Ramón era extraordinariamente popular, en el Raval de Elche donde vivía. No por ser rico o famoso; porque no lo era. Sino por ser una persona incombustible. Un hombre eterno, decían de él.
Ramón tenía por costumbre, cada mañana, desayunar en una de las terrazas de la plaza del barrio. Siempre lo mismo: una tostada bien merada de aceite de oliva, un café con leche, y una copa de orujo para ayudar la digestión. No tenía prisa. Comía despacio, parsimoniosamente, entregado a los recuerdos, reteniendo en sus pensamientos un tiempo que ya le sobraba. La plaza, ahora pavimentada, él la seguía viendo de tierra, con la fuente en el centro. La trágica fuente ya desaparecida, que en el año 1953 fue engullida por la oquedad del refugio que había debajo, tiñendo de luto el barrio. Su hermano menor fue uno de los mozos que, sentado en su regazo, se fue con ella para siempre... A veces, desde la mesa, saludaba con la mano a algún vecino que pasara cerca o se sentara también en la terraza de la cafetería. En ocasiones, parecía incluso que hablaba solo. Pero no lo hacía. Era la forma de comunicarse con su compañero de trabajo: aquella esfinge de hierro sentada en una banqueta, cosiendo suelas de cáñamo en la plaza. Esfinge conmemorativa de la industria de la alpargata; gremio al que dedicara muchas horas de su vida: «Mena, nene, mena». Parecía escuchar todavía la voz de su padre reprendiéndole. Cuando siendo apenas un niño, apremiado por el hambre, soltaba un momento la manecilla de la rueca de trenzar el cáñamo, instalada en el huerto, para recoger algún dátil maduro caído de las palmeras... No en vano se consideraba a Elche el «Palmeral de Europa». El mayor oasis del continente. Palmeral recientemente declarado Patrimonio de la Humanidad. A Ramón, le gustaba mucho pasear entre las palmeras, muy abundantes en la zona. Tanto en la ladera del río Vinalopó, al que se abocaba el barrio; como por los huertos de la parte alta que lo circundaban... Palmeras que no solo crecían en torno al Raval; sino que también se extendían por todo el término municipal de la ciudad. Un verde y frondoso valle de palmas que, partiendo del mismo corazón del casco urbano y prolongándose hacia las pedanías, se juntaba con el cielo en el horizonte, disputándole a las nubes un lugar de privilegio en las alturas. Unos paseos que no pasaban desapercibidos a ojos de otros jubilados del barrio, más jóvenes que él, que aun admirándole, no podían evitar al contemplarle experimentar una cierta envidia. Les llamaba poderosamente la atención la insólita energía de aquel hombre, casi centenario: alto, enjuto, apenas encorvado; que se mostraba sin proponérselo, ofensivamente incombustible.
Superviviente a mil batallas, Ramón disfrutó siempre de una fortaleza sin límites y una privilegiada salud de hierro. En contrapunto a Rosario, su esposa, una mujer débil y enfermiza desde niña, que le abandonó muy pronto. Más allá de las tragedias y avatares que siempre envolvieron su vida, Ramón vivió, no obstante, cubierto de una aureola de suerte, propia de los elegidos. Una aureola de suerte sin embargo, que no pudo tampoco compartir con Martín, su hijo, su único hijo. Un joven aficionado a las motos, para quien fueron suficientes unas pocas gotas de lluvia en la curva de una carretera, para derrotarle... Los mil cuchillos traidores de una valla quitamiedos sesgaron su cuerpo. Soldado a la fuerza en el bando que le tocó en suerte, en una guerra civil entre hermanos, que no entendió nunca. En la que se negó a matar a nadie. No pudieron doblegarle, ni las ideas, ni las balas, ni el sufrimiento vivido en la cárcel por desertor; ni la sentencia finalmente a fusilamiento por un consejo de guerra, en el campo de concentración de Albatera. Del que, milagrosamente, pudo escapar antes que llegase el día... Ramón era un hombre honrado y duro. Fiel a sí mismo. Un luchador incansable, a quien la vida recompensó cínicamente: con una soledad prematura, amarga y recalcitrante... Una soledad, únicamente alterada al llegar la Navidad. Unos días entrañables, muy importantes para él, que misteriosamente parecían inyectarle la vida. Desde niño le habían gustado, disfrutaba sobremanera esas fiestas, que devolvían un poco de savia a sus resecas raíces...
Llegado el momento, cuando el sentimiento navideño empezaba a hacerse notar en el último rincón del calendario, Ramón, como impulsado por un resorte que le sacaba de su ostracismo, se ponía manos a la obra. Lo primero, era llenar las puertas y paredes de la casa de todo tipo de adornos propios de la época. Como había hecho siempre. Como cuando su familia estaba allí. Luego, con exquisita parsimonia, departiendo mentalmente con su hijo, recordándole, montaba el belén en el comedor
Pero lo que más le gustaba a Ramón, le había gustado siempre en esas fechas, era disfrutar en directo del ambiente. Al tiempo de trabajar él, ver también cómo trabajaban los demás. Aquel atardecer del día de Nochebuena, Ramón, una vez más, salió a pasear dejando atrás el barrio. Caminaba con el brazo extendido, como si todavía llevase a su hijo de la mano. Calle de Telefónica adelante, en dirección al puente Nuevo. Bajo el esplendoroso alumbrado que en sendos soportes metálicos, un trecho por encima de su cabeza, cruzaba la calzada de acera a acera. Para desembocar, a la derecha del puente, en la Plaza Mayor del Ayuntamiento, y contemplar el gigantesco abeto que allí había, repleto de cientos de bombillas multicolores y la Estrella de la Navidad en lo alto de su copa. Seguía por la Corredera, donde se aglutinaban los comercios, admirando la fantasía que derrochaban los escaparates. Luego estaba la Glorieta; el belén oficial frente al Gran Teatro... Por último, y tras dar un rodeo por las enrevesadas callejas del centro, terminaba su periplo por la ciudad, en la Plaza del Congreso Eucarístico.
Llegado a este punto, se disipaba toda su alegría. Se sentía invadido por una intensa tristeza. Afloraba en lo más profundo de sus recuerdos la nostalgia. La aflicción. Se sentía ganado por la melancolía. Ya en noche cerrada, parado cual alto era en el extremo de la plaza más cercano a la Rambla, con la Basílica de Santa María a sus espaldas, Ramón, dirigió su mirada perdida hacia el Parque Municipal. Un parque que no alcanzaba a ver. La moderna edificación del MAE se lo impedía.
En realidad, no era el Parque Municipal lo que Ramón buscaba... Tuvo que cerrar los ojos, para ver lo que quería ver. Lo que ya no estaba: el barrio de «Las Casitas de la Virgen». Tiempo atrás expropiado, para levantar sobre las raíces de su historia el museo.
Un pequeño barrio de humildes casitas de piedra, tan antiguo como la propia Ciudad, donde conoció a Rosario. El amor de su vida. Jamás hubo otro.
Ramón recreaba entonces en su imaginación aquella época para él inolvidable. Evocaba emocionado, con indescriptible añoranza, los felices momentos de novio vividos en aquel barrio.
Cuando escapaban furtivamente de la férrea vigilancia de la madre de Rosario. Una mujer que en realidad, no era tan ogro como quería aparentar. Consciente, aunque no lo decía, por la experiencia que dan los años, de aquella situación. Más que engañada como parecía, se dejaba engañar a conciencia, convirtiéndose en cómplice anónimo, de las naturales exigencias del amor. Hay cosas contra las que no se puede luchar. Y eso una madre lo sabe muy bien. Entonces se sentían libres, fuera del mundo. Motivados por la pasión, corrían como fugitivos, cogidos de las manos, hasta su rincón de siempre. Un recoveco oculto entre los muros del Palacio Altamira, donde disfrutando de su intimidad, los besos eran el lenguaje más absoluto. Corrían tiempos en que la felicidad, generosa, envolvía a ambos en todo su esplendor.
Rosario era una mujer ocurrente, graciosa, divertida. A quien gustaba burlarse, bromear con el fornido cuerpo de su hombre:
—Sabes..., eres tan fuerte. ¡Tan fuerte! —le decía mimosa junto al muro, susurrándole al oído. Envolviendo sus palabras con el misterio de la noche—. Porque tu cuerpo es el puzle de todas las razas que han conformado esta bendita tierra: tienes la complexión física de los visigodos, el aire marcial de los romanos, la nariz aguileña de los árabes, el moreno azafranado de los bizantinos... Pero aquí, ¡aquí! —inquiría suspicaz, con malévola intención. Repicando con el dedo índice en su frente—. No sé. No séeee. Suena a hueco. —Ramón sonreía divertido ante las salidas de su novia. Parecía un niño azorado. Tomándola como a una pluma entre sus brazos.
—Tú en cambio, eres listísima... —Le devolvía la gracia—. Eres todo un portento de inteligencia. —Repicaba también con su dedo en la frente—. No te cabe más. Toda la sabiduría de nuestros antepasados se ha concentrado en tus pensamientos. Por eso tienes un cuerpo tan frágil...
Los gritos de unos niños jugando, correteando por la plaza, que pasaron por su lado casi arrollándole, devolvieron de nuevo a Ramón a la realidad, desvaneciendo sus controvertidos recuerdos. Abatido, cabizbajo, comprendió de nuevo la vuelta al barrio, desandando sus pasos. Ya en su casa, se debatía una vez más, con ese pulso constante que mantenía con la soledad. Una soledad que procuraba vencer, distrayendo su atención con los últimos retoques del belén. Un belén que año tras año, montaba con el velado secreto, con la escondida esperanza de que fuera el último. Ramón ya estaba harto de tanto sufrimiento, desengañado de todo. Y ansiaba fervientemente que la vida, de una vez por todas, le dejara en paz. Se olvidara de él...