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jossy loes

tres días necesité para enamorarme de ti

Desde los primeros meses del año, Elena se había esforzado por unas merecidas vacaciones y el lunes, al llegar a la oficina, se encontró con un memorando. Tendría que viajar a final de mes a Escocia para un curso que daba la empresa de técnicas y marketing.
«Final de mes, justo días antes de sus vacaciones». Ahora entendía por qué su jefe le había preguntado e insistido si tenía algún viaje planificado. Si lo tenía, no podía suspenderlo, en cambio, si solo estuviese en la ciudad podía aplazar unos días sus vacaciones.
Por supuesto, tras leer el memorando se acordó de todos sus antepasados, deseaba asesinar a su jefe. Había planeado estar en su casa durmiendo durante quince días, quería sus vacaciones en el sofá y en la fecha que las había pedido.
Era lunes y desde primera hora de la mañana su humor cambió de forma rotunda y así se mantuvo los siguientes días siendo observada por su amiga.
—Elena, ¿por qué esa cara? —preguntó esperando cualquier queja para decirles que se dejase de tonterías—. Quién sabe si te topas con un escocés de película. —Suspiró a lo grande—. Eso es lo que necesitas en tu vida.
—Bea —respondió aburrida Elena.
Llevaba meses parloteando que, para verano, comenzaría Outlander, una serie que trataba de unos libros que había leído hacía tiempo y que se los había prestado cuando descubrieron que tenían algo en común.
Bea soñaba despierta con un highlander cuando descubrió que harían una serie. Escucharla una vez, lo toleraba, pero estaba pasando la frontera de lo pesado y absurdo.
—No soy tan fantasiosa —advirtió—. Y no negaré que se ven tan monos, solo que voy a un curso, no de vacaciones ni a cazar escoceses con kilt, y ese curso cambia mis planes de hibernación.
—¡Qué aburrida! —chinchó Bea con una risita en sus labios—. Si me hubieran enviado a Escocia en esta época del año, estaría saltando de una pata, luego del curso reservaría algún tour para disfrutar de los hermosos parajes y si encontrara un hombretón con kilt, al estilo de las novelas, te aseguro que viviría alguna de esas aventuras.
Elena suspiró pensando que ya empezaba con lo mismo, manoteó ignorando las tonterías de su amiga y siguió trabajando. Para ella estaba claro, la historia se quedaría entre el sofá, la nevera y la tele, había decidido mantenerse en el grupo neutral, ni novios, ni amigos con derecho, ni esporádicos, ni ligues.
Hacía mucho tiempo de su última relación, que terminó siendo monótona. Se había dado cuenta de que no lo quería y ella, una persona práctica, fue honesta y tras un tormentoso final, decidió mantenerse sola por un tiempo.
No con eso renegaba del amor, al contrario, mantenía la esperanza de que algún día encontraría alguien afín y quizás terminaría en una bonita boda. Respiró profundo y siguió con su trabajo, resignada a que sus vacaciones en el sofá irían para largo.
La semana a Keith se le pasó volando, llegó a la oficina sede de las rutas turísticas que ofrecían, bastante cansado.
Al abrir la puerta entraba a su empresa que había comenzado desde cero junto a un amigo, le había costado mucho esfuerzo mantenerla, pero el dinamismo y la cercanía que mantenían con los turistas la habían convertido en una de las mejores. Desde un principio, junto a su socio, fueron los guías junto a otras dos personas más que contrataron para tener mayor acceso a varios lugares de interés turístico.
Con el paso del tiempo dio resultados óptimos, su socio decidió pasar a la parte administrativa y Keith se mantuvo como jefe de guías. Hubiera delegado esa tarea a otro, pero le apasionaba poder contar cada relato o leyenda que conocía desde niño a todos los que visitaban su país y ver cómo se maravillaban, era su recompensa.
Se acercaba el verano y era los meses con mayor afluencia, tenían varías excursiones ese mes y la más importante era la de tres días a las tierras altas con un gran grupo de ingleses perteneciente a una empresa importante.
Sin dudarlo pensó en llevar esa en particular, le divertía como buen escocés, tomarles un poco el pelo, alardeando de tener mejores paisajes. Sonrió al saber lo que estaba planificado, cerró el programa del ordenador y salió en busca de un grupo que hablase español.
A pesar de que no lo hablaba perfecto, podía decirse que lo entendía y hablaba con fluidez, gracias a las clases que tomó durante tres años para atraer personas de habla hispana. Vio a su grupo un poco disperso, carraspeó, se arregló su polo blanco, su kilt y llamó su atención.
—Buenos días, ¿alguno habla español? Me siento un poco perdido entre tantos pelirrojos que hablan un dialecto raro. —Los turistas de habla hispana se carcajearon y siguieron el juego. Keith los acercó y acto seguido se dirigió a ellos—. Bienvenidos a la ruta de castillos de leyendas, este humilde escocés será vuestro guía el día de hoy. —Los turistas sonrieron y subieron al vehículo donde se encontraba el resto.
A los pocos días de su partida, Ana recibió un correo electrónico indicando que la empresa había reservado un tour por tres días, comenzando el viernes siguiente a su llegada.
En su boca se dibujó una pequeña sonrisa, se imaginaba una morena como ella con el cabello castaño y ojos negros entre tantos rubios. «Bea, eres una bruja», pensó. Su amiga había sido la única que mencionó sobre reservar un tour y como por arte de magia, la empresa contrató uno.
«Las casualidades no existen», se dijo. Se hizo una idea de lo que necesitaba para su viaje y pensó que lo mejor era disfrutar del mismo. La vida le reservaba esa sorpresa y comenzó a ver desde otra perspectiva la situación: al final tendría unas pequeñas vacaciones.
El martes en Edimburgo, después de un día largo, salió con sus compañeros ingleses a un pub, le causaba gracia la mala fama que tenían sobre ser estirados. Lo cierto es que, los que ella tenía como compañeros, eran la excepción de la regla, sin olvidar que uno o dos le tiraban los tejos.
Recordó por unos segundos a Bea y sus fantasías y pensó que se había equivocado, no iba a ser con un escocés con kilt con el que tal vez tendría una aventura, el hombretón que ella había fantaseado terminaría siendo un inglés con armadura.
Evitó reír a las casualidades del destino y se centró en lo que sus compañeros hablaban, hasta que lo vio. Había ido a Edimburgo varias veces y no le era extraño ver a algún que otro hombre con kilt, pero él era distinto, tenía algo que no podía describirlo.
Un pequeño mechón bailaba en su cara y con un movimiento de la cabeza lo hacía a un lado, su rostro estaba cubierto con una pequeña barba de un día o tal vez dos y ni hablar de su altura, la cual era considerable. El escocés se sentó en la barra y saludo con entusiasmo a las personas de alrededor. Elena pudo fijarse en la pierna que sobresalía de su kilt. Se veía que estaba en muy buena forma. Cerró los ojos intentando deshacer la imagen y maldijo a su amiga por meterle en la cabeza esa idea estúpida.
Se concentró en su compañero todo lo que pudo mientras se decía: «Es un escocés más, Elena, un escocés más».
A Keith le había tocado una excursión larga y con niños incluidos, era las mejores excursiones que solía hacer. Tenía que esforzarse en hacerla divertida contando buenas historias para que los pequeñajos le dieran toda su atención y el resultado era la cara de ilusión que reflejaban con lo que habían escuchado y su imaginación habría creado.
Tras llegar de ella, volvió a la oficina, se cambió un poco, se puso un jersey y entró al bar de su hermano para sentarse en la barra, saludó a todos, como de costumbre, y su hermano al verlo bromeó enseguida.
—¿Qué tal fue tu día? ¿Ligaste con alguna turista? Si no fue el caso, todavía tienes opción, tenemos el pub lleno y he visto por ahí una Bonnie; deberías echar un ojo, Keith, me parece que es extranjera. —La risa seguida a ese comentario no se hizo esperar.
—¡Siempre igual, Dougal!
—Por supuesto, hermano.
Keith se echó a reír, tomó un poco de cerveza y habló con él otro rato, aunque la broma detallista de su hermano le intrigó y prefirió mirar cuando estuviera ocupado, evitando alguna broma posterior. Esperó pacientemente y cuando por fin tuvo la oportunidad, giró sin esperar ver a nadie.
Habían pasado diez minutos y la probabilidad de ver a la mujer en cuestión era escasa. Sin embargo, una cabeza castaña se dejaba notar entre tantos rubios y supo que su hermano tenía razón, era extranjera. La observó detenidamente, la vio sonreír y para él fue la sonrisa más bonita que había visto en su vida, la cual compaginaba con sus ojos oscuros.
Era normal que estuvieran todos alrededor de esa belleza exótica, bebió otro trago de su cerveza e inconscientemente volvió a fijar su mirada y esta vez, los ojos de ambos se encontraron. Ella sonrió y Keith no lo pensó, como buen escocés, se acercó para darle una cordial bienvenida.
Elena se reía con los chistes malos que contaban los ingleses y, durante dos segundos, cruzó mirada con el escocés de la barra, sonrió y luego se riñó culpando a las jarras de cerveza que había tomado. Evitó mirar de nuevo y se concentró en seguir con la conversación, cosa que fue difícil, ya que mantenía una discusión con ella misma por ser tan inconsciente, hasta que escuchó un saludo en Scott y quiso hundirse en la silla.
—Awrite. —Elena levantó levemente la cabeza y lo vio.
Si de lejos era atractivo, de cerca podía decirse que era la descripción de cualquier novela de época.
—Hola —respondió con cierta vergüenza.
—¿Está a gusto con el servicio? —Elena entrecerró sus ojos estudiando qué respuesta podía dar, obviamente no venía a preguntar eso.
—Sí —respondió—. Los escoceses siempre sois cordiales —escuchó una queja grupal de sus compañeros ingleses, lo que la hizo reír—. ¡Paz! No he dicho ninguna mentira —se justificó al grupo en tono burlón—. Vosotros mismos tenéis que reconocerlo.
Sus compañeros rieron y siguieron reprochando en broma. Por otra parte, Keith quedó prendando de la chica que sonreía con picardía y dulzura, añadiendo la destreza que tuvo al responder a las quejas en broma de sus acompañantes. Tenía que conocerla como fuese.
—Por su acento denoto que no es inglesa —afirmó Keith, tratando de asegurarse que su intuición no fallara. Su manera de expresarse y sus rasgos le daban ciertos detalles, pero debía asegurar primero que ella lo dijese.
—Soy española.
Había acertado, gracias a tantos turistas hispanos que habían reservado los tours que ellos ofrecían, lograba reconocer el acento.
—La suerte me acompaña —añadió Keith en español.
Elena abrió los ojos, tenía que pellizcarse, no era posible que hablara su idioma, eso era inusual, era como si la vida estuviera dispuesta a que se conocieran. En ese instante, un sentimiento que no podía describir nació.
—Diría, más bien que la suerte nos acompaña —respondió con sinceridad y olvidó por unos segundos su alrededor, viendo la sonrisa enigmática que curvó los labios del escocés.
No era de ir ligando con el primero que le hablara ni quedarse como una tonta babeando por un hombre por muy bueno que estuviera, pero quién se podía resistir.
Keith volvió a sonreír ante la respuesta de Elena. «Las españolas eran de armas a tomar, sin ninguna duda», se dijo.
En su trabajo había tenido la oportunidad de interactuar con muchas mujeres y ninguna era como la chica que tenía al frente, era como si fuera el lado positivo de un imán y él era el otro polo, se sentía sumamente atraído.
Los ingleses observaron al hombre que se mantenía al lado de Elena sin apartarse y, sobre todo, cómo ambos hablaban en español. La española se dio cuenta de que debía, al menos, presentarlo, fingir que se conocían, al fin y al cabo, eran compañeros y no deseaba chismes ni rumores de ella. Ideó un plan en segundos y esperaba que ese escocés lo siguiera.
—Mi amigo aquí presente, lo conocí en una de las últimas veces que estuve por Edimburgo.
Los ingleses dejaron de hablar y con una sonrisa burlona esperaron que siguiera. Elena se recriminó, creyó que podía fingir que se conocían y supo al instante que no le creerían.
—Es cierto —añadió Keith—. Hizo una de las giras que organizo y uno de mis empleados es su amigo.
Los ingleses dudaron en reír o tomar en serio la explicación. Sin embargo, su supervisor, Tom, observó cómo se miraban el uno al otro de reojo y se atrevió a ser quien aclarara las dudas.
—Elena, ¿fuiste la que sugeriste el tour?
Elena se encontró atrapada en su pequeña mentira, recordaba vagamente indicar uno que contrató con su hermana hace dos años, estaba segura de que no estaba el hombre que tenía al lado, se hubiera acordado perfectamente. No podía dejar al escocés desconocido con la mentira al aire y no le quedó más remedio que seguir.
—Sí, y ya ves, me escucharon. —Los ingleses decidieron fingir que le creían y darle una tregua. Elena sintió alivió y Keith agradeció al inglés en silencio por no seguir indagando y a la vez por darle a conocer el nombre de española.
—¿Cuándo será el vuestro? La agencia tiene varios esta semana —pregunto Keith, tentando a la suerte.
—El viernes, iremos a la isla de Skye, Fort Willians, Inverness y no recuerdo que otros lugares —respondió Elena en nombre de todos.
Keith tenía la necesidad de preguntar si sabía cuál era el nombre de la agencia y en ese instante se percató que si lo hacía toda la farsa que mantenía con la española se iría abajo y, por alguna razón, ella hizo el supuesto que se conocía.
Recapituló la información de la reserva: un grupo de ingleses de una empresa trasnacional y los que tenía al frente era un grupo de ingleses que al parecer todos trabajaban en la misma empresa, era mucha casualidad que esa hermosa chica fuera en el mismo tour que iba a dirigir.
Tenía que buscar la manera de tener unos minutos a solas y hacerle las preguntas pertinentes. Si resultaba ser como estaba pensando, la oportunidad de su vida acababa de llegar. Si esa era la mujer que el destino le cruzaba en su camino de una forma peculiar, no la iba a dejar escapar.
—¿Elena, te apetece otra cerveza?—sugirió Keith, rogando que ella aceptara.
—Sí —respondió sin dudar, por lo que se levantó para ir con él a la barra, era la manera de darle las gracias por seguir la mentira.
Keith la guio y en la barra, su hermano lo observó con una ceja levantada. Elena aprovechó el instante para agradecerle ignorando la sonrisa que comenzaba a nacer en el rostro de Dougal, pero el escocés si lo vio. Estaba seguro de que las bromas se las haría luego, a no ser que salieran de local, aunque con tanto ajetreo seguramente lo olvidaría y rogaba que fuera así.
—Te agradezco que me siguieras la pequeña mentira, aunque me da la sensación de que no se lo creyeron del todo. —Keith olvidó a su hermano y curvó una pequeña sonrisa en sus labios.
—¿Qué te hace pensar eso?
—A pesar de estar de espaldas, tengo la ligera sospecha que están mirando hacia aquí —confesó Elena.
Keith levantó un poco la cabeza y se cercioró de que tenía razón. Durante los segundos siguientes detallaron todo lo que estaba haciendo Elena, no obstante, volvieron a su mundo y olvidaron a la española, así que lo mejor era tranquilizarla.
—Creo que tus amigos te han olvidado. Estoy seguro de que si desapareces no se percatarían, incluso… —Se detuvo durante un segundo y pensó en sacarla de ahí a un lugar neutral.
Invitarla a cenar y que conociera de su mano alguna historia curiosa de la ciudad, la oportunidad era solo una y no podía sentarse a pensar si era buena idea, debía ir a por todas. Lo único que esperaba a cambio era que ella fuera ingeniosa, algo que ya estaba comprobado y aseguraba que volvería a por el bolso y su abrigo dando alguna excusa que indicara a los ingleses que regresaría al hotel.
—¿Te gustaría cenar? Conozco un buen lugar.
Elena lo observó, ese escocés tenía algo que le hacía confiar y no podía explicar por qué debía hacerlo. Curvó su boca y se giró pensando que estaba cometiendo la mayor locura de su vida, fue a la mesa donde estaba sentada, recogió su bolso y abrigo, se despidió con una breve explicación y salió del pub, esperando que el escocés con kilt hubiera entendido lo que hizo.
Keith, cruzado de brazos, vio cada movimiento de Elena, incluso su salida. Eso era un sí rotundo así que salió sin despedirse de su hermano, eso era lo mejor. Y cuando pisó la calle vio a la hermosa española esperándolo afuera.
—Ya que eres guía turístico —indicó Elena—. Me imagino que ese lugar al que me llevarás a cenar debe ser increíble, de lo contrario, entraré a una de esas páginas de críticas y hablaré mal de tu agencia turística. —Keith se carcajeó.
—Bonnie, no sabes el nombre de mi empresa. —Ambos sonrieron como cómplices de alguna broma íntima—. Te aseguro que saldrás satisfecha, pero antes debo hacer una correcta presentación, soy Keith MacKay —indicó tendiendo su mano y ella la estrechó.
—Elena Fernández. —Y con ese gesto simbólico, Keith se había ganado su plena confianza para las siguientes horas.
—Ahora que sabemos nuestros nombres, ¿qué te parece dar un paseo por la Royal Mille? ¿Te gusta la comida italiana?
Keith tenía la esperanza de que le gustase, amaba la comida escocesa, pero su segunda comida favorita, era la italiana.
—¡Me encanta! —añadió Susana—. Es una de mis preferidas.
Eso fue suficiente para que Keith sintiera que esa mujer había caído del cielo para él.
En el recorrido por la Royal Mille describió alguna que otra leyenda sobre la Edimburgo antigua que ella había escuchado anteriormente, pero de boca de Keith la llevaban a imaginarse estar en esa época, su manera de contar detalles y personajes era fascinante. Sin darse cuenta atravesaron la George IV Bridge y llegaron al restaurante que le había señalado, la amabilidad y caballerosidad del escocés la tenía cautivada.
El restaurante era acogedor y ni hablar del personal, atento y amable. Elena no pasó desapercibido la confianza que tenía Keith con los empleados, no quiso preguntar a cuántos turistas le había recomendado el sitio, pero no podía negar que estaba a gusto y que tenía razón, era un gran lugar.
Entre plato y plato fue conociendo a fondo a ese escocés que había salido de la nada, de cómo había comenzado desde cero su negocio y lo mucho que le gustaba, el sinfín de personas que había tratado y cada vez que reía, Elena se derretía por dentro.
Keith estaba hipnotizado por la española, lo miraba con atención mientras le explicaba, devorando cada palabra como si fuera la única oportunidad que tuviera para escucharla denotando en sus ojos la sinceridad del interés que sentía.
Rato después ella contó a qué se dedicaba, qué hacía en Edimburgo y de esa manera se les fueron pasando las horas. Volvieron a recorrer toda la Royal Mille. Keith pidió acompañarla al hotel y una vez en la entrada ambos se miraron, se acercaron y terminaron con un beso como si no quisieran separarse jamás.
Era lo que ninguno se hubiera atrevido a hacer con un desconocido.
Un beso que en un principio era tímido y que pasó a ser apasionado y con mayor acceso. El escocés acercó a la española apoyando su mano en la espalda para abrazarla y envolverla entre sus brazos. Elena tomó entre sus dedos el jersey, exigiendo. Estuvo a punto de arrastrarlo a su habitación y dejarse seducir, pero fue él quien se apartó.
—Nos vemos mañana, Bonnie —dijo recuperándose de ese arrebato y ella lo escuchó desconcertada.
—¿Mañana? —preguntó un tanto desconcertada.—¿Qué te hace pensar que mañana me verás? Creo recordar que el viernes me iré a Las Highland. —Keith curvó una sonrisa.
—Mañana te esperaré e iremos a otro lugar especial y el fin de semana será el mejor de tu vida. —Elena enarcó una ceja.
Por muy bueno que estuviera o como la había besado encendiendo el deseo en su cuerpo, se le habían cruzado los cables. «¿Qué se creía?», pensó. «¿Y asegura que haré el tour con su empresa? ¡Qué creído se lo tiene!».
—¿En el mismo pub? —repitió Elena con ironía y Keith afirmó con la cabeza, se acercó para despedirse con otro beso, pero ella se alejó—. No, hoy has tenido tu ración al completo. —Le dio la espalda y entró al hotel.
«Si piensa que iré, no me conoce», se dijo para sí y se fue maldiciéndolo por lo bajo por dejarla con ganas.
El impulso de cogerla por el brazo para llevarla hasta él y volver a besarla estaba ahí latiendo fuertemente, pero no quería que todo fuese precipitado, quería volverla a ver, por lo que no comprendió la actitud de la española. Sin embargo, en ese momento, se dio cuenta que había sido tan tonto que ni siquiera le había pedido el número de teléfono.
Para cuando se percató de ese gran detalle, su hermosa española ya no estaba por ningún lado.
Elena pasó la noche pensando en Keith, su sonrisa, sus ojos y su beso, se adentró a su boca exigiendo como si fuera el dueño de su cuerpo, haciendo que ella quisiera que la poseyera esa noche, pero la realidad le desinfló el deseo. Si pensaba que iría se quedaría con las ganas, no tenía pensado volver y se mantuvo firme hasta salir de la empresa sobre las siete de la tarde.
Caminó por la Royal Mille, entró a una cafetería y pidió un Caramel Machiatto para seguir su recorrido, dando un paseo y recodando las historias que su escocés particular le había contado. Rodeó todo el centro hasta llegar al castillo de Edimburgo y cuando volvió al hotel, como si la vida les hubiera citado, se encontraron de nuevo.
—¡Bonnie! —dijo en un tono alegre, como si en ese momento fuera el hombre más feliz de la tierra. Elena abrió la boca y tuvo que cerrarla de inmediato, la única respuesta que admitía era la casualidad.
Keith esperó durante una hora y supuso que no aparecería. Por la mañana había pasado por la oficina para cerciorarse que la empresa en la que trabajaba era la misma que había contratado el tour y no se había equivocado.
Supuso que estaba enfadada por no quedarse con ella la noche anterior y tras mucho pensarlo, concluyó que hubiera sido un error. En cuanto vio que no aparecería decidió ir al hotel y preguntar por ella; si algo tenía como defecto, era el no resignarse tan fácilmente.
Salió pensando qué le diría, alguna enorme excusa para que aceptara nuevamente salir con él y lo único que podía hacer era rezar para poder encontrarla. Un rezo que no le hizo esforzarse mucho cuando se toparon de nuevo. Vio el desconcierto en su cara en un principio, pero él se sentía feliz ante una nueva oportunidad y si quería ganarse a esa bella mujer, tendría que llegar al corazón.
—Creo que no me debería resistir al destino —dijo finalmente Elena un poco avergonzada ante lo que pasaba.
A decir verdad, no estaba preparada para decirle que estaba considerando la idea de volver al pub, pero cuando Keith se acercó, olvidó todo lo que había pensado y, sin decir nada más, volvió a besarla; esta vez un beso tierno y conciliador.
Elena bajó todas las defensas ante ese hombretón cuando vio los hoyuelos que se le hacían al sonreír. Keith, por su parte, no quería separarse de ella viendo en ese hermoso rostro una mirada que lo enterneció, sujetó ambas manos y dio un beso sutil en sus nudillos y fijó sus ojos en los de ella.
Quería pasar el resto de su vida al lado de esa hermosa mujer y debía comenzar desde ese mismo día. Tal vez con algo diferente, y la idea vino enseguida a su mente.
—¿Conoces la ruta fantasmal?
—No.
—No me importaría volver a ser tu guía —indicó guiñándole el ojo.
Elena no dijo nada, ya que nuevamente Keith robaba toda su atención. Las historias de asesinos y homicidios eran muy descriptivas, de vez en cuando ella ponía cara de asco y él reía, ya que solo tenerla a su lado era lo mejor que pudo haberle pasado en el día.
Volvieron al punto de partida, el hotel, y está vez ambos querían ir más allá, pero se contuvieron prometiéndose verse al siguiente día, sus corazones les pedían que sintieran cada momento como único. Keith supo exactamente que Elena no había llegado por casualidad, y tener sexo casual con ella horas después de haberla conocido no cabía entre lo que estaban viviendo. Tenía la seguridad que la vería al siguiente día y sería paciente, cada minuto se daba cuenta de que la vida era maravillosa.
Esa noche, de nuevo, Elena pensó una y otra vez cómo Keith la estrechó entre sus brazos y el impulso de llamarlo con cualquier excusa crecía. Llegó a pensar que se estaba volviendo loca, las ganas de sentir su cuerpo rozando el suyo se mantenían y nunca había tenido esa necesidad ante un extraño, concluyó que siempre había una vez para todo y, al parecer, era la suya.
Suspiró y por todos los medios deshizo esas ideas, culpando a su amiga Bea por meterle tantas fantasías sobre las novelas que leía.
—¡Bea! —dijo en alto—. Tienes boca de sapo.
El día siguiente para la joven fue improductivo gracias al escocés que robó su sueño. Por la mañana deseaba que fuera la tarde, dudó en ir y luego pensó que no solo iba a ir, sino que lo provocaría, un mero castigo a las dos noches que había estado soñando estar en sus brazos sin nada de por medio.
Sin pensarlo, se despidió de sus compañeros y tomó un taxi para ir al Jenners, allí compró un vestido ajustado de color rojo junto a unas medias largas. Volvió al hotel, se duchó, se vistió, se arregló un poco el pelo y se maquilló creyendo que estaba preparada para una noche que su intuición le decía que cambiaría su vida.
Era el día de descanso de Keith y había partido de Champions. Como era normal, la mayoría de los pubs estarían llenos. Decidió ayudar a Dougal, para quitarse de la cabeza a Elena, que había estado en sus pensamientos todo el día. La casualidad cada vez se hacía más interesante, en su mente se dibujaban una y otra vez sus labios y su manera de responder lo tenía ansioso. Si se hubiera quedado unos minutos más la noche anterior, la hubiera complacido. Aunque no descartaría dejarse llevar las horas próximas.
Poco a poco se llenó el pub y eso lo mantuvo ocupado, su hermano con un gesto le dijo que mirara hacia la puerta y su boca llegó al suelo, su mirada se encendió y, a medida que se acercaba, tuvo deseos de sacarla del lugar para poder disfrutar solamente él de esa hermosa mujer.
Elena vio como los ojos de Keith se oscurecieron, mostrando el deseo que sentía y la hizo sentirse irresistible. Carraspeó en cuanto estuvo cerca de él.
—Buenas tardes, Bonnie, estás… No sé cómo describirlo. —Ella curvó la comisura de sus labios para sorprenderse al beso inocente otorgado por el escocés—. Te presentaré a unos amigos. —Sin dejarla reaccionar, la llevó hasta sus conocidos.
La fama de los escoceses de ser amable y simpática les daba la razón. En un principio dudó si era por cómo Keith se aferraba a su cintura, indicando que la trataran como una más de la familia, pero comprobó que no.
Trató de seguir la conversación, aunque el Scott no lo entendía y muchas veces se perdía, minutos después los dejaron solos y él puso su atención en ella.
—Quiero llevarte a un lugar donde no sé si puedas estar cómoda. —Elena lo miró de reojo.
—No irás a montarme en una vaca. —Keith rio—. No, pero… —Pidió que se levantara y la observó como si estuviera a punto de devorarla—. Me arriesgaré, lo que no sé es si te arriesgarías.
La española unió su entrecejo y pensó que se estaba burlando ante esa proposición, la mirada del escocés le invitaba a hacerlo y, finalmente, aceptó. Keith tomó su mano y esta vez la entrelazó para salir a lo que le concedería el destino esa noche.
Lo que Elena no pensó es que iba a terminar en una tienda de souvenir.
—No importa que no combinen, seguirás viéndote hermosa —dijo con dulzura Keith.
—No me pondré esas babuchas horribles —protestó una y otra vez Elena.
—Si te las pondrás, son solo unos diez minutos como mucho.
Elena dudó y dudó, se negaba a ponerse esos zapatos horribles, pero el escocés nuevamente usó su sex-appeal y con eso la derritió. «¿Qué estaba haciendo?», pensó seriamente. Estaba complaciéndolo en todo y ella no solía tener esa actitud.
—¿Puedo tener una pista de hacia dónde vamos? —preguntó llena de curiosidad, para hacerse una idea de qué tramaba. Él negó con la cabeza, sabía que tenía dos respuestas: decirle no e irse o vivir ese hermoso sueño hecho realidad.
Volvió a verlo y se dejó llevar, lo máximo que podía pasar era que la lanzase por el río Leith. Al minuto de aceptar se enzarzaron en una disputa de quién pagaba las zapatillas. Keith fue contundente y pidió pagar, le quitó los zapatos de una forma que despertó de nuevo el deseo, acarició su pantorrilla y pies sutilmente e hizo el mismo movimiento al ponerle las zapatillas mientras Elena lo miraba expectante.
Keith respondió con una diminuta sonrisa, logrando que la española comenzara a recordar a sus antepasados. Salieron de la tienda con la bolsa en la mano y siguieron caminando durante largo rato, como si fueran una pareja de enamorados dentro de la vieja ciudad hasta llegar al inicio de las ruinas.
—Quería que vieras la puesta de sol desde Calton Hill.
Elena las conocía. Desde ahí se veía toda la ciudad y las montañas a lo lejos. La primera vez que las había pisado, comprobó que las vistas eran impresionantes, pero nunca se le había ocurrido ver una puesta de sol. Keith cogió su mano con firmeza y subieron.
El tiempo que estuvieron ahí le hizo comprender lo maravilloso de la naturaleza. Los contrastes de un sol de verano que jugaba con las nubes mostrando una mezcla de colores únicos que le daba ese toque romántico que alguna remota vez suspiró en tener.
Se desataron los arrumacos y besos mientras el sol se ocultaba. Elena estaba embobada con los gestos cariñosos que le otorgaba ese hombretón, dejándose querer, rato después se sentaron en el césped frente al monumento nacional, ella se reía por su atuendo, ya que había tenido razón, su noche había sido distinta a como la había pensado.
Se imaginaba en algún otro lugar donde Keith, que le abrazaba en ese instante, pudiera deleitarse y era todo lo contrario, estaba en una colina, sentada de lado con un guapo escocés, contándole historias al oído y a la vez dejándole diminutos besos en el cuello.
Finalmente llegaron al hotel entre besos y abrazos y a duras penas cerraron la puerta de la habitación dejando que el deseo los desbordara en la moqueta de esta. Keith subió su mano por el muslo de Elena robándole unos cuantos gemidos, bajó las medias y quitó el vestido para por fin poder saborear y deleitarse con el cuerpo de esa mujer que lo había atrapado.
Elena solo pudo quitar la camiseta a Keith, pues era un derroche de pasión que no la dejaba pensar ante cada beso, lamido o soplido. Al quitársela confirmaba lo fuerte que estaba. El escocés serpenteó sobre el cuerpo de ella hasta llegar a sus pechos que sujetó con su gran mano y metió uno de los pezones en la boca, mordiéndolo y lamiéndolo, mientras con la otra mano bajó hasta su sexo.
Elena estaba mojada y eso lo llevó a juguetear con su clítoris para obligarla a llevarla al límite, la escuchó nombrarlo de manera inentendible y sonrió consciente de que deseaba que la follara. Cuando por fin logró deshacerse del vaquero para no seguir perdiendo el tiempo, se miraron con el mayor de los deseos, desesperado por sentir uno y el otro.
Keith buscó un preservativo, apartó las piernas y entró con una embestida sin delicadeza que la llenó al completo. Cada empuje era con fuerza, hasta que cambiaron de posición. Elena estaba encima de él y de esa manera ambos se miraron. Él sujetó con fuerza las caderas para llegar con mayor profundidad hasta que se dejó llevar por el orgasmo impulsivo que tuvo.
La noche se hizo corta. Keith debía irse a casa muy a su pesar y recoger sus cosas para el tour. Quedaron en verse a la hora pautada despidiéndose se despidieron con un beso.
Elena sentía que estaba viviendo una historia de novela. Se duchó pensando en Keith, en sus brazos, su espalda ancha y la manera como follaron. Sonrió como una tonta y salió para vestirse.
Keith se apresuró a terminar su mochila, era difícil de creer lo que estaba viviendo. La joven se entregaba con pasión y le excitaba solo recordarlo. «¿Cómo iba a soportar el día sin poder besarla?», se preguntó. Ya se la ingeniaría para buscar cualquier rincón y llevarla al cielo, literalmente. Soltó aire y se dio una ducha rápida, pensando en algún recoveco solitario en los lugares que visitarían.
A las ocho en punto, Elena se encontraba junto a sus compañeros a la espera de su guía turístico particular. En un principio estaba emocionada por verlo y, segundos después, los nervios se apoderaron de ella. «¿Cómo actuaría delante de sus compañeros?». Cerró los ojos y la mejor decisión fue seguir los latidos de su corazón.
Keith era el primer hombre que hacía que latiera rápido y se sintiera sumamente feliz como nunca se hubiera sentido.
Al escocés se le hizo un poco tarde y llegó a su oficina deprisa, firmó varios papeles y salió algo nervioso hacia el autobús que contrataban para rutas largas. Habló con el conductor dando indicaciones y recordando la música que iría escuchando en el camino, bajó para dar la bienvenida y sin importar qué dijeran, tomó del brazo a su chica y le dio un beso largo.
Los silbidos comenzaron, haciendo que la española se sonrojara, ya que el arrebato que acababa de tener la había cogido desprevenida.
Había jurado que sería discreto y de vez en cuando se acercaría, pero fue todo lo contrario. Quiso reír. Como siempre, el cromosoma cromañón aparecía para marcar territorio, como si aclarara que ella ahora le pertenecía.
Esperaba que fueran ideas absurdas que se le cruzaban por su mente ante el impulso de su chico. «¡Su chico!», repitió en su mente. En el fondo de su corazón y con lo que había vivido la noche anterior sentía que era así.
Cuando Keith se separó para comenzar el viaje pudo observarlo con gusto, llevaba una camiseta polo blanco con el emblema de su empresa, el kilt acompañado de unas medias de lana, los zapatos de cuero y los cordones anudados por encima de los tobillos sin olvidar su Sporran.
A Elena le dio morbo, era como si alguna fantasía sexual que tuvo algún tiempo atrás se hiciera realidad. Se imaginó tener unos minutos para un rapidito sin problema alguno y no pudo ocultar su sonrisa llegando a sentir ardor en su cara, causándole vergüenza por tener ese tipo de pensamientos en medio de la calle.
Gracias a Tom dejó a un lado sus pensamientos, otorgándole toda su atención.
—Así que era solo un conocido.
—Las cosas cambian muy rápido, Tom —respondió con vergüenza.
—La vida se nos va en tonterías —meditó en alto su supervisor—. Desaprovechamos los buenos momentos. —Le guiñó el ojo y la joven sonrió afirmando que estaba de acuerdo con esa pequeña reflexión.
Keith pidió la atención de todos y explicó cómo sería el itinerario del primer día, subieron al autobús y allí la española vio su nombre escrito en un papel ubicado en la parte delante del mismo. Un pequeño detalle que terminó siendo objeto de bromas por parte de sus compañeros, solo pudo sonreír, a pesar de que su corazón saltaba de alegría con ese gesto de su escocés favorito.
Pasaron por Callander y su valle boscoso junto a sus hermosos lagos, Keith contó la historia de Rob MacGregor y la batalla que hubo en la zona entre jacobinos escoceses e ingleses. En ese instante comenzaron con una pequeña discusión en broma con los compañeros de Elena. Siguieron su camino por el hermoso valle de Glen Coe y rememoró la masacre de los McDonald. Cómo una carta tardía mató a todo un clan.
Elena, fascinada por la belleza del paisaje y por lo que contaba su guía turístico particular, estaba feliz. Ese chico de pelo castaño rojizo y con esa barba de días estaba ocupando su corazón llenándolo de ilusión, dándole cabida a esa pequeña esperanza que un día tuvo.
Recordó a Bea y lo mucho que se enfadaría por no contarle lo que estaba viviendo, pero hasta ese momento no se creía romántica ni soñaba que algún día viviera una hermosa historia y ahora su corazón comenzaba a suspirar por un hombre que apenas conocía, un hombre que le susurraba al oído historias fascinantes, que besaba y amaba con una pasión indescriptible.
Siguieron su camino y almorzaron en Fort William, comida que fue divertida gracias a las bromas del escocés, quien se las ingenió para hacer una competición de quién comía rápido un plato de Haggis con puré de patatas. Keith se carcajeó al ver la cara del inglés cuando vio el gran plato y Elena comió lo que Keith la dejó, era la única forma de tener unos minutos para ellos e ir por las calles abrazados y robarle algún que otro beso cuando ella menos se lo esperara.
Siguieron al hermoso castillo Eliean Donan, en ese lugar la secuestró durante una hora, la llevó a un rincón que él conocía desde niño y la besó con posesión, deseando quitarle los pantalones para hacerla suya en ese momento, deseos que fueron concedidos cuando Elena le quitó el abrigo y reptó buscando saciar la curiosidad de saber qué encontraría debajo del kilt.
Keith sonrió mientras la besaba, atrapó esa mano escurridiza y la llevó a su cuello, volvieron a reír cuando volvía a bajar para sacar la camiseta. Keith suspiró olvidando dónde estaba, la alzó por la cintura haciendo que lo envolviese con sus piernas y subió la camiseta térmica para perderse en los pechos de Elena. Entonces ella tuvo un segundo de lucidez.
—Se darán cuenta —susurró a duras penas. Keith se separó, era la primera vez que perdía los estribos de esa forma en un lugar público.
—Tienes razón —respondió arrepentido—. Te mereces que sea siempre especial.
Elena sintió ternura y acarició su mejilla. «Aparte de ser carismático y apasionado, se preocupa por mí». Pensó en quitarle importancia y le pidió que le contara alguna historia que recordara del castillo sobre los turistas que había llevado.
Keith sonrió, la abrazó y la llevó hasta una ventana y ahí recordó algunas anécdotas de las miles de veces que estuvo en ese castillo, mientras le daba besos diminutos por el cuello y la oreja.
A ambos le costó lo suyo separarse para proseguir el viaje y una vez en el hotel, se olvidaron del resto del mundo. Keith no desperdició tiempo para amarla, saboreó, besó y descubrió la hermosa piel que cubría el cuerpo de Elena y ella descubrió mil formas de sentirse amada.
El escocés abrió las piernas y llegó hasta su sexo y allí se deleitó en saborearla y chupeteando su botón de la pasión mientras la penetraba con unos de sus dedos, ella arqueó su cuerpo rogándole que la penetrara y antes de hacerlo, el volvió a rasgar un preservativo y entró con urgencia. Llenándola con rapidez hasta que ella terminó corriéndose con espasmos que la agotaron de inmediato.
Al siguiente día recorrieron distintos parajes de las Highland y en la noche volvió a hacerla suya. Besando y mordisqueando desde el cuello hasta el interior de sus muslos, tomándola por la cintura y empujando con fuerza como solía hacer, dejándola totalmente exhausta.
Solo habían pasado tres días, tres días en los que Keith la conoció palmo a palmo, tres días donde compartieron más que intimidad, tres días donde descubrieron sus secretos, tres días donde solo existieron ellos dos.
El último día, al hacer el paseo en barco por el lago Ness, Keith se dio cuenta de que no podía dejarla ir, si lo hacía se iría con ella su corazón, por lo que tenía que ser sincero. Para algunos era una locura, apenas se conocían; pero para él, era como si hubiera pasado una vida entera junto a la mujer que era su complemento perfecto. A veces la vida daba la oportunidad de conocer a personas o tener momentos felices de una forma poco comprensible.
Elena nunca se había sentido muy amada; para ella, Keith era fuerza y dulzura. Le daba la razón a todas esas historias que había leído un tiempo atrás, los escoceses eran increíbles y se dio cuenta en ese momento que era el último día de un fin de semana de ensueño.
La realidad le cayó como agua fría, volvería a España y quién sabe cuándo volvería a ver a su escocés favorito. No tenía ni la menor idea de qué hacer y menos cuando vio cómo Keith se acercaba a ella con un semblante serio, totalmente distinto al que tenía días atrás.
—Debemos hablar —dijo con un tono de voz que a Elena lo primero que le pasó por la cabeza era que le daría calabazas, y antes de que eso ocurriera, decidió adelantarse.
Tenía miedo a sentir dolor.
—Este viaje ha sido increíble, nunca lo olvidaré, gracias por hacerlo especial.
—¿Qué quieres decir? —preguntó el escocés.
—Bueno… que lo hemos pasado muy bien y que mañana volveremos a nuestras vidas, eso es lo que querías decir ¿verdad?
Keith se alejó sorprendido. «¿Qué se le había metido en la cabeza para llegar a esa conclusión?». Quería que ambos pensaran en alguna manera de seguir con la relación y, a cambio, le acababa de soltar que cada uno continuara con su vida.
Unió su entrecejo, trató de darle una respuesta y no podía, una y otra vez le venía a la mente lo que había dicho. Cerró los ojos y soltó aire, se giró y la dejó sola para poder aclarar sus pensamientos.
Elena lo vio alejarse, ni siquiera le respondió. «¿Qué se cree ese escocés?», se dijo. Dio largos pasos para alcanzarle y le tocó el hombro.
—¿Y no piensas decir nada?
—Lo has dicho todo —respondió en seco Keith.
Llamó a los demás turistas para agruparlos, dejó que se montaran en el autobús y, una vez dentro, se sentó en la parte de atrás, maldiciendo por haberse enamorado tan rápido.
En Edimburgo se despidió del grupo y entró directo a la oficina, no se despediría de Elena, le dolió cómo había decidido por los dos y se concentró en ver las próximas reservas, revisar nuevos aspirantes de guía y se recriminó durante una hora el haber sido tan tonto de no pelear por la mujer que para él era la única que ocuparía para siempre su corazón.
Elena esperó y esperó durante una hora a que Keith saliera, pero no lo hizo. Durante el viaje de regreso pensó y pensó en la reacción tan fría de su escocés y supo que había metido la pata. Ahora entendía y quería disculparse con sinceridad.
No podía irse dejando las cosas de esa manera, se sentía tan feliz estando a su lado y para qué ocultarlo, ese escocés se había ganado su corazón. Sin embargo, era realista, su relación sería difícil de llevar, la distancia era el principal problema y no quería sufrir noches enteras echándolo de menos. Descorazonada, volvió al hotel con alguna que otra lágrima recorriendo su cara de vez en cuando.
Al día siguiente quiso llamarlo, pero el miedo la invadió. Por su mente pasó la idea de que él la ignoraría y lo único que pudo mantenerla con los pies en la tierra fue la invitación de algunos compañeros a cenar. Sin embargo, la noche la pasó en blanco, anhelando volver a sentir los besos y el cuerpo de Keith.
Tom observó a la española bastante triste y, a la hora de la comida, la invitó para saber qué ocurría. Fueron hasta The Outsider, siendo el mismo recorrido que hizo con Keith el día que lo conoció.
A su mente vino cada palabra de esa noche, su primer beso, y se sintió peor. Tom pidió una mesa en la parte de arriba con una doble intención y era que se diera cuenta de lo que realmente deseaba. Se sentaron y Elena vio el castillo de Edimburgo a lo lejos, lo que hizo que se sintiera más miserable. Echaba de menos a Keith, trató muchas veces de enviarle un mensaje, pero seguía resistiendo a hacerlo.
—Dime ¿qué te gustaría comer? —preguntó Tom con la carta en las manos, pero Elena no tenía deseos de nada. Como tampoco quería ser desagradable, lo mejor era que él eligiera.
—Te lo dejo a tu elección.
Tom la miró de reojo y no presionó, pidió por los dos y cuando la camarera tomó nota del pedido, los dejó solos por lo que Tom decidió hablar.
—¿Qué sucedió? El fin de semana os veía tan felices, pero en Urquhart era como si fuerais desconocidos.
—Dije algo estúpido —confesó con pesar. Tom hizo una mueca y Elena, en un desespero por hablar, prosiguió.
Tom no la conocía suficiente y por tanto sería imparcial. Si hubiera llamado a Bea, en esos momentos estaría volando para ahorcarla por su metedura de pata. Tom escuchó paciente mientras comían, para al final sonreír.
—Llámalo.
—¿Y qué le digo?
—La verdad, ese escocés está rendido a tus pies.
— La mayoría de las relaciones de larga distancia terminan mal.
—La mayoría —repitió el inglés—. Si no lo compruebas, no lo sabrás. —En el fondo de su corazón supo que tenía razón, aun así, le buscaba los contras.
—Él no dejaría Escocia y no puedo dejar mi trabajo. ¿De qué trabajaría aquí? —El inglés comenzó a reír sin parar y Elena se sintió confusa.
—Elena, llámalo, todo debe ser paso a paso, además, no estaría mal que nos echaras una mano en cuanto al idioma. —Tom le guiñó el ojo y ella, que estaba enfrascada en sus pros y contras, no se dio cuenta de la proposición que le estaban haciendo.
Cuando Tom pagó volvieron a la oficina, se despidió de ella con un abrazo y se alejó. Elena se mordía el labio por dentro pensando qué hacer, cogió el móvil y marcó.
Keith estaba en casa, el día anterior, a pesar de que estaba muerto por el cansancio, decidió ir en una de las rutas reservadas.
Necesitaba despejarse de lo que había pasado y qué mejor que el trabajo. Aun así, la noche anterior no pudo dormir.
Estaba bastante enfadado en cómo habían girado las cosas, no era un hombre que se resignaba a la primera y como último intento se levantó, cogió su móvil para marcar el número de Elena y, en ese momento, como si sus mentes se hubiesen sincronizado, ella lo estaba llamando. Una pequeña sonrisa se curvó en sus labios, las casualidades existían por algo.
—Keith, hola.
—Hola, Bonnie.
—Me gustaría hablar, no me gustaría irme sin… —Keith la interrumpió, tuvo la esperanza por un segundo que había cambiado de parecer y se había equivocado de nuevo, si ella no iba a luchar por lo que para él estaba predestinado, él lo haría por los dos.
—Elena, no sé para ti qué ha significado lo que hemos vivido, para mí ha sido maravilloso y quiero que sea para siempre. Desde que te vi la primera vez me quedé prendado de ti, amo tu ser, tu cuerpo, tu sonrisa, tus tropiezos cuando ascendía para ir a los pináculos o la mala cara que hacías con ciertas comidas y cómo respondías a cada beso que te di recorriendo tu cuerpo.
»No tengo la menor idea de cómo lo haremos, pero por mi parte haré todo lo que esté al alcance de mis manos para hacerte feliz. Solo me bastaron tres días para enamorarme de ti y estarás dentro de mis recuerdos y corazón. Si realmente quieres apostar por esto, te esperaré en Calton Hill a las ocho de la tarde. Si no llegas a ir, lo comprenderé.
Elena temblaba ante esa declaración. El impulso de salir corriendo, buscarlo y besarlo hasta cansarse, nació.
—No quiero que me des una respuesta en este instante, tienes la tarde para pensarlo, quiero que sepas que mi vida sería maravillosa a tu lado. —Sin decir nada más, colgó.
Elena tenía que tomar la decisión, una gran decisión en su vida y que dependía de tantas cosas… Pensó en cada detalle: tenía un buen trabajo, muchos amigos y un piso que la esperaban en España; pero en esos cinco días había sido tan feliz, comenzó a reír sola al recordar las palabras de su amiga antes de pisar Escocia.
No solo se había topado con un escocés de película, se había enamorado rápidamente y había sido tan escéptica cuando le hablaban de personas que apenas se conocían y declaraban su amor a los cuatros vientos. Ahora tenía en sus manos dos decisiones que cambiarían su vida.
Keith miró su reloj, faltaban cinco minutos para que se hicieran las ocho, dio de nuevo un vistazo por los alrededores y lo único que vio fue un grupo de turistas esperando la puesta de sol, pero no se veía a Elena entre ellos.
Dio otra vuelta terminando cerca del observatorio y viendo de fondo el puerto de Leith, la idea de que no volvería a ver a la chica que había robado su corazón comenzaba a hacerse realidad. Una extraña sensación le obligó a mirar hacia atrás y vio cómo ella iba hacia él. La felicidad recorrió cada centímetro de su cuerpo.
Elena notó desde lejos a su escocés favorito con los hombros hundidos. Si por algo se conocían a los ciudadanos del Reino Unido, era por su puntualidad y ella se había retrasado cinco minutos. No le extrañaba que él creyese que no iría, pero Keith se giró y enseguida lo vio sonreír,
«¡Cómo me gusta esa sonrisa!», se dijo con el corazón acelerado. Cuando estuvo cerca quiso abrazarle, se mordió el labio por unos segundos pensando cómo romper el hielo de una forma graciosa.
—Quiero que me digas todo lo que me dijiste por teléfono. —Elena lo miró de arriba abajo e hizo un mohín—. ¿Te has puesto el kilt a propósito?, nunca debí confesarte que me daba morbo.
Keith se carcajeó y la acercó besándola como si la vida se le fuera en el siguiente instante, se sentía afortunado y agradeció por la sorpresa que el destino podía dar en ciertos momentos.
Cuatro horas después…
«Bea, sé que soy una muy mala amiga por no escribirte antes, he estado muy ocupada y seguiré estando al menos otro mes o quién sabe cuánto tiempo. No te preocupes, volveré en cuanto la vida me lo permita y un hermoso y maravilloso escocés me dé respiro.
Sí, al final eres una bruja, predijiste que en este viaje encontraría a un escocés digno de película y tenías razón, es lo que faltaba en mi vida. Ni se te ocurra llamar, sabes lo costoso que es, ya te daré detalles; y mucho menos se te ocurra coger el primer avión hacia aquí.
Te envío una foto para que conozcas al hombre que robó mi corazón. Tenías nuevamente razón, la vida es bella, solo que muchas veces dejamos pasar los momentos especiales, enfrascándonos en tonterías».
—¡La madre que la parió! —soltó Bea.
Acto seguido descargó la foto y la cara le llegó al suelo.
—¡Qué suerte tienen algunas! —exclamó en alto a la vez que tamborileaba los dedos en su muslo sin acabar de creer lo que estaba viviendo su amiga.
Tuvo una idea y fue a Google, buscó una foto de un hermoso paraje de Escocia y comenzó a murmurar. «Si la vida es así de sorprendente, también quiero que me haga conocer a un escocés, eso sí, como las novelas». Cruzó los dedos, cerró los ojos y prosiguió su plegaria.
«Si la vida es así de sorprendente, también quiero que me haga conocer a un escocés, eso sí, como las novelas».