a la mañana siguiente, mientras ella estaba dedicada a sus tareas, me colé en su habitación y dejé sobre la cómoda un par de libros de botánica bastante singulares y que, suponía, le agradarían. Aunque mi suposición no abarcó la totalidad de las posibilidades pues, en cuanto reparó en ellos, se personó en mis aposentos. Por fortuna, la máscara ocultó el gran asombro que debía reflejar mi rostro cuando la hice pasar.
―Con su permiso, Milord ―dijo con la cabeza gacha y haciendo una ligera reverencia. Me aturdió volver a enfrentar a la Madeleine servil…
―Adelante ―le indiqué, y ella dio un paso al interior de la recámara, aunque dejó la puerta abierta.
―Disculpe que le moleste, Milord ―se excusó, visiblemente mortificada―, pero ha ocurrido algo que me tiene preocupada y temo que me perjudique.
De forma inconsciente, me tensé. Si le había sucedido algo… si hubiera tenido algún problema con alguien del castillo…
―Han aparecido en mi habitación un par de libros muy valiosos ―relató con angustia―, y le prometo, le juro que yo no los he cogido…
―Oh, no, no, despreocúpese ―traté de calmarla. De hecho, había avanzado hacia ella, guiado por un extraño impulso, pero permanecí anclado en el suelo tras dar el primer paso―. Yo me tomé el atrevimiento de entrar en su recámara y dejarlos allí ―le aclaré.
―Pero… ¿Cómo ha sabido…? ¿Y… por qué? ―titubeaba con gran confusión.
―Me lo refirió su padre. ―Fue la primera mentira que se me ocurrió―. No pretendía ofenderla.
―No me ofende ―dijo, disculpándome―, es solo que no entiendo…
―Usted no es una criada más y mi única pretensión es que sea feliz aquí, mientras dure su estancia ―le confesé, sintiendo la tensión en todos los músculos de mi cuerpo ante mi arrebato.
―Lo soy, Milord ―me aseguró en un susurro―, y esto que ha hecho… No sabe lo que significa para mí.
Noté el sosiego invadirme, relajándose mis nervios; incluso di un paso hacia ella, muy pequeño, pero que ella percibió ya que me miró con un brillo en sus ojos que me desarmó. Jamás había palpitado mi corazón tan rápido.
―Se lo agradezco infinitamente, Milord ―murmuró, con una reverencia―. Y, con su permiso, me retiro, pues no quisiera desatender mis obligaciones.
Se marchó antes de que pudiera contestarle, y un «adiós, Madeleine» murió en mis labios, con un nudo en la garganta que apenas me permitía respirar.
Sin remordimiento alguno, en esta ocasión, esperé con ansia que cayera la noche… y las venideras…
En la que sería nuestra última velada, me pareció apreciar un rubor distinto en sus mejillas, como si se hubiera aplicado colorete, pero deseché la idea al no encontrar motivos para que lo hiciera. Que quisiera lucir bella ante algún pretendiente era una posibilidad sorprendentemente dolorosa, así que decidí que era producto del sol primaveral que ya comenzaba a irradiar su calor.
Como cada noche, el rumbo que tomaría la conversación era un misterio pues, para ella, para su memoria, era la primera vez. Sin embargo, me pareció que las barreras de su recelo se retiraban antes de lo previsto, y pronto pasó a hablarme de sus gustos… Las rosas blancas, la confitura de peras, el sonido del piano, y que tan pocas veces había tenido ocasión de disfrutar…
―Pues, si gusta tocar, la sala de música cuenta con un pianoforte que acabará siendo pasto de las termitas ―le propuse, y su risa cantarina resonó en la estancia, penetrando en mi interior por cada uno de los poros de mi piel.
―No soy capaz de reproducir dos notas seguidas ―me confesó.
―¿Le gustaría aprender? ―le pregunté, dejándome llevar por su entusiasmo.
―Sería fabuloso, pero, cuando vuelva a la granja, ya no tendría posibilidad de practicar, olvidando todo lo aprendido ―relató con notable pesar.
―No tiene por qué volver si no quiere ―dije sin pensar, reaccionando al ver su expresión atónita―. Me refiero a que puede trabajar en este castillo el tiempo que desee.
―Lo cierto es que me siento muy bien aquí ―repuso más calmada―, y usted es tan considerado… Ojalá el resto del mundo supiera cómo es en realidad.
Había una chispa de admiración en su mirada que, en otras circunstancias, me habría contrariado. En cambio, me incliné sobre la mesa y me acerqué ligeramente a ella.
―¿Y cómo soy? ―susurré.
―Usted no es ni esa máscara ni lo que hay debajo de ella ―afirmó con voz queda―. ¿Por qué se oculta?
Me tensé. Dejé caer la espalda en la butaca y clavé mis dedos en sus brazos.
―La gente solo ve mi máscara y lo que imaginan que hay bajo ella ―lamenté―. En cualquier caso, yo casi no me soporto, así que es difícil que alguien pudiera soportar mi presencia.
―A mí me agrada su presencia ―dijo en una confesión que debió costarle un mundo, pues el rubor de sus mejillas se intensificó profundamente.
―Señorita Winckley… ―murmuré, abrumado, y mi corazón latía tan desbocado, tan fuerte contra mi pecho que temí que ella lo escuchase.
―Lord Sherbroke, no quisiera que me creyera una desvergonzada, pero, de no opinar así, no habría aceptado acompañarlo.
Y, tras decir eso, apartó la vista de mí, agachando la cabeza, sin duda, mortificada.
Ella tal vez esperaba que yo calmase su inquietud con mis palabras, mostrándole que no desaprobaba su actitud, pero la culpabilidad hizo mella en mí, silenciándome.
Me puse en pie y caminé hacia la chimenea, dándole la espalda, fija mi vista en el fuego que crepitaba, como el que ardía en mi interior y que merecía que me consumiera de forma dolorosa hasta hacerme desaparecer. Pues, si ella seguía allí, en esa sala, si ella continuaba soportando mi repugnante presencia era porque yo así lo quería, porque la obligaba a hacerlo sin que fuera consciente de ello, y porque era un vil canalla que no podía renunciar a su compañía, a sus palabras, aunque fueran falsas, fruto de un infame hechizo.
De pronto, escuché sus pasos tras de mí, acercarse, y me envaré. Y, cuando noté su mano en mi hombro, apreté los puños y cerré los ojos con fuerza, tratando de no salir de allí, de no escapar como un mísero cobarde.
―Déjeme mirarlo ―me pidió, de repente, y yo me giré hacia ella, espantado.
No sabía lo que decía… Maldito conjuro que la había llevado a la locura… Había abusado tanto de mi poder que terminé por destruirla a ella también… Mi pobre, dulce Madeleine.
Pero sus ojos no eran los de una demente, me miraban rebosantes de esperanza y de una emoción extraña que no podía descifrar y que, sin embargo, me hipnotizaba hasta el punto de obnubilar mi voluntad y anular mis sentidos. Y cuando su mano se alzó hacia mi máscara, no fui capaz de mover ni un solo músculo para detenerla.
Cerré los ojos en el instante en que la noté caer, aterrado, sin querer encontrarme con su expresión horrorizada al ver mi cara destrozada. También esperaba un grito, o que saliese de allí despavorida, pero nada ocurrió. Así que abrí los ojos.
No vi mueca alguna de espanto en su hermoso rostro ni el más mínimo deseo de huir de mí, al contrario. Me pareció distinguir una leve sonrisa en sus labios y, aunque estudiaba mis cicatrices, no era con curiosidad malsana, sino con genuino interés. Y volvió a alzar su mano hacia mí, hacia mi mejilla, y no se detuvo hasta posarla en ella. Volví a cerrar los ojos y un gemido escapó de mi garganta al sentir su tacto cálido y suave sobre mi piel destrozada. Y, de pronto, un dolor inmenso afloró desde lo más profundo de mis entrañas, retorciéndolas sin piedad en un tormento que no pude soportar.
Grité con todas mis fuerzas y me llevé una mano al pecho mientras caía de rodillas. Maldito hechizo, maldita mi magia y maldito mil veces yo. Había jugado con fuego e iba a pagar las consecuencias el resto de mis días, pues aquel tormento que me entumecía y me vapuleaba, que me destruía como un soplo de aire a un castillo de naipes, era un poder mucho mayor del que jamás podría imaginar, al que jamás osaría aspirar, y que jamás sería capaz de vencer: el amor. Me había enamorado de Madeleine, y me golpeó con fuerza el darme cuenta de que nunca podría tenerla, a no ser que la sometiera a ese perverso conjuro. Pero a mi Madeleine, a la auténtica, no la tendría ni aunque le ofreciese mi alma al mismísimo Satanás. Solo podría tener esa copia barata y falsa que se había arrodillado junto a mí, y que ya no sería suficiente, ya no me bastaría.
―Lord Sherbroke…
―Márchate… ―farfullé, apretando las mandíbulas.
―Pero…
―Te marcharás, ahora ―dije, invocando mi poder, y mirándola con ojos llenos de furia y desesperación―. Cogerás tus cosas y abandonarás este castillo en este preciso instante ―continué mientras notaba que se me desgarraba el alma con cada una de mis palabras―, y olvidarás todos y cada uno de nuestros encuentros.
Y como la cáscara vacía que era, sin voluntad ni esencia, Madeleine se puso en pie y salió del salón.
No sé el tiempo que estuve allí, arrodillado en el suelo, ni cuántas lágrimas recorrieron mis cicatrices que ardían como si fueran un veneno que abrasaba mi piel. Aunque aquella tortura era una nimiedad, una ínfima parte del castigo que realmente merecía.
«No debes usar la magia en tu propio beneficio», decían, y yo había vuelto a romper esa regla sagrada y merecía pagar de por vida… De hecho, sospechaba que lo haría.
Como pude, me arrastré hasta mi habitación cuando mi llanto cesó. Me senté en la cama y sostuve entre mis manos la máscara, mi eterna y única compañera. Permanecería atado a ella mientras viviese, y al recuerdo de Madeleine, a quien ya imaginaba lejos de allí, como también al martirio de saber que nunca descubriría cómo era en realidad; aunque su aroma, su voz, el azul de sus ojos… esos sí eran genuinos y me acompañarían siempre.
Me levanté y caminé hacia la cómoda. Solté la máscara y me serví un vaso de bourbon que me bebí de una sola vez. Sé muy bien que el alcohol no hace desaparecer de un plumazo la aflicción, pero habría agradecido si hubiera anulado los recuerdos y mis sentidos por unos minutos. Y así creí que había sido porque, aquellos golpes que sonaban en la puerta, habría jurado que eran producto de mi imaginación.
―Váyase a dormir, señora Hubert ―dije cuando pude reaccionar, pero los golpes seguían, insistentes.
Con los nervios crispados tras lo acontecido, el sopor del licor y ansiando estar solo, me apuré en abrir sin tomar la precaución de cubrir mi rostro. Solo deseaba despachar al ama de llaves con un improperio que se petrificó en mi garganta al ver que no era ella.
―Madeleine… ―susurré sin poder creer lo que veían mis ojos, debía ser fruto de mi malsana mente.
Pero aquella aparición avanzó hacia mí, y yo corrí a refugiarme bajo la protección de mi máscara.
―No, Christopher, por favor. No te cubras ―la escuché decir.
Me giré a mirarla sin saber qué me afectaba más… Su presencia en mi cuarto cuando la creía a millas de distancia, su voz pronunciando por primera vez mi nombre, su delicada figura envuelta en un inmaculado camisón, hermosa, apoyada contra la puerta cerrada, las manos a la espalda, y una mezcla de inocencia y osadía en su clara mirada… y esa petición a la que no pude negarme.
Abandoné la máscara en la cómoda y ella, ya conforme con mi proceder, empezó a caminar hacia mí, despacio, mientras yo comprobaba mentalmente el conjuro que le lancé horas atrás para romper el hechizo y que, obviamente, no había funcionado, pues la única explicación que encontraba a su actitud era que seguía bajo su influjo.
Y, de súbito, alargó una mano hacia mí que permanecía cerrada, como si sostuviera algo en su interior. Se me heló la sangre cuando la extendió y me mostró el objeto que, en efecto, ocultaba: una pequeña flor de cristal, lo único en el mundo que podía bloquear mi magia, mi poder…
Tambaleándome, caminé hacia la cama y me senté, temiendo desfallecer mientras esperaba que Madeleine descargase todo su odio y su desprecio sobre mí, porque jamás estuvo bajo el influjo de ninguno de mis conjuros; siempre fue consciente de sus actos… y de los míos.
―Ya te advertí que era capaz de hacerlo, de someterte a mi voluntad ―le dije sin ánimo alguno de disculparme, porque no había excusa posible para mi comportamiento, y yo no entendía su silencio.
―Jamás me sometiste ―replicó entonces, y me mortificó el tono suave de su voz. No merecía que me hablara así―. Me creíste subyugada a tu poder y, aun así, te limitaste a citarme en tu salón para conversar, nada más, cuando podrías haberme…
―¡Nunca! ―exclamé, poniéndome en pie―. Te mentiría si te dijera que no he ansiado tenerte, pero no soy capaz mancillar tu cuerpo y ensuciar tu alma de ese modo.
―¿Por qué? ―me preguntó con pasión, acercándose a mí, fijando sus ojos en los míos, en mi rostro desfigurado―. El monstruo que pretendes ser no habría dudado en hacerlo ni un instante.
Le di la espalda, avergonzado, de mi horrible aspecto y mi imperdonable proceder, pero ella me siguió… Cuando rodeó mi cuerpo con sus finos brazos y la noté apoyar su mejilla contra mi espalda… Divino Dios…
―Márchate, te lo ruego ―supliqué, incapaz de soportar aquel tormento, y su respuesta fue negar con la cabeza.
―No pienso irme de tu lado hasta saber qué es este sentimiento que me domina y me hace ansiar que llegue la noche para ir a tu encuentro ―me confesó, haciendo que mi corazón temblara―, por qué tus cicatrices no me provocan escapar de aquí, sino que deseo acariciarlas, mitigar el dolor que te producen.
―Por favor, no sigas ―sollocé.
―Y sé que no es ningún conjuro, no soy víctima de maleficio alguno ―prosiguió a pesar de mis ruegos ―, porque esa flor de cristal me protege de toda magia. Dime, Christopher, ¿por qué me siento morir ante la mera posibilidad de alejarme de ti?
No pude soportarlo ni un segundo más. Me giré y la estreché fuertemente entre mis brazos; si debía perecer fulminado a causa de mi osadía, qué mejor forma que en su regazo. Suspiré cuando su delicado cuerpo se acopló contra el mío, como si no hubiera un abrazo más perfecto que el nuestro, y me permití respirar el aroma de su cabello, embriagarme con el latir de su corazón contra mi pecho.
―Jamás creí que un hombre maldito y condenado como yo pudiera sentir esto que siento por ti ―ya no dudé en declararle―. Pero que me perdonen las fuerzas de Mal y del Bien, porque te amo profundamente, y prefiero morir a dejar de hacerlo.
―Entonces, moriré contigo ―susurró entre lágrimas estremeciéndome de pies a cabeza, hasta el punto de dejar a un lado la cordura y firmar mi sentencia de muerte.
Bajé lentamente mi rostro y busqué sus labios con los míos, acariciándolos muy despacio, casi con temor. Pero ella llevó sus manos hasta mi nuca y me exigió una pasión que no fui capaz de negarle. Y entonces comprendí que mi Madeleine, la real, era la que se me presentaba en sueños, y con la que había compartido las veladas de las últimas semanas.
No dudó en corresponder a mis besos, en acariciar mi rostro, mi cabello, en exigir mi piel. Guiado por el ardor que provocaban sus caricias, decidí romper con las barreras de todo lo establecido. Mi camisa terminó en el suelo, y ella fijó su mirada en mi torso mientras, con manos temblorosas, iba desabrochando todos los botones de su camisón. Su cuerpo era glorioso, y apenas era capaz de reprimirme, esforzándome en controlar mis deseos de perderme en él. Quería amarla despacio, deleitarme en la reacción de su piel ante mi tacto, la forma en que buscaba mis caricias y mis besos, y dejando que su aliento me llenara de esperanza y dicha.
La alcé entre mis brazos y la deposité en el lecho, colocándome a su lado, ambos ya desnudos, y su entrega fue tal que superó la mejor de mis ensoñaciones, de mis fantasías. Recorrí todos los rincones de su cuerpo con mis manos, con mis labios, pulgada a pulgada, disfrutando de sus suaves gemidos y sus pequeños sobresaltos cuando mi caricia era un poco más osada que la anterior, aunque, para mi gozo, la mujer apasionada que residía en su interior no reprimió ninguno de sus deseos, llevándome al límite de la demencia, hasta no poder apaciguar mis anhelos de poseerla.
Su cuerpo se abrió para mí como la tierna flor que era, y sentí que mi manchada alma hallaba la expiación, la salvación, cuando nos convertimos en un único ser. Glorioso, irreal, extraordinario, el acto más hermoso y puro que podía darse entre un hombre y una mujer que se amaban con locura, como nosotros, y no puedo evitar preguntarme si algún autor, algún libro, relatará una historia de amor tan sublime como la nuestra.
Ya ha amanecido y apenas he dormido, incapaz de dejar de observarla. Sé que es ridículo, pero temo cerrar los ojos y que desaparezca, perderla para siempre, aunque me basta acercarme y captar el aroma de su cabello para recordar que todo es real, la noche de amor que hemos compartido, nuestra unión, no únicamente la de dos cuerpos sino la de dos corazones que se necesitan el uno al otro para seguir latiendo.
Y, sin embargo, es tan difícil asimilar lo sucedido…
Tras amarnos hasta el delirio, Madeleine me explicó que, tiempo atrás, había caído en sus manos un libro que trataba sobre brujería. A ella no le parecieron más que curiosas fábulas, pero en ellas leyó sobre la flor de cristal, hecho que recordó cuando supo que debía trabajar para mí, en el castillo. No quiso refrenar aquel recelo que la incitaba a protegerse de lo desconocido, de ese engendro, un súbdito del mismísimo diablo y del que todos parecían conocer las peores atrocidades, para venir a darse cuenta de que era todo falso.
La primera noche que quise conjurarla, se percató al instante de lo que pretendía y, aunque el sentido común le dictaba escapar de mí, le sorprendió sobremanera que mis peticiones se limitaran a un poco de compañía y conversación. Siempre pesó sobre ella el temor a que me aprovechase de las circunstancias y la forzase, pero yo le aseguré con gran temor que la veía como un ser tan puro… como el más preciado tesoro, y ni siquiera me atrevía a tocarla, que la ensuciasen las manos del monstruo que soy. Recuerdo que, en ese momento, las tomó entre las suyas y las besó, acariciándome el corazón, y me confesó que pronto la máscara dejó de existir para ella, y que se vio cautivada por mis gentilezas para con ella, por mis deseos de complacerla, cuando yo, en realidad, solo pretendía que fuera feliz aquí, en este oscuro y frío castillo.
Ahora, ella le ha devuelto la luz, ya nada volverá a ser como antes, y pienso salir al mundo, de su mano, sin importarme que la gente quiera saber qué hay más allá de mi máscara. Habladurías, suspicacias y miradas de temor las habrá siempre pero, con Madeleine a mi lado, todo eso deja de tener importancia.
Me recuesto sobre mi costado y vuelvo a contemplarla. Es tan hermosa… y aún me cuesta creer que alguien como yo pueda merecer la dicha de su amor.
Sin poder contenerme, delineo con la yema de los dedos la curva de su hombro, haciendo que se despierte. Se remueve en el lecho y gira su rostro hacia mí, y yo supongo que está inmersa en esos instantes en los que el sopor nos hace olvidar dónde estamos pues me mira con cierto espanto.
―Buenos días, mi amada Madeleine ―recito con una sonrisa, pero ella sigue sin reaccionar, incluso se sienta, sobresaltada, mientras estudia mi rostro, llena de estupor―. ¿Qué te ocurre? ―le pregunto, inquieto.
Durante unos segundos, temo que esto sea otro castigo por quebrantar las leyes de la magia; que el hechizo lanzado por mí y que anulaba su raciocinio sí que fue permanente hasta este instante, no recordando lo que ocurrió entre nosotros, o peor… que haya perdido por completo la cordura, desconociéndome, alejándose de mí para siempre.
―Christopher ―murmura entonces, otorgándome un leve soplo de esperanza, y la veo que alarga la mano hacia mi cara―. Tu rostro… ―añade en un susurro imperceptible.
Yo sigo sin entender nada. Conozco a la perfección mi aspecto y tengo serias dudas de que pueda ser peor, aunque, para confundirme aún más, la veo sonreír.
Antes de que la impaciencia me haga enloquecer, toma mi mano y la lleva hasta mi cara; y quien ahora abre los ojos como platos, víctima de la perplejidad, soy yo… porque no hallo en mi tacto ninguna de las cicatrices que la deforman.
Comienzo a palpar con ambas manos mis mejillas, temblando de miedo, rezando a un Dios que hace muchos años me abandonó para que no sea una jugarreta de mi subconsciente, de mi mente perversa. Pero Madeleine vuelve a sonreír, ampliamente esta vez.
―Christopher…
―¿Es esto posible? ―demando con voz trémula―. Dime que es real ―le ruego, y ella se muerde el labio, asintiendo, con una mirada tan radiante que me hace exhalar una exclamación.
Me levanto con premura del lecho y comienzo a rebuscar en todos los cajones en busca de un espejo, a pesar de que los mandé destruir todos, hasta que, viendo mi desesperación, Madeleine vierte un poco de agua en una jofaina y agarra mi brazo con la intención de llevarme hasta ella. Tomo aire en un par de ocasiones, hondo, con miles de ideas atropelladas cruzando mi mente y, finalmente, decido enfrentarme a mi reflejo. No hay ni una sola cicatriz, ni una marca, ni señal alguna que recuerde la amalgama de piel y carne que era mi cara.
Lágrimas comienzan a recorrerla aunque, en esta ocasión, no me resultan dolorosas como acostumbraban a ser, sino que me refrescan y me liberan.
―Vuelvo a ser yo ―sollozo sin esforzarme en evitarlo―. No sé cómo, pero vuelvo a ser yo ―repito mirando a Madeleine, y ella abre sus brazos para que me refugie en ellos.
―Ha debido romperse la maldición que pesaba sobre ti ―supone, aunque yo niego con la cabeza mientras la caricia de sus manos me consuela.
―No había forma de romperlo ―discrepo―. Incluso un espíritu burlón me dijo que la única forma era mirarme con los ojos del alma.
―¿Qué alma? ―me pregunta con inocencia, y yo, de pronto, reparo en la respuesta.
―De la tuya ―recito, dejando escapar el aire que me oprimía los pulmones, y ella me mira sin comprender nada―. Solo tú, solo tus ojos supieron ver en mi interior esa bondad que yo jamás quise creer que poseía. Sin embargo, tú me obligaste a hacerlo, conseguiste que me viera a través de tus ojos, de tu alma, y me salvaste por completo, mi espíritu y mi cuerpo.
―Yo… yo no he hecho nada ―niega, sin dar crédito a lo que digo, pero yo sé que es así. Su amor me honra, me ennoblece, y yo voy a luchar con todas mis fuerzas para no menospreciar este regalo, esta oportunidad que me obsequia la vida y que no pienso malgastar.
Mientras seca las lágrimas de mi sanado rostro, la tomo en brazos y la llevo hasta el que, a partir de ahora, será nuestro lecho. Pretendo hacerle el amor de nuevo y, entre caricia y caricia, pedirle que sea mi esposa. Sé que me dirá que sí, llenándome de dicha. Y yo, para asegurarme de que no haya nada que pueda destruirla, pienso quemar, hasta convertir en cenizas, todos y cada uno de los libros que me llevaron una vez a la perdición. Ya no quiero la magia, no la necesito. Además, la más poderosa no reside oculta entre las páginas de ninguno de esos viejos volúmenes, sino aquí y ahora, en nuestros corazones, en nuestras almas enlazadas y la unión de nuestros cuerpos.
―Te amo, Christopher ―susurra cuando la hago otra vez mía.
―Y yo a ti, para siempre ―le respondo al volver a pertenecerle.
Porque, si hay un conjuro irrompible, imposible de quebrantar, ese es nuestro amor.