PAIS RELATO

Libros de jossy loes

Autores

jossy loes

una cita en el cine

Me preparaba para ir al cine con los nervios a flor de piel. Era la primera vez que salía con Alberto desde nuestro último encuentro. Astutamente, convenció a nuestros amigos después de aclarar un malentendido que se alargó todo el verano.
Siguiendo los consejos de mis amigas no le envié ningún WhatsApp para poder solucionarlo y no fue hasta finales de julio, visitando una de las playas de Fuerteventura en la que vi surfistas, cuando comprendí que debía de dar el paso. Después de muchos mensajes tuve la sensación de que volvía al punto donde lo habíamos dejado.
Pero pasaron un par de semanas más sin saber nada de él, hasta que mi amiga Ana me escribió un mensaje con caritas de asombro y felicidad. Sin saber a qué venía, le pregunté si había bebido otra bebida energética. Me ignoró deliberadamente dejándome con la incertidumbre durante un buen rato, hasta que volvió a escribir.
—Tengo la orden de obligarte a ir al cine sí o sí y ¿adivina de dónde proviene?
Acto seguido puso un icono del diablillo. Estudiaba, ya que iba a recuperar una materia para entrar al último año de bachillerato y, para qué negarlo, me caí de la silla, por lo que no volví a concentrarme y mi examen al día siguiente lo aprobé por los pelos. Desde entonces, mis nervios se mantuvieron a flor de piel.
Cuando llegó el día, estaba a punto de un ataque de histeria, pensando qué podía usar para llamar su atención, y nada me convencía. Los shorts cortos los usaba casi a diario, la falda no terminaba de convencerme y un vestido era muy formal… Estaba tan indecisa que cerré los ojos y con mi mano escogí lo primero que toqué.
Un mono corto veraniego que combiné con unas sandalias de color nude. Me peiné y maquillé lo más natural posible, giré la cara de un lado al otro soltando un largo suspiro y salí a casa de Ana para ir juntas al centro comercial cercano a la playa de las Canteras.
Cuando hacía buen tiempo, dábamos un largo paseo por la avenida de Las Canteras viendo jugar en la arena algunos niños, otros tomar el sol y, a la vez, gente en las terrazas aprovechando para reunirse y disfrutar. En el camino me encontré con mi hermano, que hacía Skate cerca del parque Santa Catalina, me miró y señaló con burla.
—¿Y dónde es el belingo? Me da que vas a ligar.
Odiaba cuando soltaba esas chorradas delante de otros, el muy capullo me dejaba en evidencia, por lo que decidí pasar de él. No sería el blanco de sus bromas, el problema era que todos me conocían y comenzaron a tomarme el pelo.
—¡Xio!, si el zampabollos no da el paso, estoy para servirte —dijo Rayco con las cejas levantadas.
—¡Idiota! —gritó Ana—. ¡Ya la liaste una vez! —advirtió.
Rayco levantó el dedo corazón y ella le devolvió el gesto, me tapé la cara negando con la cabeza. Llevaba dos días pensando que todo iba a salirme mal para aguantar en esos instantes a Rayco y sus tonterías. Ana, de reojo, me observó y trató de tranquilizarme, conocía mis dudas y mis miedos.
—No le hagas caso a ese cantamañanas, piensa en positivo— me dijo, pero, al ver su cara, presentí que ni ella estaba segura de sus palabras—. Estás bien, ¡ni caso! De todas maneras, no tienes que preocuparte, ya lo habéis aclarado.
No quise responderle, estaba inquieta, ya que, según el horóscopo del periódico, en asuntos amorosos todo no iba a salir como quería. Sí, sabía que eso de aferrarme a un anónimo y sus improbables predicciones era una señal clara de desespero, pero en mi corta vida estaba en esa etapa donde creía en todo lo que podían decir astrólogos y adivinas, como la que solía salir en las madrugadas en algunos canales de televisión.
Al llegar al centro comercial estaba tan nerviosa que mis manos sudaban. Era la primera vez que sucedía e, inconscientemente, sequé una en mi ropa dejando una mancha bastante notable. No podía ser cierto lo que veía, me sentí como en una de esas escenas donde acababa de dejar las pruebas de algún delito cometido.
A punto de que me diera un yuyu, recurrí a Ana para que me auxiliara con algún pañuelo o, en todo caso, alguna solución rápida a mi gran problema y, en vez de ayudarme y consolarme, se echó a reír del despojo de persona en que me había convertido.
Por qué no decirlo, era un manojo de nervios andante.
—A ver, Xio… —dijo aguantándose la risa—. Te creía más valiente, hablamos de Alberto, no de Mario Casas.
Cogí aire y la miré de mala manera, era consciente de que no era Mario Casas, o tal vez no era para ella, pero para mí sí. Caminábamos tratando de secar esa horrible mancha del mono y, a lo lejos, lo vi, logrando que se me acelerara el corazón. Si antes estaba nerviosa, ahora podía ir a una competición de Récords Guinness sobre quién tendría mayores pulsaciones por segundo. Tal vez no ganara, pero estaría entre las cinco primeras, y es que mis nervios no estaban pasando desapercibidos.
Alberto esperaba tranquilo a las afueras del cine. Iba con un vaquero sencillo, una camiseta de surfista y se había cortado el pelo. «¡Oh, sí! Estaba guapo». Tan guapo que me detuve apoyándome en la pared porque sentí que las piernas me flaqueaban.
Estaba exagerando, lo sé, como también sé que cualquiera que escuchara mis pensamientos estaba a punto de colgarme el cartel de: «¡Chacha boba!». A decir verdad, era la primera vez que me tomaba en serio una salida como esta.
Salía con mis amigos con frecuencia, sabía quiénes iban y a dónde iríamos luego, casi siempre terminábamos comiendo en una de las hamburgueserías de la zona y luego nos sentábamos en los bancos de la avenida para charlar y reír acompañados del aire fresco de la noche que nos cobijaba, atrayéndonos a que nos acercáramos al mar.
Casi siempre lo hacíamos. En cambio, esta vez no estaba segura de nada.
Desde donde estaba me saludó con la mano con cierto disimulo. Sentí cierta desilusión, luego deseé darme varias cachetadas mentales por dejarme llevar por los nervios. Era obvio que no correría deslizándose por el piso para detenerse metros antes y sacar de la chistera una rosa, eso era de películas y vivíamos la vida real.
Debía ser honesta conmigo misma, así como también debía agradecer a mi tía Fayna, gracias a ella ese día estaba allí. En junio se fracturó la pierna y me tocó quedarme un mes en su casa. Era soltera, no quería volver a casa de mi abuela como comenzaba el verano y la persona que estaba desocupada del todo era yo.
Los dos días que estuvo ingresada me lanzaron toda clase de indirectas, así como también trataron de comprarme para que cediera, por lo que finalmente acepté con la condición de poder salir a caminar y tomar el sol todos los días.
Por un momento pensé que la negociación sería sin problemas y no fue así. Antes de ese paseo, mi tía me pedía que me sentara con ella a ver telenovelas. Nunca, pero nunca, me imaginé que con lo moderna que era se viera cada una de esas novelas, y definitivamente, estuve a punto de pillar un trauma por ello. Llantos, desamores, amores imposibles y hasta cuernos.
El cuarto día estaba a punto de reventar y decidí preguntarle por qué las veía. Nunca debí hacerlo, la vida de mi tía era peor que esos teleculebrones.
La escuché con atención a pesar de que tenía un triste final, estaban llenas de pasión. Cada una me hizo reflexionar y pensar que debía evitar situaciones en las que me pudieran partir el corazón. Ahora creo que no se puede jurar «nunca haré…», ya que más rápido sucede.
Eran más de las siete de la tarde cuando decidí caminar por la orilla de La Cicer, escuchando lo último de DVicio, dejándome llevar por mi canción favorita. El mar chocaba con mis pies jugueteando con su vaivén, a la vez, los últimos rayos de sol me acariciaban el rostro con un suave calor enviándome sensaciones de bienestar y, por ende, olvidaba a veces que en la playa también había otras personas.
Cantaba en alto cerrando los ojos, conocía el recorrido desde que había aceptado acompañar a mi tía, pero ese día choqué con una tabla de surf que apareció de repente tumbándome de culo. Por supuesto, me llené de arena, agua y más arena.
Mi primera reacción no fue gritar sino salvar mi iPod y un «lo siento» escuché al mi alrededor. Su voz me dejó sin habla, la tabla cayó a un lado y me tendió la mano para ayudarme a levantar. Ambos nos quedamos mirándonos sorprendidos.
—He sentido un alga en el pelo —dijo siendo el primero en hablar—. Trataba de quitármela y no me percaté de que estaba cerca de la orilla.
De todas las personas que conocía en la isla, quien menos pensé encontrarme en ese lado de la ciudad era a él. Llevaba dos años en Las Palmas, su familia se había trasladado por motivos de trabajo de su padre, y desde que puso el pie en el instituto, se convirtió en uno de los chicos populares de la clase.
No negaría lo guapo que era, pero quería ser como el resto de las chicas, que le hacían ojitos para que se fijara en alguna de ellas, así que pasé al bando de las que lo veían como un chico más. Un bando en el que solo estábamos tres y, de esas tres, dos tenían novio. Para ser sincera, estaba sola en ese bando, juraría que alguna vez vi a una de esas chicas con novio también hacerle ojitos.
Y así fue durante un largo año, observando lo que ocurría desde el lado de la valla. Un año de muchos cambios entre nosotros, parejitas que se rompieron siendo Alberto culpable o no, grafitis con su nombre y un dibujo grotesco al lado, cartas de enamoradas anónimas... Él ignoró lo que sucedía a su alrededor para llevarse bien con todos y demostrar que ninguna de ese enorme grupo de chicas le interesaba.
Al comienzo del nuevo curso, se deshizo de esa corte de chicas que estaban detrás como si fuera el líder de una banda musical. No comprendí esa decisión y menos la que siguió a continuación, aquella que inició ciertas apuestas en el instituto de cuál de nosotras iba detrás, ya que se había desencantado de acercarse a mi grupo de amigos.
El frío de mis piernas mojadas me hizo volver al presente, a donde me encontraba, frente a él. Parpadeé varias veces pensando en alguna respuesta acertada.
—No ha sido tu culpa, yo iba con los ojos cerrados —respondí atropelladamente. Alberto sonrió y me ayudó a levantar.
—En todo caso, no es necesario llamar a los seguros ni informar del siniestro —dijo con un tono burlón. Ladeé la cabeza frunciendo el ceño y acto seguido sonreí por cómo intentaba quitarle importancia.
—Por favor —respondí con una ceja levantada—. No vuelvas a decir algo así, es un chiste malo, pero que muy malo. —Alberto rio, se frotó la nuca y me miró durante unos eternos segundos.
—Debo irme —dijo a continuación—, pero dime la verdad, ¿estás bien?
Afirmé con la cabeza enterneciéndome de que se preocupara por mi estado. Había visto la sinceridad en sus ojos, pero, lamentablemente, no me conformé con mirar su rostro, denoté su abdomen y tragué saliva.
No es que no me diese cuenta en el instituto de que estaba cachas, pero no era igual verlo con ropa normal a ver su torso desnudo y gotitas de agua cayendo en su abdomen.
«¡Me cachis!», pensé en ese instante, acababa de entender por qué tenía ese club de fans y me odié al darme cuenta de que había entrado, aunque lo peor vino segundos después. Alberto se había dado cuenta de que estaba observándolo sin disimulo. Me sentí tan avergonzada que, de alguna manera, debía contestar con rapidez o terminaría como las chicas que iban detrás de él, y lo primero que pensé fue en mi iPod y en cómo lo mantenía agarrado en mi mano.
Miré de reojo y llegué a temer que al abrirla no pudiera despegarlo de la misma, debía centrarme en alguna idea que hiciera cambiar de parecer a Alberto. Era vergonzoso decir que la culpa había sido mía, ya que prefería mil veces hacer la croqueta en la playa de arena volcánica antes que el iPod se mojase.
—Sí —dije con rapidez—. Pero creo que patentaré mi mano en cuanto la abra.
«Mierda», acababa de decir la estupidez más grande que había dicho en toda mi corta vida. Mientras recogía su tabla dobló la cabeza de lado y esas pequeñas arruguitas al lado de sus ojos fueron acompañadas de su sonrisa, que capturó mi atención y sentí que estaba a punto de derretirme.
—No tengo ni puta idea de lo que has querido decir —indicó esperando que me explicase mejor. Tenía que cambiar el tema antes de que siguiera dejándome en evidencia.
No solía actuar de esa forma, pero parecía que mi cerebro hubiese sido abducido y llegué a plantearme que la culpa era de los teleculebrones que veía mi tía, incluso de esos programas de cotilleo.
—Nada, ¡olvídalo!, no tenía ni idea de que practicabas surf.
—Ya… —respondió con un deje irónico—. Tampoco es que pases mucho tiempo con nosotros y no sé si es que te molesta mi presencia.
—¡¿Qué?! —Abrí los ojos sorprendida por su sinceridad. Reconocí al instante mi gran y enorme error.
Los primeros días cuando comenzó a acercarse, mi corazón saltaba de alegría por las ilusiones que me hice, pero conforme pasaba el tiempo, me di cuenta de que trataba a mis amigas igual, por lo que decidí volver a mi punto inicial, ver desde la valla. Ahora creo que no debía disimular muy bien.
Por regla general, cuando una chica se sentía atraída por un pibe, revoloteaba a su lado, y sin darme cuenta, cuando él se acercaba a nosotros o aparecía con uno de mis amigos, esperaba un tiempo prudencial, inventaba cualquier excusa y me piraba. Creo que mi estrategia dio otra percepción.
Tampoco es que lo ignorara, como insinuó. Solía hablar con él cuando se dirigía directamente a mí, aunque evitaba mirarle lo menos posible a la cara, me metí en la cabeza eso de que «los ojos eran el espejo del alma», y me negaba a que descubriera cuánto me gustaba.
Suspiré con profundidad, tenía razón, mi comportamiento podía crear suposiciones, por lo que sentí calor en mi rostro, arrepintiéndome y dejándome llevar por mis desvaríos.
—Perdona, si te he ofendido no tenía propósito de hacerlo.
—Tranquila —respondió de inmediato, sonrió de nuevo y me miró—. No eres como las demás y eso me gusta.
No sabía cómo actuar ante esa respuesta. Lo único que pensé era que esos minutos se habían convertido en lo mejor que me había pasado durante esos días.
—Y dime, Xio… —prosiguió—. ¿Qué haces al otro lado de la avenida? No me digas que te has perdido.
Mi sonrisa se borró en ese instante y lo miré con una ceja levantada, «¿a quién se le ocurría?». Por unos instantes pensé que hablaba con mi amigo Echedey, solía hacer esas preguntas tan ridículas y, como estaban la mayor parte del tiempo juntos, miré enseguida a los lados, buscándolo, pensando que observaba con detalle cada uno de mis movimientos y se burlaría el resto de nuestras vidas de mí.
No se lo iba a permitir, por lo que deshice esa idea de mi mente y leí entre líneas lo que quiso decir. Respiré con tranquilidad pesando que tal vez no era la única que buscaba con cierto desespero un tema para hablar.
—No, no me he perdido, sé orientarme muy bien —indiqué cruzando mis brazos con el iPod aún en la mano cerrada.
Me negaba a abrirla, tenía terror a que fuese parte de mi piel. Tampoco era tan malo, me mordí el carrillo interior de la boca para dejar de divagar en mi mente antes de que Alberto analizara mi actitud y se diera cuenta de que estaba nerviosa.
—Estaré durante un mes por aquí, mi tía vive justo ahí. —Señalé a la derecha unos edificios que estaban detrás de la avenida, sin percatarme de que era la mano donde tenía mi iPod, y vi a cámara lenta cómo caía, creí morir.
Maldije muy en alto inclinándome con rapidez para limpiarlo con esmero con mi camiseta, mientras el oleaje me pringaba todas las algas que ese día tenía la mar junto a la arena volcánica, provocando que Alberto soltara una sonora carcajada.
—¡Hostias! —exclamó carraspeando un poco—. Quizás sí tenga que llamar a un perito o policía para que levante un informe.
Lo miré con deseos de asesinarlo, comprendí que podría creer que me faltaba un tornillo, pero alguien debía entenderme.
¿Cómo les explicaba a mis padres que caminaba con los ojos cerrados por la Cicer?, tropecé con un amigo que, sin querer, me empujó y caí en el agua junto a mi iPod. ¡Ni de coña me lo iban a creer! «¡Me cachis en la mar!», exclamé para mí misma. No obstante, Alberto de nuevo me tendió la mano. No la acepté, tratando de salvar un poco mi orgullo.
—¡Vaya! —soltó con un deje burlón de nuevo, dejó la tabla de surf a un lado y se cruzó de brazos con una sonrisa picarona—. No tenía ni idea de que fueras cabezota.
—¿Por qué crees eso? —respondí mirándolo con desafío. Sonrió de lado y odié esa sonrisa perfecta, en su rostro perfecto que lograba que me derritiera.
No podía negarlo, él me afectaba de todas las maneras, aquel día que lo vi por primera vez le había dado un codazo tan fuerte a Ana que casi la dejo sin aire, y es que no era habitual ver entrar a un chico con un corte de pelo de lado de color castaño y acompañado de unos increíbles ojos marrones escondidos en unas pestañas largas que iban conjuntadas con esa sonrisa y ese cuerpo que me hizo volver a mirarlo para dar un suspiro silencioso.
—¡Así que tu tía vive ahí! —señaló con el dedo y no supe si lo hizo para tomarme el pelo o por curiosidad.
—Sí, ahí vive y creo que debería dejarte, es tarde y estoy empapada.
—¡Estamos! —dijo burlón—. Si vuelvo mañana sobre esta hora, ¿estarás por aquí?
—¿Por qué quieres saberlo? —pregunté con el corazón en un puño.
—Para asegurarme salvar primero tu iPod antes que tu vida.
—¡Qué gracioso! —espeté indignada por burlarse de mi desgracia—. Nadie me había comentado tu faceta de payasito.
—La verdad es que no lo soy, estoy experimentándolo contigo por primera vez.
No pude responder, podría jurar que a lo mejor estaba igual de nervioso que yo, al segundo lo negué en mi cabeza. Era Alberto y desde que lo conocí se mostraba un chico seguro, así que concluí que era para mantener una conversación. Cualquiera que fuese el caso, era mejor que me despidiera, no quería sacar conjeturas ni hacerme ilusiones, él era amable siempre con todos y no iba a ser la excepción.
—Creo que has buscado un público pésimo para que te dé un veredicto y, bueno, ten por seguro que me volvería a mojar y llenar de arena para salvar mi iPod si volviese a tropezar.
Él rio de nuevo, a la vez escuché cómo otro chico lo llamaba, giré y agudicé mi vista replanteándome que fuera Echedey y que hubiera visto todo lo que había pasado, pero respiré tranquila en cuanto se acercaba. Alberto se pasó la mano por el pelo e hizo un pequeño mohín seguido de una maldición, escuchando cómo le tomaban el pelo. Volvió a mirarme, suavizando sus rasgos.
—Debo irme —dijo—. No te prometo venir mañana, pero sí alguna de estas tardes.
—La playa es libre.
—Creo que los papeles de payasito se han cambiado.
Sonreímos, había sido un touché en toda regla. Se despidió con la mano e hice el mismo movimiento, enseguida caminé apresurada para contarle a Ana ese inesperado y extraño encuentro.
Dos días después, Ana se las ingenió para dormir en casa de mi tía y, por supuesto, Fayna estaba encantada en cuanto vio que eran almas gemelas. Le gustaba ver las telenovelas y hablaban de gente del mundo artístico que no tenía ni idea quiénes eran.
Miraba al reloj viendo que el minutero no avanzaba y la charla se alargó hasta bien entrada la tarde. Ana se dio cuenta de ello, se levantó diciéndole a mi tía que saldríamos un rato a ligar por ahí. La odié, ¿por qué había dicho semejante sandez?
Respiré todo el aire que pude y entré a la habitación para cambiarme coger el bikini y la toalla sin decir ninguna palabra.
—Xio, no seas boba, tu tía Fayna es joven y no ve mal que te des el lote con algún chiquillo que conozcamos.
—¡Ana! La comida te ha caído muy mal —ironicé. Mi amiga rio hasta no más poder.
—Alberto te tiene comiendo de la mano. —Alcé el dedo corazón dándole la espalda y entrando al baño. Al salir presentí que no era buena idea y tuve razón.
Lo primero que hizo fue saludar con sus dos manos a los surfistas con mucho entusiasmo y desde lejos pude visualizar cómo se miraban y reían. Me llevé la mano a la cara pensando que era un terrible error. Algunos comenzaban a acercarse a la arena y deseé pegarme un tiro, ya que no tenía ni idea de qué haría luego, me giré hacia mi amiga muy enfadada.
—Como se crean que venimos a ligar, te las verás conmigo.
—¡Eh, chiquilla! No vendrás tú, pero yo no voy a perder la oportunidad, además eres una subnormal o cegata, ¿no ves que es Alberto? —Miré de inmediato y tragué saliva, ya que era cierto.
Era como si el hijo de Poseidón saliera entre las aguas con su tabla de surf y el pelo goteando, el cual se sacudía con la otra mano y, junto al atardecer de ese día que era fantástico ya que el cielo jugaba con la degradación del naranja, parecía un protagonista de película. De nuevo miré al horizonte, y es que atardeceres así, solo podían apreciarse en la playa de las Canteras, la mayor parte del año daba ese aire místico.
Y me di cuenta de que estaba pensando muchas estupideces, la culpa la tenía Alberto por estar tan guapo. Desde lejos nos saludó y cuando llegó hasta nosotros me miró de arriba abajo.
—¿Hoy has venido preparada para otro revolcón? —Abrí los ojos sorprendida, ¿qué podía pensar Ana de esa pregunta? La respuesta la tuve enseguida con una sonora carcajada.
—A lo mejor le gusta hacer la croqueta con las olas. —La odié por seguirle el juego y hacerme quedar en ridículo—. Xio, no te amules, le pregunté si estaría hoy y me dijo que sí, por eso vine.
—O sea que se pusieron de acuerdo. —Afirmaron con la cabeza y me sentí traicionada por la que creía que era mi mejor amiga—. Entonces les dejo para que hablen, caminaré un rato por la arena hasta Playa Chica.
—Te acompaño —dijo Alberto.
Abrí la boca para tratar de decirle que no hacía falta, pero no pude, le dejó la tabla a Ana gritándole a sus amigos que estuvieran pendientes y, sin más, dio unos pasos para que lo siguiera, y lo hice sin decir absolutamente nada.
Estaba cohibida, todo había pasado tan rápido que no tuve tiempo de pensar, y ahí estaba caminando a su lado. Ese silencio me estaba matando, por lo que comencé a pensar de qué podíamos hablar y miré al mar, a las olas, a la barra y a cómo la gente disfrutaba de un baño en las aguas del Océano Atlántico.
—¿Desde cuándo surfeas?
—Desde que tengo uso de razón, mi padre lo hace y me enseñó.
—Yo es que no tengo ni idea y jamás me montaría en una tabla, soy una negada del equilibrio. —Alberto se rio a carcajadas.
—La técnica se mejora con el tiempo, nadie entra al mar con un tablón y lo hace a la primera.
—¿Así que se llama tablón? —pregunté con interés.
—Sí, hay varias tablas para distintas variantes, bordear la ola tienes que haberte caído un millón de veces, sea un Frontside o Backside, el Take off, suena a chino, pero así se le llama y cuando ya lo tengas medido y lo hagas con los ojos cerrados viene lo excitante, los tubos, reentry, floater…
Me sentía a gusto al escucharlo hablar con pasión de su hobby, me contó experiencias y anécdotas que había tenido. La tarde fue refrescando, el sonido del oleaje logró que la charla fuera más placentera, volvimos por el mismo recorrido que habíamos hecho, donde veíamos cómo el sol estaba a punto de esconderse entre la montaña de Gáldar y Guía.
Ese día veíamos la isla de Tenerife, el crepúsculo se asomaba dejando diluidos esos colores del cielo que hacían que ese momento fuera único y especial. Por unos instantes vi el horizonte y juraría que las figuras que las nubes hacían eran de corazones, no negaré que tengo una enorme imaginación y que estaba coladita por Alberto, pero tampoco podía ignorar que el atardecer en las Canteras era uno de los más hermosos que podía disfrutar.
—¿Y bien? Veo que no has traído una denuncia por intento de asesinato a un iPod —dijo con guasa.
De reojo, le otorgué una mirada furibunda y respiré con profundidad.
—Está en cuidados intensivos, ayer tuve que llevarlo al técnico. Esto me costará los ahorros que llevo meses guardando.
—¡Vaya! Lo siento. —Se detuvo, me miró frotándose la nuca—. Si quieres que te ayude en los gastos médicos... —Abrí la boca, pero vi como ocultaba una sonrisa socarrona, fruncí mi entrecejo por su tomadura de pelo y no respondí por salvar mi orgullo—. Mañana será la noche de San Juan, espero verte —señaló cambiando el tema.
—Siempre voy, es la tradición familiar —le dije con el corazón saltando de alegría al saber que quería volver a verme, sonrió y retomó el camino.
—He escuchado que habrá música en vivo —indicó mirándome de reojo—. Y en mi familia no es tradición, pero nos gusta ver los fuegos.
—También lo he escuchado —respondí— y junto a los fuegos será una noche muy guay.
—Te enviaré un WhatsApp para saber por dónde estarás —dijo cuando ya nos acercamos hacia sus amigos, y escuché a Ana reír a carcajadas.
—Estaré pendiente —respondí, y volvimos a mirar al grupo.
Los murmullos de bromas se hicieron notar, él respondió con un «que te den». Ana sonreía como si se hubiera ganado el premio gordo y sentí una terrible vergüenza, deseaba irme cuanto antes de allí.
—Debo irme, nos veremos otro día —indicó mi amiga mandando un beso a todos en general con su mano.
—¡Ana! No te olvides de enviarme un mensaje —dijo uno de los chicos.
—¡En tus sueños, chaval! —Rieron a carcajadas y nos despedimos. Cuando no podían escucharnos, Ana me dijo entre dientes.
—Dime que te metió la lengua hasta la campanilla o volveré ahí y le daré un pescozón por ser tan idiota.
—Entonces te esperaré en la heladería.
—¡Menudo cantamañanas!
—¿Qué sabes que yo no sé?
—Mis labios están sellados —dijo haciendo un gesto con su mano, rodé los ojos.
Cuando se ponía en ese plan era insoportable, por lo que decidí contarle el corto paseo y en lo que habíamos quedado. No iba a ocultar que cuando insinuó lo del beso sentí unas cosquillitas por todo mi cuerpo, pero traté por todos los medios de no hacerme ilusiones.
Al día siguiente las horas se hicieron eternas, al volver a casa traté con disimulo ir lo más guapa posible, sin que mi maravilloso hermano se diera cuenta, o de lo contrario no pararía hasta que le confesara qué estaba pasando. Mis padres arreglaron lo que solían llevar y a las ocho de la tarde tomamos rumbo a la playa de las Canteras.
Mi cabeza se llenó de imágenes románticas y miraba a todos lados nerviosa, nos acomodamos por la plaza Saulo Torón cerca del escenario. Saqué mi móvil y le escribí a Ana para saber dónde estaba, me había hecho prometer que no le escribiría hasta que ella estuviera a mi lado como apoyo.
Veinte minutos después le envié el mensaje a Alberto con Ana mirándolo por encima. El tiempo pasó y no respondió, supuse que por cualquier motivo no había podido leerlo, pero mi sorpresa fue que lo había leído, por lo que comencé a sentir una pizca de decepción, haciéndome a la idea de que a lo mejor con sus amigos se divertiría más y que debía hacer lo mismo.
Se lo dije a Ana advirtiéndole que no quería escuchar sus teorías, le escribí a mi hermano para saber dónde estaba y me acerqué. No negaré que todo ese tiempo me dije «tonta del culo» hasta que se acercó la medianoche y salimos a darnos el primer baño para luego ver los fuegos.
La noche era espléndida, la brisa del mar nos acompañaba junto a los gritos de las personas alrededor, escuché el primer pistoletazo de un volador y fijé mi mirada en el cielo, imaginando que Alberto estaba a mi lado viendo las bonitas figuras y colores que destellaban.
La voz de Rayco, el mejor amigo de mi hermano, la escuché detrás de mí, pero no quise girar. No tenía ánimos de hablar, él sí se acercó y me pasó el brazo por el hombro.
—Hola, Xio.
—¿Qué haces por aquí?, ¿no habías quedado con María?
—¿María? ¿Quién es esa? —Preferí no responder y él rio a mi mohín—. ¿Por qué estás amulada? No me digas que es por el zampabollos de Alberto. —Fruncí el entrecejo pensando por qué deducía eso.
—No estoy amulada y no sé qué tiene que ver Alberto en todo esto.
—Se te cae la baba cuando lo ves.
—¡Eres un imbécil! —le dije indignada, él volvió a reír.
—Mira cómo te pones a la defensiva y para que veas lo buen amigo que soy, lo vi hace una hora camino a Playa Chica con Elena.
—¡Sí que eres liante! —le reprochó Ana, que lo escuchó.
—Tú misma —dijo mirándola con una sonrisa de lado—. Digo la verdad.
Y sin decir nada más se alejó. Sentí rabia por haberme hecho ilusiones y quería irme.
Ver los fuegos y escuchar la música en vivo ya no me animaba. Cada año me ilusionaba ver cómo los colores de los fuegos sobresalían entre el mar y la oscuridad de la noche, el espectáculo de luces era precioso y sentada en la arena se disfrutaba mejor, y aún más cuando corríamos luego a darnos un baño en las tibias aguas del atlántico, pero esa noche todo había cambiado.
Cuando volvíamos nos tropezamos con Alberto que iba al lado de Elena. Rayco, que estaba caminando detrás, corrió a mi lado y me pasó el brazo por los hombros tomándome desprevenida. Alberto y yo nos miramos sorprendidos, pero él siguió junto a su familia, al segundo empujé a Rayco soltándole una sarta de palabrotas, siguiendo mi camino en solitario con todo tipo de ideas hirviendo en mi cabeza.
Al otro día recibí un mensaje de WhatsApp por parte de Alberto preguntándome si estaría por la Cicer, lo ignoré y volví a casa de mi tía como había prometido, decidiendo ir en la mañana a la playa y quedarme la tarde con ella aprovechando para leer un rato.
De esa forma, se me pasaron las semanas hasta que Echedey apareció en mi casa explicando lo que había pasado. Si bien era cierto que Alberto estaba con Elena, era porque sus padres eran muy amigos y habían salido todos, pero no tenía ningún interés por ella. Me sentí fatal por no haberle respondido. Le conté a mis amigas lo que me había dicho Echedey y sus conclusiones fueron que si él no había insistido entonces no tenía tanto interés y deduje que tenían razón.
Así que me fui a Fuerteventura, obligándome a olvidar, justo allí supe que había metido la gamba. Le escribí contándole todo lo que había pasado y durante esa tarde aclaramos muchas cosas, pero no quedamos en nada hasta el día que Ana me envió el mensaje para ir al cine.
Y aquí estaba, muerta de nervios mientras mi amiga me empujaba con disimulo para que fuera hasta él. No solo ella, también Echedey hacía lo propio con Alberto, que me miraba de reojo, pero en vez de buscar algún tema de conversación me quedé en silencio; era como si los ratones se hubieran comido mi lengua. Frustrada, miré a mi alrededor, el lugar tampoco es que me inspirara para sacar un tema, poco a poco se atiborraba de jóvenes y parejas que iban con sus manos entrelazadas.
—Estás muy guapa, Xio —dijo finalmente Alberto, rompiendo esa barrera que nos distanciaba mientras mi cabeza maquinaba qué decir.
—Gracias, me gusta ese corte de pelo.
Quise morir por la respuesta tan tonta que le había dado. Sonrió y volvió ese silencio entre los dos. De reojo, las parejas se daban arrumacos y reían con la conversación íntima que mantenían. Una mujer que hablaba por móvil tropezó conmigo, haciéndome dar un traspié, empeorando la situación, pero Alberto fue más ágil sujetándome de un brazo para no caer. Su cara estaba tan cerca de la mía que pude oler su fragancia agradable.
—No sé por qué cada vez que estamos juntos sucede esto, tendré que llevarte de la mano para que no ocurra —indicó guiñándome un ojo. Mi corazón saltó de alegría cuando entrelazó su mano con la mía y el deseo de sentir sus labios en los míos nació.
Muchas veces me imaginé una escena de película con cancioncillas románticas, era tonto, lo sabía de antemano, pero soñar por segundos no era malo, y mucho menos con el chico que me gustaba. Llegamos a la taquilla del cine y nuestros amigos iniciaron un debate respecto a las películas que había en cartelera, Alberto me soltó y se apartó. Dijo que daría una vuelta mientras se decidían qué peli ver. Ana me sacó de mis pensamientos para preguntarme cuál me gustaría; le dije que aceptaba la decisión de la mayoría.
Era difícil confesar que solo había ido por Alberto.
Y como una tonta enamorada, de reojo, volví a mirarlo. Aunque no sabía realmente qué era estar enamorada y cuando lo vi hablaba con la chica que vendía las roscas. Una ola de celos creció en mí, se reía y ella coqueteaba con cierto descaro, así que decidí dejar de mirar tratando de volver a la conversación de la elección de la película.
Ana, que me conocía, me dio un codazo para dejarme en evidencia.
—Al final se decidió por Sexo sin tapaduras entre tres.
—¡¿Qué?! —pregunté sorprendida, y rio a carcajadas dispuesta a seguir burlándose de mí.
Su móvil la salvó de que yo la mandara a tomar vientos, revisó el mensaje, sonrió y lo guardó. Volvió a darme otro codazo, doliéndome esta vez.
—¡Eres una animal! —exclamé a modo de protesta mientras me acariciaba en donde me había dado.
—¡Y tú tan moñas! —respondió burlándose de nuevo—. Me parece que Alberto te está llamando —prosiguió con tono burlón. Levanté la mirada con tanta rapidez que creí que me iba a fracturar el cuello y me señalé disimulando el crujir de mis cervicales, debía hacerlo para salvaguardar mi orgullo, antes que Ana se riese a carcajadas.
Con un gesto de afirmación me confirmó y, como si a mis pies les hubieran salido alas, fui hasta él.
—Le preguntaba a la amable dependienta qué podía gustarle a una chica que quisiera invitar al cine. —Ladeé mi cabeza abanicando mis pestañas—. ¿Qué te apetece: nachos o roscas? —Mi corazón volvía a saltar dentro de mí, como si hubiera ganado el número de la ONCE.
—Lo que quieras —contesté sintiéndome en una nube—. ¿Qué te apetece a ti?
Volvió a mostrar su hermosa sonrisa, se pasó la mano por el pelo y me rodeó la cintura consiguiendo que mis emociones engrandecieran. «¡Oh, sí!, ¡se están cumpliendo mis deseos!».
—Pediré el combo de nachos.
Nuestros amigos estarían murmurando y bromeando, sin embargo, después del malentendido de meses atrás me importaba poco. Tras pagar, volvimos al grupo que nos miraba con esas risitas que querían decir: «estamos pillando todo». Alberto los ignoró preguntándoles qué habían decidido.
—La Bella y la Bestia —dijeron a coro mis amigas con una caída de ojos tan fingida que hubiera jurado que era una indirecta. Comencé a preguntarme por qué demonios habían escogido una película para niños, enseguida lo olvidé cuando Alberto volvió a entrelazar su mano con la mía.
—¿Quieres? —dijo ofreciéndome nachos.
Acepté con gusto y nos adentramos en la sala, donde los olores a roscas junto a las risas del público llenaron el ambiente. Esos escasos minutos mis nervios amainaron hasta que cada uno se sentó donde le correspondía.
El cuchicheo de mis amigas era insoportable y, cuando comenzó la peli, Ana y los demás se levantaron dejándonos solos. Estaba a punto de enviar un mensaje a mí amiga para agradecerle o mandarla a la mierda.
—Esta película la vi con mi hermanita —dijo en voz baja cerca de mi oído. Giré hacia él esperando que siguiera la conversación—. Si te confieso un secreto, no te enfadarás, ¿verdad?
Tragué saliva, por mi cabeza pasaron un millón de ideas y todas, absolutamente todas, eran malas. Respiré todo el aire que pude y esperé la peor noticia.
—Soborné a Ana y a las demás para que escogieran la peli.
Abrí los ojos, ni en mis más remotos pensamientos hubiese imaginado que todos habían confabulado a mis espaldas. Alberto giró de nuevo al frente, metió un nacho en la boca y fingió que veía la película.
«¿Por qué escogió esta película?», me pregunté. Era la Bella y la Bestia, hablaba de apariencias, a solo que yo fuera la bestia y de nuevo mi cabecita maquinó y maquinó esos escasos segundos, logrando que comenzara a mosquearme con tanto misterio.
Volví a suspirar con una mueca de resignación, pero diez minutos después, cogió mi mano, se acercó a mi oído y susurró.
—Todo el verano he recordado las dos únicas tardes que pasé junto a ti. Ese rato en el que la playa, las olas y el atardecer nos acompañaban. Tu risa que combinaba en armonía con el sonido del romper de las olas y ver el reflejo del sol en tus ojos fue electrizante, fue mágico.
Me quedé sin habla, giré hacia él dándome cuenta de que lo tenía a milímetros.
—¿Hablas en serio? —le pregunté y afirmó con la cabeza en ese momento más que nunca deseé besarlo. Giró para seguir viendo la película.
Estaba sumida a una vorágine de emociones. También recordaba esos días en la playa donde desde pequeña iba para crear castillos de arena y jugar con mis fantasías escuchando el graznar de las gaviotas anunciando que pronto la noche nos abrazaría.
Tendría que darle las gracias a la naturaleza por darme la oportunidad de compartir esos momentos con Alberto.
—Mira y escucha —dijo Alberto—. Esta parte es para ti. Mi corazón latió tan rápido que creí que saldría disparado.
Fijé mis ojos en la pantalla y me tragué un gemido; era una declaración de amor, giré hacia él con los ojos abiertos y me besó. ¡Sí! Me dio mi primer beso; en un principio se apartó y vio que estaba sorprendida y, sin esperar, cogí su camiseta y volví a besarlo no tan profundo como hubiese querido. Él rio y volvió a apartarse.
—No sabía que eras tan intrépida.
¿Cómo podía tomarme esa respuesta? Lo único que pude hacer es sonreír, pero de nuevo me sorprendió dándome un beso en la mejilla.
—¿Qué tal si continuamos luego?
Sobraron las palabras para darme cuenta de que el sentimiento era mutuo y lo que había deseado se había cumplido. Miré de reojo percibiendo de nuevo el olor de su colonia y me atreví a responder.
—Espero que sea mejor —solté a modo de reto. El rio y me miró de reojo.
—Te aseguro que sí.
Sonreí ante el juego que comenzaba entre los dos, cogió otro nacho y me ofreció con una pregunta tramposa.
—¿Quieres nachos u otro beso?