Cuando la nave marciana se asomó sobre el Ávila y lo cubrió todo con su sombra monumental yo estaba caminando por la montaña. Era, hasta ese instante, una mañana fresca de enero, luminosa y sin nubes. Un día radiante inversamente proporcional a la noche cargada que llevaba yo por dentro. Quien diga que los escuchó venir miente, porque aquella cosa titánica llegó sin despeinarle un pelo a nadie, sin mover una hoja ni que le ladrara un perro. Yo pensé que se trataba de una nube de tormenta, que a esta ciudad —donde hasta el clima es esquizofrénico— se le había ocurrido de pronto ponerse llover. Cuando levanté la mirada para calcular qué tan rápido tenía que correr cerro abajo antes de ser alcanzado por una pulmonía, me quedé boquiabierto y dije alguna estupidez de esas que luego agradeces que no hubiera nadie más cerca para escucharla. Me sobrevolaba una especie de ciudad invertida, con edificios, antenas y cañones apuntando hacia el suelo; un mar flotante de bóvedas de cristal, luces, destellos de fuego, motores y engranajes que respiraban y latían como órganos. Una compuerta se abrió justo sobre mi cabeza y del interior de la nave surgió un tentáculo provisto de un arma. El brazo armado se proyectó hacia mí y disparó sin mediar advertencia. No recuerdo nada más, mi vida se redujo a un apagón sólido, diré acaso que juré haber muerto.
Abrí los ojos no sé cuánto tiempo después para descubrirme dentro de una pecera individual, cubierto de pies a cabeza por un líquido viscoso respirable y a través del cual podía ver sin que se me irritaran los ojos. Flotaba en esta especie de líquido amniótico, sumergido en un calor agradable, me invadía una sensación apacible como de vuelta al útero materno. Una voz autoritaria pero no desprovista de un curioso matiz paternal se abrió espacio entre el líquido hasta llegarme a los oídos.
—La recámara en la que se encuentra inmerso está habitada por un microorganismo inteligente que se cuela entre sus poros y sus mucosas, él se encargará de garantizar que usted va a decir la verdad, y nada más que la verdad, a los cuestionamientos que le hagamos. Identifíquese y explique qué hacía en la montaña.
—Caminaba, como lo hago todos los días —respondí, y pensé dejar la respuesta hasta ese punto pero una fuerza interna, punzante como una arcada, me obligó a explicarme mejor—. Camino dos horas al día desde hace dos años, y en cada paso que doy me repito la misma frase: “déjala ir, déjalo fluir”. Mi mujer me dejó por otro, he probado de todo pero solo caminando por el Ávila me siento un poco menos miserable.
—No nos interesan mayor cosa sus historias personales, al menos no por ahora —cortó la voz filosa— nos interesa saber si está dispuesto a colaborar con la invasión.
—Pues no, me imagino que no quiero…
—Está en su derecho; pero antes de negarse escuche la oferta. El asunto es sencillo, necesitamos un aborigen que nos sirva de cronista. Alguien que deje asentada la historia desde la perspectiva de los vencidos — la voz habló como quien recita un manual a un condenado a muerte—. Los marcianos somos un pueblo justo, guiados por aquello que pensamos es lo correcto. Nuestra historia no la escribimos solo nosotros, que somos los vencedores, sino que deja espacio también para la voz de los conquistados.
—No veo de qué manera pueda servirles. No soy historiador ni cronista, tengo un año desempleado y además no quiero pasar a la historia, ni la de ustedes ni la nuestra, como un traidor.
—Perfecto. Ya que se niega entonces buscaremos a otro más apto y dispuesto para ser el cronista local de la invasión a Caracas. Puede usted escoger entonces la otra opción: la muerte. Será una muerte apacible e indolora, el líquido en el que está sumergido irá inundando sus pulmones mientras le va sedando, caerá dormido en breve para no despertar más —y tras una breve pausa agregó algo aún más espeluznante que todo lo anterior—. Y puede tener la certeza de que estará presente en nuestro banquete de esta noche, no precisamente como comensal sino como plato autóctono.
—Coño, marciano, ya va. Sin violencia. Explícame bien cómo es la vaina que te tengo que escribir que yo le echo bolas— solté sin la menor duda. Y fue esa la frase que me cambió el curso de la existencia.
Me sacaron con pinzas de la pecera y me depositaron en el medio de una enorme sala nacarada que no parecía tener paredes ni esquinas. Entonces me di cuenta de que el líquido respirable que no irritaba los ojos tampoco mojaba. Estaba tan seco como cuando me secuestraron en el medio de la montaña. Varios marcianos se acercaron y armaron un círculo a mi alrededor. El más alto de ellos, el que parecía ser el jefe, un marciano de piel broncínea de más de dos metros de solemnidad, se identificó como el Comandante Zrill. Apenas habló reconocí la voz que me interrogaba en la pecera. Zrill explicó que yo nunca más iba a abandonar la nave, al menos hasta que culminara la invasión. Que probablemente sería ejecutado una vez acabaran de tomar Caracas, pero que eso aún no lo decidían pues tenían cosas más importantes en qué pensar. Por los momentos sería tratado con la dignidad y gentileza con la que los marcianos trataban a sus prisioneros de guerra, dispondría de comida y bebida en cantidades suficientes, de una habitación cómoda con servicio y una telemáquina de escritura para ir vaciando en ella mi relato de la invasión. Tendría a Kmyll como asistenta para que ayudara con la tecnología y me sirviera de intérprete en caso de cualquier dificultad. Zrill le hizo un gesto para que se presentara, ella dio un paso al frente, hizo una especie de reverencia cordial, sonrió un poco. Yo dije: no está mal la marciana, pero definitivamente no es mi tipo.
Kmyll me condujo hasta mi habitación-celda en la que viviría el resto de mis horas. Habló poco durante el recorrido, apenas lo esencial. Mencionó algo de cuán afortunado era de no tener familia porque así no tendría dolientes ni iba a extrañar a nadie cuando dentro de nada no quedara ni un caraqueño en pie. Una vez estuvimos frente a la habitación colocó la punta de la lengua sobre un sensor que vibró y se puso rojo al reconocerla, acto seguido la puerta metálica se replegó como una hoja de papel rasgada en dos. Encendió las luces con un chasquido y con otro similar descorrió las cortinas de la ventana. Era un cuarto con vista al Humboldt y a los sembradíos de flores de Galipán. Con un tercer chasquido se activó la telemáquina de escritura cuyo enorme cursor verde empezó a parpadear sobre una pantalla de varios metros cuadrados.
—¿Cómo esperan ustedes que escriba la crónica con este aparato? No conozco el alfabeto marciano —dije echando un vistazo al teclado lleno de iconos y siglas cuneiformes absolutamente desconocidos por mí.
—No tienes que teclear nada. Esos mandos sirven para escuchar música, reproducir imágenes mientras trabajas, prepararte un trago o sintetizar tu propio alucinógeno— respondió Kmyll con esa ensayada paciencia femenina, por lo visto universal, que te hace sentir que tienes seis años—. A la hora de escribir lo único que tienes que hacer es concentrarte en lo que quieres decir, la máquina recibe telepáticamente las ondas enviadas por tu cerebro y las transcribe tal cual. Es una forma de escritura absoluta que recoge no solo cada palabra o cada verbo sino el matiz y el sentimiento exacto que le acompañan.
—Quisiera darme un baño y acostarme un rato. Estoy un poco cansado y sobre todo muy confundido. No entiendo ni siquiera por qué invadirán los marcianos Caracas. Digo, la Tierra es tan grande y yo siendo marciano comenzaría por Nueva York, por París, por Londres, Tokio, qué sé yo… coño, pero los marcianos nunca invaden Caracas.
—Te equivocas. Los marcianos siempre hemos querido invadir Caracas. Es una deuda ancestral que finalmente hemos venido a cobrarles.
Kmyll emitió su chasquido característico una vez más y una ducha múltiple con cinco regaderas de alta presión emergió del suelo y se armó en el medio del cuarto. Cuando salió la mujer por la puerta, sin dignarse a mirar atrás, se activaron los chorros de agua. Me bañé hasta tener la piel ardiente y los dedos arrugados como pasas. Pasé toda la tarde buscando el mando para cerrar el agua, pero nada. Seguía allí, como una cascada en plena habitación que me arrullaba bajo un manto de extrañeza y culpa. Caí rendido cuando el sol se ocultaba tras el Ávila. No cesó la ducha nunca de chorrear por sus cinco bocas y eso que chasqueé mil veces.
Algunas horas después me despertó Kmyll con una caricia sobre la frente. Que me levantara de inmediato, esperaban por mí, algo importante estaba a punto de ocurrir. Que el Presidente de mi país había pedido permiso para subir a la nave. Lo recibiría en breve el Gran Consejo de los Sabios Marcianos. Me vestí a toda prisa con un traje y unos zapatos plateados que habían dejado, cuidadosamente empacados al vacío, sobre la mesa de noche. Se amoldaron a mi anatomía como una segunda piel. Corrí detrás de mi asistenta marciana hasta un salón nacarado sin paredes ni esquinas idéntico a donde había despertado dentro de la pecera algunas horas atrás.
Cuando llegué al recinto ya estaba dentro la comitiva presidencial, la guardia de honor, más atrás con actitud de visitar naves marcianas todos los días, entraba el presidente. El hombre habló y habló. Habló mucho, dijo de todo sin decir absolutamente nada. Ningún marciano respondió una sola palabra, no despertaba ni una sonrisita. Hasta que el presidente amenazó con que Caracas pelearía valientemente para impedir que la bota extranjera del enemigo profanara el sagrado suelo patrio, que contaba con tanques, aviones caza, ametralladoras, helicópteros, miles de soldados; que contaba con el apoyo irrestricto de todo un pueblo indómito que jamás se rendiría. Yo dije: “ay coño, nos desintegraron a todos aquí mismo”. Pero entonces los marcianos comenzaron a hacer algo insólito, primero pasito, muy pasito, con gran disimulo, hasta que el rugido fue in crescendo y estalló de súbito en una carcajada descomunal. La guardia presidencial se puso nerviosa, desenfundaron y apuntaron a las cabezas de los venerables ancianos del Consejo. Zrill hizo entonces un gesto con el mentón, algo leve, como un asentimiento. Bastó eso para que los marcianos dispararan una onda de alta vibración, una cosa sólida que enturbió el aire, las cabezas de los soldados terrícolas estallaron en un festín de vísceras; y en dos segundos el presidente se quedó sin comitiva.
—Solo hacemos esto en defensa propia. Nunca nos ensañamos violentamente contra un ente inferior — susurró Kmyll que no se había movido de mi lado—. Eso sería bueno que lo apuntaras en tu crónica.
Estaba a punto de responderle que muchas gracias por no presionar ni sesgar mi versión de los hechos pero en eso el Presidente hizo algo insospechado.
—Amigos marcianos, hermanos del alma, no hay por qué pelear cuando son tantas y tan buenas las cosas que unen a nuestros pueblos. Para qué discutir si podemos negociar —se metió la mano en el bolsillo interno del traje y sacó una chequera—. Yo les puedo dar un billón de dólares y la mitad de las reservas petrolíferas del país. Es más, a partir de mañana sometemos esto a un referéndum popular a ver si el pueblo acepta que mandemos entre ustedes y yo.
Un nuevo estallido ocurrió en el recinto. Una carcajada colectiva portentosa. Juro que yo desde los tiempos de la universidad no veía a nadie reírse como se reían esos marcianos. Si hasta pensé que a más de un viejo sabio le iba a dar un paro. Incluso Zrill, que era como una estatua de metal bruñido, se rió.
Un anciano, el más anciano del Consejo de Sabios Marcianos, hizo un gesto para pedir la palabra.
—Este tipo es el comediante más desfachatado e insólito de la Galaxia. Pido permiso para convertirlo en nuestro arlequín.
Todos los marcianos levantaron la mano con la palma hacia el frente, gesto típico de cuando aprueban masivamente algo. Y apenas hicieron eso desde el techo se disparó un rayo reductor que achicó al presidente hasta el tamaño de un nomo. Quiso huir el hombrecito a la carrera y fue correteado un rato por toda la sala, en medio de un alud de atronadoras risotadas, hasta que lograron encerrarlo en una cajita de cristal donde quedó el pobre hombre atrapado, emitiendo diminutos alaridos subatómicos.
—Marcianos de mierda. ¡Asesinos, sádicos! —grité indignado.
—Zrill, mejor guarde a su cronista —dijo el más anciano y venerable de los venerables ancianos sin dejar de mostrar la perfecta dentadura desvelada por su gran sonrisa—. Guarde bien a su aborigen y cállele la boca porque de lo contrario acabará siendo el bufón personal de nuestro nuevo bufón.
El consejo fue recibido con más risas y algunos aplausos. El Comandante Zrill hizo una seña a dos gigantescos gorilas marcianos que me agarraron por las axilas y me llevaron cargado por todo el camino de regreso a mi celda, escoltados a los pocos pasos por Kmyll. Al llegar a la habitación ella colocó la lengua en el sensor que se puso colorado de puro contento, vibró, se estremeció y abrió las puertas. Los gorilas me lanzaron dentro como quien tira en la basura un saco de papas podridas. Kmyll entró apenas se marcharon los guardias y me ayudó a incorporarme, me miraba con una cara entre dulce y lastimera, “pobre, a éste le va a costar un montón este trabajo” me decía con sus ojitos marcianos de un negro ancestral.
Esa noche no pegué ojo. Kmyll tampoco. Se acomodó en una poltrona y dijo que no me podía dejar a solas, que yo era su responsabilidad, que me veía muy nervioso y que seguro si me dejaba solo yo ocasionaba algún daño o me acababa haciendo daño yo.
—¿Por qué a nosotros? ¿Por qué el empeño en Caracas?— pregunté intentando disimular la voz resquebrajada por mis ganas absolutas de largarme a llorar.
—Porque tenemos más de 500 años preparando este ataque y esta vez no vamos a fallar.
Kmyll me habló con una pasión y una convicción de esas que solo se logran cuando son sembradas durante la infancia y cultivadas a lo largo de toda la vida. Cuentan en Marte que hace unos 500 años terrícolas una poderosa nave nodriza de la flota marciana vino a tomar esta ciudad al pie de la montaña, la misma que algunos locales llamaban El Ávila y otros aborígenes llamaban Warairarepano. Sería una invasión apacible dada la descomunal distancia intelectual, organizativa y tecnológica que separaba a los marcianos de los lugareños. Apenas un día bastaría para ponerlos a todos a dormir, convertir en abono sus restos, dar algunos retoques a la ciudad para ser habitada por sus nuevos dueños. Pero algo inexplicable falló. Las comunicaciones entre las tropas en tierra, la nave nodriza y Marte se fueron esfumando. Fueron desapareciendo los poderosos conquistadores, se les perdió la pista y cuando el sol salió al día siguiente ya no había nadie en la nave, no se había alcanzado ningún objetivo de la misión. La invasión había fracasado.
—Este pedazo de montaña que ves por la ventana de tu celda, allí donde construyeron el hotel que llaman Humboldt, la estación del teleférico, el poblado de Galipán, no son realmente parte de la montaña… es nuestra nave que se desplomó a tierra —confesó Kmyll—. Siglos de erosión, sedimentación y reforestación la fueron cubriendo hasta tragársela por completo. El Ávila se tragó nuestra nave.
Nunca antes el orgulloso pueblo de los marcianos había sido derrotado, jamás había sido frustrada una invasión. Habían logrado vencer a ejércitos mucho más poderosos en varias galaxias, habían ocupado ciudades del tamaño de planetas en Prima Centauro; les hubiera resultado un juego tonto de niños aburridos apoderarse de otras ciudades terrícolas: Nueva York, París, Londres, Tokio. No estaban interesados en ninguna. Venían a cobrarse una deuda histórica con Caracas. Venían a limpiarse el nombre, a pasarse un trapito húmedo por el ego, a reescribir en líneas rectas el relato de aquello que misteriosamente les había salido torcido. Y entonces Kmyll repitió con una rabia añejada durante generaciones, vuelta un nudo de frustraciones, toda temblor de lágrimas contenidas en los ojos: “Y esta vez no vamos a fallar”.
Nos quedamos en silencio largos minutos, quizás horas. A mí lo único que se me ocurría pensar era: “Coño, y yo que juraba que en Caracas estábamos locos. No tenía idea”.
—Ya es hora — dijo Kmyll y se levantó de un salto—. Toma una ducha y está listo en media hora que te pasaré a buscar. Deberás tener los ojos muy abiertos para que no pierdas detalle. Hoy es un gran día, el día en que Caracas será marciana.
Chasqueó como solo ella lo sabe hacer y surgió de nuevo la inextinguible pentaducha en medio del cuarto. Me dio la espalda y se enfiló hacia la puerta, puso la lengua en el sensor que se puso contentísimo y coloradísimo como siempre antes de cederle el paso. Yo me di cuenta de que sería incapaz de cerrar el agua sin su ayuda y corrí tras ella, pero ya era tarde, se hallaba ya del otro lado del umbral y las puertas se cerraron con un zumbido. Se me ocurrió colocar la lengua en el sensor como le había visto hacer y el desgraciado me lanzó una descarga eléctrica criminal que me prensó hasta las uñas de los pies. Salí disparado por los aires y caí de culo bajo los cinco chorros de las duchas de alta presión. Ese día me bañé vestido y sentado. No solo porque no tenía otra opción, también porque me daba la gana.
Cuando Kmyll regresó a los pocos minutos venía acompañada por Zrill. Sobre la pantalla de la telemáquina latía un mensaje: “7.00 AM hora local, inicia la invasión”. Ambos marcianos me flanquearon. Él me acercó una silla y me hizo gesto de póngase cómodo, ella deslizó con gracia las manos por el teclado indescifrable de la máquina y activó múltiples recuadros de imagen repartidos a lo largo y ancho de los varios metros cuadrados de pantalla. Se veía cómo millares de unidades móviles salían de la nave, como si una gigantesca abeja reina estuviera desovando sobre el Ávila. Abajo la ciudad, colapsada como siempre, permanecía absolutamente indiferente a la invasión que le caía desde las alturas.
Las unidades de tierra marcianas ordenadamente se incorporaron a las autopistas, pidieron paso para sumarse a la cola de la Cota Mil, un platillo volador de titanio pulido se detuvo sobre el obelisco la Plaza Altamira, las tropas de infantería se esparcieron por el centro de Caracas, bajaron a pie por la Avenida Baralt, tomaron Plaza Caracas y el Boulevard de Sabana Grande, rodearon Plaza Venezuela, se apostaron por toda la Avenida Bolívar desde el Teatro Teresa Carreño, pasando por Parque Central, hasta las Torres del Silencio. Cazas de combate marcianos aterrizaron en el Aeropuerto de La Carlota. Se reportaron varios platillos listos para entrar en combate sobrevolando los alrededores del casco histórico de Petare, los bloques del 23 de Enero, Catia, la Autopista de Prados del Este, las antenas de El Volcán, El Cafetal. Los estadios de béisbol y fútbol de la Ciudad Universitaria fueron cubiertos por las sombras descomunales de dos naves mucho más grandes que el Olímpico.
—Unidades de combate de la todopoderosa flota de Marte, aquí les habla el Comandante Zrill —dijo desde su micrófono invisible el marciano a mi derecha—. Prepárense para entrar en acción, pero no disparen hasta que sean tomadas todas las instalaciones militares y gubernamentales; solo entonces la orden será dada. Y recuerden que únicamente podrán responder con las armas a las agresiones. No olviden que el orgulloso ejército marciano es el más civilizado del universo.
El despliegue de poder de los invasores era tan avasallante que me di cuenta durante esos segundos de que hoy sería el último día en que Caracas era nuestra. Mañana amanecería una ciudad marciana en las faldas del Ávila, pero ya ninguno de nosotros estaría aquí para echar el cuento. Mientras pensaba todo eso me percaté de que la telemáquina transcribía en tiempo real cada palabra y cada sentimiento. Y puedo jurar que la pobre sufría, se coloreaba de un azul melancólico, temblaba, lloraba como una chiquita. “Adiós, Caracas. Tanto que te odiamos pero tanto que te quisimos” fue la última frase que escribimos.
En eso sonó el intercomunicador, se encendieron las luces de alarma, Zrill y Kmyll tensaron cada músculo del rostro y el cuerpo. Una voz tronó por las bocinas. Yo pensé (y escribí): “Nos jodimos, darán la voz de fuego”
—Comandante Zrill, aquí el jefe de comunicaciones de la flota marciana. Señor, lamento tener que comunicarle algunas irregularidades…
—Aquí Zrill, adelante.
—Este… bueno… mi comandante… que resulta que las unidades de tierra que se desplazan lentamente, a causa del tráfico, por la Autopista en dirección al Fuerte Tiuna y al Palacio de Miraflores no aguantaron la curiosidad y compraron a los vendedores ambulantes, de esos que se ubican entre los carriles de circulación, alimentos autóctonos que responden al nombre de: papas fritas, tostones, chicha, frescolita, polarcita, galletas Susy y Cocosette. Masivamente nuestros soldados sufren de un ataque crónico de diarrea y flatulencias. Piden permiso para abortar la misión.
—Permiso concedido, que vuelvan de inmediato a la nave — Zrill se secó el sudor que le perlaba la frente y el mentón—. Igual contamos con otros medios para lograr los objetivos. Desplacen las unidades aéreas, alcanzaremos por aire nuestros blancos.
—Señor… eso tampoco va a poder ser —dijo la voz filtrada por el intercomunicador—, las unidades aéreas que sobrevolaban Petare, el 23 de Enero y la Universidad Central de Venezuela descendieron para aceptar lo que los aborígenes llaman “tomarse unas birras” y “participar en un torneíto interplanetario de dominó y truco”.
—Pues dígales inmediatamente que vuelvan a sus puestos y que ejecuten el plan de ataque ipso facto —rugió Zrill.
—Comandante, con todo respeto, no pueden. No ahora. Que en el torneíto apostaron las naves y las perdieron. Y bueno, que las naves ya no nos pertenecen. Pero a lo mejor si les damos otro chance, en una segunda ronda, las recuperan. Que si les podemos mandar bolívares en efectivo para tener con qué. Eso es más o menos lo que yo entiendo, porque después de dos cajas de cerveza…
—Pues entonces procedamos con la infantería, que ataquen a pie los objetivos pautados— ordenó Zrill iracundo, cosa que puso roja a la telemáquina.
—Bueno… allí tenemos dos problemitas o tres, mi Comandante. El primero es que un contingente importante de soldados está en estos momentos tomándose fotos con los niños de varias escuelas que gritan cosas como: “¡Chamos, vamos a tomalnos fotos con los malcianos!”. Tienen niños terrícolas abrazados a las piernas, debajo y sobre los brazos, parados sobre sus cabezas. Algunos les llaman: “Tío Malciano” y les invitan a sus casas “a tomarse un Toddy”. El segundo contingente de infantería fue asaltado, mi señor. Sí, asaltado, fueron tomados por sorpresa por una banda de aborígenes armados que apuntando a quemarropa a sus sienes les dijeron: “Ay, malciano maricón, dame todo lo que tengas o te vuelo. Tú no sabes lo que es un malandro de veldá”. No tuvieron opción, mi señor, no les dio tiempo de reaccionar. Y por último, esto es un poco vergonzoso, mi Comandante Zrill, pero lo cierto es que el último contingente estuvo comprando películas pornográficas de producción nacional a los buhoneros. Son baratísimas y las mujeres son prodigiosas, están buenísimas. Y bueno, después de semejante estímulo decidieron dejar las armas para buscarse a unas caraqueñas igualitas a las de las películas para probar cómo era la cosa de verdad. No tenemos ni rastro de esos hombres.
—Partida de incompetentes… aborten la misión —bramó Zrill y casi hace estallar de furia a la telemáquina que recibió sus tóxicas ondas de rabia y las tradujo en colores mostaza—. Reagrúpense en la nave. Hoy no logramos los objetivos pero mañana será otro día y otra la historia, yo mismo lideraré la operación.
Zrill salió de la habitación poseído por unas ganas insólitas de ahorcar con sus propias manos a todo caraqueño o marciano que se le cruzara en el camino. No lanzó un portazo porque era imposible, pero estuvo a punto.
Kmyll se quedó a mi lado, muda y en una pieza.
—Mejor toma un baño y descansa —murmuró con una tristeza no exenta de sensualidad—. Me temo que el trabajo acabó por hoy.
—Perdona la pregunta, pero por qué tanta insistencia en que me duche ¿Acaso huelo mal?
—No, no hueles mal —la chica tragó grueso—. Pero sí tienes un olor natural con el que preferiría no tener que lidiar. Mejor te lo disimulas con jabón y nos quedamos tranquilos.
—Espera, Kmyll. No te vayas que luego chasqueas y me dejas con las cinco duchas prendidas que no tengo idea de cómo coño apagar.
—¿Quieres que te explique cómo hacerlo o quieres que me meta contigo dentro y lo haga yo? — susurró con malicia Kmyll. Se quitó suavemente el traje para mostrarme su pequeño y bien contorneado cuerpo, y chasqueó.
La pentaducha se armó una vez más en medio de la habitación con sus cinco chorros de alta presión disparando agua cálida. Ese día Kmyll me enseñó a encender y apagar la ducha a punta de chasquidos. Me enseñó a escribir en la telemáquina mientras me bañaba, en caso de necesidad. Y me enseñó bajo el agua a sosegar otras urgencias, otras ansiedades mucho más importantes, hermosas y primitivas; pero para eso no podría apañármelas yo solo, tenía necesariamente que contar con ella.
Esa noche dormí como hacía años que no dormía. Un sueño plácido y reconfortante, en parte producto del orgullo que sentía al ver cómo los caraqueños habíamos logrado repeler la invasión alienígena sin necesidad de echar un solo tiro. Y en parte porque no hay nada más sabroso que acomodarse en las curvas de una anatomía ajena que comienza a hacérsenos familiar. Sentí por un momento en mi vida, después de una eternidad, que los universos externo e interno por fin se daban la mano. Que una armonía extraña había milagrosamente calmado a los fantasmas de afuera y a los de dentro. Probablemente mañana amanecería en lo que sería el último día de mi vida; pero al menos había ganado algo: ganas de vivirlo.
Cuando Kmyll me despertó —suave beso muy cerca del borde del labio que me timbró, me puso colorado y con ganas de más—, ya estaba puesta la mesa. Frutas, pan tostado, café, mermelada. “El último desayuno” me dije. Comimos en silencio, apenas interrumpido por risas nerviosas. Con esa complicidad que comparten los que se quieren, aunque sea un poco.
—Tenemos que apurarnos —dijo Kmyll a manera de reprimenda cariñosa—. Seguro que Zrill ya está con su uniforme de campaña listo para tomar Caracas hoy a cualquier precio.
—Te haré una pregunta —aventuré, ahora que nos teníamos confianza—¿Por qué si los marcianos tienen armas tan poderosas, son tan organizados y su tecnología es abrumadoramente superior a la nuestra, por qué no disparan de una vez un rayo de protones desde esta nave y acaban con la ciudad?
—Porque los marcianos somos una raza de gente correcta. Y porque hemos aprendido con el paso de los milenios que quien destruye no es quien construye. Nosotros queremos que Caracas sea nuestra, la mejor Caracas posible, no queremos ocupar las ruinas de lo que fue.
—¿Y en esa “Caracas, la mejor posible” no cabemos todos? ¿Ustedes y nosotros?
—No —dudó Kmyll—. Me imagino que no.
El Comandante Zrill ajustó las cremalleras de su traje de batalla. Revisó por última vez sus armas, se cercioró de que tuvieran la carga correcta, llevaba tantos explosivos encima como para borrar en un segundo todo el centro de Caracas. Lideraría en persona la toma de Miraflores y la del Fuerte Tiuna, dejaría bajo las órdenes de sus lugartenientes de mayor confianza los ministerios y alcaldías. Por último se encargaría él mismo de activar el campo de seguridad que bajo una cúpula invisible bloquearía todo acceso y todo ataque a la ciudad conquistada. Hoy nada podía fallar.
Zrill piloteó su monoplaza descendiendo hacia las escaleras del Calvario, aterrizó en las inmediaciones de Miraflores y dio órdenes a sus soldados para que ocuparan los puntos estratégicos. Sorprendentemente, a pesar del despliegue intimidatorio de los marcianos, los caraqueños seguían en lo suyo, absolutamente indiferentes, metidos en la vorágine de su rutina. “¡Epa, qué dicen los marcianos del planeta Marte!” escuchaba de pronto el comandante Zrill cuando los lugareños saludaban a los invasores como si fueran vecinos de toda la vida. Y luego escuchó otras frases que le helaron su sangre verde de marciano de pura estirpe: “Coño, marcianito, mi pana, no tienes un cigarrito ahí que me regales”. “Velga, mi pana, qué finos esos lentes de sol malcianos, dónde te los compraste, guón”. “Métele picante de éste, marciano, si te comes la de cazón éste es el picante, pero mosca porque es campanero, pica cuando entra y repica cuando te sale por el culo”. “Coño, malciano, no te pierdas la de la faldita roja, mírame eso, papá, qué cosita más rica. Yo creo que tú no le aguantas ni uno a esa hembra”.
Pero Zrill confiaba en el entrenamiento, rectitud indoblegable y la ecuanimidad de sus hombres. De todas maneras, un poco aturdido por la seductora energía caótica de la ciudad, decidió guarecerse tras un kiosco improvisado que un vendedor de golosinas había levantado en la mitad de la acera. Allí aguardaría a que todas sus brigadas estuvieran apostadas y entonces daría la orden de ataque.
El dueño del kiosco estaba absorto ordenando los chocolates. Colocaba las bolsitas plásticas de chillones colores en montoncitos, hacía torres con las galletas, los besitos de coco, los dulces de tamarindo, los bocadillos de guayaba, los turrones de ajonjolí, agrupaba en una tasa rota los cigarrillos para venderlos al detal. Una terrícola guapísima llegó meneando las caderas y se colocó muy cerca de Zrill, rozándolo con sus robustas piernas.
—Señor, ¿Cuánto cuestan los besitos de coco?
—A 2.50 mi amor —dijo el vendedor sin levantar la vista de su mercancía.
—¿Y las chupetas de chicle?
—A 3, mi reinita.
—¿Y este bombón tan rico en cuánto me lo deja? —dijo la mujer refiriéndose a Zrill, comiéndose con la mirada sus dos metros de piel broncínea.
—A 1.50, mi amor, tú lo escoges y te llevas el que más te guste— dijo el hombre del quiosco jurando que la chica hablaba de chocolates.
La guapísima aborigen se sacó del bolso una moneda, se la puso en la palma extendida de la mano al vendedor que nunca levantó la mirada de sus chucherías.
—Me llevo este chocolatico. Gracias —dijo la chica y extendió la mano para agarrar la de Zrill
Y Zrill, asumiendo con toda su corrección marciana que la mercancía comprada era él, se dejó llevar por su nueva dueña. Bueno, también se dejó porque lo que más quería en el mundo era dejarse llevar.
La orden de ataque nunca llegó. Y nadie tampoco la extrañó. Al caer la tarde no se tenían noticias de qué hacía o dónde se hallaba el omnipotente ejército marciano. Un par de veces, con grandísimo esfuerzo y mayor dificultad, logró la nave ponerse en contacto con el Comandante Zrill. Dijo cosas que ningún marciano entendió, ni siquiera los más sabios. “Que me tienen de barrita de chocolate”, “me están buscando el corazoncito de crema”, “A Cirilo lo tienen derretido a fuerza de mordisquitos”. Y unas risas mezcladas con gruñidos hasta que se cortó. Fin de la comunicación.
La nave marciana se mantuvo flotando sobre el Ávila unas horas más. Pero al siguiente amanecer ya no estaba. Los pocos que quedábamos dentro aprovechamos la noche para salir. Algunos se perdieron por los caminos de la montaña, otros caminaron hacia el mar, el resto bajamos hacia la ciudad y nos confundimos entre sus calles y sus gentes, buscando en cualquier parte eso que llaman hogar.
Dicen que con los restos de la nave, los pocos trozos que no sucumbieron a la erosión ni fueron tragados por la tierra o la maleza, fueron utilizados por la gente para hacer ranchos, con sus piezas repararon sus autos viejos, o se metieron un dinero extra con las ventas de chatarra, otros adornaron sus casas o les armaron juguetes raros a sus niños. Todo vestigio marciano fue absorbido por Caracas y en pocos meses, desmemoriados como siempre, ya nadie en este valle se acordaba de los marcianos ni de la fulana invasión.
***
—¿Y qué pasó con los marcianos en Caracas? —me pregunta mi hijo apurando el resto del desayuno, cuando ya se nos hace tarde y el tráfico en esta ciudad está peor que nunca.
—No sé, carajito. Están por allí, entre nosotros. Quizás sea el portugués de la panadería, o el papá que va allá por la calle de la mano de su hija llevándola a la escuela, o son maestros, futbolistas, estrellas del rock, gente de a pie normal y corriente. El que menos tú te sospechas, ese puede ser uno de ellos. Lo más bonito es que ya no lo saben ni se acuerdan.
Se acerca la mamá para darnos un último beso antes de irse al trabajo. “Un beso para mis hombres de la casa, se me cuidan y se me portan bien”. Al pequeño se lo da en la frente y lo peina un poco, a pesar de que no tiene ni un pelo fuera de lugar. A mí me encaja uno en los labios con punta de lengua. Un beso que me hace vibrar, me pone contentísimo y me deja colorado como siempre con ganas de más. Se me ocurre pensar: “soy un tipo con suerte, esta Camila es una mujer como caída del cielo”.
Tomo a mi muchacho y lo someto a un abrazo y a un beso tan fuertes que ahora sí que lo despeino.
—Los marcianos, chamo, somos nosotros.