—Nos gustaría que enviaran un técnico a reparar nuestro robot… No, aparentemente no le pasa nada. Pero hay algo que no va bien… Sí, sí, funciona, pero no siempre bien… No, no hace las cosas mal, es como si empezara mal…, no sé cómo explicarselo…, si, lo mejor es que envíen al técnico.
El técnico acudió con la prontitud propia de una fábrica de robots. Examinó el mecanismo por todas partes:
—Está perfecto, señores. Todo a la perfección. Diría que es el mejor que ha pasado por mis manos. Casi piensa. Bueno, en realidad, y a su modo, piensa. Ya sabe el lema de nuestra casa: “Nuestros robots son humanos” …
Hizo algunas pruebas y volvió a insistir:
—Perfecto, aunque… Lo mejor será que lo tengamos unos días en observación. No le encuentro nada. Quizá ahora veo… Pero no, no es necesario; a pesar de todo pueden felicitarse. Poseen un excelente robot. Y con una sonrisa que pedía perdón, repitió el “slogan”: “Nuestros robots son humanos”.
La siguiente visita no la hizo un técnico, sino un ingeniero-jefe. El robot seguía sin satisfacer. Funcionaba bien, pero…, a veces… No porque se produjesen fallos en el mecanismo, no —la señora lo explicó con una sonrisa que suplicaba perdón por lo que iba a venir— como si se distrajera, como si alguna vez no entendiese. En fin, no sé si ustedes me entenderán… como si fuera un chico pequeño.
En tanto, el robot era sometido a toda clase de operaciones. Ni una conexión, ni una ruedecilla, ni una célula dejaba de cumplir con su función rápida y eficazmente, al acercársele un instrumento comprobador.
—Nada, señora. Es perfecto. Sus reflejos son mejores que los de cualquier ser humano. ¿Y qué es lo que dice que le ocurre?
Era difícil de decir: Que no hacía las cosas bien. Bueno, siempre, no. Unas veces las hacía y otras no. Que se quedaba parado cuando le parecía. No, no que fallaba ni se detenía, no. Echaba a andar otra vez. O iniciaba una dirección… retrasarse, exaltarse, retrasarse, tampoco…, ¡si a veces echaba a andar antes de recibir la orden completa!…
—Me extraña lo que me dice, señora. No tiene la menor falta técnica. No hay la menor razón para que no funcione perfectamente; me atrevería a decir que es el mejor que hemos fabricado. Le voy a revelar algo que no hemos dicho hasta ahora: era el ejemplar que íbamos a mandar a la Exposición Cósmica, pero recibimos su pedido…, con las recomendaciones que traía… Podemos hacer una cosa. Nos lo llevamos y así lo observamos de modo más directo. Puede usted preguntar dentro de quince días. Si quieren otro mientras tanto… Pero me choca todo lo que me dice, es un robot perfecto, casi un hombre; mecánicamente mejor que un hombre. Nuestro último modelo, “Robot perfecto, robot que piensa”, la culminación de la máxima que tenemos marcada: “Nuestros robots son humanos”.
Transcurrieron los quince días. La voz del ingeniero-jefe, opacada por la transmisión, se dejó oír por el teléfono:
—Sí, señora, sí, perfectamente. Ya está totalmente decidido el caso. Pueden pasar cuando quieran a elegir otro robot…, no, no estaba mal. Sigo diciéndole que era perfecto. Muy superior a todos los que hemos fabricado. Técnicamente irreprochable. Piensa casi como un hombre. Es decir, para lo que son sus funciones, mejor que un hombre, pero, ¡qué quiere usted!, nos ha salido tonto.