País Relato - Autores

josé ramón fanés gil

el cocodrilo

Recuerdo ese tiempo en el que fui un cocodrilo avezado.
Nada les decía a las moscas que se posaban en mi nariz y dormitaba, agradecido, a la orilla del gran río. Lo mío eran los bostezos, rascarme, beber agua y dejar que unos curiosos pájaros me limpiaran los dientes. De vez en cuando daba coletazos, aunque solo fuera para impresionar a cucarachas y hormigas.
Cuando tenía hambre, solía sumergirme en el estanque. Entonces preparaba tretas y celadas a otros animales y acababa comiéndomelos dentro del agua o enterrándolos en el limo para saborearlos luego, en segundas y terceras sentadas.
Mi vida discurría plácida tanto en invierno como en verano. Solo la época de lluvias me ponía melancólico, porque yo soy mucho de sol y hasta me gusta escuchar cómo la piel se me resquebraja.
Con el tiempo fui cobrando tamaño y llegué a ser uno de los cocodrilos más respetados del río. Ninguna hembra me rechazaba. Fui padre de muchos huevos, pero siempre incapaz de reconocer a la mayoría de mis hijos vivos.
Pasada esa época de solaz reproductor, me dio por viajar. Serpenteando por meandros verdes y azulados, siguiendo el curso de las aguas del Nilo, llegué hasta el mar, justo a la desembocadura, donde se yergue una antigua ciudad llamada Alejandría.
Allí aprendí a leer y a escribir sobre hojas de papiro muy abundantes secadas al sol de la media tarde. Los poemas me inspiraban mucho, pero no recuerdo ninguno.
Probé un bocado llamado bañista de rivera: suculento, en su punto de carne blanca, abundantísimo. Además se trataba de un bocado tierno, muy fácil de deshuesar, y con mucha salsa roja, de esa que tanto me gusta.
Como la caza no se acababa nunca, al final me aburrí de comer humanos. Por eso emprendí un nuevo viaje, esta vez por el fondo del mar, siguiendo el rumbo de los barcos y devorando, de vez en cuando, manatíes y dugongos, que los hay y muy grandes, aunque casi nadie lo sabe.
Arribé a muchas costas. Cansado, me tumbaba en la playa hasta que aparecían grupos de humanos que querían darme caza. Yo los retaba y acababa comiéndomelos y despedazándolos a todos.
Uno de mis recuerdos imborrables (he de decir que mi memoria no es un prodigio), es el de haber conducido un coche de bomberos en un trayecto no demasiado corto, desde Atenas hasta Sapristi. Aquello fue una locura porque la carretera me daba somnolencia. Tuve que parar muchas veces para descansar y recuerdo una o dos correrías con un coche de policía, con sus escandalosas sirenas y también, diezmar a una patrulla de guardas de camping con unas pocas dentelladas.
Los Alpes los atravesé arrastrándome, dejando un surco profundo entre el hielo y la nieve. Pasé un frío de bigote que estuvo a punto de congelarme la cola.
Yo añoraba mi sol africano, el chapoteo en el agua sucia por el excremento de los hipopótamos, las moscas, los tábanos y el sabor de bañista hembra, que no se me iba de la cabeza. Fue a fuerza de mucha voluntad que logré atravesarlos y plantarme en Marsella, donde arribé de noche haciendo una gran escabechina entre gente portuaria. Luego me sumergí nuevamente en las profundas aguas del mar y me dejé llevar por la corriente, mar abajo, mar adentro, mar enfrente.
Mi historia se pierde en el agua sin dejar rastro de mis sonoros coletazos. Las olas todo lo cubren y borran, y mi estela se adentra en la noche de los tiempos.
Pero estoy por ahí, acechando, y quiero que quien esto lea, que es una pequeñísima y diminuta parte de un tiempo de mi vida, esté alerta por si aparezco; puede observarme, pero mi consejo es que me tema.
No soy un monstruo, soy un ser vivo. Me crearon para hacer lo que hago y juro que lo hago bien. Que nadie pues se asuste escuchando este relato.