—¿Qué haces, qué demonios haces? Te has vuelto loco. ¡Suéltale!, por todos los diablos suéltale.
—Deja a mi mano o morirá. ¡Déjame!
—¿Cómo te atreves…?
—¿A operarle?, acaso no puedo remediar la muerte de un ser que nos es querido. He debido decidirlo en un instante, el corazón le fallaba de forma alarmante. Créeme que no dispuse de tiempo para avisarte. Ahora ayúdame, agarra estas pinzas, debo ponerle esta micropila que avive las contracciones de su corazón tan debilitado.
—¡Julio!, ¿qué le pasó?, ¿cómo fue?, te juro que no entiendo, aparte de esa irritación vesical tan comentada y reída por nosotros, Ángel estaba fuerte como un toro.
—Me extraña que preguntes incrédulo cosas relativas al corazón. ¿Quién puede asegurar que tiene sano este órgano? Di, ¿conoces a alguien que te asegure un perfecto y continuado funcionamiento del motor de la vida?
—No, pero Ángel… nadie pensarlo. ¿Dónde le pondrás la micropila?
—Si queremos estimular el automatismo cardíaco… en el nódulo sinusal. ¿No es así?
—¿Cómo es que la herida es tan limpia y no hay huellas de sangre?
—Calla, voy a cerrar el miocardio. Creo que de los últimos adelantos de la Medicina no estás enterado.
No soy médico, perdona estas ignorancias.
—Ahora te asombrarás aún más. Nunca, mira bien, nunca sabrá Ángel de su operación en el corazón. Cerraré esta herida sin que pueda averiguar que tuvo abierto el pecho.
—¿Algún otro adelanto que no conozco?
—No, el rayo láser entra en tus específicos conocimientos.
—¿Le abriste con él?
—Sí.
—¿Cómo activarás el láser?
—Al modo que regenerando células unas la piel sin solución de continuidad.
Después de un silencio prolongado, Julio abrió las ventanas; la luz de la mortecina tarde iluminó la habitación donde el cuerpo inanimado de Ángel reposaba sobre dos mesas unidas en sus anchos.
—Vístele Valetudo, vístele rápido y le pondremos sobre la cama.
—No hay alteración de pulso; en las condiciones que le has operado, tú solo, sin casi instrumental, debería estar muerto. ¿Dónde tienes la anestesia, dónde los aparatos de transfusión, dónde no hay suciedad en la cámara? ¿Puedes explicarme? Dime la razón de su sueño tranquilo, dime si soy yo acaso el que está soñando.
—Después; ahora vamos a poner orden.
—¡No!, quiero que lo expliques, que me expliques cuanto antes, hasta la misma precipitación tuya por restaurar el orden en mi habitación.
—Suelta, me haces daño, no lo entenderías.
—Eres un loco, un genio loco, en el momento que despierte Ángel te obligaremos a salir de esta pensión, no viviremos con un demente. No estoy seguro de creer nada de cuanto he visto.
—Operación “fuga de cerebros” llamando por onda 715 al planeta Raco, Galaxia 8030, aquí la Tierra; onda 715 con el planeta Raco. ¿Me entendéis?
—Aquí el planeta Raco a operación “Julio-Tierra”, el número de tu gravación queda libre. Escuchamos.
—Tengo preparado el túnel del tiempo Tierra-Raco, mando los últimos cerebros privilegiados de la Universidad de Madrid. Mi detector de cerebros no funciona, ello me indica que se ha cumplido el plan trazado en la zona que me fue encomendada. El país ha quedado asolado de todo vestigio de cerebros con potencias superiores a cinco mil raquiciclos. Dentro de breves momentos el túnel del tiempo transportará esta última expedición. Espero nuevas instrucciones.
—Raco a Julio-Tierra, vuelva con la expedición.
—Terrícolas: con vosotros hemos terminado la extracción de cerebros del planeta Tierra. Hemos dado fin a un vasto plan que nos ha mantenido en continua acción durante tres años. Ahora…
—¿Quién es este monigote, Valetudo?
—Supongo que el amo, el dictador de Raco. Al menos Brow en los breves momentos que estuve hablando con él me dijo que el rey de Raco nos daría la bienvenida.
—¡Qué conocimientos! ¿Quién es Brow?
—Un negro americano, un físico de gran renombre; pero calla, acaba de terminar sus gárgaras y vuelve a su andanada dialéctica.
—… Ahora, repito, ustedes demostrarán que nuestros esfuerzos no han sido vanos, que nuestros años de sacrificio serán compensados suficientemente. Si alguno de entre ustedes no se hubiese percatado hasta el momento de la naturaleza de esta operación de trasplante, de éste éxodo de cerebros terrícolas a nuestro planeta, debo especificar que todo ha sido en beneficio de la paz; la conquista que desde años atrás habíamos proyectado sobre la Tierra con objeto de ser sometida a nuestro colonialismo se ha sustituido por esta medida más inteligente y menos beligerante. Vuestros cerebros nos sirven a este fin; la Tierra en estos momentos es un remanso de paz, aunque se encuentra sumida en un retroceso que podíamos calcularle en quinientos años; en definitiva, se ha evitado el derramamiento de sangre.
Cada uno de ustedes y según la especialidad que desarrollaba o pensaba desarrollar en su país se pondrá a las órdenes de uno de nuestros técnicos. Estén al corriente de nuestros adelantos en el menor tiempo posible; nos es grato saber vuestros certeros y positivos resultados.
Como última sugerencia, les recuerdo que si alguno no se encuentra a gusto entre nosotros guarde sus apetencias para más propicias ocasiones, por el momento estarán mal vistas en el planeta Raco y a buen seguro produciría efectos contrarios a nuestra buena voluntad de paz y convivencia.
—No entiendo nada, desde hace unos días te juro que estoy en la más completa inoperancia con respecto a mi entendimiento. Ni sé como estoy aquí ni he entendido una sola palabra de la perorata de ese tipejo. Dime, Valetudo, ¿te explicaré algo de tanto como nos ocurre?
—Espera, aquí viene Brow, él lleva dos años en Raco y podrá decirnos algo más.
—¡Hola, amigos!
—Hola Brow, ¿conoces a Ángel?
—Como si lo conociera, ¿qué dices?
—¡Psch…!
—¿Sabes si podremos salir algún día?
—Y perder esta felicidad, los múltiples adelantos que en nuestro planeta aún hubiéramos tardado siglos en descubrir ¡NO! Además, según nuestro pequeño monstruo dictador de Raco no moriremos, la paz nos acompañará en nuestra infinita existencia; por otra parte, aquí no hay luchas raciales y esto para mí también es importante.
—Pero, ¿qué será de nuestro planeta? La pobreza más absoluta sustituirá a las prosperidad de nuestro siglo.
—Nuestro mundo aprenderá de nuevo lo que representa la solidaridad entre los hombres. Creo que fue un acierto dejarles libres de nuestra presencia, libres de nuestra carga, del miedo que nuestras mentes progresistas les suscitaba. ¡Amigos!, los hombres deben ya haberse acostumbrado a no tener inquietudes, es posible que ahora no nos aceptaran. Vamos a dejar las cosas como están, el ángel bueno del hombre sencillo les preservó por muchos años de nuestra funesta presencia.
—Si no os parece mal y antes de proseguir con vuestras interesantes discusiones haréis el favor de explicarme todo el proceso de que se sirvieron estos raconianos para haberme convencido de mi presencia aquí.
—¿Qué quieres saber. Ángel?
—Todo, Brow, todo…
—Al menos te contaré lo que sé. Escucha: hace unos diez años, estos terribles habitantes pensaron invadir la Tierra y repoblar su planeta con hombres de características, si no idénticas, al menos parecidas a las suyas. Pero estos monstruos, después de minuciosos estudios llegaron a la conclusión de que los únicos seres con características parecidas, éramos nosotros; nosotros los sabios de la Tierra, los superdotados, los inteligentes, los que tenemos la desgracia de que nos llamen talentudos y otras zarandajas por el estilo; y fue entonces cuando vieron la conveniencia de sustituir la invasión por la fuga de cerebros, es decir, sus mentes complicadísimas tardaron años en llegar a conclusiones sencillas, a conclusiones que sabéis vienen o venían haciéndose en nuestro planeta desde muchos años atrás; ahora bien, no piensen que ellos fallan, no les creáis fuera de la realidad próxima, puedo aseguraros que son precisos, increíblemente precisos, cualquiera de las cosas que les veáis realizar, es todo un canto del bien hacer, ¡no lo olvidéis!
—Pero, ¿cómo minaron mi voluntad, como no hubo resistencia por mi parte, de que medios se han valido, cómo nos transportaron?
—Al poner en nuestro corazón la micropila, sabéis que ésta aumenta el ritmo del sístole y el diástole permitiéndonos la vida en este planeta, es probable que actuara sobre nuestra voluntad al menos por un corto espacio de tiempo.
Del túnel del tiempo, se valieron para traernos; una placa de material desconocido aplicada a las plantas de nuestros pies nos condujo hasta aquí. El funcionamiento por sencillo es endiabladamente complicado, los gases despedidos en su parte inferior, lo mismo que nosotros llamamos cohetes retropulsores basados en el principio de acción y reacción de Isaac Newton, eran recogidos por otra placa perpendicular a la primera que actuaba como reacción recogiendo los gases de salida y formándose así el principio de Newton. En la parte superior se formaba un tubo de aire en forma de bala y como tal fuimos disparados hasta Raco. ¿Te vas explicando?
—Pero, dime, ¿qué venimos a hacer aquí?, si como dicen son tan inteligentes, no pensarán que vamos a revitalizar su raza.
—No, ciertamente, ellos esperan de nosotros nuestra inteligencia, que pongamos a su servicio los conocimientos que previamente nos dan.
—Hay que encontrar el modo de salir, no permitiré la explotación, cuando no se me ha preguntado mi pensamiento al respecto ¡Julio, quién podía suponer que era un monstruo raconiano!
—Preguntar por Olu, si queréis salir, él prepara la destrucción de Raco.
—¿Dónde encontraremos a Olu? ¿Quién es Olu?
—Esta noche le tendréis en la sala grande de exposiciones. Está muy cerca de nuestro pabellón. Si tenéis pensamiento de abandonar Raco, conviene vuestra asistencia, de este modo aunaréis esfuerzos para buscar otra forma de encadenaros. Olu, el cabecilla, el dueño y señor de esta conjura os dirá la forma de cómo servir a la causa.
—¿Te veremos, Brow?
—Seguro, pero defenderé otra causa que vosotros…
—Hasta entonces.
—De nuevo nos reunimos aquí. A las caras nuevas que atiendan; su posterior afirmación a la causa que defendemos nos será dada por su asistencia, de lo contrario nos daremos cuenta que no comulgan con nuestros ideales. Estamos ya a un paso de la destrucción total de Raco, su composición mineral nos hace más fácil la explosión atómica, pero aún no contamos con los suficientes tubos del tiempo, como para precipitar la explosión. Cuando este problema esté resuelto intentaremos la navegación interplanetaria. Estoy convencido de haber interpretado a la perfección las enseñanzas de los técnicos raconianos.
—Olu, ¡no puedes sacrificar a los que tenemos deseos de quedarnos!
—¡Brow!, no volvamos de nuevo a discutir; está suficientemente demostrado que estamos en poder de la razón, tanto nosotros como lo que intentamos hacer. Tú, y unos cuantos locos que están a tu lado sois ilógicos y nunca, entiéndelo bien, sacrificaremos nuestro deseo de volver a vuestras egoístas apetencias de permanecer aquí.
—Los habitantes de la Tierra habrán comprendido nuestras nefastas influencias sobre el planeta; ellos defenderán la nueva vida, no nos admitirán. Volver, está dentro de lo posible, es la destrucción de la Tierra. Ellos, sin conocimientos suficientes para manejar nuestros inventos mortíferos, intentarán usarlos contra nuestra presencia, darán lugar a una explosión masiva de proyectiles, podéis suponer que sólo la explosión de los que guardamos en mi país pulverizarían en segundos la Tierra.
—Exageras mi querido Brow; porque no pensar, es lógico, que nuestra desaparición les ha sumido en el caos, les ha llevado a la Edad de Piedra, les ha convertido en niños asustadizos. Sí, Brow, tratamos de remediar un cataclismo, tratamos de salvar cientos de años de civilización. Es más probable pensar en el desorden, la pobreza, el vacío, el complejo, que en estas historias de tu calenturienta imaginación.
—Tampoco pensaste que vas a matar a millones de raconianos. ¿Sabes lo que significa cometer un crimen en masa?
—Es que ellos no me preguntaron si quería venir. ¿No puedo disponer de sus vidas tal como ellos lo hicieron con la mía?
—¿Por qué entonces no destruyes a la potencia que sirves en la Tierra?
—Ellos me compraron con dinero y me dieron todo cuanto no tenía en mi país.
—Pero ayudas a la infelicidad de tu pueblo, al desnivel y a la envidia.
—Pongo mis conocimientos donde puedan servir; no está en mi mano coadyuvar a la paz entre los pueblos.
—No iré con vosotros, Olu. Si mi vida ha sido hecha para subvencionar a las grandes potencias, me quedo aquí, tanto me da un planeta como otro y éste, al cabo, busca la paz aunque confunda los medios para conseguirla.
—Vas a morir, Brow.
—Morir aquí es no haber nacido.
En la mañana del séptimo día, el planeta Raco saltó en el espacio. La explosión atómica cuidadosamente preparada por Olu dio resultados satisfactorios. El hongo atómico ocupó por entero el lugar del desaparecido planeta. Millones de balas humanas, tubos del tiempo que no lograron salir de la zona de influencia del hongo quedaron girando como satélites alrededor de la nube. Algunos, pocos, consiguieron salir de la zona maldita.
—Brow murió, no tengo duda, ¿y tú, Ángel?
—Al fin se sacrificó para actuar como los antiguos dinamiteros. Pero él no había nacido. Esto le salva.
—Si, no había nacido. Olu, por el contrario, vivirá toda la vida alrededor del antiguo planeta Raco. Ninguno de los dos merecía esta suerte.
—Acaso los dos la buscaron, Valetudo.
—¿Quiénes piensas que tenían razón?
—Los dos o ninguno, no lo sé. Quien puede pensar en la circunstancia del progreso debe admitir las consecuencias, quien por las consecuencias define le queda un camino muy estrecho para creer en la convivencia de la civilización.
—¿Qué harás ahora?
—Volveré a la Universidad.
—¿Y los siete días?
—Mi cara no dirá esto que tan sólo sabe mi cerebro.