Cuando recibí la llamada de aquel excéntrico millonario, pensé que no tenía nada que perder si aceptaba aquella reunión que me proponía: «Creo que puede interesarle», fue la última frase de aquella corta conversación. No quiso responder a mi pregunta sobre quién le facilitó mi identidad, solo dijo que alguien le aseguró hacía años que, a pesar de la mediocridad de mi pintura, yo era el único que podía copiar cualquier obra maestra de cualquier estilo y de cualquier pintor y nadie podría descubrir que no era auténtica.
Vendría solo y puso como única condición que nadie fuera testigo de nuestro encuentro, ya que jamás debía trascender, fuera cual fuese el resultado del mismo. Quedamos en vernos en mi estudio esa misma tarde.
Llegó solo. Por un simple gesto de cortesía, le mostré mis últimas obras. Eran óleos de mi creación que pasaron inadvertidos en varias exposiciones.
—Lo que deseo —dijo después de estudiar mis obras con detalle— es que haga reproducciones exactas de unos cuadros que son de mi propiedad.
—Si son suyos, entiendo que usted posee los originales; no comprendo para qué necesita esas copias.
—Las obras que usted pinte adornarán las paredes de mi casa mientras los originales permanecen a buen recaudo en una cámara acorazada. Se trata de una medida de seguridad. No soy un estafador si es lo que usted piensa. Solo soy un hombre precavido. Si usted decide aceptar el encargo, deberá suscribir este contrato que incluye una cláusula de confidencialidad —dijo mientras depositaba sobre la mesa dos copias de un documento de varias páginas—, mediante la cual usted se compromete no revelar jamás este pacto. Si decidiera incumplir lo pactado, no cobrará nada por su trabajo y las copias ya realizadas quedarán en mi poder. Por el contrario, si fuera yo quien lo hiciera, usted quedaría liberado de este compromiso y tendría derecho a reclamar todo el dinero. Por otra parte, nadie más debe intervenir en este asunto.
Las cláusulas me parecieron justas y he de confesar que me impresionó que detrás de cada obra figurase la frase: «… recibirá la cantidad de…» seguida de un espacio en blanco que yo debía rellenar. Y lo hice.
Al día siguiente se presentó en mi casa. En sus manos portaba un cilindro metálico de algo más de un metro de longitud y quince centímetros de diámetro, taponado en sus extremos.
—Lo prometido es deuda —dijo al entregarme un sobre con gran cantidad de dinero—. Se trata de un adelanto para los primeros gastos.
Ni siquiera lo abrí. Permanecía atento al lienzo enrollado que salió del interior del cilindro una vez abierto.
—¡Un Greco! —exclamé emocionado, sin poder apartar mi vista—. ¡El soplón!
Seguía contemplando tan extasiado aquel cuadro, que no presté atención a las palabras de despedida de mi cliente y lo despedí con un gesto.
Movilicé a mis contactos: necesitaba pinturas fabricadas expresamente para la ocasión y un lienzo cuadrado en buen estado, de ochenta centímetros de lado como mínimo, de finales de XVI y sin valor artístico. Ellos sabían que pagaría bien, siempre que el material facilitado fuera de la calidad exigida.
Tres meses bastaron para que convocara a mi cliente para una nueva reunión. El cuadro estaba listo. Coloqué el original y la copia sobre la mesa. Solo yo sabía distinguirlos por un minúsculo detalle imposible de detectar, que suelo incluir en cada una de mis obras. Él no pudo distinguirlos, incluso tras una minuciosa inspección.
Para las tres copias siguientes utilizamos el mismo sistema: mi cliente atendía a mi llamada cada tres meses, se presentaba con un nuevo cuadro y recogía el original y la copia del anterior.
A lo largo de más de un año, realicé las copias de El soplón de El Greco, Impresión, sol naciente de Claude Monet, La conspiración de Claudius Civilis de Rembrandt y El estanque de Paul Cézanne. Con la última entrega, mi cliente efectuó el pago convenido y no volvimos a tener contacto.
Fue una noticia publicada en una revista especializada, lo que consiguió despertar mi curiosidad: el Museum of Fine Arts, de Massachusetts, se vanagloriaba de contar, entre otras grandes obras, con El estanque de Paul Cézanne. La sospecha de que algo extraño ocurría hizo que intentara contactar con aquel antiguo cliente para el que pinté una copia de la obra que ahora se exhibía en Boston. Una voz desconocida me informó de que había fallecido meses atrás en un trágico accidente aéreo. Era uno de sus hijos. Ante él, me identifiqué como un antiguo amigo con parecidos gustos artísticos y me interesé por las obras de su colección.
—Lo siento. Mi hermano y yo decidimos subastar las cuatro obras que poseía mi padre. Creo que en la actualidad se encuentran expuestas en importantes museos de América y Europa.
Aquella respuesta me impresionó tanto, que decidí viajar a Boston.
En efecto: en una de las galerías del Museum of Fine Arts encontré El estanque, de Paul Cézanne. Viajé también a París para visitar el Museo Marmottan Monet, donde pude ver Impresión, sol naciente. Encontré La conspiración de Claudius Civilis de Rembrandt, en el National Museum de Estocolmo, en Suecia, y El soplón de El Greco en el Museo Nazionale di Capodimonte, en Nápoles, Italia. En todas ellas descubrí ese casi imperceptible detalle con el que personalizaba cada una de mis obras. Era consciente de que muchos especialistas en arte a menudo no concordaban en si una obra era falsa o no, pero también sabía que gracias a la ciencia, los métodos para detectar obras falsas habían avanzado, haciendo más fácil su trabajo.
Conocía las técnicas que utilizaban: la examinación, para detectar elementos agregados que no figuraban en el original, el Análisis de Morelli, en el que pueden identificarse colores que no existían en la época o el uso de herramientas modernas; la datación por carbono, la exposición a rayos X de difracción y fluorescentes…
Nadie me creería si decidiera revelar la verdad, ni los expertos estarían dispuestos a aceptar que mis obras consiguieron burlar todos sus controles.
Ahora sé que, por respetar aquel pacto que firmé, en algún lugar del mundo cuatro obras maestras de la pintura permanecerán ocultas, mientras millones de visitantes de distintos museos seguirán contemplando con veneración las obras de un pintor mediocre.