a gran canaria con sorpresa incluida
5 de diciembre
«Mi muy querida Emma, me ha dicho un pajarito que has decidido de nuevo pasar las Navidades en Londres, y yo pensando que por fin las pasarías en la isla y ya había comprado los ingredientes para unas truchas de cabello de ángel y batata… ¿No será que ese surfista y supuesto abogado de mala influencia te tiene secuestrada y no quieres contarlo a tu familia?
Estoy muy decepcionada, ya te arrepentirás, daré fe de ello.
Sarito».
—¿Por qué mi hermana le enseñó a tía Sarito a enviar emails? —rezongó Emma. Borja sonreía por el disparatado correo electrónico. Sarito sabía cómo provocarla y siempre caía.
—Te dije que deberíamos pasar las Navidades en Canarias, llevas medio año diciendo que los visitarías.
—¡Pero no puedo! Tengo que dejar todo organizado y está a punto de grabarse un spot.
—Te va a crecer la nariz como a Pinocho —respondió con guasa—. Ya me contarás qué está pasando, espero que no estés tentada de aceptar el puesto de directora general y ser el último en enterarme.
Emma lo miró de reojo y prefirió callar, se sentó en la cama y resopló con cansancio. Solo tres años llevaba en la treintena. Había creído que su tía la dejaría en paz y la muy pécora había apostado que solo durarían un año y medio. No entendía por qué había profetizado tal calamidad, pero esta vez se había equivocado.
Borja la atrajo hacia él y la acomodó en su regazo.
—Aún estamos a tiempo de ir —le dijo en tono reconciliador.
—No lo sé, vamos ajustados de dinero, Borja. Además, llevo días medio rara, creo que me volverá a dar gripe.
—Solo das demasiadas excusas cuando algo malo has hecho. De todas maneras, con un bañito en El Confital se te quitan todos los males —respondió acariciándole la espalda.
—A veces pareces más canario que vasco, menos mal que el acento te delata. —Borja rio a carcajadas y le dio un beso en la cabeza.
—¿Y si le damos una sorpresa? Me encargaré de comprar los billetes de avión mañana.
—¡Sí, claro! Luego nos quedamos en un hotel hasta Nochebuena y a medianoche aparecemos diciendo: Jo, Jo, Jo, y ¡vestidos de rojo!
—¡No lo niegues, cariño, es un plan perfecto! Mamá Noela y Papá Noel.
—Me parece que te he pegado la gripe —indicó—. ¿En serio comprar unos pasajes en el mes más caro del año? —Borja volvió a reír—. Tus sorpresas no me gustan nada, todavía recuerdo la boda de Jimmy.
—Confiesa que son las que más te gustan —le dijo subiéndola encima de él.
—Va a ser que esa vez no me gustó.
—¡Mentirosilla!—le dijo mientras mordisqueaba su cuello. Emma soltó aire cerrando los ojos por las caricias que le otorgaba—. Antes de dormir me gustaría conocer más a fondo a mamá Noela.
Le quitó el pantalón del pijama a la vez que Emma le sacó la camiseta con rapidez.
Tres meses y medio antes
—Vamos a llegar tarde, Emma, y como siempre es tu culpa.
—¡Qué manía tienes de culparme!
—Te gusta provocarme —respondió mientras se acercaba, bajándole la cremallera.
—¡Borja! —Lo empujó riéndose—. Aún estoy convaleciente, esa maldita gripe me ha dejado hecha polvo —le indicó calzándose rápidamente los zapatos y salieron a la boda de Jimmy.
—En eso doy fe, es la primera vez que te veo con tanto moco suelto.
—¡Eres un asqueroso! —inquirió abochornada.
La semana anterior había estado pendiente de ella. Había comenzado a sentirse mal hasta tal punto que tuvo que volver a casa, y allí vino el primer estornudo, la posterior fiebre y una gripe bastante fuerte.
La misma situación la había vivido dos semanas antes de su boda, estaba tan estresada que tuvo un gran bajón de defensas, trayéndole consigo un gripazo de narices. Borja se compadeció de ella y la atendió en todo momento, otro detalle de cuánto la quería que no podía olvidar.
Definitivamente odiaría las bodas. Fuera la de ella o no, terminaban desquiciándola y enfermándola. Había tenido que ultimar detalles adelantado parte de la campaña a la vez que se reunía para bosquejos de próximos spots con el único fin de poder asistir al evento del año.
Estaba feliz por Jimmy, por fin se casaría con Mary. El diabólico de Mike Morris se había negado a darle el divorcio si no se cumplían las condiciones que había impuesto, por lo que entendía que era luchar con obstáculos. Ella era un ejemplo de amor incondicional, se mantuvo quince años luchando contra sus sentimientos hasta que finalmente el destino los reunió de nuevo, aceptando casarse con el hombre de su vida el día que cumplió los treinta años.
Había sido tan romántico que no dudó en darle el sí, y lo que para ella sería uno de sus mayores sueños se convirtió en una pesadilla o, mejor dicho, la maldición de su bodorrio.
Fue un desastre que casi le cuesta un infarto. Por mucho que trataron de explicarle a Maricarmen y Conchi que deseaban una boda sencilla, no fue así.
Las matriarcas pasaron a modo drama de telenovela hasta que se salieron con la suya, logrando que ambos tuviesen que programar sus vacaciones para el día de la boda y como para Emma, octubre era su mes, escogió su día de cumpleaños sin cambio alguno posible. Fueron meses estresantes que pusieron al límite su relación.
Llegaron al acuerdo de que cada domingo se conectarían vía Skype para hablar sobre la boda. El primer día que lo hicieron Borja no pudo parar de reír, tenían que decidir en qué ciudad sería el enlace. Ellos querían que fuese allí en Londres, ocupados con su trabajo sería difícil tener que desplazarse a otro país, pero una vez más sus madres tuvieron la última palabra, y de una forma poco ortodoxa. Cara o cruz.
Pasado un año de eso, seguía sin creerse que su boda se había organizado por una moneda de cinco céntimos. Cara o cruz para los lugares en que se haría en Gran Canaria, cara o cruz para los dos lugares que las matriarcas habían seleccionado, cara o cruz para la decoración, cara o cruz para los dos catering que le habían recomendado, o si tendrían o no cortejo, para las flores, para la orquesta, incluso cara o cruz para saber si los recuerditos de la boda podían llevar el emblema de la Unión Deportiva Las Palmas.
Eso último las llevó a una gran discusión, Conchi prefería que fuese del Athletic de Bilbao, y lo peor no fue eso, lo peor fueron las manipulaciones que vivían durante la semana.
Al menos había podido escoger su vestido, aunque fue difícil negociar. A medida que se acercaba la fecha, el estrés y el continuo desvarío de las matriarcas ponía a prueba su relación. Finalmente, el día de la boda pasó lo que estaban temiendo.
Las flores no combinaban mucho con el decorado, y el lugar seleccionado era al aire libre por lo que ese día llovió a cántaros. Agradeció que la luna de miel se la dejaran escoger a ellos y decidieron irse a Punta Cana, la única manera de desconectar de sus desquiciantes madres.
Después de ello, todo volvió a su cauce y disfrutó de lo que era vivir en pareja. Acostumbrarse a las mañas y las sorpresas que siempre le daba Borja encontrando momentos para escaparse y volver a su isla, y disfrutar de su clima a pesar de que su madre se encargara de tener siempre papas arrugadas para él.
Lo consentía ignorando por completo sus peticiones de que cocinase un buen plato de ropa vieja casero.
Miró a su marido de reojo sintiéndose feliz, su amor siempre se había mantenido a pesar de los años, y una lagrimita de emoción soltó en cuanto escuchó el «sí, quiero» de su amigo y jefe. Su boda había sido un desastre como todo lo inusual que le sucedía, pero uno de los mejores momentos de su vida.
Después de la ceremonia pasaron a la carpa de invitados que estaba ubicada al lado de la mansión donde se celebraba la boda. Saludó a unos cuantos compañeros de trabajo para sentarse inmediatamente. Los primeros platos aparecieron y se relajó divirtiéndose junto al burletero de Borja y el resto de los comensales, hasta que la invitó a bailar.
—¿Te he dicho que estás preciosa?
—¿Qué quieres, Borja?
—A ti.
—¡Qué directo! —dijo con una sonrisa de lado.
—A decir verdad, llevamos tiempo que no tomamos ciertos riesgos.
—No estamos ni en Canarias ni en Londres —le advirtió.
—¿Y desde cuando necesito lugares específicos para hacerlo?
Emma, queriendo responder, se dio cuenta que tenía razón.
El día de su boda la había raptado durante quince minutos llevándola a la casa de la finca donde se celebraba y allí terminó echando el primer polvo post matrimonio. Hubiera quedado en un secreto de pareja, pero una vez más esa mala suerte apareció.
En cuanto salieron, con la primera persona que se toparon fue con su tía Sarito que, al percatarse lo que habían hecho, se desmayó. A raíz de eso juró que solo durarían un año y medio.
—Borja, sería bochornoso que me echen de la mansión de los Woodward por pillarme en plena faena.
—¡No seas aguafiestas! —le provocó—. En el fondo te pone a cien.
Lo miró de reojo. Claro que le ponía como una moto, a nadie le caía mal uno rapidito, y menos a ella, cuando llevaba casi tres semanas sin sexo.
Dejó de bailar para demostrarle que estaba dispuesta. Borja la sujetó de la mano y salieron de la carpa para buscar algún lugar dentro de la casa en el que pudieran soltar toda esa pasión que llevaban conteniendo.
Entraron por la primera puerta que se encontraron, resultando ser una especie de sala de estar. Sin darle tiempo a respirar, atacó su boca adentrando con posesividad, subiendo como pudo el vestido hasta sentir un ruido de la tela romperse.
—¡Borja! —siseó—. ¿Me has roto el vestido?
—¡Nadie lo notará! —le dijo intentando arrancarle las medias, y a Emma le entró la risa nerviosa.
—¡Te voy a matar! —advirtió a la vez que le quitaba la levita para desabrocharle el chaleco y sacarle la camisa.
Caminaron a trompicones hasta quedar al lado de un sofá curvilíneo, sintiendo de nuevo el rasgar de su vestido. Por el bien de su trabajo debía detenerlo, pero su cuerpo necesitaba con urgencia que Borja se sumergiera dentro de ella.
Le bajó el pantalón junto al bóxer, cayendo esparcidos en el suelo mientras que su vestido se enrolló en la cintura y le bajó las mangas dejándola expuesta. Miró al sillón y sonrió de lado.
—Me parece que este sofá tiene su función. —La empujó apoyando la mitad de su cuerpo en el cabezal del sillón, le quitó el tanga y entró con un suspiro alentador.
Emma estuvo a punto de protestar, pero cuando Borja se sumergió en ella se olvidó de todo. Esa curva del sillón había logrado que la penetración fuese profunda, sintiendo cómo sus entrañas gritaban de placer. Borja sujetó sus piernas en cuanto salió para acomodarse mejor, y volvió a entrar.
—¡Quiero un sillón como este! —masculló sintiendo cómo lo cobijaba—. Tendré que preguntarle a Jim dónde diablos lo compró —señaló.
A Emma le daba igual dónde lo había comprado, la adrenalina que sentía por que los descubriera, junto al placer de cada embestida, la llevaban a tener un subidón. Salió de ella y pasó su mano por su cuerpo besándola y atrapando uno de sus pezones, logrando que le reclamara mucho más, y eso le gustó.
No podía negar que tenía razón en cuanto al sillón, podía moverse con libertad sintiendo cada embestida in crescendo. Se mordió el labio para no gritar cuando sintió que llegaba al orgasmo y se dejó llevar. Borja prosiguió con dureza siguiéndole después.
Terminó en su pecho con gotitas de sudor en su frente, besó su cabeza y salió de ella para vestirse y ayudarla.
—No te puedes quejar, has mancillado un sillón de la mansión Woodward —dijo con guasa.
—¡Serás capullo! Eres una mala influencia para mí, tendré que alejarme o terminaré en graves problemas. —Borja rio a carcajadas.
—¡Chiquilla! ¡A ti te gustan los pibes que te dan caña! —Emma dejó de desenrollarse el vestido y lo miró negando con la cabeza.
—¡Chaval, lo haces de pena! El día que decida tener un hijo tendré una gran tarea por delante y es evitar que imite al pésimo cómico que nace de vez en cuando en ti. —Borja levantó una ceja y le sujetó la mano para halarla hasta él.
—No sabía que eran tus planes próximos —murmuró dándole un beso dulce.
—Eres quien ha dicho a todos que por el momento los niños se quedan con las cigüeñas. —Borja volvió a reír.
—Hasta que no terminen de reformarnos la casa, no quiero que tenga problemas respiratorios por culpa del polvo, bastante me asusté cuando te vi con ese ataque asmático.
Emma sonrió y lo abrazó, y él la ayudó a subirse la manga.
—Por eso es por lo que te amo.
—¿Por subirte la manga del vestido? —Ella hizo un mohín.
—Sabes qué quiero decir y vamos, que van a comenzar a preguntarse a dónde nos fuimos. —Borja le sujetó la mano y salieron topándose con Jim, que los vio con una ceja levantada.
—¿Qué tal el sillón tántrico, Borja? —Quería morirse de vergüenza.
Su jefe intuyó qué hacían dentro de esa habitación. Tampoco podía fingir mucho, sus mejillas, su pelo y lo arrugado del chaqué de Borja les delataba.
—Excelente —respondió con un entusiasmo más de lo normal—. Quería preguntarte, ¿dónde lo has comprado? —Sorprendida, le miró. Era bastante violento que su jefe la pillara para que terminaran hablando de un sillón como si fuese una cata de vino.
«Un momento», se dijo, «¿sillón tántrico?», se preguntó mirando de nuevo a Jim.
—Tendrás que preguntarle al que ha estado viviendo los últimos meses por aquí. Ahora entiendo por qué estaban tanto tiempo en esta habitación.
—Te aseguro que se lo preguntaré —respondió Borja con la sonrisa en los labios, le estrechó la mano y se despidieron.
Al llegar a la mesa también los miraron con cierta perspicacia. Llegó a sentirse como si hubiera cometido un sacrilegio, se sentó y en ese instante sintió de nuevo el vestido rasgarse.
—¡Borja! —dijo frustrada y maldiciéndolo por dentro—. ¿Por qué siempre termino pasando un momento vergonzoso contigo?
—Tranquila, cariño —respondió carcajeándose de risa—. Te prestaré mi levita, nadie tendrá el placer de ver tu culo, solo yo.
—¡Me la pagarás! —le advirtió.
No tuvo lugar a dudas de que se la pagó volviendo a enterrarse en ella toda la noche en cuanto regresaron al hotel.
13 de diciembre
La noche anterior había estado hasta tarde en la agencia y en cuanto llegó a casa fue directo a la cocina a calmar el rugir de su estómago. Abrió la nevera y cogió todo lo que vio a su paso, sin importar si estaba frío o no.
Se dio una ducha y se fue a dormir dejando que el calor que emanaba del cuerpo de Borja le arropara. En la mañana no solo le costó levantarse, sino que todo lo que comió la enfermó con una buena indigestión.
Agotada, llamó a Lucho contándole lo mal que se encontraba y que en cuanto se sintiera un poco mejor iría a la oficina a culminar los detalles para el spot que se grababa cuatro días después. Volvió a la cama y se quedó dormida.
El olor a pollo la despertó. Desorientada, miró el reloj y maldijo por haber perdido el día. Buscó con rapidez un vestido y se dio cuenta de que le quedaba un tanto estrecho. Culpó a su estómago hinchado, ya compraría uno, se duchó y fue hasta la cocina. En cuanto Borja la vio se quedó de piedra.
—¿A dónde demonios vas?
—A la oficina.
—Déjame entender lo siguiente, Lucho me llamó angustiado contándome que estabas con una gastroenteritis, he venido lo más deprisa que pude y te vi durmiendo, ¿y ahora vas a la oficina? ¿En qué momento comiste las espinacas de Popeye?
—Anoche —respondió con burla—. Me las comí tan tarde que me dio indigestión.
—Eso no tienes que jurármelo —indicó cabreado—. Abrí el refrigerador y parece que hubiera venido una tropa. —Emma resopló.
—Borja, soy consciente de que no estoy bien, pero debo culminar los detalles. En tres días nos vamos a Gran Canaria y debo dejar todo planificado. —Él frunció el ceño y soltó aire.
—Te llevaré, pero antes comerás algo.
—¡Santo cielos, es una indigestión, no una enfermedad mortal!
—Emma, llevas un par de días desmejorada y no me gusta verte así, los dos estamos con mucho trabajo encima, pero te he dicho que no puedes seguir asumiendo tanto, que delegues al resto.
—Cariño, si hace unos meses podía sin problema, por unos meses que me ha pillado la gripe y… —En ese momento se dio cuenta de algo que no había echado de menos, abrió los ojos y sintió un gran mareo. Borja la sostuvo viendo cómo palidecía.
—¡Se acabó! Ahora mismo llamaré a Jimmy, no puedes seguir con exceso de trabajo.
—¡No! Por favor, tengo que dejar todo planificado, solo es estrés. ¡Eso, estrés! Te prometo que llamaré a Jimmy y le diré que necesito adelantar las vacaciones. —Borja abrió los ojos desconcertado y frunció el ceño.
—¡Haz lo que te dé la gana! No discutiré, es tu salud, no la mía. —Dejó el plato con la sopa de pollo en la mesa y salió.
Emma se sentó sin darle importancia, tenía una preocupación mayor. Se devanó el cerebro pensando cuándo había sido la última vez y no recordaba. Angustiada, tomó un poco de sopa de pollo, pero enseguida sintió náuseas. El pánico apareció y solo pudo hacer una cosa, escribir a sus amigos por el WhatsApp.
Emma
«Chicos, creo que voy a morir en cinco minutos».
Cristina
«Solo espero que sea por un mega orgasmo».
Emma
«No estoy para juegos, es muy serio».
Lucho
«¡Oh, Dios mío! Entonces no son ideas mías».
Conocía al dedillo a Emma, llevaban varios años trabajando juntos cinco días a la semana, ocho horas. Después de que regresara de la boda del jefecito, comenzó a cambiar.
Al principio no le dio importancia, hasta que se dio cuenta de que pasaban las semanas y los días de tener el sarcasmo a nivel estratosférico no habían llegado. Lo dejó pasar, pero conforme transcurrieron los días le había dado por comer chocolate blanco Tirma, algo muy raro en ella y súper difícil de encontrar en Londres. Incluso empezó a quejarse de cansancio y eso solo tenía un adjetivo.
Vero
«¿Qué tienes, Em? Ni que tuvieras un bombo».
Nadie dijo nada más en los siguientes minutos, si para muchos era una gran noticia, para Emma no, y mucho menos para Borja, que estaba convencido de que no era el mejor momento para ello.
Vero
«¡No puede ser cierto!».
Lucho
«¡Lo sabía! Llevas días pidiendo cosas raras, además, te veo más gordita y más guapa. ¡Tendré una Emmita o Borjita revoloteando en la oficina!».
Cristina
«¿Habláis en serio? ¿Emma con un bebé en brazos? No sabe ni cuidarse por sí misma».
Emma
«¡Serás zorra! Estoy desesperada sacando las cuentas, llevo dos retrasos. ¡Dos!».
Cristina
«Eso se arregla con una vulgar prueba. No eres la primera que sufre retrasos, yo los he sufrido, además, ¿cómo demonios terminaste con un bombo?».
Vero
«No creo que haga falta explicarlo, Cristina, aunque con lo morbosa que eres... Emma, yo que tú iría corriendo a comprarla».
Emma
«¡Mi vida es un desastre! En tres días salgo a Canarias y todos lo van a notar, Borja se cabreará mucho conmigo».
Cristina
«Vamos a ver, bonita, es algo que suele suceder entre las parejas, no recuerdo que seas la Virgen María. Hicisteis cositas sucias, así que el calentón fue por parte de los dos».
Emma
«Borja siempre ha hablado de esperar hasta terminar las reformas, incluso acabamos de discutir, él cree que es estrés por trabajo. ¡Dios mío! Maldito sillón tántrico, fue allí, estoy segura».
Vero
«Has dicho que solo os faltaba la cocina y el salón, podéis esperaros. Si el destino ha querido que seáis padres es porque es el momento, además, Borja te quiere con locura y en el fondo será el mejor regalo de Navidad. Por cierto, ¿qué es un sillón tántrico?».
Cristina empezó a reír a carcajadas, lo que menos se había imaginado era que hicieran un bebé en un sillón como ese.
Cristina
«No especulemos todavía, quizás es una falsa alarma, lo que tienes que hacer es salir de dudas. Lucho, vete cagando leches a la farmacia y pide una prueba de embarazo, y Verónica, si necesitas saber qué es un sillón tántrico, va siendo hora de que mandes a la porra a ese Tinerfeño».
Lucho
«Voy de inmediato, y Cristina… te has pasado».
Vero
«Voy a hacer que no he leído nada. Lucho, en cuanto llegues a casa de Em, haces la videollamada».
Emma caminó de un lado al otro. No es que no quisiera formar una familia, sino que le hubiera gustado que fuese planificado, no por culpa de un calentón. En ese instante recordó a su tía Sarito y la culpó por esa carta que le había enviado.
Si resultaba que sus sospechas eran ciertas, tendrían que buscar la forma de decírselo a Borja, pero ¿cuándo?, si viajaría a Canarias en tres días.
—¡Mierda! Mi madre se dará cuenta y lo sabrán hasta en La Aldea —dijo totalmente consternada.
La prueba cantó dos rayas azules de color bastante oscuro. Borja no le había escrito en toda la tarde y eso significaba que seguía enfadado, y, por otro lado, de nuevo las náuseas aparecieron.
Muy a su pesar, llamó a Jimmy y le dijo que necesitaría esos días porque tenía una gripe estomacal. «¡Menuda gripe!».
Lucho le prometió que se encargaría de todo con el otro jefe de cuentas. Para cuando llegó Borja, su amigo la había animado, le había dicho que pronto se le pasaría, pero su semblante les decía a gritos que seguía enfadado, por lo que decidió hacerle caso al consejo de sus amigos.
17 de diciembre
El avión, por la mala fortuna del destino, se averió, y asumieron que tenían que hacer dos escalas. Primero a Barcelona, luego a Madrid y por último a Gran Canaria, un viaje de sufrimientos por los mareos, las náuseas y la preocupación de cómo soltárselo a Borja.
En cuanto pisó el aeropuerto de la isla, se arrodilló dando gracias a Dios.
—No sé qué rayos ha pasado, pero llevas cuatro días comportándote como alma en pena, y va siendo hora de que me cuentes lo que sucede o me veré obligado a decirle a Maricarmen que te saque la verdad a punta de eso que llaman caldo de gofio.
—¿Caldo de gofio?
No era muy amante, pero en cuanto lo imaginó, las ganas de vomitar aparecieron. Corrió al baño y arrojó lo poco que había comido. «Si sigo así, no llegaré a Navidad viva. Cada día me siento peor y me resulta difícil disimular».
Desde que había visto esas dos rayitas azules, el mar de llantos se había hecho paso. Lucho, Vero y Cristina la habían convencido de darle la sorpresa en Nochebuena. Con las copas de más, junto a los testigos pertinentes, lograría asimilar su estado de buena esperanza.
Respiró profundo, se refrescó la cara, se enjuagó la boca y salió; allí estaba su marido, de brazos cruzados con el semblante serio, un indicio de que su secreto podría saberlo en cualquier momento.
—En cuanto lleguemos a Las Palmas iremos a urgencias.
—¿Qué? ¡Estás loco! Mi madre debe tener el remedio perfecto para curar esta indigestión.
—¡Llevas cuatro días así!
—Borja, cariño, ¿desde cuándo los virus tardan cuatro horas en curarse? Salgamos de aquí o mi madre comenzará a llamarnos como loca. —La miró detenidamente, soltó aire, recogió las maletas y le dio la espalda.
—¡Tú misma!
Emma volvió a recordar ese email que le había enviado su tía, todo era su culpa. Siempre que su dedo puntiagudo la apuntaba, aparecía la maldición.
Al salir de la terminal, se encontraron a su padre y su hermana Iraida, dándole un respiro momentáneo hasta encontrarse con la mirada inquisidora de su madre.
—Emmita —le dijo con cariño su padre—. Te veo desmejorada.
—¡Indigestión! —ironizó Borja. De inmediato, los ojos de Iraida y Jacobo, su padre, recayeron en ella. Emma sonrió nerviosa.
—Me di un atracón de comida hace un par de días y sabéis que no soy de mucho comer. —Iraida estalló en risas.
—Mmm, ¡menudo atracón! Si sigues así, hermanita, no quiero imaginarte en unos meses.
Deseó matarla. No llevaba ni treinta minutos en Gran Canaria y ya iba a por ella. Iraida dejó que Borja y su padre se adelantaran y, cuando ninguno la vio, le hizo la señal más explícita que nunca había podido imaginar.
La señaló con el dedo para luego hacer con sus manos una panza en su cuerpo de que estaba embarazada. Emma abrió la boca para tratar de defenderse, pero no pudo.
—Borja no lo sabe, no abras la boca. Esto ha sido toda una sorpresa.
—¡Tonta del culo! ¿Cómo se lo vas a ocultar? Mamá se dará cuenta enseguida y tía Sarito. —Se rio a carcajadas—. ¡Qué buenas Navidades! Serán muy graciosas.
—¡Vete a la mierda! —exclamó bastante enfadada ya que solo se burlara.
—En eso no has cambiado nada —repuso con burla—. ¿Y de cuánto estás?
—¡No lo sé, apenas lo descubrí hace cuatro días!
—¡Qué dejada eres! No te veo como madre, capaz que dejas al chiquillo en Las Canteras el año que viene y veo a mamá gritando por toda la playa. ¡Borjita, Emmita!
—¡Joder! Gracias por el apoyo. ¡Y no soy tan inhumana, por Dios!
—A lo mejor no lo eres —respondió a carcajadas—, pero lo que te pasa a ti a nadie le pasa. Para que veas que no soy una capulla, te echaré una mano. Llamaré a mi ginecólogo, tal vez tenga un hueco y te vea lo más rápido posible, y así saber cuánto tiempo tiene ese chícharo que te tiene con indigestión —le dijo entre risas mientras seguían a Borja y a Jacobo.
—No sé si darte las gracias o mandarte de nuevo a la mierda.
—Tú decides, eres la que tienes una gripe intestinal de nueve meses —respondió como mofa.
En el camino, Emma sacó su maquillaje para disimular como fuese las horribles ojeras que tenía, antes de que su madre intuyera su estado de buena esperanza. El problema sería su tía Sarito.
Esa mujer la miraba con una maldita lupa clínica, pero lo que le dolía eran las puntas de Borja. Seguía enfadado y eran reforzadas por su querida hermana, la chinchaban solo para fastidiarla.
En cuanto aparcaron sintió que se iba a desmayar del agobio. Tenía que ser fuerte y disimular.
—¡Borjita! —dijo Maricarmen en cuanto lo vio—. ¡Qué guapo estás, chiquillo!
—¡Maricarmen! ¿Y mis papitas arrugadas?
—¡Mi niño!, ya están listas, ¿cómo crees que se me iban a olvidar? —señaló con un abrazo—. ¿Y Emmita?
—Estará persignándose antes de ver a Sarito. —Maricarmen se rio.
—No seas malo con mi niña.
—Sabes cuánto la quiero, pero últimamente está más rara que de costumbre —le dijo sin reparos y entró con las maletas a la casa.
Esa respuesta la desconcertó.
—Creo que tendremos risas angelicales dentro de poco—murmuró Jacobo dejándola aún más desconcertada y que vino acompañada de la risa de Iraida, que terminó por hacerla fruncir el ceño.
Y es que cuando se reía así era por algo que tramaba y afectaba a alguien de la familia, hasta que vio a Emma venir.
—¡Emmita, mi niña!—exclamó con alegría, aunque enseguida denotó las ojeras de su rostro—. ¿Estás mala?
—Gripe intestinal —respondió para mantener su mentira.
—¿Qué?—La miró de arriba abajo y sin indagar mucho, lo comprendió—. ¡Ay Dios mío! —gritó. Emma enseguida le tapó la boca.
—Mamá… —siseó—. Por una vez en tu vida guarda los impulsos para ti.
—Pero Emmita —dijo entre murmullos—. ¡Cómo quieres que no me emocione si es lo que estábamos esperando! —le hizo saber casi a punto de gritar de nuevo.
—Como se lo cuentes a Conchi, te juro por la Virgen del Pino que en la vida me volverás a ver —le advirtió y Maricarmen abrió los ojos desconcertada—. Borja ha dicho por activa y pasiva que de momento no quiere niños y hemos metido un golazo.
—Ay Emmita, en algún momento se enterará, tampoco es tan grave. Borjita no es tan intransigente como otras y la barriga va a crecer —respondió algo ofendida a querer esconder la gran noticia—. Entiendo ese comentario del pobre chico con que estabas rara, son los síntomas. —Escucharon a Borja y Aday hablar acercándose a ellas.
—¡Cuñadita! ¡Qué guapa te veo!
—Gracias, eres el único que me ha dicho eso de unos días para acá —respondió Emma con cierta ironía. Borja resopló y rodeó su cintura dándole un beso en la mejilla.
—Lo siento por ser tan irracional.
—No te preocupes —añadió Emma arrepentida—. Es mi culpa, el estrés me ha pasado factura. —Y antes que su madre soltara alguna tontería la miró con severidad, aunque fue demasiado tarde en cuanto vio a Aday levantar el pulgar.
Su secreto cada vez lo sabían muchos más.
19 de diciembre
Gracias a Iraida, consiguió que el ginecólogo le diera cita lo más pronto posible, pero ese día le tocaba pasar una prueba importante, ver a su tía Sarito.
El día anterior, su madre no la dejó ni un instante sola. Agradeció que Aday se llevase a Borja a coger olas, hubiera sacado conclusiones de inmediato, ya que su madre seguía dándoles un sinfín de consejos y, no conforme con eso, horas después, regresó del supermercado con una cantidad de hierbajos con el fin de aliviar el malestar de los síntomas comenzando en hacerle un té de jengibre.
—Te lo agradezco mucho —le dijo un tanto cansada de tantas atenciones—. Si sigues tratándome como una moribunda, Borja se va a dar cuenta, y no solo él, tía Sarito cuando entre y vea eso en la cocina.
—Ya nos apañaremos —respondió Maricarmen sin darle importancia.
—Es tía Sarito y nada se le escapa —repuso Emma.
—Y yo soy tu madre y puedo arreglármelas para despistarla —le indicó guiñándole el ojo. Respiró con paciencia, tenía la intuición de que su tía lo descubriría enseguida.
Escucharon el timbre y Maricarmen empujó a su hija a que la recibiera, mientras escondía todo. Emma pensó en las miles de excusas que podía darle en caso de que le preguntara.
La calima, el cambio de clima y, si se ponía muy pesada, le saldría con una de las suyas. Aunque su Sarito siempre tenía respuesta para todo y era capaz de soltarle algo tan coloquial como que le faltaba un sudor de pecho… por culpa de un sudor de pecho es por lo que terminó en ese estado.
Abrió la puerta, su tía la examinó de arriba abajo, acomodándose más las gafas y frunciendo el ceño.
—Querida Emma, ¿has furrunguiado mucho últimamente?
—¿Qué? —preguntó desconcertada.
—¡Estás preñada!
Emma quería morirse. Su tía definitivamente era una bruja, solo con verla lo supo, pero tenía que hacerle cambiar de opinión fuera como fuera.
—Tía Sarito, he venido por el email que enviaste —respondió fingiendo seguridad.
—Era una suposición —repuso Sarito—, pero tu respuesta lo confirma. —«Me cago en la mar», se dijo para sí, Sarito siguió observándola con una mueca en los labios—. Lo decía por el té de jengibre, el olor está en toda la casa. —En ese instante, Emma comprendió que había caído como una tonta.
—Lamento decirte que no soy yo —indicó manteniendo su dignidad. No se bajaría del burro por mucho que su tía insistiera.
—Si no eres tú, entonces el abogaducho surfista está preñado. ¿No me digas que es algún nuevo método científico? Voy a preguntarle —dijo apartándola de la puerta.
Emma rogó que su madre la ayudase en ese embrollo, pero lo que no se imaginó fue verla con pintas nada favorecedoras, parecía que la hubieran sacado de una cueva a medianoche con esa bata deshilachada que llevaba puesta.
—¡Sarito! No te acerques mucho. He cogido un virus, ya sabes cómo son los inviernos. —Sarito se detuvo y miró a ambas mujeres concienzudamente.
—¡Estás preñada! Y el abogaducho surfista no lo sabe.
—¡Esto es una mierda! —soltó Emma cansada de disimular—. No sé cómo todos se han dado cuenta y, por vuestros comentarios y actitudes, voy a terminar firmando el divorcio tal como predijiste. —Sarito la observó frunciendo el ceño.
—Que yo recuerde dije el primer año y no soy adivina como para predecir. En cualquier caso, no eran para ti mis palabras, sino para el abogaducho surfista, que bastante que te hizo llorar de chiquilla, y como se atreva a abandonarte por un niño, sí que conocerá la ira de Sarito de la Nuez.
Emma y Maricarmen abrieron los ojos y, al cabo de un segundo, las carcajadas de su madre no fueron normales.
—Pagaría por ver eso, pero mi Borjita no la dejará. Conoces a Emmita y está haciendo un mar de todo esto. Le quiere dar una sorpresa en Nochebuena cuando esté con copas de más.
—¿Y por qué el secreto? —Sarito abrió los ojos y se persignó—. ¡Le has puesto los cuernos!
—¡Sarito! —gritó Maricarmen—. De todas las chorradas que sueles decir, esa es la peor que pudo pasarte por la cabeza —la reprendió Maricarmen ofendida ante esas conclusiones—. Por qué quiere que se mantenga en secreto es su asunto, y cómo te vea lanzando alguna puya, la que verá la ira de los de la Nuez serás tú.
La tía se removió un poco en su asiento y levantó el mentón.
—Vamos a ver qué hierbajos tiene tu madre aquí para ayudarte con ese malestar, dudo que sean de buena calidad.
23 de diciembre
Llegaba el día de saber de cuántas semanas estaba embarazada.
Después de esa visita de Sarito, la situación empeoró. Todos le sonreían y la achuchaban, menos Borja, que no entendía qué demonios pasaba y lo achacó a las fiestas, a ese espíritu que se contagiaba en el ambiente, y es que en Navidades la gente daba un cambio total.
La tarde anterior habían decidido dar un paseo por el parque Doramas y allí, junto a la cascada y los peces, se sacaron unas cuantas fotos. En ese instante, una niña se acercó a Borja y abrazó una de sus piernas. Él sorprendido ante ese gesto se inclinó.
—Hola, peque.
—¡Papá!
Emma quería morirse, el destino se confabulaba contra ella de forma cruel. Jamás había sucedido algo así, pero claro, tenía que pasarle a ella cuando guardaba el mayor de los secretos.
—Disculpe —dijo una mujer mirando de reojo a la pareja—. Los niños son un tanto sensitivos.
Emma soltó una risita nerviosa mientras en su mente se daba cabezazos contra una pared. Borja se despidió de la niña y se giró hacia ella con una media sonrisa en sus labios aún sorprendido a lo sucedido.
—Ha sido guay eso de que te digan papá. —Emma ladeó su cabeza con el corazón en un puño.
—¿No me digas que el instinto paterno ha aparecido?
—Siempre ha estado, pero lo has dicho muchas veces, llevamos una época justos de dinero y el día que tengamos uno, no quiero que le falte nada de nada.
Se obligó a sonreírle preocupada por su reacción cuando le diera la noticia. Esa mañana había tenido que inventarse la excusa de que le faltaban regalos. No era mentira, apenas había comprado un par, pero el más importante lo iba a ver en unos minutos.
Entraron a la consulta cercana al parque Romano y se sentó llena de nervios. Iraida cogió una revista y se la pasó.
—Toma, para que empieces a empaparte del proceso. ¡Mamacita! —Y se rio a carcajadas.
—¡Idiota! —exclamó Emma.
Estaba cansada de que todos los que conocían su secreto en cierta forma se burlaran, menos su padre Jacobo, que una de esas tardes la invitó a dar un paseo por Las Canteras y le dio la enhorabuena abrazándola, sumergiéndose en un mar de emociones, contándole los recuerdos de cuando ella nació.
—Emma Berriel —dijo una enfermera.
Respiró hondo, había llegado la hora. Le hubiera gustado que Borja estuviese, pero a medida que pasaban los días, estaba convencida de que lo mejor era darle la noticia en Nochebuena. Se aferraba a que el milagro ocurriría.
El especialista se presentó y le hizo una serie de preguntas referentes a su periodo menstrual y sus métodos anticonceptivos, y allí supo que esa gripe antes de la boda de Jimmy fue la causante de que la píldora dejase de funcionar.
—Emma, ahora vamos a conocer al futuro niño o niña, y decirte de cuántos meses estás exactamente.
—¿Puedo verlo? —preguntó Iraida.
—Por supuesto.
Entraron a otra habitación donde había varios aparatos. El especialista le indicó dónde debía cambiarse. Emma se quitó las braguitas y salió con los nervios a flor de piel. El especialista entró y se sentó encendiendo el aparato.
—Muy bien, ¿ves ese garbancito en la pantalla? —Emma se giró y en cuanto vio la imagen se emocionó, mientras el especialista lo fue señalando—. Ahora vamos a escuchar los latidos.
—¿Se puede? —preguntó emocionada.
—Por supuesto —respondió.
Subió el volumen y el pum, pum con rapidez del corazón se escuchó por toda la habitación logrando que las lágrimas saltasen y se diera cuenta de que era el mejor regalo de Navidad que podía tener.
—Muy bien, todo está dentro de la normalidad. Tienes quince semanas y dejaré que descubras junto al padre el sexo del peque, así ambos tendréis un bonito regalo de Navidad. —No podía responderle por culpa de las lágrimas.
El especialista le palmeó el brazo y, a continuación, le entregó una fotografía y un CD con un vídeo.
—Sí que será el mejor regalo —le indicó sobrecogida.
24 de diciembre, siete de la noche
Estaba tan nerviosa que las náuseas habían aumentado. Borja comenzaba a preocuparse y terminaron discutiendo de nuevo por negarse a ir a urgencias.
—Definitivamente, estás más cabezota que nunca —le recriminó, dejándola a solas para salir a surfear y no terminar enfadado en un día especial.
En la tarde mejoró un poco su salud por lo que ayudó a su madre con la comida, pero al ver la pella de gofio corrió al baño.
—¡Ay, hija mía! No puedo creer que no soportes el gofio. ¿Y qué le darás al niño cuando crezca? —Se acercó corriendo, tapándole la boca.
—¡Ma! Si quieres, lo publicas en el Canarias 7 —le dijo con deje irónico.
—¡Ay Emmita! —exclamó Maricarmen—. Se me olvida que no lo sabe. Es el único en casa, no entiendo cómo no se ha dado cuenta. —Decidió ignorar a su madre, era evidente que estaba contenta y no por su embarazo.
A las diez de la noche todos escucharon el timbre.
—Borjita, ve a abrir —dijo Maricarmen.
Emma frunció el ceño. El gesto que había hecho de llevar sus manos al pecho y sonreír no le daba buena espina. Hasta que escuchó a Borja gritar.
—¡Mamá! ¡Papá! ¿Qué hacéis aquí?
—¡Borja Daniel, así no se recibe a una madre! —vociferó Conchi. Le dio dos besos y pasó directamente a saludar a los Berriel—. Hemos decidido venir a pasar las Navidades en Canarias, Arantxa se quedó en Alemania y vosotros os vinisteis, nos negábamos a pasarlas solos.
Emma se giró de inmediato hacia su madre. Esto no era una casualidad, eran las encerronas que solían hacerle ese par de maquiavélicas mujeres. Conchi se acercó a ella sonriendo y supo que su madre se había ido de la lengua.
—¡Qué emoción! Pero tranquila, yo guardaré el secreto.
—¿Qué secreto? —preguntó Borja mirando a su madre, luego a Emma y por último la mano de su madre en el vientre de su mujer—. ¿Qué coño está pasando? —preguntó a la espera de la verdad.
Emma miró a todos. No quería que las cosas terminaran así, siempre se le torcían los planes de la manera más desastrosa.
—Pues qué va a pasar —dijo Sarito regresando de la cocina abriendo una rapadura y viendo que nadie hablaba, añadió—. Ese sudor de pecho ha dado resultado, le has hecho un bombo a mi querida Emma.
Borja miró a Emma frunciendo el ceño, se pasó la mano por la cabeza y la señaló, pero se dio la vuelta y salió a la terraza.
—¡Siempre tienes que decir la última palabra! —le reprochó Emma, y salió detrás.
Era el fin de su matrimonio. Mucho habían durado su amor y tiempos felices. De nuevo aparecía la maldición del trigésimo cumpleaños.
Al salir, lo encontró sentado martillando el suelo con la pierna.
—No sé cómo explicarte —comenzó diciendo—. Me ha costado aceptarlo y me dio terror, y como siempre has dicho que no es el momento, pensé que lo mejor era decírtelo con un par de copas encima.
—¿En serio ibas a esperar a que estuviera contento? No sabía que me había convertido en Shrek. Entiendo ahora ese cambio y ese malestar. No te niego que estoy desconcertado y sí, he dicho hasta el cansancio que de momento no, pero las cosas cambian. Lo que me jode es que todos lo sepan. ¡He quedado como el pringao!
—Lo siento —dijo arrepentida—. Siempre meto la pata al final. —Y comenzó a llorar. Borja resopló, se levantó y la abrazó—. Te juro que no fue a propósito —le indicó entre hipidos—. El día que lo comprobé me dio un ataque de pánico y desde entonces todos no dejaban de decir que seré la peor madre del planeta.
»Estoy por terminar creyendo que no solo seré una mala madre, sino que soy una desastrosa pareja. Sé que no tengo idea de maternidad ni de cómo criar, pero que digan que lo olvidaré en algún sitio o que, con las cosas raras que me pasan, el peque terminaría escalando en Canary Wharf, ¿te lo imaginas? —El borboteo de una carcajada salió de la garganta de Borja.
—Me gustaría tener un Spiderman como hijo —le dijo Borja dándole un beso en la cabeza—. Y estoy seguro de que serás una madre maravillosa, como lo eres como pareja.
Se miraron a los ojos y se dieron un beso lleno de ternura. Volvieron al salón y allí todos los recibieron con confeti y serpentinas.
A medianoche repartieron los regalos. Emma se acercó con el CD y la fotografía dentro de una pequeña caja. Borja se emocionó en cuanto pusieron el disco y escucharon los latidos del corazón.
—La próxima vez no me perderé ver a mi pequeña —dijo feliz.
—¿Afirmas que será niña? —inquirió Sarito.
—¡Por supuesto! —respondió conociéndola muy bien.
—¡Ja! Yo creo que no. —Se subió las gafas y miró de nuevo—. Dudo que las niñas vengan con tres piernas, o ese vídeo está trucado.
Todos miraron comprobando lo que asumió Sarito.
—¡Es un niño! —dijo Conchi.
—¡Ya lo creo! —indicó Sarito—. Por cierto, ¿el nombre será canario o vasco?
Emma y Borja lo que menos pensaban era en un nombre. Estaban ilusionados por la nueva experiencia que comenzaban a vivir, el mejor regalo de Navidad. En cambio, las matriarcas se miraron, por lo que Conchi terminó diciendo.
—Maricarmen, ¿has guardado los cinco céntimos?