Todo empezó en una ciudad llamada París. En un museo de esa ciudad llamado “Louvre”. Con una pintura de ese museo, llamada “La Gioconda”.
Un vigilante nocturno fue quien primero lo advirtió. Sucedió así: estaba haciendo su última ronda cuando, al llegar a la mitad de la galería, la mirada de “ella” le dejó petrificado. Ciertamente, era extraño. Aquella mujer, en unas horas, había perdido toda su belleza, toda su serenidad, todo aquel aire —tan misterioso, por otra parte— de grandiosidad que emanaba de su semblante.
El vigilante se frotó los ojos con las manos y volvió a mirar. Si. No había duda. Ante él, a un metro escaso, estaba “otra” mujer. De gesto duro y amargo. Con una mueca, entre patética y sádica, en lugar de su famosa sonrisa.
El director del museo apenas tardó diez minutos. Y se notaba en que se había vestido precipitadamente: venía sin corbata. En realidad, no creyó una palabra de cuanto le comunicaba el vigilante por teléfono. Lo que temía era que aquel se hubiera vuelto loco e hiciera una barbaridad, si no la había hecho ya.
Al “verla”, no pudo reaccionar. Era cierto. Sorprendente y absurdamente cierto. “Ella” no sonreía.
Eso era todo.
El director del museo, comenzó a temblar ligeramente; su cabeza empezó a dar vueltas, aunque unas vueltas muy lentas, y su frente y sus manos se llenaron de sudor. Luego, algo más tranquilo, marcó el número del ministro de Cultura.
Media hora después, un lujoso coche negro se detuvo ante la entrada del museo. Del automóvil bajó, muy deprisa, un señor elegante y con cara de sueño. Sin hacer caso de las reverencias, subió la escalinata de dos en dos peldaños. Al llegar junto a “La Victoria de Samotracia”, todos corrían ya, sin disimulos, tras el ministro.
El grupo se detuvo ante “La Gioconda”. El hombre elegante y con cara de sueño, se acercó al cuadro. Lo miró detenidamente. Al cabo de un buen rato pareció sentirse mal y retrocedió un paso, inconscientemente.
Más tarde, el ministro pidió un vaso de agua; lo bebió de un solo trago. Luego, dio orden de cerrar el museo. Y, por último, se fue.
Una semana más tarde, en la página de “Informaciones pintorescas”, de un periódico, apareció una noticia bastante original. Venía a ser algo parecido a esto: “Una reproducción de la admirable “Gioconda”, de Da Vinci, que se halla en un museo de Providence —una reproducción sin mucho valor— ha aparecido, en la mañana de ayer, sin su sonrisa habitual. Por el contrario, se encontraba como enfadada”.
Desde luego, la noticia pasó bastante inadvertida. Aquel periódico no era muy importante; sólo se distribuía en algunos países occidentales, lo que no se podía negar era la excelente calidad del material gráfico que acompañaba la información. La película sobre aquella triste “Gioconda” (“La Gioconda esta triste”, se titulaba el reportaje), en un magnífico color, no parecía trucada, y, si lo estaba, era un trucaje excepcional.
Algún otro periódico —ya de tirada normal; es decir, todo el planeta— volvió sobre lo mismo; y luego, otro. Total, que se creó un estado de opinión. Y la televisión, los tebeos, los organismos continentales y mundiales de psiquiatría (poderes infalibles de aquella etapa histórica), exigieron enérgicamente que el museo abriese sus puertas —el “Louvre”, entonces, se hallaba cerrado porque, según decía, estaban llevándose a cabo grandes reparaciones—, de forma que todos pudieran ver que ocurría en aquella dichosa pintura de Leonardo.
Y no hubo más remedio. El ministro de Cultura dio orden de que se abriesen las puertas, ordenó que se abriesen las puertas y entrase un amplio grupo de representantes de aquellos poderes. Millones de personas —todo el mundo, prácticamente, porque se hizo conexión especial— vieron la seria mueca de Monna Lisa.
París, una de las ciudades más importantes, se vio invadida, en pocos días, de peritos y técnicos de todo el planeta. Se “jxroit” el cuadro cien veces. Mil veces. Pero fue inútil. Quedó claro, eso sí, que la pintura no había sido falsificada. El cuadro del “Louvre” era el mismo que Leonardo había pintado dos mil trescientos años atrás.
De todas formas, daba igual. Telegramas y telegramas de todos los museos de los cinco continentes —en casi todos ellos había copias del cuadro—, anunciaban que “sus” Giocondas, de repente, se habían puesto serias, tristes, raras…
Acudieron a la ciudad muchos pintores. De todos los estilos. Retratistas y vanguardistas se daban la mano. Y se temían. Era difícil prever a que estilo iría mejor la “nueva” Gioconda. Todos coincidían, sin embargo, en una misma idea: querían recoger como fuese, la mueca o expresión, o como quisiera llamársele, de la “mujer”.
No pudo ser. Al llegar a los ojos, a la “rapftnezy”, la nariz, el pincel no obedecía. Trazaba otra cara. Gente que nunca había atrapado con su pulgar una paleta, intentaba la “xtyettox”. Sin suerte, por supuesto.
A alguien se le ocurrió pintar, de nuevo, a la antigua mujer, tal y como la inmortalizara Leonardo. Pero tampoco pudo. No existía ya, en ningún país, grabado, fotografía, cuadro, libro, que conservase la sonrisa de la mujer, etc.
Los periódicos, entre tanto, opinan, opinaban…
Se dieron toda clase de teorías para explicar el “fenómeno”. Se buscaron miles de argumentos, de motivos…
Una mañana, un hombre, al decir “buenos días” a un vecino, se dio cuenta de que no podía sonreír. Era terrible. Lo volvió a intentar. Nada. ¿Qué ocurría? Hizo más esfuerzos. Daba igual. Tampoco pudo. No podía ser. No obstante, lo que descubrió después fue más grave aún. Recordó que no había visto reír a nadie en las últimas veinticuatro horas. Entonces, el corazón comenzó a latirle con mucha fuerza.
Más tarde, otras personas también se dieron cuenta de aquello.
Los hombres miraban a sus mujeres de forma extraña; y éstas a sus hombres con la misma extrañeza. Hasta los niños salían de los colegios sin alborotos, sin juegos, en filas de a dos, en completo silencio, hasta que llegaban a sus casas. Y una noche se dio la noticia. Se había perdido la risa. El planeta había dejado de reír. Pocas horas más tarde, gentes de todas las condiciones, de cualquier edad, se “sintieron diferentes”. Y es que el gesto —idéntico, exacto— de la “mujer” (así se la llamaba), se fue reproduciendo en la cara de los viejos, de los jóvenes y hasta de los que acababan de nacer. El mundo estaba poblado por millones de Giocondas tristes.
Los Gobiernos intentaron hacer algo, de poner remedio a aquello durante algún tiempo. Médicos especialistas trataron de cambiar los rostros, de quitar aquella mueca que, día a día, se volvía mas terrorífica. Pero también fue inútil. Terminadas las operaciones, cuando se quitaban las vendas, allí estaba “ella”.
Se proyectaron entonces películas cómicas. Películas que estaban olvidadas, desde hacía años y años, en algunos museos de cinematografía. Y se adquirieron para las paredes-pantalla de todas las casas, los rostros llenos de tarta, las carreras, los golpes, los resbalones, algo que podía haber hecho sonreír, e incluso, reír, a las personas. Pero aquellas películas no eran como contaban los libros —o los hombres y las mujeres ya no tenían nada que ver con aquellos que escribieron libros—; ocurría que en los filmes no había resbalones; ni golpes; y cuando alguien tiraba una tarta a Oliver Hardy, éste, presintiéndolo antes, se agachaba; y la tarta se perdía por el aire.
Hubo un nuevo intento con los payasos. Pero los payasos, vestidos con ropas anchas, embadurnados de maquillaje, no pudieron ni hablar. Y sus piruetas, además, fueron en todo momento perfectas, precisas, sin titubeo.
Al dar una vuelta en la cama, la mujer dijo: “Esto es el fin”; y el marido, aunque estaba despierto, no contestó. Pero ya no pudo dormir.
Poco a poco, lentamente, muy despacio, el planeta —y la Humanidad— fue deteniéndose, muy despacio, lentamente, poco a poco.
Y cuando ya nadie creía en nada, cuando ya nadie pensaba nada, alguien dio la idea. Y como era la única idea que había en el mundo, fue aceptada. Era algo sencillo. Una ocurrencia muy simple. Todos, a un tiempo, ante sus pantallas —sincronizadas a una misma hora, a un mismo segundo—, intentarían, con todas sus fuerzas, producir una sonrisa, una risa…
Llegado el momento, el locutor anunció:
—¡Ahora, intentémoslo ahora! …
Hubo una pausa. Después el planeta estalló hecho pedazos en un trillón de carcajadas.
…
NUNCA ESTUVO CLARO QUE “LA GIOCONDA” SONRIESE. REALMENTE, Y COMO USTED NO IGNORA, JAMÁS SE HAN TENIDO PRUEBAS DE QUE EXISTIESE TAL CUADRO, DE HABER EXISTIDO ESA CIVILIZACIÓN, EL MITO DE LOS HOMBRES DE LA EDAD ATÓMICA, HUBIERAN TENIDO MAS ADELANTOS QUE ESOS QUE USTED APUNTA EN SU EJERCICIO. ASÍ, POR EJEMPLO, EL TELÉFONO. SABEMOS, Y CON SEGURIDAD, QUE SU USO CORRESPONDÍA A ETAPAS MAS PRIMITIVAS, ANTERIORES EN CIENTOS DE AÑOS A LA QUE USTED DESCRIBE. LO MISMO OCURRE CON
LA CORBATA, TAMBIÉN CORRESPONDIENTE A UN MOMENTO DE EVOLUCIÓN MAS RETRASADO. OBSERVO QUE HA BORRADO UNA FRASE (“DIO ORDEN DE QUE SE ABRIESEN LAS PUERTAS”). NO ES ACONSEJABLE. DA LA IMPRESIÓN DE INSEGURIDAD. PODRÍA HACERSE ESTO, AUNQUE NO ES RECOMENDABLE, CUANDO LA FRASE ELEGIDA PARA SUSTITUIR LA ANTERIOR FUESE DE UNA CALIDAD SUPERIOR. LO CUAL TAMPOCO OCURRE EN SU EJERCICIO (“ORDENÓ QUE SE ABRIESEN LAS PUERTAS”). SU INVENTIVA PARA
ELEGIR NOMBRES NO ES DESAFORTUNADA. MONNA LISA, SIN EMBARGO, ERA EL NOMBRE DE UNA REINA DEL SIGLO XXII. INVENTE (TAMPOCO ES MUY ACONSEJABLE), CUANDO TENGA LA CERTEZA DE QUE ESE NOMBRE O PALABRA JAMÁS ANTES HA SIDO CREADO POR OTRA SENSIBILIDAD. IGUAL PODRÍA DECIRLE SOBRE LA FECHA EN QUE SITUA AL SUPUESTO PINTOR DA VINCI, DOS MIL TRESCIENTOS AÑOS ANTES DEL INSTANTE QUE DESCRIBE. LO CIERTO ES QUE DA VINCI, CASO DE NO SER UNA LEYENDA.
DEBIÓ VIVIR ENTRE CINCO O SEIS MIL AÑOS ATRÁS A ESE MOMENTO HISTÓRICO. AUNQUE TODO ESTO NO SEAN MAS QUE SUPOSICIONES. LA PALABRA JXROIT, NO EXISTIA ENTONCES. ES UNA PALABRA POSTERIOR. EN SU LUGAR TENÍA QUE HABER PUESTO “ANALIZO”. TAMBIÉN SON PALABRAS POSTERIORES RAJFTNEZY (“BOCA”) Y XTZYETTOX (“AVENTURA”: TAL COMO USTED SE SIRVE DE ELLA ES “INTENTAR LA AVENTURA”, O “ABRIR UN NUEVO CAMINO”). EL EMPLEO DE, ETC. (ABREVIATURA, COMO SABE, DE ETCETERA), ME PARECE UN GRAN HALLAZGO. AUNQUE ESTÁ MAL
EMPLEADO. ENTONCES SE UTILIZABA DE LA SIGUENTE FORMA, Y TOMO POR REFERENCIA SU COMPOSICIÓN, “CUADRO, LIBRO, ETC.”, NO COMO USTED LO COMPONE; “CUADRO, LIBRO, QUE CONSERVASE LA SONRISA DE LA MUJER, ETC.”; ES DECIR, “ETC”, ES EL EIN DE LA FRASE SIEMPRE. EL ESTILO, EN GENERAL, LO ESTIMO BASTANTE DESCUIDADO. DE IMAGINACIÓN, ACEPTABLE. LE ENCOMENDARÉ ESTUDIAR EL MITO (Y LA LENGUA), DE LOS GRIEGOS, MITO QUE, COMO NO IGNORA, ACABAMOS DE DESCUBRIR.
QUEDA ADMITIDO. EL EJERCICIO ES ACEPTADO. SOBRESALE SU DESCRIPCIÓN FINAL. FUE ASI. ESTÁ PROBADO QUE LA DESAPARICIÓN DE ESA ETAPA HISTÓRICA TUVO SU ORIGEN EN LA EXPLOSIÓN DE UN TRILLÓN DE CARCAJADAS. AUNQUE EL MOTIVO, NATURALMENTE, FUESE OTRO, MENOS POÉTICO. EL NOMBRE DE “OLIVER HARDY”, SI ES UN ACIERTO. COMO TAMBIÉN LO SON LAS EXPRESIONES “BUENOS DIAS” Y “PETRIFICADO” —el cerebro del profesor terminó de absorber el ejercicio. Y una parte del otro cerebro, el del alumno, volvió a juntarse, despedidas sus ondas. Y los dos cerebros, en medio de la oscuridad, siguieron cada uno su camino.