un segundo basta para cambiar el corazón
16 de febrero de 1914
—Así que usted es lady Elizabeth. He de reconocer que he escuchado algunas referencias —dijo a modo de broma Gabriel Somerset, o mejor dicho el vizconde de Arlington.
—Me imagino que esas referencias son cotilleos de algún periódico —respondió con tono irónico la joven.
—En efecto, Liz, si bien me ha interesado saber si algún día aconsejaría a mi futura esposa lo que se podría llevar en esa temporada.
Elizabeth dejó a un lado su tenedor de plata y miró al vizconde con desdén.
—Debería indicarle lo siguiente: solo las personas que se han ganado mi confianza pueden llamarme de esa manera y usted no está en ese grupo selecto. Con respecto a lo de su futura esposa, he de suponer que esa dama ha tomado como medida desesperada aceptar comprometerse con usted. —Gabriel sonrió y bebió un poco de vino.
—No tenía idea hasta este momento que, para acercarse a usted, tenía que hacer algún ritual.—Volvió a sonreír y prosiguió su burla—. En realidad, no se lo había propuesto todavía, hasta este instante.
Elizabeth abrió los ojos, dejando de nuevo su tenedor en el plato sin ganas de seguir la velada. La desfachatez del hombre que estaba a su lado le había indignado.
Los rumores sobre el vizconde de Arlington no eran nada honorables y evitó durante mucho tiempo coincidir con él. La primera vez que sucedió fue en su debut y cayó en sus encantos a pesar de que nadie se había percatado de eso, ya que evitó a toda costa ser una más de las muchas jóvenes casaderas que suspiraban por él sin importar que se supiera.
El atractivo que poseía Gabriel Somerset era inigualable. Sus rasgos eran sumamente masculinos, sus ojos eran verdes como las praderas en primavera, su boca era amplia y su nariz sería el deleite para muchos escultores.
No, ella tenía otras ideas con respecto a cómo podía ser su futuro marido y por muy atractivo que fuera el vizconde, carecía de algo importante, responsabilidad, sin hablar de lo que ella valoraba en silencio, consideración hacia los demás. Por tanto, lo mejor era evitar en lo posible cualquier momento social en el cual ambos pudieran acudir, pero rechazar una cena del conde de Arlington era un desaire en toda regla y ahí estaba, sentada al lado del hombre que le hacía sudar las manos y palpitar su corazón.
—No sé si sorprenderme con su honestidad —respondió al final de un minuto—. Lo que sí puedo aclarar, es que ese compromiso dudo que llegue a los términos que usted desea.
Bebió un poco de vino para calmar sus nervios y esperó pacientemente la respuesta del atrevido vizconde.
—Milady, no puede asegurar lo que le depara el destino.
De nuevo Elizabeth giró hacia él y, esta vez, Gabriel le otorgó un guiño de ojo, dejando a muchos de los que estaban a su alrededor sin comprender lo que había ocurrido entre ambos.
Dos meses después.
Las siguientes cenas, bailes o funciones de teatro, evitó encontrarse de frente con Gabriel. Cuando sucedía, él lograba en segundos que sus miradas se encontraran, segundos en los que ella anhelaba un beso por parte de él y que jamás confesaría ni al rey Jorge V.
A mediados de mayo la tensión en Europa era evidente, pero en Inglaterra se acercaba el final de la temporada y lord Kendall, tío de Elizabeth, invitó a un grupo selecto para pasar un fin de semana en su casa de campo.
Nuevamente, Gabriel y Elizabeth se encontraron y ella lo ignoró con desdén, más no pudo evitar escuchar cierta conversación del último artículo que le había dedicado el Daily Mail a Lady Elizabeth sobre su elegancia y su inteligencia, pero el vizconde, por su parte, iba leyendo el artículo con cierto humor negro.
Ser el objeto de burla la llenó de rabia y su preocupación se hizo evidente, muchos caballeros llegarían a pensar que no era adecuada gracias a la etiqueta que le fue impuesta desde su debut. Nunca deseó tener ese tipo de atenciones y mucho menos que el hombre por el que sentía interés la decepcionara logrando afirmar los rumores que corrían sobre él en las tardes del té.
Después de cenar, Elizabeth se sumergió en una conversación sobre las tensiones entre imperios y territorios, y Gabriel no dudó en intervenir dada la pasión con que se desenvolvía la dama.
—Estoy seguro de que en un futuro nuestras sociedades cambiarán —afirmó Gabriel. Lord Darrowby alzó una ceja un poco escandalizado ante las ideas revolucionarias del joven vizconde.
—Para eso se necesitaría que dejasen de existir las monarquías y la nuestra es una de las más consolidadas —indicó lord Darrowby —. Sin embargo, no podría decirse del resto de Europa.
—¿Qué quiere decir? —preguntó la duquesa de Sussex y Elizabeth intervino, entendiendo a lo que se refería lord Darrowby.
—El imperio austriaco-húngaro siempre ha deseado ampliar su territorio —comenzó explicando Elizabeth—. Ni hablar del mismo deseo de Rusia con el comercio en el Mar Negro y, a eso, la ferviente necesidad que tiene Francia de tener de nuevo en su territorio Alsacia.
—¡Caramba! —expresó lord Darrowby—. Para ser tan joven me sorprende su conocimiento sobre la actualidad geográfica de Europa. —Gabriel no pudo reprimirse.
—Quiere decir, milady —señaló Gabriel buscando la atención de Elizabeth—. Que usted cree que esos tipos de deseos territoriales puedan recrear, en los peores casos, una guerra.
—Exacto —afirmó sin dudar. Gabriel rio ante lo que creyó que fuera improbable.
—Creo que ha leído muchas novelas, he de recordar que la guerra Rusia-japonesa fue un desgaste para los rusos, al igual que la guerra de Bóers ha sido suficiente para nuestros hombres. Hoy por hoy, con el avance del liberalismo se afianza el desarrollo de un movimiento obrero que beneficiaría a Europa al completo.
—Estoy en desacuerdo milord —indicó Elizabeth—. Lord Darrowby cree que se mantendrá la monarquía y no lo pongo en duda, pero las tensiones son evidentes en algunos países y se pone de manifiesto que nuestro Imperio es el que tiene mayor territorio, y eso puede acarrear que otros deseen lo mismo. ¿No cree que el repartirse el mundo es un juego que la clase obrera no quiere?
—No milady. —Con cierta burla se refirió Gabriel. Elizabeth, al ver en sus ojos la diversión, supuso que para él solo era un tema sin importancia—. Está totalmente equivocada. Reino Unido no entrará en ningún conflicto ni con el Imperio austriaco ni con el Imperio alemán, el coste de las colonias cada vez es más alto para las arcas públicas y llegar a una guerra por más territorio y colonias es absurdo con los avances que tenemos en el desarrollo industrial.
—Y usted no desea perder parte de su patrimonio ¿me equivoco?
—Esa respuesta me gustaría dársela en otro momento o tal vez en otro lugar.
La cara de Elizabeth cogió un ligero rubor por lo desvergonzado que había sido Gabriel. Debía responder y no dejar que se diera cuenta de cómo le había molestado, sobre todo cuando lord Darrowby y la duquesa de Sussex rieron.
—Entonces viviré con la duda toda la vida, puede estar seguro de que no sucederá. Con su permiso.
Elizabeth se despidió y se alejó, odiando a Gabriel por cómo había cambiado el rumbo de la conversación.
Cuatro años después
—¡Maldición! —gritó Gabriel —. ¡Malditos Boches! ¡Y malditos campos minados!
La Gran Guerra, la cual una vez aseguró que no habría, dejaba a su paso desolación. Llevaba desde los inicios combatiendo contra el frente alemán y con todo lo que había visto podía llenar libros de terror.
Desde un principio se negó a esa confrontación, pero tuvo que ir al frente para defender a su país. Le hubiera gustado retroceder cuatro años y seguir discutiendo lo que una hermosa dama defendía con pasión. Hubiera aceptado que tenía razón, dado que esa noche había escuchado, en boca de su propio padre, la gran tensión que existía en ambos Imperios.
El deseo de mantener el interés de esa hermosa mujer hizo que ignorara lo que realmente sucedía. De su pelotón, apenas quedaban hombres que se hubieran alistado desde los inicios y los nuevos reclutas eran más jóvenes e inexpertos.
Esa noche era oscura y el desgaste de las tropas se hacía evidente a través de las enfermedades producto de los malos hábitos de higiene y desnutrición que estaban al orden del día. Si bien él pudo estar en un lugar seco y nada peligroso como muchos de su condición, apremiaba estar a la par de los que estaban bajo su mando logrando que ese igual a igual lo llevara a estar en un hospital de campaña por primera vez.
El entierro de un alambre de espino en su pie le había creado una infección semanas antes y, a decir verdad, eso le salvó al darse cuenta de que estaba en un campo minado; esa herida le estaba creando muchos problemas al caminar y la orden de su superior inmediato debía cumplirla, a pesar de no querer dejar a su tropa.
Durante las tres horas de viaje se tomó el tiempo para pensar en su Inglaterra y en lo que dejó atrás, bailes, cenas, largos paseos en el Hyde Park, algún que otro coqueteo con una chica casadera junto a las grandes estancias que mantenía cuando visitaba la casa de campo familiar.
En ningún momento pensó que echaría de menos lo que muchas veces le aburrió. Una vez entrado en el campamento se llevó una sorpresa al toparse con la que menos se imaginaría que vería en el norte de Francia, lady Elizabeth.
Y los recuerdos de sus últimos encuentros vinieron a él.
El punto de vista peliagudo de Lady Elizabeth era discutido por algún que otro caballero, en especial por él, lo que logró que esa discrepancia lo alejara totalmente de ella. Volverla a ver era un aire fresco en su vida.
Hubiera apostado su título a que en ese instante estaría casada y no en un hospital en plena guerra y cerca de las batallas. Esperó pacientemente a que se acercara y cuando ella lo vio, su rostro palideció.
Elizabeth Stone o cómo debería ser llamada Lady Elizabeth, había ocultado durante meses su verdadera identidad. Gracias a su tía Geogna logró hacerse voluntaria, quería sentirse útil, cansada de soportar largas cenas y fiestas del té a media tarde.
Su madre se horrorizó el día que sugirió la posibilidad de ser voluntaria en el cuerpo de enfermería de la Cruz Roja; nerviosa se preguntaba una y otra vez de dónde había sacado esas ideas absurdas. Podría ayudar, como todas las chicas honorables, recaudando fondos, pero el ser voluntaria no estaba en sus planes para con su hija menor.
Elizabeth lo tenía claro, no se sentaría a esperar a que aquellos que decidieron quedarse pidieran su mano, cuando conocía perfectamente que saltaban de cama en cama. En vista de la negativa y la sugerencia, a cambio, de recorrer América para alejar esas ideas, terminó pidiendo ayuda a su tía, que ideó una solución.
Juntas crearon a Elizabeth Reeve, pero su tía nunca imaginó que terminaría en uno de los frentes más peligrosos de la gran guerra. Reiteradas veces le pidió que volviese y Elizabeth se negó; las ilusiones de libertad que creía que conseguiría se vieron ensombrecidas con la realidad.
El ser voluntaria del cuerpo de enfermería era una tarea ardua y fatigosa; y por orgullo se negó a volver, no quería que se dijese que era una mujer con poco aguante. Decepcionada por lo que veía a diario, sus primeros meses fueron los más duros; y desbordada ante los distintos heridos, llegó a ser presa del pánico con las continuas explosiones.
La primera vez que vio heridos de gas junto a las heridas de alambre de espino, huyó al pabellón más cercano y lloró. Las ampollas y edemas eran desagradables y muchas veces no sabía qué herida le horrorizaba más, pero encontrarse con Gabriel Somerset era lo último que se imaginó.
Para ella, Gabriel era un joven desconsiderado que tomaba como broma todo lo que pudiese tener consecuencias. Si en un principio se sentía atraída, el reencontrarse cuatro años después, le atemorizó. Sin saber qué hacer, no tuvo más remedio que fingir que no lo había visto, cosa que no le sirvió de nada.
—¡Enfermera! —gritó Gabriel llamando su atención. Elizabeth cerró los ojos y antes de que volviera a gritar, acudió a su llamada.
—Buenas tardes, capitán, el doctor Williams vendrá en cuanto pueda. —Gabriel, que la conocía, quiso seguir hiriendo su ego.
—¡Lady Elizabeth! —exclamó. De inmediato se acercó a él intentando callarlo.
—¡Por favor!, no vuelvas a llamarme así —le pidió con temor. Gabriel abrió sus ojos y un gorgoteo salió de su garganta.
Elizabeth, temerosa al ser descubierta, esperó que se tranquilizara para explicarse. Sin embargo, él se adelantó.
—¿Qué hace la joven más elegante de Londres entre sangre y mal olor? —Elizabeth suspiró resignada.
—No es un buen momento para dar explicaciones.
Revisó el historial buscando el motivo por el que había sido trasladado al hospital de campaña, recordando su sorpresa cuando supo que se había alistado para combatir al frente enemigo; esa guerra que se atrevió a negar que sucedería y, por su condición, creía que estaba en cualquier lugar menos en ese.
—Sigo sin comprender, milady.
—Por favor —rogó de nuevo—. No me llames así.
—Te hacía tomando el té y hablando de lo último que se usará, ¿y has cambiado esa vida que amabas para ver el horror de la guerra?
Elizabeth lo miró a punto de responder, pero apareció el médico.
—Es raro tener un vizconde por aquí —indicó el galeno. En el rostro de Gabriel se dibujó un pequeño mohín al darse cuenta de que el médico reconoció quién era y Elizabeth notó que tampoco le gustaba usar su título por lo que una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.
—Lo de vizconde podemos dejarlo en Inglaterra —le hizo saber Gabriel—. En todo caso, he venido obligado por el teniente coronel, ¡esta maldita infección no me deja caminar! —Apuntó mirando de reojo a Elizabeth mientras se le escapaba una risita.
Si hubieran sido otros tiempos, lady Elizabeth reflejaría horror ante la blasfemia que había soltado. A pesar de eso, no tenía ya importancia, intuía lo acostumbrada que debía estar a peores condenaciones.
—Hizo lo correcto, tiene una considerable infección y no me queda más remedio que mantenerlo al menos quince días en el hospital, tómelo como unas vacaciones. Señorita Reeves… —Gabriel alzó una ceja desconcertado por cómo se había dirigido el doctor a Elizabeth y supuso que escondía su verdad.
—Dígale a la supervisora que en cuanto tenga tiempo libre ayuden a que el capitán sea trasladado a la zona D.
—Enseguida —respondió Elizabeth sin pestañear.
Siguió las indicaciones del médico y vio la oportunidad perfecta para vengarse de Gabriel con la cura que debía hacer. Trató de causarle más dolor de lo normal.
Gabriel, que en un principio otorgó una mirada con desaire, se desconcertó al ver cómo se desenvolvía entre vendas y curas. Dudaba de si la mujer que se atrevió a menospreciarlo durante un tiempo era la que en ese momento lo ayudaba.
Una vez que Elizabeth logró su pequeña venganza, se concentró en hacer su tarea y agradeció ser llamada para un nuevo contingente de heridos y evitar que el vizconde de Arlington pensara en cómo devolverle el dolor que le había causado.
Los siguientes días, desde lejos, Gabriel veía a Elizabeth envuelta en un atuendo nada favorecedor. La última vez que coincidieron, el color del vestido que llevaba hacía resaltar su figura y su piel; la delicadeza con la que caminaba lograba que todos se detuvieran a contemplarla. Ahora, estaba con un sencillo vestido, un delantal de zapatero que algunos días dejaba de ser blanco impoluto y una cofia.
Si en ese instante dijera que la mujer, la cual mantenía fija la mirada, era hija de un lord, nadie se lo hubiera creído. Quería saber qué la había llevado a estar ahí con ese uniforme que, al final del día estaba lleno de sangre rancia; cambiaba sábanas o vaciaba bacinillas sin ninguna repugnancia.
Todo eso conllevó a Gabriel a admirarla por completo y a su mente venían las imágenes de la primera cena donde pudo tener la cercanía que ansiaba y sonrió al rechazo que obtuvo. Si bien era absurda la manera en que le propuso matrimonio, no negaría que lo deseaba hacer desde la primera vez que la vio.
Guardó para sí el secreto de Lady Elizabeth, a pesar de que la llamaba milady, de vez en cuando, ganándose una mala mirada y logrando por segundos obtener su atención, esa atención que años atrás terminaba en discrepancia. No podía negar que su belleza había aumentado, tal vez la madurez la hacía más irresistible.
Elizabeth seguía sin entender por qué la supervisora le había encargado la tarea de ayudar a Gabriel cuando tocaba hacer las camas en el pabellón donde estaba instalado. Se armaba de paciencia, como si fuera un entretenimiento para él, llamándola milady, pero a la cuarta vez que lo hizo, Elizabeth le recordó que ella le hacía las curas y al ver en sus ojos bailando la diversión, supo que solo era una manera de increparla.
Esa semana aprendieron de cada uno: Gabriel, la dedicación de ella hacia los demás; y Elizabeth, la motivación que él daba al resto de los soldados desanimados por la guerra. Por otra parte, Gabriel cambió de opinión, el poco tiempo que estuvieran juntos lo aprovecharía para recordar la vida que dejaron en Inglaterra y de esa forma se acercaría a ella.
Le pedía que se sentara y comenzaba a describir algún que otro lord que había abandonado su atractivo y la sonrisa que reflejaba al final era suficiente para darse cuenta de que le había robado su corazón.
La siguiente semana, Gabriel caminaba mejor y se sentaba a su lado encontrando un tema de conversación en el que ambos coincidieran. La primera vez, terminaron en una discusión donde Elizabeth abandonó el lugar con una reverencia inconsciente, recordándole quién era.
Sin embargo, al anochecer se acercó dándole las buenas noches. Ese tiempo que estaban juntos desconectaban de la realidad, se conocían y descubrían el interior de cada uno ante la atenta mirada de todos los que estaban en el hospital de campaña, sorprendidos por su comportamiento.
Elizabeth era consciente de que su herida sanaba muy rápido y de que en breve volvería al frente y, por primera vez, comenzó a echarle de menos. Gabriel logró mantenerla junto a él mucho más tiempo del que podía y cuando vio sus manos supuso que un tiempo atrás eran como la seda.
Ese día, Gabriel la invitó a un corto paseo dispuesto a declarar sus sentimientos.
—Lady Elizabeth, me pregunto qué hará cuando su madre vea el aspecto desastroso que lleva. —Elizabeth sonrió.
—Declarará dónde están los años de educación que recibí.—Cerró sus ojos y, por primera vez, desahogó sus frustraciones—. El año que llevo aquí me hace suponer que mi familia pronto descubrirá donde estoy o ya lo han hecho y prefieren mantenerlo en secreto.
Una lágrima recorrió sus mejillas y Gabriel la limpió con el borde de su mano. Dejarla sería para él muy difícil, levantó su mentón y la besó.
Elizabeth no lo esperaba, ni mucho menos corresponderle, era su primer beso y por el hombre que años antes suspiraba en silencio. Gabriel comenzó con un beso tímido que poco a poco, con el permiso de ella, demostró devoción.
—Elizabeth —se dirigió a ella por primera vez en un tono íntimo—. Prométeme que en cuanto parta al frente, recibiré cada semana una carta describiéndome cómo te sientes y, a cambio, te prometo que recibirás una de mi parte.
Elizabeth lo escuchó recordando esos días, esos minutos donde un sentimiento profundo se instaló en ellos. Gabriel quería que le escribiera y la tristeza la invadió, acababa de entender qué era esperar a alguien, reflejó una sonrisa y aceptó, sellando su petición con un beso en los labios de él.
La noche que partía al frente, sin importar quien estuviese, Gabriel volvió a besarla, un beso que Elizabeth sintió que llevaba promesas silenciosas y rogó a Dios que no solo se mantuvieran en la correspondencia.
Ese día pidió que lo mantuviera con vida viendo cómo se alejaba con el pelotón hacia las trincheras.
Amiens, 9 de agosto de 1918
Lady Elizabeth:
Desde la última vez que nos vimos he pensado en ti. Las cortas conversaciones que teníamos me ayudaban a conocer más a esa refinada chica que salía en las reseñas de la prensa.
Nunca quise indagar realmente cómo lograste encontrar una identificación falsa, pero me has creado una enorme expectación por saberlo. Me gustaría que me contaras cómo comenzó lo que para ti era una vía de escape. Deseo recibir esa pronta respuesta.
Con estima
Vizconde de Arlington.
Al recibir la primera carta, Elizabeth sonrió, ya que la cantidad de heridos que llegaban debido a la ofensiva de los aliados creaba temor a que nunca llegase. Las nacionalidades eran tan variadas que no sabía cuándo atendía a un australiano, un escocés o un inglés y muchas veces eran jóvenes que entraban prácticamente desangrados.
30° Hospital, Francia, 20 de agosto, 1918
Vizconde de Arlington:
He recibido su carta y en cuanto tuve tiempo libre me senté a responder. Desde que comenzó la ofensiva he pedido a Dios que pueda protegerlo, las noticias que hemos recibido nos indican que el avance ha hecho desplegar las tropas alemanas.
Los civiles son los que acarrean las consecuencias. No puedo negar que hace unos días los ruidos de los cañones me despertaron y me levanté pensando en usted. Me gustaría complacerle con su petición, pero me gustaría, aún más, poder contárselo en persona.
Esperando su pronta respuesta
Lady Elizabeth.
Gabriel recibió la carta quince días después de las primeras ofensivas. Más de ocho divisiones estaban involucradas en el avance y entre esas, estaba la suya, cuya encomienda era retomar la ciudad de Albert. Leer la carta de Elizabeth lo hacía olvidar por momentos que su vida podría tener sus días contados.
En algún lugar de Tilloy, 1 de septiembre de 1918.
Mi querida Elizabeth:
En el momento que recibí su carta me sentí en casa, negar que no deseaba saber de usted es imposible. El compromiso que he adquirido lo mantendré presente, y me complace saber que desea verme de nuevo; ahora me pregunto si puedo albergar una esperanza en un futuro.
Sé que es una pregunta inusual, pero hoy he tenido que sentarme a escribir a muchas familias para decirles que sus hijos o esposos no volverán, todos aquellos que he dejado en el camino eran mi responsabilidad y me ha hecho pensar en un posible futuro, un futuro que me gustaría que estuviera presente. Un futuro que una vez pregunté de una manera que no debía ser y si pudiera rectificar ese instante, no hubiera dejado de insistir.
Si la respuesta es afirmativa, me aferraré a ello para sobrevivir y volver a verla.
Suyo
Gabriel Somerset
Al hospital de campaña llegaban las informaciones del frente y no eran alentadoras. Elizabeth escuchaba a algunos heridos que deliraban por altas fiebres y por el dolor.
La ofensiva estaba siendo sangrienta, pero su corazón tuvo su momento de tranquilidad al recibir la carta de Gabriel.
Un Gabriel que le pedía un futuro tras una petición que llegaba en forma de una amapola a lo que no podía negarse cuando era lo que deseaba.
Llevó la flor a su pecho y se apresuró a escribir para que esa carta llegase rápido, pues esa noche volvería al frente otro pelotón.
30° Hospital, Francia, 10 de septiembre, 1918
Mi querido Gabriel:
Cuando recibí tu carta sentí alivio, anoche llegó un contingente de doscientos hombres, los cuales muchos gritaban que si existía un infierno en la tierra era aquel donde estaban combatiendo y sentí miedo, mucho miedo por ti, oré para no encontrarte entre los heridos y también oré para que siguieras con vida. Quieres una respuesta a tu pregunta, puedes tener una respuesta si puedo mantener la misma esperanza de que volverás sano y salvo.
¿Recuerdas aquella cena donde por primera vez estuvimos juntos?, recuerdo lo poco agradable que fui, nerviosa al carisma que emanabas. Me obligaba a ser distante para que nunca pudieras darte cuenta de lo que hacías en mí.
Te parecerá tonto, pero cuando me llamaste Liz me gustó y lamento que en ese momento te dijera que solo las personas que se habían ganado mi confianza podían llamarme de esa manera, ya que no quería ilusionarme, puesto que los rumores sobre ti iban y venían. Ahora, el conocer al verdadero Gabriel ha logrado que mis sentimientos revivieran y esa ilusión que una vez nació pueda seguir creciendo.
Cuídate, es lo único deseo y te quiero pedir.
Liz.
En el transcurso de septiembre el avance de los aliados daba la aparente victoria de la guerra, pero la trinchera alemana ideó una defensa estratégica, rea-cuartelándose en la Línea Hindenburg en un último intento de prolongar la guerra.
Deseo que no albergaban ni el corazón de Gabriel ni el de Elizabeth, quien, al recibir la última carta de Gabriel, supo que la había amado desde que la conoció.
El inicio de las lluvias otoñales fue un obstáculo serio para las comunicaciones, el trasporte de los suministros y el movimiento de la artillería pesada. Cada vez que llegaba la lista de bajas, Elizabeth se acercaba con el corazón en la boca y respiraba cuando no veía en ella el nombre de su querido Gabriel. A principios de octubre, tuvo respuesta a la incertidumbre que acosaba su corazón.
Sur de Cambria, 20 de septiembre de 1918
Mi querida Liz:
Los boches me han tenido bastante ocupado y creo que el otoño se ha aliado con ellos para dificultar las comunicaciones. En cuanto recibí tu carta, no pude esperar para leerla y sentir paz dentro de tanta destrucción. Recuerdo perfectamente esa cena, tus hermosos ojos me atraparon y decir que tu mirada, llena de desprecio, me detuvo para llevarte al lugar más lejano y robarte un beso, es no ser honesto con ninguno de los dos.
El día que te besé en el hospital, supe que eras la mujer con quien debía pasar en resto de mi vida. Ahora me pregunto si ese deseo es el mismo para ti. Sé que no es la mejor manera, estoy seguro de que lo haré en persona, pero mi corazón no albergaría más felicidad si la esperanza se mantiene.
Tuyo
Gabriel.
La guerra llegaba en una etapa culminante. Elizabeth no había tenido descanso, algo que agradeció. Las noticias recibidas indicaban que el avance se ralentizaba a pesar del apoyo de tanques y de los americanos.
La infantería iba mucho más lenta debido al intenso fuego de las ametralladoras, los regimientos que avanzaban hacia la línea de Beauvoir tuvieron graves contratiempos y por orden del alto mando, el vizconde de Arlington junto a su pelotón fueron enviados a ese lugar.
Elizabeth deseaba que su respuesta llegara a las manos de quien debía tenerla, pero los días pasaban, el otoño se hacía más que evidente y una oscura y fría mañana la presencia de un superior puso en evidencia a lady Elizabeth.
Su supervisora estaba sorprendida, un año llevaba sirviendo en el hospital, fingiendo alguien que no era. La invitaron a volver de inmediato a Inglaterra evitando que el escándalo no fuera a mayor.
Su padre no la reprendió, a diferencia de su madre, que dejó entrever que sería la deshonra para su familia; y cuando pisó suelo inglés, tuvo una amarga noticia. Los alemanes habían empujado a los ingleses a un repliegue y eso confundió las comunicaciones logrando algunas bajas, entre las que estaba la del vizconde de Arlington.
Elizabeth se refugió en una profunda tristeza, albergaba la esperanza de que hubiera leído su última carta, se arrepentía en silencio del desprecio que dio en público a Gabriel y rezó más que nunca por un milagro.
La primera semana se mantuvo firme, pero los siguientes avances indicaban que, en cualquier momento, Alemania se rendiría y tendría que aceptar la verdad y la única manera de poder desahogar su pena era escribiendo y enviando su carta a un destino desconocido.
Inglaterra, 20 de octubre, 1918
Gabriel:
Es mi segunda carta manteniendo la esperanza de que sigues con vida. Después de ser descubierta, mi madre me recuerda que en cuanto se sepa dónde he estado el último año, deshonraré a la familia. Mi padre, por su parte, cree que no será así, pues los tiempos han cambiado.
Está guerra ha dado un giro en la vida de todos y la aristocracia no será como antes.
Me he aferrado en pensar que estás vivo y que un día tocarás la puerta y volveré a verte. Muchas veces he querido visitar a tu madre, la condesa de Arlington, pero no encuentro el valor, no creo que pudiera soportar verla llorar.
Donde quiera que estés, te esperaré.
Liz.
Inglaterra, 25 de octubre, 1918
Mi querido Gabriel:
Esta mañana mi padre me ha informado sobre las negociaciones entre los americanos y Alemania, dando por comienzo el fin de la guerra y me pregunto si estarás al tanto. ¿Volverás a casa? ¿Volverás junto a mí y podré darte la respuesta que tanto anhelas?
A veces despierto con pesadillas que no deseo plasmar en estas líneas y para calmar el sentimiento que embarga mi corazón, releo tus cartas y me obligo a soñar con un beso que me das.
Tuya
Liz.
Inglaterra, 25 de noviembre, 1918
Gabriel:
El mundo está de fiesta, la Gran Guerra ha terminado dejando una desolación en muchos corazones, pesadillas que no podremos olvidar y perdiendo la fe en lo que nos aferrábamos.
Hace poco soñé que íbamos en tu nuevo automóvil recorriendo los prados de Wiltshire, que éramos felices y al despertar, sentí pesar.
Los días pasan y sigo sin noticias de ti. Ayer mi padre supo de nuestro encuentro en el hospital de campaña y sin dar muchas explicaciones, ha comprendido mi tristeza.
Evitó hacer preguntas y se lo agradecí. En una cena que fui invitada hicieron referencia a un poema de George Herbert que no me atrevo a plasmar.
Cuánto desearía escucharlo de ti.
Lo único que me hace saber que existieron esos días entre los dos es la amapola que una vez me enviaste. Es el recuerdo que mantengo de tu promesa, una promesa que, tal vez, fue rota por nuestro Señor.
Te echo tanto de menos, no me acostumbraré a la idea de que no estés, me niego a creer eso.
Liz.
La vuelta de las tropas triunfales era una cortina de humo a la realidad de muchas familias y daban una momentánea felicidad en otras. Pronto sería Navidad, la alegría de tener de nuevo a un padre, a un hijo o a un esposo se veía.
Elizabeth no sabía a qué grupo pertenecer. Asistía a las cenas impulsada por su madre que le recordaba que debía buscar marido y de esa forma nadie se percataría de dónde había estado, pero Elizabeth no deseaba en absoluto seguir los consejos de su madre, su corazón lo había entregado en el frente.
Una mañana, tras un largo paseo, el mayordomo le entregó una invitación de los condes de Arlington. Su corazón se desbocó, solo deseaba que fueran las noticias que esperaba.
Su madre, desconcertada, esperó en silencio alguna explicación al comportamiento de su hija, pero no obtuvo respuesta. Ese día y los siguientes fueron interminables y cuando se acercaba la noche de la cena, los nervios se apoderaron de ella.
Fue recibida de muy grata manera y sorprendida ante la actitud de los condes que, a su parecer, disimulaban muy bien el vacío de su hijo.
El conde le pidió unos minutos y ella aceptó dejando de nuevo a su madre confundida ante esa eventual confianza. Ambos caminaron hasta la biblioteca y una vez ahí, comenzó la conversación.
—Lady Elizabeth, me alegro de que haya aceptado venir, tengo el deber de entregarle lo siguiente.
Fue al escritorio y sacó un sobre.
—Tome el tiempo que quiera para leer, Lady Arlington y yo haremos todo lo posible para evitar que pregunten por su ausencia.
—Gracias milord —dijo, sin evitar que su voz denotara tristeza.
El conde dejó a Elizabeth a solas y ella comenzó a dudar en su esperanza, abrió el sobre y encontró la primera carta.
Boulogne, 23 de octubre de 1918
Lady Elizabeth:
Es un grato placer volver a saber de usted, pensaba que se había cansado de un inoportuno vizconde y comprendo que sea producto de ciertos infortunios que estuvieron retrasando me pronta llegada.
He tenido un ligero percance con una herida en mi muslo, del que afortunadamente estoy recuperándome. Cuando desperté en el hospital deseé encontrarla, pero me informaron de su pronto regreso.
He de querer decir tantas cosas y no olvido la promesa, soy un hombre de palabra. Su última carta me ha mantenido en pie, el saber que deseaba tener una vida en conjunto me da fortaleza.
El sentimiento que crece en mi corazón me indica que pronto nos veremos, ten paciencia amor mío.
Tuyo
Gabriel.
Los ojos de Elizabeth se llenaron de lágrimas y se tapó la boca evitando que escapara un gemido, Gabriel estaba vivo.
Boulogne, 2 de noviembre de 1918
Mi querida Liz:
¡Hemos ganado! Aunque no sé realmente quién ganó, lo que he vivido en estos cuatro años me hace concluir que más bien todos hemos perdido.
Desde el cuartel general han dado la orden de mantenerse activos, pronto volveré y deseo escuchar esa respuesta y sellarla con un beso que tanto anhelo.
Lamento que las cartas lleguen tardías y lamento, aún más, no terminar de sanar para que tu pesar termine.
Tuyo.
Gabriel Somerset.
Su corazón galopaba con las sensaciones a flor de piel, recordó la primera vez que pisó esa casa y en cómo Gabriel se había atrevido a coquetear con descaro logrando que perdiera su templanza, pero quince días bastaron para darse cuenta de lo verdaderamente importante.
Tocaron la puerta y Elizabeth salió de sus recuerdos.
—Milady, acaba de recibir esta carta.
Elizabeth aceptó desconcertada.
—Gracias. —El mayordomo volvió a dejarla sola y la abrió.
La amapola que encontró era recién cortada y giró para encontrarse de frente a Gabriel, se acercó de inmediato, cogió las solapas de su chaquetón y lloró.
Gabriel la abrazó durante largo rato para después susurrarle en el oído algunas prosas del poema de George Herbert.
El Amor me dio la bienvenida, sin embargo, mi alma retrocedió, culpable de polvo y pecado.
Pero el rápido ojo del Amor, observándome crecer como haragán.
Desde mi primera entrada, se acercó a mí, preguntando dulcemente si me faltaba algo.
“Un invitado,” respondí, “digno de estar aquí”; el Amor dijo, “Tú serás él.”
Yo, ¿el malo, el desagradecido? “Ah mi adorable, no puedo mirarte.”
El Amor me cogió de la mano y sonriendo respondió, “¿quién creó los ojos sino yo?”
Gabriel no terminó el poema dado la necesidad ferviente de besar a Elizabeth.
—Me debe una explicación, milady.—Entre sollozos, Elizabeth rio—. Sin embargo, mi futuro sin ti no está completo y quiero recordar mi proposición.
Gabriel hincó la rodilla en el suelo y Elizabeth puso su dedo en la boca de él y, al segundo, respondió.
—Sí.