Serían mediados de junio y aquel día me tocaba recoger a mi hijo del colegio. Los dos ya en el coche, él a mi lado y muy serio, me dijo:
—Papá. Hoy me han dicho las notas y voy a aprobarlo todo.
—¿No me digas, Carlos? ¡Qué alegría!
—Sí, papá.
—El año que viene en el instituto. Parece mentira, ¿verdad? Pero hombre, alegra esa cara ¿Ves lo que es trabajar? Al final lo has conseguido y mira que has protestado. Tu madre y yo siempre pendientes. Estarás contento. Cuando mamá se entere.
—Sí, papá —me dijo de nuevo—. Papá —me repitió otra vez y ahora más serio todavía.
—Sí. Dime.
—Me prometiste un regalo.
—Yo te prometí un regalo.
—Sí. Me lo prometiste. ¿Ya no te acuerdas? He aprobado todo.
—Sí. Puede ser. La verdad es que ya no me acuerdo. Bueno ¿Y qué quieres que te regale? ¿Lo has pensado?
—Tú me lo prometiste. Quiero un pájaro.
—¿Un pájaro? ¡Vaya! Eso es nuevo ¿No me dijiste una vez un perro o lo he soñado? Un pájaro. No sé yo eso.
—¿Qué pasa? Un pájaro ensucia menos y no hay que sacarlo —me dijo con voz de pena.
—No, no pasa nada. ¿Qué va a pasar, hombre? Tú sabrás que hay que cuidarlo. Darle de comer, limpiarlo y si nos vamos de viaje ¿qué? ¿Se lo has dicho a mamá?
—No se lo he dicho —me dijo igual de serio que antes y mirando al tráfico—. Yo me encargo de ellos —añadió.
Una vez en el ascensor, le dije:
—¿Y qué pájaro quieres, Carlos? ¿Un canario? ¿Un jilguero? Esos cantan mucho.
—No. Quiero una Isabelita del Japón.
—¿Una Isabelita del Japón? —me entraron ganas de reír—. ¿Ese qué pájaro es? Es la primera vez que lo oigo. ¿Esos cantan? ¿Que se llama así porque tiene los ojos rasgados?
—¡Qué graciosillo! ¿Eh, papá? Mi amigo David, tiene uno.
—Entonces no me digas más —le dije.
Al entrar en casa, se fue corriendo a su cuarto y dio un portazo. Me fui a la cocina. Mi mujer estaba friendo boquerones. Harina desparramada por la vitrocerámica. El extractor que seguía estropeado. La sartén, una chimenea. La cocina, una cámara de gas. Carlos ha aprobado todo, le dije sin ni siquiera saludarla. ¿Sí? No me lo puedo creer, me contestó mirando a la sartén. Pero no sabes lo que me ha dicho, añadí. Si no me lo cuentas no, desde luego.
Tras relatárselo me dijo mirándome ahora, nosotros siempre tuvimos pájaros pero lo pasaba muy mal cuando uno se moría. Todavía me acuerdo que mi madre y yo íbamos al parque a enterrarlos. Los metíamos en cajas de zapatos. Los poníamos en fila y llorábamos como tontas. No sabía que había Isabelitas del Japón. ¡Qué cosas!, me dijo con una especie de sonrisa. Yo tampoco, le contesté. Tengo una experiencia tan mala de niño con los pájaros, dije. No sé si peor que la tuya. A lo mejor te la he contado. No me acuerdo, me contestó. Ella seguía sacando boquerones y poniéndolos en el plato y echando otros. Yo de pie observándola. Pues mi abuelo tenía en la azotea un cuarto lleno de pájaros. Muchos. No sé. Por lo menos cincuenta. Había un olor tan fuerte que no se podía ni entrar. Yo creo que desde entonces lo tengo dentro. ¡Qué asco! ¿Qué me quieres decir con eso?, me preguntó. No te quiero decir nada. Simplemente que todavía me acuerdo. Me parece a mí que no nos va a quedar otra. Lo ha aprobado todo. Es mejor no prometer nada.
Por la tarde estábamos los tres enfrente de la tienda mirando el letrero rojo tan grande como la propia fachada. Mundo Animal, decía. Una foto gigantesca con un pastor alemán lamiéndole la cara a un hombre que hasta sonreía. Olor a adelfas. Ni una nube. El calor de principios de agosto más que de mediados de junio. Sudor por la espalda. Tuve que arremangarme la camisa. Ellos tan tranquilos.
En la tienda se te perdía la vista. Podrían correr hasta caballos. Olía a establo que daba gusto y eso que era una tienda muy nueva. Toda blanca. Puede ser que aquí haya, dijo mi mujer. Yo no dije nada. Mi hijo miraba y miraba a todos lados. Un hombre mayor entró con un perro pequeño. Estate quieta ya, mujer que me vas a romper la muñeca, le dijo al animal. Una chica medio rubia y delgada estaba tras un mostrador blanco en la entrada a la izquierda. Parecía estar estudiando todos los movimientos.
—Buenas tardes. Queremos una Isabelita del Japón. ¿Tienen? —le dijo mi mujer acercándose. Mi hijo seguía mirando a todos sitios y yo no perdía detalle de las dos.
—Sí, claro. Están ahí al fondo a la izquierda —le dijo la muchacha a mi mujer señalando con su dedo índice el sitio aproximado y sin mirarnos ni a mi hijo ni a mí.
Según avanzábamos, los tres observábamos las jaulas. Mira, papá ¡cuántos perros! ¡Qué bonitos! ¡Anda! Una iguana. Sí. Muy bonitos todos, Carlos. Venga. Vamos. La fauna era extensa. El olor a establo aumentaba. Me llevé la mano a la nariz para tapármela. Mi mujer me miró y me dijo ¿qué haces? No vayas a hacer tonterías, ¿eh? Que te quedas aquí solo con el niño.
Llegamos a la jaula. Era más propia de loros. Al menos treinta dentro. En aquella tienda todo era grande. Yo no había buscado antes por Internet para ver cómo eran aquellos pájaros de nombre extraño. Me los imaginaba con un colorido plumaje e incluso cantando. Cuando los vi casi se me caen los pantalones. Eran marrones y grises. Parecían sucios. Su olor me evocó a los de mi abuelo. Los ojos como los de un pez. No producían ningún sonido y eran muy pequeños, incluso diminutos unos pocos. Al vernos comenzaron a revolotear agitados. Me, me, me, me, empezaron a decir algunos. Me, me, me, me, le contestaban otros a modo de coro. Todos parecían el claxon de un coche viejo. Mi corazón comenzó a acelerarse. Las manos sudándome. Gotas por la espalda de nuevo. La dependienta se acercó. Tengo que decirles que estos animales viven en pareja. Si no, se mueren de pena. Mi mujer y yo nos miramos. ¿Has oído Carlos?, le preguntó mi mujer. Mi hijo se encogió de hombros. Yo tampoco dije nada. Bueno, pues nos llevamos dos entonces, dijo ella. También necesitaremos una jaula. La muchacha se subió a una escalera y metió la mano en la gran jaula, ¿Cuál queréis? Nos da igual, dije yo. Ellos no dijeron nada. Cogió uno al azar y lo metió en una bolsa de plástico. Luego el otro que era más pequeño. Antes de irnos, mi mujer ya con la jaula en la mano, le dijo a la dependienta. ¿Cuántos años suelen durar? Cuatro o cinco, le contestó mientras guardaba el dinero en la caja.
Mi mujer los colocó en el salón, junto a la puerta de la terraza. ¿Cómo los llamaremos?, le preguntó a mi hijo. No sé, bonitos, dijo. Desde aquél día de mediados de junio, su olor llenó toda la habitación. Yo evitaba el salón y cuando me sentaba en el sofá que caía enfrente de ellos, lo hacía en el otro extremo. Alrededor de la jaula y en el suelo siempre había restos de comida mezclada con excrementos. Acercarme significaba náuseas, tos. Yo creo que el más pequeño se dedica a tirarla, me dijo ella. Puede que mi hijo se acercara a ellos aquel primer día, luego ya no recuerdo. Los animales siempre pegados el uno al otro. Se rozaban los picos. Se picoteaban las plumas. Yo creo que el más pequeño es hembra, decía mi mujer unos días. Yo creo que la hembra es el más grande, decía otros. ¿Y tú como lo sabes?, le decía yo siempre. El tiempo pasaba, uno, dos, tres años. Si nos íbamos de viaje, mi mujer me decía, ¿Cómo estarán los pájaros? Yo qué sé, le decía yo. El más pequeño empezó a perder plumas. Un día nos van a dar un susto, le dije a mi mujer. Ya estamos, me respondió. Alguna noche y cuando todos dormían entraba en el salón descalzo. Encendía una pequeña lámpara de mesa al otro extremo de la jaula. Me acercaba solo un momento. Siempre juntos. Se despertaban y temblaban al sentir mi presencia. Si mi mujer me viera ahora, pensaba ¿Qué haces ahí? ¿Tú no decías que no los soportabas?
Habrían pasado cuatro, cinco años pudiera. Faltaría una semana para la primavera y un sábado por la mañana me acerqué a la jaula para abrir la terraza y airear el salón. Vi algo raro. El más pequeño estaba tumbado de lado. El grande no se separaba y continuamente lo empujaba con el pico pero parecía que era en vano. El otro no se movía. Me acerqué más aún. Su ojo estaba completamente abierto y tan gris como el mármol. Las patas encogidas. Mi corazón se desplomó. ¿Ahora cómo se lo digo a Elena? ¿Y a Carlos aunque nunca los haya mirado? Mi mujer estaba en la cocina. Elena, tengo que contarte algo Ay ¿qué ha pasado? Comenzó a llorar tras saberlo. Pobrecito, pobrecito. Yo no quiero ni acercarme. Te lo dije, le contesté. No te preocupes que yo me encargo. Buscaré un sitio para enterrarlo. Metí la mano en la jaula. Toda sucia. Mi mano temblaba. Su cuerpo helado. Ya no se asustaría ni diría más me, me, me, me. El otro se apartó revoloteando. Luego busqué una caja pequeña. Mejor lo hago de noche para que nadie me vea, le dije a mi mujer. ¿Te encargas tú de contárselo a Carlos?
Era ya sábado por la noche. Cogí una pequeña pala para las macetas, la caja con el cuerpo del pájaro y caminé hasta un grupo de casas no muy lejos de la nuestra. Allí hay un parque lleno de naranjos. Bajo uno de ellos. El sitio perfecto. La brisa ya cálida en mi cara. La primavera inminente. Al llegar, el azahar me envolvió sin esperarlo. Aquello era un bosque. Elegí uno aislado. El suelo cubierto de sus flores. Aparté las flores muertas. Cavé un rato. La tierra se resistía. Por fin hice el hueco adecuado. La cubrí con cuidado y di una palmadita en la tierra. Hasta luego, bonito, dije en voz baja. Quise llorar pero no pude. Las lágrimas agolpadas en la garganta, la frente. Antes de levantarme cogí una flor. Tembló en mi mano. Apreté fuerte. La restregué en mi palma. Su vida tan breve, dos, tres, cuatro o cinco semanas, pudiera. Su aroma a naranja verde. Volví a casa con ella en la mano. A veces la olía. ¿Se acordaría el pájaro grande de su pareja? Antes de llegar ya la había tirado. Las lágrimas continuaban amontonadas y empezaron a dolerme. Saqué la llave. La introduje en la cerradura. Antes de girarla me la llevé a la nariz. El olor a azahar aún no se había disipado.