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jossy loes

el beso en la fuente

De nuevo la invitación de los duques de Atholl había llegado a su hogar.
Uno de los bailes en el que los dos últimos años había acaparado la atención de la nobleza británica. Hayley se acercaba a la veintena y para su época, mil ochocientos diez, estaba en la lista de debutantes.
Era su segunda temporada y no es que ningún caballero se hubiera fijado en ella, al contrario, tuvo varias declaraciones, pero ninguna se acercó a su corazón. Su madre pensaba que si no aparecía el hombre indicado sería una carga para su hermano mayor, el futuro vizconde Kavanagh que solía ausentarse en continuos viajes para evitar las temporadas de debutantes.
Irónico el caso, ya que se suponía que Hayley debería estar a la caza de un caballero digno y era lo último que tenía en mente, hasta ahora, todos tenían un «pero» que lograba alejarla con rapidez.
Por lo que deseó que no llegase la hora de la cena, estaba segura de que su madre hablaría de la invitación y no es que no le entusiasmara, era el evento que más le entusiasmaba, la mansión de los duques de Atholl tenía unos jardines preciosos, llenos de jacintos, rosas y narcisos acompañado del sonido acuático de la fuente que, desde el primer momento que la vio, se enamoró.
Se imaginó que su primer beso sería ahí, frente a ella, era una idea absurda, pero soñar despierta por un momento no le hacía daño a ninguna damisela. Hayley no se equivocó, la cena giró en torno al baile y las constantes indirectas con respecto a su soltería. Aceptó seguir la corriente, al fin y al cabo, se había preparado para ser la excelente esposa de un gran caballero, el problema estaba que ninguno era de su agrado y sus padres comenzaban a incomodarle con tanta exigencia de su parte.
Los días pasaron y una tarde decidió ir a caminar en el Hyde Park junto a su doncella sin percatarse que dos caballeros llevaban a cabo una carrera de caballos, conllevando a un accidente por su comportamiento en el que ella terminó cayendo estrepitosamente al suelo.
Con su mirada buscó al culpable de esa humillación y el que había bajado a toda prisa del caballo para acercarse a ella.
—¿Se ha hecho daño? —preguntó.
Hayley levantó su cabeza dispuesta a reprocharle, ya que todas las miradas recayeron en ella, sin embargo, unos ojos castaños entre pestañas espesas se posaron en los de ella, dejándola sin habla.
El caballero ofreció su mano para ayudarla a levantar y se la dio mientras se preguntaba quién era, nunca lo había visto hasta ese instante.
—Milady, ¿está usted bien? —preguntó la doncella.
—Sí —le respondió sin dejar de mirar al caballero—. Debería saber que las carreras se hacen del lado oeste del parque —le indicó con un deje de indignación.
—He sido un imprudente y egoísta —recalcó disculpándose el caballero—. Solo pensaba en no dejar ganar a mi contrincante, ya que no me gusta perder.
Hayley se limpiaba el vestido dándole a entender lo perdida que estaba, aunque, al escucharlo, volvió a observarlo sorprendida a la honestidad del caballero y a su acento denotando que no era inglés.
—He de suponer que usted no es de la ciudad —respondió Hayley recomponiéndose.
Ian no estaba acostumbrado a ese tipo de preguntas tan directas en una dama. La joven que tenía frente a él poseía una seguridad que lo atraía, algo de ella le era conocido, no tenía la belleza inglesa habitual, pero no podía negar que sus enormes ojos azules eran un imán para perderse en ellos.
Evitó mantener su mirada mucho más tiempo, no quería que se construyera una mala imagen de él y tampoco comprometerla, sobre todo cuando había vuelto con varios propósitos.
—Lleva razón en ello, llevaba muchos años sin pisar Londres.
De nuevo se quedaron en silencio observándose, tratando de indagar en ellos y querer saber quién era quién, la doncella, que estaba un poco apartada, se acercó de nuevo a Hayley para anunciarle que era la hora de volver.
—Milady, debemos volver. —Hayley parpadeó varias veces y afirmó con la cabeza.
—Espero volver a verla en otras condiciones —indicó Ian—. Disculpe mi poca caballerosidad.
Hayley evitó sonreír abiertamente, la galantería del desconocido demostraba que sabía cómo ganarse la simpatía de los demás y la curiosidad aumentó. Quería saber quién era y de dónde había salido, pero esas clases de preguntas no las podía hacer directamente, tendría que pensar cómo y a quién preguntar.
Ian pudo contemplar a la dama y comprobó que era mucho más hermosa de lo que se había fijado en un principio. El color azul de su abrigo ayudaba a resaltar el tono de su piel y de su rostro, así como el drawn bonnet le daba ese toque de dulzura que podía hacer caer a más de un mortal.
—Si se queda mucho tiempo en la ciudad, quizás nos encontremos en otra oportunidad —señaló Hayley.
Ian sonrió, acababa de darle un dato que podía ayudarle.
—Confío en que eso suceda —concluyó y se despidió con el sombrero de solapa para volver a subir en su caballo, pensando en el único que podía revelarle quién era la dama, su primo, el duque de Atholl, el único problema era que estaba fuera de la ciudad.
Varios días pasaron hasta que Hayley e Ian volvieron a reencontrarse en un concierto.
—Milady —la saludó con entusiasmo—. Me parece que nuestros encuentros son de manera impredecible. —Hayley sonrió, no esperaba verlo esa noche—. Es un placer volver a encontrarla —indicó con sinceridad.
—He de pensar lo mismo —respondió la joven sonriendo con ingenuidad.
Sonrisa que logró que naciera en Ian las ganas de sentir los labios de la dama, parpadeó para borrar la imagen, era imposible que mantuviera esos pensamientos ante esa dama desconocida, pero era el momento idóneo para preguntar su nombre y cuando se armó de valor para hacerlo, anunciaron que comenzaría el recital.
—He de irme —indicó Hayley—. Espero verlo al final del recital y poder intercambiar opiniones. —Ian sonrió.
—No sé si me está advirtiendo de que tenga cierto temor a lo que pueda esperar sobre esas opiniones. —Hayley soltó una risita que tapó con una mano.
—La mayoría tendemos a tener opiniones distintas en cuanto a recitales.
Ian levantó una ceja divirtiéndose a la respuesta, mientras Hayley no dejaba de mirarlo con coquetería. Para ella existía una fuerza que la atraía cada vez más hacia el desconocido caballero, lo contempló deseando acariciar su pelo castaño y espeso, así como también, acariciar su mentón.
—Si os soy sincero, me gustaría complacerla con el poder charlar sobre eso lady…
Ian no pudo cumplir su cometido, una joven se acercó a ellos interrumpiéndolos, sujetando del brazo a la dama e indicándole que debían ir a sus sitios o perdería los primeros asientos.
Hayley se despidió con una reverencia y caminó apresurada hasta sentarse.
—Hayley —dijo Byanca en voz baja—. ¿De dónde ha salido ese hombre tan atractivo?
Lo vio de reojo y, por unos segundos, se mantuvieron la mirada, él sonrió de lado y ella giró sonrojada ante esos gestos que nunca había hecho con ningún caballero.
—Es lo que iba a averiguar hasta que llegaste —le reprochó a su amiga, que giró su cabeza sin disimulo y vio cómo el duque Devonshire se acercaba llamando la atención del desconocido.
—Creo que ya está ocupado —susurró.
Hayley quería girarse para comprobarlo por ella misma lo que le acababa de decir, pero su orgullo era mayor y decidió esperar al final, si era cierto que estaba ocupado, era necesario saberlo de él mismo.
Ian necesitaba saber el nombre de la joven, así como de qué familia provenía, sí, tendría que preguntarle a su prima política, la Duquesa de Atholl. o haría, aunque de nuevo se encontraba con un percance, esa noche no había asistido al recital por estar resfriada. Pensó con rapidez en acercarse a los asientos próximos, pero se topó con el duque de Devonshire y, tras una breve conversación, decidió irse de inmediato, conocía las verdaderas intenciones del hombre con referente a sus hijas.
Después del concierto, Hayley buscó al caballero misterioso, pero había vuelto a desaparecer; aumentando así su curiosidad. Se le ocurrió preguntar a algún amigo de la familia y, al segundo, se deshizo de esa idea, no deseaba que viesen su interés y pudiera terminar siendo tal como su amiga supuso, estar comprometido.
Deseó contarle a Byanca cómo se había conocido y de que, por extraño que fuese, comenzaba a aparecer en sus sueños, no obstante, no quería engañarse a pesar de que su sonrisa lograse que su corazón latiera con más rapidez y su cuerpo se estremeciera.
Había conocido muchos caballeros atractivos y con dote para la galantería, sin embargo, ese desconocido se había colado en sus pensamientos más de lo que debía ser.
En los siguientes eventos, no volvió a verlo y eso la desanimó haciéndose a la idea de que solo estaba de paso en la ciudad, pero su corazón comenzó a anhelar necesitar escuchar ese acento marcado, hasta que el destino hizo que ese encuentro deseado sucediera en un intermedio del teatro.
—Buenas noches, milady —escuchó desde atrás. Evitó sonreír ante la ilusión que su corazón sostuvo, se giró fingiendo normalidad, algo que le costó—. Se está haciendo costumbre eso de encontrarnos de manera inesperada.
—Buenas noches, he de darle de nuevo la razón —respondió Hayley. Ian sonrió de lado, satisfecho por volver a toparse con la joven.
Esa noche estaba deslumbrante y deseó por segunda vez besarla y tenerla en sus brazos, hasta ese instante no se había percatado de cuánto había echado de menos esos ojos azules y esa sonrisa discreta.
—Tal vez tenemos alguna conexión —dijo Hayley dándose cuenta de que su lengua había sido más rápida que su cerebro y se sonrojó avergonzada. Color que llegó a sus mejillas y que no pasaron inadvertidas por Ian, atrayéndole mucho más.
—Nunca dude en las conexiones —respondió Ian afirmando que también pensaba lo mismo.
Era difícil de ignorar lo que su mente comenzaba a imaginar; que con esa joven desconocida descubría su otra mitad.
—¿Qué le está pareciendo la obra? —preguntó Hayley para cambiar el tema—. Si me dieran a elegir entre obras de teatros y recitales escogería lo segundo —añadió nerviosa ante la intensa mirada del desconocido en ella.
Su deseo de volver a verlo se le había sido concedido, días antes había encargado a su amiga Byanca indagar sobre qué caballero había llegado a la ciudad proveniente del norte y supieron que eran cuatro los forasteros.
Su amiga quiso saber más, pero la poca información que obtuvo era que entre ellos había un conde importante. Le preguntó una y otra vez a su hermano en cuanto a la descripción de cada uno de ellos siendo totalmente distinta a Ian.
Tras ese interrogatorio tuvo que jurar que no tenían ningún tipo de interés más que una simple curiosidad y prometiendo que su compromiso con un acaudalado hombre de negocios se mantenía intacto.
—Si os soy sincero —indicó Ian—. También me decanto por la música y por lo que me acaba de decir, sería interesante conocer su opinión en un concierto en Viena.
—¡Viena! —exclamó Hayley sorprendida—. Me encantaría ir —respondió con ilusión.
«Era ese instante o nunca», se dijo la joven. Quería saber su nombre y pedirle a su padre que lo invitase a una cena, pero lo que nunca se imaginó era que Candice Toole, hija del duque de Devonshire, la cual no tenía simpatía alguna, se acercara a ellos.
—Milord —indicó interrumpiéndolos—. Es hora de volver —apuntó.
Ian no quería volver al palco ahora que había vuelto a encontrar a la joven que se había mezclado en sus sueños y de nuevo se lamentaba en aceptar el compromiso en el que lo había metido su primo.
—Buenas noches, milady —se despidió resignado.
—Buenas noches, milord —indicó Hayley con una pequeña reverencia viendo sus sueños esfumarse.
Deseó correr al palco para que su amiga Byanca investigara de inmediato quién era el prometido de Candice, pero declinó su idea, concluyendo que no tenía nada que hacer.
Un mes después, el futuro vizconde de Kavanagh volvía de ese acostumbrado viaje que solía hacer, por lo que decidió pasar por el club de caballeros y retomar viejas amistades de camaradería, entre ellas a su amigo Ian, que había decidido pasar una larga temporada en Londres.
A ciencia cierta, para Hubert Redmond los alegatos que otorgó su amigo en su última carta no eran de todo fiable llegando a pensar que su estadía en Londres más bien era el de asentar cabeza, situación que no le alegraba del todo, ya que tendría más presión en él.
Trataba de entender la situación de su amigo, llevaba poco tiempo siendo el conde de Buchanan y había jurado a su padre en el lecho de muerte que se casaría antes de cinco años.
Ian mantenía su atención en la discusión sobre la tensión entre Francia e Inglaterra cuando escuchó a su amigo Hubert intervenir.
—Deberíais dejar a Napoleón a un lado o terminaréis desquiciados. —Ian se levantó para saludarlo.
—Pensé que rehuías de cierta época en Londres —le hizo saber en tono burlón. Hubert rio.
—Las alarmas se han disparado —respondió con ironía Hubert—. Por lo que he tenido que adelantar mis aventuras para evitar que un buen amigo cometa una locura. —Ambos hombres rieron.
—No lo dirás por lady Candice; os juro que todo ha sido un plan premeditado por lady Atholl y en el que me ha pedido disculpas.
—¿Comprendes que necesitabas de mí? —respondió Hubert bromeando—. Llevas un par de semanas en Londres y estás en grandes líos. He de imaginar que tus atenciones han caído en otra dama mucho más hermosa.
—Para qué negarlo —confesó sonriente Ian—. Lo extraño es que hemos cruzado nuestros caminos tres veces y sigo desconociendo su nombre, intenté averiguar sobre ella y he llegado a la conclusión que describo una mujer desconocida para todos.
—Quién lo diría de un soltero como tú —añadió de nuevo con burla Hubert—. Esté preguntando por una casadera en época de cacería, ¡no temes al peligro! —Ian sonrió de lado.
—Sé que es la peor época, de hecho, si no hubiera sido por el tropiezo con esa hermosa dama hubiera estado en el norte de Europa de aventura con cierto amigo y no arriesgándome a que alguna damisela logre comprometerme.
—¡Caramba! —exclamó Hubert sorprendido—. Entonces, es en serio sobre la desconocida.
—Nadie ha hablado de compromiso —aseguró Ian de inmediato—. No negaré que es hermosa, pero de momento deseo vivir mi último año de soltería, para qué engañarme, es simple curiosidad.
—Como vuestro amigo he de hacerte una advertencia, si aún no consideras compromiso alguno, espero que nunca vuestras atenciones no recaigan en mi hermana.
—No he tenido el placer de conocerla, sin embargo, te aseguro que las hermanas de mis amigos son mis hermanas —respondió Ian.
Hubert rio de nuevo y cambiaron de tema sobre viajes y política.
Al otro lado de la ciudad, Hayley estaba feliz ante la llegada de su hermano mayor, llevaba un año sin pisar Londres y se reprochó no estar en casa en el momento de su llegada, esperó llena de impaciencia y en cuanto vio el carruaje detenerse, se levantó de la silla llena de ilusión.
—Mi querida y hermosa hermana —saludó Hubert al entrar al salón de costura donde solían estar su madre y Hayley—. Era la primera persona a la que quería ver, pero madre me dijo que estabas visitando a Victoria.
—Suelo aburrirme sin tu presencia —respondió Hayley—. Pensé que no volverías jamás, estoy tan contenta por tenerte de nuevo aquí, al fin, madre fijará su mirada en otro.
—¡Hayley! —le reprochó su madre aludida—. Eres una desconsiderada, no deberías asustar a tu hermano de esa forma.
—No lo asusto —respondió en tono de burla—, le advierto —confesó con picardía. Su madre sacó su abanico para sobrellevar las burlas.
—Y bien, hermanito, ¿qué me cuentas de esos viajes?
—De momento tendremos un invitado y espero que seas amable con él.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Hayley—. Siempre he sido amable con tus amigos, incluso con los que no soporto. —Hubert rio.
—Me refería a madre. —La mujer abrió los ojos y gimió ofendida—. ¿Recuerdas a mi amigo Ian?, ha vuelto a la ciudad y no me gustaría que saliera despavorido ante tus eventuales directas sobre Hayley.
—¡Santo cielos! —exclamó la joven—. Pensé que deseabas deshacerte de mí con rapidez antes de convertirme en una enorme carga. —Hubert rio a carcajadas.
—¡No blasfemes! —la regañó su madre abanicándose para proseguir con su hijo que estaba dándole alas a su hija—. Hubert, creí que la estancia en el extranjero te había hecho madurar —respiró sonoramente y prosiguió—. ¿Qué he hecho para que mis hijos tuvieran tan mal concepto de mí? —exclamó con dramatismo, logrando que ambos jóvenes rieran de nuevo.
El timbre principal fue tocado y junto a ello la sorpresa para Hayley e Ian que, al verse, no supieron qué hacer.
Nunca se imaginó que la chica por la que se sentía atraído era precisamente la hermana de unos de sus mejores amigos y Hayley vio un cambio notorio en su, ahora, conocido caballero, apenas le dirigía la palabra o la miraba, daba por concluido que su interés había sido un simple coqueteo inocente que terminó el día que se fue del brazo de Candice.
Evitar decepcionarse no era fácil, deseó que se hubiera quedado en un simple conocido y no en una persona cercana a su hermano, lo que sentía hizo que se mantuviera toda la cena cauta.
Ian, por su parte, estaba incómodo, respondía las preguntas y hablaba sobre sus tierras en Escocia. La madre de la joven sonreía imaginándose alguna historia feliz y Hayley se mordía la lengua para evitar explicarle que ese hombre estaba ya comprometido y, cuando quiso hacerlo, era demasiado tarde, su madre lo había invitado a cenar otro día.
Ian mantuvo la compostura sintiendo pesar en su corazón, esa noche se había dado cuenta de que estaba atrapado por sus encantos. Cuando la joven sonreía, las ganas de tenerla en sus brazos crecían arrepintiéndose de esa promesa hecha esa misma tarde, pensó en arriesgarse a pedirle que la dejase visitar, pero luego concluyó que debía ser sincero con su amigo, el único problema era cómo explicar que la dama que mantenía ocupados sus pensamientos era su hermana.
Pasaron dos semanas en las cuales Ian deseó volver a verla y Hayley deseó no haberle conocido. Ian soñaba cada noche con los labios de la joven llevándolo a darse cuenta de que solo tenía una oportunidad para hablar y era esa noche, en el baile que ofrecía su primo, el duque de Atholl.
Con un frac azul oscuro junto a su solapa, pantalones blancos y una máscara sencilla negra entró a la gran fiesta dada por su primo, Hayley, en cambio, se decidió por un vestido de seda color rosa junto a un tocado que se asemejaba a la cabeza de un cisne.
Al entrar a la mansión de los Atholl vio el majestuoso salón escuchando a lo lejos la melodía de la música. Sabía que en cualquier momento se encontraría con Ian bailando con su prometida, Candice Toole, solo pensarlo la llenaba de tristeza, ya que en el fondo deseaba ser ella la que estuviera en los brazos de Ian y se odió al mismo tiempo por construirse ilusiones sin fundamento.
Su hermano le pidió el primer baile, así como también uno de los tantos pretendientes que no dejaban de insistir, aceptó a todos para no pensar en Ian, pero al terminar la última pieza decidió ir a por un vaso de ponche tropezándose con los oscuros ojos del escocés.
Ian había visto cada movimiento a lo largo de la noche con cada hombre que pedía unos minutos para contemplar su belleza, logrando que una ola de celos, la cual nunca había sentido, se apoderara de él y cuando vio a dónde se dirigía, se acercó sin importar que lo viesen.
—Lady Hayley, ¿me concede el próximo baile? —Ella lo observó durante unos segundos sin saber qué decir.
—Su pareja podría ofenderse —le respondió para evitar cualquier malentendido.
Ian levantó una ceja y supo que se refería a Candice Toole, y se lamentó de haber caído en las intenciones de lady Atholl y el duque Devonshire.
—Tan solo pido que me conceda unos minutos —le insistió. Lo que Hayley sintió no pudo entenderlo y dejándose llevar por ello, aceptó.
Ian cogió su mano y juntos avanzaron hacia el salón de baile, que, en ese instante, los músicos daban comienzo a un vals.
—Sé que le debo una explicación —comenzó explicando Ian.
—No debe darme ninguna, milord —respondió Hayley—. Entiendo vuestro interés por Candice, es una dama muy hermosa. —Ian fijó sus ojos en ella y respiró profundamente.
—He de decirle que no mantengo ningún tipo de relación con Lady Toole, ha sido un compromiso familiar, sin embargo, antes de saber vuestro nombre, tuve una conversación con Hubert y cometí un pequeño error.
El corazón de Hayley saltó al sentir que sus esperanzas renacían, tenía tantos sentimientos confundidos que no sabía cómo expresarse.
—Si no es mucho preguntar —indicó la joven al cabo de unos segundos—. ¿A qué conclusión llegó con mi hermano para que me tratase como una desconocida?
Confesarle o no era una respuesta difícil de dar para Ian, podría ofenderla y perderla para siempre.
—Si le dijese que me arrepiento —señaló mirándola a los ojos.
—Debo suponer que hablaron de mí.
—No.
—Entonces no comprendo de qué debe arrepentirse —respondió confundida.
—De no pedir, el día que nos presentaron, comenzar formalmente su cortejo.
Hayley se detuvo, Ian volvió a coger su brazo para proseguir el baile y evitar cualquier escándalo, pero ella quería que repitiese lo que acababa de anunciarle.
—Apenas me conoce para tomar una decisión como esa —indicó con el corazón encogido.
—No hace falta conocer a una persona para darse cuenta de que es la adecuada para convivir el resto de su vida.
Nuevamente, Hayley se quedó sin habla y cuando se dio cuenta, había terminado el vals.
—Comprenderé si no lo desea, pero si existiera una mínima posibilidad la estaré esperando a medianoche frente a la fuente.
El baile terminó e Ian fue el primero en romper contacto, sacando a Hayley de su ensimismamiento. Siempre había deseado ser besada en esa fuente y él era el hombre que se mantenía en sus sueños.
Inclinó la cabeza para despedirse dándose cuenta de que volvía junto a su madre, que la miraba sonriente, solo pudo hacer una reverencia patosa a modo de despedida, desconcertada a la petición indecorosa que acababa de recibir.
Si bien, desde el primer momento que sus ojos se toparon se sintió atraída, nunca pensó que el conde de Buchanan pondría sus ojos en ella y, a decir verdad, sus ilusiones se hacían realidad.
Si accedía a ese encuentro, su reputación se iría a la basura, los comprometía para un matrimonio forzoso y no deseaba eso, pero recordó que Ian había ocupado parte de su corazón. Se mordió el labio por dentro y su atención recayó en las habladurías que siempre había en los bailes tan emblemáticos como esos.
Ian sabía que era arriesgado lo que acababa de proponer, Hubert lo retaría a un duelo si Hayley aceptaba su propuesta, se lamentó en dejar que la imprudencia cegara la razón, pero ver a varios hombres merodear a la mujer que ocupaba sus sueños, lo llevó a darse cuenta de que la deseaba en su vida.
Era consciente que sus esperanzas estaban prendadas en los primeros minutos después de la primera campanada, los invitados estarían pendientes de los duques y sus palabras mientras él soñaba que comenzaría una nueva vida junto a Hayley.
La medianoche llegó cuando se escuchó la primera campanada, Hayley tenía el corazón en la garganta, un gran disgusto les daría a sus padres y tendría que dar bastantes explicaciones a su hermano antes de que se debatiera a duelo.
Ian escuchó la primera campanada manteniéndose a la espera, aferrado a la única ilusión que le quedaba, si ella no aparecía, comprendería que el decoro había sido lo más importante en la decisión que tomase y aceptaría ser para siempre un amigo de la familia.
Cada paso era una duda continua para Hayley; el frío de la noche era un impedimento a todo lo que había apostado y cuando pudo ver la figura de espaldas, se detuvo.
Ian era un hombre imponente y elegante; se imaginó por un momento su vida junto a él y sintió una paz que nunca se había manifestado en ella, pensó en su rostro y supo que necesitaba que sus labios fueran besados por él, que fuese su primer beso y tal vez el último antes de morir, abrió los ojos y se acercó con una sola idea en la cabeza.
—Me imagino, milord, que en el momento que sepan que estamos juntos mantendré la imagen en mi memoria de vuestros labios en los míos. —Ian giró de inmediato y, sin dudarlo, dio tres pasos hasta estar frente a Hayley.
—¿Dudas de eso? —le preguntó con una sonrisa en los labios imitada por otra de ella cargada de timidez—. Estoy deseando hacerlo desde la primera vez que te vi.
—¿Y qué haremos cuando nos descubran?
—De eso me encargaré… —murmuró Ian—. De momento llevaré a cabo vuestro deseo…
Acunó su cara para estrellar sus labios en los de ella, otorgándole calor y ternura en la que pasó a cierta intensidad.
Hayley supo lo que era un beso arriesgado, un beso correspondido en el lugar donde siempre había soñado, un beso lleno de todas las promesas que fueron cumplidas después.