País Relato - Autores

juan tébar

un tranvía triste a las dos menos cuarto de la mañana

Los guisantes de olor han germinado antes que las margaritas, que los claveles, los tagetes, las lavateras o las pasionarias. Riego. Las begonias, el jacinto y los geranios ya tienen flor. Es la una y media de la noche. Huele a quemado frente a la terraza y todavía brillan rescoldos de los árboles que estuvieron incendiando en el solar esta mañana. Fumo. Hace una bonita noche. La luna. Lleno otra vez la regadera y refresco las ramas de “amor de hombre”, que se meten ya por la ventana de mi cuarto. Me siento. Son las dos menos veinte. Enciendo otro cigarrillo. Las agujas de ese tejado de pizarra me recuerdan alguna película de Walt Disney o algún cuento de Lovecraff. No hace frío. La luna. Me balanceo en la mecedora apoyada la espalda en el cojín azul. Van a ser las dos menos cuarto. Apago el cigarrillo, que no me ha sabido bien.
Ya puede oírse la queja. Es como un lamento de metal asmático, como si gruñesen los raíles, como si ese animal de hierro que se anuncia llevase dentro una criatura desvelada… Ahí está, puntual, inevitable, triste. Yo lo esperaba. Es el tranvía de las dos menos cuarto, de cuando ya no hay tranvías. No sé si levantarme. Pero he prometido que hoy sí. Ni un día más sin verlo a gusto, sin enterarme por completo. Me levanto y me asomo al barandal de la terraza. Y aguardo. Mírale como llega, chato y raro. Siento un miedo difícil de explicar. Esta noche lo voy a ver bien, no va a suceder lo de otras veces, el quejido que se anuncia, luego el paso bajo mi terraza y cuando me asomo ya está doblando la curva de la esquina. Hoy lo veo ya desde antes de llegar bajo la terraza y antes de pasar bajo mis jardineras y antes de marcharse de mis sillones, mis macetas y mi espionaje. Tengo miedo. Hoy viene de frente a mis ojos. Mira, siempre he sospechado que va solo, que no lleva conductor. Tengo que comprobarlo. Ya está muy cerca de mi terraza. ¿Habrá otros escudriñando desde sus ventanas…? ¿Pero creo que sólo a mí me preocupa este tranvía? Pasa debajo de un resplandor de luna y parece, mira, que lo sigue una linterna. Es un tranvía tan pequeño, tan solitario, tan extraño y tan patético. Realmente es un tranvía que me da miedo. Pero, sin embargo, lo intuyo familiar, no sé, como si hubiese viajado en él alguna vez del pasado.
Justo enfrente de mi terraza hay un solar del que han expulsado violentamente a los árboles para ponerse a edificar un día de estos. El tranvía está ahora entre el solar y mi terraza. Lo veo perfectamente, y desde luego no veo conductor. Se ha parado. Es la primera vez que se para, y lo hace precisamente la primera vez que yo estoy aquí, viéndole desde que empezó a quejarse al aparecer en la cuesta. Por supuesto, hoy se ha parado porque yo estaba aquí. Y yo he debido estar porque iba a pararse.
Cruzo la terraza, cierro la puerta, paso por mi cuarto a coger una chaqueta porque hará frío y salgo al ascensor y al portal y a la calle y corro hacia la esquina, temiendo que se haya marchado cuando yo llegue al trozo entre el solar y mi terraza, y no se ha marchado, está ahí, supongo que esperándome y yo subo porque desde hace muchas veces, desde que oí por primera vez el quejido anunciador y pasaron noches de no verle bien, yo sospechaba que ese tranvía venía por mí.
Se ha puesto en marcha y va conmigo ahora el lamento de hierro, sentado yo en el interior del tranvía, mirando a las paredes a ver si tienen anuncios, extrañando en los asientos los pasajeros que no están, sin atreverme a mirar dónde debía ir el conductor si lo hubiese, porque tengo miedo. Y es raro, pero cada vez siento más que este tranvía en que ahora doblo esa esquina donde yo solía perderle de vista, viene directamente desde mi biografía.
Mira, ¿será posible?, ahora que nos alejamos de mi casa, me parece —no puede ser— que veo alguien igual que yo asomándose a la terraza, a tiempo de no verme y alejarse el tranvía.
La noche es más oscura aquí, como si este cacharro triste me llevase por otro sitio notablemente distinto al mundo que era cuando yo no estaba dentro del tranvía.
Seguro que estas calles, estos campanarios, aquellos lagos grises, qué raro, el mar, la bruma sobre una torre desconocida, nieve, los pájaros de pronto, la ventana que se entorna en esa casa, los montes, el túnel y todo el despacioso discurrir por sitios tan inesperados, no corresponden al trayecto diario de los tranvías corrientes que pasan por delante de mi terraza. No sé por dónde ni a dónde me lleva, pero creo que ya me acostumbro a su extravagancia, y ahora casi no tengo miedo, salvo que me parece que acabo de ver a un niño sentado en una silla y ese niño era yo… —¡Pare!— grito sin recordar que el tranvía desde luego va sin conductor, pero ha parado. Y me bajo y me acerco a ese niño que lee sentado en una silla frente a la fachada de una casa de piedra. Lee a Walter Scott y si hiciese sol en lugar de esta noche ya sin luna, reconocería idéntica la escena a cuando yo leía a Walter Scott con doce años, sentado en una silla frente a la puerta de aquella casa de piedra. La plaza es la misma, con la fuente donde me di un porrazo cuando a la “bici” se le rompieron los frenos. Ahora sí vuelvo a tener como miedo, porque nunca me había pasado esto de verme niño y es tremendo, aunque la luz no sea la exacta y con ese leve cambio de ambientación parece aún más tremendo. La noche impone más.
¿Qué puedo decirle a este niño? En realidad, ¿debo decirle algo? Y me quedo mirándole, mirándome, claro. Y no estoy seguro de que él me vea porque la noche es anormalmente oscura, aunque ve las hojas del libro, cosa rara. Me cohíbe su grave dedicación al libro —qué serio yo de niño— su mirada de vez en cuando tristona, haciendo breve pausa en las aventuras de “Ivanhoe”, en los amores sin esperanza de Rebeca, o en los dramas de la novia de Lamermoor, o en las aventuras palestinas de Ricardo Corazón de León… Si yo fuera capaz de recordar qué pensaba yo cuando entonces, quizá supiera ahora qué piensa este niño que o no me ve o le parezco ajeno. Y aunque me viese. El nunca puede saber cómo va a ser de mayor. Yo le llevo ventaja, el pasado es cosa conocida y el futuro no se sabe.
Me he vuelto al tranvía. Tengo frío y sospecho que volveré a encontrarme cosas mías desperdigadas por el trayecto, y efectivamente:
Ahí estoy, mira, pantalón corto aún, estudiante de bachillerato, enamorado de alguien que ahora no recuerdo —¿se lo pregunto?— y adorador de las películas de Stewart Granger, Jean Simmons, Elizabeth Taylor, Deborah Kerr, Ann Blyth, en colores y león de la “Metro”. Estoy parado en la cartelera de un cine, por supuesto. Seguramente pienso si me dejarán entrar a una película no tolerada. Algunos chicos de mi edad tienen muchos pelos en las piernas y los dejan ver “Scaramouche” y “Sinué, el egipcio”. Nunca me dejaron ver “Duelo al sol” y tengo clavada la espina. Voy a hablar con él, conmigo. Voy a decirle que sea valiente, que no baje la mirada ante el portero, que no se delate con una timidez escandalosa. Y además que da igual, que si no ve hoy la película la verá dentro de diez años, que no le importe porque el tiempo —¿no lo ves?— es como una carretera que se anda igual que si fuesen kilómetros, y a veces —¿no me estás viendo?— puedes desandar la carretera o adelantar el paso, o quién sabe cuánto si coges el tranvía en su momento. ¿No has leído todavía “Ciencia-ficción”? No, eso vendrá después, quizá la próxima parada cuando descubriste a Bradbury en un tren Bilbao-Madrid… Otra vez vuelvo al tranvía, y no me he atrevido a decirle nada. ¿Por qué es tan triste el tranvía? ¿Por qué se queja? ¿Por qué estoy triste yo viajando por mi vida y mirando a este chico que saca diez en Redacción y Literatura y que no puede ver las Matemáticas…? Es un chico a quien le preocupan las mujeres y que sufre de timideces absolutamente trágicas… Lógico que me entristezca… Yo siempre pensé que los viajes por el tiempo tenían que ser divertidos. Peligrosos a veces (los agresivos hombrecillos de Wells), pero apasionantes. Y lo que yo siento es desazón. A otro sitio, que siga el trayecto, no quiero verme más durante un rato. ¿No sería mejor encontrarse a Napoleón, a Pe tronío, a Jesucristo, a Saladino, a Van Gogh, a Molière…? Lo del “Túnel de Tiempo —llegar al fuerte “El Álamo”, coincidir con “Robín de los Bosques”— siempre me pareció estupendo. Pero este tranvía de mi tiempo es soberanamente triste, nocturno y silencioso. Sí, ahí está Elena. Que pare, sí, que pare. Voy a bajarme otra vez… Pero Elena está rara, no es la que yo empecé a amar los años dulzones de Nat Klng Cole. Es una Elena que se me hace extraña, y mira que para mí siempre fue la misma, querida, cotidiana adorada, me amase o no, casada o no con otro, vista a diario o perdida durante años. ¿Qué es, qué puede ser lo que me ha hecho de Elena algo ajeno, como si yo no siguiera recordándola? Va por la calle, andando, sola, quizá a alguna tienda, quizá alguna cita, quizá a ningún sitio, eso es lo de menos, lo que pasa es que cierta sensación me dice que a esta Elena ya no la conozco. Y para que yo no conozca a Elena —amada desde los dieciocho, inolvidable a los veinte, a los treinta; recuerdo inquietador para siempre— sólo hay una explicación, y me da frío —y otra vez miedo— pensarla: debe ser que no existo. Debe ser que me he muerto, que ya no estoy viviendo retazos de pasado, sino que el tranvía me ha metido de golpe en un futuro que rebasa mi vida. Me acerco a Elena. Quisiera preguntárselo. —¿Elena, me he muerto ya?— pero la noche me cohíbe. ¿Por qué no puedo hacer estos viajes con otra luz…? Este tranvía tan triste… Para Elena no debe ser noche, va desabrigada, y fíjate, lleva gafas de sol. Es de día, seguro, y verano… ¿Por qué, protesto, si se me pasea por tiempos, no se me permite disfrutarlos con sus climas, sus colores, sus luces? ¿Por qué diríase que los visito a todos como a través de una penumbra…? Y no me ven, ¿soy un fantasma…? Por favor, Elena, haz un esfuerzo, procura vencer esta noche mía que no ves, intenta matarme. Si me he muerto yo te quiero todavía. Intenta mirarme; qué tristeza saber que no me ves, más que sospechar que no existo. La vida sirve según los demás la reconozcan. Y la muerte da terror porque los demás ya ni te piensan… No sé qué haces, Elena, qué sientes, cómo vives, porque evidentemente no estoy para saberlo. Visitar el futuro cuando ya no estás sabe a mal sueño.
El tranvía, solitario siempre, atrás Elena ahora, discurre un rato por cosas y sitios sin mí, lugares descaradamente posteriores donde noto mi falta y nadie más que yo nota. A veces, al doblar un chaflán, vuelvo a ver de reojo al niño o al muchacho que fui, asomándose a mi ventanilla como criatura de Madame Tussaud. Ahora el tranvía vuelve a pasar por mi terraza. Estoy cansado del viaje. Yo sigo ahí arriba, fíjate qué raro. Estoy arriba y no me asomo, como siempre me voy a perder el paso de este tranvía triste de las dos menos cuarto. Estaré dentro, leyendo o escuchando música, quizá dormido, seguramente tan solo como de costumbre. Pero voy a bajarme del tranvía, a subir a mi piso y volver a la terraza, y quizá me olvide de haberme visto en pretérito y haberme asomado a futuro tan desolador. Cosa más bien inservible estos viajes en el Tiempo. Por no decir cosa más bien lamentable… Yo debiera haberle avisado al niño de muchos asuntos que le hicieron sufrir, ahora que los sé y pasaron. Avisarle de que papá iba a morir quizá hubiese sido cruel, pero hay otras cosas que sí pude decirle, como prepararme para esa indiscutible soledad que vino de improviso, enseñarle dos o tres antídotos contra la tonta vergüenza de no saber jugar a lo mismo que los otros chicos… Algunas cosas que no me hubiesen quitado la melancolía de todas formas. Y además, un niño siempre es un extraño, incluso uno mismo. Pero sí al chico de la puerta del cine, ahí me acuerdo mejor de lo que pasaba. Educarle para esa adolescencia humillante y con agobio. Que el pecado es como el “Coco”, que no tuviese miedo ni llorase ni creyera que todo es tan injusto y difícil. Aunque bien mirado sí es difícil, sí es injusto. Qué se puede decir… Y si nada, qué desagradable este paseo, no poder reencontrarse para algo práctico, palpar irreversible el tiempo, notar que si te has muerto da lo mismo, saber entonces, como ya sospechas, que no va a importar mucho, aunque eso de morirse te aterre por cobarde, por egoísta, por frustrado. No me gusta pasearme por mi tiempo. Si no hay “Túnel” para visitar las Cruzadas o esos años 3000 de ciudades soberbias, me vuelvo a regar las plantas. Y si oigo el tranvía quejándose otra vez, no me asomo, no bajo, no me subo. Esto no es lo que me dijeron las novelas de “Ciencia-ficción”. Y siempre de noche, y siempre las dos menos cuarto de la madrugada. Qué cosa rara el Tiempo.
Pero nos estamos pasando, ésa es mi terraza, ése es el solar. —Ya han edificado, y siguen siendo las dos menos cuarto… —Aquella es mi casa, pare —ahora sí que no hay conductor, nadie me hace caso—, pare, que estamos doblando la esquina, que aquellos tejados de pizarra parecidos a Disney o Lovecraft son mi presente, o al menos mi futuro —con lo hermoso que era mirar desde la terraza y no ver una casa de cuatro pisos…—, que tengo que acostarme, que mañana debo madrugar, que las flores se secarán si no las riego; por favor, pare. Ya no veo la terraza, ni la casa, ni el solar que ya no es solar. Otra vez por campos raros y noches de otras veces, y cosas que no quiero volver a mirar, ni sirven ya para nada. Pare, que quiero bajarme, que no me gusta este tranvía tan triste, que quiero coger otra vez el sitio del cigarrillo, la mecedora y los guisantes de olor, hayan pasado los años que sean… Pare. No hay conductor. Nadie me hace caso.
Ya no está mi casa, ni mi terraza, ni mi tranquila soledad. El tranvía es implacable, tengo miedo. ¿Pasará que no pueda ya bajarme, que voy a estar siempre dándole vueltas a mi vida sin que pase un segundo de las dos menos cuarto…? No me gusta. Y siempre así de noche, y sin otra aventura que mirar mi espejo sin poder intervenir en uno mismo… ¿A dónde vamos ahora…? No quiero ver morir a papá. Otra vez no…
Y en la terraza quizá sigo yo regando las plantas… Nunca tuve demasiado amor a mi presente, pero si pudiera dar un salto en la próxima pasada, y colarme a coger la regadera, librarme de este continuo tranvía tozudamente triste, de estas constantes dos menos cuarto de esta inevitable madrugada… Pero me han atado al asiento —no…, qué daño en las muñecas… —y sólo puedo ya mirar…
¿Lo sabrá él —el de la terraza— cuando cada noche se asome tarde y no llegue a ver el tranvía…? ¿Sabrá que es mío ese quejido, que soy yo el viajero sin billete, encadenado al Tiempo, y que ya cuando él mire esté dando vuelta a la esquina…?
Tengan ustedes fuerza de voluntad, ya ven, aguántense la curiosidad de cada noche, no cojan nunca el tranvía cuando pase delante de su casa a las dos menos cuarto de la madrugada. Sobre todo si tienen algo que hacer mañana…