el diputado del ganges
Después de haber discutido Dioscoro largamente sobre si los diputados representan al país entero o solo al distrito que los ha elegido, se le ocurrió esta pregunta: «¿Por qué no ha de haber un diputado por cada clase, por cada pasión, por cada monomanía y por cada dolencia nacional?». Como estaba ya acostado no es extraño que Dioscoro se quedase dormido, y en sus sueños alborotados y calenturientos vio pasar un diputado que representaba a los músicos y otro que… Pero describamos lo que vio Dioscoro desde su lecho.
Poco después de que el sol saliera, las necesidades del trabajo habían ido despertando a cuantos arrieros, mozos de mulas, mayorales y trajinantes tienen sus temporales hogares bajo las acampanadas cocinas de los mesones de una ilustre vía madrileña. En las esquinas se establecían los habituales puestos de leche y buñuelos, y sobre las tablas de aquellos las semiadormecidas manos de un químico de majada preparaban el bebedizo con que alimenta la primera hambre del día el heroico vecindario; mientras en los untuosos mostradores de zinc el buñolero apilaba la crujiente, rubia y oleosa fritanga. En las tiendas de comestibles los mancebos barrían, colgaban de la muestra paquetes de velas de sebo, pescadillas asoleadas y mojadas de cien lluvias. En las tabernas empezaban a moverse aquellos vasos de tallado vidrio en que toma el aguardiente la gente jornalera. Algún balcón se abría y a su hueco se asomaba un madrugador que acababa de abandonar las muelles plumas, o un trasnochador que entonces iba a buscarlas. Volvía a sus sotabancos tal cual cajista de matutino periódico con la retina llena de letras de imprenta y los dedos tiznados. Tornaba a su casa algún trasnochador, afanado aún con las ansiedades del juego en que había consumido la noche y en los párpados barnizados de cierto brillo aceitoso se adivinaba la torpe vigilia llena de emociones. Unos a descansar, otros a trabajar, unos a padecer, a gozar otros, el movimiento humano empezaba, el mundo cambiaba de postura.
Cheminique, el obeso astorgueño, salió a la puerta de su acreditado establecimiento. Dio unos cuantos pasos por la acera, y bostezó, se puso la mano izquierda sobre la boca en desmañada acción y su mano derecha, siguiendo la oscilación general del cuerpo, hizo subir y bajar dos veces una tabla pintada de azul y blanco que después colgó de un clavo.
Aquella tabla tenía cierta interesante inscripción, que decía de esta manera: «Coche diario a San Martin de Valdeiglesias». Después Cheminique se fue al trono de su mostrador, donde dirigía con sabedores artes las tres distintas series en que se dividía su comercio: el de carnes, el de pescados y el llamado por antonomasia de ultramarinos. Cheminique era el rey de la merluza, el príncipe de la ternera, el gran duque de los fideos; obedecían sus órdenes cuatro dependientes y los estómagos de la Cava baja le prestaban sumisión y vasallaje. Una sección del establecimiento de ultramarinos era la taberna que iniciada en mezquino lebrillo adornado de copas en una esquina del mostrador, había ido apoderándose del local, y subiéndose a la cabeza de la tienda como por virtud de la fuerza distensiva de los alcohólicos. La pescadería había retrocedido, perdiendo terreno, y las merluzas miraban con sus ojos cuajados que parecían perlas de cera, aquella invasión, tristes y resignadas. El maragato que guiaba aquella flotilla de cubetes de escabeche, había resignado su cetro en el tabernero. Mesas redondas, pintadas de encarnado, llenaban la sala, y sobre sus tablas andaban aún los fragmentos de vidrio de la embriaguez y los naipes aovados y grasientos del mus y el tute. Cheminique pasó de la condición humana a la divina el día que apareció a los ojos del mundo hecho un empresario de coches-correo. Él fue el próvido patricio que dotó de diario carruaje a la pintoresca pero oscura ciudad de San Martin de Valdeiglesias. En el estrecho cerebro del maragato se barajaban ideas de lucro y de grandeza, los escabeches y los asientos de la berlina, el pienso de sus famélicas y quintañonas bestias con la última adulteración sugerida por su instinto de químico para llenar sus bodegas de buen vino, haciendo emparentar al pozo con la cepa. Aunque es grande y por grande proverbial el amor que el maragato tiene a su traje orientalesco, Cheminique le abandonó para adoptar un pergenio entre el de majo rico y de burgués modesto. Llevaba zamarra de astracán, con un florón de paño azul en la espalda, que recordaba los sobrepuestos heráldicos de un escudo. Las mangas defendidas por fundas de tartán a rayas, y de sus ajustados puños salían las dos manos más gruesas, amorcilladas y fornidas que pudo dar de sí la ciudad del Papa-moscas. El cuello era corto, y la cabeza chata, sin espacio bastante para alojar cómodamente las nobles facultades; por lo que sin duda, la inteligencia se estaba en una pieza abuhardillada, y la sensibilidad tenía su oficina central en la trastienda de un cerebelo prominente con una escalera de mano para bajar al corazón en ocasiones apuradas en que había mucho despacho de fuertes emociones.
El primer rayo de sol doró el cimborrio de San Andrés y por la puerta cerrada se vio avanzar la diligencia de Cheminique, que era mejor un ómnibus viejo y desnivelado. De los dos jacos de lanza, el uno era cojo, el otro tuerto: llevaban calado el freno, apoyándose en él como el cojo en su muleta: bien es verdad que la debilidad del tronco la remediaba el juego delantero, que lo componían dos caballos de alta talla y desmedradas ancas, tan grandes, tan flacas y tan sin belleza como exentas de vigor. Preciso era la voz del Manchao, su látigo que llegaba a todas las mataduras de la recua en inagotable dicterio de vocablos picantes, punzantes y contundentes, para que los cuatro jamelgos llevasen a cabo la acción heroica de tirar del movible armatoste, y entonces las ballestas crujían, los cristales de las ventanillas vibraban y la enorme máquina partía botando sobre el empedrado. Por aquellos días (esto ocurrió en septiembre del año 67 en que yo estudiaba latín) había cola a la puerta de casa de Cheminique para tomar asientos en el coche de San Martin de Valdeiglesias. ¿Qué suceso iba a realizarse en la villa? ¿Coronación de emperador, elección de rey o corrida de toros? Nuestros informes nos permiten asegurar que esto último. Sí, amigos míos, sí: San Martin en vez de partir su capa con el pobre, se la daba íntegra a un torero, y con motivo de ser el aniversario de un pasmoso alumbramiento místico recibió en sus malísimas posadas, caterva ilustre en babilónica cifra.
—No hay ninguno; tengo el coche ocupado.
Así dijo Cheminique a un caballerete que delante del mostrador mascullaba un cigarro en cuyo promedio lucía corbata de papel.
—No es posible; yo tengo que salir hoy mismo para San Martin —añadió el caballerete, atusándose unos cuantos filachos de bigote, y acariciándose la punta de la corva nariz, parecida a la de Guignol.
—¿Qué quiere V. que yo le haga…? —exclamó Cheminique tomando un polvo (era su único vicio)—. El Ayuntamiento tiene tomado el coche por tres días: ayer para llevar a los toreros, hoy para llevar a los músicos, mañana para llevar a los cantores de la iglesia.
El caballero de la nariz guiñolesca hizo un gesto de profundo desconsuelo. Era este señor de alta estatura, tan flaco y sarmentoso que todo él era una pura silueta, es decir, perfiles, líneas que no encerraban o no parecían encerrar cosa alguna de sustancia y peso. Iba vestido con gran desdén de los usos corrientes y con bastante olvido de la limpieza. Cuando le dijeron que no había billete en el coche, miró cara a cara a Cheminique y le soltó estas palabras:
—¿No sabe V. que mañana son las elecciones en San Martin? Pues, sí señor, son las elecciones y yo me presento candidato… tengo la elección asegurada… yo soy médico, pero no asisto a enfermos, no despedazo mi ciencia en pequeñas parcelas para dar la comunión diaria a los que lo necesitan, sino que la entrego a la humanidad en grandes bloques, en enormes pedazos, lo cual traducido al lenguaje ordinario significa que soy inventor, descubridor de grandes verdades por las cuales muchas dolencias tenidas por incurables han encontrado alivio y salud los que las padecían… Pues bien, sepa V. que mi último descubrimiento ha sido el más importante de todos. Ya no habrá cólera. Quiero decir que el cólera será una enfermedad insignificante. Los que niegan lo maravilloso porque les molesta comulgar con ruedas de molino, no podrán negar cuando yo se lo explique, que en el estudio constante de las leyes de la naturaleza puede hallarse como yo he hallado algo que detenga esas mismas leyes, así como rompiendo el piñón de un engranaje se detiene la marcha de las ruedas que le obedecen. Sí señor, déjeme V. ocupar un asiento de ese coche, que yo pueda llegar mañana al pueblo donde la elección va a efectuarse y mi triunfo es seguro… ¿Sabe V. quiénes van a votarme?… pues los muertos. No dirigiré mi manifiesto a los vivos, sino que me iré al cementerio, y a los miles de ciudadanos que en ocasiones distintas han fallecido allí por la ignorancia de los hombres les diré: «Salid de vuestras tumbas… os ha dejado morir la falsa ciencia; la ciencia verdadera os dará la vida». Yo necesito una tribuna desde la cual pueda exponer mis teorías: esa tribuna me la facilita el acta de diputado…
El maragato no entendió la mitad del absurdo razonamiento de aquel hombre, pero sí el mudo lenguaje de tres relucientes duros que desde los flacos dedos del doctor orate pasaron a su gruesa mano y en virtud de ello permitió a este subir al coche que poco después se puso en movimiento.
Estos puntos indican una serie de ideas incoherentes, vagas, inexplicables que pasaron por el cerebro de Dioscoro.
Seguía este dormido y entre los últimos resplandores de aquel ensueño vio al doctor de San Martín entrar en el Congreso llevando un acta en la mano donde decía: «Vengo en representación del cólera».