La calle, como todas las de la ciudad, era de ceniza batida y estaba perfectamente señalizada: cien metros, doscientos, cuatrocientos, y flechas indicadoras de itinerarios de mil metros, mil quinientos y diez mil. De trecho en trecho, entre zonas ajardinadas, se veían gimnasios al aire libre con todos los elementos: anillas, espalderas, paralelas, pesas, etcétera. Asimismo, cada manzana de casas tenía piscinas y campos de fútbol, tenis, baloncesto…
Era temprano y la ciudad se veía desierta; apenas algún que otro voluntario u obligado compañero del alba hendía en el silencio como una sombra. Arriba, en las terrazas de los altos edificios, el sol comenzaba a juguetear con los primeros humos cuidadosamente descontaminados, con las últimas gotas de rocío que, ansiosas de vida, se aferraban a las antenas de la TV. Tridimensional.
El sargento-monitor del Cuerpo Represor de Alfeñiques miró de soslayo al joven. Una sonrisa de suficiencia de esas de “¡A mí me la vas a dar tú!”, amaneció en su rostro rojizo y saludable y, dirigiéndose al policía-monitor compañero de pareja, dijo:
—¿Qué te parece el mozo? Nos quiere hacer creer que vive deportivamente.
—Yo creo que se equivoca si piensa que va a engañarnos, mi sargento. —El policía sonrió condescendiente, como si comprendiera la falta de experiencia de muchos jóvenes alocados—. Con ese tipo estoy seguro que no hace ni media hora de gimnasia al día.
—Hago tres horas en casa, señor —se rebeló el joven—. Y en la oficina una y media.
—¿Apuesto a que mientes? —El sargento-monitor se había vuelto hacia él. Esta vez lo miraba de frente con ojos duros, fríos—. Vamos a ver, vete a la señal aquella y corre hacia aquí los cien metros lisos.
Sin decir palabra, pero con el alma repleta de temores, el joven se quitó el “chándal-uniforme” obligatorio para ir por la calle y echó andar en dirección a la señal. Cuando llegó a ella, dio unos saltitos tímidos, se concentró unos segundos, luego se colocó en posición de salida y, nada más oír el disparo, corrió con todas sus ganas, con toda su furia, que no era poca.
—Doce segundos —gritó el sargento sin quitar la vista del cronómetro. Luego, con parsimonia, levantó los ojos y miró fijamente al corredor—: Según el Reglamento, y dada tu edad, deberías haberlos corrido en once segundos, tres décimas como máximo.
El joven jadeaba. No podía ni hablar.
—Den… me o… tra… opor… oportunidad, por favor —logró articular al fin.
—No puede ser, muchacho —hinchó el pecho el sargento—. Te hemos demostrado que teníamos razón.
—Verá, sargento —siguió el joven con voz angustiada—, al salir de casa me paró otra pareja de su Cuerpo y he tenido que hacer los mil quinientos metros, diez minutos de pesas y una serie de ejercicios gimnásticos en barra fija. Salí bien, pero estoy cansado. Si usted me permitiera…
—¿Y cómo no tienes perforada la Tarjeta Comprobante de Forma?
—Es que cuando iba a entregársela tuvieron que salir apresuradamente tras dos sospechosos.
—Muy raro. Muy raro. —El sargento se quedó unos instantes pensativo—. Está bien, voy a darte otra oportunidad. La última. Vamos al saltómetro y a ver cómo te defiendes con la pértiga.
Marcharon los tres a la zona de saltos más cercana y, mientras el joven examinaba las pértigas cuidadosamente, la pareja levantaba el listón a una altura considerable.
—No quisiera desanimarte, pero me parece que te va a resultar difícil sobrepasar el mínimo reglamentario —el sargento se fue hacia el hablando fuerte y moviendo negativamente la cabeza, como apesadumbrado—. Ya sabes que son tres metros y medio.
El muchacho no dijo nada. Tomó fuertemente la pértiga, relajo los músculos de las piernas y comenzó a correr. Los primeros metros con desgana aparente, después fue incrementando la velocidad hasta que clavó la vara en el cajetín y el impulso pareció elevarlo hacia las nubes. Por un momento los policías creyeron que sería capaz de vencer el obstáculo y no pudieron evitar una exclamación de ánimo, pero no tardaron en comprobar que el listón lo acompañaba pesadamente en su caída sobre la gomaespuma.
—¿Te convences de una vez por todas? —gritó el sargento—. Ya has visto que a nosotros no se nos escapa una. Demasiados miramientos hemos tenido contigo.
El saltador frustrado se levantó furioso. Sus ojos eran de fuego, y en su boca se dibujaba una mueca de amargura.
—¿Por qué no han dejado para mañana la comprobación? ¡Díganme! ¿Por qué? —Se encaró con ellos—. Ya les dije que estoy cansado. Esto es anticonstitucional.
—Nada, nada —siguió el suboficial—. Tú no vives deportivamente. Se te nota a cien leguas. Estás en baja forma, muchacho, y el Reglamento es el Reglamento. Así es que ya sabes, a pasarte quince días en una Residencia de Formación Física Acelerada. Y eso si careces de antecedentes de canijo o de apático deportivo, porque como los tengas te veo en un Campo de Concentración Preolímpica.
El joven agachó la cabeza y los tres echaron a andar en silencio. Al ir a cruzar la calle, tuvieron que apartarse para dejar paso libre a dos corredores que, blancos como la cera y sudando a chorros, competían en un marathón.