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jossy loes

desde el corazón de la toscana

Había transcurrido dos años desde su divorcio, divorcio que consumió sus ilusiones y su vida. Valeria se limitaba apenas a vivir, iba de su casa al trabajo, y del trabajo a su casa, y al siguiente día, la misma rutina.
A decir verdad, su trabajo era lo que le quedaba, se alejó de sus amigos para no coincidir con su ex, ya tenía bastante con verlo en los pasillos de los juzgados cada vez que acudía a un caso, y tener que soportarlo en otro lugar era mucho para ella, pero cuando coincidían, a su mente volvían los malos recuerdos, creyó en el amor poniendo todas sus ilusiones en esa relación, y fueron pisoteadas vilmente, el día que lo encontró con otra en su propia cama.
Sus padres pensaron en una idea para poner fin a esa estela de tristeza que dejaba por doquier, querían a su hija, a esa mujer que había sido, a esa joven que proponía fiestas y que sorprendía con detalles inesperados por lo que la invitaron a cenar un viernes con la excusa de verla. Valeria asistió por el mero compromiso de no escuchar a sus padres quejarse de cómo desperdiciaba su vida.
Una vez sentados en la mesa comenzó a verlos murmurar entre ellos y mirarla de reojo, así que, sin preámbulo fue al grano.
—Muy bien, ¿qué pasa? —Se dedicaron otra mirada y se centraron en ella.
—Valeria —se apresuró su madre—, es hora de que te vayas de vacaciones.
—No necesito vacaciones, mamá. Me encuentro perfectamente.
—Otra vez la misma excusa —señaló su padre—. No la toleraré, te irás de vacaciones, es una orden, han pasado dos años y sigues empeñada en ese duelo que cubre tu vida y tienes que cambiar de aires.
—¡Papá! —reprochó indignada.
—Valeria, todos merecen una oportunidad, eres joven y en vez de reanudar tu vida, te has esmerado a que los años te caigan encima, Carlos feliz de la vida ante esa actitud que has tomado.
No pudo dar otra réplica, su padre tenía razón, era ella la que estaba en los pasillos con la mirada triste mientras su exesposo aparecía cada semana de la mano de diferentes jóvenes recién graduadas.
Dos años con la cabeza en alto había aguantado disimulando y cada vez le era más pesado.
—Hemos preparado un viaje de quince días por la Toscana y su campiña —contó su padre—. Harás algunos de los tours que me propuso la agencia, te ayudará a interactuar con personas desconocidas.
—No debisteis entrometeros —reprochó Valeria dolida a cómo habían actuado a sus espaldas.
—Di lo que quieras —señaló su madre, poniéndose de pie para recoger la mesa y dar por terminada la cena—. Eres nuestra hija y mientras estemos vivos, seguiremos preocupándonos por ti.
Volvió a la cocina dando por concluida la discusión.
—En el despacho encontrarás los pasajes y el itinerario —añadió su padre levantándose también—. No creo que tu jefe se enfade si te tomas quince días de vacaciones y varios días más para prepararlo. — Con voz sarcástica aconsejó y abandonó también el comedor.
—Como si no estuviera enterado —farfulló entre dientes y se quedó en la mesa pensando que tendría que ir o no la dejarían en paz.
Se levantó cabizbaja y se dirigió al despacho negando la imposición de sus padres y, efectivamente, estaban sus pasajes junto a su itinerario de viaje en la mesa del despacho, los guardó y no se despidió debido al gran enfado que tenía.
La semana siguiente se dedicó a su trabajo y, de vez en cuando, su padre pasaba por su mesa disimulando revisar algún que otro caso. Por culpa de esas visitas sospechosas, el gusanillo de curiosear el itinerario nació.
Entró a la página donde habían contratado el viaje y le gustó lo que vio, escribió una carta a su jefe aceptando los quince días de vacaciones, se levantó de la mesa y se dirigió a su despacho, tocó y la dejó pasar.
—Has ganado —dijo con cierta rencilla—. Me iré de vacaciones, y te advierto, no creas que mi vida de la noche a la mañana cambiará.
—Lo que quiero es que te reencuentres de nuevo, hija. Quiero esa chica que luchaba los juicios con salidas fantásticas, la chica cariñosa y amable con todos, no la apática que tengo que ver cada día al entrar al despacho, y lo que más nos preocupa, tanto a tu madre como a mí, no es que no te empeñes en pelear con uñas y dientes los casos, es que cada vez estás más triste.
—Está bien, ya está decidido, iré —indicó girándose resignada para irse.
—La Toscana es un lugar hermoso —concluyó su padre—. Disfrútalo, cariño, te ayudará.
—Gracias, papá, hasta luego.
El domingo, en cuanto llegó a Florencia, mantenía la idea de ver alguna que otra cosa y el resto dormir, no le apetecía ir por los campos y recorrerlo.
Su vuelo se había retrasado y, por ello, llegó cansada al hotel, en cuanto abrió la puerta, lo primero que pensó fue en darse una ducha. Subió la maleta a la cama la abrió y lo primero que encontró fue un par de calzoncillos de Pinocho.
Cerró la maleta de nuevo, rogando que todo fuera un sueño, pero al abrirla descubrió que no lo era y volvió a cerrarla buscando alguna información del dueño y pensando que tendría que comprar ropa urgente.
Fuera de la maleta no había ninguna identificación, y la frustración amenazaba con invadirla, la abrió de nuevo y tras ver ese calzoncillo de Pinocho que resultaba perturbador, revolvió las pertenencias del desconocido y encontró una pequeña libreta con números de teléfonos.
Se sentó en la cama meditando, tenía que llamar al azar a algunos de esos nombres, pero qué diantres le diría. «Hola, ¿por casualidad tienes algún amigo que haya viajado en estos momentos a la Toscana con un calzoncillo de Pinocho?», se tapó la cara consciente de que era ridículo y comenzó a reír sin más.
Volvió a mirar la maleta revuelta, busco su móvil y escogió el primer número que encontró.
—¿Hola? —preguntó un desconocido.
—Hola, buenas tardes, no sé cómo explicarlo, pero tengo en mi posesión una maleta de alguien que al parecer te conoce.
Desde el otro lado de línea hicieron una pausa y Valeria escuchó: «Héctor, acaba de aparecer tu maleta» seguido de un vitoreo de otra persona.
—Espera —dijo otra voz, y su llamada pasó a ser escuchada por todos.
Sin comprender qué sucedía al otro lado de la línea, debía ir al grano, para tener sus pertenencias lo más rápido posible, y olvidar ese perturbador calzoncillo.
—Hola —dijo una voz gruesa.
—Hola, soy Valeria, creo que nos hemos equivocado de maleta en el aeropuerto.
—Así parece, pero no me fio de mis amigos, me gustaría saber si no es otra broma, estoy de mal humor para seguir con el juego. — Valeria bufó, si necesitaba saber si era su maleta con gusto le diría lo que encontró.
—Qué tal si te recuerdo la existencia de cierto calzoncillo… —Al otro lado de la línea se hizo silencio y al segundo escuchó las carcajadas de otros hombres por lo que su llamada dejó de estar en el altavoz al instante.
—¿Tenías que ser tan específica? —reprochó Héctor.
—Has preguntado y he sido sincera.
—Ya lo veo —dijo con sarcasmo—. ¿Dónde podemos vernos para el cambio?
—¿Qué te parece la Piazza Della Signoria dentro de dos horas?
—Perfecto, una cosa más, nunca vuelvas a escudriñar la maleta de un hombre, no responderé si lo hago en la tuya.
Valeria se indignó ante esa advertencia. «¿Qué clase de pervertido eres para parecerte divertido estar registrando las maletas de otros?», se preguntó. Lo había hecho porque le urgía saber dónde estaban sus cosas, meditó qué responderle y lo mejor que podía hacer era chincharlo a su falta de tacto.
—Puedo asegurarte que no encontrarás nada parecido a tus calzoncillos. —Su interlocutor se rio y ella comenzó a preguntarse dónde estaba la gracia.
—Te perdonaré por esta vez, nos vemos en dos horas.
Y colgó, dejándola más desconcertada que antes.
«¿Qué clase de chico podía traer un calzoncillo tan raro?», se preguntó. «Lo más seguro es que fuese algún universitario que vendría en busca de fiesta», concluyó y volvió a mirar la maleta, la arregló por encima para evitar no curiosear más de lo debido y la cerró. Se quitó los zapatos, encendió la tele y se sentó en el sillón a esperar que pasasen las dos horas.
Dos horas después, en la Piazza Della Signoria, esperaba a un desconocido del cual solo sabía su nombre y que tenía una maleta igual a la de ella.
♥♥
Héctor tuvo que aguantar dos interminables horas las bromas de sus hermanos. Aceptó ese viaje por insistencia de su familia. Hacía tres años que la madre de su hija los había abandonado sin explicación alguna.
Decidió para ese entonces que se encargaría de su niña de cuatro años y aprendió a dejar el rencor atrás, gracias al cariño que le daba su pequeña. Sin embargo, no perdonaría a sus hermanos la vergüenza que acababa de pasar.
Una desconocida tenía en su posesión su maleta y lo primero y peor que encontró fue un calzoncillo, que, según la descripción dada por los capullos de sus hermanos, la nariz del personaje se acomodaba en cierto lugar específico del cuerpo.
Un hombre como él, que se encargaba de las finanzas y dirección de una empresa respetable, no tendría explicación ante ese acto de maldad sin límites. Llegó a la Piazza esperando encontrar lo más pronto posible a la desconocida y olvidar ese incidente y, si es posible, quemar ese vergonzoso calzoncillo para luego planear cómo asesinar a sangre fría a sus hermanos.
Era verano, época de vacaciones, y la Piazza estaba a reventar, sería difícil encontrar entre tanta gente alguien con una maleta azul, o al menos eso creyó. La silueta de una mujer caminando con un trolley, como si todo lo que pasara a su alrededor no le importase, llamó su atención.
Ella se detuvo y su mirada se perdió entre los transeúntes y, al parecer, lo que buscaba no lo encontró por lo que denotó que comenzaba a impacientarse. Héctor se tomó dos minutos para observarla, tenía el cabello largo con un pequeño flequillo de lado, que de vez cuando lo acomodaba con su mano, tal vez así podía tener una mejor visión de su alrededor.
Desde lejos podía apreciar que tenía un rostro hermoso y su figura era semejante a lo que los poetas en la antigüedad describían a una hermosa guitarra española. Para él era imposible no verla entre todas las personas de la Piazza, era la primera mujer que había captado su atención en mucho tiempo.
Con paso firme se acercó, deseaba saber quién era y agradeció al destino por la broma que le habían jugado.
♥♥
Valeria miró al reloj y, de nuevo, quitó el flequillo de su cara, hacía algo de calor a pesar de que algún que otro momento sentía la brisa tocar su cuerpo, levantó sus ojos para mirar de nuevo a su alrededor y se encontró con un hombre caminando hacia ella con un trolley igual al que tenía.
Era guapo y le sonreía como si la conociera de años, sonrisa que le trasmitió y, sin más, ella también sonrió.
—¿Valeria?
—Sí —respondió a duras penas—. Un placer.
—El placer es mío —dijo sin dudar Héctor—. Me gustaría disculparme por la equivocación, por mis modos y, sobre todo, de lo que hallaste en la maleta. —Dio un largo suspiro—. Dije que habían sido unos amigos y la realidad es que fueron mis macabros hermanos, debes entender que me estaban gastando una broma muy pesada, y no estaba seguro si eras parte de esta.
Valeria evitó sonreír. Le resultaba gracioso imaginarse a unos adultos gastar semejante broma a un hombre que se veía terriblemente avergonzado.
—La culpa es de ambos —respondió intentando quitarle peso de encima—. También estaba despistada.
—Es mi culpa —repitió Héctor—. Lo digo en serio. Estaba atendiendo una llamada en ese instante, ellos tomaron el primer trolley que vieron sin percatarse si era el mío.
El silencio apareció entre los dos, parecían un par de adolescentes conociéndose por primera vez. Héctor no quería que terminase ahí, si de lejos le atrajo como un imán, ver tan de cerca esos hermosos ojos verdes, le impedían dejarla escapar de momento.
—¿Te gustaría tomar un café?
Valeria, en principio iba a rehusarse, y algo en su interior le dijo que no, se notaba que era un hombre sincero y el gusanillo que le había nacido por viajar apareció de nuevo pidiéndole que aceptara.
—Sí, me gustaría.
Héctor sonrió y con la mirada buscó un lugar apropiado para un café, pero encontró algo mucho mejor: una heladería.
Pensó que, junto a un paseo, los artistas callejeros y el bullicio de la Piazza, podría conocer un poco más a la enigmática mujer que lo tenía cautivado. Le pidió que lo siguiera y lo hizo, cuando Valeria vio que pasaban una cafetería se extrañó hasta que se fijó a donde se dirigían.
—¿No íbamos a la cafetería?
—Me pareció mejor un helado y dar un paseo por la Piazza.
A ciencia cierta, Héctor nunca había actuado de esa forma, se sentía confuso y dejó que las circunstancias los llevaran a donde quisiera: «solo por una noche», se justificó por primera vez para sí.
Valeria volvió a sonreír, era la tercera vez en el día, gracias al desconocido que iba a su lado. Cada uno fue con sus respectivas maletas, mientras el bullicio de un idioma el cual no hablaban más el aire de la ciudad abría una ventana en sus corazones.
Caminaron durante dos horas hablando sobre a qué se dedicaban y se sorprendieron en cuanto supieron que vivían en la misma ciudad, sus hobbies, comidas favoritas pasando el tiempo restante riéndose de chistes malos. A medianoche cenaron y asumieron que estaban a gusto con la compañía de uno y otro, sobre todo con la coincidencia de saber que habían contratado los mismos tours creando en ellos una atmósfera de complicidad.
Fotos aquí y allá con selfis incluidos los días siguientes hicieron que, poco a poco, Valeria y Héctor olvidaran sus tristezas. Si bien la desconfianza y el miedo quisieron hacerse paso en la mente de ella, sintió que Héctor era distinto, excepto sus hermanos que eran demasiado ocurrentes y graciosos.
Y precisamente ellos se las ingeniaron para cambiar el itinerario de Héctor descubriendo esa sorpresilla en el punto de encuentro, desde entonces no habían vuelto a estar a solas como la noche que se conocieron. La fuerte atracción que sentían dio paso a aceptar lo que la vida le ponía en bandeja.
Recorrieron el sur de Florencia por la campiña de Siena, conociendo la ruta del vino rodeada por colinas, viñedos y olivares, invitándolos a acercarse cada vez más.
Visitaron pueblos medievales, y en los mercadillos encontraron pequeños detalles que se regalaron mutuamente. Eran como una pareja más, como aquellas parejas que decidieron pasar su luna de miel en ese hermoso lugar, reconociendo su amor a los cuatro vientos.
Al regresar, Valeria dio el primer paso, dándole un beso en los labios a Héctor, que respondió de inmediato de forma apasionada, ella dudó en poder ir más allá y se reprochó por ser impulsiva, pero Héctor se limitó a dejarlo en ese beso y ella se lo agradeció.
No estaba preparada para algo eventual, las dudas seguían apareciendo, tenía miedo de que su corazón se ilusionara para que luego volviese a la tristeza que había estado enterrada hasta ahora. Los hermanos de Héctor no pasaron por alto lo que sucedía entre ellos y volvieron a hacer de las suyas; empujarlos a la realidad que todos veían.
Dejaron varios preservativos con una pequeña nota en su bandolera explicando: «que nunca estaba de más». Héctor se sumergió en una enorme vergüenza cuando se percató que Valeria había leído la nota por encima y, en vez de tomarse a mal la broma, le siguió el juego.
Durante su estancia hicieron un paseo en barco a Vernaza, pisando la Riviera italiana que los embargó dejándose llevar por el romance escrito en cada pared del lugar. Entre callejuela y callejuela, comenzaron a besarse tímidamente, sus caricias eran como cuando eran jóvenes adolescentes que descubrían sus cuerpos y terminaron en un hotel con un hermoso atardecer de fondo.
Valeria estaba nerviosa, había pasado mucho tiempo desde que había estado con un hombre; la última vez fue humillante. En una discusión con su ex, le echó en cara que no le satisfacía como otra y ese miedo le invadió al encontrarse a solas con un hombre.
Héctor se dio cuenta de que algo ocurría, Valeria estaba tensa, no era la chica risueña y cariñosa de horas atrás, pensaba que esa tristeza que le invadía al conocerse era producto de esa relación fallida. Se acercó y le tomó las manos dispuesto a que esa noche olvidara todo y fuera inolvidable.
—¿Qué sucede?
—Creo que hemos ido demasiado lejos —respondió tras dudar un minuto. Héctor unió su entrecejo al denotar que su intuición no falló.
Tenía que borrar de ese corazón que estaba pegado con tiras adhesivas esas huellas dolorosas. La quería en su vida, y si tenía que pegar cada trozo, lo haría. Valeria era hermosa en todos los aspectos y no iba a perderla de la noche a la mañana.
Llevó su mano a la cara y acarició su rostro para luego besar sus ojos, sus mejillas y sus labios. Valeria soltó una lágrima, Héctor se detuvo para secarla con sus dedos, volver a besarla con ternura y, finalmente, se rindió a él.
Los besos que siguieron después lograron que Valeria olvidara sus dudas y sus miedos.
—Eres preciosa, no lo olvides nunca —susurró a su oído y ella se perdió en ese baile de seducción.
El vaivén de los cuerpos los unió, alejando sus tristezas, sus miedos, logrando que sus corazones terminaran de curarse del todo. Esa noche se confiaron los secretos más íntimos y Héctor volvió a amar a Valeria, borrando todo aquello que la hiciera dudar.
Al volver a Florencia, algunas noches, Héctor se quedaba con Valeria amándola sin reparos, explorando cada centímetro de su piel, disfrutando de sus gemidos y de cómo su cuerpo se erizaba ante cada caricia dada.
Los últimos días viajaron a Portofino, lugar que los maravilló. Cambiaron de nuevo su itinerario pasando la noche allí, disfrutar de las hermosas vistas que el mar y esa joya de paisajes que la parte más antigua de Italia les ofrecía.
—No quiero perderte —confesó Héctor después de haberle hecho el amor—. Nunca pensé que volvería a ser feliz.
Valeria supo que hablaba con sinceridad y después de mucho tiempo se sentía amada y deseaba como nunca que no se acabase. No se imaginó que la felicidad podía ser de esa forma y esa declaración logró que su corazón volviera a creer en el amor.
Pero el día antes de regresar a España las dudas volvieron a invadirle, ese miedo a que solo fuera momentáneo concluyó que su cuento llegaba a su fin. Había sufrido tanto en la relación anterior que prefirió adelantar su vuelo antes de enfrentarse a lo que para ella sería lo que pasaría, dejando a Héctor en la Toscana como el amante de verano que creyó que fue.
Dos semanas trascurrieron sin Héctor comprender por qué Valeria había huido mientras ella seguía negándose a responder a las llamadas, creía que había curado las heridas de su corazón, pero se había dado cuenta de que no.
Recogió a su hija al salir del trabajo, retomando de nuevo sus hábitos diarios y recordando a cada momento la sonrisa de Valeria, y su cuerpo. También recordó que necesitaban urgentemente rellenar su despensa por lo que fue directo al supermercado. La niña decidió explorar los pasillos del supermercado, aburrida de ver cómo su padre intentaba pensar qué había olvidado, dudando qué meter o no en el carrito de la compra.
Valeria no había dejado de soñar con Héctor y cuando desistió de llamarla, supuso que había sido lo mejor. Su madre estaba preocupada por su hija, había creído que ese viaje le ayudaría a renacer, pero se había equivocado.
Su hija regresó más triste a cómo había ido y eso la angustió, así que trató de encontrar la manera de animarla por lo que decidió invitarla a cenar de nuevo. Para eso le pidió que la acompañara al supermercado y Valeria, para no escuchar a su madre cualquier reproche, aceptó.
Llegaron al supermercado a por algunas cosas para la cena de ese día, caminaron durante un rato entre los pasillos y se encontraron a una pequeña sollozando.
—¿Te has perdido? —preguntó Valeria acercándose.
La niña afirmó y la madre de la joven decidió llevarla al centro de información con la certeza que los padres estarían preocupados, pero cuando Valeria le dio la mano se topó con Héctor, la niña se soltó y corrió junto a su padre, que se había quedado sin palabras.
Valeria estaba igual de sorprendida ante ese encuentro inesperado, Héctor se acercó a ella y, sin decir nada, la besó. Beso que añoraba y aceptó sin más. El mundo dejó de girar para ellos y Valeria entendió que tenía una nueva oportunidad.
Un carraspeo de la madre de Valeria los hizo alejarse retomando la compostura.
—Iré por lo que me queda comprar —dijo su madre a sabiendas que debía dejarlos a solas, estaba segura de que lo necesitaban, ya tendrían tiempo para contarle.
Y precisamente Valeria fue la primera que decidió hablar cuando la vio alejarse.
—Perdón por haber huido —declaró avergonzada.
—Te dije que te quiero en mi vida —respondió con pesar Héctor.
A pesar de estar lejos, la madre de Valeria pudo escucharlo girándose de inmediato con la esperanza en su corazón.
—Tenía miedo —confesó de nuevo. Héctor retrocedió un par de pasos y abrió los brazos.
—Esto es lo que soy —reveló con sinceridad—. Soy Héctor Fernández, tengo treinta y cuatro y una niña de cuatro. No soy perfecto, pero intentaré hacerte feliz si lo deseas.
Un sollozo se le escapó a la joven y su madre se tapó la boca a la vez que una lágrima se le escapaba al ver que su hija había encontrado la felicidad nuevamente.
La niña, que vio los gestos de su padre, fijó sus ojos en Valeria sin entender, la joven supo que debía presentarse si quería ser parte de la vida de Héctor, se inclinó hasta estar a la misma altura de la pequeña.
—¿Te gustaría que fuera amiga de papá? —La niña sonrió, se prendó de los pantalones de su padre y afirmó con la cabeza.
—Creo que debo pedir un poco más de pescado —dijo su madre en alto. Valeria giró y vio a su madre con los ojos humedecidos y sus manos empuñadas en el pecho.
—Será lo mejor —respondió Valeria.
Héctor alzó a su pequeña a la vez que entrelazaba su mano con la de la mujer que le había robado su corazón en la Toscana y esa noche Valeria aceptó que Héctor era el hombre que cambiaría su vida llenando de ilusión su corazón.
Un año después…
—Cariño, ¿recuerdas el viaje en donde nos conocimos? ¿Sabes que olvidamos unos cuantos lugares? —indicó Héctor con burla.
—¿Por qué sería? —contestó Valeria.
—Soy inocente —respondió su futuro marido, mientras la atrapaba para darle un beso inocente.
—Ya que eres inocente, me imagino que también lo eres para que, casualmente, nuestro viaje de novios sea esas mismas fechas.
—¡Oh, no! Te aseguro que con eso no lo fui —declaró Héctor con cierto aire malicioso—. Lo hice con toda la premeditación, incluso nos llevaremos esas mismas maletas y, tal vez, cierto calzoncillo.
Valeria reía pensando en el itinerario de viaje a la Toscana, y recordando los hermosos parajes que curaron su maltrecho corazón conociendo al hombre que le hizo comprender que tenía una nueva oportunidad.