los acordes del corazón
Hola, ¿está ocupado? —pregunté a la joven que estaba sentada en un asiento junto a su maleta.
Me miró sorprendida señalándome con el dedo. En vista de que no respondía, me senté con mi trolley y mi guitarra a la espera del próximo vuelo con destino Dublín.
—¿Y bien? ¿Vas a Dublín o a Belfast?
La joven no podía articular palabra alguna, solo pestañeaba, en cambio yo necesitaba hablar, soltar todo lo que fluía en mí.
—Sí, soy yo —le dije para que reaccionara—. Pensé que el corte de pelo y la gorra de béisbol junto a estas enormes gafas me ayudaría, pero veo que no. —La miré fijamente y proseguí—. ¿Te importaría si me desahogo un poco? Es que me urge y luego te prometo que podrás hacer todos los selfis que quieras.
La joven volvió a pestañar con rapidez y me imaginé que no eran las palabras más certeras que había dicho.
—¡Mierda! Creo que no me expresé bien.
Traté de transmitirle confianza con una sonrisa y esta vez afirmó con la cabeza, con ello sentí cierto alivio. Sé que no debí hacerlo, pero estaba tan acostumbrado a robar suspiros con ese gesto que salía ya por inercia. Decidí olvidarme un poco del guitarrista, de la estrella del pop y ser el hombre ansioso que estaba a su lado.
—¿Sabes? —dije de nuevo—. Es el tercer año que vuelvo con mi maleta llena de pegatinas de los sitios que hemos recorrido desde que mi canción logró ser el número uno en ventas. El tercer año en el que pisaré de nuevo las antiguas calles de Dublín, la isla Esmeralda, que me puso los pies en la tierra, la isla que me invita a volver a ver a mi hada irlandesa con la que un buen día tropecé en este mismo aeropuerto.
Ella hizo un pequeño mohín y sonreí pensando que no debía ser agradable para una fan escuchar lo que acababa de confesar, pero era la verdad.
—Mi hada irlandesa logró que aprendiera a querer ese país.
Sí, era el tercer año que mis manos pedían volver a recorrer palmo a palmo su cuerpo blanquecino cubierto por su pelo dorado y abundante que me invitaba a descubrirla una y otra vez y deleitarme en ello.
La joven levantó una ceja y reí ante mi sinceridad, quise retractarme, luego pensé que no debía, era un artista, mis canciones hablaban de sentimientos, de obstáculos de la vida y era lo que sentía. Tres años llevaba desapareciéndome una semana y escondiéndome en cada callejón de ese pequeño pueblo que me ayudó a conocerla.
Para qué mentir, era como si ese solsticio de verano, esas fiestas paganas cuyas leyendas se alimentaban de fantasías, hubieran cobrado vida para mí ese año.
En enero de 2013 decidimos probar suerte cuando nos invitaron a participar en una gira por toda Irlanda junto a otra de las mejores bandas de pop del momento.
Largos ensayos hasta el amanecer, que a pesar de terminar con grandes dolores en mis muñecas y poner hielo para ayudar a que mi mano se mantuviera en óptima forma, fueron recompensados con ese contrato.
Creía que amaba la música, creía que amaba tocar, hasta que la conocí y es que en ese entonces teníamos un solo propósito, llegar a la cima. Nunca pensé que ese año me llevaría a obsesionarme a que cada verano volviera al verde país.
Firmamos el contrato y meses después cogimos rumbo a los conciertos. Habíamos escuchado rumores estúpidos y queríamos asegurarnos de que nuestras fans estarían complacidas al saber que tendrían la oportunidad de vernos de cerca.
—Mis amigos y compañeros del grupo —indiqué a la joven para seguir mi historia—, decidieron juguetear un poco con un grupo de chicas que estaban muy entusiasmadas por tener la suerte de coincidir con nosotros aquí, en este mismo aeropuerto.
»Todos esperábamos a que anunciaran la puerta de salida y, cuando una chica nos reconoció, el alboroto fue inevitable. No te negaré que me gustaba escucharlas decir mi nombre y, cuando opté por tocar mi guitarra, los gritos fueron a más.
La joven bufó y pasó a estar a la defensiva. No quería ser engreído, contaba la verdad antes de que se levantara y me dijese cualquier tontería, se lo aclaré.
—Sé que suena como un auténtico gilipollas, pero es mi vida diaria.
Hizo de nuevo un mohín y se cruzó de brazos. Concluí que al menos tendría cinco minutos más de su atención y decidí seguir mi historia.
—Nos pidieron otra canción y comencé los acordes de un remix que íbamos a tocar en los conciertos; entonces la vi pasar, ajena al tumulto que comenzaba a rodearnos. Se detuvo y creí que era por la algarabía de las fans, pero no fue así, se ajustó su iPod junto a los cascos y, sin importar que la mirasen, comenzó a gesticular con un dedo la melodía que escuchaba.
»Captó toda mi atención. Hasta ese momento había jurado que me había visto de reojo y me ignoró. Sin remediarlo dejé de tocar, le di la guitarra a mi amigo Niall y me levanté para seguirla. No sé cómo explicarlo, quería saber qué escuchaba y por qué no se acercó a nosotros.
Tenía esa curiosidad y la iba a saciar, sin embargo, un par de chicas me detuvieron para unos selfis logrando que la perdiera de vista. No podía despreciar a mis seguidoras; días antes, nuestra canción había llegado al número uno y era nuestro mejor momento.
Me deshice como pude de las jóvenes y me dispuse a buscarla hasta que la encontré un par de asientos más allá de donde estaba el grupo. Leía una novela de aventuras acompañada del movimiento constante de su dedo, su rubio pelo junto a esa camiseta azul le daba un aspecto tan dulce que no dudé, pero al final me senté a su lado.
—Hola —le dije—, soy Logan. —Me miró de arriba abajo, levantó una ceja escudriñándome tanto que me sentí incómodo. En vez de responder a mi saludo, volvió a su lectura y me ignoró. Eso hirió mi orgullo.
Esta vez la joven que tenía a mi lado rio a carcajadas, era comprensible. Una estrella del pop había sido ignorada por un ser mortal, así que esperé paciente a que dejase de reír y proseguí.
—Perdona —dijo la joven—. Es que te lo mereces —respondió con sinceridad.
—No me gustó nada que me hiciese sentir un don nadie —le indiqué a la chica, que hasta ahora no sabía su nombre y me di cuenta de que no le había preguntado—. Perdona, he sido un mal educado, no sé tú nombre.
Ella sonrojó.
—Nicole.
—Bonito nombre, Nicole, ¿de casualidad eres irlandesa? —La joven afirmó—. Entonces, tal vez te has cruzado con mi hada.
Ella volvió a sonreír.
—Si no terminas de contarme la historia, no sabré si la conozco.
—¿En serio quieres escucharla?
Nicole miró su reloj y, a la vez, la pantalla lejana donde informaban los próximos vuelos.
—Sí, aún tengo tiempo.
Le guiñé el ojo, sonreí y ella, a cambio, rodó los ojos.
—Está bien —dije para no perder su interés—. No me iba a quedar con esa por lo que comencé a silbar y tronar mis dedos con una de mis canciones esperando saber si la conocía, dejó de mover su dedo, me miró de reojo mientras yo seguía silbando, hice silencio pensando que había logrado mi objetivo, pero volvió a su lectura.
Evité sonreír, se estaba haciendo la difícil y eso me gustó. Así que usé otro método y otra de las canciones del grupo, esta vez daba palmadas en mis vaqueros y de nuevo me miró de reojo atenta al ritmo de mis palmadas, terminé la canción, pero ella volvió a su libro y siguió ignorándome.
No me gustó nada que se hiciera de rogar, no estaba acostumbrado, así que mientras ideaba cómo captar su atención, mi hada cerró el libro, se levantó sujetando el manillar de su maleta y comenzó a caminar. Me levanté detrás, un poco enfadado por la falta de interés de su parte y cuando la alcancé, la detuve.
—¿Acaso no me reconoces?
Ella me miró con detenimiento.
—No —respondió tratando de seguir su camino, pero no la dejé.
—¿En serio? —pregunté sorprendido, alejándome y señalándome con mis manos y ella volvió a mirarme cruzándose de brazos.
—Sé quién eres, Logan Cooper, te he visto desde que bajaron de la Van firmando autógrafos y creyéndose Maroon 5, Coldplay o One Direction y como no perteneces a ninguna de esas bandas, no voy a malgastar mi tiempo detrás de ti, ¿me permites ahora?
Nicole rompió en carcajadas, miré a los lados y me acomodé la gorra, no deseaba llamar tanto la atención.
—Sé que fui un completo imbécil —le indiqué a Nicole.
—Sí, sí que lo fuiste, pero sigue contándome cómo llegó a tenerte babeando por ella.
—¡Que directa! —Quise discutir ese punto, pero tenía razón. Nicole se encogió de hombros y proseguí—. Como digna irlandesa me había noqueado sin tocarme, por ello me giré y volví para refugiarme en mis fans y sus elogios, una actitud infantil en un tiempo en el que el estrellato podía más.
Abordamos el avión en el que Niall y Brett dieron la nota animando a los pasajeros. Yo no estaba de ánimos, me costaba entender por qué había sufrido ese rechazo, me levanté para refrescarme la cara y cambiar ese humor. Di unos cuantos pasos cuando nuestros ojos se cruzaron, pero los suyos destilaron odio.
Negué con la cabeza comenzando a pensar qué rayos le había hecho a esa chica. Al salir del baño me sentí más desconcertado, Brett estaba hablando con ella de lo más animado, caminé hasta ellos y lo peor que pudo pasar, sucedió.
—¿Puedes hacernos una foto? —dijo mi hada con tono irónico y una sonrisa cínica.
Se estaba burlando de mí y no lo iba a permitir.
—No hago fotos, es a mí que me las hacen y no será igual que vayas por ahí diciendo que te has sacado una foto con el imbécil de Brett y no con… —Me señalé con mis manos—. Logan Cooper.
—¡Vete a la mierda! —dijo Brett negando con la cabeza a mi comentario desafortunado—. Disculpe —dijo mi amigo a otro pasajero—, ¿nos hace la foto?
El hombre se levantó y se la hizo mientras los ojos de mi hada centellaban ira retenida, le respondí con una sonrisa de lado y seguí a mi asiento con un humor de perros ante ese desprecio.
Días después de llegar a Dublín teníamos un concierto en un festival que comenzaba a finales de esa semana. Nos fuimos hasta la estación Connolly pensando que no nos reconocerían y nos equivocamos, un grupo de chicas adolescente nos vio y se armó una algarabía.
Niall tuvo que llamar a nuestro agente para que nos sacara de ese aprieto, no le gustó nada que no siguiéramos el protocolo y volvimos al hotel escoltados por la policía. Y como si fuera una maldición, mi joven hada estaba en la estación.
Mi amigo la saludó y ella le sonrió; aún lo recuerdo y siento ganas de asesinarlo, la ignoré y el gilipollas de Brett se percató de la tensión que existía, por lo que se aprovechó.
—¡Hey, Logan! —gritó el muy cabrón—. ¿Ahora nos tomarás la foto?
—Le hice una peineta.
Nicole rio de lo lindo por mi expresión. Había pasado ya tres años de ello, pero me sigue fastidiando con eso el muy capullo. Decidí seguir con mi historia, una manera de parar las risas de la joven.
—Hora y media después íbamos a Howth, donde sería el concierto. Nos hospedamos en el hotel de uno de los promotores del festival y decidimos dar una vuelta al lugar. Según la guía del hotel, era un pueblo pintoresco con fácil acceso a acantilados y vistas maravillosas.
En el tiempo que estaríamos allí haríamos turismo sin problema y decidimos caminar un poco encontrándonos con un músico callejero con el que terminamos cantando las canciones que todos conocíamos.
Por primera vez en meses, poder tocar sin que tuviéramos que dar autógrafos o chicas gritando cerca era genial, ese momento me hizo recordar nuestros inicios y me sentí a gusto.
Nicole no le gustó como me referí a mis fans.
—Sé que no es agradable de mi parte —le confesé—. Muchas veces nos agobian más de lo que creen y esos días apenas respirábamos aire puro, no pensábamos que nuestra fama era grande en Irlanda, por eso, tocar cualquier ritmo que no fuese el nuestro era una buena terapia de vitalidad y, cuando estaba más a gusto, volví a verla.
Traté de seguir el ritmo y no pude. Mis ojos la siguieron hasta que se perdió entre los callejones. Estaba convencido de que jamás nos veríamos de nuevo, de hecho, la había catalogado como una frígida y engreída. —Nicole cambió el semblante para reprocharme, alcé mi mano y le pedí que me dejara terminar—. Debes entender que soy hombre y que estaba cabreado por sus desprecios, encontrarla allí en ese pequeño pueblo pesquero, era lo que menos creía que me pasaría.
Dejé de tocar, le di mi guitarra a Niall y seguí el camino por donde se había perdido. Sin embargo, me detuve, era un pueblo pequeño por lo que tarde o temprano volvería a encontrarla y me pregunté si tendría paciencia para esperar que eso sucediera.
Esa espinita que me había dejado en el aeropuerto estaba latente y quería, de alguna forma, hacérsela pagar, por lo que entré al primer restaurante que vi e intenté describirla, comprendí enseguida qué estaba haciendo el ridículo. ¿A quién se le ocurría preguntar en Irlanda por una rubia con el pelo rizado y de ojos verdes?
Chasqueé la lengua y volví con mis compañeros que no estaban contentos por mi fugaz huida sin explicación, ¿cómo les explicaba lo que deseaba hacer? Se desternillarían de la risa, por lo que culpé a las ganas de ir con urgencia al baño, aunque tampoco me libré de las bromas pesadas.
Los ignoré como debes de imaginar, deseaba encontrar a esa chica y tenía un par de días para ello. Me negaba a creer que también era una turista más, iba confiada con los ojos cerrados como si conociera por dónde caminaba, acompañada de ese movimiento del dedo tan característico.
Comenzó a llover, como era habitual, y nuestra pequeña ruta turística se acortó en un restaurante en el que nos reconocieron al instante y nos pidieron un par de canciones.
Acepté a cambio de que me enseñaran a tocar el bodhrán. La tarde se pasó de esa manera. Volvimos al hotel después de bailar, beber cerveza como cosacos y tocar instrumentos típicos.
Estaba ansioso por la adrenalina que tenía mi cuerpo y, por alguna extraña razón, recordé a mi hada. Su rostro no dejaba de aparecer en mi mente por lo que busqué mi libreta, escribí frases y palabras sin sentido, logrando la primera estrofa de «Desapareces por arte de magia».
—Espera —dijo Nicole—. Siempre me había parecido que esa canción me recordaba a Howth.
Sonreí de lado.
—Howth cambió mi vida. —Nicole abrió la boca y sonrió con grandeza. Se acomodó para seguir escuchándome por lo que sentí alivio que calmaba mis nervios—. Al siguiente día nos invitaron al castillo de Howth, que estaba al lado del hotel, una visita que había programado nuestro agente para congraciar a los promotores del festival. Con parsimonia me vestí y desayuné.
Entramos al castillo y la vi de nuevo, como era de esperar, demostró desinterés y eso terminó de cabrearme más de lo que estaba, pero en ese instante no me percaté de que sería nuestra guía hasta que comenzó a hablar del castillo. A modo de venganza, por ignorarme de manera deliberada, comencé a hacerle preguntas ridículas y sin sentido.
Mis amigos me preguntaron por lo bajo si había consumido alguna droga. No soy de esos, tampoco negaré que nunca lo hubiera hecho, pero estaba limpio y sigo estándolo —le advertí a Nicole que se mantuvo en silencio.
—A lo que íbamos—le indiqué para que no perdiese el hilo de la historia—. Buscaba con desespero captar su atención y vaya que si lo logré, nunca había visto una irlandesa enfadada. —Nicole rio a carcajadas y dejé que se recuperara, tenía todo el derecho de reírse, había sido un imbécil con esa actitud—. Ella se detuvo y me señaló con el dedo junto a sus grandes ojos verdes que destellaban indignación, confieso que me arrepentí en ese instante.
—¿Quieres que me reproche mi jefe o qué? —me dijo entre dientes.
Niall estaba desconcertado, pero fue Brett que reventó con una carcajada sonora.
—No, pero soy curioso —le dije a modo de reto—. Me gusta la historia y quería más información.
—Entiendo —dijo sin dejar de mirarme—. ¿Qué deseas saber con exactitud? Puedo explicarte las grandes batallas con los vikingos, el rapto del nieto del barón de Howth por parte de la pirata O’Malley o…
No la dejé continuar, me acerqué para intimidarla y poder así devolverle lo mal que me lo había hecho pasar.
—Quiero conocerte a ti.
—No está dentro de la visita, lo siento —dijo sin miedo—. ¿Me permites terminar?
Brett volvió a reír y burlarse de mí. Disimulé negando con la cabeza, había visto nerviosismo en sus ojos y me gustó. A su vez, otro grupo de visitas entraban al mismo salón. La guía observó su comportamiento, ella sonrió con diplomacia, sujetó mi brazo con cierta brusquedad y lo entrecruzó.
—Cómo verá, señor Cooper, el castillo estaba construido en otro sitio por las laderas que miran directamente al pueblo y ha tenido el privilegio de que se le haya abierto para poder conocerlo —hablaba tan alto que me extrañó su actitud.
Mis amigos no podían dejar de reír a nuestro comportamiento. Una vez que su compañera salió del salón, me arrinconó con ojos amenazadores.
—No voy a permitir que un cantante con aires de grandeza deje en entredicho el legado de algo tan importante como el de la familia Cunningham, mis ancestros, mi legado.
Se giró y me dejó ahí junto a un enorme cuadro de un hombre con una mirada severa que me hizo sentir que estaba a punto de ir a la horca. Niall se acercó con una sonrisa guasona y me sujetó el hombro.
—¡Vamos, Don Conquistador! Te han dado una gran bofetada de la realidad, te lo hemos dicho desde hace meses, ahora nos vas a explicar qué te traes con esa belleza de mujer.
—¡Vete a la mierda! —exclamé.
—¡Oh no! Conmigo no pagues tu mala leche. Lo único que te diré es que lo tienes muy jodido.
Resoplé, metí mis manos en mi cazadora pensando cómo devolvérsela. Aunque mi amigo tenía razón, había sido un cretino y debía disculparme. Sí, sentí la necesidad.
Mi hada nos esperaba en el umbral de la puerta para proseguir con la visita, mis amigos bromeaban por lo bajo acerca de cómo me había noqueado y decidí mantenerme en silencio para no caer en sus juegos.
Al final del recorrido, se nos acercó una mujer parecida a mi chica, nos saludó con cordialidad y acunó el codo de la joven para llevarla a un lado. Supe días después que le había reprochado su actitud, las cámaras que tenían y de las cuales ella se había olvidado nos delataron ese día y... —miré de reojo a Nicole y sonreí de lado—, para qué negarlo, otros días también.
La joven se sonrojó y carraspeó.
—Podrías haberte ahorrado ese gesto chulesco —señaló Nicole con un mohín y volví a sonreír.
—Está bien, no quiero que te enfades —respondí a mi acompañante momentánea y proseguí—. Había cierta tensión en el ambiente, pero todo fue eclipsado ante la llegada de una pequeña pelirroja eufórica y con ganas de llenar su tarjeta Sim de fotos nuestras.
Fue entonces cuando todo cambió a mi favor, la adolescente rogó a su madre que nos invitara a comer, aunque mi chica empuñó sus manos en un gesto de incomodad. La adolescente vio que sus ruegos estaban siendo ignorados por lo que pasó a otro plan.
—¡Erin, ayúdame! —Mi hada, que hasta ese instante desconocía su nombre, la miró con severidad, pero poco le importó a la adolescente—. ¡Has sido tú quien insistió en traerlos! —confesó sin piedad alguna.
—¡Cállate, Eithbe! —advirtió Erin.
—¿Qué bicho te ha picado? —repuso la adolescente—. Tienes a Logan frente a ti y te comportas como una disocial.
Mi espíritu contra las causas injustas apareció interviniendo para ayudar a Erin.
—¿Eithbe? —dije—. Un nombre muy bonito.
Nicole me miró reconociendo al segundo mi manera de captar la atención y reí. Aclaré un poco mi garganta pasado unos segundos y proseguí con la sonrisa en mi boca.
—En nombre de la banda agradezco la invitación, pero debemos volver, tenemos que ensayar antes del festival.
La adolescente aceptó resignada, Erin me miró sorprendida y en silencio.
—No lo negaré, Nicole, había ganado puntos a mi favor—respondí con honestidad. La joven con su mano me indicó que siguiera y proseguí—. Nos despedimos y de nuevo volvieron las burlas por parte de los ineptos de mis amigos sobre cómo acababa de conquistar a la nobleza.
En el hotel decidí quedarme en la habitación, en parte para no escuchar lo insoportables que estaban y para poder recordar a Erin y su forma de enfrentarme, lo creas o no comenzaba a sentir morbo. Busqué mi guitarra y toqué una melodía sencilla para recapitular la estrofa que había escrito y así pude lograr escribir otro par hasta que tocaron la puerta.
Me levanté y mi sorpresa fue rotunda, Erin estaba allí. Vestida informal a como la había visto horas antes. Una camiseta de manga corta junto a una minifalda vaquera, unas converse y un bolso pequeño de lado.
—¿Cómo has…?
—Mi familia es accionista del hotel —respondió sin rodeos.
—¡Así que usas tus influencias! —indiqué con cierto tono de mofa.
—Oye, Logan, me ha costado mucho venir a disculparme.
—No tienes que hacerlo, quien se portó como un cretino fui yo.
—Sí, lo has sido, pero eres nuestro invitado y no debí ser tan prepotente. —Por primera vez pude mirarla sin tener que buscar alguna excusa; era preciosa, sus ojos eran tan verdes como los prados que vi en el camino a Howth. Su boca era una delicia que deseaba probar, así como su cuello que me invitaba a que dejase besos regados. Me obligué a levantar una ceja, tratando de escucharla, aun así, tenerla tan cerca lo que menos deseaba era seguir hablando.
—Creo que la única forma de disculpar mi comportamiento es invitarte a dar un pequeño recorrido por el pueblo. —Crucé mis brazos y la miré con el ceño fruncido, dudé si lo hacía por compromiso o porque en realidad estaba arrepentida, aun así, acepté, teníamos una cuenta pendiente y podía saldarla de alguna forma.
Entré a por mí cazadora, mi gorro de lana, mi billetera, mis gafas de sol y en cuanto estuve a su lado la tenía tan cerca que juré en ese instante que trató de rozar sus labios con los míos.
Bajamos por una salida de emergencia que conocía y salimos sin que nadie se diera cuenta. Recorrimos el paseo marítimo hasta llegar a West Pier. Allí, un grupo de pescadores la saludaron con educación y le entregaron una bolsa con pescados.
No quise preguntar qué haría con ellos, ya que apenas hablamos, sin embargo, su compañía era suficiente para mí, era un bálsamo de tranquilidad que no podía explicar.
Seguimos andando y fue cuando conocí un poco más de Erin, su familia, sus gustos, lo que estaba estudiando y los sueños que tenía en mente. Cada vez que sonreía tenía deseos de probar sus labios y me estaba costando comportarme distante, por lo que debía idear una manera de repetir ese paseo.
No imaginé que fuera tan parlanchina y mucho menos que tuviera una anécdota de todo lo que le ocurría, incluso que conociera mundo, un mundo distinto al que yo conocía. Cada segundo deseaba alargar ese instante, pero se detuvo, me cogió de la mano tirando de mí y la seguí.
—En teoría está prohibido hacer lo que harás —dijo con una sonrisa malvada.
—¿Haré? —le pregunté con una ceja levantada.
—Sí, harás —me dijo con una mirada traviesa.
—¿Y crees que porque esté prohibido soy el candidato perfecto para hacerlo?
—¡Sí!
Me crucé de brazos convencido de que Erin, mi hada parlanchina, me veía como el típico chico malo de las películas y, para qué negarlo, me gustaba que me viesen así, como también saber que tenía ese punto de chica mala.
—¡Sé que lo eres! —añadió Nicole. La miré largo y tendido. Ella no tenía ni idea de que muchas de las actitudes que solía tener eran pactadas para ganar dinero, tal vez la iba a decepcionar, así que me limité a alzar los hombros. Quería ganarme su confianza y llenar sus sueños eróticos.
Nicole me miró con aburrimiento y reí, por lo que seguí con mi historia.
—¡Vaya, Erin! —dije encontrando la oportunidad perfecta para vengarme—. Creía que eras una chica legal.
Ella sonrió.
—Lo soy. —La bolsa donde llevaba los pescados envueltos me la dio—. Por eso, tendrás el privilegio de un encuentro cercano con las focas.—Miró su reloj y volvió a sonreír—. Calculando, tendrás diez minutos para ello, los suficiente para que no nos pille la poli.
Ya no me gustó ese plan, eso de tener a la poli pisándome los talones no era de mi agrado. Cogió la bolsa, sacó con rapidez un pescado, lo lanzó al mar y de la nada aparecieron focas de distintos tamaños llamando mi atención. Le quité la bolsa, ya que me había desafiado y lancé unas cuantos, las focas hacían todo tipo de piruetas y, al cabo de unos minutos, escuchamos el grito de un hombre.
Sujetó mi mano y corrimos unas cuantas calles hasta encontrar la ruta para los acantilados. Cada vez que se giraba para ver si la seguía sonreía, se detuvo en una explanada cubierta con flores amarillas bastante alejada del pueblo, y se giró. Mi respiración era entrecortada, la excitación corría por mi cuerpo, aún así me acerqué sujetándola por el brazo atrayéndola hacia mí y la besé.
Sí, me jugaba una bofetada o quién sabe si algo peor, pero sus caderas moviéndose de un lado al otro junto a su pelo me daba una imagen que me estaba volviendo loco y, al contrario de lo que pensaba, fue ella la que pidió profundizar y lo hice.
Decidí callar, no sabía cómo se lo tomaría Nicole. La necesidad de besar con urgencia a Erin había nacido en mí, sobre todo acariciar y besar su suave piel.
—A pesar de haberla besado, me detuve. No era bueno para ninguno —le confesé a Nicole—. Me alejé llevando las manos a la cara tratando de volver a tener cordura.
—Lo siento —dijo Erin—. No debí.
—No es tu culpa —respondí.
—Aunque te confieso, Nicole, que lo que menos me apetecía era quedar a medias.
Y decidí callarme, no podía decirle a Nicole que deseaba quitarle la ropa y lo mucho que me había costado hacer el camino de regreso. Deseaba a Erin como nunca había deseado a una mujer. Veía callejones por todos lados y me contuve en entrar a uno para terminar lo que había iniciado. Erin no se lo merecía, todo fue distinto desde el principio.
—Regresamos al hotel en silencio —le dije a Nicole segundos después—. Como si lo que hubiésemos hecho fuese pecado. En la entrada nos miramos sin saber qué decir, ella abrió su bolso, sacó un bloc de notas junto a un boli y garabateó.
—Este es mi número, sé que no me llamarás, no he estado a la altura de las chicas con las que sueles salir, pero si necesitas distraerte los días que estés en el pueblo, podré ayudarte.
—¡Espera! —le dije sorprendido por sus palabras. Reconozco que desde que nos hicimos famosos solía salir con muchas chicas, pero la gran mayoría era solo un trato de marketing por lo que decidí preguntarle—. ¿Por qué llegas a esa conclusión?
No pudo responder, el inoportuno de Brett apareció con una invitación que nos sorprendió a los dos. Eithbe se había salido con la suya y esa noche volveríamos a su casa, la adolescente tenía evidentes motivos. Erin dio una excusa poco entendible y la vi marcharse sin decir adiós. Sentí frustración, quería decirle que sí la llamaría, que deseaba volver a quedar con ella y, si era posible, esa misma noche.
Y ahí estaba, mientras los cabrones de mis amigos se habían ido a por algo decente para comer en un castillo, yo estaba con una cazadora, un vaquero roto, una camisa leñador y mi gorra, sintiéndome incómodo ante la mirada de los padres de Erin.
Quería explicar que el guapo del grupo era Niall, pero costaría un poco que lo creyesen cuando el que salía siempre en la prensa era yo. Suspiré en alto cuando Eithbe rogó que tocase, maldije miles de veces a Niall por haberme traído la guitarra, aunque en el momento que comencé los acordes de Desapareces por arte de Magia, mis ojos se fijaron en Erin.
Hice silencio de nuevo ante la mirada de Nicole. Recordar ese verano y ese día era lo mejor que me había pasado en la vida. La canción que había llegado a la lista de éxitos no era la misma que canté esa noche, así como tampoco le contaría cómo Erin me miró con deseo.
—Al despedirnos —proseguí ante el carraspeo de Nicole que me sacó de los pensamientos—. Erin me dio una nota con disimulo y que abrí en cuanto regresamos al hotel. Me obligó a ingeniármelas para excusarme con mis amigos y correr hasta una entrada secundaria del castillo donde me esperaba.
—Logan —dijo de inmediato—. No puedes cantar algo así delante de mis padres. Mi hermana ha creado fantasías que no se cumplirán. Mis padres me han preguntado qué hay entre nosotros y le dije que solo era tu actitud ante tus fans. —Lo que menos pensé que tendría era un sermón, era cierto, solía ganarme a mis fans de esa manera, pero esa noche había sido sincero, había mostrado lo que me hacía sentir.
—¿Para eso me has citado? —pregunté sin rodeos. Me miró largo y tendido, se llevó las manos a la cara, suspiró resignada, sujetó mi mano y haló de mí besándome con fiereza, con deseo, soltando en ese instante sus instintos reprimidos.
Con rapidez entramos hasta llegar a un salón que, al observar de reojo, me di cuenta de que era el mismo donde me había plantado cara. Sonreí a lo irónico de la situación, la llevé a la mesa más cercana recordando al instante la explicación que había dado sobre su año y su restauración y...
El móvil de Nicole comenzó a sonar y di las gracias por ser oportuno. Estaba a punto de contar lo que guardaba en lo más profundo de mí. Esa noche fue la más importante de mi vida. ¿Quién lo iba a decir? Un ídolo del pop cayó rendido a los pies de una joven de la nobleza que se entregó como nunca lo hubiera hecho.
Deseaba volver a besarla y ese día todo jugaba a mi favor, Erin se había puesto un vestido verde con escote lo suficientemente corto para que mis manos se deslizaran por debajo del mismo. Estuve a punto de detenerme, pero la necesidad física era mayor, tampoco puso resistencia.
Me quitó la cazadora y la camisa junto con la camiseta que llevaba debajo con rapidez mientras sus manos jugueteaban por mi pecho, logré quitarle las medias, sus uñas se clavaron en mis hombros dándome a entender que no tendría límites.
Bajé su vestido junto al top que terminaron enrollados en su cintura, quería escucharla gemir. Acaricié unos de sus pechos mientras volvía a besarla en la boca con posesión hasta bajar y lamer el otro pezón. Gemía ofreciéndome su cuerpo, acercando sus caderas a las mías, acariciando sin pudor ninguno mi miembro.
Sus movimientos estaban a punto de llevarme al éxtasis y no quería terminar así, por lo que bajé los vaqueros y el bóxer sin llegármelos a quitar del todo, hice a un lado su braga y la penetré. Ambos nos quedamos en silencio, aceptando lo que los cuerpos exigían.
Volvió a enterrar sus uñas en mis hombros y a mover sus caderas para que lo hiciera de nuevo, lo hice. El poder que ejercía en mí jamás lo había experimentado y, a medida que entraba, lo hacía con fuerza por lo que minutos después, su gemido fue tan fuerte que supe que había llegado al orgasmo, aumenté la velocidad para llegar al mío.
Era la primera vez que tenía un encuentro en esas condiciones y recordé que no había usado un maldito preservativo por lo que la miré a los ojos.
—Erin, olvidé el preservativo.
Me negaba a ser mal pensado, pero quería asegurarme.
—¡Oh, Dios! ¿Crees que soy tan estúpida de no ser precavida? Sabía que tendría sexo contigo, lo que me preocupa es que puedas pegarme alguna enfermedad. —Parpadeé sorprendido, me levanté y me subí el bóxer y el vaquero con rapidez, enfadado por su acusación—. ¿A dónde vas? —preguntó.
—Al hotel, puedes quedarte tranquila, no tengo ninguna enfermedad y desde ahora puedes darte el lujo de decir que tuviste entre tus piernas a Logan Cooper.
—¿Cómo te atreves a decirme algo así?
—De la misma forma que me has hecho sentir desde que nos tropezamos. No sé quién diablos crees que soy, pero mételo en tu noble cabeza, no soy de los que tienen sexo con cualquiera ni en cada ciudad que he estado.
Nadie me había dicho semejante tontería, primero me acusaba y ahora se hacía la ofendida, decidí olvidarme de la noble hada irlandesa y de su castillo. Cogí mi camiseta y camisa, mi cazadora y salí del lugar maldiciendo por haber pensado más en satisfacer mi miembro y no en ser precavido, lo que siempre nos aconsejaba nuestro agente.
Nicole se despidió y colgó la llamada mirándome a la espera de que siguiera con la historia. La verdad es que no quería seguir, pero ya le había contado mucho y era normal su curiosidad.
—Ni te creas que te contaré lo que sucedió después.
—¡Vaya! ¡La súper estrella es tímida!
Negué con la cabeza pensando lo manipuladoras que eran todas las mujeres.
—Dejemos que vuele tu imaginación, aunque te adelanto que no terminó nada bien —concluí y ella se resignó—. Regresé al hotel y a la habitación donde estaba Niall roncando, estaba de malhumor, no podía dormir, por lo que cogí mi guitarra, la libreta y bajé al vestíbulo.
Me senté lo más apartado que pude para tocar acordes por inercia tratando de despejar mi mente.
—Lo siento, Logan. —La nota me salió tan desafinada que hubiera jurado que desperté a la mitad del ala de esa parte del hotel. Cerré los ojos pensando que Erin se estaba convirtiendo en mi demonio, ladeé mi cabeza y fijé mis ojos en ella. Estaba tan acostumbrado a que las mujeres fueran detrás y me mimaran que conocer a una que hiciera lo opuesto, me llevaba por la calle de la amargura.
—¿Puedes decirme qué es lo que quieres? —le pregunté con rudeza—. Desde que nos vimos la primera vez me has tratado como si fuera el abanderado de los egocéntricos, luego te disculpas y haces cosas que me dejan alucinando, pero después me vuelves a tratar a patadas. —Me llevé las manos a la cabeza, cansado de ese día lleno de emociones fuertes—. Después de tener sexo como el que tuvimos, decirme que me lío con la primera que se me cruza ha sido un detallazo de tu parte. Si tan solo te hubieras detenido un momento y observar, te hubieras dado cuenta de que no soy el que cambia de chica cada semana.
Su rostro reflejó vergüenza, se sentó a mi lado y suspiró desalentada.
—Os he seguido desde que comenzasteis. Una vez estuve en Liverpool, os escuché tocar y me encantó —afirmó Erin—. Os busqué en las redes, atenta a todo lo que hacíais. Volví a la ciudad y tuve la ocasión de que nos presentaran, pero estabas tan centrado en agraciar a otras que me miraste como si no valiera nada y pensé que la fama se te había subido.
»Hace dos años, uno de los accionistas del hotel sugirió cambiar el festival, hacerlo más internacional y les di la idea que vinierais, nunca pensé que se llevaría a cabo. Me llevé la sorpresa antes de comprar los billetes para volver a casa, llevo un año fuera de Irlanda y venir en verano me hacía ilusión, os vi en el aeropuerto, pero estabais tan entretenidos con las fans que recordé el día que intenté conocerte, me recriminé por ser tan tonta.
»Eres un artista, te debes a tu público y yo soy una simple estudiante universitaria que escogió estar lejos de los suyos para sentirse libre. Ni en los sueños más irreales podría funcionar, sin embargo, la secretaria y Máire, una de las guías de visitas, me contaron vuestra cercanía con la gente ayer. No podía creerlo, no era el mismo tipo chulo del aeropuerto, quise creerles, incluso cuando tuve que sustituir a otra guía. Estaba nerviosa en cuanto te vi y actuaste de la misma forma.
—No lo hice, sabes que digo la verdad. —Erin resopló—. Reconoce que has sido muy injusta —le indiqué sin rodeos.
Apretó sus labios evitando reprocharme y evitó mirarme. Sonreí sabiendo que había ganado esta partida, dejé mi guitarra a un lado y con mi mano giré su cara.
—¿Qué te parece si empezamos de nuevo? —sugerí. Se mordió el labio unos segundos, soltó otra bocanada de aire y afirmó con la cabeza.
—Pero solo te puedo prometer que cada vez que estemos juntos será inolvidable. —La miré unos segundos comprendiendo que tenía razón, mis continuas giras, el vivir en distintos países nos harían cuesta arriba cualquier inicio de una relación y acepté que lo que sucedería los siguientes días sería un romance de verano.
—Está bien —respondí.
Sentí un enorme alivio, una alegría que nunca había experimentado. Sin pedírselo se refugió en mis brazos mientras juntos aceptamos las sensaciones que nacían.
Nicole me miró con ternura a la vez que suspiraba, sonreí pensando que algún día daría a conocer mi historia y ese día sería pronto. Volvió a ver la pantalla de vuelos para levantarse con rapidez.
—¡Diablos, no había visto la puerta! —exclamó nerviosa, me miró con ganas de que terminara la historia, pero ya no había tiempo—. Me quedaré con las ganas de saber más, tengo que irme.
La miré sonriendo de lado y me levanté.
—Creo que estamos en el mismo vuelo. —Abrió la boca por la sorpresa—. Ya encontraré la forma de que te sientes a mi lado.
Nicole se sonrojó, sujetó el manillar de su maleta, recogí la mía, la guitarra y juntos fuimos a la puerta de embarque. Veinte minutos después, tras un par de selfis y firmas, Nicole se sentaba a mi lado.
—Se nota que sabes usar muy bien tu estrellato.
Reí afirmando con la cabeza.
—¿Por dónde íbamos? —le pregunté con sorna—. ¡Ya recuerdo! Una patada en mi pierna me despertó de una manera violenta. Niall me miraba con una sonrisita tonta y es que me había quedado dormido abrazando a mi guitarra. Erin no había tenido la decencia de despedirse y me sentí traicionado, incluso dudé si había sido real.
Ignoré a mi amigo y regresé a la habitación para una ducha deseando que pasaran los días rápidos, no le iba a pedir explicaciones, tenía su número, podía llamarla y reprocharle, pero si ella no quiso despedirse, entonces ¿por qué yo tenía que hacerlo? Sin embargo, Brett apareció con otra de sus malditas sonrisas que me estaban sacando de mis casillas y me entregó una nota.
La cogí de mala gana y la leí. Erin se disculpaba, me explicaba que no podíamos arriesgarnos, de nuevo le di la razón, por lo que me centré en ensayar y terminar mi canción.
En la noche, volvimos a otro pub a distraernos y allí la vi con un grupo de jóvenes. Sentí celos, deseaba estar a su lado y no estar escuchando silbidos para que tocáramos, lo hicimos por complacer, pero era lo que menos me apetecía.
En cuanto terminamos, salí a fumar, no suelo fumar, pero estaba frustrado y nervioso, quería olvidar cómo un desconocido le pasaba el brazo por sus hombros y bromeaba en la intimidad con ella, tiré el cigarro enfadado y me atusé el pelo dispuesto a volver al hotel, pero me sujetaron la mano y la vi.
—Al fin pude escaparme, acompáñame, conozco un lugar donde estaremos más cómodos. —Y me arrastró con ella hasta el final del pueblo, sacó una linterna de una bandolera, desconcertado un poco podía reprimirme ese momento, pero solté lo que sentía.
—Pensaba que era yo el que te llevaría por el mal camino.
Rio a carcajadas deteniéndose y colocando la linterna cerca de su rostro.
—Las apariencias engañan. —Sonreí a esa Erin divertida que estaba a mi lado. Llegamos a una cabaña, sacó las llaves y abrió la puerta, encendió varias lámparas de gas y observé el lugar desde el umbral de la puerta.
La cabaña era acogedora, la vi acercarse a la chimenea moderna y encenderla. Mi mente imaginó todo lo que podíamos hacer al ver varios cojines y mantas a un lado; las extendió y se sentó mirando la chimenea esperando que dijese alguna palabra.
—¿Y bien, Erin? Espero que no me dejes tirado, se me acaban las excusas para mis amigos.
Sonrió y se acercó a mí.
—Esta vez no sucederá, quiero que me hagas sentir que me deseas como nunca habías deseado a ninguna mujer. —Me arrodillé frente a ella y la acerqué sujetando su cuello para besarla con fiereza adentrando mi lengua, cruzándose con la de ella y recorrer su boca.
De nuevo sonreí, dándole a entender a Nicole que no seguiría y ella lo aceptó. Aunque, una vez más, comencé a recordar cómo mis manos volaron por debajo de la camiseta de Erin, así como también, sus manos jugueteaban con el botón de mi vaquero.
Cada beso que le daba, ella suspiraba en alto pidiéndome más, le quité la camiseta y ella bajó la cremallera de mis vaqueros, volvió a torturarme con lentitud con suaves caricias, logré quitarle el pantalón pesquero para besar desde el interior de sus muslos y más allá. Sin perder más tiempo, bajé sus bragas y volví a hundirme dentro de ella.
—No sé cuánto tiempo pasó, pero te aseguro, Nicole, que esa noche nació otra canción.
—¡Sé cuál es! —me dijo emocionada— Los acordes del corazón. —No pude reprimir una sonrisa y ella me imitó, mientras a mi mente volaron esos instantes que viví junto a Erin, de cómo le susurré al oído cada palabra que iba apareciendo en mi mente y que luego presenté al grupo en un borrador totalmente deplorable.
—Mis amigos decidieron no preguntar —proseguí contándole a Nicole—. En dónde me había metido, quizás mi sonrisa de idiota les hizo sacar sus propias conclusiones.
»Los días posteriores, al llegar la noche, nos escapábamos admirando el atardecer maravilloso que se apreciaba a través de los acantilados de esa región, donde el sonido y la brisa del mar junto a las flores nos ayudaban a escondernos y poder sentir esa atracción que nos invadía y, a su vez, cuando la hacía mía, me susurraba en gaélico que no la dejase de amar como lo hacía.
Esos días me enamoré no solo de una irlandesa, me enamoré de un país, de la Isla Esmeralda, de su gente, de sus paisajes.
El día del concierto todo cambió. De la nada apareció más gente de lo que creíamos y el aparcamiento del hotel se llenó a tope. Mis amigos aceptaron que tocara «Los acordes del corazón». Erin estaba en primera plana y, al escucharla, me miró sorprendida, pero a cambio de ilusionarse, vi decepción comprendiendo al instante que deseaba que esa intimidad que había nacido entre nosotros siguiera así y fue la última vez que la vi.
Nicole abrió los ojos y me apresuré a explicar.
—Por un tiempo traté de hablar con ella el tiempo que estuve en Irlanda, pero los compromisos me impedían volver a Howth y para cuando pude hacerlo, su hermana me explicó que se había ido del país a uno que estaba al otro lado del océano, estaba decepcionada a lo que para ella había sido momentos que guardaba en su corazón.
Meses de mensajes por WhatsApp sin tener respuesta me estaban volviendo loco, hasta que tuvimos la oportunidad de ir a Estados Unidos. Me las arreglé para volar hasta Seattle y me planté en su departamento.
En cuanto me vio casi se desmayó de la impresión. La verdad es que tenía un repertorio de reproches, pero, al verla, olvidé todo. Entramos a su casa y nos sentamos uno al lado del otro sin saber qué decir.
—Nunca imaginé que te volvería a ver —dijo rompiendo el silencio.
—Si al menos me hubieras respondido los mensajes, nos hubiéramos ahorrado este instante —le reproché.
—Logan, me siento como una despiadada, me he comportado desde ese día del concierto como una ingrata y no es justo.
—Debí decirte que iba a cantarte esa canción, mi idea original era darte la sorpresa, quería demostrarte lo que siento por ti, pero creo que lo hice mal.
Respiró profundo y me miró.
—Es una canción preciosa.
—Dedicada a una mujer de la que me enamoré.
Me miró a los ojos y suspiró.
—¿Qué haremos ahora?
—¿Qué tal si dejamos seguir lo que la vida desea?
Entrelazó mi mano a la suya y me dijo.
—Son tres años que me quedan aquí y solo podré ir cada julio a Howth.
—Estoy dispuesto a desaparecerme una semana por ti, ir cada julio a Howth con una condición.
—¿Cuál?
—Que nos perdamos en los pasillos del castillo y me cuentes la historia y leyendas que conozcas.
—¿Qué tal si te la cuento desde ahora?
—Soy todo oídos —respondí. Erin se acercó a mí, se acunó bajo mi brazo y comenzó a contar la historia de dos jóvenes que se encontraron en el aeropuerto y mientras ella recordaba nuestra historia, volví a amarla como deseaba hacerlo durante meses.
Nicole me miró sin saber qué decir.
—¡Anda! Dime qué quieres saber —le indiqué para que pudiera preguntar lo que quisiera.
—¿Quiere decir que este año volverá en definitiva? ¡No puedo creer que tuviera la suerte de conocer la historia de una estrella del pop!
—¡Ya ves!, somos de carne y hueso y seres mortales como todos.
—¿En serio esto ha sucedido?
—Lo sabrás al cruzar las puertas de salida.
En ese instante, la auxiliar de vuelo se acercó para anunciar que pronto llegaríamos a Dublín y le pidió a Nicole que volviera a su asiento, ella sonrió nerviosa, respiré profundo recordando cada momento que había vivido con Erin.
Cada año celebrábamos nuestro aniversario, ella lo solía llamar renovación de promesas y no podía decirle a Nicole que Erin había vuelto después de ir a Seattle, se había matriculado en la Universidad de Lancaster y en los meses de verano, corríamos a vivir nuestro amor en los lugares más recónditos de Irlanda.
Desde Andare con sus leyendas de hadas y duendes, escondiéndonos en el arcoíris que lograba cada casa de Kenmare, hasta ver los atardeceres en los verdes pastos de Calingford o simplemente volver a la cabaña que tiempo después supe que era de la familia.
Irlanda me había enamorado, la Isla Esmeralda había atrapado mi corazón.
El capitán del avión nos dio la bienvenida y deseé como cada año ver a mi hada irlandesa en cuanto saliera. Me acerqué a las puertas y, en cuanto se abrieron, la vi. Erin corrió hacia mí sin importar quien estuviera y la besé con la pasión que sentía. Vi de reojo a Nicole sonriendo, le guiñé el ojo y le indiqué con el dedo que me guardara el secreto.
Erin se dio cuenta y se mantuvo en silencio, le pasé el brazo por el hombro y empezamos a andar a la salida del aeropuerto.
—Logan, ¿no te cansarás de contarle a la gente nuestra historia?
—¿Sabes? —dije para despistarla—. Me gustaría que me contarás esa leyenda de la estrella del pop que se enamoró de una joven de la nobleza irlandesa.
—¡Vaya! De ser una historia pasó a una leyenda —dijo con sarcasmo—. No entiendo como nadie no nos ha delatado hasta ahora.
—Será porque aún no tiene un final.
—¿Y quieres que lo tenga?
—Si es en Howth y en una cabaña a la salida del pueblo, con gusto aceptaré.