País Relato - Autores

juan extremadura

los años antiguos

El viejo está sentado confortablemente en la sala de espera de un Centro de Salud y Bienestar. Hay más viejos de uno y otro sexo, pero él no los ve, no oye sus conversaciones intrascendentes. Sus oídos están cerrados para todo lo que no venga de dentro, y en su rostro sólo existen arrugas y preocupación.
—¿Es la primera vez que se rejuvenece? —Una voz cascada, poco firme, casi de campana de bronce quebrado por mil sitios, viene a sacarlo de su ensimismamiento.
—¿Me pregunta a mí?
—Sí, sí. Nunca se ha rejuvenecido, ¿no?
—No.
—Se le nota. Yo en cambio voy a comenzar el segundo período. No tiene que preocuparse, hombre. Dos inyecciones hoy, otras dos dentro de una semana, luego las radiaciones, y antes de un mes se ha quitado de encima treinta años. Aquí, donde me ve, nací en mil novecientos diez…
El viejo no quiere escucharlo. El viejo lo único que desea es poner en orden sus confusas ideas, pensar; pero el otro sigue hablando, hablando, hablando. Como si temiera quedarse mudo de repente:
—… Además, en estos tiempos, con lo poco que hay que trabajar, un hombre a los cincuenta está en la plenitud de su vida. ¡Oh, son maravillosos estos adelantos de la ciencia! Divertirse. Treinta años más para divertirse. No se preocupe, se lo digo yo. El Estado nos lo da todo hecho, nos protege, nos alienta. ¿Qué más podemos pedir?…
El viejo no le hace caso. Piensa en su niñez. En ese momento piensa en su niñez. Y se ve en su pequeño pueblo, rodeado de gentes sencillas, de caricias familiares, de amigos. Recuerda los juegos infantiles en el campo abierto a la brisa y al sol. Ve, como si de una película se tratara, su primera escuela, su primer maestro, su novia primera…
El otro sigue con su cháchara:
—… Y no es eso todo. El día menos pensado saltamos por los aires. ¡Paf! ¡Hala! O, lo que sería peor, llega la revolución de los Sin Alma. ¿Y qué iba a pasar entonces? Pues adiós el amor, las mujeres. Tú nacerás para trabajar en esto, tú para esto otro, tú para aquello. Por cierto, no me explico yo por qué se le ocurriría a alguien crear seres humanos en laboratorios. Buena la armaron, porque…
El viejo continúa sin oírlo. Se remueve inquieto en su sillón porque los recuerdos le entran a borbotones por la ventana de la nostalgia, trayéndole olores perdidos, vivencias olvidadas, palabras que se llevó el viento. Y la libertad de subir a los árboles, de bajar a los ríos, de cazar pájaros hermosos, de visitar ciudades tranquilas, de correr, de saltar, de gritar, de reír, de llorar…
Y el otro parece que no va a terminar nunca de hablar:
—… y claro, buena parte de culpa la tenemos nosotros, la sociedad en que vivimos. A veces, se para uno a pensar, ¿y qué ocurre? Pues, que, al fin y al cabo, ahora también está todo planificado, programado. Hasta los niños tienen que divertirse según ordenen los Gobiernos, los especialistas del ocio. Eso atenta contra la libertad, ¿no cree usted?… Ejem, bueno, no quisiera decir tanto, pero recuerdo que, en mi primera juventud, hace ahora un siglo…
El viejo es sordo. Y ciego. Y mudo. Tiene la nariz decorada de bosques y en su boca se adivina una sonrisa condescendiente, quizá a causa de una travesura lejana.
De pronto se oye una voz metálica, estereofónica, que ordena fríamente:
—¡A ver, el siguiente!
El viejo se levanta como si regresara de un país de leyenda. Mira a todos los demás. Duda. Luego da media vuelta, y, sin despedirse, se dirige a la puerta de salida con paso corto, pero decidido. Y, pese a parecerle que viene de otro mundo, todavía oye la voz del parlanchín que, casi sin resuello, comenta con los demás:
—Creo que el miedo le hace cometer una tontería. Como no lo piense mejor y deje pasar los ochenta años, se convertirá en un Desviado y lo obligaran a vivir en el campo; entre árboles y lluvia, entre montañas horrendas y valles sin ruido, como si se tratara de un animal, como en los años antiguos.