la corte de la sangre
A positivo, A negativo; B positivo, B negativo… Las voces zumbaban a su alrededor mientras discutían, airadamente, sobre la cualidad sanguínea que corría por sus venas. Lo tenían maniatado, casi encuerado, y sentado en una silla improvisada con rejas de madera.
La Corte rara vez se reunía para consultar el estado de sus alimentos, de hecho, se podría decir que las instituciones públicas habían deslindado a la Corte de la Sangre de toda operación relacionada con la nutrición de las familias consumidoras. Es verdad: a toda familia acomodada le gustaba adquirir sus productos comestibles de la mejor calidad posible, y no eran pocas las señoras madres de familia que incordiaban a los distribuidores de alimentos, con floridos lenguajes, sobre si tal o cual sustancia era parte de la dieta de sus pequeñuelos. Debido a esa situación los mandatarios institucionales optaron por ceder derechos de “control de calidad alimenticios” a varias instituciones. Y puesto que el tema de salud pública era un punto cuyas antiguas (anticuadas, más bien) organizaciones no querían dejar que se salieran de las manos de unos cuantos, en poco rato se solicitó una junta de emergencia para reintegrar los viejos valores culinarios a la alimentación cotidiana. De ahí que la Corte obtuviera nuevamente un menguante brillo de antaño, que más bien le profería de un caricaturesco tinte paródico de asilo de viejos modelos. Pero como la democracia dictaba la igualdad entre solicitantes nadie tenía el derecho de negar una participación proactiva de aquel grupo de señorones jubilados.
Como pudieron, consiguieron el objeto del caso y lo amordazaron en un viejo cuartucho de obra negra. Bastante cerca, se debe que decir, de la mancha urbana. Conseguirlo no fue fácil, sino que una tarea de dimensiones titánicas, literalmente. ¿Cómo es posible atrapar a alguien que, por mucho, te supera en tamaño y peso? No era cualquier cosa, y se hicieron uso de los mejores ingenieros para que estos desarrollaran un aparato con el tamaño y la fuerza suficiente para mover al sujeto indicado. ¿Cómo lo hicieron al final? Lo ideal sería explicarlo, pero la sociedad era muy reservada con sus maneras de hacer las cosas, y no es buena idea sacar al aire todos los detalles de su forma de trabajar. Un día se encargaron de desangrar a un tipo durante toda una noche. Fue culpa de él también, puesto que el sueño pesado no había jugado a su favor. Durante toda la noche la Sociedad se encargó de drenar hasta la última gota de sangre de su cuerpo. A la mañana siguiente despertó pálido y más frío que un hielo. La policía quedó sorprendida por el caso, y culparon a un asesino serial, pero los médicos negaron rotundamente dicha patraña.
Si se busca una forma de actuar, la Corte de la Sangre no se andaba con nimiedades. Menos aún con el consumo de sangre fresca.
¿Pero, qué era aquello que les despertaba tanto interés en los burócratas? Pues que el tipo de sangre del sujeto capturado no encajaba en ningún ejemplo que estuviera registrado con anterioridad en las políticas alimenticias públicas. ¿Sería sano el comer de ahí? El sector privado de alimentos procesados, que era representado por un regordete miembro, se había adelantado y exigía, con amabilidad digna de mandatario, una oportunidad para la industria de la comida chatarra. Explicaba con parsimonia que la calidad de las plaquetas tipo B (que presumían tanto) de su mercado lograrían hacer del producto resultante uno seguro, y de altísimo valor nutricional. Además, de incluir con ello, una importante campaña publicitaria que invitara a la alimentación responsable por parte de las y los ciudadanos.
La idea disparó aplausos, murmullos y comentarios difusos que, al final, no lograban cuajar en lo absoluto. Todo aquel circo sobre alimentación no era más que otra absurda algarabía de los servidores públicos obsoletos para volver, de una u otra forma, a ser importantes en los ámbitos socioeconómicos del Estado. Y es que ese grupo de funcionarios no deseaba quedarse en el cajón de los recuerdos, sino que, contra toda probabilidad, deseaban con intensidad el regresar a formar parte de las pláticas, si no públicas, sí de los círculos sociales que manejaban la ciudad con sus hilos invisibles.
Los discursos que llevaban la contraria a los grupos exigentes resultaban aireados. Dichos discursos eran desplegados por los miembros más jóvenes, quienes negaban una re - inclusión de la Corte de la Sangre a las políticas de salud. Al finalizar el día, la reunión comenzó a tomar tintes más personales, una especie de guerra generacional sin pies ni cabeza. Unos abogaban por lo nuevo, otros por lo viejo, pero nadie se interesaba en lo más mínimo de otra cosa que sus asuntos personales. Y es que burócratas eran, y burócratas siempre serían.
Tanta era la discusión y el vómito de viejos testimonios con respecto al tema, que los miembros de la Corte no lograron ver, hasta que ya fue demasiado tarde, cuando su sujeto en discordia se desató de la silla y se precipitó hacia ellos con rabia acumulada.
¡Clap, clap, clap!
Uno a uno, fueron muriendo los miembros del Consejo de la Sangre, quienes, a pesar de sus intentos por escapar, morían en un último aplauso proveniente de su fuente de alimento. Y así, en una acalorada cacería de mosquitos, el sujeto se había vengado de los zancudos que no le dejaban en paz durante largas noches de insomnio.