Esta es una breve crónica acerca del hombre que, sometido a la técnica de hibernación, tras permanecer cien mil años en estado de animación suspendida, pudo conocer aquel futuro que, por ser tan remoto, resultaba totalmente imposible de imaginar en su siglo.
Dado el tiempo que había solicitado para su caso, acabó por tratarse del último hombre al que se le despertaba por tal método ya que, en milenios posteriores a su muerte, la hibernación sería desechada.
La criogenización, que se había considerado como uno de los grandes mitos de una sociedad puramente tecnológica y con demasiada fe en la ciencia, concluyó siendo una siempre deseada realidad.
La muerte, desde entonces, no fue algo irremediable. Se trataba, sencillamente, de uno más de los muchos accidentes con que el hombre tenía que enfrentarse durante su existencia.
Pero, la hibernación, sería desechada al descubrirse otros medios más prácticos para prolongar la vida del ser humano. Además, los científicos, después de experimentar positivamente sobre la vida artificial, acabaron por lograr la inmortalidad física. Por tanto, carecía de sentido la criogenización.
No obstante, se respetó la voluntad de aquellos que, en su día, habían firmado contrato con alguna de las muchas sociedades de hibernados creadas en todos los países. Podían haberles hecho resucitar, por expresarlo de alguna manera, antes de lo que los criogenizados habían requerido y someterlos, si así lo aprobaban, a los nuevos adelantos. Pero reflexionaron y decidieron que debían atenerse a lo que tales personas, cabalmente, habían concertado.
Por consiguiente, según la fecha que indicaba la ficha perforada por el ordenador electrónico de cada hibernado, se les iba devolviendo la vida.
Las enfermedades ya no representaban ningún problema. La curación, mediante diversos procedimientos, era inmediata. La vida se prolongaba indefinidamente para aquellos que, durante mucho tiempo, habían permanecido en cápsulas de acero inoxidable. Gozaban, al igual que los nacidos en la época en que resucitaban, de la inmortalidad física.
Todos, menos aquel hombre; a quien ya únicamente se le conocía por las siglas que lo identificaban: SHE-M-00033. Era el único ser humano que seguía sometido a la técnica de hibernación.
Con el paso de los siglos fue convirtiéndose en un hombre importante. No dejaba de ser, para la Humanidad, un interesante eslabón de la evolución.
Su cuerpo se mantuvo intacto durante cien mil años.
Reposó todo ese tiempo en una cápsula de acero inoxidable, a la temperatura del nitrógeno líquido: -196º centígrados.
Se hallaba preservado de cualquier descomposición microbiana y de cualquier degradación enzimática. Su cerebro, lo más esencial, debido a dispositivos especiales, había contado siempre con el necesario oxígeno para su perfecta conservación.
Se encontraba tal cual murió, cien mil años antes, en el Hospital Central de Madrid.
Descansaba en su habitación, viendo una antigua película grabada en telecassette, cuando sufrió el último y mortal ataque de infarto de miocardio.
Una vez certificada su defunción, el cuerpo fue sometido a un masaje cardíaco externo, a una respiración forzada de oxígeno y a un enfriamiento gradual por medio de bolsas con hielo.
Para evitar la coagulación, se le inyectó en las arterias carótidas una solución isotónica fría compuesta de heparina. La sangre quedaba diluida, pero sin suprimir la circulación.
Solamente se privó de oxígeno al cerebro cuando se comprobó que el cuerpo, según los termómetros, se encontraba alrededor de los -3º centígrados.
La siguiente operación era reemplazar el agua del cuerpo por una solución con los agentes crioprotectores. Posteriormente, después de sustraer el exceso de glicerol, el cuerpo se enfrió a -20º, valiéndose para ello del empleo de capas alternativas de hielo y sal sin contacto con el cuerpo.
A continuación, se indujo la cristalización colocando hielo en contacto con la piel. La temperatura descendió a -79º al rodearlo con bolsas de nieve carbónica en una cápsula de transporte.
Algunos enfermos, que paseaban por los pasillos, no se sorprendieron al ver pasar a la “unidad temporal” camino del “criotorium”. Ya estaban acostumbrados a ello. Además, algunos de aquellos que preguntaban por simple curiosidad quién era el que iba en la “unidad temporal”, sería el siguiente.
El cuerpo, en el “criotorium”, fue depositado en la cápsula de acero inoxidable, donde reposaría protegido del polvo radioactivo de una simple posible guerra atómica.
Una vez alcanzada la temperatura de -96º centígrados, mediante un vaso “Dewar”, los aparatos de control de la cápsula comenzaron a funcionar para no ser interrumpidos hasta cien mil años después.
¿Por qué había decidido ser hibernado aquel hombre?
La inmortalidad física no le interesaba en absoluto. Pensaba que acabaría siendo muy penoso estar para siempre encadenado a un cuerpo como el suyo, vulgar y sin ningún atractivo. Aunque, gracias a las más insospechadas intervenciones quirúrgicas, pudiera ser de una belleza perfecta, nunca le había concedido importancia a esto. Para él, el cuerpo era el gran lastre del ser humano.
Tampoco le había movido a presentarse a la Sociedad de Hibernados de España, Central de Madrid, el asombroso futuro próximo que ya anticipaban los investigadores de su época. Todo lo que se presentaba como una realidad para el devenir, lo daba por existente. Y, por tanto, sin ningún atractivo. El descubrimiento de la antimateria, del antiespacio, de nuevas dimensiones, así como el control del tiempo, el poder comunicarse con los animales, la adaptación de los planetas a la vida humana, el alcanzar una velocidad cercana a la de la luz, la posibilidad de encontrarse con seres extraterrestres o la fabricación de máquinas universales para hacer lo que sea partiendo de lo que sea, era para él ya realidad.
Lo que realmente le indujo a hacerse miembro de la mencionada sociedad, tras depositar una gran suma de dinero, fue el propio futuro. Pero un futuro muy lejano, aquel que nadie era capaz de concebir.
El futuro siempre le había fascinado, atraído con una fuerza irresistible. Para él el futuro era algo demasiado subyugante como para renunciar a conocerlo. Pero el futuro lejano, el increíble, el totalmente inédito, el insospechado.
La Humanidad nunca había dejado de dudar de la Humanidad. Si por una parte parecía progresar, por otra más bien dejaba a entender que retrocedía. En general, existía una visión pesimista del futuro. En cambio, SHE-M-00033, pensaba totalmente distinto. Tenía fe en el hombre, pese a sus incontables defectos.
Era una fe total, radicalista, intransigente.
Por eso quería saber del hombre que existiría cien mil años después a su muerte.
Había abandonado, temporalmente, un mundo cruel; un planeta en el que reinaba más el odio que el amor; una tierra propicia para germinar cualquier desenfrenada pasión humana. Deseaba saber si realmente tenía razón o se hallaba equivocado.
Eso era lo único que le interesaba del futuro.
Nada más.
Cuando despertó, cuando volvió a la vida, cuando salió de un tiempo sin tiempo, cuando resucitó…, no comprendió nada.
Porque nada había ante él.
Tan sólo la cápsula, que había funcionado por sí misma, en medio de un desolado paisaje. Un paisaje indescriptible pero que, indudablemente, pertenecía a la Tierra.
En un principio, pensó que la Humanidad había desaparecido, que únicamente se encontraba él por un azar de la técnica; aquella técnica que, nada más despertar, en una fracción de segundo, le había curado de su antigua enfermedad, posteriormente desconocida.
Pero, todo cambió al escuchar unas voces. Unas voces que le hablaban, pero que no sabía de dónde procedían.
Se lo explicaron.
No estaba solo, sino rodeado de miles de seres. Seres que le estudiaban, que le admiraban, que le alababan. Si él se encontraba maravillado, más ellos. Porque él era, para aquellos seres, el recuerdo vivo del pasado de la Humanidad. Se hallaba en el centro de una ciudad, pero invisible para él. Durante muchos años esperaron con extraordinario deseo a que despertara.
El hombre, comprendió. Tardó en salir de su asombro. Pero, cuando pudo sobreponerse a aquella increíble realidad, se llenó de gozo. El hombre había triunfado. Él estaba en lo cierto.
El hombre había logrado desprenderse del cuerpo. Era sólo inteligencia. Aquella Humanidad le hablaba a su cerebro con unas voces que se le antojaban celestiales.
Él ya no podría participar del aquel estado. Pero le bastaba con saber que el hombre había alcanzado su perfección, que sus esperanzas acerca de la Humanidad se cumplieron con el paso del tiempo. Él, moriría. Moriría allí, rodeado de una Humanidad invisible que le respetaba y a la que ya profundamente amaba.
Ocurrió, cayó de rodillas, extendió sus brazos, en pleno éxtasis, abrumado de felicidad, y dijo:
—Habéis logrado ser… “ángeles”.