Las membranas plegadas se separan repentinamente. Movimiento súbito que violenta las ventanas de la percepción. Los párpados no vuelven a besarse. Permanecen distanciados, sin un temblor. No bañan con las olas de los lacrimales las capas córneas.
No se eliminan las bacterias. Nada traspasa las humedades acuosas, ningún rayo se refracta en los lentes bicóncavos de los cristalinos. No se estremecen los humores vitreos. Los conos y bastoncillos de las retinas están insensibles. Alertas. Pero sin reacciones electroquímicas. Ningún impulso que transmitir a las fibras. Nada se difunde por los nervios ópticos.
No hay sensación de luz en el cerebro. Las pupilas están dilatadas al máximo. Pero no llueve luz.
Incertidumbre.
Los músculos de los ojos dirigen en los órganos a los cuatro puntos cardinales. Con celeridad, repetidas veces, excitando los nervios motores y sensitivos.
Perplejidad.
Los billones de neuronas del cerebro se agitan inquietas. Porque un sonido desconocido ha penetrado por el conducto auditivo externo de la derecha. Una diezmilésima parte de segundo después, por el de la izquierda.
Las membranas de los tímpanos han comenzado a vibrar. El engranaje de los martillos, yunques y estribos, sorprendidos, trabajan incansablemente. Las trompas de Eustaquio estabilizan la presión. En los caracoles, el inédito sonido interpreta una angustiosa sintonía en las cuerdas de las membranas. Y por los nervios auditivos resuena la sintonía, siniestramente, hasta llegar a los grandes hemisferios.
Pero el cerebro, recurriendo a sus diez mil billones de elementos de información, es incapaz de interpretar el sonido.
El sonido que interrumpió el sueño, que paralizó el extraño aliento de lo onírico. La realidad interna navegaba por horizontes infinitos cuando la realidad externa conmovió al cerebro. El sonido es intermitente, se aleja. Los oídos intentan aprenderlo, tenerlo prisionero. El cerebro podría así investigar, analizarlo. Pero el sonido desaparece.
Silencio.
Total silencio alrededor del cerebro. El sonido procedía de la derecha. Pero ya no está. Al cerebro sólo le queda lo negro. Lo negro que percibe al no percibir.
El cerebro se arriesga. Se atreve a moverse ligeramente, hacia la derecha. Una desconocida sensación le llega de la nuca. Es una sensación agradable. La identifica con algo blando.
Presiona.
La cabeza se hunde. La excitación creada en los órganos sensitivos llega a través de los nervios a la médula espinal y se propaga por ésta hasta el cerebro. Es como si algo acariciara su nuca.
Pero es incapaz de oler. Nada le llega de la región olfatoria. Aspira profundamente. Las moléculas de las materias volátiles penetran en la profundidad de la cavidad nasal. Las células transmiten sensaciones por el nervio. Pero en el laboratorio del cerebro no hay análisis positivo.
No huele, no hay olores. No hay olores conocidos. Pero sí hay olores desconocidos. Esto es lo que ha confundido al cerebro. No hay olor de hierba, ni de agua, ni de tierra. Pero hay un olor penetrante, que entorpece su razonamiento.
Abre cuando puede las fosas nasales y olfatea rápido. Quiere descubrir en lo negro la hierba, el agua, la tierra. Pero tan sólo reconoce entre lo irreconocible el olor penetrante.
La sensación que le ha llegado de la nuca la siente ahora por la espalda muy intensamente, en las yemas de los dedos.
El cerebro vuelve a aventurarse.
Las manos presionan, también se hunden como la nuca. Las manos se van cerrando. Algo queda entre los dedos y las palmas. Algo que es suave; algo que se dobla y no se rompe; algo fino, semejante a una hoja de árbol. O más fino todavía.
El cerebro intenta situarse.
Notar el cuerpo que depende de él en el espacio. Las piernas, encogidas, le hacen suponer que se encuentra en horizontal. En vertical no podría mantenerse así.
En el cerebro se va formando un pensamiento. Un pensamiento que le estremece:
Puede estar como la gacela.
Puede que lo negro sea la muerte. Que la muerte sea tan sólo negro.
No obstante, aquel sonido, aquel olor penetrante, aquella sensación de algo blando, ¿son percibidos por la gacela muerta? ¿O son, como lo negro, connatural a la muerte?
Intenta recordar. Cierra los párpados.
Bebe a la orilla del río, junto a las gacelas. Bebe mientras los hipopótamos se remueven inquietos en el agua, mientras los elefantes se lavan en el cieno. De repente las gacelas se convierten en figuras hieráticas. Inmóviles, petrificadas. Un peligro se acerca, es inminente.
Él imita a las gacelas. Huele. Un extraño olor le llega de un grupo de árboles. No son árboles los que huelen así. Es algo que también está donde los árboles.
Las gacelas dan un salto. Muchos. Él también corre, como las gacelas.
Un trueno le hace correr más velozmente. Ha sido un trueno distinto. Un trueno sin oscurecerse el cielo, sin rasgar el rayo la cúpula de la selva. Un trueno que ha provocado un escalofrío que le recorre todo el cuerpo.
Una gacela ha caído muerta junto a él. Fulminada. La mira con estupor. Sangra. Pero ningún león le ha dado muerte. Nada se abalanzó sobre ella. La gacela ha muerto por algo desconocido.
Corre desesperadamente, emitiendo gruñidos de rabia y de temor. Recuerda, con rencor, la gacela muerta. Pero no llora. No sabe llorar. Corre hasta que el cielo se metamorfosea. De azul a amarillo, de amarillo a rojo, de rojo a gris, de gris a negro. Pero un negro con sombras. Un negro con luz. La luz de aquellas llamas del cielo y de aquella bola blanca que algunas veces se oculta tras las nubes. La bola blanca que siempre había intentado coger con sus manos, subiendo hasta las cimas de los más altos árboles. Aquella bola blanca que también aparecía, con la noche, en la superficie de las aguas de los ríos. Pero que se desvanecía al querer tocarla o huía burlona en cuanto se acercaba a ella.
Cansado, sintiendo una fuerza explosiva en su pecho que le asfixiaba, sube a un árbol. No hay ninguna pantera negra ni ninguna agresiva familia de simios.
Se tiende en una gruesa rama y se duerme.
En el cerebro retumban infinidad de truenos como el que mató a la gacela.
Algo le sobresalta.
Ha sido el crujir de unas ramas. Sin darle tiempo a incorporarse, algo le rodea y le hace caer del árbol.
Aúlla como los lobos.
Siente un pinchazo en el brazo. La vista se le nubla.
Y despierta al oír el sonido extraño, al estar rodeado de lo negro. El cerebro, resume. Unos animales le han dado muerte. O uno de aquellos terroríficos truenos. Pero, si está como la gacela, ¿por qué siente?
Un sudor frío le empapa la frente.
El cerebro decide. Coordina todos sus centros, transmite órdenes. El cuerpo se incorpora, lentamente.
Ahora, la sensación de lo blando lo siente en las nalgas. Le duele en el bajo vientre. Orina. Las gacelas muertas no orinan. Levanta los brazos. Nada ante él. Nada a sus lados. Olfatea, mueve la cabeza, se pone de pie. En las plantas de los pies es donde únicamente siente lo blando.
Abre y cierra los párpados con rapidez. Pero siempre lo negro. No es la noche. Ni el día.
Pero hay una gota de luz. Una gota cerca de él. No podía verla tumbado, pero sí de pie.
El cerebro piensa que el cuerpo debe caminar. Y lo hace. Tropieza, cae al vacío. Pero es poca altura.
El rostro se ha quedado al lado de la gota de luz. Esta vez la retina puede transmitir perfectas sensaciones al cerebro.
El cuerpo se incorpora, se traslada hacia donde parte aquel delgadísimo rayo de luz. Deja que le dé directamente en un ojo, después en otro. Con la luz llega la vida. Con la luz desaparece lo negro.
Choca violentamente con algo. Le duele la nariz. Algo duro, tan duro como los árboles, le ha impedido continuar su camino hacia la luz.
El dolor enfurece al cerebro. Y el cerebro manda destrozar.
El cuerpo se lanza con todas sus fuerzas contra lo que está ante él mientras emite rugidos de rabia. Las manos tiran hacia atrás y hacia adelante al tener entre ellas un objeto frío y más duro aún que lo que le detuvo. Algo se desgarra, algo cede y el cuerpo sale impulsado hacia atrás. Pero, repentinamente, el cerebro capta todo un marco de luz.
El cuerpo se queda paralizado, sorprendido.
Lo negro ha desaparecido por completo. Todo es luz. Una luz que viene de enfrente, que ilumina el lugar.
El cuerpo se ve rodeado de objetos extraños, inéditos, irreconocibles, imposibles de comparar. Detrás de él, el más grande, donde estuvo en horizontal.
El cuerpo se abalanza ansioso hacia adelante, las manos rompen objetos invisibles y el aire le da en el rostro.
El cerebro se alboroza.
Todas sus células quieren recibir aire y luz. Las retinas captan un cielo azul, con algún manchón blanco. Pero sin selva bajo él. Los árboles han sido sustituidos por indescriptibles y curiosas formaciones.
El cuerpo da saltos.
Placer y temor. Gime. Mira hacia abajo. Es como si estuviera subido al árbol más alto de la selva. Para huir tendrá que exponerse a graves peligros.
Los ojos se detienen en las manos. Sangran.
El cerebro siente dolor. El cuerpo salta más, sobre si mismo. Y grita desgarradoramente. Aúlla con un infinito rencor ante lo desconocido.
Vuelve el sonido que le despertó.
Se acerca adónde él se encuentra, pero no divisa a nadie. Retrocede, también de los pies le llega dolor. Algo tan transparente como el agua del río se le ha clavado en sus plantas.
De pronto, uno de los extraños objetos, se abre.
Aparecen unos seres vestidos de blanco, como si fueran varias bolas blancas. Sin animales que le atacaran. Unos animales jamás vistos pero que tampoco le resultan totalmente desconocidos. Algo hay en ellos que le recuerda vagamente un pasado casi olvidado por completo. Aquellos animales también gimen y gritan:
—¡Se ha despertado el salvaje!
—¡Ha roto los cristales!
—Ha orinado la cama…
—Con prudencia; muerde…
El cerebro los estudia rápidamente. Aquellos animales también tienen miedo. Intuyen que él les puede causar daño. Han gemido. Han emitido unos sonidos que no puede comprender.
El cerebro ordena al cuerpo. El cuerpo se dobla. Las manos se crispan, los ojos se enrojecen, la boca se abre. Enseña los colmillos. Gruñe amenazadoramente.
—Pronto, está herido. Sangra por los pies y las manos…
El cuerpo retrocede más. Se agacha al máximo. Aúlla terriblemente. Está dispuesto a dar el gran salto sobre aquellos animales que piensan atacarle.
El cerebro pone en tensión al cuerpo.
El cuerpo sale catapultado. Y una de las manos, de largas y encorvadas uñas, rasga el blanco de uno de aquellos animales.
Tiene que seguir destruyendo.