Cuando espera en la parada del autobús y no viaja con prisa, Mr. Logsdale deja pasar muy de largo los modernos autobuses que van apareciendo y procura tomar uno de los antiguos, de los que tienen lo menos medio siglo de circulación, a los que se sube y entra por la apertura trasera, donde espera un cobrador ya entrado en años, próximo a la jubilación, que lleva colgada una cartera de cuero para billetes y cambios. En los últimos años, conforme se jubilan los cobradores profesionales acaso, están cambiando los clásicos autobuses londinenses de dos pisos por otros modernos, más feos y menos encantadores, en un exceso de economía contrario a la nostalgia, autobuses a los que ahora se sube por delante y un conductor-cobrador lo hace todo, pero es más triste.
Siempre que puede se acomoda en el piso superior, salvo que esté lleno, pues disfruta así de un privilegio exclusivo de estos vehículos de dos plantas. Además, desde arriba se ve mejor el paisaje urbano, y aprovecha para revisitar con los ojos las fachadas de las más bellas edificaciones de la ciudad inglesa.
Mas hoy le ocurre algo insólito. En la parada Trafalgar Square, sube una monja y se sienta un par de filas por delante de él. Ya es raro de por sí encontrar una monja en esta ciudad oficialmente anglicana de religión como es Londres. Más raro todavía resulta encontrar una monja en esta época descreída, donde las jovencitas prefieren hacerse cantantes, modelos o actrices, o cualquier otra cosa antes que tomar los hábitos, y si alguna osa decirle a sus padres que quiere hacerse monja, lo más normal es que la manden al psicólogo o al psiquiatra con carácter previo, por si acaso tuviera un trastorno mental. Pero lo más llamativo es que lleva el hábito oscuro de su orden, más raro si cabe en esta Edad en que la mayoría de los curas, frailes y monjas visten tan seglares que se confunden con la masa. Llama la atención y choca esta imagen medieval en un autobús, aunque este sea todavía del siglo anterior.
Pero lo que deja la garganta y el alma seca a Mr. Logsdale no es todo lo del párrafo anterior, sino la sospecha de que conoce a esa monja. Y no la conoce de haberla visto en ningún otro autobús ni en ninguna otra parte, sino en una vida anterior; anterior a sus hábitos de monja.
Si le pusieran la Biblia delante, juraría con la mano sobrepuesta que es ella, o al menos se le parece. Aquella Helen que conoció lo menos un cuarto de siglo antes y que le robó el corazón, hasta el punto de hacerle comprender y compartir los más íntimos sentimientos desesperados de los suicidas. Juraría que la monja es Helen. Está por levantarse, acercársele, mirarla más de cerca y con mayor convencimiento de lo que piensa, preguntárselo a bocajarro. Pero le da vergüenza el sofocón que puede pasar si lo hace y si se equivoca. Y cuando tiene más avanzada su meditación, en una cierta parada la monja se levanta y se baja, antes de que Mr. Logsdale tenga tiempo de reaccionar.
Sintiéndose como huérfano, llega a su casa sumido en zozobras, y aunque la Sra. Logsdale lo nota raro, él no comenta palabra de su extraño encuentro. Sería absurdo contar sus inquietudes a la mujer más celosa del mundo, que es con quien está casado.
No quiere confesárselo ni a sí mismo, pues una morbosidad inconfesable lo lleva los siguientes días, las siguientes semanas, a tomar la misma línea de autobús demasiadas veces, más de las necesarias, por la secreta obsesión de reencontrar a la monja de sus sospechas.
Y otra vez la encuentra la semana que sigue. En esta ocasión cambia el lado de asientos para mirarla un poco mejor, con un reojo que amenaza con dejarlo bizco, hasta el punto extremo que la corrección y educación permiten mirar fijamente a una mujer, más siendo una religiosa. Tiene que ser ella, Helen. Se le sube la sangre a la cabeza mientras recuerda la cultivada ocasión primera en que la conoció, si es que es ella, hará más de cinco lustros, en una exposición de la National Gallery, donde figuraban unos bocetos del siglo XVIII y que eran obras de aspirantes a ingresar mediante examen dibujado en la Real Academia, y había dos tipos de prueba dibujada, llamados «De repente» y «De pensado». La tal Helen, se le acercó al entonces joven soltero Logsdale, y le preguntó por el significado posible de la diferencia. De ahí surgió una excitante conversación cultural, si bien la timidez patológica del joven Logsdale le impidió seguir más allá con la hermosa joven.
Como de un golpe despierta de la ensoñación, vuelve a la realidad y la monja es ida. Se levanta brusco, corre por el pasillo del vehículo, baja hasta la puerta de salida, donde aferrado a la última barra, suma una nueva desolación por la pérdida de la monja soñada.
Tras una nueva semana de viajes obsesivos en autobús, vuelve a reencontrar a la monja de sus deseos. Y esta vez se sienta en la misma fila de asientos que ella, pero al lado contrario del pasillo. Nuevamente requiebra los ojos para mirarla sin que se le note y se reafirma en que tiene que ser Helen. Y sumergido en repentinos sudores enfermizos, rememora el segundo encuentro, también cultural, que mantuvo con ella en aquel otro siglo, pero esta vez en la Biblioteca del British Museum donde él, estudiante de Medicina entonces, preparaba su terrible examen de Anatomía. Ella lo reconoció y lo saludó. El salió de su puesto abandonando los libros a su suerte, que igual le diera si se los robaran. La cortejó nuevamente, y en medio de la renovada y dulce conversación, esta vez sí, arrancó a la bella una promesa de quedar al siguiente viernes, so la excusa de tomar un inocente té a las cinco.
Y otra vez devuelto al siglo del autobús, ha desaparecido la monja sin remedio. Pero a la siguiente semana desesperado casi, vuelve a tropezársela en la misma línea de autobuses. Y sí tiene que ser Helen. ¿Pero es que ella no lo reconoce, que no parece inmutarse? Porque recuerda aquella cita cuando el otro siglo, de cómo una deliciosa conversación de seductor coqueteo y flirteo terminó cuando él le confesó que había una cosa que le daba infinitamente más terror que un examen oral práctico de anatomía forense con un cadáver entre las manos. Y era confesarle cuánto le gustaba la hermosa que tenía ante sí, cuánto se estaba enamorando de ella y cuánto le gustaría besarla. Y acercando su rostro al de ella notó que no lo apartaba, y sus bocas se unieron suavemente, y ella lo recibió tal y como él se entregaba.
Y otra vez hoy se da cuenta a destiempo, de que la monja ha vuelto a huir de su vida. Y pese a que sigue buscándola durante viajes y más viajes inútiles en la misma línea de autobús, no la vuelve a ver ni esa semana, ni la siguiente, ni la otra.
Y recuerda aquella hermosísima historia de amor donde él se enamoró de veras por vez primera, siendo inseparables durante varios meses, hasta que un desdichado día ella le confesó que tenía dudas, que ella lo que quería era trabajar y viajar, y no quería novios. Tras una conversación para él desesperada, el joven Logsdale le pidió un beso de despedida al atardecer junto al muelle del Támesis, que fue tan tierno como triste. Y nunca más la volvió a ver.
Meses después del final, supo por terceros que Helen había abandonado el colegio católico de niñas donde daba clases como profesora de dibujo, y le aseguraron para su incredulidad, que se había metido a monja de clausura. Nunca dejó de sentirse culpable por ella. Pero esta vez viene dispuesto a llegar al fondo. Retorna al colegio donde Helen impartió clases varias décadas antes. Ni la conserje ni nadie sabe darle razón de dónde fue a parar, si bien habían oído que ingresó en alguna orden religiosa.
Como no piensa cejar en su empeño, se dirige al párroco de la iglesia católica más cercana y le interroga de qué orden puede ser un hábito de tal color y clase como el que llevaba la sospechosa del autobús. Dominicas, concluyen.
Y busca dónde pudiera existir un convento de esa orden por todo Londres, y lo encuentra, y se presenta como un ladrón en el claustro. Y pregunta a la monja portera por la Hermana Helen. Se dice «Madre», le corrige la de las llaves. Se disculpa y la monja le asegura que no vive la tal en ese lugar. Tras diversas preguntas que más parecen de detective, Mr. Logsdale le interroga si no cambian acaso las monjas de nombre al jurar sus votos, perdiendo el anterior y tomando uno nuevo. Si no sería otro el que lleva ahora. La portera ya está a la defensiva, viendo algo extraño en el sujeto que tiene delante, un tanto enfermizo o demoníaco.
Frustrado y sin solución, Mr. Logsdale abandona el convento y la búsqueda infructuosa, y toma un autobús para volver a su casa. Cuando arranca, ve apeada tras los cristales a la monja, la suya, la de las otras veces, intenta llamarla golpeando el cristal y ella le devuelve la mirada, esta vez sí, y por su gesto sabe que lo reconoce al fin como el joven Logsdale que fue, quien si acaso no le hizo enamorase de él, sí que la trastornó de modo que se echó en brazos de la orden donde hoy profesa. Su mirada es lo más parecido a la Soledad cuando los antiguos amantes se van alejando conforme el autobús.