La luz del día se alejaba ya tras masa vegetal reflejándose todavía en lo más alto. De espaldas a ella se fundían el mar y el cielo. La neblina de todos los atardeceres desdibujaba la precisión de sus fronteras. La ausencia de nubes hacía difícil separar los dominios últimos de agua y cielo, en una ancha franja de un azul agrisado que el paso de los minutos iba oscureciendo.
En ese momento fue cuando un hombre vio el primero la sorprende aparición. Parecía venir sobre las aguas, pero su paso descubría que se deslizaba con la fuerza y el andar del viento. De una mancha que había llamado su atención se convertía en algo extraño, en una forma bien definida, y, al parecer, también con un propósito: llegar hasta donde el hombre —y los demás hombres— se hallaba.
A la curiosidad siguió el asombro; a éste, la incredulidad y el temor. Y la paralización de toda actividad, la súbita huida hacia el pueblo, hacia el aviso a los demás: lo que fuera mancha era ya un grande e insólito cuerpo que avanzaba veloz hacia las azules aguas de la playa.
Cuando un grupo de hombres se estacionó ante el océano era ya claro que el monstruo o el extraño ser había bajado de los cielos y continuaba su camino por encima de las olas. Se divisaba ya con alguna precisión su forma inferior, aparentemente redondeada, y la superior, formada también por una especie de esferas movedizas. La luz que iba abandonando el lugar desdibujaba sus contornos y luchaba con la proximidad en el intento de mostrar detalles del que ya se podía juzgar gigantesca construcción más que monstruoso ser vivo.
El grupo de hombres y mujeres en la playa era cada vez más numeroso. Chiquillos y mujeres ignorantes no comprendían mejor que los hombres la extraordinaria visita. Los no ignorantes, los que poseían cuanta ciencia domina el hombre, mostraban en su rostro la preocupación y la incredulidad. Un sacerdote, también presente, musitaba fervorosas invocaciones.
El inimaginable aparato parecía haberse detenido. Danzaba sobre las aguas, variando de forma, estrecho y alargado conjunto de esferas, unas veces, y oblonga y ancha edificación, otras. Un nuevo cambio se produjo. Comenzaron a desaparecer las esferas, transformándose en una entrecruzada empalizada que las sombras ya apenas dejaban ver.
Entonces fue cuando los cielos se estremecieron con un sonido que estuvo a punto de hacerles saltar. Primero fue un pequeño y rápido relámpago que sólo algunos vislumbraron. Después, el estampido que nadie pudo dejar de percibir. Un ruido seco, redondo, que sacudió los cielos y tableteó largo rato, como alejándose, ondas adelante, hacia el infinito, de donde había llegado el artefacto.
Al relámpago sucedieron otros, y a cada uno de ellos, otro espantable estampido. En muchos cerebros de quienes lo contemplaban desde la playa florecía la misma idea —aunque con motivos menos fundados— de aquello deducido ya por los más inteligentes. Se hallaban ante una maravillosa visita: la de seres llegados de más allá del cielo, de más allá de donde nacen el relámpago y el trueno, quizá de más allá de los mundos luminosos que los antepasados de la Humanidad poblaron de héroes y dioses.
Cayó la noche y los hombres permanecieron durante toda ella en la playa. Abundantes hogueras congregaron los grupos que no quitaban los ojos del oscuro mar. La presencia del extraño ingenio se hacía evidente en un grupo de lucecillas que habían brotado en él y que parecían un grupo más de estrellas.
La luz del alba trajo de nuevo la visión, más clara cada vez, del aparato. Era como una gran casa que se mantenía sobre las aguas y de la que se elevaban gruesos troncos de poco familiar arbolado. Ya los poseedores de sabiduría habían dejado filtrar alguna de sus ideas: seguramente se hallaban ante la visita de habitantes de más allá del cielo, en un ingenioso navío capaz de conducirlos por aire y agua. Faltaba ver si el aparato era capaz de continuar tierra adentro. En todo caso la única actitud que se podía adoptar era la expectante: a los hombres de más allá del cielo correspondía mostrarse… ¿Hombres? Seres, en todo caso, con una cultura superior capaz de construir la edificación voladora —en la que sin duda cabía todo un pueblo— y de producir los artificiales relámpagos y truenos… Seres que sin duda podían destruir pueblos Y quién sabe si también los cultivos, de carbonizar la tierra. Los relámpagos y los estremecedores truenos podían ser armas terribles dotadas de un poder capaz de arrasar el mundo.
Tampoco se podía presuponer una actitud hostil en aquellos seres que habían adoptado la misma inteligente postura de esperar la mañana. Era necesario aguardar sus primeros actos. Su conducta nada había tenido de hostil ni dañina. Truenos y fuego no habían hecho ningún mal. Sólo sacudir los corazones y el interior de los cuerpos. Los hombres que gobernaban la comunidad atónita trataban de superponer una prudente serenidad a la inquietud y el miedo, en nada distintos de los que habían hecho presa en el interior de sus súbditos.
La playa no podía estar más poblada. Las comunicaciones a distancia habían llevado la noticia a pueblos cercanos y todavía iban llegando grupos procedentes de localidades alejadas, después de un camino de varias horas.
Cuando ya la claridad permitía distinguir con nitidez rostros y detalles se observó algún movimiento a bordo del fantástico navío. Algo se apartaba de él iniciando camino hacia la tierra. Algo que se parecía a una canoa y de la que se desprendían brillos, centelleando a la claridad del sol naciente.
La muchedumbre de la playa retrocedió. Algunos, más valientes o más temerosos, provistos de armas, se emboscaron en los matorrales más próximos. Las mujeres huyeron llevándose a los niños. Erguidos, casi al borde del agua, quedaron los nobles, los sabios, los sacerdotes. Ante ellos, unas bandejas con presentes para los extraños visitantes venidos de más allá del cielo.
La embarcación se aproximaba. Ya se distinguía algo del aspecto de aquellos desconocidos seres cuyos cuerpos —o lo que parecían serlo— relucían como piedras talladas. Al hallarse a poca distancia saltaron al agua y caminaron por ella. Luego quedaron también inmóviles frente al grupo que les esperaba deseándoles una pacífica bienvenida.
Su forma no era muy distinta a la de los hombres de los hombres de la playa, pero en vez de la débil piel humana les recubría la metálica corteza que dotaba de rigidez sus movimientos. En el que estaba delante se prolongaba un brazo en una acerada lámina que a veces brillaba como una cinta de fuego.
A pesar del valor con que se mantenía el grupo de la playa, no pudo evitar un movimiento hacia atrás al ponerse de nuevo en marcha los visitantes. Se rehízo de nuevo y quedó otra vez en pie a la misma distancia que antes. Un silencio total dominaba a la agazapada muchedumbre que vigilaba los sucesos.
Los visitantes llegaron hasta la bandeja con los presentes. Alguno se inclinó tomando algo de ella. La atención fija en ellos impidió ver que del navío había brotado otra embarcación, mayor que la primera, que la imitaba en su caminar hacia la playa.
Algo se movía al viento en el grupo de los desembarcados. Una mancha de color vivo que flameaba —fijándose bien se advertía en el extremo de algo así como una vara—. Uno de los seres se adelantó a los demás. El viento traía golpes de una relación incomprensible, aunque la voz apenas ofrecía diferencias con la humana. Del grupo de los sabios y las autoridades avanzaron dos o tres intentando entender algo, lo preciso para iniciar el contacto con los maravillosos visitantes venidos de más allá del cielo.
Apenas habían dado unos pasos cuando calló el ser aquel de la voz poderosa. En aquel momento dos o tres de los que se le hallaban más próximos elevaron al cielo una especie de cañas oscuras. De ellas salieron estampidos atronadores, no tan fuertes como los que producía la casa navegante, pero capaces de estremecer el aire. Alguno de los acogedores comisionados de la playa cayó por tierra mientras otros aguantaban el pavoroso estremecimiento de sus entrañas. Entre ellos hubo quien mantuvo la serenidad necesaria para sólo retroceder unos pasos y seguir observando a los desconocidos seres. Otros parecían haber entrado en rabiosa furia y golpeaban con aquella extremidad fulgurante de su brazo derecho los troncos y los arbustos y hasta las piedras y arenas de la playa.
El pánico se había apoderado de la mayoría de los hombres de la playa, ya alejados de la orilla del mar. Posiblemente fuera también el miedo quien hizo que un grupo retrocediera y se emboscase en la maleza y disparase desde allí las armas de que iba provisto contra el fantástico pelotón de visitantes. Apenas advirtieron éstos la agresión hicieron de nuevo estremecerse el aire con pavorosos estampidos, ya no alzando al cielo sus negras cañas, sino apuntando con ellas a los matorrales. No cupo duda de su función de armas mortíferas. Uno de los sacerdotes había quedado inmóvil en el suelo en una postura y una inmovilidad que atestiguaban instantáneamente la convicción de su muerte.
La enemiga de aquellos seres resultaba fatal. Era necesario hacer todo lo posible por tranquilizarlos de nuevo. Hacerles comprender que se enfrentaban con una acogida amistosa. Así pensaba el jefe de todos aquellos hombres, indignado por la reacción de los que habían disparado sus armas sobre los recién llegados. Seguía esforzándose en dominar su propio terror y mantenerse erguido en terreno descubierto. Alzaba y bajaba los brazos, dirigiéndose tan pronto a unos como a otros, clamando serenidad y paz.
Al borde de las aguas llegaba la segunda ola de extraños visitantes, descendiendo de la barcaza en que nadie había podido reparar. Eran distintos a los primeros. Apenas rehechos del salto a la arena, aún bañada por las aguas, se vio que eran el doble de altos que los hombres, poseían dos cabezas y varias extremidades. Caminaban con tanta rapidez que pronto rebasaron al primer grupo y cayeron sobre los hombres de la playa. La cabeza más adelantada resoplaba por las anchas aberturas de su nariz y mostraban unos ojos brillantes y grandes y atemorizadores dientes. Sus patas delanteras hundían el suelo allá donde pisaban o se encabritaban al aire, apoyándose en las posteriores. El brillo metálico de la parte superior de aquel ser atemorizaba tanto como un larguísimo apéndice rígido que se clavaba en los cuerpos y los levantaba en el aire dejándolos caer malheridos. Sobre la cabeza segunda lucía un penacho multicolor, y el grito de uno de aquellos animales aumentó el fragor insólito con una cascada de entrecortados gritos, en nada parecidos al de ningún animal ni ser humano.
La desbandada se hizo unánime. Cuanto se divisaba desde el mar quedó en pocos momentos totalmente en manos de los extraños visitantes. Su poder era muy superior al de los hombres, que tuvieron que abandonar el campo, dejándole sembrado de heridos y maltrechos.
La huida continuó más allá del primer poblado. Hubo desesperados que mantuvieron pequeños brotes de resistencia, muy pronto aplastados o desbordados. La carrera de monstruos de brazos gesticulantes y su cortejo de estampidos llegó hasta las últimas casas, se esparció entre ellas y se entregó a un curioso saqueo, recogiendo o destrozando objetos cuyo uso sin duda desconocían. Ni siquiera el templo detuvo sus furias con la actitud suplicante de los sacerdotes. De sus manos hicieron brotar fuego que hizo presa en las edificaciones.
Ya entrada la tarde, los que se atrevían a contemplar más de cerca el desastre llevaron al jefe la noticia de que los extraños visitantes parecían retirarse. El jefe llevaba horas de discusión con sus consejeros. ¿Se podía iniciar un intento de resistencia agrupando todas las fuerzas militares que se pudieran congregar aprovechando la curiosidad que había atraído gentes de localidades vecinas? ¿Cuál era el mejor sistema para arrojarles de nuevo al mar?
Se había sugerido el incendio de todo el monte cercano, aprovechando el viento antes de que se volviese en dirección al interior. Cavar zanjas para detener a los extraños seres de las múltiples patas habría exigido un tiempo del que no se sabía si se podría disponer. También se había propuesta gran rogativa religiosa y el adelantarse de nuevo hasta los extraños visitantes en oferta de paz. Tratar de hacerles entender, por todos los medios, los deseos de paz y entendimiento. Llegar a un acuerdo no era fácil, pero la discusión concluyó con la certidumbre de la noticia: hacía tiempo que no se viera la silueta de ninguno de aquellos seres entre las crepitantes paredes de las incendiadas viviendas.
Así era. Volvieron los hombres a las estrechas calles envueltas en humo a tratar de apagar los incendios que saltaban de una a otra. Los asaltantes se marchaban. Soldados y gobernantes corrieron hacia la playa. El navío se alejaba saltando por encima de las olas, cerca ya del lugar donde el agua y el cielo se hacían indistintos y de donde saltaría volando hacia su lugar de origen, más allá de los cielos que contempla el hombre.
El primer encuentro de los humanos con seres del más allá había resultado un tremendo fracaso, sin posibilitar el entendimiento y dejando abierto al futuro el terrible temor a nuevas expediciones, y una amenazadora posibilidad de destrucción de la especie humana.
Pero el clérigo, de nombre Casas o Casaus, no se sabe muy bien, que llevaba años escribiendo una larga historia, narró de este modo la extraña visita:
“…Llegados frente a la costa y como vieran gentes en la playa, mandó el capitán que hicieran anclas hasta la mañana y disparó dos o tres cañonazos. Al alba saltó el capitán con veinte hombres y algunos caballos en las barcazas y llegando a la tierra tomó posesión de ella en nombre de Castilla, leyendo la Real Cédula. Y como los indios que se habían reunido tiraron algunas flechas, mandó cargar contra ellos. Yo no sé cuántos alancearon, mataron o hirieron de aquellos inocentes, incendiándoles un poblado que tenían cerca. Como no había riquezas en el poblado y les anochecía, volvieron a las barcazas y dellas al bergantín y abandonaron aquella costa…”.