País Relato - Autores

josé luis garci

«¡stille nacht, hellige nacht!»

Lo cierto fue que empezamos a beber muy temprano, y poco antes del anochecer, a eso de las cuatro (las seis, según nuestro horario), ya cada uno de nosotros se mostraba alegre y con ganas de gritar y de llamarla atención.
Bien; creo que esto, en medio de todo, era lógico. Y hasta imagino que estaba previsto. ¡Alguna vez tenía que suceder! Además, y en otras ocasiones, eso mismo ya había sucedido. ¿Qué importancia podría tener?
La noche anterior había estado nevando, y también buena parte de la mañana. Tuve servicio en el laboratorio hasta el amanecer. Vi, pues, cómo la Zona y, un poco más allá, el pueblo se iban cubriendo de nieve. No pensé que cuajara tanto, pero al ver que sí me alegré. Claro que me alegré. Es curioso; no podría decir muy bien el motivo de mi contento, pero me alegré. Era como si de pronto hubiese descubierto que la nieve era algo muy mío. Quizá —y es, en todo caso, una hermosa justificación— porque unas navidades con nieve, en la Tierra o en donde sea, se asemejan algo más a la significación de las cosas que nos enseñaron.
La nieve, sin embargo, me hizo recordar; más que la nieve, claro, supongo que fue el mundo evocador que ésta simboliza. La verdad es que durante la noche, entre cigarrillo y cigarrillo, entre comprobación y comprobación, mi mente estaba allí. Yo estaba allí. Y es que resulta inútil tratar de impedirlo. Y es que todas las clases de adiestramientos que te dan, luego, en el momento clave, no sirven para nada. Y es que resulta normal. Es sencillo, muy sencillo. Rápidamente rompes las cuerdas que te atan al poste; después, corres a quitarte la cera de los oídos, y, por último, dejas que los recuerdos vayan penetrando en ti hasta que te invaden por completo. Sencillo. La verdad es esa. Lo otro, los manuales que te hacen aprender, la teoría, no cuenta. Y si, por el contrario, los recuerdos de las más viejas cosechas, las que han estado —bien guardadas y taponadas durante muchos años esperando salir. Cuando abres las botellas del pasado, esa cosecha se desborda por todo tu cuerpo, se desparrama de la cabeza a los pies, y te inunda de nostalgia, de alegría y de pena. Los primeros juegos. La escuela. El miedo a la noche y al silencio, con la cabeza oculta por las sábanas. Las vísperas de los días grandes, de las fechas esperadas, cuando uno no piensa más que en que llegue al fin ese maldito día…
La Navidad fue siempre maravillosa, sobre todo para los niños. Ninguno la podíamos olvidar y esperamos impacientes a que llegase la del próximo año. Se estaba tan cómodo en casa. Sonreíamos por nada y por todo. Cómo olvidar aquellas tardes de nevada —la nieve cubría todo el valle, tanto que a veces los hombres salían con palas a quitarla, y los chicos pensábamos en que cuándo seríamos hombres de una vez—; las tardes en que uno se sentaba junto a los fuegos que nos regalaban como premio por las calificaciones escolares. ¡Los fuegos de Navidad! Las madres no nos dejaban acercarnos a sus llamas brillantes, por si ardíamos, y siempre lo teníamos apagado, de adorno. ¡Y las viejas películas… ¡Cielos, eran historias maravillosas! Sin color, borrosas, sin ningún relieve, pero… habían hecho felices a nuestros abuelos, a nuestros padres y a nosotros mismos. Los duelos a espada de los Mosqueteros, las peleas en cubierta de los piratas de aros relucientes en las orejas, las caracterizaciones de Lon Chaney (de «Fantasma» de la Ópera, de Jack el «Destripador»…), las aventuras de Charlot y de Oliver y Stan… Uno vivía aquello tan intensamente, que, al terminar de verlas, sentía las mejillas ardiendo, y hasta algunas noches nos acostábamos con verdadera fiebre. Y no era para menos. Habíamos saltado entre lianas, con Tarzán; matamos a todos los villanos, junto a Barrymore, y hasta nos elevamos por encima de las ciudades, aupados por King-Kong… Imposible olvidar aquello. Mi filmoteca infantil; mis cuadros; mi música…
Cuando me relevó Frank debía tener todavía algún brillo especial en la mirada. Se me quedó mirando. Hubo un instante en que creí que lo diría —«Qué, pensaste en los de allí, ¿no?»—, pero no lo dijo. Únicamente me dio café de su termo y me preguntó que dónde pasaríamos la noche. Le respondí que no sabía. Pero que me daba igual.
Siempre hacíamos lo mismo, por las noches, desde que llegamos. Y por esta vez, aunque fuese Nochebuena, tampoco habría excepciones. Cenaríamos. Beberíamos. Dormiríamos. Y tal vez hoy, como era fecha señalada, haríamos el amor, si es que nos lo autorizaban.
Dormí durante mucho tiempo cuando salí de trabajar. Siete u ocho horas. Además, de un tirón. Fue un sueño tranquilo, profundo. Me levanté despejado, tan despejado como cuando uno devuelve la comida, que ve, durante unos minutos, todo con una maravillosa lucidez. También creo que me encontraba algo alegre.
Tras la ducha, me vestí, escuché las últimas informaciones y, sin comer nada, salí.
Hacía bastante frío. Probablemente debido al viento, que no cesaba un solo instante. En la Zona había —si uno se fijaba bien— un tenue aire navideño. O me lo parecía a mí. El caso es que las caras de los hombres y las mujeres estaban menos tensas, como menos blandas que de ordinario. En sus ojos se advertía algo parecido a un «Felicidades». En otro tiempo, al principio, parece ser que los primeros que estuvieron celebraban la Navidad. Luego la costumbre —como tantas otras cosas— fue desvaneciéndose, hasta que se olvidó.
Tras un par de «martinis» en el bar, comimos. Sin mucho apetito, es cierto. Ernest tomó algo más, aunque para como él lo hace habitualmente tampoco fue nada extraordinario. La comida, ignoro el motivo, resultó poco agradable. Apenas se habló. De las otras mesas no llegaban apenas voces. Debía ocurrir como en la nuestra.
Hay que tener en cuenta también que, según fueron transcurriendo las semanas y los meses, nuestras charlas (tan animadas cuando vinimos, que llegaban a prolongarse durante las noches enteras) casi desaparecieron. Para ninguno de nosotros, pienso, era ningún alivio el hablar con otro. Y todos preferíamos leer, oír música, ver films o cualquier otra cosa. Ahora, cuando hablábamos, era siempre sobre temas intrascendentes. «¿Todo en orden?» «¿Qué te pareció el programa de televisión que nos enviaron?» «¿Podrías dejarme algún libro? Leí todos los que me asignaron» …
Nunca nombrábamos algo que pudiera hacernos pensar en nuestro trabajo. En el tiempo que aún nos quedaba allí, examinando piedras, plantas y personas.
Salimos a dar un paseo. De pronto nos habían entrado unas ganas tremendas de pisar la nieve.
Nos alejamos de la Zona.
Según andábamos, bebíamos largos tragos de hu. Con el frío y el movimiento apenas sentíamos la terrible fuerza del hu, pues, aun siendo más suave al paladar que el vodka nuestro, pasados unos minutos ardía como un diablo en el estómago. Sin embargo, todo el que llegaba se aficionaba al hu inmediatamente.
Fue Ernest (o tal vez fuese Frank, no lo sé) quien propuso ir a hacer el amor. El Segundo Delegado de la Zona había dado autorización para que, en turnos, pudiésemos ir todos. Y es curioso; ninguno pusimos el más mínimo, pero. No obstante, se apreciaba que aquello no nos agradaba tanto como en otras ocasiones. La teoría aprendida, en este aspecto, tampoco resultaba idónea. Y no era el problema de que sólo pudiésemos acostarnos con una mujer cada siete días. No. En esta ocasión no lo era. Se trataba de otra cosa. De algo que empezábamos a olvidar y que ya costaba trabajo reconocer. Se trataba de nuestra dignidad. Eso era.
Ellas vivían al oeste de la Zona, en un edificio blanco, espacioso y alegre. El edificio —«La torre», según la nombrábamos todos— estaba dividido en diez naves. Cada nave era independiente y tenía su acceso propio. En nuestro documento se especificaba bien cuál era —según el trabajo y grado de cada uno— la nuestra, y dentro de ella, la sección, y en ésta, nuestras mujeres.
Las que yo conocía, al menos, vivían bien. Eran una veintena. Tampoco quiero decir que no merecieran vivir bien. No es eso. Pero, en fin, no lo pasaban tan mal del todo. Gozaban de todas las comodidades de la Zona. Y vivían en un lugar confortable, tranquilo y limpio. Más, por supuesto, de lo que hubiesen soñado nunca allá abajo. Y, sobre todo, solo estaban aquí durante un par de años.
May, directora de la sección, y antigua habitante de «La Torre» durante doce años, nos recibió con su amabilidad acostumbrada. Con los idénticos gestos de cordialidad y cariño que regalaba a todos cuanto íbamos. «¡Oh, qué alegría; otra vez ustedes…!»
Hizo que nos pusiéramos cómodos Nos sirvió jerez. Y eso sí fue una magnífica sorpresa. En ese momento bajó Miriam, químico de la Zona, mujer de una belleza fascinante y que durante cerca de tres meses fue compañera de Frank, hasta que se cansó, y decidió vivir libremente y sin ningún atavismo, como lo era, en realidad, no amar más que a Frank, fundamentalmente cuando no se le quiere. Tras Miriam bajó un hombre alto y fuerte. Le conocía de vista. Trabajaba en el departamento de programadores. Nos saludamos todos y, tras unas preguntas y respuestas sumamente corteses, Miriam y el hombre salieron.
Yo me sentía tranquilo, muy sereno. Caliente. Y era agradable notarse así. Notar que todo tu cuerpo parece decirte «no te muevas; no hagas nada; cierra los ojos». Bebía el jerez a pequeños sorbos, y entornaba los ojos. Las conversaciones de los demás me llegaban como mansos murmullos, distorsionadas, con tonos graves y agudos, según la atención que yo les prestara.
Las mujeres de «la torre» eran jóvenes, sanas y limpias. Pasaban un riguroso examen médico. También eran simpáticas y amables. Y algunas hasta inteligentes. Había siempre, a la hora de la elección —evitábamos estar dos veces con la misma mujer—, un rito que recordaba, vagamente, aquellas girls y aquellos saloons de los films de mi infancia. No había lámparas colgantes, ni mesas de póker, ni mostradores alargados, ni, por supuesto, habitaciones pequeñas cuyas ventanas dieran a ninguna calle polvorienta o embarrada. Tal vez es que aquí, en esta situación de elegir, y aunque yo no lo apreciara, había la misma ingenuidad que en las girls y los cow-boys.
Elegí a una mujer de mediana estatura, morena. La elegí simplemente por su boca. Una boca que dejaba ver unos dientes no muy perfectamente colocados, pero sí muy blancos y brillantes. Quise besar esa boca, los labios y los dientes. Simplemente por eso la elegí.
Luego, ella vino junto a mí. Se acercó mucho. Y me miró.
Podía sentir su olor perfectamente. Sin esfuerzo. Era un olor tibio, suave. Un olor que salía de sus brazos y senos. De su cara. Ella aproximó su boca a mi oído y dijo: «Me llamo Alice». Le miré la boca. «Muy bien, Alice —dije—, ábrela». Alice entendió. Abrió lentamente su boca.
Hacía tiempo que no veía una boca de mujer así, con calma, con interés.
Toqué con mis dedos sus labios. Di una vuelta a su boca. Y otra. Mis dedos se movían despacio, con suavidad. Sus labios eran ni blandos ni duros: resistentes, y ahora los tenía algo húmedos.
Los estuve besando poco a poco, con besos cortos, pequeños, durante varios minutos. La imperfección de alguno de sus dientes hacía resaltar su labio superior. Era agradable besarlo.
La miré. Hasta entonces no me había fijado en sus ojos, oscuros y grandes. En su cara algo ancha. Al verlos no pude aguantarlos fijos en mí. No me lo explico, pero así fue.
Fumamos un cigarrillo en silencio. Y yo pensaba: «Esto es igual que allí. Ahora saldré y pediré un taxi y me llevará a casa. Antes entraré en una tienda y compraré algunos regalos para los chicos y para Marta…»
Fui hacia la puerta.
Me volví. «Adiós», dije. «Adiós», dijo Alice. Y añadió: «¿Te gusta el pastel de manzana?» Me estaba sonriendo. Su labio superior me llamaba. «¿El pastel de manzana?… No sé. Sí, tal vez sí». Y el labio superior de Alice dijo: «Te haré uno. Siempre que vengas te haré uno». Supe en ese instante que iría siempre.
Abajo, May me volvió a llenar una copa de jerez. La bebí de un trago y salí.
El frío era ahora muy intenso. La nieve se había helado.
La Zona estaba silenciosa. El comedor, también. Flotaban en el ambiente miles de recuerdos, o de sensaciones; no sé. Tal vez fuese lo mismo.
En la mesa estaban Frank, Ernest y «Big» Jim.
Cenaban despacio De las otras mesas apenas llegaban susurros.
Volví a comer poco. Algo de queso, untado en pan.
Al terminar se anunció que para los que quisieran se celebrarían más tarde unos oficios religiosos.
Nosotros no fuimos.
Alguno sugirió ir al pueblo. Particularmente prefería dormir. Pero había algo desconocido —para mí— en aquellas construcciones; algo que siempre me arrastraba hacia ellas. Algo como mágico, casi sobrenatural. No era la idea de que estábamos en otro mundo. En un planeta con otras gentes y una mentalidad y conformación diferentes. No. Era otra cosa. Algo que no alcanzaba a comprender nunca. Era más bien una sensación de vacío. De lejanía. Era como estar solo, abandonado, en el centro del universo. Y saberse, además, que siempre existirá esta situación. Eso es lo que sentía siempre cuando paseaba por el pueblo.
Eran aquellas mujeres y aquellos hombres. Su gesto, siempre, de serenidad. Su bondad. Me aterraba pensar que así eran desde hacía diez, quince mil años. Diez, quince mil años. Cielos Santos. Un día nosotros aparecimos aquí. Ellos no se inmutaron. Y no preguntaron. Nos aceptaron, simplemente. Y entramos en sus casas, y visitamos y vaciamos sus museos, leímos y copiamos sus libros. Y nos enteramos de su cultura y civilización. Fue como violarla. Como violar un mundo, una civilización. ¿Y para qué?
Nada. Nada. No comprendíamos. Eran historias de ellos mismos. De cómo hicieron sus ciudades. De cómo se unían las familias. Historias que nos parecían llenas de soledad y tristeza. De distancia. De tiempo. Mucho tiempo.
Sus ojos. Sus ojos. Habíamos acampado junto a ellos. No les molestó. Cada vez pienso que es ridícula nuestra situación. Somos como insectos. Ellos son quienes nos examinan. Quienes nos analizan. Sus ojos nos observan; vigilan nuestros más pequeños movimientos.
Hemos comido su comida, hemos bebido sus vinos. Hemos oído su música. Nos hemos acostado con sus mujeres. Y nadie de nosotros ha notado nunca placer o alegría mientras hacía cualquiera de estas cosas. Algunos de ellos han ido a nuestro mundo. Los han exhibido. Los han traído. Nada les ha afectado. Pienso, a veces, que no tenemos ningún derecho a penetrar de esta forma en su cultura, en ellos, en su civilización. Es suya. Nosotros, tarde o temprano, acabaremos con ellos. Los mataremos. Porque no los soportamos. Y ellos desaparecerán. Aunque siempre estarán en sus casas, en el aire, en el polvo, a nuestro lado…
Antes de salir, un oficial me entregó un pequeño disco.
«Vino esta mañana», dijo, y añadió: «En el carguero».
«Gracias».
«Te busqué, pero no logré encontrarte».
«Gracias», repetí.
Era de casa. De mi mujer. «Disculpad; ahora vuelvo». Y fui a mi sala. Miré el pequeño disco durante cerca de un minuto. Por fin, lo introduje en la máquina de proyección.
La pantalla se iluminó. Surgió la cara de Eva. Y la de Tom y la de Nick.
«¡Hola, papá!», dijo Tom, agitando su mano.
«¡Papá, felices Pascuas!», dijo Nick, más alborotado y muy nervioso.
«Espero que estés bien. Te estoy echando mucho de menos…
Te quiero. Te quiero…», la voz de Eva, que hablaba muy despacio, se cortó un instante. Luego, siguió: «Los chicos han estado ensayando una canción para cantártela hoy, ¿sabes? Venga, vamos, Tom. Nick, empezad…»
Les daba algo de vergüenza. Eva comenzó a cantar; luego, ellos se unieron, con sus voces finas y casi transparentes.
«Esto termina. Te quiero. Te necesito mucho». Luego, la voz de Eva se mezcló con la de los niños. «Adiós, papá. Papá, felicidades. Cuídate». Nick me tiró un beso. Tom me dijo adiós con su mano. Eva me miraba fijamente, con los ojos muy abiertos.
La pantalla, súbitamente, se llenó de rayas y, después, se puso negra. Al instante, cayó el disco. Lo cogí y lo guardé en un bolsillo.
En los segundos que duró la visión, probablemente estuve quieto, sin mover un solo músculo. Con los ojos fijos en la pantalla. Con las manos apretadas.
Salí del cuarto. Intenté apartar de mi cerebro las imágenes que acababa de ver. Olvidarlas. Luego, mañana, dentro de un mes, o esa misma noche, volvería a poner el disco. Y sería nuevo. No reconocería nada.
Ernest, Frank y «Big» Jim me esperaban.
«¿De casa?», preguntó Frank.
«Sí».
«¿Bien?»
«Sí».
Por el camino, mientras bebíamos hu, me di cuenta de que estábamos borrachos. Habíamos comido poco. Y llevábamos mucho alcohol en el cuerpo.
«Big» Jim, que parecía más un jugador de baseball que un químico (supongo que por eso le llamaban «Big» Jim), andaba dando balanceos. Y blasfemaba continuamente.
El cielo estaba negro. No se distinguía ninguna estrella. Y eso era algo a lo que no nos acostumbraríamos jamás. Las luces de nuestros trajes apenas si iluminaban cuatro o cinco metros.
Frank se empezó a reír. Luego se tiró al suelo. Se revolcó en él. Se levantaba y se volvía a echar. Parecía un chico de ocho años, jugueteando feliz con la nieve. Estaba cubierto de barro, aunque él aseguraba que no, que estaba cubierto de límpidos y purísimos copos.
El hu. El maldito hu.
La cabeza empezó a darnos vueltas. Creo que a todos.
Entramos en el pueblo dando arcadas y vomitando.
Apenas había claridad en algunas casas. Las calles estaban desiertas y blancas. De cuando en cuando, y a través de los cristales, veíamos a las familias que descansaban. Nos acercábamos y les hacíamos burla. Agrandábamos nuestros ojos con las manos.
Frank decía que nunca entendería porqué hacían sus casas de vidrios transparentes. Que cómo era que despreciasen la vida privada. Era como si sólo existiera una sola vida. La vida de todos ellos. Y que aquel planeta no era más que un enorme almacén con miles de escaparates, a cuál más muerto.
Nos detuvimos. Ernest sacó unas pastillas. Las tomamos. En unos segundos nos aliviamos algo. De todas formas, era desagradable aquella maldita pesadez en la cabeza.
Parecíamos cuatro desalmados. Éramos la imagen de los villanos de mis recuerdos infantiles.
«Big» Jim dijo: «Recuerdo, que esta noche… siempre…» Pero no siguió.
Se nos había terminado el hu. Ernest propuso pedirlo en una casa en donde había luz y veíamos a un hombre junto a una mujer.
Sin pensarlo, se dirigió a la casa. Hizo señas para que le abrieran.
La puerta subió y Ernest entró en la casa.
Nos acercamos también nosotros.
La expresión del hombre era de impasibilidad. Bajo, grueso, de tez algo más oscura de lo normal. Su cabeza no tenía ya cabellos. Era un viejo.
Sacó hu para todos.
Frank quiso coger un cuadro de color y sonido amarillos que cubría gran parte del techo. Emest le detuvo.
Bebimos el hu. El hombre nos trajo más.
Fue entonces cuando reparamos en ella. Era su hija. Casi una niña. Su cabello era rojizo; su rostro, tostado, y sus ojos, grandes y dorados. Estaba embarazada. A punto casi de dar a luz.
Los ojos enormes, claros y dorados de la mujer se clavaron en mí.
Ella seguía mirándome. No me acusaba. No me sonreía. No había amor ni odio en sus ojos. Era irresistible. Desvié la mirada.
Ernest cogió a la mujer en brazos. La lanzó hacia Frank.
Empezaron a tirársela del uno al otro. La mujer volaba por el aire, casi flotaba, hasta que aterrizaba dulcemente, mansamente, en los brazos de mis compañeros. Me parecía humillante.
Quise impedir aquello. Quise hacerlo. Pero no podía moverme. Sentí arcadas. Unas ganas horribles de vomitar. De caer al suelo y perder el conocimiento. Pero no podía.
El hombre estaba quieto. Sin moverse. Contemplando el vuelo de su hija.
A Frank se le escurrió. La joven cayó. Su cuerpo produjo un ruido sordo y alargado.
En ese momento, «Big» Jim se incorporó. Tambaleándose, llegó junto a la mujer. La miró. Se desplomó sobre ella.
El hombre apartó el cuerpo de «Big» Jim del de su hija. Tenía ya la mujer el rostro lleno de sangre. Parecía una niña buena, a punto de subir al cielo.
Ernest cogió el hu y lo vertió sobre la cara de la niña. El licor limpiaba la sangre de sus ojos, mejillas, labios… Pero sólo duró durante escasos segundos. Después, la sangre volvía a fluir.
Frank y Ernest, vaciando hu sobre el rostro y la frente de la mujer, bailaban a su alrededor. O parecía que bailaban.
Ella había muerto ya.
«Big» Jim gruñía algo desde el suelo.
El hombre nos miraba. Yo tenía en la mano —no sé por qué el disco que Eva me había enviado. Lo partí en dos. Después, en cuatro. Luego, en ocho… Los trozos se clavaban en mis manos.
Algunas casas se iluminaron de repente. Hombres y mujeres nos miraron. El pueblo entero se había transformado en una sola cara, en una sola mirada. Sentí aquellos ojos fijos, fijos, fijos, fijos… a través de los vidrios transparentes y llenos de luz.
Me vino una arcada. Quise morirme.