Sereno! ¡Sereno!
—Ya voy, ya voy —contestó el bueno de Juan, al sentir los gritos de los conocidos vecinos.
Como solía hacer, corrió en su dirección a paso ligero, haciendo sonar el manojo de llaves sujetas a su pantalón, con una cadena por seguridad.
—Buenas noches, señores Guzmán ¿les ha gustado la película?
—Mucho, mucho, Juan, este Hitchcock es un fuera de serie. Te mantiene inquieto en tu asiento todo el tiempo y el suspense que crea, te hace morderte todas las uñas. Tiene que verla... Le gustará mucho.
—Veré si convenzo a mi mujer —contestó mientras les abría la puerta de la calle.
Ana María, que así se llamaba su «media costillita», como decía ella entre risitas en la intimidad, trabajaba de portera en el edificio donde tenían un pisito de alquiler, que mantenía inmaculado y reluciente.
Juan trabajaba de sereno desde hacía veinte años y con su sueldo y el de su mujer, podían vivir bien pero sin lujos. De vez en cuando se podían permitir algún capricho, como ir al cine o al teatro una vez o dos al mes y también algún que otro domingo, sentarse a tomar un refrigerio después de ir a misa en la terraza del café de la plaza.
Juan era un hombre jovial y muy buena persona. Procedía de una extensa saga de serenos dentro de su familia y quería mantener como mínimo, el listón tan alto como ellos lo habían dejado.
Como cada noche, Juan fue al ayuntamiento a las ocho en punto. Después de ponerse el uniforme se encontró con Joaquín, su compañero de fatigas que le mostraba con cara triste y de preocupación, una carta con la cabecera del Gobierno. La carta en cuestión no podía traer peores noticias. En pocas palabras, en quince días serían despedidos. Juan que también tenía una notificación igual en su casillero, no se lo podía creer. Después de los años de dedicación de sus antepasados y de él mismo, lo despedían con un simple papel. Tampoco podía entender la ridícula excusa, de ser sustituido por un teléfono contestador, o lo que fuera aquella dichosa máquina. ¿De dónde sacaría la máquina la atención y cortesía con la población? ¿Quién les protegería de noche, cuando ya no estuvieran?
Aquella semana fue de las más tristes que recordaba en su vida. No se había atrevido a explicarle nada a su mujer, que hubiera puesto el grito al cielo.
Faltando tres días para que Joan fuera despedido, otra mala noticia explicada entre profundos llantos y tristeza lo estaba esperando en casa.
A la carrera, su mujer se le abalanzó colgándose de su cuello. Lo poco que pudo entender de entre los incontrolables sollozos y por segunda vez aquella semana, fue la palabra despido. Su mujer también había sido sustituida por la misma máquina.
Joan tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para calmarla. Después de un buen rato, se quedó dormida abrazada a su cuerpo.
El día siguiente en el ayuntamiento, Juan recibió una brisa de aire fresco. Su amigo Joaquín le habló de un posible trabajo en el campo. Por lo visto se trataba de un empresario, propietario de campos de trigo, frutas y hortalizas, que buscaba peones y pagaba muy buenos salarios.
Juan, al día siguiente, llegó más tarde a casa que nunca, pero con el contrato del nuevo trabajo muy escondido en el forro de su americana. Su mujer que lo esperaba con impaciencia, se alegró de verlo de una pieza y de tan buen humor.
Sin salirse del guion que se había marcado, le explicó a su mujer mintiéndole, que su amigo Joaquín se había buscado otro trabajo, harto de no dormir nunca con su mujer. Con un entusiasmo prudente, le dijo que seguramente hasta ganaría más dinero que de sereno. El éxito de Juan fue total. Su mujer quiso enseguida se fuera a enterar de los pormenores de la contratación. Con la promesa que acompañaría su amigo y traería toda la información, salió a trabajar el día siguiente.
Al cabo de poco tiempo, los tres estaban muy contentos, tanto del nuevo trabajo, como de los sueldos que cobraban. Se veían durante el día y dormir juntos era además una excelente novedad y un placer. Al tener más ingresos, también pudieron disfrutar por primera vez de unas vacaciones de quince días, en un hotel de la costa.
Tres años después, aparecieron tres tráilers que acabaron con el buen humor y con los trabajos de todos los trabajadores. Los tráilers contenían tractores y todo tipo de complementos para realizar todas las labores y sustituirlos a todos sin excepción. El empresario apareció minutos después comunicándoles que había retrasado al máximo el proceso, pero que al no poder competir con los precios del mercado que marcaba la competencia, no le quedó más remedio que hacer la compra de la maquinaria y ponerse al día. Las máquinas los volvían a atacar de nuevo, fue lo que pensó Juan aquel triste día, que volvía a repetirse.
Al cabo de unos meses, después de buscar trabajo hasta debajo las piedras sin ningún resultado, Juan y Ana entraron en una profunda crisis económica y les acabaron cortando la luz. No tardaron mucho en no poder pagar una simple bombona de butano. Esta penosa situación les produjo una fuerte depresión, viéndose obligados a tomar medicación, para poder levantarse por las mañanas y salir a buscar trabajo como cada día. Cuando estaban ya desesperados y Juan había empezado a beber para poder soportar la presión y la impotencia, Joaquín apareció en la casa con la solución a sus males. Un primo suyo acababa de ser nombrado jefe de una nueva sucursal bancaria en la ciudad y sabiendo de su estado financiero, pensó en él para que se encargara del sistema de archivo de facturas y documentos. Al enterarse además que buscaba más personal, les había hablado de ellos dos.
Juan y Ana María no se lo podían creer. Trabajarían nada menos que en un banco.
Su amigo volvía a ser su salvador, que además no quiso de ninguna forma aceptar las muestras de gratitud que la ahora feliz pareja le mostraban por segunda vez.
De la noche a la mañana todo volvió a cambiar de nuevo. El buen estado de ánimo y la normalidad volvió a reinar en la casa. Joan y Ana María volvieron a disfrutar de la felicidad que se les había esfumado por dos veces. Durante seis largos años, todo funcionó a las mil maravillas. Pero sus vidas se volvieron a encontrar con la desgracia. Primero, la mala fortuna les arrebató a su estimado amigo Joaquín, que murió por culpa de un borracho al volante de un coche, que corría a más velocidad de la permitida y que descontrolado, subió a la acera matándolo al instante.
Cuando todavía lloraban su muerte, las máquinas los volvieron a atacar y fueron despedidos de nuevo. Esta vez se trataba de una máquina llamada ordenador, la cual sin contemplaciones entró en el banco por la puerta grande, arrasando con todo el personal cualificado. Por lo visto, un gran ejército de estas máquinas hizo lo mismo en todas las oficinas del mundo. Esta máquina era capaz de almacenar todo lo necesario de una empresa sin ocupar ningún espacio y sustituir en sus tres cuartas partes el habitual trabajo que realizaba el personal, con más eficacia, rapidez, sin descanso, ni enfermedades y sin tener que pagar un solo céntimo de sueldo.
Juan, pensando en voz alta junto a su mujer, murmuró que el trabajo escasearía con este nuevo fulminante ataque de las máquinas y que las cosas iban a empeorar más que nunca. Juan no se equivocaba. El paro aumentó desproporcionadamente y los trabajos brillaban por su ausencia. Poco a poco, en casa de Juan las cosas se fueron oscureciendo y todo volvió a degradarse como la última vez.
Tres meses después, en una fría mañana de invierno llamaron a la puerta. Ya no había ningún ángel de la guarda que los pudiera sacar de aquella situación y al otro lado de la puerta no encontrarían a Joaquín, que ya no estaba con ellos. Cuando abrieron, se encontraron con una mujer totalmente vestida de negro. Los dos, sin preguntarle nada, se marcharon con ella en silencio.
Unos minutos después, la Guardia Civil acompañada del administrador, acudió al piso a desalojar a Joan y Ana María por falta de pago. Como después de llamar repetidas veces no obtuvieron respuesta, entraron en la casa forzando el paño. La pareja estaba muerta encima de la cama, tiernamente abrazados. En la mesilla de noche, había varios frascos de pastillas vacías y una carta. Dentro había una corta nota que decía así:
A quien pueda interesar.
Por propia voluntad, nos marchamos donde las máquinas no nos puedan encontrar.