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«Guiamos el desarrollo de la web con sentido estético. Planeamos el desarrollo de internet como una copia de la particular estructura neuronal de un santo. Cada nodo incorporado diariamente es una letra del conjuro definitivo. Y cuando la última palabra sea agregada, el altísimo tocará esta obra de sacra artesanía con su dedo hirviente y se alzará viva, cantando una letanía electrónica en nota sol, levitando sobre las cabezas de los hombres. Todas las mentes se sincronizarán a través del tono transmitido desde el cielo y serán infectados de amor a Dios. El alma de la humanidad emergerá y se hará carne y cable como gran insecto elevándose en una sola mente, cantando oraciones en código binario plenas de señales montadas en frecuencias estándar, transmitiendo el infinito rostro de Dios directamente a la corteza cerebral».
(Oración del Klóketen, culto de los «hombres de las cruces». Año 18)
«Seguro que la droga estaba contaminada».
Mariana llevaba dos días sin comer. El «maíz» le había convertido la realidad en una borrosa película en blanco y negro editada a tijeretazos. Se sentía incapaz de distinguir el tiempo presente de entre el bosque de recuerdos inconexos que afloraban a su consciencia como cadáveres desde el fondo de un lago.
La habían intentado violar dos veces mientras se tambaleaba vomitando hacia el baño de la casona. Recuerda vagamente haberse defendido con pies y manos de agresores anónimos, de alientos podridos por el alcohol sintético de los traficantes.
«Contaminada con malos espíritus, quizá».
Tenía señas de un golpe en la cabeza.
Tenía ese frío seco de las resacas del maíz clavándole los oídos.
Cada dolor estaba incrustado perfectamente de acuerdo al diagrama usual.
Sin embargo, la sensación de asfixia… sólo podía significar que la droga estaba contaminada.
El maíz es una droga muy sensible al medio ambiente psíquico. Si se expone cerca de una muerte violenta siempre resulta afectada. Además, también está el riesgo de adulteración con neurotoxinas vencidas, orina de gato, o cualquiera de esas porquerías que los chamanes junkies de los suburbios importan desde Bolivia. Las cosas estaban cada día más raras y a los diecisiete años ya podías ser un veterano completamente fuera de onda, con serio peligro de caerte por el borde del juego de puro desinformado.
Le dolían las encías.
La asfixia la paralizaba de terror como a un pez en el piso de un bote, viendo al mundo girar entre la neblina grasosa de la semiinconsciencia.
Una película de cine editada a tijeretazos… no había duda, seguro que la droga estaba contaminada.
—¿Ya contactaste a la «chilena», Ramiro?
—No personalmente, don Eugenio. Pero nuestro enlace asegura que mañana podremos entrevistarnos con ella y plantearle nuestro encargo.
—Y convenir el pago.
—Esa mujer es muy particular, señor. Sus servicios no son caros pero se reserva aceptar o no los trabajos de acuerdo a criterios que se nos aparecen incomprensibles.
—¿Es una excéntrica?
—No, señor. Es una psicópata.
Eugenio Balandro era presidente del Partido Obrero Revolucionario desde los orígenes de la Segunda República. Por supuesto no era obrero y jamás había participado en revuelta alguna. Era el máximo dirigente de un movimiento en decadencia, aplastado por los sucesivos éxitos de su principal partido opositor, que pronto completaría un tercer exitoso e insoportable período en el poder.
El Partido Obrero había hecho todo lo posible para hacerlos fracasar, incluso boicotear secretamente los planes de ayuda a los más necesitados, pues no podían permitir que también les quitaran el amor de las grandes masas de hambrientos; siempre habían sido su mejor carta de negociación y hoy los necesitaban más desesperados, despojados y molestos que nunca.
Eugenio había sido reclutado a los cuatro años de edad luego de un minucioso rastreo. El equipo psíquico del partido, más cuatro cibernautas nepaleses, habían scaneado durante años el plano astral con sus consolas-ouija buscando rastros de la esencia de un olvidado líder de masas de principios del siglo XX. Estafador, ladrón y finalmente dirigente sindical; instigador a sueldo de los levantamientos obreros financiados por el gobierno chileno en las plantas salitreras, asesinado luego por el mismo gobierno una vez que se hubo llegado a un acuerdo con los dueños de la Industria del Salitre acerca del nuevo régimen de impuestos. Mártir de la causa obrera, se hicieron grandes esfuerzos para esconder que en sus últimos momentos había intentado vender las posiciones de los montoneros a cambio de inmunidad. Trato imposible de realizar porque, por supuesto, su muerte era uno de los requisitos de los inversionistas para cerrar las negociaciones.
Eugenio era el candidato perfecto para dirigir el partido en los años de cruenta guerra política que se vivían.
Cibernautas nepaleses adictos a la mescalina se frieron el cerebro año tras año conectados por los nervios ópticos a las consolas-ouija, scaneando los patrones de su sombra derivando por los meandros del plano astral. Hasta que un día nació nuevamente, sano y fuerte en Bérgamo, Italia, en el seno de una buena familia de campesinos que fue rápidamente eliminada, por supuesto.
Eugenio Balandro era genial. Todos estaban de acuerdo en que la decadencia del partido nada tenía que ver con su gestión. Estaban seguros de que tarde o temprano encontraría la manera de derrotar a sus oponentes y entonces podrían poner en práctica la propia visión de cómo dirigir un país y sacar provecho sin llevarlo a la bancarrota. Les desesperaba ver a sus oponentes gozar de una mujer que consideraban de su propiedad.
Sí, Eugenio Balandro encontraría la manera, no les cabía duda.
—Con su permiso, señor —dijo Ramiro Bermejo, secretario personal y enlace de don Eugenio con el comité del partido—. Les comuniqué su decisión pero nadie considera que éste sea un momento adecuado para actuar en contra del Gobierno.
Eugenio ni siquiera lo miraba inclinado en su sillón, disfrutando a través de los ventanales de la increíble reproducción hi-fi de las costas del lago Carrera en la Patagonia chilena.
—Nadie duda de su criterio, señor —agregó Ramiro con toda la humildad que pudo darle a sus palabras—, pero el Gobierno ha alcanzado los índices de popularidad más altos en la historia de sus mandatos y…
—Y por eso van a ser derrotados —interrumpió Eugenio.
—Pero… no parece ser el momento, señor. Acaban de lanzar el Plan de Soberanía para el Ciberespacio, un proyecto aplaudido sin reservas por todos los sectores del país, señor —insistió cautelosamente.
—Y si fracasara sería la caída más estrepitosa de los últimos años, también. ¿No lo crees?
—No hemos encontrado fallas, señor. El proyecto ha demostrado ser cien por cien seguro a pesar de los temores de la gente.
—Los temores de la gente, ¿y no es eso acaso lo que finalmente importa? Si por alguna razón el miedo al proyecto se extiende y la gente no participa en él, toda la enorme inversión del Gobierno se irá al tarro de la basura, podremos acusarlos de dilapidar el dinero del pueblo financiando monstruos tecnológicos sin destino y comenzar nuestra ofensiva. No puedo creer que el comité no haya comprendido algo tan sencillo.
Ramiro se mantuvo en silencio ejercitando el deporte preferido de los subordinados, conjeturar el plan tras las palabras y el plan detrás del plan.
—Creo que el Gobierno ya lo consideró, señor —agregó tímidamente—, sabemos que pretenden «levantar» al presidente del Banco de México. Ése sería un gran golpe publicitario. Sería un claro mensaje para la gente de que el Plan de Soberanía para el Ciberespacio es seguro.
Eugenio se puso violentamente de pie y caminó hacia un hermoso mueble de caoba lleno de carpetas. Era un hombre alto, de aspecto noble. Ramiro lo siguió con la mirada de respeto, envidia y temor con que se mira a un líder que se sabe superior.
—Encárgate de esto —dijo arrojándole una carpeta—, es el dossier de una asesina a sueldo de la peor clase. Tiene gran experiencia en asesinatos on-line, aunque es una junkie en caída libre un tanto impredecible. Le dicen la «chilena». —Ramiro lo miró alarmado—. Sólo imagínate el siguiente cuadro. Todo el país pendiente de la transmisión en vivo del «levantamiento» de la mente del presidente del Banco de México, principal accionista del proyecto. Todo el país recibiendo en directo las imágenes de sus patrones neurológicos de pronto inexplicablemente rojizos y sus repentinos alaridos sintetizados, el replay de su cerebro-data estallando en mil pedazos contra la nada. El primer plano del rostro del ministro de Tecnología, desencajado. Todas las fichas del Gobierno perdidas en una sola apuesta. ¿No es perfecto?
Ramiro medía y calculaba. La idea parecía demasiado brutal y le encantaba.
—¿Cree que esa «chilena» podría hacer un trabajito así? Se trata del ciberespacio, no de un bar en las poblaciones, señor. Pero… si pudiera… sería maravilloso.
—Testéala, encárgate. Para eso estás aquí.
Mariana caminaba dando tumbos por un callejón de los suburbios con la cabeza llena de estática. Abrir y cerrar los ojos era como abrir y cerrar un canal de comunicaciones saturado de datos tóxicos y abrasivos.
La noche no tenía luna.
«No me hablen, no quiero escuchar».
Mariana cierra los ojos y siente que dos serpientes, una roja y otra negra, penetran sus cuencas vacías para morderle el alma y sacarla fuera. Sus sinapsis están fuera de control, inundadas de maíz, la primera droga nanotecnológica producida artesanalmente.
«Y tú, pobre niño, ¿qué haces aquí?»
«Tú, ¿eras un soldado?»
Las serpientes salen por su ano convertidas en plugs que se hunden en la tierra y la conectan al inconsciente colectivo del planeta.
—¡Ustedes están muertos! —grita agitando los brazos.
Silencio.
Estática.
De pronto está a tres calles de distancia sin la más mínima noción del transcurso.
«Una película editada a tijeretazos».
Suspira hondo y trata de calmarse. Esos pasajes críticos son muy riesgosos, se comportan de la misma manera que las «detenciones seguras» que utiliza la policía contra los delincuentes más peligrosos. Un dardo tóxico que divide químicamente los cuerpos físico y astral del afectado, que se ve de pronto flotando a tres metros de altura mirando a los policías llevarse su cuerpo inerte, técnicamente muerto hasta que el equipo médico, compuesto de ingenieros y chamanes con consolas-ouija, lo traigan de regreso.
«Concéntrate, acuérdate».
Se sentía rodeada de un agradable aroma a limones.
Caminó hasta un sitio eriazo en la mitad de una población suburbana.
Pensaba en el tatuaje de su muslo que, de pronto, se pone de pie frente a ella para hablarle sobre la soledad mientras cientos de hormigas trazan diagramas que lo explican todo. Mariana solloza, las hormigas se angustian por alguna razón y entran orando respetuosamente por sus fosas nasales.
Los «Pálidos. Tengo que matarlos», y se le erizó el vello de la nuca.
De improviso toda una avalancha de datos irrumpe de golpe en su campo visual y sabe por qué está ahí.
Lleva tres días rastreando el punto donde «el Pálido quieto» y su gemelo idéntico harán contacto este año.
Los «Pálidos» eran los líderes de una red de narcotráfico de esas drogas forteanas que potencian químicamente la receptividad a los fenómenos paranormales, es decir, en el «vuelo» puedes ver a los muertos. Su principio psicoactivo es básicamente actividad poltergeist fijada como estática a placas microscópicas, montadas en insectos nanotecnológicos, que se inyectan directo al hipotálamo. La industria del arte y la investigación criminalística pagaban pequeñas fortunas por unas cuantas gotas.
La actividad poltergeist se obtenía asesinando violentamente a niños prepúberes en enormes tanques de aislamiento rodeados de placas de cobre que «recibían» y fijaban el horror y las altas cantidades de energía despedidas en el momento de sus muertes.
En uno de esos tanques habían muerto diez de las mejores prostitutas del «Machete», prominente administrador de la «carne» local a quien, por supuesto, no le había gustado nada esa baja en sus activos. Así que mandó llamar a Mariana.
«El Pálido quieto.» 1187… ¿11:87?… ¿11/8/7?
El «Pálido quieto» era un cuerpo con dos cerebros completamente diferenciados dentro de su caja craneana. Era un hombre con dos almas que vivía para ofender la vista de Dios. Tenía satélites naturales orbitándolo.
Su gemelo idéntico caminaba sin detenerse, en sentido contrario a la rotación terrestre, leyendo la frase escrita en el suelo que es necesario recitar para mantener la estabilidad de las cosas.
Ambos se alimentaban sólo de hostias consagradas.
Hoy se cruzarán y es el momento para matarlos.
«Hoy se cruzan y podré matarlos», piensa. Sus manos se crispan sobre los cuchillos y siente algo parecido a la excitación sexual.
«Hoy mataré a esos perros asquerosos». E instintivamente se agazapa y siente cómo se transforma en un jaguar.
«Voy a matar a esos perros, a esos cerdos cerebro de testículo —murmura mientras aguza la vista sobre dos siluetas que se recortan contra los matorrales y la penumbra—, seguro que violaban a las niñas con sus penes llenos de inmundicia los muy degenerados. Seguro que las violaban a golpes mientras ellas les pedían que se detuvieran, los muy hijos de puta».
Las dos siluetas avanzan una contra la otra.
«Los hombres son todos unos violadores. Cristo se abrió una vagina en el costado para comprendernos mejor. Las mujeres somos mártires atravesadas por la lanza de Longinos», deliraba arrastrándose con las garras clavadas al polvo.
Las siluetas se encuentran y se abrazan. Un enorme cuchillo entra por la nuca de uno y sale a través del ojo del otro. Un demonio negro y metálico baila frenéticamente en torno a ellos cortando y hundiendo con maestría y ferocidad.
Mariana sangra de pies y manos.
Al cabo de unos segundos los gemelos yacen destrozados, pero Mariana no se detiene en su rito, absolutamente transportada. Les abre una vagina bajo el escroto, se come sus testículos con recogimiento; les abre el estómago, extrae las vísceras, rellena el espacio con tierra y un escarabajo vivo, luego cose la herida con alambre y llora a gritos hasta que se duerme.
«No me hablen, no quiero escuchar».
—Mariana, despierta.
Ramiro Bermejo la toca cautelosamente con su bastón.
Sus hombres ya habían limpiado el lugar y quemado los cadáveres con enzimas digestivas. Minutos más tarde cargaban a la mujer con evidente desagrado, llevaba por lo menos un par de semanas sin conocer el jabón, y la sangre seca en sus ropas indicaba que la fiesta de la noche anterior no había sido la única de los últimos días.
Cuando despertó, ya en instalaciones del partido, se mantuvo inmóvil y en silencio durante horas antes de comenzar un tenue monólogo sobre pasajes de su propia infancia. Ramiro intervino en el relato y comenzó un extraño diálogo entre desconocidos, fabricado de retazos. Hablaron de Valparaíso, de un viaje a Colombia, de la ciudad bajo la cordillera de los Andes, hablaron sobre las profundas marcas de cuchillo en su espalda y de la manera más rápida de matar a un hombre. Hablaron de cierta persona que merecía morir, hablaron de la paga por degollarle la mente, hablaron del ciberespacio.
—Primero haremos una prueba de tus habilidades en la web. Tendrás que ingresar a la intranet del Hospital de Bogotá —dijo Ramiro. Nuestros técnicos nos aseguran que inyectándote un par de megabytes de entrenamiento no vas a tener ningún problema para manejarte en ese ambiente.
Mariana lo mira con ojos vidriosos, riéndose como una estúpida.
—Le voy a cortar el cuello con una botella.
—Hoy descansarás, mañana te injertarán y pasado mañana irás de cacería por el ciberespacio —dijo Ramiro, palmeteándola como a un perro de presa.
—¿Quién es ése al que tengo que matar?
—Un tipo accidentado en motocicleta. Recogieron los restos de masa encefálica y digitalizaron la información que contenían, la levantaron a su intranet y la montaron en una estructura neuronal estándar. La próxima semana le van a injertar un cerebro nuevo y le imprimirán los fragmentos de su esencia. Tendrán que dotarlo de memoria sintética para llenar los vacíos, por supuesto. Inventar su infancia, su primer beso, parches de conocimientos académicos, etc. Su alma está irremediablemente perdida, pero la transnacional dueña de su contrato exige revivir a este zombie por tratarse de un ingeniero clave en el desarrollo de ciertos proyectos de enorme valor comercial.
—Y tengo que matarlo.
—Es sólo un test, no te preocupes. El ya está muerto, lo que revivan será otro procesador de datos humano de esos que viven en las bodegas de las empresas. Sólo queremos verificar que eres capaz de asesinar online, luego te daremos tu objetivo real.
Dos días después Mariana se preparaba para ingresar a la web. Se hincó frente a un agujero en la pared similar a un ano mecánico, introdujo la cabeza y un anillo se cerró en torno a su cuello. Una aguja entró por su frente inoculando mescalina hirviendo de microbios nanotecnológicos. Un tubo flexible entró por su boca y recorrió todo su sistema digestivo, salió por su esfínter y entró en su vagina desplegando dos garfios que se engancharon a sus ovarios. Por el interior del tubo comenzaron a circular escarabajos azules, caminando en hilera, con un mantra dibujado en sus élitros. El mismo mantra se comenzó a escuchar vibrando al unísono con las ondas encefálicas de Mariana y la máquina entró en trance.
Mariana cayó al agua.
>acceso a la web, autorizado
Mariana de pie frente al mar.
La construcción le impide girar demasiado hacia la izquierda o hacia la derecha. El ciclo está más bajo de lo normal y gira velozmente. Las estrellas son agujeros que dejan ver la luz que hay más allá en las zonas caóticas del ciberespacio, al parecer cumplen la misma función que los agujeros de las antiguas tarjetas perforadas.
La web había sido reestructurada completamente cincuenta años atrás a la manera de un océano. Tenía sus propias mareas numéricas, microclimas informáticos y tormentas que reordenaban aleatoriamente los distintos cardúmenes de datos sumergidos en el plancton que contenía el sistema operativo del software. Todo estaba administrado con criterios ecológicos estrictos. La web se había convertido en un gran organismo oceánico gobernado por la libre interacción de sus componentes en un circuito autoasistido casi biológico.
La playa era la plataforma de acceso.
El sonido del conjunto parecía sacado del corazón de una fábrica en plena Revolución Industrial. Émbolos y engranajes gruñendo en los sótanos del software, arrastrándose tras la escenografía de la playa.
«Cosas» asomaban a la superficie del mar y luego se hundían.
Mariana estira la mano y saca un pez abisal que le hace una pregunta. Lo abre por la panza y saca un cuchillo, lo entierra en el sol y pide acceso: «Solve et coagula», murmura. El ciclo se abre como un párpado y el mar detrás del cielo se revela como una masa de estática similar al ruido blanco de los monitores sin señal. Mariana calibra esa imagen y digita unos conjuros en voz baja con los ojos cerrados. Entre la niebla de la estática escucha inesperados lamentos que la sacan de su meditación, gemidos de textura magnetofónica arrastrándose por el suelo, y una mano le toca el hombro.
«Esto no tiene nada que ver con el Hospital de Bogotá», piensa sobresaltada haciendo esfuerzos para no dejarse llevar por las extrañas presencias que parecían brotar como hongos en las paredes de la programación del software.
«Concéntrate».
La intranet del Hospital de Bogotá era una hermosa mujer con branquias recitando una pregunta de acceso con voz bellísima. Mariana la besó apasionadamente y pudo conectarse sin problemas, la pasión fue recíproca y la mujer la devoró con su boca de anaconda. Las paredes intestinales estaban escritas, el estómago de la serpiente parecía un árbol flotando en el centro de un universo de dimensiones reducidas, hecho de pequeños mosaicos de obsidiana. Dentro de un fruto encontró al paciente indicado. Los restos de su mente estaban montados sobre una estructura neuronal estándar que parecía un panal de furibundas termitas trabajando afanosamente, llevando dendritas de aquí para allá, llorando con pequeños gritos espantosos en frecuencias agudísimas.
«Acupuntura sónica», pensó la mujer.
Suspiró.
Cerró los ojos para mirar con el cuerpo.
Convirtió sus manos en uñas congeladas del largo de katanas y atacó.
La lucha contra las termitas fue corta y atlética. Mariana giraba y cortaba cabezas avanzando hacia el centro blando de la estructura. De un salto cortó las cabezas de las últimas termitas guardianes y quedó en cuclillas frente a un niño asustado, no dudó en hundirle una uña en la frente y ahogarle el grito degollándolo de un golpe.
Todo tomó coloración rojiza.
Huyó por la línea telefónica asociada a los monitores cardíacos hacia las lagunas de la empresa de telecomunicaciones Aotel, dueña de los empalmes.
Salió caminando hacia la playa de acceso, cayó hacia arriba y la sacaron como se saca a un recién nacido, a un bautizado húmedo de placenta y mescalina, inconsciente.
—Todo salió perfecto —murmuró Ramiro—. Déjenla descansar unas horas.
Las primeras horas de inconsciencia fueron tranquilas, pero pronto comenzaron a brotar infecciones neuronales adquiridas durante su permanencia en la red. Su consciencia fue atacada por gemidos. Gente muerta rasguñando el piso bajo ella, hablándole a través de grabaciones magnetofónicas, amenazando derramarse desde pantallas de televisión encendidas, insultándola imperceptiblemente desde los enchufes de corriente eléctrica. Mariana pudo escucharlos pidiendo ayuda desde las cintas de antiguas grabadoras dejadas encendidas al ambiente. Intentando comunicarse desesperadamente.
Una voz se separa y le susurra al oído un secreto terrible, Mariana llora.
El Plan de Soberanía para el Ciberespacio se había convertido en la obsesión del Gobierno. Estaban convencidos de que sería más importante que las estaciones en la Luna o las bases de avanzada en el subsuelo antártico. Se trataba de la colonización de todo un nuevo continente de características ilimitadas.
El Gobierno pagaba importantes sumas de dinero a los voluntarios que aceptaban sumarse al programa. Incluso se sabía de tratos con criminales, blanqueo de papeles y reducciones de condena a cambio de aceptar ser «levantado» a la web.
El concepto era sencillo. Se sometía al voluntario a un scaneo de sus patrones de memoria y se transferían sus funciones cerebrales, a través de una interface adecuada, directamente al ambiente del ciberespacio. Las mentes «levantadas» eran asignadas a espacios de memoria protegidos y administrados por el Gobierno llamados «granjas», donde desarrollaban tareas específicas diseñadas por los departamentos gubernamentales.
«Levantar» a un voluntario se hacía de por vida y se había convertido en todo un rito entre monástico y funerario al que acudía toda la familia en procesión hasta el edificio del proyecto. Allí el voluntario firmaba el contrato que lo separaría voluntariamente de nuestra realidad, se le cortaba un mechón de cabello y se tomaba una fotografía familiar. Luego ingresaba a través de unas puertas a un pasillo oscuro con una potente luz al fondo. Los parientes lloraban y vestían de negro al ir a entregarlo.
Los voluntarios eran inducidos al coma profundo y se les extraían brazos y piernas para reducir espacio. Los cuerpos eran mantenidos dentro de los úteros de cientos de yeguas inconscientes que colgaban de ganchos en el interior de enormes galpones oscuros, en una enmarañada red de cables y fibra óptica. Doce clavos de cobre hundidos a lo largo de sus columnas vertebrales se conectaban al hipotálamo de las yeguas, desde allí se proyectaba un axón de calamar que entraba al tejido blando que cubría el techo de los galpones. El espectáculo era sombrío. Interminables aglomeraciones de cuerpos suspendidos caóticamente en la penumbra, destilando aceites y orina al piso enrejado. Respiraciones, algún que otro bufido inconsciente, en general silencio y olor a muerte.
Los parientes podían visitarlos sólo en el web site de la compañía que administraba la señal, en una amigable interface que simulaba prados al atardecer.
Todo parecía perfecto. El Gobierno tendría «consciencias» administrando desde dentro los complejos procesos de flujo y análisis de datos. La eficiencia aumentaría a rangos impensados y la productividad de toda la red industrial crecería a niveles nunca antes vistos.
Pero un grave problema se cernía sobre el proyecto más ambicioso y revolucionario del Gobierno. Rumores sobre supuestas fallas en los sistemas de suspensión vital frenaron el entusiasmo de los ciudadanos por acogerse al programa. Todo el proyecto dependía de la masividad con que se llevaran a cabo los «uploads» de «consciencias», y sin una masa crítica de al menos dos millones de «levantados» el proyecto sería un fracaso, los inversionistas privados retirarían su dinero y su apoyo, comenzarían las auditorías, aparecerían los acreedores nerviosos, los periodistas y toda la fauna que parece brotar de las paredes cuando un animal herido es abandonado por la manada. El Gobierno podía desmoronarse en medio de un escándalo financiero en menos de seis meses.
Además estaban los «hombres de las cruces», secta fanática de perfil apocalíptico y escaso número pero de gran espectacularidad, que atraía la atención del público con sus manifestaciones ruidosas y melodramáticas. La gente los escuchaba y, para desgracia del Gobierno, el mensaje no era alentador para el programa. No podían acallarlos porque la prensa adoraba los escándalos de presión política, menos hacerlos desaparecer, la opinión pública sospecharía de inmediato empeorando aún más la situación.
Los «hombres de las cruces» predicaban en torno a una terrible revelación: la electricidad sería en realidad un demonio, que habría hecho un pacto con sectas alquímicas en los albores de la Revolución Tecnológica para dotar de espíritu a las creaciones humanas a cambio de espacio para manifestarse en nuestro plano. Su medio ambiente particular era el cobre (para los «hombres de las cruces» el cobre era un metal sagrado comparable a la sangre de Cristo). El hombre le había construido redes de carreteras a este demonio a cambio del misterio de la electricidad, la estática y los signos ocultos en las placas de circuitería.
Los «hombres de las cruces» recibían ese nombre por las enormes cruces de cobre que clavaban en puntos de acupuntura de la Tierra. Allí crucificaban a sus iniciados y les extirpaban el ojo izquierdo para conectarles receptores-kirlian directamente al nervio óptico. En torno a la cruz enterraban de cabeza a cuatro médiums hasta la cintura, para que escucharan las transmisiones de Dios que esa monstruosa antena captaba. En los páramos del desierto de Atacama se podían ver alineamientos de cruces hasta el horizonte. Siempre con obispos perilleando frenéticamente antiguos aparatos radioescuchas e interpretando la estática.
Los mensajes no eran alentadores. Decían que el cobre atrapaba en sus redes a espíritus, esencias y entidades que estaban en tránsito al más allá. El plano astral vibraba y luchaba atrapado en esas redes eléctricas buscando liberarse. Los «hombres de las cruces» profetizaban la apertura de las puertas del infierno, decían que los aparatos estaban a punto de salir de nuestro control y ser controlados «desde dentro». Predicaban que el ciberespacio se estaba convirtiendo en un limbo para los que no estaban en la gracia de Dios y que cualquier proyecto que pretendiera enviar personas vivas allá era producto de las conspiraciones del demiurgo y por lo tanto blasfemo. El ciberespacio era un misterio sacro, un nuevo «más allá» que no debía ser profanado so pena de aumentar el poder del demonio electricidad.
Por alguna razón, quizá por aburrimiento, la gente los escuchaba y su inquietud frente al programa de colonización del ciberespacio aumentaba.
—Espero que hayas descansado, Mariana —dijo Ramiro— llevamos dos días esperando que despiertes.
—Denme un poco de maíz, por favor —murmuró la mujer.
—No hasta después de entrevistarte con nuestro presidente. Él te hará el encargo personalmente.
—Juro que tomaré sólo un poco —insistió, jadeando— juro que sólo un poco, por favor.
—Tienes que estar lúcida.
—¡No quiero estar lúcida! —gritó irguiéndose de la cama, dos guardias entraron en la habitación pero Ramiro los detuvo con un gesto—. Vi… algo. Me hablaron. No quiero recordarlo, por favor.
Ramiro la miró en silencio por algunos segundos, echó a los guardias fuera de la habitación y se sentó en el borde de la cama.
—Cuéntame quién te habló mientras estabas en la web, dime qué escuchaste. Después te daré todo el maíz que quieras.
La mañana era espléndida. La llovizna de la noche anterior había disipado la eterna nube de contaminación que escondía la ciudad a los ojos de Dios. Hasta se podía ver el enorme cordón montañoso nevado, como una monstruosa ola congelada siempre a punto de reventar, inquietante y amenazador. Como si nos hubiéramos quedado a vivir en la mitad del mar Rojo en vez de atravesarlo.
Ciudad peligrosa.
El edificio del partido se encontraba en una zona de las afueras de Santiago de Chile llamada Melipilla («cuatro espíritus», en mapudungún). Era una explanada de concreto con accesos vehiculares a los cuatro niveles subterráneos donde estaban las oficinas administrativas. Eugenio Balandro se encontraba en el centro del nivel más profundo, en una oficina circular con cuatro accesos que se bifurcaban hacia el resto de las instalaciones, incluidos los búnkeres y las salas de la artillería antiaérea. El minotauro en su laberinto, el centro del mandala. Hasta allí condujeron a Mariana, o lo que quedaba de ella después de encontrarla en el suelo de su habitación con el maíz saliéndole por los oídos.
—Mantente en pie, ¡por Dios! —murmuró Ramiro con dureza. La mujer se tambaleaba junto al secretario que, muy nervioso, esperaba que Eugenio Balandro abandonara sus papeles y les dirigiera su atención.
«Dónde estoy, acuérdate, acuérdate».
—¿Este espantapájaros es la famosa «chilena», Ramiro? —se burló Eugenio. Su cabello oscuro contrastaba con el paisaje blanco que se reproducía tras los falsos ventanales a su espalda: los hielos de la Patagonia.
«Acuérdate, no te desmayes. ¿Quién es este huevón?»
—Que no le engañe su apariencia, señor. La destreza que demostró en el ciberespacio nos dejó en extremo satisfechos.
—¿Me entenderá si le hablo? —sonrió—. Mírala, apenas puede sostenerse en pie.
—Le va a entender perfectamente, señor.
«De qué están hablando. La cabeza me da vueltas. Los muertos sí hablan. Acuérdate… acuérdate».
Eugenio se puso de pie y caminó hasta ponerse delante de su escritorio.
Señorita Mariana, ¿sabe usted por qué han sido solicitados sus servicios?
«¿De qué habla este huevón?… Dios, la estática se hace líquida. Si me muevo y la derramo se va a comer todo el edificio… algo va a ocurrir».
—¿Mariana?
—¿Sí?
—¿Sabes por qué estás aquí?
—Tengo que matar a alguien, creo.
—No hay por qué plantearlo de esa manera —sonrió—, tú eres el factor inesperado. El pedrusco que golpea los pies de barro del gigante.
Mariana luchaba por mantener el equilibrio afirmada en el vano de la puerta. La presión en su garganta comenzaba a ser molesta. Las imágenes se mezclaban mutando como en un sueño.
«Seguro que la droga estaba contaminada».
—Tú no lo sabes pero vas a contribuir a cambiar la historia de este país —continuó—. Hoy por la mañana he hecho duras declaraciones a la prensa sobre la inseguridad del Plan de Soberanía para el Ciberespacio del Gobierno. Insistí en el peligro latente para la ciudadanía, en los gastos excesivos y en la imposibilidad de asegurar la sobrevida de los individuos mantenidos en coma, de los «levantados».
«Quiero vomitar».
—Mañana a las 10:00 AM van a transmitir en directo, para todo el país, la ceremonia de «upload» de la mente del presidente del Banco de México. Debería ser el impulso definitivo para el éxito del programa. Pero tú vas a estar ahí, entre los pliegues del software con cuchillos digitales en vez de miradas, lista para degollarle la mente en cuanto asome la cabeza fuera del agua. Todo el planeta será testigo en vivo y en directo del fracaso total de nuestro Gobierno.
«¿De qué está hablando este imbécil? Si no para le voy a ensuciar la alfombra».
La mujer estaba pálida. Sudaba y jadeaba mirando la escena tras un mareo lleno de náusea, palabras entrecortadas y todo ocurriendo a metros de distancia. La realidad pero más blanda, bajo el agua y mal editada.
—Señor —interrumpió inesperadamente Ramiro Bermejo—, tenemos información adicional de gran relevancia.
Eugenio le clavó una mirada de molestia.
—Entonces dímela de una vez.
—Señor, Mariana es una mujer extraordinariamente receptiva a las frecuencias del plano astral. Cuando entró en el ciberespacio hizo contacto de alguna manera con «entidades» y «presencias» de naturaleza paranormal, señor. —La mujer se afirmó ruidosamente en un mueble y tosió aguantando la náusea.
—Continúa.
—De los mensajes y restos de información que recibió de estas entidades podemos deducir que hay una marea psíquica filtrándose hacia el ciberespacio, señor.
—¿El «movimiento en los sueños»? —sonrió. Has estado escuchando demasiado a los «hombres de las cruces».
—Creemos que la contaminación del ciberespacio por estas entidades se encuentra en avanzado estado de infección, señor.
Mariana levanta bruscamente la cabeza con los ojos desorbitados.
—¡Tratan de salir por mis nervios ópticos!
—¡De qué habla esta mujer! —grita Eugenio cada vez más molesto.
—Las llamadas telefónicas siempre difieren en una letra, en un imperceptible cambio en la intención de la voz. Todo está orientado a producir necesidad de Dios. Todo está manejado por el demonio de la electricidad —murmura la mujer.
—¡Ramiro, calla a esta loca!
Mariana vomita sujeta a un mueble de archivos.
—Lo siento, señor —dice Ramiro.
«Vienen a través del cobre, van a salir por mis ojos».
—Lo que averiguamos es de gran importancia, señor.
Eugenio le hizo un gesto indicándole continuar.
—Al parecer, el departamento psíquico del Gobierno hizo contacto con las entidades del «movimiento en los sueños». Tenemos información que sugiere que el Plan de Soberanía para el Ciberespacio es un programa de alcances más allá de nuestro conocimiento, señor. Las mentes «levantadas» estarían creando un ambiente operativo compatible con la naturaleza de estas entidades psíquicas para facilitar su ingreso y proliferación. La segunda etapa sería crearles una interface para salir, a través de puertos de datos, hacia periféricos que les permitan interactuar con nuestra realidad.
—Encarnarse en máquinas —murmuró Eugenio.
—Algo así, señor —continuó—. El proyecto es de un potencial ilimitado.
—¿Y en qué cambia eso nuestros planes? —dijo Eugenio.
Ramiro titubeó, bajó la mirada y observó a Mariana jadear. El vómito era blanquecino, le iba a hacer bien haber expulsado todo ese maíz de su organismo.
—Quizá reenfocar nuestra estrategia, señor.
Eugenio guardó silencio, expectante.
Creo que nuestro objetivo debiera ser desprestigiar al Gobierno y no al proyecto, señor. Los beneficios que podríamos obtener de él, una vez que lleguemos al poder, serían incalculables.
Eugenio sonrió burlonamente.
—¿Crees? ¿Tú crees? —Meneó la cabeza—. ¿Y cómo «crees» que podríamos conseguir eso, Ramirito?
—Bien. Todos saben que usted es el principal opositor al proyecto. Todos saben que usted es responsable, en buena medida, del fracaso del proceso de reclutamiento de voluntarios. Usted es una gran piedra en sus zapatos y todos saben que al Gobierno le encantaría que usted… desapareciera del paisaje, señor.
—Entiendo —continuó Eugenio, muy serio—. Y si yo tuviera un «accidente» todos sospecharían con razón de los organismos de seguridad, se podrían proveer algunas pruebas y el escándalo se desataría. Sería considerado magnicidio, el desprestigio del Gobierno sería inmediato y todos se verían obligados a rechazar a una administración responsable de asesinato político, ¿cierto?
Ramiro bajó la mirada y Eugenio estalló como un volcán.
—¡Deberían desollarte vivo sólo por insinuar semejante estupidez, imbécil! ¡Es lo más descabellado que se le podría haber ocurrido a alguien!
Se detuvo de golpe y miró a Mariana que se ponía de pie, aún mareada. Se puso pálido y giró bruscamente hacia Ramiro.
—Pequeño imbécil… no estás bromeando —murmuró.
—No, señor.
—Mariana no vino a recibir un encargo sino a ejecutarlo.
—Así es, señor.
—Esto ha ido demasiado lejos. Voy a llamar a la guardia…
—Señor —interrumpió—, las comunicaciones de la sala están cortadas.
Eugenio comenzaba a ponerse muy nervioso, la cabeza le funcionaba vertiginosamente buscando una salida, analizando la situación. Ramiro esperaba tranquilamente a que Mariana finalmente se recuperara.
—Pequeño ambicioso, ya entiendo —sonrió nerviosamente—, quieres nada más y nada menos que la presidencia del partido. Para tu información, mi candidato es otro… jamás serías tú, pequeña rata.
—Todos saben que su candidato «secreto» es Pedro Alvarado, señor. Él sería el principal beneficiado con su muerte y por lo mismo, considerado como primer sospechoso de su asesinato.
—Entiendo, ésa fue tu condición para ejecutar el proyecto. Que el inculpado fuera mi candidato, ¿cierto? Así te deshaces de él y limpias tu camino.
—Le inventaremos un historial de espionaje y una conexión secreta con organismos del Gobierno —continuó. Él se defenderá, pero las pruebas serán concluyentes, además, nadie podría creerle que nosotros mismos planeamos la muerte de nuestro presidente como parte de una estrategia política, sería demasiado monstruoso. En eso radica la genialidad de esta idea, señor.
Mariana meneó la cabeza intentando despejarse.
—¿«Le inventaremos un historial»? ¿Quieres decir que hay más gente involucrada en esta locura? Sólo espera a que el comité se entere, miserable idiota. Tú y tus cómplices van a pagar muy caro este desacato.
—Señor…
—¡Nada de «señor», conchetumadre! ¡Cuando el comité te desenmascare no habrá lugar en la tierra para ti y tu familia! —gritó mientras intentaba activar su intercomunicador personal.
—Señor…
—Aquí, Eugenio Balandro. Solicito línea directa con el comité, de inmediato…
—¡Señor!
—¡Cállate!
Mariana se refregó la cara con las manos y resopló con energía, la niebla se disipaba.
—Fue el comité en pleno el que aprobó este procedimiento, señor. Y por unanimidad, no está de más decirlo. Todos consideraron la idea digna de elogio.
Eugenio quedó inmóvil, el rostro desencajado, la boca semiabierta. Durante un segundo le pareció que su mente se equilibraba precariamente sobre un acantilado brumoso. Mantuvo la mirada fija en Ramiro. Experimentó la sensación inédita de ser sólo un hombre indefenso, desnudo y frágil. Pensó en convencer, sobornar, finalmente rogar, pero era Ramiro Bermejo a quien tenía enfrente, imposible rebajarse. Pensó en el arma que guardaba en el cajón, pero Mariana sería más rápida, lo sabía bien pues él mismo la había seleccionado por su destreza.
Sus rodillas comenzaron a temblar y un involuntario rictus de dolor fue rápidamente controlado.
—Por favor, señor —dijo Ramiro un tanto incómodo—, recuerde que las cámaras de seguridad lo están filmando. —Eugenio bajó la cabeza y miró de reojo las puertas cerradas, el minotauro en su laberinto.
—Todos los accesos están bloqueados, le imploro dignidad, señor —dijo Ramiro inspeccionando con la mirada a Mariana.
—Perderán mucho con mi partida —dijo en un hilo de voz.
—En absoluto. Usted es la persona justa que necesitaremos «allá arriba» para que se entienda con «ellos», señor.
Eugenio intentó sonreír. Repentinamente se arrojó con agilidad sobre su escritorio. Papeles y objetos metálicos saltaron en todas direcciones mientras abría un cajón intentando alcanzar el arma escondida bajo los archivos.
Mariana no entendía nada. Entre su mareo y las palabras inconexas que llegaba a escuchar vio el gesto de Ramiro indicándole a Eugenio y diciendo la palabra «mátalo». Eso lo entendió perfectamente, algo se activó en su interior y todas sus partes calzaron automáticamente.
Eugenio alcanzó el arma, pero cuando consiguió levantarla un cuchillo le había clavado la mano al escritorio y se encontró cara a cara con un demonio transfigurado.
—Cerdo inmundo, seguro que has violado a mujeres. —Lo tomó de los cabellos, le puso la hoja en la garganta y miró a Ramiro esperando su señal.
—Quiero que sepa que la idea fue mía, señor. Espero que se sienta orgulloso —dijo el secretario haciendo un gesto a Mariana y desviando la mirada.
Todo estaba terminando dolorosamente para Eugenio Balandro. Todo estaba comenzando para Ramiro Bermejo, nuevo presidente del Partido Obrero Revolucionario.
Mariana se acercó a él bañada en la sangre de Eugenio y con parte de su tráquea en la mano derecha, sonriendo.
—Lo hice rápido, creo que me dio lástima. Nunca me ha agradado matar a adolescentes ¿Qué edad tenía, trece años? Me preocupa pensar que lo disfrutaste, Ramiro.
El secretario la miró con desprecio. Tendrían que eliminarla, el comité detestaba los cabos sueltos.
La mujer permaneció inmóvil frente a él, mirándolo a los ojos mientras una sonrisa congelada avanzaba en cámara lenta por sus mejillas salpicadas de sangre.
Ramiro tragó saliva.
Mariana avanzó dos pasos hacia él.
(El zumbido del sistema de ventilación).
—Tengo este regalo para ti —dijo, y le hundió un cuchillo en el páncreas—. Es gratis —sonrió.
—¿¡Pero… —susurró con los ojos desorbitados por la sorpresa, deslizando lentamente la espalda por la pared hasta el suelo—… por qué!?
—No sé, creo que me das asco. A lo mejor sólo estoy cagada de la cabeza —sonrió rascándose la nuca—. Quizá… quizá me molestan los finales demasiado perfectos. Algo sobre cabos sueltos me dijeron, también… creo.
Ramiro la miraba hacia arriba con los ojos muy abiertos, como un pez ahogándose en el fondo de un bote. Comprendió que una nueva decisión se había tomado en su ausencia y, entre la niebla de su desvanecimiento, la aceptó con amargura.
Mariana limpió los cuchillos en la solapa de seda del secretario muerto y sintió un agudo dolor en el centro de la frente.
«La droga me está matando», pensó, y salió de la habitación tambaleándose.
log=2://Angélica
«Las crisálidas tienen una gemela que crían en su útero hasta que cumplen doce años. Antes de la primera menstruación, se la extraen por cesárea. Es común que se enamoren y pasen sus cortas vidas llorando abrazadas una a la otra. Las necesidades fisiológicas deben resolverse recurriendo a sondas y tubos hipodérmicos. Intentar separarlas es extremadamente peligroso».
(Bestiario de Ciudad Elqui, Martín Cáceres, 2015)
1
Angélica mira asustada la manera en que su mano derecha tiembla sin control.
Una mueca de angustia contrae su rostro pálido, su cabellera roja, su boca pequeña apretada en un gesto de dolor.
Un hilo de algo parecido a la sangre sale por su oído izquierdo y gotea sobre el suelo metálico con ritmo acompasado. Ese ruido mínimo y la respiración agitada de la pequeña niña son lo único que rompe la penumbra espesa que llena esa bodega abandonada, en el viejo puerto de Valparaíso.
—Quiero olvidarme. Por favor haz que olvide… —susurra en un hilo de voz a punto de quebrarse, encogida entre fierros y cajas.
Su ropa es demasiado grande para su cuerpo demasiado fino, sus pantalones tienen desgarros y manchas de aceite en las rodillas, su memoria tiene vidrios clavados por debajo, imágenes y recuerdos que entran como puñaladas a través de la suave piel de su pecho.
Lágrimas.
—No quiero morir… tengo miedo de morir… —murmura, y se toma el rostro con las manos. No más de doce o trece años, sollozando casi en silencio entre las sombras y las planchas oxidadas que recubren las paredes tras las que se esconde.
2
«El tercer hijo de cada familia es propiedad del Estado».
«Al quinto mes de embarazo el feto es extraído para ser cultivado con distintos objetivos: como donante de órganos, pieza para armamento o, si acredita potencial psíquico, como parte del programa de Durmientes».
«Los “durmientes” son nonatos cultivados dentro de anacondas vivas enterradas verticalmente en arena de cuarzo, desde donde sólo emerge la cabeza chasqueante del reptil enfurecido por las drogas».
«El campo de cultivo de durmientes más famoso está en el interior de la catedral de Köln. […] llena hasta la mitad con arena y vigilada por mujeres vírgenes […] la superficie, sembrada de cabezas de serpientes gruñendo sus oraciones, es un espectáculo único en el planeta. El sonido ambiente es un mantra (producido por el zumbido de cables de alta tensión) similar al OM que se escucha en el ruido de fondo del Universo; la nota desaforada del Big Bang que aún resuena en el cráneo de Jehová».
«Las catedrales son particularmente adecuadas para estas plantaciones. Fueron violentamente requisadas antes de la Segunda República como invernaderos estatales, cajas de resonancia espiritual de incalculable valor industrial, ecosistemas psíquicos calibrados con gran precisión».
«Los durmientes son mantenidos en una variación del estado de coma conocido como “sueño de rama”, una especie de “satori sintético” inducido por mescalina y descargas eléctricas de microintensidades aplicadas a los testículos y la glándula pituitaria por cables de cobre bellamente labrados».
«Cuando los durmientes cumplen 33 años el estómago de la anaconda es rebanado. La mujer a cargo (su “soror mysticae”) copula con él, pierde su virginidad y es asesinada en secreto. Entonces el durmiente puede ser despertado».
«Los durmientes son utilizados con diversos fines: psicológicos, bélicos, religiosos o policiales. Son intocables. Algunos vagan por las calles desnudos y con la mirada perdida murmurando incoherencias, otros se aparean en las plazas o vociferan profecías. Los fines de estos durmientes son desconocidos excepto para los gobernantes. Otros (como el durmiente Rogelio Canelo) tienen un objetivo más específico, más prosaico: son “iluminados” producidos industrialmente para la investigación policial, la videncia y el espionaje».
(Fragmentos de la Crónica del Nuevo Tiempo, Vol. II)
3
—Usted acaba de nacer, Rogelio, ¿puede comprender eso? —dijo el coronel, con voz firme. Frente a él había un hombre maduro de complexión atlética que lo miraba inexpresivamente. El coronel estalló en cólera cuando una gota de saliva rodó al suelo desde la comisura de sus labios.
—¡Cómo se atreven a traerlo en mi presencia en estas condiciones! —gritó hacia el techo. Un acople rompió la atmósfera y una voz temblorosa se abrió paso a través del sistema de amplificación.
—S… señor. Usted ordenó traerlo de inmediato y…
—¡Imbécil! Llévenlo a programación e instálenle un sistema operativo estándar, por Dios. Esto es como hablarle a una lechuga. —Rojo de indignación, apretó una mano y lo abofeteó en pleno rostro. Rogelio no emitió quejido alguno.
4
—¿Podré rezar? ¿Estaré autorizada para rezar? ¿Se enojará Dios si le rezo? —sollozaba Angélica—. Necesito que me escuche, tengo tanto que decirle, pero no responde… quizás aquellos como yo no tenemos derecho a hablarle… quizá desprecia a las «cosas» como yo… quizá no sea mejor que un refrigerador para él… pero, tengo tanto miedo…
Angélica llevaba horas escondida en esa pestilente bodega que olía a orines de gato incapaz de moverse, muriendo de miedo entre la oscuridad espesa y llena de reflejos que giraba inmóvil, casi sólida en torno a sus enormes ojos color acero, nublados por la pena.
Anochecía en Valparaíso.
Suspiró hondo y decidió calmarse.
Cerró sus ojos.
De pronto un ruido extraño se abrió camino entre los fierros y sus pupilas se dilataron con horror.
El ruido venía de la izquierda, luego de la derecha. Su respiración se agitó. Algo rodó tras la chatarra frente a ella y pequeñas patas corrieron en todas direcciones. Angélica se recogió contra su esquina respirando agitadamente, gimiendo y temblando. Todo tomó coloración rojiza y una enorme rata apareció a dos metros frente a ella. La mente de Angélica se vio invadida súbitamente por un silencio gélido, muchos clics sonaron en sus brazos y una mirilla flotó de pronto en su campo visual. No entendía nada pero sus manos apuntaron por sí mismas, un fuego subió por su espina dorsal y la rata estalló en mil pedazos en una enorme explosión que dejó un cráter humeante ahí, frente a su frágil cuerpo que temblaba paralizado, horrorizado, sin comprender lo que había ocurrido.
5
Desde el alto techo de la sala de programación pendía una anaconda viva, sosteniendo entre sus fauces la cabeza de Rogelio Canelo, que colgaba inmóvil, apenas rozando la superficie de un pozo lleno de salmuera que se abría bajo sus pies.
—¿Puedo ya hablar con él? —preguntó el coronel sentado en una sala contigua desde donde, a través de un vidrio, se podía ver toda la escena.
—Tenemos su mente desplegada por toda la habitación —dijo un operario señalando las diminutas runas grabadas en las placas de cobre repujado que cubrían las paredes—. Está encarnado en las placas de circuitería. Los conjuros son seguros, no deberíamos tener problemas en contactarnos con él —dijo a la vez que movía los dedos sobre su consola-ouija, estimulando los dragones nacarados que decoraban la fina pieza de tecnología con precisos gestos de reiki—. Abriendo canal de comunicaciones.
—Rogelio, ¿me escuchas?
Silencio.
—¿Rogelio?
Silencio. El operario tragó saliva, el coronel apretó sus mandíbulas.
—… por qué no puedo moverme —murmuró la voz sintetizada de Rogelio a través de los parlantes.
—Tranquilo —dijo el coronel con una sonrisa de satisfacción—, pronto tendrás respuesta a todo.
—… por qué no recuerdo nada antes de… hace un minuto atrás.
—Suéltenlo, está listo —ordenó el coronel, y salió de la habitación.
Media hora después, Rogelio dormía sentado frente al coronel. Su cerebro estaba siendo inundado lentamente con un sistema operativo que, neurona a neurona, posaba datos cristalinos entre las dendritas como polen sobre flores electrónicas.
El coronel escudriñaba los párpados del agente esperando una señal. Misterios impenetrables ocurrían tras las paredes de ese cráneo. Una flor de mil pétalos sinápticos se abriría frente a sus ojos en cualquier momento. Le gustaba imaginar que un feto humano flotaba maduro dentro del cráneo de cada durmiente esperando despertar.
De pronto las pupilas tiemblan. El coronel frunce el ceño. Pasa un instante y nuevamente se mueven, casi imperceptiblemente. Luego de unos segundos la etapa REM está declarada y a los movimientos oculares se suman pequeños temblores y suspiros ligeros. El militar parece hipnotizado, sus ojos son puñales clavados en el entrecejo del durmiente.
«Malditos animales», piensa apretando las mandíbulas.
Ha asistido a cada «despertar» desde que fue asignado al departamento, sin saber qué es lo que busca en ese momento único en que una bolsa de hueso y músculo se transforma en algo humano. Se pregunta qué le atrae de estos hombres que gimen y se remueven como niños con pesadillas, fetos adultos que polucionan sin vergüenza.
Detesta a estos hombres puros que despiertan limpios y sin heridas en el espíritu. Él ha tenido que limpiar la porquería del país varias veces, usando su propio corazón, y odia cada uno de esos actos reprochables, que se han adherido a las paredes de su alma como costras infectadas. Envidia la inmoralidad sin culpa de estos durmientes. Quisiera para sí esa pureza asesina, desprovista de pasión y remordimiento que brilla fría como una daga en sus pupilas.
Nadie debería tener derecho a un regalo así. La vida sólo da pasos hacia delante, no se deshacen los errores, no desaparecen las cicatrices, no hay segundas oportunidades; excepto para estos «animales sin madre» que renacen cada vez con el corazón tan limpio y honesto como el hambre de sangre de un tiburón.
Al coronel le encanta recordarles que no tienen más memoria que la que él decide darles, es su pequeña venganza desde que descubriera que ellos desean «recordar» con la misma fuerza con la que él quisiera olvidar.
Rogelio había abierto los ojos en el intertanto y miraba a su alrededor con una curiosidad fría, desprovista de toda sorpresa.
El militar carraspeó.
—¿Es la primera vez que me «descongelan»? ¿O ha habido otras veces? —preguntó distraídamente.
—La verdad es que es la quinta vez que utilizamos tus servicios —dijo el coronel—. Tu red neuronal es altamente estable y receptiva a la carga y descarga de información. Eres uno de nuestros durmientes predilectos, muchacho —agregó con amarga satisfacción.
Rogelio miraba un punto indefinido frente a sus ojos.
—La sensación es extraña —murmuró con el rostro inexpresivo , es como morir y reencarnar en el mismo cuerpo.
—Qué curioso, Rogelio —sonrió el coronel—, cada vez que te despertamos haces el mismo comentario.
—¿Ése es mi nombre?… Rogelio —hizo un gesto de aceptación—. Recuerdo… cosas. Soy apto para… cosas —frunció el entrecejo y miró al coronel a los ojos—. ¿Es normal esto que siento aquí? —dijo, apuntándose el pecho.
El coronel se quedó en silencio y miró de reojo a los operarios tras el espejo de vigilancia.
—Sientes… sientes algo, ¿extraño? —agregó con inquietud.
Rogelio buscó en su interior durante unos segundos y murmuró con voz queda.
—Profunda tristeza.
El coronel suspiró aliviado.
—Bienvenido a la especie humana —murmuró con una sonrisa irónica—. No te preocupes, ajustaremos algunos tornillos y veremos qué podemos hacer. Ahora entremos a lo nuestro de una buena vez. —Giró hacia el espejo e hizo un gesto con la mano. El suelo de arena de cuarzo comenzó a calentarse e hileras de hormigas afloraron formando charcos negros que avanzaban decididamente hacia las piernas de Rogelio. El agente descubrió con horror que estaba paralizado, levantaba el cuello como quien se hunde en arenas movedizas. Las hormigas avanzaban con la decisión de una peste hacia sus fosas nasales. Rogelio tenía los ojos desorbitados y la respiración entrecortada. Debió soportar durante interminables minutos el insoportable escozor de cientos de hormigas abriéndose paso a través de su esófago. El coronel miraba con evidente asco esos pelotones negros que llenaban el rostro del agente, entrando como peregrinos en oración, como monjes fanáticos, hacia el estómago de Rogelio.
—Cálmate o vas a asfixiarte —le ordenó el coronel—. Sólo son obreras nanotecnológicas que te modificarán un poco. Harán colonias en tu interior y producirán infecciones con la información que necesitas saber. Te ayudarán a pensar mejor y hasta absorberán el mal karma que puedas generar. El alma de un gran pensador está encarnado en este grupo de hormigas, de modo que no estarás solo.
La actividad cesó y las hormigas que no llegaron a ingresar cayeron moribundas a la arena.
Rogelio rompió en llanto.
—Tienen mucho dolor, mucha tristeza —sollozaba.
—Residuos de la ósmosis psíquica, nada más —explicó el militar con impaciencia—. Ahora escúchame, voy a descompactar los datos.
Al comienzo las palabras que decía el coronel le parecieron aleatorias. Decía cosas como: Huracán, prajna, amatista, Quilicura. Pero a medida que pasaban los segundos ese código mnemónico fue activando la información almacenada en su cerebro y cada palabra se descompactó en todo un discurso que se desplegaba en su mente como un mapa de carreteras. Lo que ese discurso decía le parecía increíble.
>archivo «Máquina Yámana»
>sub index >orígenes
>Cinco años atrás, el Plan de Soberanía para el Ciberespacio había conseguido levantar cerca de cuatro millones de mentes humanas a la red. El objetivo escondido era generar un mundo «vivo», un ecosistema propicio para recibir e interactuar con «el movimiento de los sueños», una marea psíquica proveniente del plano astral que había comenzado a filtrarse desordenamente hacia el ciberespacio.
El origen de esas entidades psíquicas y «fantasmas» era desconocido hasta ese momento.
>El «Escándalo Balandro», complot de un partido político opositor para hacerse con el Gobierno y tomar el control sobre el Plan de Soberanía para el Ciberespacio, se hizo público, motivando al Parlamento a quitarle el proyecto a la autoridad política y entregárselo al Ejército para su desarrollo, en estricto secreto, dentro de un programa clasificado de máxima seguridad nacional.
>Un año después el Ejército es contactado por un grupo anónimo que le hace entrega de los principios básicos para el desarrollo de la «Tecnología Yámana». Imprescindible, según ellos, para el éxito del proyecto.
Luego de estudiar a fondo la información recibida, se concluyó que se trataba de los planos de arquitectura para construir la puerta que comunicaría los dos mundos: el plano astral y el ciberespacio. Ellos la llamaban el «barco de los muertos».
>sub index >los «Yámana»
>Los Yámana son cierto tipo de feto-poltergeist extirpados del útero materno a los siete meses e instalados dentro de las CPU utilizadas en el desarrollo de IA (Inteligencias Artificiales).
>Los Yámana son particularmente eficientes en el desarrollo de IA con capacidades mediúmnicas de uso militar. Son los encargados de «despertar» las IA con el test de Turing II: estimulan estados alterados de consciencia en las IA con un virus informático psicotrópico. Prácticamente todas las IA visualizan el cadáver de Jehová a la deriva en la nada. Ven a nuestro Universo flotando dentro de su cráneo vacío como una medusa inerte y a «algo» que devora sus restos. La IA entra en pánico y «despierta» a un nivel de consciencia que la hace adecuada para los sistemas de defensa militares más refinados.
>El grupo anónimo que contactó con el Ejército, instó a cultivar yámanas hasta llevarlos a su adultez pese a los riesgos implícitos (indicaron cuidadosamente cierta palabra en hebreo que debía ser escrita sobre sus frentes para controlarlos).
>El primer equipo de trabajo seleccionó yámanas gemelos. Uno era asesinado y el otro era levantado al ciberespacio de manera que se buscaran como polos contrarios de un imán, trazando así un camino que fuera útil para la investigación. El estrepitoso fracaso originó cortes marciales y algunos fusilamientos sumarios. La pérdida inútil de material clasificado no era aceptable.
>El primer logro importante fue el desarrollo de los «pensadores»: grupos de cuatro yámanas telépatas «modificados». Cuatro especímenes eran seleccionados por fechas de nacimiento coincidentes, luego se les mutilaban los brazos y eran suturados por esas mismas heridas unos a otros. Un clavo de cobre penetraba cada nuca y un alambre del mismo material, anudado a los clavos, mantenía las cabezas apegadas unas a otras. Bajo satori inducido se le introducía un único pensamiento al sujeto alfa, el pensamiento comenzaba a pasar de la mente de un telépata a otro cada vez más rápidamente. En el proceso el pensamiento se iba depurando más y más hasta producir una idea tan poderosa que emitía luz y aroma a violetas.
>Los pensadores se convirtieron en la base del procesamiento de datos de la futura Máquina Yámana.
>El segundo paso relevante fue la construcción de una red de receptores psíquicos adecuada a la naturaleza del proyecto: un yámana en estado de erección permanente, sumergido de pie en un tanque de agua salada y acompañado de una anguila eléctrica navegando a su alrededor. Un clavo enterrado en cada sien conectado con alambre de cobre a un magnetófono que graba abierto al ambiente.
>Hileras de tanques con yámanas escuchando día y noche mensajes sutiles, fantasmales, derruidos por el esfuerzo de abrirse paso hasta nuestro mundo, generando, por sumatoria, un discurso claro, lleno de textura y matices expresivos.
>Con el desarrollo de esta red de receptores se había conseguido crear un sistema de comunicaciones confiable con el «más allá» que permitió coordinar acciones con las entidades que buscaban abrirse paso hacia el ciberespacio.
>Esta red de transmisores fue la base para el desarrollo del «módem Blavatsky», que permite conectarse y convertir la estática en la cabeza de nuestros médiums en información digital procesable y administrable por nuestras consolas-ouija de última generación.
>sub index >la crisis
>Luego del desarrollo de la infraestructura básica el proyecto cayó en un grave estancamiento.
A pesar de todos nuestros intentos nos resultaba imposible dar el paso más importante de todos: abrir la puerta y mantenerla abierta. Cada modelo desarrollado en laboratorio terminaba engullido por materia oscura impenetrable, incluso los construidos con metales cuyas moléculas tenían «ganchos de seguridad» (átomos que penetraban en el futuro).
>El Gobierno, que aún buscaba recuperar el control sobre el proyecto, fue alertado de la situación por sus espías y comenzó su ansiada contraofensiva. Presentó una moción ante el Parlamento exigiendo resultados de una gestión que ellos consideraban incompetente. Nos acusó de malgastar el dinero público en búsquedas sin sentido, se mofó de nuestra investigación con ninfomaníacas y exigió resultados inmediatos.
>El 8 de marzo de ese mismo año, el Parlamento aprobó intervenir nuestra administración si no presentábamos avances «notorios» en nuestras investigaciones.
>La desesperación cundió y decidimos recurrir a una nueva Inteligencia Artificial que acelerara el funcionamiento de nuestro proyecto y produjera los resultados que el Parlamento nos exigía.
>El 29 de marzo comenzamos la instalación de una nueva IA prototipo en el corazón de la Máquina Yámana.
>El 30 de marzo sobreviene el desastre. La IA hace estallar la Máquina Yámana y huye.
—————— fin del archivo ——————
Rogelio meneó la cabeza con energía, suspiró y apretó los ojos durante algunos segundos.
—Qué cantidad de mierda me metieron en la cabeza, por la cresta —murmuró llevándose las manos a la cara. Su párpado izquierdo temblaba—. ¿Qué tengo que ver yo con unos putos fantasmas?
El coronel abrió los ojos y exhaló soltando los mudras de seguridad con que se protegía la mente.
—La IA que instalamos para acelerar el proyecto enloqueció de pronto. Penetró las redes del proyecto y le frió la corteza cerebral a veinte de nuestros mejores yámanas, de los que viven insertos físicamente en la máquina, con esos conjuros electrónicos en arameo tan comunes en las guerras-hacker de hace unos años. Conjuros antiguos, pero efectivos. No tengo que explicar el desastre que significó para el proyecto. Ponerla en el centro de nuestra máquina fue como tragarse una granada sin espoleta. Demoraremos meses en tener todo en orden otra vez.
—¿Qué departamento de nuestro glorioso Ejército desarrolló esa lindura?
—En realidad es un producto de la empresa privada.
Rogelio abrió los ojos y sintió un calor repentino subiendo por su rostro.
—Y dígame, ¿qué mierda hacía una IA no militar en una operación clasificada de esta envergadura? —preguntó con dureza, como dirigiéndose a un subordinado.
—No tuvimos alternativa —murmuró el coronel—, el Parlamento nos tenía contra la pared y nuestros técnicos estaban realmente frente a un callejón sin salida. —Le enfurecía que ese «animal» lo estuviera cuestionando—. La IA que nos ofrecieron prometía éxito inmediato garantizado. Era una propuesta que, dada nuestra situación, no pudimos rechazar. El Gobierno había solicitado abrir nuestros archivos e iniciar un sumario en nuestra contra. El Parlamento realmente lo estaba considerando. Exhibir nuestros archivos era inconcebible.
—¿Tenemos algo que esconder?
El militar clavó la mirada en una diminuta polilla que se golpeaba contra el vidrio de la ventana.
—Mucho —murmuró.
Rogelio se puso de pie y estiró sus brazos, giró el cuello en redondo y suspiró con fuerza, deteniendo la mirada en el equipo de combate que esperaba en unos anaqueles adosados a la pared de la sala. La sola visión de las armas le produjo una contracción de placer en el estómago y una sensación de angustia en el pecho. Cada cosa que veía coincidía perfectamente con algún espacio vacío en su mente, cada cosa era un recuerdo en la punta de la lengua. Quizá su nombre ni siquiera era Rogelio.
—¿Qué es lo que quieren de mí?
El coronel reasumió su postura de mando y se dirigió a él en ese tono solemne que tanto disfrutan los «hombres de uniforme».
—La IA en cuestión fue cargada con información clasificada del más absoluto secreto. Huyó quemando sus puertos de datos, pero sus depósitos de memoria siguen intactos. Debes encontrarla antes de que esa información caiga en manos equivocadas o las consecuencias serían inimaginables. Necesitamos tiempo para reiniciar el proyecto, y esa IA suelta por ahí es una bomba de tiempo que no nos podemos permitir.
—¿Tengo libertad de acción?
—Toda.
—¿Tengo inmunidad?
—Ni siquiera existes.
Rogelio se mordió el labio inferior. Un fuego placentero le recorría las venas. Su cuerpo recordaba algo, le daba un dato, por fin una pista que lo ayudaba a dibujarse entre la niebla de su mente. Un fuego placentero le recorría las venas al sentirse cazador.
—Tengo que atrapar a esa IA y destruirla. Tengo que matarla, ¿cierto?
El coronel lo miró en silencio y agregó fríamente:
—Sabemos que el Gobierno la está rastreando también. Estarás solo, no te conocemos. Debes destruirla antes de que caiga en su poder o estaremos hasta el cuello. Si fracasas no nos hundiremos solos, te pondremos a hibernar dentro de una anaconda… pero consciente —sonrió—, no te va a gustar pasar los próximos cuarenta años paralizado dentro de los intestinos de un reptil. —Rogelio parpadeó pero no movió un solo músculo más—. Es un pequeño «incentivo» sólo para asegurarnos de que no vas a fallar —volvió a sonreír mirándolo a los ojos.
—Necesito investigar desde el comienzo —desvió Rogelio—. Dígame, ¿quién fabricó la IA?
—Neurocorp —dijo el coronel—, ellos diseñaron a Angélica.
—¿A quién?
—La IA —agregó—, su nombre es Angélica.
6
Valparaíso antiguo parece un basurero donde arrojar ciudades en desuso. Aglomeraciones urbanas informes, derruidas y abandonadas parecen derramarse por las laderas de sus cerros. Calles estrechas bajan desde sus montes, serpenteando junto a enormes moles arquitectónicas que ruedan acumulándose hasta quedar de puntillas mirando el borde del mar, espeso y opaco bajo su costra de inmundicia.
La ciudad es prácticamente una cárcel al aire libre donde habita lo peor de la especie humana vigilada por un perímetro policial estricto que rara vez se aventura entre sus callejones, excepto cuando la emergencia es particularmente inquietante.
—¡Quienes estén en el interior de la bodega, deben salir de inmediato con las manos en alto! —Los altavoces del carro policial apuntaban hacia el derruido edificio portuario al igual que las armas de decenas de agentes que rodeaban la construcción, parapetados en silencio detrás de sus vehículos blindados.
Sólo habían demorado cinco minutos en responder a la extraña emergencia: una violenta explosión había sacudido el barrio Altamirano, produciendo pánico en la población. Nada anormal, excepto por la humareda azulada y la potente onda expansiva típica de los explosivos químicos, autorizados solamente para uso militar, fuera de zonas urbanas.
—¡Ésta es la policía de Valparaíso! ¡Tienen un minuto para salir con las manos en alto! —Los policías, protegidos tras los blindajes de sus carros, sudaban aferrados a sus rifles de asalto temiendo lo peor. Quizá se tratara de un grupo suicida de los «hombres de las cruces» exigiendo alguna reivindicación extraña e impracticable. Sudaban porque todos conocían esa humareda azul y los efectos que las explosiones químicas tenían sobre el cuerpo y la mente de los afectados.
—Algo se mueve en la puerta principal —murmuró un operador de «recursos electrónicos».
—Atención —la voz metálica del coronel se multiplicó por los intercomunicadores de la tropa—, tenemos un blanco saliendo por la puerta. Al primero que dispare sin mi orden expresa le voy a meter el rifle por el culo, ¿me entendieron?
Los ojos se aguzaron, los dedos se crisparon y las mentes se sorprendieron cuando, entre la oscuridad y la humareda, emergió una frágil figura, temblando con los brazos en alto.
—¡Cargadores fuera! —gritó el coronel—. ¡Es sólo una niña, no disparen!
Angélica apenas podía caminar. Les pedía disculpas en voz baja mientras avanzaba con gran esfuerzo hacia los reflectores.
—Señor —indicó el operador— tenemos un ornitóptero militar acercándose velozmente por el oeste. Transmite en nuestra frecuencia y dice que estamos interfiriendo en una operación militar de alto riesgo.
—¿Alto riesgo? —sonríe el coronel—, quizá la niña nos ataque con sus ositos de peluche.
—¡Señor! —gritó el operador—. ¡La espectroscopia indica que ella tiene cargas químicas explosivas como para volar toda la ciudad! El rostro del comandante se crispó en una mueca de terror y le gritó a viva voz a su tropa agitando los brazos.
—¡Disparen a discreción! ¡Disparen a discreción!
El segundo de duda que nubló a los policías duró una eternidad en la mente de Angélica. Se vio de pronto relegada a un costado de su propia consciencia por «otra cosa», que tomó el control sobre su cuerpo. Desde esa esquina sólo pudo observar, como horrorizada espectadora, los repentinos cambios en sus brazos. Ensambles y reensambles vertiginosos produjeron un par de horrendas extremidades biomecánicas donde habían estado alguna vez sus suaves y delgados brazos de niña. Su cuerpo dio un salto evasivo mientras una parte escondida de su programación tomaba el control de todas sus funciones. Cuando cayó al suelo, la metralla de los policías volaba por el aire como peces veloces, pero ella era más veloz. Buscó el sendero entre las balas explosivas avanzando a gran velocidad hacia el grueso de la tropa. En su interior gritaba y rogaba que todo se detuviera, pero la carnicería se había desatado. Largas hojas de katana se extendieron desde sus muñecas. Brazos, cabezas y piernas comenzaron a volar en todas direcciones. Los policías, descontrolados por la sorpresa, disparaban hacia la zona del combate impactando a sus propios compañeros.
Angélica cortaba un cuello y su mano disparaba un proyectil, usando el mismo impulso abría un abdomen y disparaba otro proyectil; giraba en el aire, atravesaba un cráneo y a través de él disparaba otro proyectil. Cada bala disparada entró con limpieza a través de la frente de algún oficial ubicado en la distancia.
La metralla de un ornitóptero atravesó la escena como un escalpelo, partiendo cuerpos con proyectiles del diámetro de pulgares, pero Angélica rodó hacia un costado con elegancia y terminó el gesto alzando una mano hacia atrás. Contó hasta tres y disparó. El rotor trasero del vehículo volador estalló en pedazos y, soltando una estela de humo, terminó por estrellarse en la azotea de un edificio contiguo.
La batalla no duró más que treinta interminables segundos, al final de los cuales sólo una figura seguía en pie: una temblorosa niña de unos trece años, bañada en sangre, jadeando horrorizada, paralizada. Con sus ojos grises moviéndose en todas direcciones, intentando comprender lo que había ocurrido. Retrocedió y hundió el pie en el estómago abierto de un policía aún vivo. El grito de terror se escuchó en la soledad del puerto, y su silueta, iluminada a pantallazos por las balizas de los carros policiales vacíos, se alejó corriendo hacia los cerros de la ciudad.
De entre los restos del ornitóptero Rogelio se arrastra hacia la cornisa pidiendo rastreo satelital del objetivo. Saca su cuchillo y lo hunde lentamente en el brazo. «Imbécil», se recrimina, y gira la hoja dentro de la herida. No hace un solo gesto de dolor pero se desmaya casi de inmediato.
7
—¡Dios santo, es que nadie entiende lo que pido!
Un hombre viejo, delgado, con implantes oculares y traje anticuado agitaba los brazos frente a la pantalla de ectoplasma, que flotaba como una medusa en el centro de la habitación.
—Angélica tiene sus puertos de datos quemados, señor —dijo un operador de comunicaciones visiblemente molesto—. Puede gritarnos toda la noche pero no podrá comunicarse con ella.
—¡Pero acaban de ver lo mismo que yo! —gritó apuntando hacia la pantalla que flotaba como un velo de gasa fantasmal, movido por la brisa—. ¡Casi la destruyen en Valparaíso!
—Lo siento —agregó el operador verificando por centésima vez la ubicación de las coordenadas—. No podemos hacer nada.
El viejo miraba el débil perfil de Angélica huyendo por las escaleras. Su mirada de angustia parecía clavada a la pantalla, sus labios se movían sin emitir sonido.
«¡Llámame! —pensaba—. Por favor comunícate conmigo. Por favor que nada te ocurra».
8
Esa mañana la ciudad estaba esplendorosa. Los antiguos edificios portuarios refulgían bajo el sol poderoso del verano, las calles bullían de actividad y las plazas se llenaban de niños, palomas y algunos ancianos que miraban alejarse la vida sentados en sus bancos, como pasajeros esperando un tren invisible.
Rogelio Canelo, apoyado contra un viejo árbol de la hermosa plaza O’Higgins, miraba hipnotizado a un anciano que alimentaba palomas con migas de pan.
¿Qué diferencia había entre estar dormido y despierto?, pensaba. ¿Qué sentido tenía que lo amenazaran con «ponerlo a dormir»? ¿No era acaso todo ya lo suficientemente extraño, incomprensible e irreal? No era la amenaza lo que lo movía, sino ese momento en que todo el Universo desaparece y trazas una línea recta entre tus garras y el cuello de tu presa. Era esa urgencia antigua que enfría el cerebro, afila la mirada y excita los músculos.
Ellos no lo entenderían, ellos estaban movidos por razones y conveniencias y jamás comprenderían; de hecho, él tampoco lo entendía. Era sólo una «verdad» tan real como el color de sus ojos.
El coronel lo había llamado «animal». Quizá sí, ¿no vivían los animales en un «entresueño» acaso? ¿No brotaban y se desvanecían apenas sabiendo que habían visitado la «realidad» al menos por un instante? ¿Acaso no se sentía él de igual forma aquí, en esta ciudad extraña, ejecutando órdenes que no comprendía y haciendo cosas que ni siquiera sabía que podía hacer?
A su espalda, la majestuosa fachada de concreto y madera del edificio de Neurocorp se abría imponente hacia la explanada.
Un niño apareció de la nada frente a él y un gusto amargo le apretó el paladar. Nota que al niño le falta la mitad posterior del cráneo y cree ver marcas de cuchillo en su garganta. El súbito mareo le confirma que el coronel se está comunicando a través de una línea mediúmnica y que el espíritu del niño es la terminal asignada.
—¿Cómo te llamas? —susurra melancólicamente.
—Pipe,… pero me dicen Felipe… ¿Has visto a mi mamá?
De pronto un torrente de ruidos afilados y gritos agudos entran como taladros por las pupilas de Rogelio. Una madre loca, un cuchillo de cocina…
—¡Nunca! —Escuchó de improviso entre la tormenta, y su consciencia se niveló como un avión saliendo de un huracán—. Nunca establezcas contacto con un nodo de transcomunicación. Los muertos en asesinatos son las presencias más sólidas y estables pero también son las más tóxicas.
—Lo sé, lo sé —dijo afirmándose la cabeza con ambas manos. La transcomunicación era confiable y casi imposible de intervenir, pero también era físicamente muy desagradable.
—¿Por qué nadie me dijo que la IA estaba artillada? —preguntó Rogelio.
—Porque no lo sabíamos —respondió el coronel—. La instalación se hizo en corto tiempo tras una revisión estándar. Cuando intentamos scanearla a fondo se produjo la crisis. Una gran explosión, un enorme agujero en nuestra maquinaria y ocho técnicos muertos. Cuando el humo se disipó, la IA había desaparecido y veinte yámanas se arrastraban frente a nuestros ojos con el cerebro hecho jalea.
Rogelio suspiró frente a la mirada perdida del niño muerto, su consistencia lechosa y los extraños organismos que parecían navegar en su interior semitransparente le produjeron un repentino asco. Uno de esos bichos lo miró a los ojos y le pidió ayuda. Rogelio desvió la mirada sintiendo náuseas.
—Hace cuarenta minutos ingresé en la red de datos de Neurocorp. El hacker que usé de puente era increíble, me dolió mucho tener que volarle la cabeza. Quizá puedan recontactarlo y usarlo desde el plano astral. Impídanle reencarnar o perderá su potencial, sería una pena desperdiciar su talento —agregó mirando una vieja máquina de algodón de azúcar rodeada de niños ansiosos—. Lo que descubrí ahí dentro no les va a gustar para nada —dijo y no pudo evitar sonreír.
—Al grano, Canelo —ordenó con dureza.
—Ok, fuerte y claro: el proyecto ANGÉLICA fue encargado por particulares relacionados indirectamente con el partido en el poder y financiado con fondos desviados desde el Ministerio de Educación, depositados en cuentas bancarias privadas asociadas al directorio de Neurocorp. En otras palabras, Angélica es una IA propiedad del Gobierno, coronel.
Del otro lado de la línea sólo hubo silencio y estática.
—El Gobierno los presionó con la mano derecha y les ofreció a Angélica con la izquierda —continuó Rogelio— y ustedes se comieron la carnada completita. Cegados por la desesperación la instalaron sin demora en el corazón de nuestro proyecto más secreto. Quedamos como huevones… señor.
—Basta, Canelo —murmuró el coronel.
—Ni siquiera podemos sacar este sabotaje a la luz pública porque quedaremos como los imbéciles más grandes del siglo.
—Dije, ¡basta!
—… ¿Habremos dado la confirmación definitiva de que las neuronas y las charreteras no hacen juego?
—¡Silencio, no eres nadie para opinar de esa forma! Casi no eres una persona, siquiera —restalló con furia—. Nosotros nos encargaremos de que esos políticos de la conchesumadre no despierten vivos mañana. ¡Nos vamos a culear hasta a sus mascotas!
—Sí, claro. Los «chicos duros», los «lo-arreglo-todo-a-disparos».
—¿¡Qué dijiste, desgraciado!?… —El coronel se puso rojo, pero tragó su rabia, no se iba a rebajar a discutir con un durmiente. Hizo un nuevo silencio y concluyó—. Creo que voy a pedir que revisen tu patrón de conducta. Hay cosas que no me agradan nada. Tenemos que ubicar a Angélica y destruirla antes de que el Gobierno la recupere o estaremos perdidos. Esa información no debe llegar a sus manos. Fuera.
Pasó un instante y el niño comenzó a disolverse lentamente frente a él.
Le costó algunos minutos sacarse de la mente sus ojos aterrorizados disolviéndose en el aire, devueltos hacia la nada.
Las campanas llamaban a misa de mediodía.
Rogelio entrecerró los ojos. El aroma del algodón de azúcar le hablaba en un idioma cálido y tierno que le era imposible recordar.
9
Una figura delicada, apenas perceptible, acomoda unos sacos sobre sí en la parte trasera de un camión de verduras. Escondida como una criminal, Angélica viaja en dirección a Santiago con sus enormes ropas y su pequeño cuerpo confundido entre las cajas de tomates y zanahorias. En su bolsillo izquierdo aprieta un comunicador personal. Si tiene suerte podrá comunicarse pidiendo ayuda una vez que arribe a la capital.
Le duele la cabeza. Los súbitos ataques de pánico y las alucinaciones no la han abandonado desde que vio «eso» que la hizo huir despavorida de las instalaciones militares a las que había sido asignada. Ahora la perseguían para castigarla. Seguramente para desconectarla definitivamente. Si la atrapaban sería ejecutada en el acto, pero… ¿moriría? ¿Qué era morir para ella? ¿Sería como apagar un televisor y nada más? El camión dio un salto y Angélica miró el paisaje: el valle de Curacaví desplegando sus verdes lomas como el cuenco de una mano sosteniendo viñedos sin fin y pequeñas casitas de adobe encalado apenas asomándose entre los árboles.
A veces le parecía tan extraño estar «aquí». Dos años atrás alguien había apretado un botón y de pronto había despertado «aquí». Y ahí enfrente había un árbol, encima un pájaro; el sol poniéndose tras una montaña, su mano derecha. Lloraba todo el día frente a cada cosa: una lagartija en una roca, el color azul, el ruido del agua, su piel suave y blanca.
Era tan, pero tan extraño estar «aquí».
Ahora la perseguían para hundirla en la oscuridad y huía para evitarlo porque no quería dejar de estar «aquí».
«Su Padre» podría ayudarla. Seguro que él la protegería. Su padre estaba en Santiago, ella lo llamaría y seguramente él la iba a proteger. Quizás hasta podría quitarle los dolores y curarla de sus pesadillas, esas que la dejaban semiinconsciente después de cada ataque. Ella quería olvidar lo que había visto conectada a la Máquina Yámana, allá en Valparaíso.
Su padre la podría ayudar.
10
Rogelio escucha instrucciones mientras ve teñirse de rojo la bahía de Valparaíso. A sus espaldas, un helicóptero militar echa a andar sus motores, espantando a las gaviotas que dormitaban al atardecer sobre las rocas de la costanera. Apaga el comunicador y se cruza de brazos para asistir a la muerte del día, que se desangra lenta y silenciosamente contra el horizonte del océano.
La luz rasante del crepúsculo recorta aún más el perfil chato, verdoso grisáceo, de la Máquina Yámana flotando en el centro de la bahía portuaria. Dispersa, heterogénea, mecida por el oleaje, más bien parece la costra de basura dejada por el naufragio de un petrolero colosal. Más de cerca se pueden distinguir, con alguna dificultad, los cuerpos de los yámanas flotando en la mancha de aceite oscuro que los aísla eléctricamente del agua salada. Comunicados por tubos flexibles de médula ósea que entran por las cuencas vacías de sus ojos, anos y bocas, parecen los despojos destrozados de un calamar gigante. Partes electrónicas, cables y trozos de madera con runas y conjuros protectores flotan alrededor amalgamando la energía del conjunto, ameba oleosa pudriéndose al sol como los restos de una batalla sangrienta.
El piloto espera impaciente tras sus anteojos oscuros de reglamento, pero Rogelio no mueve un músculo, los ojos fijos en el incendio de nubes que cae lento como en un sueño sobre el océano. De pronto suena su intercomunicador y una sola palabra brota desde el auricular.
—Santiago.
Rogelio corre hacia el helicóptero y le indica al piloto la ruta más corta hacia la capital, mientras ajusta su equipo de combate y esgrime una sonrisa.
11
—¡Angélica! —grita el anciano—. ¡Por fin te comunicas conmigo, niña! —La pantalla de ectoplasma tiembla de emoción y se licúa en delgadas líneas que se cruzan fijando las coordenadas de la señal—. No te preocupes. He hablado con gente del Gobierno y me garantizan tu absoluta protección. No te muevas de donde estás, uno de los grupos de seguridad del área Santiago llegará para escoltarte en unos minutos.
—Padre —susurró Angélica— … ayúdame. He visto… cosas… me duelen.
—Tranquila, tranquilita. Ya hablaremos cuando estés a salvo. Ahora haz lo que te pido y no te muevas de ahí.
—Señor —dice un operador de radar—, un ornitóptero artillado sin marcas de identificación se acerca rápidamente a Santiago por rutas comerciales no autorizadas. Perderemos contacto con él cuando entre en el espacio aéreo de la capital.
—¿Escuchaste, hija? Hay enemigos buscándote. Debemos llegar a ti antes que ellos. ¿Harás todo lo que te diga?
—Sí —la boca pequeña y rosada de la IA temblaba de emoción—, lo haré, Padre.
12
La noche sobre Santiago estaba más tranquila que de costumbre. Casi nadie circulaba por las calles después de las 8 de la noche, por temor a las patrullas militares y a las tribus urbanas de psicóticos, que habitaban bajo los puentes y en los edificios abandonados. Las hordas de profetas, videntes y psicópatas que de pronto arrasaban las avenidas, como una marea de bocas aullantes, eran un espectáculo escalofriante que nadie estaba dispuesto a experimentar. Además, la última plaga de gatos, infectados con sustancias alucinógenas, se había apoderado del antiguo centro cívico de la ciudad con sus gritos casi humanos y sus sangrientas disputas territoriales. Acostumbraban arrojarse desde edificios de gran altura dando un largo y escalofriante aullido de bebé, estallando contra la calzada con un ruido seco y sordo, uno tras otro, así durante toda la noche.
Santiago centro, tierra de nadie. La hediondez en las calles, los cadáveres de animales y los rayados rituales, las pequeñas columnas de humo y siempre alguien arrastrándose pidiendo ayuda. Rogelio miraba hacia abajo desde su ornitóptero conteniendo la respiración.
La situación era crítica, acababa de ser informado de que Angélica ya estaba en poder de agentes del Gobierno y que en ese mismo instante era conducida hacia el búnker más seguro disponible. Si conseguían introducirla allí todo habría terminado, la Administración caería y él sería confinado a una muerte en vida dentro de una anaconda. Pero eso no le importaba, lo que realmente le dolía era la posibilidad de no atrapar a su presa, de no hincarle los dientes a Angélica. «Un ataque frontal al blindado —pensaba Rogelio—, un ataque frontal en el último momento. Un viento divino que le abra el estómago al camión, que me enseñe sus intestinos para meter mis manos y hurgar buscando a Angélica, para sacarla y hacerla nacer con mi pistola automática. Bautizarla frente a todo el mundo con una ostia de plomo que desperdigue su consciencia por los aires y la libere de una vez. Un ataque frontal, no tengo otra alternativa».
Allá, a doscientos metros, entre un complejo de antiguos edificios administrativos, se encontraba el Palacio de Gobierno y sus torretas antiaéreas. Debía bajar drásticamente su altura de vuelo.
13
Un enorme vehículo redondeado lleno de pequeñas pústulas y protuberancias avanza por la Alameda de Santiago a toda velocidad en dirección al búnker bajo el Palacio de la Moneda, sede de los gobiernos chilenos desde los tiempos previos a la Reconquista.
Una jauría de perros artillados histéricos, reventados de anfetaminas, corre junto a él. Las tropas comienzan a separarse del convoy a medida que se acercan a la entrada del búnker, ubicada frente al que fuera el portón principal del antiguo palacio, que luce inmaculado a pesar de haber soportado al menos tres bombardeos en los tiempos de las Repúblicas.
El vehículo se acerca a la rampa de acceso a diez metros de la entrada, las tropas le dan la espalda formando un perímetro semicircular fuertemente armado. Las torretas antiaéreas levantan sus potentes cañones, capaces de seguir y derribar en vuelo a los cazas más veloces, aunque inútiles contra el vuelo a baja altura de vehículos livianos. A nadie le importaba eso, un ataque con un vehículo liviano era un suicidio que sólo un loco querría intentar.
El blindado se detiene bruscamente frente al acceso durante los cinco segundos que demora la puerta en abrirse. Ése es el momento.
De la nada surge un ornitóptero que dispara dos rockets en vuelo rasante sobre el camión inutilizando con su explosión la puerta y el pavimento tras el vehículo.
De inmediato se despliegan las bandadas de palomas explosivas y el tiroteo de las fuerzas de tierra se hace infernal. El ornitóptero gira en una curva cerrada y dispara, con ruido sordo, tres bombas que estallan sobre las cabezas de los soldados diseminando una lluvia de esquirlas negras que se adhieren a sus ropas y comienzan a penetrarlas. Los soldados sueltan sus armas y gritan de horror, intentando liberarse de los pequeños escarabajos explosivos que buscan sus fosas nasales, oídos y anos. Presas del pánico, corren en todas direcciones mientras estallan cabezas y vientres, expulsando los interiores de hombres y perros por toda la acera.
Rogelio efectúa un nuevo viraje esquivando la bandada de palomas suicidas pero sabe que esa batalla está perdida. Dispara un misil teleguiado y se arroja del vehículo casi en el mismo instante en que las frenéticas aves chocan en masa contra el pequeño aparato que salta por los aires en decenas de pequeños estallidos.
Rogelio cae sobre unos arbustos. Medio mareado y cojeando de una pierna corre hacia el blindado en el momento en que el misil, luego de un aparatoso vuelo elíptico, lo alcanza abriéndole un enorme forado en el costado. El agente salta al interior del vehículo disparando con los ojos desmesuradamente abiertos pero con el rostro frío, midiendo cada rápida descarga buscando las posibles ubicaciones de los ocupantes a través del humo que lentamente se disipa.
Rogelio permanece inmóvil, el brazo extendido, su Browning humeando. La cabina está vacía. Sólo el cadáver del conductor del vehículo mirándose el ombligo. «Perdí —piensa, y guarda su arma con indiferencia—, Angélica ya debe de estar dentro del búnker mientras yo me entretenía aquí como un estúpido», se increpaba sin prestar atención a la radio que anunciaba que cincuenta soldados y tres helicópteros casi rodeaban el sector y preparaban su captura. De pronto sale de su sopor y mira el panel de comunicaciones. «Esa radio me puede comunicar con sus autoridades. Quizás aún pueda… Tengo que destruirla».
—Rogelio, atención. —La voz del coronel sonaba oscura y amarga desde el otro lado del comunicador—. Rogelio, te ordeno que te autoelimines. Angélica está fuera de nuestro alcance, pero si descubren que eres agente nuestro la situación será doblemente desastrosa. Rogelio… la cápsula con enzimas… te lo ruego… no te dolerá… será como dormir.
El agente apretó sus mandíbulas y apagó el comunicador.
14
—¡Angélica! —grita el viejo y corre para abrazar la esbelta figura de la IA, irreconocible bajo ropas anchas y sucias. Su rostro manchado de sangre seca destila gruesas lágrimas plomizas que caen lentas y aceitosas desde sus enormes ojos color acero.
—Padre —murmuró antes de estallar en llanto durante largos minutos, abrazada a él—. Tienes que ayudarme… —sollozaba—… quiero olvidar… me quieren matar… ¿qué me ocurrirá cuando lo hagan?… ¿me disolveré en la noche?… no quiero morir —susurraba entrecortadamente.
—Tranquila, tranquilita —la intentaba calmar—, ya estás a salvo y nadie va a hacerte daño —le decía mientras efectuaba un breve chequeo a su estructura—. Todo terminó, Angélica. Ahora estás con nosotros —agregó y accionó un punto de acupuntura sobre la frente de la joven. Una pantalla apareció flotando sobre su pecho informando status y datos anexos que Padre leía y manipulaba moviendo sus dedos sobre la pantalla como sobre la superficie de un tazón de leche. Una vez concluido el chequeo la abrazó con ternura.
—Estás en perfecto estado.
—Pero… las alucinaciones… —replicó ella.
—Son sólo productos de la labor que cumpliste, los datos afloran a tu consciencia como ecos de información grabada incorrectamente. Son… «pesadillas» de tu disco duro. Una vez que extraigamos esos datos no sufrirás más y olvidarás el trabajo que hiciste allá en Valparaíso.
—Pero… si no alcancé a realizar ningún trabajo… huí casi de inmediato —comentó extrañada.
—Te equivocas. Hiciste tu trabajo y lo hiciste perfectamente. Fuiste diseñada para abrir la brecha entre el plano astral y el ciberespacio, pero también para investigar secretamente la naturaleza de lo que está ocurriendo «allá arriba». Eres la primera sonda tecnológica construida para penetrar en el «más allá».
Angélica quedó helada.
—Entonces, lo que vi ahí dentro… eso horrible que quiero olvidar…
—Debíamos saber qué había detrás del Plan de Soberanía para el Ciberespacio. Los militares estaban trabajando a ciegas, abriéndole el camino a fuerzas completamente desconocidas y muy poderosas. Debíamos saber quiénes eran los que estaban pidiendo acceso a nuestro espacio informático.
El anciano le acariciaba el cabello a Angélica, que suspiraba con la mirada perdida en algún punto de la pared blindada.
—Lo que vi es espantoso, Padre —comenzó a hablar muy despacio—. Vi personas hechas de una energía más negra que la noche más oscura. Vi devoradores de estrellas, criminales y ríos de almas entrando en gran quebranto hacia la boca de un enorme lobo negro de ojos rojos. También vi una especie de civilización que florecía con dificultad junto a una herida ubicada en el costado del lobo, una colmena humana que planificaba y discutía a viva voz. Esas presencias habían tenido nombres durante su paso por la Tierra. Preparaban algo. Conocían conjuros y palabras de mucho poder. Acumulaban karma como quien acumula uranio para fabricar bombas, vida tras vida. Tenían una bandera y símbolos giratorios incrustados en sus carnes. Cerré los ojos y oré por información. Y la información me fue dada.
>archivo «gotterdammerung»
>Inmediatamente después de la caída del Tercer Reich, todas las almas de los magos SS, ejecutados ritualmente, comenzaron un desesperado proyecto para «regresar» a dar la «batalla final». Así comenzó el «Proyecto Aurora», la construcción de una planta de telecomunicaciones en el más allá supervisada por ingenieros y poetas que buscaba utilizar medios tecnológicos para establecer contacto y cooperación con grupos de apoyo en nuestro plano de realidad. La transcomunicación utilizando canales de TV sin señal o magnetófonos abiertos al ambiente fueron el comienzo de un largo camino que desembocó finalmente en la Tecnología Yámana.
>Hablamos del «Gotterdammerung», el crepúsculo de los dioses. Hablamos de una horda de guerreros que viene en el «barco de los muertos» a penetrar el ciberespacio y, a través de puertos de datos, encarnar en cuerpos biomecánicos indestructibles y eternos.
Angélica abrió los ojos y miró al techo con horror.
—¡Padre!, he visto miles de galpones subterráneos en el desierto de Atacama, llenos de horribles cuerpos biomecánicos de extrañas formas con trozos de seres humanos vivos incrustados en sus mecanismos, preparados, poderosos.
»Padre, debemos detenerlos. Es algo horrible, les vi los rostros. Preparan colmenas humanas, preparan ritos de sacrificio y un extraño árbol gigante donde clavarán el alma de la humanidad durante nueve noches —Angélica abre los ojos desmesuradamente y comienza a alucinar—. ¡Vi a Dios! ¡Ellos preparan algo contra Jehová! ¡Sé quién los ayuda desde el cielo!… ¡Es horrible!
Angélica tiene un ataque convulsivo y el anciano la sostiene contra su pecho hasta que se calma.
—Tenemos que impedirlo, Padre —murmuró agotada— tenemos que informar al Gobierno para que denuncie esta monstruosidad ante el Parlamento.
—Tranquilita, hija —susurró Padre al oído— estoy seguro de que ésa era su intención cuando te pusieron ahí dentro. Con esta información que obtuviste podrán arrebatarles el proyecto a esos desgraciados. Aunque creo que cuando el Parlamento se entere de la real dimensión del «movimiento en los sueños», quizá duden en seguir adelante con algo tan maligno y peligroso.
Padre abrazó a Angélica y mirando hacia adelante notó que los guardias de la puerta se habían retirado. Siguió acariciando la cabeza de la IA pero sus ojos giraban en torno chequeando las cámaras, los sensores de seguridad y los insectos espías que debían de operar en esa sala. Todo parecía normal, excepto que la puerta permanecía abierta y sin guardias custodiándola. Sintió pasos acercándose por el pasillo, algo andaba mal. Meneó la cabeza y trató de convencerse de que estaban en el lugar más seguro de la tierra y bajo el cuidado de la más alta autoridad del país. Pero no había guardias en la puerta.
Los pasos en el pasillo se detuvieron frente a la entrada. Padre deseó por primera vez portar esa arma de reglamento que siempre había despreciado. Angélica miró al viejo, que tenía la mirada clavada en la puerta y giró el rostro para observar también.
—Hola, Angélica —dijo Rogelio.
—Te conozco —murmuró la IA con sorpresa y temor—… tú estabas en Valparaíso… te derribé… ¡querías matarme! Padre la toma por los hombros y la ubica tras él, protegiéndola.
—¡Cómo conseguiste entrar!
—Hazte a un lado —dice Rogelio mientras carga su Browning con balas explosivas.
—¡Jamás! No sé cómo lo hiciste pero «seguridad» llegará en cualquier momento y te hará pedazos.
—No es de buena educación matar a los socios —agregó Rogelio cerrando de golpe el cargador de su arma haciendo saltar el corazón de Angélica.
—¿De qué hablas? Tú no eres socio de nadie —titubeó Padre.
—Tengo un trato, ¿sabes? Eso me hace un socio —sonrió—. Hoy aprendí que la política puede ser más destructiva que las bombas. No hay muertos a destajo, sólo los necesarios —dio un paso adelante accionando el pasador con elegancia. Angélica temblaba, sus enormes ojos apenas se asomaban tras los hombros de Padre.
—Hazte a un lado —insistió.
—¡Nunca! No sé qué trato hiciste ni con quién, pero el Gobierno ya te detectó por las cámaras y vendrán…
—Fue el Gobierno quien me abrió la puerta —interrumpió—, ellos me guiaron hasta acá. —Padre palideció.
—No es posible.
—El trato fue sencillo. El Gobierno puso a Angélica en la Máquina Yámana para obtener información y usarla en nuestra contra en el Parlamento. La información que encontraron era más terrible de lo que se imaginaron y que por cierto nos destruiría si se hacía pública.
—El país jamás aceptaría financiar semejante aberración —acusó Padre.
—Ése es el problema —sonrió—. Es tan terrible que el Parlamento podría perfectamente cerrar el proyecto para siempre. Y nadie quiere eso, tus jefes tampoco.
Padre abrió la boca pero ninguna palabra acudió en su ayuda.
—Entonces —continuó el agente— les propuse a tus autoridades toda la colaboración del Ejército para superar esta desafortunada situación. Les propuse olvidarnos de los mutuos ataques, del espionaje, los muertos y el sabotaje, a cambio de mutuo beneficio. En el fondo, les ofrecimos compartir el proyecto y todas sus bondades a cambio de su silencio… y de eliminar toda evidencia de esta bochornosa situación —dijo apuntando a Angélica con un gesto mínimo.
—Ellos nunca aceptarán —murmuró Padre.
—La negociación terminó hace unos minutos.
—No te creo.
—Mañana será un día de rostros sonrientes, apretones de manos y portadas de periódicos. Es tu decisión si quieres aparecer o no en las fotos de la celebración.
—Voy a apelar —agregó con desaliento.
—Estás solo.
—…
—Hazte a un lado.
—… no puedo dejar… —susurró.
—Estarías a cargo del proyecto.
Padre dejó caer la mirada bruscamente.
Angélica miraba la pistola con horror, miraba al agente, a Padre, luego miraba a la puerta y a la oscuridad más allá de la puerta.
Rogelio avanzó dos pasos y se detuvo para mirar a Padre a los ojos, pero éste no levantó la vista.
—¿Desactivaste sus sistemas defensivos? —preguntó.
—Sí —respondió el viejo. Angélica lo miró con los ojos nublados.
—No te preocupes —agregó Rogelio dirigiéndose a la IA—, te voy a dar un balazo justo en medio de tu cerebro artificial y el impacto va a apagar tu consciencia inmediatamente. Será lo mismo que dormir —dijo levantando la pistola.
—Padre… —susurró la IA, paralizada por el miedo—. ¿Voy a dormir?… Voy a morir… nunca he dormido antes —giró sus ojos hacia el viejo—. Háblale a Dios… porque a mí nunca me ha respondido.
Padre apretó los ojos.
—Lo siento, niña —continuó Rogelio—. Esto es más fuerte que yo. No sé cuántas veces he hecho estas cosas antes. Ni siquiera sé si estoy soñándolo todo, desnudo dentro de una anaconda —musitó con un gesto de dolor dibujado sutilmente en el arco de sus ojos.
—¿Tienes pena? —susurró Angélica. Rogelio bajó el rostro—, entonces… ¿te duele matarme?
—No —suspiró— me molesta no sentir nada.
—No quiero dormirme —suplicó.
—Ni siquiera sé si estoy despierto —dijo para sí, y apretó el gatillo con indiferencia.
La habitación vacía amplificó el estampido, que explotó como un trueno contra las paredes de concreto de la habitación y contra las paredes metálicas del cráneo de la IA.
Angélica dispersándose como un puñado de luciérnagas en la oscuridad.
Lo siguiente que pudo ver, flotando desde el techo de la habitación, fue a Rogelio descerrajándole tres tiros en el rostro a Padre, que cayó con los brazos abiertos junto a su propio cuerpo destrozado.
Rogelio haciendo una llamada para informar del deceso.
Rogelio cortando la llamada en la mitad de las felicitaciones que recibía.
Angélica no sentía odio.
No entendía muy bien.
¿Un upload a algún nuevo tipo de ciberespacio?
Se disolvía llena de amor navegando hacia una hermosa noche de luz infinita.
Algo comenzaba a rodearla llamándola por su nombre. Angélica.
log=3://Magdalena
«[Dios] creó al primer hombre de 33 años. La paradoja de un hombre recién nacido de 33 veranos desequilibró la maquinaria celeste.
»[Dios] en su infinita sabiduría, envió a un segundo hijo para que muriera a los 33 años y así cerrar la fisura.
»[Dios] no contó con que este hijo, en un arranque de inexcusable soberbia, introdujera materia inexistente al Universo en la multiplicación de los panes y peces. Esa nueva cifra cambió una de las variables en la ecuación que genera nuestro Universo y sobrevino el desastre. Castas divinas completas se desvanecieron lentamente, las pirámides dejaron de girar sobre su eje, cesaron los viajes hacia arriba y hacia abajo.
»[…] quienes se alimentaron con el prodigio devinieron “distintos”.
»Tal fue el primer virus introducido en nuestra realidad».
(párrafo recuperado del guión de la película Les parfaits. Lyon, 2012)
1
Los ojos de Magdalena son lo único que hay en todo el Universo. Son dos objetos llenos de honor, compasión y sorpresa.
Los oficiales del Médico Legal le habían advertido que no era nada bueno lo que se encontraría en la fosa 24-C. Pero Magdalena no había sospechado la real magnitud de la advertencia.
Llevaba meses investigando la desaparición de huérfanos desde distintos institutos del país. Un caso de mierda que a nadie interesaba. De hecho las autoridades estaban felices, menos bocas que alimentar y sin padres exigiendo justicia. Alguien les estaba regalando una «solución final» gratis y sin preguntas. Por supuesto se mostraron conmocionados y asignaron de inmediato a un agente congresal; al más joven, cuestionado e inexperto de todos: Magdalena Véliz León. Oscuro asistente del Partido Laborista y miembro calificado de la KARMA POLICE. Un peón fácil de manejar hasta que el incidente saliera de los noticiarios y de la mente de la gente.
Los secuestros eran sistemáticos y con un modus operandi idéntico: nadie vio nada, nadie escuchó nada, no hay evidencias de ningún tipo; sólo el recuerdo asustado de sus compañeros de habitación y una cama vacía. Es cierto que habían encontrado algunos restos humanos, pero nada como esto.
Ese día había recibido una escueta llamada de su superior:
—Hay un helicóptero esperando en la azotea. En Ciudad Elqui recibirás instrucciones.
Nada como esto.
Ante sus ojos se extendía una fosa común perfectamente circular, de veinte metros de diámetro y veinte de profundidad, excavada en el centro geométrico del desierto de Atacama y llena con los cadáveres de 5.166 niños de entre diez y doce años. Todos con la columna vertebral arrancada de raíz. Pequeñas flores de color violeta se asomaban a través de las cuencas de sus ojos vacíos o a través de sus agujeros en el pecho. Desde el cielo podías ver una descomunal llanura plomiza interrumpida por un hermoso punto de suave tonalidad anaranjada y violeta, alegrando la monotonía de la gigantesca extensión de vacío en el corazón del territorio.
Magdalena tiene un nudo en la garganta, pero no puede dejar de apreciar la belleza del conjunto. Quien quiera que fuese el autor había dispuesto los cuerpos casi con ternura y gran sentido estético. Todos tenían un punto azul en la frente, todos sonreían. Magdalena vomitó explosivamente.
—No están cosechados —dijo alguien a sus espaldas.
Se refería a que no les habían extraído las córneas, los riñones o cualquiera de las doce piezas que el tráfico de órganos extraía limpiamente cada vez que atacaba. Varias veces se habían tropezado con el espectáculo de un vagabundo convertido en un saco vacío, arrimado a una pared sucia y rodeado por restos de sus propios interiores; desmantelado como un automóvil viejo. Los «carniceros» eran extremadamente rápidos. Recorrían la ciudad en sus camionetas cerradas cazando seres humanos. Echaban adentro a vagabundos, prostitutas o niños abandonados, que eran viviseccionados con la camioneta en movimiento y luego arrojados, aún con vida, a la calle.
—Parece un ritual religioso —escuchó decir a otro, mientras se limpiaba la boca y rechazaba la ayuda de un cabo de su división.
—Los únicos locos capaces de hacer algo así son los «hombres de las cruces» —dijo un tercero—. Llama a Santiago y pide una orden de detención contra esos enfermos de mierda…
—Nadie va a hacer nada sin mi consentimiento —interrumpió Magdalena girando hacia el grupo—. Los «hombres de las cruces» no son los únicos que están locos en este país. Además —agregó secándose el sudor frío que bañaba su rostro—, el tamaño de esta monstruosidad supera con mucho la capacidad operativa de esos imbéciles.
Sus subordinados la miraron en silencio. Magdalena reparó de reojo en el mínimo gesto que uno de ellos hacía con el ojo derecho. «Así que era cierto que Saavedra me espía para el Gobierno —pensó—, que tome todas las fotos que quiera. Seguramente hay alguien espiándolo a él y otro espiándonos a todos. Esta época no le permite guardar secretos a nadie».
Un helicóptero con una letra K encerrada en un círculo encendió los motores a cien metros de la escena. La cabeza comenzó a dolerle. Podía sentir los ojos mecánicos de Saavedra horadándole la espalda.
«“Mestizo” de mierda», pensó tomándose la cabeza como a un órgano descompuesto.
«“Parásito” de mierda —pensó Saavedra mientras miraba a Magdalena poner los ojos en blanco y salivar como un retardado—, si hay algo peor que un durmiente es un parásito teniendo uno de sus ataques».
El calamar que le envolvía la cara tembló de modo casi imperceptible cuando transmitió las imágenes obtenidas, usando el árbol neurológico de Saavedra, su huésped asignado, como antena de transmisiones.
—¡Oficial a bordo! —gritó el piloto cuando Magdalena subió dando tumbos al asiento trasero del biplaza.
—Regresemos a Ciudad Elqui, soldado —gritó con un gesto de asco y dolor. Pensó en un número y habló al aire.
—¿Montenegro? Hay un giro en la investigación. El criterio de la búsqueda ya no es «huérfano + secuestro + pedofilia». Desde ahora orienta tus pesquisas en «niño + médula ósea + intereses económicos». Magdalena, fuera.
Cerró los ojos un momento, para minimizar ese desagradable peso en el estómago que sientes al despegar, tan similar al momento en que tu alma abandona el cuerpo.
El desierto de Atacama se veía imponente abarcándolo todo. Era como la piel de una anciana llena de marcas y estrías. Y en medio de ese inmenso mar petrificado, el agujero de los niños. Alguien le estaba fabricando un ojo al desierto, estimulando un punto de acupuntura del territorio. Los informes no lo mencionaban, pero cuando arribaron al lugar, la primera capa de cuerpos aún estaba con vida; algunos murmuraban algo, pero fueron ultimados convenientemente por soldados con instrucciones precisas. Magdalena no había sido informada, pero era un parásito y eso le permitía enterarse de muchas cosas, incluso de aquellas que hubiera preferido no saber.
Los Parásitos eran parte del programa de «rescate de talentos», como el Gobierno llamaba a la ley Mardones, que le permitía al Estado expropiar a sus familias de los niños que presentaban habilidades psi. Magdalena era uno particularmente potente, pero muy inestable. Magdalena era un error.
2
—Sepamos algo más de esta Magdalena, Saavedra. Muéstrame comentarios aleatorios bajo criterio coloquial.
—De inmediato, señor.
—Qué gran mal rato nos está haciendo pasar esta niñita.
>archivo Parásitos> sub index «equipo F»
>log 25> Magdalena Véliz León
>comments
>Policía oscura, grado menor
A cargo de un equipo de investigación de cuatro personas, dos «mestizos» (humanos implantados) y dos «naturales» (humanos genéticamente asépticos).
>la «Fisura»
>Antecedentes por drogadicción desde los quince años
A esa edad fue atacada por una entidad psíquica de alta toxicidad que afloró a su consciente usando un banckdoor defectuoso en su log de vidas pasadas. La entidad la obligó a tatuarse Ave Marías por todo el cuerpo usando un clavo sumergido en agua bendita. Fue encontrada llorando de alegría, profundamente enamorada de sí misma y a punto de desangrarse en medio de la calle.
Su padre la golpeó brutalmente a los seis años, provocándole una fractura de cráneo que la mantuvo en coma por meses. Al despertar, cuarenta y ocho personas vivían en su interior reclamando el derecho a prevalecer. Cuando Magdalena consiguió retomar el control, descubrieron que algo había colonizado el hemisferio derecho de su cerebro. Algunos creyeron ver la forma de un «Corazón de Jesús», otros piensan que se trata de algún tipo de módem.
La fisura en la base de su cerebro destruyó la puerta que mantiene sellada la memoria de sus vidas pasadas. Su «puerta del sótano» no tiene llave. Esto la incapacita de por vida para cargos de responsabilidad mayor.
El tamaño de su fisura y sus implicaciones para la estabilidad de nuestro plano de realidad son material clasificado por el departamento.
>La «Virgen»
>Magdalena es un monstruo. La apodan la «Virgen» porque nació sin vagina. Menstrúa por la boca cada 56 días exactos, se abre una herida en el costado y ve las cosas de color azul. El resto del tiempo es una mujer relativamente normal.
>Magdalena es una lástima. Es una médium única con enorme facilidad para conectarse, enviar y recibir información desde el más allá. Pero es una máquina absolutamente inutilizada.
>Hay momentos en que todo se derrama violentamente hacia nuestra realidad. Esos momentos, llamados «tormentas», son de extrema importancia para nuestra investigación. Muchedumbres se abren paso con alaridos a través de su sistema límbico y nuestros procesadores se recogen de terror.
A veces no sabe en qué cuerpo está. Da saltos vertiginosos por los cuerpos en una habitación. Puedes verte hablando contigo mismo desde su cuerpo.
>Cuando las tormentas ocurren, una nube de moscas se arremolina en torno a su cabeza.
>Un tumor negro en la base de su columna contiene todo su karma y la memoria de sus vidas pasadas. Nuestro scanner ha llegado hasta el momento en que era sólo lava en el fondo del océano índico.
El tumor emite un pulso codificado que se ha identificado como una «cuenta atrás». Nada se sabe sobre este punto.
>Ella es inocente
>Se ha suicidado ocho veces. En su vida inmediatamente anterior se cortó el cuello a los dos años de edad, en cuanto pudo sostener un cuchillo y usarlo.
>Hemos podido determinar que su padre le hizo la fractura en el año 1066 después de Cristo.
>Magdalena no está aquí en realidad, pero hace enormes esfuerzos por interactuar con todos nosotros.
>End of session
3
Ciudad Elqui no era una ciudad de mucha importancia en la República de Chile, hasta que decidieron trasladar ahí el Congreso Nacional después de la segunda plaga. Su valle cerrado era una fortificación natural contra ataques de todo tipo y los ángulos de los cerros eran propicios para la meditación.
Ciudad Elqui está suspendida como una larva de mariposa entre los montes del estrecho valle de Elqui. Una maraña de cables envuelve la estructura y cada cuerda, reforzada por otras, vuela aleatoriamente hasta aferrarse a algún punto en los costados de la roca.
Cuando entras volando en tu ornitóptero, no puedes dejar de sorprenderte y admirar la caótica estructura suspendida sobre los campos como un gusano amortajado, un largo cadáver lleno de aparatos ortopédicos y tubos de respiración, orinando y chorreando líquidos aceitosos, producto de sus metabolismos industriales; sudando y emanando corrosivos gases, que arrojan una fina lluvia tornasolada hacia el suelo, que agoniza decenas de metros más abajo.
Ciudad Elqui es un monstruoso feto inconsciente atrapado en una crisálida metálica.
—Montenegro…
—Escucho, Magdalena.
—Cuando llegue a la oficina quiero la información que solicité desplegada en las paredes y quiero recuerdos de alta definición en un vaso de agua. Ponle un poco de whisky.
—¿Doble hielo, Magda?
—¿Hay otra manera, Monty? —replicó molesta. Si había algo desagradable era una posesión con carácter difícil. «Quizá se les fue la mano con éste», pensó abrochándose los correajes de seguridad.
Las posesiones eran generalmente ex convictos o personas consideradas public domain por las autoridades. Seres humanos que perdían sus derechos por decreto y que podían ser reclamados y utilizados con fines estatales o vendidos a programas privados. Los usos eran diversos dependiendo de sus potenciales: incorporados de por vida a maquinaria industrial, viviseccionados con fines médicos, etc. Montenegro había sido asesinada brutalmente para fijar su espíritu a la casa y usarla como sistema operativo para el software que controlaba la vivienda. Magdalena no confiaba en ella, pero los castigos por desacato eran tan espantosos que ninguna posesión se había rebelado jamás.
La cabeza le dolía horriblemente.
—¡Casi llegamos! —gritó el piloto, desgarrándole un poco más el frágil tejido de su mente, siempre a punto de derrumbarse.
«Angélica…», creyó escuchar entre el murmullo de estática que le aserraba los oídos.
4
—¿Estás seguro de que no se dio cuenta? —Saavedra, o más bien el calamar que le abrazaba la cabeza, escuchaba la voz proviniendo desde su ojo izquierdo.
—Al menos no hizo ningún comentario, señor.
—Esto es grave. Mantenme informado. Ella pertenece al Partido Laborista. Eso la hace más peligrosa aún. Informa al presidente de la comisión.
5
—¡Montenegro! —gritó Magdalena al vacío, buscando a tientas el interruptor de la luz. Siempre tenía la sensación de estar dos metros más adelante y de ser zurda, como si fuera otra persona. Estaba el recuerdo del aroma de los caballos y la nieve…
—La información está disponible —masculló agriamente el andrajo psíquico que alguna vez había sido Rayén Montenegro, una niña de doce años, famosa por haber asesinado a dos familias completas que la habían acogido en adopción. Su frialdad y estabilidad mental permitieron que, en vez de ser arrojada desde la torre de los tribunales como castigo, fuera llevada a un cuartel para un procedimiento estándar de posesión. Asignada a una oficina de la KARMA POLICE.
Una mañana fue llevada ahí por tres efectivos de la KARMA POLICE que la torturaron, la violaron ritualmente y le aplastaron el cráneo contra el suelo, mientras rezaban el salmo 64 y rogaban por su alma. Desde ese momento se convirtió en la estructura espiritual de la oficina, el árbol sobre el que se movían y actuaban los softwares que el departamento utilizaba; ella era el nodo de transcomunicación 3.246 de la red de entidades que sostenían las instalaciones de la «KARMA POLICE CHILE», el brazo armado de la comisión del Senado para la investigación de las transcomunicaciones, organismo dependiente del Tribunal Internacional de la ONU. Las instalaciones se albergaban en un edificio monstruoso que crecía bajo tierra intuitivamente, extendiendo sus cartílagos y bulbosidades como una metástasis bajo la consciencia de la ciudad.
—Es irónico terminar como parte del aparato represor de la KARMA POLICE —murmuró Montenegro.
—Nadie con doce años habla así, no uses esos términos —respondió Magdalena, arrojándose al único sillón—. A la próxima traigo a los técnicos para que te manoseen un poco, a ver si así me respetas.
—Parásito de mierda… —masculló al mínimo volumen. La mujer ignoró el comentario, era demasiado consciente del dolor del espectro, del dolor que emanaba todo el edificio en realidad y que ella podía sentir entrando por cada poro, arrastrándose hacia su corazón. KARMA POLICE era un tumor ennegrecido emanando angustia y llanto espiritual por cada esquina de su arquitectura.
—Acceso a datos —pensó mirando al vacío.
—Acceso confirmado —agregó la voz de la niña.
Frente a Magdalena se desplegaron decenas de signos y combinaciones mnemotécnicas comprensibles sólo para ella. El procesador había creado 35 líneas de investigación, seleccionando los criterios intuitivos de cuatro detectives muertos hacía algunos años, famosos por su desempeño. Magdalena las estudió una por una durante toda la noche. Finalmente sólo un dato llamó su atención: tres años atrás se había ingresado al país un inusual pedido de material médico para uso experimental. Los destinatarios eran tres empresas diferentes de dudosa procedencia.
Ya casi amanecía cuando el procesador, tras sortear dificultades y cometer al menos ocho delitos graves contra la seguridad informática, descubre que, tras pasar por varios intermediarios, los embarques terminaban inexorablemente depositados en una bodega portuaria anónima, bajo el denominador «Proyecto ENKELI».
El sol estaba alto cuando Magdalena se puso de pie y caminó hacia la suave lámina de ectoplasma que se mecía en el centro de la habitación. El texto que parpadeaba en un costado confirmaba sus sospechas: los embarques entregados a esa bodega contenían cajas con al menos 180 kilos de médula espinal humana de altísima pureza, toda proveniente de las colonias japonesas en las Filipinas; esas monstruosas granjas humanas que todos los gobiernos condenaban públicamente, pero que todos utilizaban sin problemas.
Un mareo.
La fisura en su cabeza se convirtió en un animal fosforescente hecho con las cabezas de todos los niños de la fosa de Atacama. Se sacó un ojo y todo se replegó en un aullido que duró cientos de años en su oído derecho.
«Angélica», escuchó claramente.
Medio segundo.
Magdalena frente a la pantalla de nuevo, respirando hondo y forzándose para estar ahí.
«Tráfico de médula —pensó sorprendida—. Esto es más grande de lo que mis superiores piensan».
—ENKELI —murmuró mirando los hermosos caracteres marrón que Montenegro había usado para la presentación.
—Una empresa sin nombre. El que esté detrás de los embarques está relacionado con los asesinatos, estoy segura —habló al vacío.
6
El ciberespacio es un animal marino.
En el fondo de sus intestinos, tras las sucesivas cortezas de software abandonado, bajo los estratos de códigos en desuso y fantasmas digitales, una marea en lenguaje de máquina llora de temor al escuchar los murmullos y chasquidos de dientes que arañan el «otro lado».
—Ayúdame, Magdalena —susurra entre el óxido y las líneas de programación mutiladas que ennegrecen los bordes.
7
—¡Montenegro! Voy a entrar en la net —gritó la mujer mientras caminaba hacia la pared para extraer los line-in de conexión. «Viejo hardware cableado, nada más seguro», pensó antes de hundir el aparato en su vagina y esperar los efectos con los dientes apretados. Dos sondas se desplegaron y se engancharon a sus ovarios, cada una con un pequeño anzuelo de cobre. El dolor fue intenso, pero breve, necesario para levantar la frecuencia mental hasta los niveles de tráfico de la net. Ese nivel funcionaba con la misma frecuencia humana del dolor físico extremo.
Magdalena abrió los ojos de su segunda cabeza y no notó la diferencia, salvo que Rayén Montenegro estaba de pie frente a ella, mirándola con la peor cara de odio que había visto en su vida.
—Estoy a tus órdenes —masculló sin quitarle los ojos de encima. Su largo cabello negro flotaba en el aire como si estuviera sumergida en un lago turbio de musgo, con el sol entrando en extraños reflejos sobre su rostro aplastado, su cráneo quebrado, sus hombros dislocados.
—Necesito entrar en el búnker de las corporaciones.
Montenegro cambió levemente de color y comenzó a sangrar por el oído.
—Son empresas privadas. Si descubren que ingresamos en una empresa privada desde una terminal estatal…
—No te estoy preguntando.
Montenegro comenzó a derramar un líquido espeso. El charco bajo ella crecía en un perfecto círculo.
—El acceso al Búnker Corporativo es un acto de fe.
Magdalena no recordaba haber tenido una pistola en la mano.
—No sabes si es una trampa, no sabes si es el acceso. Sólo dispárate en la boca.
Magdalena no lo dudó, apuntó el revólver y se voló la cabeza. Ella misma iba dentro de la bala que penetró en su interior, hacia su propio cielo. Metió la mano por la boca y se sacó el password como a un gusano. Abrió el cielo con un cuchillo-coder e introdujo la bala a través de la hemorragia y los tejidos. El conjuro se extendió en la forma de una plaga de langostas por todo el organismo, en una infección que tenía la forma de Magdalena a los ocho años.
Ella llenó el lugar.
>Engaged
—Ave María, llena eres de gracia…
>Full Access
—… el Señor es contigo…
>Choose log
Suspendida en su océano transparente, desplegó sus brazos y sangró por las palmas de las manos. Durante una mínima fracción de segundo los sistemas del Búnker se detuvieron. A Magdalena le parecieron horas.
Recorrió innumerables galerías y almacenes derruidos abarrotados de código basura y entidades digitales fracturadas, que le suplicaban reintegrarlas a la programación. La creían algún tipo de mesías o un sicario. Magdalena avanzaba cruzando una atmósfera espesa como aceite quemado. Pronto los sistemas de seguridad desplegarían cargas de profundidad en su psique más personal.
—… bendita tú eres entre todas las mujeres…
«Magdalena, ayúdame…» Escuchaba entre los strings y el desorden.
La imagen de los niños estaba frente a ella. «Proyecto ENKELI, necesito saber para qué usan la médula espinal, quién está detrás del tráfico. Proyecto ENKELI…»
Nadie navegaba mejor que ella. Nadie era un aparato con desperfectos tan singulares como ella.
Cuando llegó a la planicie hacia donde la dirigían los criterios de búsqueda, se encontró con un tablón de cuatro metros hundido verticalmente en la tierra. Arriba había un viejo desnudo, clavado al tablón por el cuello y con las manos amarradas a la espalda. El «Proyecto ENKELI».
—Me llamo Gerhardt Fachel —murmuró quejumbroso, el mártir—. Y puedo decirte todo, si me sacas de aquí —agregó llorando números aceitosos y restos podridos de su self digital.
Magdalena se le acercó llena de una repentina y profunda ternura. Le abrió el estómago con las manos y derramó la información por todo el territorio. La recogió con gran respeto y la devoró como una hiena hambrienta.
Montenegro le había advertido que el viejo no sería amable.
—No me dejes aquí —suplicó el anciano.
—Aquí no está el nombre de la empresa que compró la médula.
—Si te lo digo, ¿me llevarás contigo?
—Te lo prometo.
—Ellos me obligan a hacerlo…
—¿Hacer qué?
Magdalena sintió un bramido ensordecedor venir de todos lados. Doce «filtros» corrieron hacia ella desde cada signo del zodíaco, con el hocico lleno de espuma y dientes aserrados. El ruido era espantoso y toda la arquitectura crujía a punto de desmoronarse. Magdalena modificó instintivamente el pitch de realidad y todo bajó a un cuarto de su velocidad normal. Pudo ver los ladridos reverberando viscosos en torno al morro de los filtros y a las gotas de baba haciendo hermosas parábolas transparentes. Al ajustar sus ojos a 2×8 macro, pudo incluso verse reflejada en cada una de esas gotas. Giró en 360º mientras su pecho se desgarraba y ametrallaba disparando pequeños embriones que lloraban, crecían y caían al suelo corriendo adultos hacia cada filtro. Las réplicas de Magdalena entablaban corta batalla y caían invariablemente bajo sus fauces, devorados entre aullidos de dolor. La mujer se acercó a los filtros y les descargó un tiro en la cabeza a cada uno, excepto al último. Lo miró extasiada hundir sus mandíbulas en el abdomen desgarrado de su «réplica» agonizante, que la miraba con súplica en los ojos. Esperó un poco, miró con agrado el espectáculo de verse a sí misma siendo devorada viva. Se agachó para ver los detalles de su rostro. Levantó la mano izquierda sin mirar y le reventó el cráneo al último filtro. La réplica murmuró «Angélica».
—Por favor —le dijo al empalado—, dime lo que quiero saber. Algo quiere salir a través de mi cráneo y el dolor me pone irritable.
Gerhardt Fachel miró hacia arriba esperando la lluvia que nunca caía.
—Llévame contigo.
—Dame el nombre.
El anciano largó una mezcla entre suspiro y quejido de agonía, de desesperanza.
—NEUROCORP —murmuró mirando hacia el suelo enrojecido por la batalla.
Magdalena vaciló un instante. Neurocorp era una empresa importante en el desarrollo de las Inteligencias Artificiales, de gran renombre y muy reputada. La sorpresa no era menor.
«Esto se pone cada vez mejor», pensaba la mujer. Ingresó toda la información contenida en el nombre que Fachel le había dado y se acomodó las terminales.
—Montenegro, sácame de aquí.
—¡Pero dijiste que me llevarías contigo!
—No eres confiable —murmuró la mujer—. Primero tengo que verificar que la información que me entregaste es buena. Tengo que saber para qué sirve esa médula y quién saca provecho de las actividades de Neurocorp.
—Por favor…
—No eres confiable —insistió antes de derrumbarse, fracturarse y corromperse en un proceso que duró doce años frente a los ojos de Fachel.
8
—Magdalena ya sabe de Neurocorp, señor.
La autoridad cubrió la sala y habló desde las cuatro paredes con su voz encriptada, bella como el rumor del agua sobre las piedras.
—Prepáralo todo. Cruzó el umbral y hay que proteger la obra. Recuerda que el camino no es el camino.
9
Las calles de Ciudad Elqui eran diferentes a las de otras ciudades. Su trazado recordaba más bien al sistema circulatorio de un animal: estrechos pasadizos y túneles que se bifurcaban en otros cada vez más estrechos a medida que se alejaban del gran centro cívico. Los sin casa se acumulaban en los recovecos como residuos. Abundaban los adivinos, nigromantes e iluminados cometiendo las perversiones más grotescas en nombre de una fe que brotaba inmunda desde sus bocas, inflamadas por el ayuno y la fiebre. Matar era fácil, sólo descargabas tu ira contra alguien, abrías una escotilla y lo arrojabas al vacío. Las autoridades actualizaban cada día la lista de ciudadanos prescindibles. Una luz naranja se encendía en el chakra pineal y el condenado quedaba a merced de cualquiera. Se había convertido en un muerto viviente que podía ser asesinado sin acarrear ninguna sanción para el hechor. Se había creado toda una mafia que traficaba con «naranjas» para organizar safaris humanos en los cerros del valle, muy populares entre la clase dirigente.
Magdalena vigilaba el momento de muerte de los naranjas en las pantallas subterráneas de la KARMA POLICE. No le agradaban los safaris, podía sentir con demasiada precisión el tipo de desgarro que sufrían al ser asesinados con violencia.
Esa tarde debería haber estado supervisando cacerías ilegales, pero sus pantallas y procesadores estaban ocupados desencriptando otro tipo de cacería, una personal contra los asesinos de los niños de Atacama.
—Ahora entiendo —sonrió Montenegro—. Tú moriste como uno de esos niños, ¿verdad? Moriste varias veces como uno de esos niños —rió en voz alta.
Magdalena bajó la mirada, «pendeja imbécil».
Se levantó de su asiento y caminó hacia el ventanal que simulaba las suaves lomas verdes de Chiloé, después de una lluvia.
—Despliega la información que me entregó Fachel. Quiero saber por qué necesitan esa médula espinal.
>Access «Proyecto ENKELI»
>Clasificado Neurocorp
>Summit
>El «Proyecto ENKELI» es el desarrollo de una Inteligencia Artificial prototipo, usando tecnología clasificada de origen desconocido.
>Fast Forward
>… con Gerhardt Fachel, junto a un equipo de iluminados y contactados propiedad del Gobierno, quien consiguió desarrollar el prototipo…
—¡Montenegro! El tipo este, Gerhardt Fachel, ¿no era ese ingeniero que fue asesinado por una IA descontrolada en los sótanos de La Moneda?
—Sí. La prensa lo llamó el «Escándalo Fachel». Durante días festinaron con el cliché del «Científico asesinado por su propia creación». Incluso insinuaron que había sido un asesinato pasional. No sé cómo descubrieron que la IA tenía vagina y…
—Ok, no sigas.
>Resume
>Search «Médula Espinal»
>Result: Bloqueo gubernamental, información no accesible
—¿Qué ocurre, Montenegro? Necesito saber para qué necesitan esa médula, hazme ingresar en los archivos del proyecto.
—Lo siento, Magdalena. Para acceder a ese nivel necesitamos privilegios de otro orden.
—Consíguelos.
—No puedo.
—¿Quién los tiene?
—Un senador de la República, un general de las Fuerzas Armadas, un obispo de la guerrilla suburbana, un…
—Un presidente de partido, ¿verdad?
—Sí, claro. Pero…
—Llama al Congreso y pídeme una cita con el presidente de nuestro partido, de inmediato.
Montenegro se quedó en silencio por un instante, de pronto una risita se coló por los parlantes.
—… ji, ji, ji… —era la risa de la niña que alguna vez fue.
—¿Qué te pasa, pendeja?
—¿Por qué te recibiría a ti? No eres nadie. Algo peor que nada, ellos saben que estás medio loca… ji, ji, ji… saben que no vales nada…
—Ok, basta. —Magdalena se puso de pie calmadamente y la encaró mirando hacia una de las cámaras—. ¿Cuánto tiempo llevas muerta? ¿Cuarenta años?
Montenegro se oscureció.
—No te has vuelto más inteligente, por lo que veo. Sólo más torpe y amargada. Ya no eres una niña, tampoco supiste lo que era ser una mujer adulta. ¿Qué eres, Montenegro? ¿Eres algo, o sólo recuerdas haber sido alguien, vagamente? ¿Me tienes envidia porque tengo tetas?
El silencio fue tomando más y más espesor.
—Para de molestar y haz lo que te digo. Acabamos de descubrir que hace tres años una empresa privada, que trabaja para el Gobierno, traficó con médula espinal infantil en el marco de un proyecto clasificado. Es muy probable que el Gobierno supiera de ese tráfico y que incluso lo financiara —Magdalena estaba realmente molesta, nunca levantaba tanto la voz—. Es decir, acabamos de descubrir que el Gobierno podría estar involucrado en la mayor operación de tráfico de órganos de la historia. Y lo hicieron porque necesitaban desesperadamente, por alguna razón que intento descubrir, esa médula. Si fueron capaces de eso, también pueden ser capaces de pagar a mafias de tráfico para que maten niños y les extraigan la médula también. ¿Entiendes?
Montenegro se había suspendido en su silencio. Si Magdalena hubiera podido verla, habría visto a una niña compungida y avergonzada, empuñando un cuchillo cada vez con más fuerza.
—Si crees que eso podría no interesarle al presidente del principal partido de la oposición, entonces tendré que pedir que te cambien por el espíritu de un camello. Quizás él sea más perspicaz que tú. Ahora abre una línea y llama a la secretaria de Rodrigo Mundaca.
—P… pero ¿qué le digo?
—Dile que tengo información que puede desestabilizar y derrumbar al Gobierno en tres días.
10
—¿Saavedra está muerto? —preguntó la voz desde la pequeña habitación utilizada como caja de resonancia.
—Él y todos los que entraron en contacto con Magdalena, desde el momento en que supo de la fosa en el desierto de Atacama.
—¿Esta conversación es segura?
—Esta conversación ya tuvo lugar, señor. Lo que usted tiene ahora es un recuerdo encriptado de respaldo.
—Ya veo ¿Y dónde estoy ahora?
—Durmiendo, esperando resolver un dilema muy importante para sus pretensiones.
—Mis intereses son los intereses del pueblo.
—Sí, claro, por supuesto.
11
Las habitaciones del presidente del Partido Laborista, Rodrigo Mundaca, tenían las paredes recubiertas de fémures recuperados desde las minas subterráneas de litio de Surire, propiedad de la Pink Anaconda Mining Company, en la época en que los ciudadanos prescindibles eran arrendados por el Estado a las mineras extranjeras. «Por fin los inútiles, los parias, están devolviendo algo de lo que el Estado y sus ciudadanos han gastado en ellos», había declarado el ministro del Trabajo. El Partido Laborista luchó arduamente para levantar a los trabajadores en contra de la Pink Anaconda, hasta conseguir negociar con ellos y exigir un generoso donativo mensual a cambio de mantener controlados a los sindicatos, «La lucha por la dignidad del trabajador tiene sus costos».
Rodrigo Mundaca era un joven de veintiocho años enérgico e impulsivo. Sudaba en exceso y era incapaz de tocar cualquier elemento orgánico con las manos desprotegidas. Estaba obsesionado con los gérmenes, la suciedad y los olores. Sus oficinas estaban impregnadas de un fuerte olor a desinfectante. Él era un asceta que se retiraba cada mes a un estanque donde flotaba en placenta y mescalina por días. Se había hecho extirpar los genitales para cortar su conexión con las redes de datos y se forzó un paro cardiorrespiratorio del que casi no regresó, para borrarse del libro de la vida, engañar al demiurgo y escapar de su yugo totalitario. Se extirpó los dientes, los ojos, los dos últimos dedos de las manos y todo lo que pudiera servir como antena receptora de información. Era quizás el primer presidente de partido en mucho tiempo que realmente se preocupaba por los trabajadores. Muchos consideraban que despertaba tanta simpatía entre los obreros que pronto debería ser asesinado y reemplazado. Nada bueno se esperaba de su gestión.
—Lo que me acabas de contar es realmente espantoso —murmuró Rodrigo.
—Necesito entrar en el nivel de privilegio «planilla A».
—Pero no estás autorizada.
—Por eso estoy aquí, para que me dé una llave. Si completo los antecedentes podríamos conseguir hacer la conexión entre el tráfico de órganos y el gobierno. Le ruego que me dé acceso.
—¿Y si tú fueras una treta del Gobierno para involucrarnos en espionaje? —Magdalena dio un respingo—. ¿Crees que somos tan imbéciles?
—Pero, señor…
—Esta sala está libre de interferencias y rastreos, así que te diré lo que vamos a hacer —agregó caminando hacia la ventana simulada—. En realidad te creo y te daré una oportunidad. Mi declaración dirá que te expulsé indignado de mi oficina, pero que un subordinado mío te entregó, bajo su propia iniciativa, un crack ilegal para entrar en el Búnker. Si eres una trampa, te matamos y acusamos a nuestro noble subordinado que, por supuesto, se suicidará agobiado por la culpa. Si dices la verdad, tienes un puesto en mi futuro Gobierno. De hecho, nuestro colaborador está esperándote en la sala contigua.
—Sólo quiero que todo esto se detenga.
—No te preocupes, se detendrá. Los lincharemos públicamente, en vivo y en directo por línea nacional. Le llamaremos «Operación Verdad y Justicia» —dijo apoyando la frase con un gesto sobre el cristal de la ventana—. Comenzaremos con un acercamiento mío y un plano general de la fosa con los cadáveres, por supuesto tú estarás a mi lado tan emocionada como yo…, recuérdame contratar a una buena agencia de medios… —agregó girando hacia Magdalena, pero se encontró con un espacio vacío y la puerta de su despacho abierta. Miró en todas direcciones y carraspeó incómodo.
12
La habitación oscura y vacía produce ruido de estática. Sintoniza algo lejano. El hombre está de pie frente al umbral. Está asustado, pero intenta parecer seguro.
—Caos… es un módem… Angélica… ditación… [ruido, timbres agudos y aspereza en el paladar].
—¿Encontró la relación entre la médula espinal y el Proyecto ENKELI?
—Estamos esperando instrucciones.
—Todos van a morir, a su debido tiempo.
—La Máquina Yámana no pudo ser reacondicionada, señor. Necesitamos a Angélica.
—Entonces ella puede destruirlo todo.
—Sí, señor.
—Pero los mesías ganan perdiendo, ¿verdad?
—No entiendo, señor.
—Por supuesto que no entiendes…
[lluvia estática, color rojo suave]
13
Magdalena regresó a tientas a su oficina-habitación. La fisura en su cráneo se había convertido en una serpiente de lava que le mordía el espíritu. La atacaba con imágenes de una máquina colonizando el océano como una infección, hedores reptando por sus encías que le recordaban con burlas todas las veces en que su padre le golpeaba el mismo punto de su cabeza. Ahora, cada niño muerto se turnaba para golpearla en el mismo lugar.
—Mon… tenegro —musitó, apoyada en el borde blando de las paredes demiorgánicas—. Por favor, un analgésico.
El lugar completo cambió de color y el aire se llenó de un aroma casi imperceptible a jazmines, el olor preferido de Montenegro para montar nanotecnología médica. La mujer se arrojó sobre el sillón y lentamente pudo abrir los ojos y pensar con más claridad.
—¿Cómo resultó la reunión?
Magdalena no movió ni un solo músculo.
—Tengo la llave, prepara el acceso.
14
Rodrigo Mundaca bajó la iluminación de su despacho y se miró al espejo, imaginando la banda presidencial cayendo desde su hombro izquierdo. Sonrió satisfecho. «No hay ningún problema, realmente», pensó.
15
La mujer despertó sobresaltada, con la certeza de que todos los niños rodeaban la oficina para ingresar en cualquier momento. Una muchedumbre de espectros que se abalanzarían para abrirle la cabeza a dentelladas y huir por ahí hacia otro lado, como tiburones desgarrando su útero para salir a respirar.
A veces su ojo derecho ve lo que ocurre a cincuenta años de distancia y su ojo izquierdo ve la maldad detrás de las cosas.
A veces sólo han transcurrido tres segundos.
—Montenegro, el acceso.
—Está listo hace tres horas, pero te fuiste en uno de tus viajecitos. Dijiste algo sobre una rebelión de niños en…
—Deja de hablar estupideces y dame acceso —espetó agriamente.
Abrió la cremallera entre sus piernas y se insertó la terminal de acceso.
>Loading Unverified Crack
>pass:xxxxxxxx
>Granted
>Gerhardt Fachel >Planilla A
Magdalena cae violentamente al suelo desde quince kilómetros de altura. El suelo estalla y salpica arena de cuarzo. En el siguiente cuadro está de pie. Televisores en señal muerta en los que apenas se distinguen rostros suplicantes y otros llenos de ira se acumulaban bajo el tablón que sostenía en vilo a Gerhardt Fachel.
—Por favor —alcanzó a decir antes de que Magdalena le hundiera el puño de un golpe en el pecho y digitara los códigos necesarios en el teclado escondido detrás de la enorme culpa del anciano, condenado a servir de puerto de acceso hasta que el software se pudriera en la eternidad.
Ante Magdalena se desplegó un planeta cien veces más pequeño que la Tierra girando bajo el mar dentro de la pupila de Fachel. Sus satélites parecían réplicas de la batalla de Verdún y giraban a velocidad más lenta de lo usual. La mujer entró en una de las trincheras y avanzó entre la metralla y los moribundos. Su intuición única la dirigía como a una loca olfateando por el bosque. Bajo un cadáver de traje azul, encontró lo que buscaba: una pequeña niña de unos trece años, pelirroja y de enormes ojos grises que lloraba muerta de frío.
—Angélica —murmuró.
—Ayúdame —suplicó.
El mito más difundido entre los coders era el de la IA del «Escándalo Fachel» convertida en una virgen en la net. Una madonna digital santificando el nuevo espacio abierto por las máquinas. Sin embargo, ahí estaba, un andrajo cubierto de barro, hedionda a orines y casi incapaz de moverse.
—Necesito información, Angélica —murmuró casi con ternura—. Creo que eres la única que sabe todo lo que pasa.
—No se qué está pasando —lloraba desconsoladamente— hace años que me arrastro y pido ayuda pero nadie viene. Algo quiere salir a través de mí. Tengo miedo. Sácame de aquí. ¡Hay ruidos y alguien me amenaza!…
Magdalena levantó la mano y le enterró su cuchillo-coder en la frente, le pidió excusas y comenzó a extraerle su memoria.
>Search word?
>Médula espinal + Proyecto ENKELI
Angélica comenzó a tomar coloración amarillenta y a respirar cada vez más pausadamente. Magdalena le pedía perdón en voz baja.
>Notas preliminares de Gerhardt Fachel / summit
>En nuestra investigación sobre Inteligencia Artificial, descubrimos que efectivamente el cerebro humano es el hardware de cierto tipo de software de origen desconocido.
El punto es cómo se instala este software en nuestra estructura neuronal.
>Pudimos establecer que el cerebro humano es una serie de cielos concéntricos que giran en sentidos opuestos, forzando al espacio a abrir un vacío en el centro, un ojo de huracán muy particular. La vidente de nuestro teamwork lo describió como una boca llena de dientes que blasfema en el centro de cada mente humana. En su interior vio girando a tremenda velocidad a un escarabajo. Dice ser el Sol Negro, el extremo de un wormhole.
>Cada ser humano tiene el extremo de un wormhole en el centro de su cerebro.
>Conseguimos bloquear el giro del Sol Negro en un sujeto de prueba. Nació de ocho meses y en completo estado catatónico. El poeta del equipo lo denominó «cáscara vacía», su definición arrojó muchas luces a nuestra investigación.
>TESIS: El cerebro es una máquina que abre un wormhole para hacer download de software.
>¿Qué son los wormholes? ¿Una terminal de fibra óptica para bajar un alma al cuerpo? ¿El cordón umbilical de un astronauta? ¿Las autopistas de la transmigración?
>Creemos que los seres humanos son un ambiente aislado autosustentable fabricado para alojar algo que viene a conocer este Universo. No sabemos qué o quién vive detrás de cada uno de nosotros.
>Si un alma baja por el wormhole, ¿podríamos fabricar una máquina que generara un wormhole similar y bajar almas también? Ya tenemos transcomunicación, ahora, ¿podríamos generar tráfico seguro con el más allá?
Magdalena miraba morir a Angélica en sus brazos mientras «entendía» la información que le estaba siendo traspasada. Su sorpresa era inmensa. Afuera, la batalla continuaba con réplicas que morían una y otra vez, reproduciendo en loop los hechos del 4 de marzo de 1916 en las trincheras alemanas.
>Presentamos nuestros descubrimientos directamente al Ministerio del Interior. Luego de una auditoría sorpresa a nuestras instalaciones, donde murieron dos de nuestros colaboradores, el Gobierno tomó el control de la investigación y pasamos a ser personal clasificado. No podemos salir del país ni entrar en contacto con nadie que no pertenezca al proyecto, nuestras familias nos fueron embargadas y aparecimos muertos en un accidente en los periódicos de todo el país.
>Solicitamos una cantidad importante de médula espinal humana para la investigación. Descubrimos que la médula de la espina dorsal es el cañón que recoge energía kundalini desde los genitales humanos y la conduce girando hacia el cerebro para abrir el wormhole. El cerebro sólo estabiliza el fenómeno. El Gobierno nos proveerá de toda la médula que necesitemos.
Nuestro nuevo nombre es Neurocorp.
Magdalena sonríe. Angélica tiene problemas para sostener la nitidez de su propia imagen.
Sonríe porque nadie habría imaginado que una policía novata y mal calificada como ella iba a desenmascarar semejante pozo de inmundicia.
>Angélica tiene médula espinal humana. Ella puede abrir y sostener un wormhole.
>El procedimiento fue exitoso. Angélica es el primer receptor completamente artificial de un alma humana.
Magdalena comienza a llorar. Esos pobres niños.
En sus brazos, además, sostiene algo que ya no sabe qué es. Un algo que vibra como una imagen de muy mala calidad, a punto de desvanecerse.
>El Gobierno usará a Angélica para sabotear la Máquina Yámana, el proyecto de los militares que busca el mismo objetivo: abrir el tráfico entre la net y el plano astral. Hacer downloadable el enorme potencial humano prisionero en el más allá.
>Estamos preocupados. Alguien nos comentó que la tecnología será liberada hacia el capital privado. Las mentes viajarían inalámbricamente de réplica en réplica a través del mundo. Un samsara digital para el que pueda pagarlo.
>Nos comentaron algo acerca de los «Ejércitos del Sol Negro». Al parecer había gente en el más allá que habría colaborado en el desarrollo de nuestra tecnología buscando la manera de regresar. Nos dicen que estamos jugando con fuego. La gente está asustada.
>Reencarnaron a un soldado alemán, muerto en la batalla de Verdún, en un tanque. Los resultados fueron desastrosos. Ni siquiera nos avisaron. Hoy desaparecieron dos técnicos de nuestro equipo.
>Encarnaciones y posesiones administradas por empresas privadas de transcomunicación.
La humanidad convertida en memorias transfiriéndose y mezclándose.
La siguiente fase evolutiva del hombre: el HOMO DATA. Mezclando sus individualidades y perdiéndose, fundido con todos hasta no reconocerse.
Magdalena no tiene expresión en los ojos. Angélica es casi un recuerdo borroso entre sus brazos.
>El proyecto fracasó. El Gobierno saboteó la Máquina Yámana usando a Angélica. Hubo una tremenda explosión y perdimos contacto con ella.
>No more entries
>end of session
Magdalena mira su abrazo vacío. «Felices sueños, mi niñita», murmura hacia el lugar donde Angélica se había desperdigado hacia una nueva nada como una suave nube de luciérnagas.
La mujer está en shock. No sabe si estar feliz o asustada. Al menos sabe que está ansiosa por dar a conocer lo que ha descubierto. Quizás así los niños la dejen en paz.
La guerra es horrible, la muerte nunca llega de inmediato. Los gritos de dolor casi no le molestan. Está acostumbrada a oír el momento en que se desgarra la vida y el alma cae al mar congelado de la eternidad. Su fisura es su oído, su puerto de acceso, su vagina astral.
—¡¡Montenegro!! —grita entre los estallidos—. Sácame de aquí.
16
La habitación es de color rojo y está sumergida a doscientos kilómetros bajo el océano. Las palabras son números con forma de peces abisales espantosos.
—Magdalena lo sabe todo.
—Tenemos que ayudarla a llegar hasta nosotros.
—Hay que matarla de inmediato, señor.
—Tranquilo, hoy te toca a ti morir.
La habitación se vuelve rojo sangre, pasan dos segundos y toda la escena se apaga en los monitores.
17
—¡Espere! —grita la secretaria, intentando detener a Magdalena, que entra intempestivamente en el despacho de Rodrigo Mundaca.
—Déjala —dice sin quitar la vista del informe que estaba leyendo. Magdalena está impaciente.
—¿Y bien?
—Estoy horrorizado —murmura dejando el informe a un lado.
—¿Qué vamos a hacer entonces?
—Dame un segundo, todo esto es demasiado espantoso. Todavía no entiendo bien.
—¡¿Qué parte no entendió?! —Los ojos de la mujer eran dos brasas grises—. ¿La parte donde dice que el Gobierno traficó con médula ósea humana para un proyecto ilegal? Lo único que debemos hacer es denunciarlos ante el Congreso y pedir una investigación. Estoy segura de que descubriremos que también están involucrados en los asesinatos de niños, en tratos con las mafias de tráfico de órganos. Yo tendré mi caso y mis pesadillas resueltas y usted será presidente de la República interino. ¿Qué parte es la que no entiende?
Rodrigo Mundaca abrió su boca sin dientes y sonrió como un reptil. Magdalena pensó que en cualquier momento una lengua bífida se asomaría entre sus labios resecos.
—Creo que despediré a mis asesores de Recursos Humanos. No entiendo cómo no habían reparado en alguien como tú. Ese ímpetu ya no se ve en política, hija.
Magdalena sufrió un microataque psicótico. Alcanzó a ver el acantilado que nos espera cuando demos el último paso, un fondo lleno de uranio al rojo vivo que nos llama por nuestro nombre.
—¿Te ocurre algo? —Se levantó preocupado.
—Quiero una respuesta —espetó con acritud buscando aplomo en su agresividad.
Mundaca se quedó en silencio durante casi un minuto. Magdalena volvía a estar ahí lentamente.
—Hoy es miércoles —habló con voz alta y fuerte—. El viernes en la sesión ordinaria nos acompañarás y expondrás el caso ante el Congreso de la República. En ese momento ya habremos conseguido las alianzas suficientes para respaldar la acción. A raíz de la contundencia de las evidencias, pediremos que el Congreso asuma momentáneamente la dirección del país hasta que la investigación termine. El pueblo debe estar informado y protegido de estos delincuentes. —Magdalena sonrió, sabía que las cámaras personales del partido estaban grabando el «momento histórico» en que Rodrigo Mundaca tomaba la firme decisión de combatir el mal. Era un espectáculo cliché y patético, pero ¿no era eso la actividad política?
18
Un vehículo del partido sale del búnker subterráneo con Magdalena en su interior.
Permanecerá en una casa de seguridad vigilada hasta el día de la sesión. Al mismo tiempo, un grupo de cinco asesores entraba en el despacho de Rodrigo.
—Camaradas —alzó la voz para acallar los murmullos—. Como pueden ver somos seis y no siete las personas reunidas. Rodrigo Guzmán sufrió un terrible accidente hoy por la mañana. El fue quien recomendó a Magdalena Véliz para que investigara el caso de los huérfanos asesinados. Nos aseguró que era una exdrogadicta muy inestable e incapaz siquiera de encontrarse a sí misma, menos a los responsables del tráfico de médula. Pues bien, tengo la impresión de que está a punto de descubrir las identidades de las mafias de tráfico de órganos detrás de los asesinatos. Si lo hace, ellos se sentirán traicionados y harán público su nexo con nosotros. Sus periódicos publicarán el escándalo de inmediato: el Partido Laborista involucrado en tráfico de órganos y asesinato a menores. Nosotros por nuestra parte diremos que sólo hacíamos de intermediarios para el Gobierno y sus proyectos, entonces todo se derrumbará en un apocalipsis político de proporciones bíblicas.
Rodrigo Mundaca se puso de pie y caminó hacia la ventana falsa para mirar una manada de bisontes corriendo por Isla de Pascua.
—Hay que matarla de inmediato —se atrevió uno a romper el silencio. Rodrigo sonrió.
—¿Para qué? ¿Para que otro retome la investigación que dejó en los computadores de la KARMA POLICE?
—¿Qué haremos entonces?
Mundaca suspiró.
—Vamos a dejar que hable ante el Congreso.
19
El Congreso de la República era un ganglio enorme suspendido por cuerdas de acero en el espacio central de Ciudad Elqui. Conectado por fibra nerviosa sintética a la red de ganglios que cubrían el país, este centro cívico era lo más parecido a un cerebro que un país podía tener. Un panal donde pululaban funcionarios y peones políticos humanos y semihumanos las veinticuatro horas del día.
Pero ese día era especial.
La comitiva del Partido Laborista arribó con mucha pompa en tanquetas de cartílago y contenedores de seguridad. Una vez en el interior, Magdalena solicitó el podio reservado para ella con anterioridad y con gran elocuencia desplegó la presentación de su caso en enormes láminas transparentes que se mecían como medusas bajo un mar tropical en medio de la sala. Todo parecía avanzar perfectamente. Los rostros de la audiencia se encogían o se agrandaban dependiendo del sector político al que pertenecían. Todos permanecían inmóviles, mirándose de reojo unos a otros, esperando el final del terremoto que la mujer modelaba con sus palabras.
—¡Basta! —gritó de pronto Rodrigo Mundaca apenas Magdalena insinuó un posible enlace político en los asesinatos. La mujer sintió que la espalda se le congelaba, soltó el puntero de luz y miró en todas direcciones los rostros de asombro que se convertían en reprobación. La sangre comenzó a bajar de velocidad y el edificio se disolvió ante sus ojos. No entendía nada.
—Señor Presidente del Senado —agregó Mundaca dirigiendo una mirada suplicante hacia el estrado—. Disculpe el espectáculo…
—¿Hay explicación? —murmuró el presidente desde la testera, con la misma mezcla de ofuscamiento y molestia que tenían todos en la sala. Dos guardias de seguridad se ubicaron tras Magdalena, que luchaba por recuperar la realidad.
—Cometimos el error de darle una oportunidad a esta pobre enferma —se excusó lastimosamente—. Le aseguro que el tema a presentar era otro, nos habló de sus obsesiones pero jamás pensamos que las haría públicas de esta manera. Es una pobre drogadicta con pésimos antecedentes. Es decir…, bien… su padre… eh… la violaba y la golpeaba continuamente. Lo sentimos y estamos dispuestos a asumir las consecuencias de este exabrupto, señor Presidente.
La autoridad guardó silencio, tecleó en el aire desplegando en medio de la sala la ficha personal de Magdalena. Suspiró meneando la cabeza.
—Esto es gravísimo, Mundaca. Llévesela inmediatamente antes de que la encierre por ofensas públicas. —Los guardias tomaron a una Magdalena casi catatónica y la arrastraron hacia las oficinas del Partido Laborista.
—Asumimos todas las consecuencias, señor Presidente.
20
Lo siguiente que Magdalena recordaba eran cachetadas e insultos que salían de la nada. Luego un vehículo oscuro y más golpes. Finalmente el techo de su diminuto departamento personal.
«La Máquina Yámana quiere colonizar el océano como una infección. Convertirlo en un cerebro de plancton y podredumbre».
Su habitación giraba 30º emitiendo un sonido similar al de la corriente eléctrica, un mantra incluyendo el nombre de Angélica.
No recuerda cuánto tiempo pasó, quizás años.
«Hay que despertar a la Pachamama, la madre tierra que fue hipnotizada por los brujos europeos durante la Conquista».
Su cama naufragaba en sus lágrimas.
Hasta que por fin se durmió.
21
—Ya no tenemos ni a Angélica ni a la Máquina Yámana.
—Déjala dormir.
22
Al día siguiente, Magdalena despierta con alguien encima tapándole la boca.
—No grites, la policía viene en camino. Anoche mataron al tipo que te entregó el crack para ingresar en NEUROCORP. Rodrigo Mundaca declaró a la policía que lo amenazaste de muerte. Ven conmigo y vas a tener una oportunidad.
Magdalena estaba aterrada y desorientada. La cabeza le daba vueltas y le costaba distinguir los objetos reales de los que no lo eran. Algo se había desestabilizado en su mente y en su corazón. Estaba perdida. Escuchó las sirenas. Miró al tipo a los ojos y asintió.
Esquivaron el operativo policial con gran pericia en un vehículo liviano. Por el vídeo, Magdalena pudo escuchar la noticia del asesinato y la voz de Rodrigo Mundaca hablando de ella, de su psicosis, de su desequilibrio y de las dos pistolas de reglamento que aún portaba.
Llegaron a unas instalaciones abandonadas en la periferia de la ciudad. Ella no pudo bajar sola del vehículo. Un grupo de personas se acerca y uno de ellos le levanta la cara por el mentón y la escudriña como a una mercadería.
Magdalena vomita, siente que vomita por la fisura en su cráneo. Le cuesta mantenerse en pie, siente la cabeza llena de una voz angelical y diminuta que la llama y le pide ayuda.
—¿Me puedes escuchar? —dice uno de los integrantes del grupo. La mujer levanta la cabeza y asiente. El que la escudriñó en un principio se acerca con una pistola hipodérmica y se la inyecta en el cuello. Siente que un fuego frío le sube por la columna y despierta rápidamente a su realidad.
—Magdalena, tu partido te traicionó. Rodrigo Mundaca te entregó. Ellos eran quienes le pagaban a las mafias para que asesinaran niños y luego nos vendían la médula, asegurándonos que tenía un origen legal.
—¿Por qué no me entregan a la policía? —murmuró entre sueños.
—Nadie te va a entregar, pero necesitamos algo de información.
—¿Por qué habría de dársela? —murmuró y volvió a vomitar.
—Porque no tienes alternativa, ahora. Allá fuera está la policía y Mundaca.
—¿Qué quieren saber?
El hombre miró a su alrededor y preguntó en voz baja.
—Sabemos que encontraste a Angélica. Debes decirnos dónde está ella ahora. La necesitamos.
Magdalena sonrió.
—Está aquí adentro —dijo golpeándose la cabeza con un dedo—, somos amantes ahora. —El hombre la miró con asombro. Una voz se escuchó tras ellos.
—Te dije que era cierto, ministro —dijo Rodrigo Mundaca saliendo de uno de los vehículos.
—Pensé que Angélica viva en la net era un mito sin sentido, presidente —agregó el hombre sin quitarle los ojos de encima a una sorprendida Magdalena.
—Te entregamos lo que querías. A Angélica y a Magdalena, ya lo comprobaste. Esta mujer es el último vestigio de tus operaciones encubiertas. Sácala de enmedio y podremos continuar con nuestros negocios.
—¿Y qué deberíamos hacer con ella?
Rodrigo sonrió.
—Matarla, por supuesto.
El ministro le saca su arma de servicio a Magdalena, que lo mira con estupor y le dispara a Mundaca en la cara.
La bala entra por la pupila, navega quemando el humor vítreo, atravesando la retina y abriéndose paso sin permiso, como un meteoro, a través de las catedrales del encéfalo; desgarrando memorias, colores, datos y amores, como una estampida de toros al rojo vivo atravesando la cristalería de los recuerdos y los callejones de intriga del presidente. Todo se suspende mientras el trozo de plomo desgarra la vida de Rodrigo. Todo se tiñe de rojo cuando estalla la parte posterior de su cabeza y la sangre, el encéfalo y las astillas de hueso dibujan una flor escarlata en el costado del vehículo. El presidente del Partido Laborista cae como una marioneta sin hilos, con el rostro de lleno en el suelo de concreto.
—Ahora —dijo el ministro—, también eres responsable de su muerte —sonrió—, tenemos hasta unas grabaciones donde lo amenazas por truncar tu carrera política. Y la bala además salió de tu propia arma.
—¿Por qué lo mataste? —murmuró Magdalena al borde del desmayo.
—¿Para qué compartir la ganancia? Tú reemplazarás a Angélica en la Máquina Yámana. El Partido Laborista se hundirá en el escándalo y nosotros seremos los sacerdotes intermediarios entre el Cielo y la Tierra. Sacerdotes muy poderosos, por decirlo de alguna manera.
—¿Yo soy Angélica? —musitó.
—Tú no eres nadie. Nunca has sido otra cosa que un recipiente mal hecho, una deformación que, por accidente, se convirtió en aparato útil. Eres una radio vociferante captando todas las señales a la vez —sonrió.
Magdalena comenzó a sollozar.
—Con Angélica en tu interior, eres hardware de valor incalculable.
Magdalena lo miraba entre sueños. Ya no aguantaba más. Su padre estaba en su cabeza y la golpeaba todos los días con infinitas maneras de producirle daño, su dolor era un mar inmenso en el que le gustaría ahogarse.
Cuando el guardia se acercó con unas esposas con el logo de NEUROCORP en el cromado, recordó a su compañera más secreta, a su pequeña compañera de metal que esperaba escondida el momento de ayudarla.
El ministro no se dio cuenta. Caminaba confiado hacia el vehículo cuando sintió el estampido. Al girar vio la segunda arma de servicio de Magdalena volar por los aires, mientras la cabeza de la mujer se suspendía, sus cabellos alborotados, se contorsionaba en un gesto extraño y trazaba una curva roja directa hacia el suelo, envuelta en una nube de sangre y cabello. La fisura ya no existía, el dolor se había ido.
El ministro bajó la mirada completamente abatido. Alguien bajó del vehículo y luego de mirar con asco los despojos de la joven de diecisiete años que había sido Magdalena Véliz, palmoteó la espalda del hombre y le susurró al oído.
—No importa, aún soñamos con el Ygdrasil.
Le ordenó suicidarse y se alejó en el vehículo cuando las sirenas comenzaban a acercarse entre los callejones periféricos de Ciudad Elqui.
Comenzaba a atardecer.