el planeta sandaroth
Los fotógrafos estaban impresionados… y más que impresionados.
Para el promedio de cualquier mente humana, aquellos seres eran asquerosos, viles, molestos y obscenos.
—¡Hacen que se me revuelva el estómago cuando los veo! —había dicho la señora Dennis Barlow cuando entregó el sobre al doctor Paul Hiroa.
El doctor Hiroa había recibido el sobre y extraído unas fotografías. Este doctor había sobrepasado, con mucho, la sexquicentésima marca, lo que hacía que se considerara un hombre «viejo» aun por los mejores promedios generales geriátricos, y había visto y hecho muchas cosas que probablemente hubieran impresionado a la señora Dennis Barlow, de modo que su reacción al ver las fotografías fue débil, en comparación. Sin embargo, tenía que confesar para él mismo que no eran de las que puedan colgarse en la alcoba de uno.
Eran once en total y todas distintas, aunque siguiendo un mismo modelo. Eran fotografías de color ordinario, tomadas con una lente que captaba los detalles más finos, y estaban impresas en un tamaño de veinte por veinticinco centímetros. No eran fotos tridimensionales, sino de una sola dimensión, lo que las hacían más horribles, ya que las primeras tendían a hacer ver los objetos de una fotografía como pequeños muñecos, restando mucho el sentido de la realidad de lo que una foto pueda evocar.
El doctor Hiroa se detuvo en la quinta fotografía, sabiendo que las miradas de ambos, de la señora Dennis y de su esposo, se encontraban fijas firmemente en él.
Fue el esposo, el doctor Barlow, el que primero habló:
—Esa es la que me impresionó más también, doctor Hiroa. El resto de ellas pasa, pero una muchacha como esa…
—¡Y ese monstruo horrible! —terció la señora Barlow.
El «horrible monstruo» era lo bastante malo para el ojo no educado, eso lo tenía que admitir el doctor Hiroa. En forma, el cuerpo era vagamente felino, con piernas que bien podrían ser una mezcla de pantera y rana. La cabeza se podría decir que fuera parte de un tigre, parte tiburón, aunque solo estuviera dotada de dientes afilados, capaces de desgarrar cualquier cosa; el resto de la dentadura eran molares, lo que daba a entender que la criatura era omnívora. Los ojos eran grandes como platos y muy poblados de pestañas.
En vez de hombros, la cosa tenía una estructura de collar de donde partían ocho tentáculos gruesos y musculosos.
Pero eso no era lo que causaba el verdadero horror.
El verdadero horror estribaba en lo que los tentáculos estaban haciendo.
La hembra se colgaba de sus tobillos, que estaban atados, juntos, a un gancho suspendido de una viga. Y estaba desnuda.
En efecto, estaba demasiado desnuda como para provocar ninguna otra emoción como no fuera impresionar terriblemente a cualquier ser humano masculino en su juicio.
No tenía piel, y los instrumentos que sostenía en el extremo de sus tentáculos eran cuchillos de los que se utilizaban para desollar.
El doctor Hiroa no dijo ni una palabra, sino que continuó viendo el resto de las fotografías. Como las primeras cinco, presentaban escenas similares en algún macabro matadero.
Cuando terminó de verlas, el doctor Hiroa las colocó sobre su escritorio, cara arriba, y miró primero al doctor Barlow y después a su esposa Blanche. Barlow tenía treinta y ocho años y una cara arrugada, no precisamente bien parecido, pero ciertamente lo bastante varonil como para ser atractivo para la mayoría de las mujeres. Blanche Barlow era seis años más joven, con cabellos dorados como el sol, una figura encantadora y una cara impresionantemente hermosa. Fácilmente se podría haber dicho que tenía solo unos veinticuatro años de edad.
Antes de que el doctor Hiroa pudiera decir algo, fue la mujer la que habló:
—¿Tenía usted noticia de que esta clase de cosas suceden aquí, en Sandaroth? ¿Había sido informado de que este destazadero de seres humanos se llevaba a cabo, doctor Hiroa?
El doctor frunció las cejas.
—Si los darotha han causado la muerte a algunos seres humanos, con seguridad que no lo sabía —dijo pausadamente—. Con certidumbre le digo que esa clase de muertes no había sido reportada. Solamente hay tres cuartos de millón de seres humanos en todo el planeta, y el desolladero de seres en grande escala con seguridad que para esta fecha ya hubiera salido a la luz pública desde hace mucho tiempo.
—¿Está usted queriendo decir que esas fotografías han sido… mmm… elaboradas? ¿Falsificadas? —preguntó la señora.
Hiroa esbozó una incipiente sonrisa. Sabía que los Barlow no habían ido en su investigación más allá de doscientos años-luz simplemente bajo la base de unas fotografías que pudieran haber sido arregladas. La mujer estaba tratando de ver si el senil, tonto y endeble viejo doctor Hiroa podría inventar alguna mentira para salir del atolladero.
Contuvo aquella sonrisa, y levantando las cejas, dijo:
—¿Elaboradas? Vamos, no, señora Barlow. ¿Por qué las habían de elaborar?
—Acaba de decirnos que no sabía usted que tal destazadero se llevara a cabo en el planeta —replicó la señora.
«Está bien, señora», se dijo el doctor para sus adentros, «si usted desea que juguemos, le seguiré la corriente».
El doctor había seguido esa clase de bromas durante un poco más de un siglo antes que ella. Entonces, señalando hacia las fotografías, dijo:
—¿Usted se refiere a ese destazadero? Yo no dije tal cosa, señora. No.
—Usted dijo que si era llevado a cabo un destazadero semejante de seres humanos por los monstruos darothas, ya hubiera salido a la luz pública desde hace tiempo —los azules ojos de la señora mostraban enojo.
—Creo que me ha malinterpretado, señora —dijo con la seriedad necesaria en su voz—. Estoy completamente seguro de que jamás llamé monstruos a los darothas —entonces sus ojos color café oscuro dirigieron una mirada firme hacia los de ella—: ¿Y qué tiene que ver eso con estas fotografías?
De la mirada de Blanche no desaparecía el enojo, y en la comisura de sus labios apareció cierta blancura.
—Ya veo —dijo entre dientes—, les está usted negando sus derechos humanos a los oriundos de Sandaroth.
—A la mayoría de ellos, sí —dijo Hiroa—. Hay una criatura perjudicial insectoidea, con todos los malos hábitos de un mosquito, a la que particularmente considero como inhumana.
—¡Doctor Hiroa! —exclamó furiosa—, no trate de enredarme con palabras inútiles. Usted sabe perfectamente lo que quiero decir.
—Blanche… —empezaba a hablar el esposo.
Pero Hiroa lo interrumpió.
—¡No, señora; no sé lo que quiere decir! ¿Oriundos? Muy bien, ya no trataré de enredarla con palabras inútiles si usted cesa de emplear términos como oriundos.
—No seré…
—Silencio, Blanche.
El doctor Barlow no levantó demasiado la voz para hacer callar a su esposa, pero sí lo hizo con firmeza y autoridad. La señora le dirigió una mirada de enojo pero guardó silencio. No la veía a ella, sino al doctor Hiroa.
—Doctor Hiroa —dijo—, mi esposa y yo hemos estudiado cuidadosamente los reportes concernientes a las formas de vida mayor en este planeta. ¿No es verdad que los anfibios, dotados de tentáculos como los derothas, hayan no solo esclavizado a los aborígenes humanoides sino también los han destazado para comérselos?
—Destazado y comido, sí —dijo el doctor Hiroa tranquilamente—, ¿pero esclavizado? Difícilmente. Requiere cierta inteligencia y también cierta docilidad para dejarse esclavizar. Usted podrá, estirando un poquito el significado, decir que nuestros ancestros esclavizaron al caballo. Pero nunca a un tigre de Bengala o a un lobo.
Barlow replicó:
—Usted no es antropólogo, ¿verdad, doctor Hiroa? —Esto fue dicho por Barlow en forma de pregunta, pero no como una en especial.
—No —contestó de todos modos Hiroa—. Mi campo es sociología política. Estoy aquí para asegurarnos de que la colonia del «Homo sapiens terrestrialis» no se vuelva socialmente salvaje, como ocurrió en Vangomar.
—¿Tampoco es usted biólogo? —insistió Barlow.
—Tampoco biólogo —respondió Hiroa cansadamente.
—Mmm. De acuerdo con los reportes, usted considera a los aborígenes humanoides como si fueran nada más animales. La Fundación Darlington no piensa que ni usted ni alguien más aquí en Sandaroth está capacitado para formarse tal juicio. Para ser más específico, yo soy biólogo y zoólogo. Mi esposa es antropóloga. Los dos estamos capacitados, y si puedo decirlo, muy conocidos y respetados en nuestros campos. Como usted lo es en el suyo, por supuesto. La Fundación nos ha enviado aquí para verificar científicamente la condición de las especies a las que hemos llamado inicialmente como «Homo sapiens sandarothorum». Hemos pensado pedirle su ayuda pero, aparentemente, usted también está convencido de que esas especies no son más que animales.
—Mi querido doctor Barlow —dijo Hiroa sin alterarse—, me sentiré completamente feliz al proporcionarles a ustedes toda la ayuda que deseen. Sus documentos están en orden, su comisión es explícita. El implicar que yo falle en darles ayuda simplemente porque yo no esté de acuerdo con sus predisposiciones personales, es hacerme una injusticia que raya en un insulto personal.
—No tengo ninguna predisposición para una u otra —explicó Barlow—. Ni tampoco mi esposa. Estamos aquí simplemente para ver que se haga justicia.
—Exactamente —terció la esposa—. No se ha pretendido insultarlo de ninguna manera, doctor Hiroa. Y a propósito, ¿puedo hacerle una pregunta?
«Por supuesto una pregunta personal», se dijo Hiroa. «Esa es la única clase de preguntas que se entienden con tal insinuación». Después, en voz alta, dijo:
—Nunca me sentiré ofendido por una pregunta honrada, a menos que usted se ofenda por una respuesta apegada a la verdad.
Blanche ignoró lo dicho por el doctor Hiroa, y prosiguió:
—Me parece que usted es de Nueva Zelanda, descendiente de Maorí, ¿no es así?
—Así es.
—Entonces yo pensaría que usted debía tener más compasión por los humanoides aborígenes, considerando cómo fueron tratados por los ingleses sus propios ancestros, en los siglos dieciocho y diecinueve.
—En primer lugar, señora Barlow, mis ancestros nunca fueron esclavizados ni comidos por los ingleses, aunque no niego la posibilidad de que uno o dos de aquellos hayan disfrutado de un cerdo inglés, grande, de vez en cuando. En segundo lugar, obtuvimos el derecho de ser reconocidos como seres humanos, con derechos humanos, por nuestra propia habilidad para aprender nuevas maneras de vida y por nuestra habilidad y valor para la guerra. Obligamos a los ingleses a ese reconocimiento; no nos fue dado por ello en una bandeja de plata. Y en tercer lugar, los maoríes fueron humanos desde el principio, si es que usted me perdona que haga uso de un viejo recurso para establecer un punto definitivo y válido.
Una vez más, los labios de Blanche Barlow se contrajeron pero no contestó nada.
—Ahora bien —continuó el doctor Hiroa—, no veo razón para prolongar más estos argumentos. No prueban ni una ni otra cosa. En lugar de que nosotros discutamos nuestros sentimientos personales, debíamos estar discutiendo hechos científicos. Ustedes dos se encuentran aquí para descubrir esos hechos. De modo que más que disputas preparemos su programa. Discutamos modos y recursos. Establezcamos sus necesidades, para llevar a un buen término su obra.
Transcurrieron otros diez minutos de diplomacia para lograr disipar de los rostros de la pareja el disgusto y remplazado con sonrisas amistosas, pero al fin lo logró. Empleó dos horas más para hacer los arreglos de los estudios que ellos querían realizar, y fue logrando finalmente con solo una mínima fricción.
—Después de todo, no es tan malo ese viejo muchacho —dijo el doctor Barlow cuando salieron de la oficina del doctor Hiroa.
—No es más que un hipócrita —dijo Blanche firmemente—. Pero en mi vida he tropezado con muchos de su clase y algunos de ellos son perfectamente agradables y racionales, excepto en el campo de su hipocresía.
Deteniéndose frente a la puerta del ascensor, Barlow oprimió el botón para bajar. No había en el edificio tiros gravitacionales; lo mejor que podía ofrecer Sandaroth eran los ascensores eléctricos anticuados. Los tres cuartos de millón de colonos terrícolas habían estado en el planeta únicamente veinticinco años, aunque un pequeño grupo de científicos había llegado en avanzada treinta y cinco años antes que los colonos. El construir una colonia habitable en un planeta extraño requiere tiempo, dinero, esfuerzos y proveerse de lo necesario antes que permitirse ningún lujo. Lo básico preferiblemente antes que lo elaborado; esas eran las condiciones primarias.
Dermis y Blanche Barlow esperaron pacientemente, mientras el indicador del ascensor saltó al número seis.
Cuando se deslizó la puerta, abriéndose, y un horroroso ser provisto de tentáculos salió, Blanche lanzó un pequeño grito, para desmayarse al instante. Apenas tuvo su esposo oportunidad de sostenerla para evitar que cayera y rápidamente se hizo a un lado sujetándola en los brazos, mientras el darotha se alejaba con grandes pasos, semejantes a los de una pantera.
El doctor Hiroa observó cómo la perilla de la puerta de su oficina giró dos veces ruidosamente y después permaneció inmóvil.
—Pase y sea bien venido —dijo en voz alta, sabiendo que cualquiera que se encontrara en el pasillo no podía ser más que un darotha.
Careciendo sus tentáculos de huesos, no estaban bien adaptados para tocar las puertas, de modo que el darotha, aceptando el deseo terrícola por tener privaría, la cual ellos no poseían en ningún grado, había adoptado sus propios modos convencionales para anunciar su presencia.
La perilla giró nuevamente y aquel ser entró en la oficina.
—Hola, doctor Hiroa. Acepto su hospitalidad —dijo saludando el darotha con la dificultad natural de todos los de su especie para expresarse en el lenguaje terrícola.
No había dos naturales del planeta que tuvieran una pronunciación igual. Cada cual lo pronunciaba del modo que más le agradaba.
—Hola, Ghundruth, ¿qué te trae por aquí? Yo pensé que ibas a permanecer durante otros cien días en Great Shoals.
—Algo ha ocurrido, doctor —dijo Ghundruth describiendo pequeños círculos en el aire con las puntas de dos de sus tentáculos más largos—. Yo pensé que sería mejor discutirlas con usted. Pero primero deseo que les dé mis disculpas a sus nuevas gentes.
—Oh —exclamó Hiroa—. ¿Conociste a los Barlow?
—En el pasillo, sí. Precisamente cuando salí del ascensor. Y como obviamente mi presencia los impresionó y asustó, simulé no advertirlos.
—Les presentaré tus disculpas —dijo Hiroa—, aunque, por supuesto, tales disculpas no son necesarias. Es una reacción automática de aquellos que no están preparados para encontrarse con un darotha.
—Naturalmente —concedió Ghundruth—. De la misma manera reacciona nuestra gente que no ha visto a ninguno de ustedes con anterioridad y que tampoco ha sido informado de su existencia. Entonces, ¿los dos que encontré no saben de nosotros?
—No del todo —respondió Hiroa. Reflexionó que esa afirmación era verdadera hasta cierto punto—. Los informes que ellos tenían de ustedes eran muy pobres y poco satisfactorios. También yo me disculpo contigo por la manera en que hayan actuado al verte.
—No es nada —dijo Ghundruth, haciendo girar el extremo de sus dos tentáculos. Las otras extremidades las tenía recogidas, como la mayoría de los darothas; habitualmente lo hacían cuando no las utilizaban para algún trabajo delicado, lo que hacía que esos tentáculos fueran semejantes a los de un pulpo. Pero cuando algún trabajo manual lo requería, todos los extremos de los tentáculos se abrían como una flor, convirtiéndose prácticamente en cinco dedos tentaculares, o para decirlo con más precisión, en cinco pulgares, cada uno de los cuales se encontraba colocado en posición opuesta a los otros—. Pero eso me trae una pregunta a la mente —continuó Ghundruth—. Yo he deducido que debe de haber una forma de vida salvaje en el mundo de ustedes que, en muchos aspectos, se asemeja a la nuestra. Tengo curiosidad por saber si mi deducción es correcta.
—Así es —dijo Hiroa pausadamente. Él no deseaba mentirle a Ghundruth—. Esa forma de vida a la que te refieres es puramente la de una criatura acuática más que anfibia, como es tu gente, pero tiene ocho tentáculos y es generalmente temida por nuestra especie. Naturalmente es carnívora —titubeó un poco el doctor, y enseguida añadió—, lo llamamos octopus o pulpo.
La boca de Ghundruth medio semejante a la de un tigre o tiburón se contrajo en una mueca, y un gorgoreo ronco brotó de lo más profundo de su garganta.
—¡De modo que es por eso que ustedes nos llaman octopusies!
—En parte —concedió Hiroa. Y para sus adentros, se dijo: «Hay que obrar con tacto». Y continuó—: Pero la palabra es un… lo que nosotros llamamos una palabra compuesta…; esto es: una palabra hecha con la mezcla de dos palabras. La otra es «pussy», que se refiere a un animal pequeño con su piel cubierta de pelo, una criatura de sangre caliente con la cual alguna de nuestras gentes vive en una, relación semisimbiótica.
Aquella explicación pareció interesarle a Ghundruth.
—¿Indudablemente? ¿Y cuál es él… mecanismo? ¿Algún trato o arreglo? Siento que no tengo las palabras adecuadas.
—Es un arreglo mutuo —dijo Hiroa.
—Sí. ¿Y qué proporciona cada uno, si es que no lo ofendo al preguntarle?
—De ninguna manera. El hombre proporciona ternura, seguridad, albergue y alimento, mientras el «pussy» (gatito) proporciona compañía, amistad y un calor emocional… Tienes que entender que esos animalitos no tienen una capacidad intelectual elevada; su compañía es de un carácter puramente emocional.
—¡Ah! Ya veo. Gracias por su confianza.
Después de decir eso, el darotha extendió los extremos de sus dos tentáculos principales, dejándolos convertidos en secciones de cinco dedos que entrelazó de la misma manera que un hombre cruza sus manos sobre su pecho. Era un gesto significativo que el doctor interpretó como si aquel ser quisiera decir: nos hemos intercambiado frases agradables, y ahora deseo hablar de cosas importantes.
A su vez, el doctor Hiroa levantó las manos y las cruzó al nivel de su pecho en una réplica, indicando que estaba de acuerdo en hablar de negocios. Interiormente sintió una sensación de alivio. El darotha tiene muy poco sentido por la privacía física, pero en cambio, su sentido por la privacía mental era muy fuerte. No se debía a que no fueran curiosos, ya que su sentido por la curiosidad estaba altamente desarrollado. Pero su cultura les prohibía que la curiosidad invadiera la vida personal de otro. Un darotha podía, debía, y en realidad merodeaba, entre todo lo que el mundo físico tenía para ofrecer. Casi todo darotha inteligente, adulto, podía tomar cualquier aditamento que nunca hubiera visto antes (por ejemplo un reloj mecánico de pulso), desarmarlo y después de unos cuantos minutos de estudio armarlo perfectamente. Y si tal aparato fuera dejado al azar, un darotha procedería a desarmarlo y estudiarlo sin pedir permiso, a menos que a esa hora fuera usado realmente.
El mismo doctor Hiroa una vez, hacía muchos años, presenció con sorpresa cómo un darotha abrió una caja de seguridad, la primera que llegó a Sandaroth. Es cierto que era de aquellos modelos viejos, ya que las de construcción moderna, ajustadas personalmente, con aditamentos de campos saturados, eran demasiado caras para la economía de la colonia Sandaroth, además de que era innecesaria.
(Los requisitos psicológicos rígidos para los colonizadores de Sandaroth habían mantenido alejado todo aquello cuyo arreglo mental los pudiera desviar de un trabajo honesto hacia la felonía. Los darothas fueron la primera raza extraterrestre que el hombre había encontrado, y el doctor Hiroa insistió en que Sandaroth fuera colonizado por hombres civilizados, no por desechos de la sociedad). Aquella caja de seguridad no había sido diseñada a prueba de ladrones, solamente a prueba de fuego, para proteger los archivos. El concreto y el hierro eran demasiado caros, y la mayoría de los edificios fueron construidos de madera.
Físicamente, la caja aquella era un cubo de un metro con una puerta al frente y una cerradura de combinación sencilla. Fue propiedad del mismo doctor Hiroa y aún se conservaba en su oficina, aunque los edificios de madera ya habían sido remplazados por otros de estructura de ferroconcreto. Pero hacía veinte años que Hiroa había pensado que la caja de seguridad fuera necesaria.
Un día después de que llegó él al planeta, y que importó un buen número de artículos de la Tierra, un darotha llegó a verlo. El sociólogo se encontraba hablando por teléfono, en aquellos días aún no eran videófonos. Había hecho la indicación de que aquel ser esperara, y prosiguió con su conversación.
El darotha se sentó a esperar (tampoco tenía el doctor oficinas separadas). La mirada de la criatura de Sandaroth vagó alrededor del cuarto. Vio a la señorita Deller, la secretaria del doctor y jefa de asistentes trabajando asiduamente en un electrotipo. Después de unos minutos en que el darotha absorbió toda la información que pudo acerca de la máquina operada por la secretaria, volvió la mirada hacia la caja de hierro.
Aparentemente fascinado la observó durante largo tiempo. La señorita Deller sacó de su electrotipo una hoja de papel y salió de la oficina. El darotha se levantó de su asiento y caminó hacia la máquina que acababa de dejar la secretaria y vio que aún estaba conectada. «En uso», decía un letrero rojo. Muy bien. Nuevamente vio la caja y se arrodilló para inspeccionarla más de cerca. Entonces se volvió hacia Hiroa para ver si lo observaba. Muy bien, sí lo veía. Con uno de sus tentáculos tocó la estructura de hierro, sin apartar la mirada del doctor. Este continuó observándolo sin dejar su conversación.
El darotha desplegó los cinco dedos del extremo de su tentáculo sin dejar de mirar al doctor y los deslizó hasta la parte superior de la caja. No hubo reacción por parte de Hiroa. Solemnemente, el de los ocho tentáculos cerró los ojos y los abrió nuevamente. Era el equivalente de un asentimiento silencioso de gracias de un ser terrícola.
«Sí. Ciertamente, Charlie», decía Hiroa en el teléfono. «Sí, adiós», pero cuando en el otro extremo de la línea telefónica sonó el clic, el doctor no colgó su auricular. «Oh, muy bien, es probable», dijo sin saber si el darotha entendía mucho inglés. Quería ver lo que aquel ser pretendía y se alegró de haberlo resuelto así.
El darotha tocó y miró la parte superior, el fondo, los lados y la parte de atrás; luego la puerta de seguridad, donde corrió los dedos por la pequeña ranura que dejaba la puerta en la caja. Entonces trató de hacer girar la manija. No sucedió nada. Suavemente tocó el disco grabado con los números y graduaciones. Miró muy de cerca las diminutas marcas y lentamente hizo girar el disco, primero en un sentido y enseguida en otro. Ya había colocado otros de sus tentáculos, uno sobre la manija, otro sobre la perilla del disco y uno más cerca de las marcas; sus dedos sensitivos tocaban el borde en donde estaban grabados los números. Los cinco tentáculos restantes estaban tocando la caja en diferentes partes, con los dedos de los extremos palpando para ver qué información podían transmitir a su cerebro. Pensó Hiroa que aquella criatura daba la impresión de una estrella marina tratando de abrir una ostra, pero que en lugar de una presión constante, utilizaba fuerzas más poderosas: la observación y la inteligencia.
«No, Charlie; seguro. Si usted lo cree así…»
La señorita Deller regresó y se detuvo junto a la puerta. Vio al darotha y volvió la mirada hacia el doctor. Entonces, entendiendo inmediatamente y aceptando la situación, reanudó sus pasos para regresar a su escritorio y sentarse como si nada extraordinario estuviera pasando.
Hiroa, de vez en cuando, echaba una mirada al cronómetro de pared. Cuando finalmente el darotha tiró de la manija y se abrió la puertecilla, Hiroa rápidamente consultó el reloj.
Desde que el natural de Sandaroth empezó a palpar el disco hasta que abrió la caja, habían transcurrido más o menos como diecisiete minutos. Durante ese tiempo, el darotha había deducido que aquel objeto servía para guardar algo, que la manija abría la puerta y que el disco tenía que ser manipulado, de cierta manera, para liberar el mecanismo que mantenía la puerta cerrada. La sensibilidad de los dedos con que estaban provistos sus tentáculos había realizado el resto, indicándole cada vez que caía un pernito de la cerradura.
Naturalmente que en parte había sido afortunado, pero la concentración de pensamiento que requirió fue más allá de la suerte.
El darotha ignoró los papeles que contenía la caja. Inspeccionó los tornillos y seguros que se deslizaban en la parte interior de la puerta.
Hiroa dijo finalmente:
«Muy bien, Charlie; adiós», y colgó.
El darotha levantó rápidamente la mirada y enseguida se puso en pie. Sin ver la caja cerró la puerta, hizo girar el disco y probó que la manija no funcionara, diciendo:
—Gracias por la oportunidad de instruirme.
—No hay por qué darlas. ¿Quería usted hablarme?
—Shí, shí. ¿Ushted esh el Hiroa? —dijo el darotha con su caprichoso modo de hablar.
—Sí —repuso el doctor.
—Yo esh… ¿shon?… ¿shomos?… Ghundruth. Yo esh… ¡Yo shoy!… Yo shoy pastor de pescados. She me dijo que hablara al Hiroa.
Durante los veinte años que habían pasado desde entonces, Ghundruth había abandonado su manera primitiva de hablar el idioma terrícola, mejorándola notablemente, pero su personalidad básica se conservó. Siempre hacía preguntas acerca de mecanismos, de química, de electrónica y de física. Acerca de astronomía y de cualquier cosa que el mundo físico pudiera ofrecer. Tales preguntas las hacía sin el menor titubeo. Y como sus semejantes, aquel darotha consideraba una pregunta «personal» si tenía algo en conexión con las relaciones, con las reacciones emocionales, con el gobierno de los terrícolas, con política, deseos, intenciones, metodología o propósitos; con algo, en fin, que pudiera ser considerado como subjetivo, instintivo o cultural. Si se le proporcionaba esa información voluntariamente la escuchaba con todo detenimiento pero jamás, jamás preguntaba nada íntimo.
El doctor Hiroa sentía que era una medida de las relaciones que tenía con Ghundruth y que esa reserva se había, hasta cierto grado, roto entre ellos durante los años recientes transcurridos. Ghundruth hacía alguna pregunta no muy a menudo, sino ocasionalmente, y no sin ofrecer amplias disculpas. Y aun entonces sus preguntas fueron de aquellas que el terrícola común llamaría verdaderamente «personales».
Por otro lado, las preguntas que le hacía al doctor fueron, en cierto modo, personales. Había ciertas reacciones y modelos de pensamiento de algunos seres humanos que Hiroa todavía no había querido revelar al darotha. No quería que ellos supieran que los setecientos cincuenta mil terrícolas colonizadores de Sandaroth formaban un grupo seleccionado, contrario al promedio de los humanos que poblaban la Tierra, y más opuesto aún al promedio de descontentos antisociales cuyo número formaban la mayoría de los colonizadores de otros planetas semejantes a la Tierra, en donde no se había encontrado ninguna inteligencia extraña.
Los darothas que ocasionalmente fueron confrontando con las reacciones emocionales de unos cuantos de los colonizadores, se sintieron inclinados a aceptarlo como una reacción no personal. La situación, pensaban ellos, era análoga a sus propias reacciones, como cuando los terrícolas fueron vistos por primera vez entre ellos. Los darothas, individual y colectivamente, habían reaccionado con temor y repugnancia cuando tuvieron ante ellos al primer ser humano.
Del mismo modo, un grupo de seres terrícolas habían reaccionado cuando repentinamente se encontraron frente a un lobo rabioso. ¿Cuánto tiempo le tomaría a un ser humano para reconocer, sin considerar la «apariencia», lo que al principio parecía ser un lobo, a juzgar por su comportamiento, que fuera un ser racional? Sabía Hiroa que para el promedio no se necesitaría más tiempo del que un darotha necesitó para ver que los humanos no eran «Iachus».
La palabra «Iachu» era un derivado del idioma de los primeros humanoides naturales de Sandaroth; le dio inmediatamente el nombre de «Yahoos», para apuntarse otro tanto como el que Jonathan Swift obtuvo cuando predijo la existencia de las dos lunas de Marte.
Después de haberlos visto, sintieron los científicos que la reacción de los darothas al ver por primera vez a un terrícola era explicable y aun justificada. Se les concedía el mérito a los darothas de que habían visto y reconocido las diferencias de razas, así como las similitudes entre las dos que habían sido situadas en dos planetas tan separados en el espacio.
Los darothas eran astutos observadores de la conducta. Se pasaron los primeros diez años de su vida como formas de peces provistas de aletas, más que de pequeñas tortugas con tentáculos, y uno tiene que aprender a actuar en el mar. Hace tiempo los hombres rana de los mares terrestres aprendieron cómo juzgar si cierto mar era peligroso o no, observando cómo se conducía. Aquellos que no hacían esas observaciones tuvieron una mortalidad más grande. Con los darothas, ese proceso se había llevado a efecto durante milenios, y cada darotha individualmente había pasado más tiempo en el mar, hasta su décimo aniversario de nacimiento, que una docena de hombres rana terrestres colectivamente en su vida entera.
El medio ambiente de los mares difiere cualitativamente del de la Tierra. Solamente la pura superficie es afectada por la temperatura; a unas cuantas brazas de profundidad, el mar es como una vagina por lo que se refiere al medio ambiente sin vida. El granizo, la congelación, la nieve, el calor sofocante, la deshidratación y aun la atracción de la gravedad, todo puede ser pasado por alto, como si no existiera. Aun los temblores y movimientos volcánicos, mientras no sean conocidos, no cobran las vidas de las que sí dan cuenta en la superficie. Los peligros a que se enfrenta la vida marina son aquellos amenazados por otras formas de vida en el mar. Sobre la Tierra, la muerte por accidente prevalece más que la muerte por asesinato con intento de indigestión. En el mar ocurre lo contrario.
Por lo tanto, una forma inteligente de vida marina aprende un buen número de lecciones que no están al alcance de una forma terrestre con inteligencia. Pero las formas anfibias, tales como los darothas, tienen la ventaja de aprender las dos.
Entonces no había que sorprenderse mucho porque Ghundruth hubiera deducido la existencia de unas especies terrícolas semejantes a los darothas. ¿Por qué otra cosa podía un terrestre sorprenderse y asustarse ante la vista de un darotha?
«¿Por qué?», pensó Hiroa. Simplemente porque los seres humanos utilizaban su imaginación de una manera distinta que un darotha. Estos, expuestos a peligros en tierra y mar, expuestos a la voracidad de la vida marina y a las fuerzas de la tierra inanimadas e indiferentes, pero de todos modos poderosas, tenían que hacer uso de su imaginación para hacer frente a los verdaderos peligros.
Hiroa no estaba todavía seguro de si aquello era genético o un rasgo cultural, aunque esperaba que fuera lo último, pero sí era un hecho el que los darothas no fueran dados mucho a la imaginación ficticia, al menos no hasta el grado en que lo son los terrícolas.
De ahí que Hiroa hubiera encontrado dificultad para explicar la reacción de los Barlow, si es que tenía que admitir que, excepto por los tentáculos, un darotha no se parecía a un pulpo si se le observaba de cerca, y de que la palabra «pussy» parte del nombre que los humanos habían dado a los darothas, estaba influenciada por la terminación de la palabra «octopus», refiriéndose no al gato casero común, sino a la semejanza con los más grandes carnívoros felinos.
De manera que cuando el doctor Hiroa cruzó sus manos al nivel del pecho para indicar que estaba dispuesto a hablar de negocios con Ghundruth, se sintió feliz de que el darotha no hubiera inquirido más acerca de asuntos «personales». Esperó entonces a que hablara Ghundruth.
—Doctor Hiroa —dijo el darotha—, está ocurriendo una tragedia en Great Shoals. No sabemos cómo hacerle frente.
—¿Qué clase de tragedia? —preguntó Hiroa frunciendo el ceño.
—Nuestro último grupo de jóvenes está enloqueciendo.
Blanche Barlow se frotó los ojos cansadamente.
—Dermis, si tengo que sentarme ante otra cinta grabada, o quedaré ciega o me volveré loca. No he decidido todavía qué cosa será mejor.
El doctor Barlow chasqueó ligeramente la lengua.
—De acuerdo, mi vida, pero estamos obteniendo muchos de los datos que necesitábamos —hurgó entre una libreta de apuntes que ya para ese momento comprendía cerca de cien páginas—. Nuestro trabajo principal será relacionar todo esto —alcanzó el rollo de película grabada que estaba en el aparato de televisión y sonido, y dijo—: El próximo es…
—¡Por favor, Dennis! ¡No más por ahora! Si veo otra cinta más de esas lastimosas gentes que viven como animales… yo… yo me pondré a llorar. ¿Cómo pueden permitirlo?
Sin comentario, el doctor Barlow movió el switch del aparato, y la brillantez de la pantalla de televisión, de dos metros cuadrados, que habían estado estudiando, se disipó, para quedar solo el color gris natural.
—¿Cómo pueden permitirlo? —repitió ella fijando repentinamente la mirada de sus ojos azules en la cara de su esposo.
Sabía Barlow que la pregunta de su esposa era todavía retórica, pero también sabía que ella esperaba alguna clase de respuesta.
—Que no te afecte mucho, mi vida —dijo amablemente—. Me imagino que han estado llevando esa clase de vida durante decenas de miles de años. Dentro de unos cuantos meses… —se interrumpió cuando iba a decir que ya no le afectaría nada, pero viendo la expresión que se asomaba a su cara, cambió rápidamente las palabras, y después de una brevísima pausa, continuó—: estaremos en condiciones de cambiar todo eso.
Antes de que ella pudiera decir nada, la puerta del cuarto de exhibición se abrió para dar paso a un hombre alto, ancho de hombros, de cabellos negros y con un gorro negro, alto, en la cabeza. Dio unos pasos en el interior del cuarto y se detuvo.
—Oh, lo siento —dijo—. No me di cuenta de que estuvieran proyectando.
Hablaba con un acento británico que había sido modificado por los años que había estado ausente de Inglaterra.
—Está bien, doctor Pendray —dijo Dennis Barlow, con una sonrisa—. Precisamente hemos terminado.
También el ceño fruncido de Blanche Barlow se disipó, para dar lugar a una expresión amable. Enseguida le dijo:
—Sí, terminó por hoy, doctor. Pase, en realidad, supongo que hemos pasado aquí más tiempo del que debíamos.
—De ninguna manera —se disculpó Pendray—. Realmente no tengo prisa. Ninguna urgencia especial. Solo deseaba ver un par de cintas de disección. El complejo sistema nervioso tentacular de los darothas es muy interesante. Si les interesa verlo… —dejó la frase inconclusa, como una invitación.
—No, creo que no —dijo Blanche, y añadió—: Dígame, ¿cómo consigue cuerpos de darotha para disección?
El cirujano sonrió, y repuso:
—Podría usted decir que no los han heredado. Los darothas practican sus entierros en el mar, pero no es para ellos un dogma. No han objetado nuestros estudios.
—Entonces, ¿son muertes naturales?
—O accidentales —dijo el doctor Pendray.
—¿Ha realizado algunas disecciones sobre los cuerpos de algunos de los humanoides? —preguntó la mujer.
—Oh, sí, varias. Puedo mostrarles las películas de ellas, si usted gusta. Veo que las que ustedes han venido estudiando son de aquellas tomadas en su ambiente natural. Muy bien, ¿no es así? Algunas de ellas son de hace cincuenta años. Con cámaras escondidas, todo automático.
—¿Y cómo consigue los cuerpos de los humanoides para disección? ¿También se los ceden? —La voz de la señora Berlow era persistente.
Pendray chasqueó levemente la lengua, y contestó:
—Bueno, apenas. La mayoría de ellos nos llegan por conducto de los darothas a la hora de ronda. Algunos han sido muertos por bala y varios fallecieron en el cautiverio. No viven mucho cuando están cautivos, ya lo sabe usted, por eso ya no los capturamos más. Me parece cruel enjaular a cualquier bestia salvaje de esa manera cuando simplemente se la enjaula y se muere. Y los yahoos tampoco procrean en el cautiverio —hizo una pausa y concretó la mirada en ella—. ¿Qué ocurre, señora Barlow?
—Yahoos —exclamó amargamente—. Todo lo que ustedes hacen es poner una marca degradando a alguien, ¿no, doctor Pendray? Llamarlos «nigger» o «chink» o «gook»; ponerles cualquier molesta etiqueta que los despojará de su dignidad. Entonces ya será sencillo y bien visto darle un balazo o destazarlo, o ponerlo preso, ¿no es así, doctor Pendray? No, gracias, doctor; no creo que me gustaría ver sus películas de disección. Llévame fuera de aquí, Dennis.
Se volvió con presteza hacia la puerta, y el doctor Dennis siguió sus pasos. Pero no alcanzó a llegar a la puerta.
—¡Señora Barlow!
Ella se detuvo, se volvió ligeramente, y por sobre el hombro miró a Pendray.
—¿Sí?
—¿Ha visto usted a los yahoos en su ambiente natural, conduciéndose con sus maneras acostumbradas? —La voz de Pendray era calmada pero en el fondo se agitaba un remolino.
—Sí.
—Señora Barlow, uno no puede extraer de un organismo aquello que no posee. No se puede privar de su dignidad a un yahoo, como tampoco dársela. Si ha aprendido usted algo de esas películas, ya debía saber lo que digo. Probablemente perdería su tiempo si estudiara esas películas de disección, ya que tampoco aprendería nada de ellas. Buenos días, señora Barlow.
Se ensombreció el rostro del doctor Barlow, pero antes de que pudiera encontrar alguna respuesta, Blanche lo tomó del brazo y los dos salieron sin replicar una sola palabra.
El doctor Marcus Landau estaba en el almacén de películas, colocando dos rollos que ya había visto cuando los Barlow entraron. Él los vio antes que ellos a él.
«¡Vamos!», pensó para sus adentros, «la furia dorada está a punto de desatar un rayo de un billón de voltios que fulminará un área de varios kilómetros a la redonda, si es que esa aureola que trae significa algo. Me gustaría saber qué o quién hizo funcionar su generador».
El doctor Landau era un hombre de mediana edad, no llegaba a los noventa años. Tenía la piel del color del chocolate amargo, el cabello con finos rizos diminutos que semejaban alambres plateados y una voz meliflua que denunciaba el suave acento de las Bermudas. Junto con el doctor Paul Hiroa y el doctor James Pendray, era uno de los tres científicos de más rango en Sandaroth. Después de observar a Blanche Barlow durante la primera semana de su estancia, deliberadamente la había bautizado con el nombre de «La Furia Dorada», y en esos días, al fin de la segunda semana, no se retractaba. También le había encontrado apodo al doctor Paul Hiroa: «El Viejo Crudo», y a Jim Pendray: «El Seda»; pero aquellos nombres se los reservaba para él solo y únicamente porque le gustaba divertirse hablando de ellos a solas. A esa diversión le llamaba: «Clasificación de personas», y tenía su reglamento estricto: a ninguno lo bautizaba hasta que estuviera perfectamente seguro moralmente de que todas las gentes que conocieran a esa persona reconocerían inmediatamente el apodo como apropiado y preciso. Sin embargo, como Aristóteles, él estaba satisfecho con los resultados del producto de su cerebro; nunca los puso a ninguna prueba experimental.
Aún no había llegado a ninguna conclusión en cuanto a Dennis Barlow.
—Blanche —dijo en voz baja y firme—, no debías haber… —de pronto se interrumpió y su voz recuperó la normalidad—. Oh, ¿cómo está, doctor Landau?
«¡Ajá! ¡Llamándole la atención!», se dijo Landau.
—¿Cómo está usted, doctor Barlow, señora Barlow? —dijo en voz alta—. ¿Cómo van sus investigaciones? Espero que nuestro modesto Centro de Investigación les haya proporcionado al menos algunos datos de interés, ¿eh?
Era evidente que el rayo no había sido preparado para Marcus Landau. No solamente no lo desató ella sino que lo hizo a un lado para usarlo más tarde, probablemente, pensó Landau. Pero la inminente descarga que había aparecido, que flotaba sin el menor ruido sobre su rubia cabeza, perdió su fuerza y se desvaneció.
—Oh, algo más que eso, doctor Landau —dijo ella sonriente—. Tienen un fantástico repertorio de información aquí. La correlación e interpretación será una parte difícil, eso temo. Y a propósito, ¿cuándo espera usted que regrese el doctor Hiroa de Great Shoals?
—Vamos, pues no lo sé. Tampoco creo que él mismo lo sepa, así creo. Esta mañana hablé con él por teléfono y no sabe cuánto tiempo pasará por allá. Me pidió una vez más que tan pronto como ustedes llegaran les presentara sus disculpas por su precipitada salida. Si hay algo que usted pueda necesitar o requerir, lo único que deben hacer es pedírmelo.
—Muchas gracias. Queremos hacer algunos viajes ocasionales al campo, pero eso será dentro de algún tiempo, antes de que podamos precisar definitivamente cuáles serán nuestros planes.
Landau inclinó ligeramente su cabeza plateada, y dijo:
—Naturalmente. Si por el momento hay algo que pueda hacer por ustedes estoy a su disposición.
Los Barlow cambiaron miradas. Entonces Dennis habló:
—Por el momento no, doctor Landau; gracias. Hasta ahora todo marcha muy bien.
—Me alegro de oírlo. Les deseo que tengan buen éxito en su búsqueda de la verdad.
Salió el doctor Landau para dirigirse hacia el cuarto de exhibición número dos. El doctor Pendray aún no había hecho funcionar su pantalla.
—¿Está ocupado, Jim? —preguntó Landau.
—Nada urgente, Marc. ¿Por qué?
Landau entró, cerrando la puerta tras él.
—Me preguntaba qué les habría dicho usted a nuestros emisarios de la Fundación Darlington que provocó su ira —dijo haciendo una mueca—. Especialmente la de ella.
—Oh, esa.
El doctor Pendray repitió la conversación con los Barlow hasta en su más mínimo detalle.
—La diplomacia tiene nombre de Pendray —murmuró Landau cuando terminó el relato.
—Maldito sea lo que importa, de todos modos —dijo Pendray encogiéndose de hombros—. Tengo el presentimiento de que ella mentalmente ya está escribiendo su reporte final completo con todas sus conclusiones. Estoy seguro de que en la parte posterior de su cerebro ya ha resuelto lo que va a informar a la Fundación. Nada de lo que usted oyó o pueda decir lo cambiará, y ese marido que tiene confirmará todo lo que ella diga.
—Usted, Jim, no tiene gran fe en ellos como investigadores científicos, ¿verdad?
—Está usted bromeando; ya conozco a los de su clase. Recopilarán grandes datos; harán toda clase de cuidadosos experimentos y prepararán docenas de hermosas y pequeñas gráficas y tablas. Por supuesto, descartarán las «anomalías»; cualquier información o dato que no encaje dentro de su informe preconcebido será considerado dentro de esas anomalías. El resto será nítidamente seleccionado hasta que encaje en su informe. ¿Qué piensa de ellos, Paul?
—Lo mismo. Pero, ¿qué podemos hacer? La Fundación Darlington tendrá el reporte que desea. Con él y aquellas fotografías, la peste que levantarán sobre la Tierra será suficiente para destruir el proyecto completo de Sandaroth, arruinando lo mismo a los humanos que a los darothas.
—Uno casi desea que los Barlow fracasaran en su proyectado viaje que tienen fuera de la ciudad, excepto que no nos traería nada bueno —dijo Pendray.
—No. El mal olor que eso provocaría tendría un aroma distinto, pero los resultados serían los mismos. Esta misteriosa locura en el último grupo de los darothas adolescentes no es lo bastante malo; tememos también la locura de nuestra propia raza —al decir esto, el doctor Landau se llevó las manos a la frente, frotándose las cejas con los dedos índice y pulgar.
—¿Y quién está detrás de todo esto? —preguntó Pendray. ¿Tiene usted alguna otra información?
—Solamente lo que imaginamos antes. El único hombre que pudo haber tomado esas fotografías fue Finnerly, de la Corporación Industrial de Computadoras, pero no son ellos los únicos.
—¿Quiénes más? Yo pensé que usted había dicho que no tenía más información.
—Y así es. Pero piense esto: la Corporación de Computadoras no está tratando de que envíen aquí tropas para proteger a los yahoos, precisamente para que de esa manera puedan vendernos computadoras y sistemas de guía y control para unos tornos y cepillos mecánicos multifásicos.
—Tiene usted razón —en la voz del doctor Pendray se advertía el disgusto—. Sin los darothas, este planeta sería como cualquier otro. Abierto para todos. Tendríamos aquí cincuenta millones de gentes, en un periodo de cinco años, sin control ninguno.
—Sin control —repitió Landau—, pero ventas de terreno en grande escala para ciertas clases de tipos sin escrúpulos. También sabemos quién está metido en eso. Por supuesto, ninguno de los Tres Grandes en Inerciagravitación; ellos son estrictamente honrados y estrictamente éticos. Lo mismo podemos decir de las grandes corporaciones importantes. Puede usted apostar que la Corporación Industrial de Computadoras no está recibiendo ningún respaldo de esas compañías, pero por desgracia hay otros muchos de ellos.
—De manera que entonces recibirán doble recompensa —reflexionó Pendray—. Los atacarán arriba y abajo. Proteger a los nobles yahoos por un lado y abrir Sandaroth por el otro para una colonización abierta.
—Será el sonido que produzcan dos manos que aplauden —dijo secamente Landau.
—Así es. Mientras la raza inteligente extraterrestre que hemos encontrado no sea aplastada entre esas manos. Creo que haríamos bien en empacar nuestras cosas y regresar a casa.
—Entonces, ¿usted no tiene mucha fe en los planes de Paul?
—Francamente, Marc, no —confesó Pendray—. Parece que él piensa proporcionar a los Barlow toda la información que estos puedan digerir. Los convencerá, pero maldita sea, Marc, usted no puede convencer a uno de que esté equivocado proporcionándoles datos. Él solamente creerá lo que quiera creer.
—Yo he tomado una decisión, por favor no me confunda con hechos.
—Exactamente.
—Pero no hay nada que podamos hacer, Jim —siguió insistiendo Landau—. No podemos luchar contra la Fundación Darlington para la Promoción de la Hermandad Humana. Dudo que aún el mismo gobierno pueda luchar contra ella, ya que tiene billones que la respaldan, tanto en dinero como en gente. Y pensemos que tiene a su disposición abundancia de gente como los Barlow: honrados, delicados, fanáticos y tesoneros en su trabajo.
—Lo sé, lo sé —dijo el doctor Pendray frotándose la barba con la yema de un dedo—. ¿Y qué me dice del gobernador Donovan? ¿Qué va a hacer él?
—Paul habló con él. Estuvo de acuerdo en mantenerse al margen de todo esto. Si lo peor llega a lo peor y el planeta se abre para dar cabida a todo lo que se está tramando, él podrá permanecer como gobernador colonial y tratar de proteger a los darothas hasta donde sea posible.
—Eso podrá ayudar, pero no mucho —de pronto la boca de Pendray se contrajo en una mueca sardónica—. Quizá yo estaría mejor si no hubiera regresado a la ciudad hasta que todo hubiera terminado de un modo o de otro. Al menos tiene uno otras cosas de qué preocuparse allá en los puertos espaciales; realmente no soy un chico citadino de corazón.
Casi con la misma mueca, Landau comentó:
—Obviamente no, o usted no llamaría a Point Garrison ciudad; ambos somos todavía provincianos de corazón. En una gran ciudad se pueden perder cuarenta mil gentes sin que nadie se dé cuenta de ello.
—Point Garrison contiene la mitad de la población humana del planeta —dijo Pendray—. Ninguna ciudad de la Tierra puede presumir de lo mismo.
—De acuerdo. Oh, y dígame, Jim…
—¿Sí?
—Creo que estaríamos mejor si no antagonizamos con los Barlow. Con eso solamente…
—Solamente se aumenta su resistencia. Lo sé, Marc. Trataré de cultivar las buenas relaciones con el físico y consejero. El pequeño doctor de provincia así lo hará. Pero si ella se ofende cada vez que oiga la palabra yahoo en su contexto, entonces se va a sentir ofendida la mayor parte del tiempo.
—Bueno, no podremos envolverla en pañales. Y ahora lo dejaré con sus películas. Gracias, Jim.
Muy pocos de los ciudadanos de Point Garrison se daban cuenta del peligro que representaban Blanche y Dennis Barlow. Sus nombres habían sido mencionados en las radiotransmisiones cuando llegaron, pero difícilmente alguno prestó atención. En ciertos círculos se corrió la versión de que llegaban a estudiar el yahoo, pero eso no despertó ninguna curiosidad en particular. ¿Qué tenía de extraño eso? Aquellos que los habían conocido decían que los Barlow, y especialmente Blanche, estaban «un poquito chiflados» respecto de los yahoos y de su inteligencia, por lo que la mayoría de esas gentes aprendió a sustituir la frase de «humanoides naturales» en lugar de «yahoos» cuando hablaban en presencia de los recién llegados. Excepto por esa chifladura, parecía una pareja bastante agradable. Las mujeres se sentían atraídas por el bien parecido y simpático Dennis, y para los hombres era difícil apartar la mirada de la belleza de Blanche. Aun así eran considerados como extraños, visitantes aún no residentes. En cierto modo, no encajaron bien dentro de la vida social de Point Garrison. Si la verdad fuera conocida, eso no molestaría a los Barlow; ni siquiera lo advertirían: habían ido a Sandaroth a trabajar, no a socializar.
Al finalizar su primer mes de estancia, Dennis resolvió hacer una visita a una de las fábricas pequeñas de la ciudad: Garrison Flyer Manufacturing Co.
El gerente de la planta era un hombre de baja estatura, rechoncho, de cabello gris, llamado Fred Doyle. Se encontró con Barlow en la puerta de entrada y lo saludó con un efusivo apretón de manos.
—Cuánto gusto en conocerlo, doctor Barlow. El gobernador Donovan me llamó. Me dijo que quería usted hacer una visita a la fábrica. Me alegra que haya venido. Pase, pase.
Después de unos minutos de frases de cortesía, le preguntó a Barlow que por dónde le gustaría empezar.
—Bueno, para ser absolutamente franco, señor Doyle…
—Llámeme simplemente Fred, doctor Barlow. Así me dicen todos.
—Está bien; y usted a mí Dennis. De todos modos iba a decirle que tengo este día libre, por lo que pensé que haría un día de asueto. Mi esposa está atiborrando de material la computadora en el Instituto de Investigaciones, y esa es labor de una sola persona. Realmente yo estoy interesado en su fábrica bajo el punto de vista zoológico, más que de la fabricación.
—Bueno, si usted me dijera por qué un zoólogo se interesa en la manufactura de los motores inerciogravitacionales desde un punto de vista zoológico, con todo gusto le ayudaré, Dennis.
—Yo entiendo que tiene usted aquí trabajando algunos darothas, Fred, y se me ha dicho que pueden realizar trabajos que ningún ser humano puede hacer.
—Oh —exclamó Fred—. Sí, así es. Venga conmigo. Lo llevaré a la sección de tornos múltiples. Estoy seguro de que esa es la parte que encontrará más interesante. Lo presentaré con mi mayordomo, se llama Than; él está capacitado para mostrarle cómo trabajan.
Tomando del brazo a Dennis Barlow, lo llevó hasta un edificio muy amplio, lleno de maquinaria. Todo estaba muy bien alumbrado, ventilado y limpio. Daba la impresión de que aquello parecía más bien una cocina o una sala clínica que un taller con maquinaria. Le tomó a Barlow un minuto o dos para darse cuenta de que, donde él podía ver, eran los dos únicos seres humanos en el lugar. Todas las máquinas eran operadas por darothas.
—Than —llamó Fred a uno de ellos que estaba limpiando una máquina enorme—. Venga aquí un momento, quiero que conozca a una persona.
El darotha dejó el trapo con que limpiaba, y con unos pasos que tenían la gracia de una pantera se acercó a los dos hombres.
—¿Cómo se siente usted esta mañana, Fred?
Su voz se elevó con toda facilidad sobre el único ruido notable del lugar que era producido por la energía que hacía funcionar a los tornos múltiples.
—Me siento muy bien, Than, muy bien. Quiero presentarle al doctor Dennis Barlow. Doctor Barlow, este es Thannovosh, mi mayordomo general para esta sección.
—Gusto en conocerlo, doctor Barlow —dijo el darotha, y enseguida se volvió a mirar a Fred.
—Dígame, Than, ¿tiene usted alguna de las máquinas libres? Me gustaría que le diera al doctor Barlow alguna pequeña demostración, si es que tiene usted tiempo.
—Por supuesto, Fred; tendré gusto en hacerlo. Venga usted por aquí, hacia la máquina catorce.
Barlow lo siguió pero sin dejar de ver a las otras máquinas de aquella gran sala. Había cerca de treinta de ellas y en cada una se encontraba parado un darotha con sus ocho tentáculos moviéndose al mismo tiempo, haciendo girar algunas ruedas de control, perillas y ajustando varios verniers. Había en ellos una belleza rítmica sobrenatural que le recordaba las ramas frondosas de un árbol terrestre en movimiento, arrastradas por una corriente de agua lenta, o los tentáculos de un pulpo nadando con lentitud.
Cuando llegaron a la máquina catorce, Than dijo:
—La tengo preparada para un BJF-37, Fred. ¿Le parece bien?
—Por supuesto, sí. Enséñele su pieza de verificación y explíquesela.
De un cajón de la base de la máquina, Than tomó una singular pieza de metal. Tenía más o menos el tamaño del puño de un hombre, pero la superficie estaba maquinada con una serie de extraordinarias ondulaciones, curvas complejas tridimensionales que formaban especies de colinas y valles, rodeadas de grutas profundas.
—Vea, doctor Barlow, esto es lo que llamamos pieza de verificación. Tiene la misma medida y forma del huso que impulsa el interior de la unidad inerciogravitacional. ¿Ha visto usted alguna vez el interior de una máquina de vuelo?
—Sin la cubierta, no.
—Bueno, el huso impulsor tiene que soportar al mismo tiempo varios y distintos modos de movimiento, dependiendo de si usted se está moviendo hacia arriba, hacia abajo, para la derecha o para la izquierda, lanzando, retrocediendo, girando en un solo punto o simplemente suspendido en el espacio. Hay ocho de ellos en un motor ordinario de vuelo. Todos ellos se mueven a velocidades tremendas y soportan altas oleadas de energía. Y todas ellas tienen que estar sincronizadas. Estas piezas están hechas de acero endurecido para herramientas en lugar de la aleación paramag, pero la forma es la misma. Cada una de estas superficies es un control para los diferentes modos de movimiento, y cada una de ellas lleva a cabo una función distinta, mientras el eje del huso es relevado. Eso es lo que le da esa apariencia tan singular —Than produjo un chasquido con la lengua, y continuó—: Es una suerte de forma sin forma, así podría explicárselo. Pero tiene que ser de esa manera, y cada curva tiene que ser precisamente así, pues de otro modo no tendría usted una vibración en el motor que lo sacudiría hasta el punto de hacerlo pedazos.
Dos de los tentáculos de Than colocaron cuidadosamente aquella pieza en su lugar y dos más indicaron la máquina.
—Ahora vea esta máquina, que es lo que llamamos un torno múltiple. Un huso impulsor no puede ser fundido; tiene que ser forjado y maquinado. Hay que asegurarse que es homogéneo y de una densidad igual en todas sus moléculas.
Dos más de los tentáculos de Than se extendieron para alcanzar un estante con ruedas que se encontraba a un lado, y de una charola ahí colocada extrajo un trozo de metal que puso a la vista de Barlow para que lo revisara.
—Esto ya ha sido forjado, todo lo que tenemos que hacer es maquinarlo. De esta manera es como se hace.
Volvió a tomar nuevamente la pieza de verificación y la colocó en el mandril del múltiple hacia la izquierda, y la pieza forjada en el interior del mandril del lado derecho. Una varilla guía tocaba la superficie de la pieza de verificación y estaba exactamente igualada con el extremo de una herramienta cortante que tocaba la pieza forjada. Mientras la varilla guía seguía las curvas de la pieza de verificación, la herramienta cortaba las mismas curvas en la otra pieza. Un tentáculo oprimió el switch y ambas piezas de metal empezaron a girar. Entonces se sintió una inmovilidad repentina alrededor de la máquina, como si alguien hubiera arrojado un pesado sarape sobre ella y hubiera ahogado los ruidos.
—Tuve que hacer funcionar los supresores del ruido —explicó Than—, de otra manera todo el lugar se vería invadido por un ruido infernal.
Than hizo girar dos ruedas más, y dos herramientas adicionales se movieron hacia la pieza forjada, cada una con su correspondiente guía moviéndose hacia la pieza de verificación.
Accionó otro switch y la danza de los tentáculos dio principio. Había tal gracia en ellos que le recordó a Barlow los movimientos de una bailarina de hula, hawaiana. Los tentáculos movían perillas y niveladores; las herramientas, las tres al mismo tiempo, cortaban suavemente en la pieza que giraba, rebanando listones de metal brillante. Uno de los tentáculos de Than tocó el control del mandril y los ejes de giro cambiaron ligeramente, mientras unos cinceles rebanaban el metal no utilizado echándolo hacia un lado. Nuevamente entró en acción el eje giratorio y las herramientas entraban y salían sobre la pieza forjada, cortando y volviendo a cortar.
Barlow observaba con fascinación, mientras el huso impulsor tomaba forma abajo del borde de la herramienta, transformando rápidamente aquel trozo de metal forjado en una pieza de maquinaria de precisión.
De pronto, abruptamente quedó terminada.
Las herramientas fueron echadas a un lado y cesó el giro vertiginoso. Than aflojó el mandril y sacó la pieza terminada.
—Ahora la pondremos sobre el comparador y veremos si es idéntica a la pieza maestra.
Cuando terminó de compararla la mostró a Barlow.
—Aquí la tiene, doctor Barlow. Perfecta hasta una milésima de milímetro. El paso siguiente será llevarla a una máquina semejante para el pulido final, y quedará terminada.
—Preciosa —dijo Barlow con sincera admiración.
—Muchas gracias, señor. ¿Es todo lo que usted quería, Fred?
—Eso es todo. Mil gracias, Than; a menos que el doctor Barlow tenga algunas preguntas qué hacer…
—La única pregunta en la que puedo pensar es: ¿Cómo pudo realizarlo? Todo lo que yo puedo hacer es controlar dos brazos y diez dedos. El pensamiento de tratar de llevar un control sobre ocho brazos y cuarenta dedos me aterroriza.
La cara de tigre-tiburón de Than hizo una amplia mueca.
—Simplemente requiere práctica, doctor Barlow. Y le diré a usted que no veo cómo ustedes hacen trabajos tan delicados con todos esos huesos en su interior que solo les permiten doblar ciertas partes de su organismo y hacia ciertas direcciones. Tuve la oportunidad de ver a un hombre grabando una pieza de acero a mano, y nunca entenderé cómo pudo hacerlo. El poner presión sobre un buril requiere una fuerza interior que yo no tengo. Aquello me parecía algo semejante a como si yo intentara operar esta máquina con mis pies.
Barlow dirigió una rápida mirada a los pies con sandalias del darotha. Propiamente hablando, no tenía dedos. Cada pie terminaba en punta. Lo que le recordaba a Barlow las armaduras, cuyos pies terminaban en punta, de los caballeros medievales. En el extremo tenían una gran garra curveada, gruesa y sencilla.
—Él mantiene sus pies recogidos de esa manera cuando camina en la tierra —dijo Fred, notando la mirada de Barlow—. El doctor nunca había visto a un darotha, Than. Enséñale cómo desenvuelve sus pies cuando nada.
—Con gusto.
Con tres tentáculos se apoyó ligeramente contra el torno. Otros dos tiraron de la sandalia del pie derecho. Levantó la pierna y la dobló a la altura de las rodillas para que Barlow pudiera ver la «suela» del pie. Corría un pliegue desde la parte superior del talón hacia adelante, hasta la base de la garra frontal.
—Cuando estoy en el agua, lo abro de esta manera.
El pliegue se extendió y el pie se desenvolvió para que las dos mitades de lo que había sido la «suela» se vieran en la parte superior de un pie ancho, desplegado, formando un callo grueso en cada lado de la parte alta. De ahí que la nueva planta expuesta se viera tierna y membranosa.
—¿Entonces, usted ya no puede caminar con sus pies desenvueltos de esa manera? —preguntó Barlow.
—Oh, sí podría —dijo Than, recogiendo nuevamente el pie y volviendo a ponerse la sandalia—, pero de ir muy lejos me dolerían tanto que no podría soportarlo. Quiero decir, si caminara en la tierra sólida. Pero caminando a través de pantanos, como los salobres que rodean el Delta Cape podemos, los de mi raza, desenrollar nuestros pies para caminar sobre el lodo grueso y de esa manera no nos hundimos; si el lodo es tan suave no nos lastima, ¿entiende usted?
—Muy apropiado —apuntó Barlow—, o podría decir, ¿hecho a la medida?
—Bueno —dijo Fred, guiñando un ojo.
—Hagamos a un lado eso —dijo Than—. Hay poco que haya sido hecho a la medida para un darotha.
—Nada de eso —intervino Fred—, un darotha entrenado y hábil es muy útil para operar un torno múltiple. Parece que fueron construidos especialmente a la medida para ellos. Ningún terrícola podría operarlos. Ni siquiera cuatro de ellos puestos a trabajar juntos. Ya se ha intentado. No solamente resulta molesta la coordinación, sino que se estorban el uno al otro. Allá en la Tierra, para operar esos tornos, usan una computadora cuyo costo es mayor que el del mismo torno y, además, es muy voluminosa. Nosotros simplemente compramos los tornos y diseñamos acá los controles. Eso nos, ahorró el costo de las computadoras y el costo del transporte interestelar. También nos ahorramos el costo de las reparaciones y el de la programación de la computadora cuando se utiliza el torno para trabajar una medida diferente u otro tipo de huso impulsor. A todos nuestros empleados les pagamos salarios iguales, ya sean terrícolas o darothas, de modo que la mano de obra es elevada, pero necesitamos tener cierta cantidad de mano de obra de todos modos para preparar y cambiar las piezas de verificación y herramientas y para el mantenimiento y demás. Por otro lado, las máquinas son mucho más rápidas de esa manera. Si tuviéramos que preparar una computadora para hacer solamente una pieza, tendríamos que hacer frente al costo de preparación para una producción completa, mientras que un darotha puede interrumpir cualquier producción, cambiar herramientas, mover controles, preparar y elaborar esa sola pieza, mover y hacer el cambio completo anterior y regresar a la producción anterior empleando para todas esas operaciones únicamente quince minutos a ningún costo extra.
«Pero lo más hermoso de todo eso es que todo el dinero que se emplearía para transporte y costos de computadoras se queda aquí en Sandaroth, en donde se necesita tanto, en lugar de ser canalizado a la Tierra».
—Yo soy muy feliz con lo que gano —dijo Than, llevándose un tentáculo a su pantaloncillo corto, de color azul, de trabajo, que era el único artículo de vestir que llevaba, además de las sandalias.
De repente, Dennis Barlow se dio cuenta del cambio que se había operado en él durante los pasados veinte minutos. Había llegado con un sentimiento de horror que parecía habérsele clavado entre los omóplatos. El ver tantos darothas en la fábrica le había traído a la mente la imagen vívida de las fotografías que había visto con su esposa. Pero después de la plática y presenciar la demostración de habilidad que le hizo Than, ya no pensaba en él como una bestia dotada de tentáculos, sino como una persona. Alguien con quien se podía hablar, reír y quizá tomarse unas cuantas cervezas alguna tarde. Las fotografías habían atenuado su valor y quedaban sin vida, en comparación con la realidad que tenía ante sí.
En ese momento sonó una chicharra, clara pero no estridente, por sobre el suave ronroneo del taller.
—Es la hora del almuerzo —dijo Fred—. ¿Gusta quedarse y tomarlo con nosotros, Dennis?
—No, gracias, Fred. Alguna otra vez. Realmente le agradezco todo. He estado tremendamente a mi gusto.
Fue un placer conocerle, Than; espero verlo nuevamente algún día.
—Lo mismo digo, doctor Barlow. Regrese otra vez cuando pueda estar más largo tiempo, podemos enseñarle más.
—Así es, Dennis —confirmó Fred—. Véngase nuevamente y hágalo más temprano para enseñarle toda la planta. Hay muchas cosas aquí que podrán interesarle.
—Veré si puedo arreglar mi venida, Fred, pero por el momento tengo una cita con una hermosa rubia, mi esposa.
—Está bien, lo encaminaré a la puerta.
—Yo iré por un emparedado de «lurg» y alguna bebida fría —dijo Than—. Lo veré otra vez, doctor Barlow.
Se alejó el darotha con sus pasos llenos de gracia a lo largo de todo aquel salón de la fábrica.
Mientras los dos hombres cruzaron el patio para dirigirse a la puerta, Dennis preguntó:
—¿Qué fue aquello que Than dijo, Fred? ¿Un emparedado de «lurg»?
—Lurgh —corrigió Fred—. Ellos no pueden pronunciar nuestra «h» final.
—Lurgh, ya veo. ¿Qué es eso?
—Carne de yahoo ahumada. Yo no la como, pero… pero… ¿qué ocurre, Dennis?
Barlow luchó contra el horror y la náusea que lo invadió.
—Nada, nada —dijo—. Estoy bien. Creo que es el sol.
—Sí. Cuando sale uno de la fábrica con aire acondicionado y siente este calor le hace a uno sentirse mal algunas veces. ¿De verdad está bien?
—Sí. Una ola pequeña de mareo, es todo. Ahora me ha dejado, estoy bien.
Pero ese día no almorzó y no le dijo a Blanche por qué.
El doctor James Pendray se sentó ante los controles de la pequeña máquina voladora para seis pasajeros y secretamente deseaba saber qué diablos había en la mente del doctor Paul Hiroa. Aquel viejo muchacho tenía algo, de eso estaba seguro Pendray. Pero, ¿precisamente qué sería…?
Pues bien, cualquier cosa que fuera, Pendray estaba dispuesto a seguirle la corriente. En aquel viejo cerebro había cierto plan, y solo porque precisamente provenía de él, tenía que ser algo grande.
En el asiento detrás de él, Dennis y Blanche Barlow hablaban en un tono, no precisamente secreto pero sí bajo, señalándose el uno al otro varias configuraciones interesantes del terreno que veían allá abajo. A una velocidad terrestre de un poco menos de trescientos treinta kilómetros por hora y una altitud de un kilómetro, su visual era precisamente adecuada para la observación del panorama.
—Aquello al sur, ¿es la costa, Jim? —preguntó Dennis desde el asiento trasero.
Después de aquella fricción que tuvieron, Pendray había venido haciendo uso de su diplomacia y ya los tres venían tratándose, utilizando sus primeros nombres.
—Así es. Pero no podrán verla muy bien sino hasta dentro de un par de horas. Estamos paralelamente al mar. Después de otra hora de vuelo estaremos en Great Shoals.
—¿Y el territorio humanoide se encuentra precisamente al norte de allí? —preguntó Blanche.
—Correcto. Menos de una hora de vuelo, aun suponiendo que no tuviéramos mucha suerte. Generalmente se puede encontrar alguna tribu a una distancia aproximada de noventa kilómetros de Great Shoals.
—Muy bien. Queremos llegar allá tan pronto sea posible.
«Apuesto a que así es», se dijo Pendray para sus adentros. La noción de ir a la principal ciudad de los darothas no se le ocurría a ella en lo absoluto. Pendray no estaba muy seguro si ella detestaba a los darothas, los temía o qué sentía en realidad contra ellos, pero sospechaba que era una mezcla de todo aquello en varias proporciones dependiendo de las circunstancias.
—Quería preguntarle, Jim —dijo Dennis—, si usted sabe por qué los darothas construyeron su ciudad en Great Shoals. Quiero decir, generalmente nosotros los humanos construimos nuestras ciudades cerca de un río o de un lago, o cerca de algún lugar en donde podamos abastecernos de agua, y en la Tierra las ciudades realmente grandes estaban cerca de algún puerto de embarque, pero los darothas siempre están cerca del mar y no tienen muchos embarques que digamos, de modo que, ¿cuál es la razón por la que se concentraron alrededor de Great Shoals? ¿Lo hicieron solo al acaso, o tuvieron alguna razón para ello?
—¿No sabía usted? —Pendray estaba verdaderamente sorprendido—. Es uno de los centros más grandes de procreación.
—¿Centros de procreación?
—Por supuesto. Great Shoals es una sección de la costa continental que es prácticamente horizontal. Habrá apenas cien mil kilómetros cuadrados de la costra en donde la profundidad máxima es solamente diez brazas y el promedio es de cinco. Está llena de pequeñas islas y rocas sobresaliendo de la superficie. El borde de la costra está apenas a doscientos kilómetros de la costa, pero un hombre podría probablemente caminarlo todo si escogía su ruta cuidadosamente. Quizá ni siquiera tendrían que mojarse los cabellos. En los puertos terrestres es lo opuesto que en los puertos marítimos. Aquí es un lugar muy difícil para la navegación, pero muy apropiado para los pequeños.
—¿Y cuál es su ciclo de reproducción? —preguntó Dennis.
Pendray se preguntó cómo era posible que un zoólogo hubiera podido fallar al no hacer esa pregunta antes. Blanche, la antropóloga, no estaba por supuesto interesada en lo más mínimo, pero Dennis debía haber sentido curiosidad desde el principio. Dedujo que Blanche lo había tenido completamente abstraído con los yahoos y que por lo tanto no había tenido tiempo para excursionar en el campo de otra forma de vida extraña.
—No hay nada complicado en ello —les explicó Pendray—. Los darothas, como los hombres, se hacen el amor durante todas las estaciones del año, y, como en las hembras humanas, los periodos de fertilidad darotha son cíclicos. Pero el ciclo de ellas es anual y no mensual. Los huevos son puestos en el mar cerca de unas seis semanas después de la fertilización y los empollan alrededor de tres meses después de ella, cerca del medio verano. Al final del noveno año, los pulmones empiezan a desarrollárseles y las agallas a desaparecerles. Para la primavera del décimo año, los pequeños están listos para acercarse a la playa y continuar su vida como criaturas que respiran aire. En semejanza con los humanos están en condiciones de reproducirse cuando alcanzan la edad de catorce o quince años y el ciclo empieza nuevamente.
—Mmm… ¿y qué clase de familia tienen? —inquirió, interesada a pesar suyo.
—Ninguna, si por «familia» quiere usted decir relación consanguínea. Los pequeños son literalmente independientes desde los primeros diez años. Nadie sabe de quién son ni quiénes los cuidan. Los adultos mantienen alejados a los grandes depredadores y las hembras especialmente van a alimentar a los pequeños. Los adultos nadan mucho y se divierten en grande retozando con los chicos. Los recién nacidos no podrán saber quiénes podrán ser sus padres pero son bien amados. Una pareja de adultos cuidará de tantos pequeños como pueda atender una vez que hayan llegado al estado en que puedan respirar aire.
—Ignorando cuáles son sus relaciones genéticas —preguntó Blanche—, ¿cómo prevé el incesto?
—No lo hacen —le contestó Pendray—. ¿Por qué tenían que hacerlo? La probabilidad estadística es que de cualquier macho o hembra escogida al azar puedan ser hermano y hermana es muy baja. Más a menudo que lejano es que una pareja de adultos que han resuelto aparearse hayan sido permanentemente criados bajo el mismo techo desde la edad de diez años. No tienen concepto de la virginidad y tampoco ninguna prohibición contra los experimentos premaritales. Una hembra deposita un cierto número de huevos cada año después de su decimoquinto cumpleaños; ¿cómo pueden saber si esos huevos son fértiles o no? ¿Y por qué habría de importarles? Créanme que la mezcla de material genético es más al acaso de lo que es en la raza humana.
—¿Entonces no tienen ningún tabú sexual? —inquirió Blanche.
—Por supuesto que sí. Ningún adulto se casaría con alguien que fuera diez años más viejo o más joven que él. De ese modo se aseguran de que las generaciones no se mezclen. Y una vez que una pareja decide casarse lo hacen de por vida. El adulterio es casi desconocido.
—Me sorprende que al menos se casen —apuntó Blanche con un dejo de sarcasmo—. Dudo si los animales como ellos tengan un concepto real del matrimonio.
Pendray mantuvo su voz sin alterar.
—Su concepto al respecto es el mismo que el nuestro, por supuesto que sí, pero las similitudes son sorprendentes. El amor, el deseo de compañía, el sentimiento de la seguridad mutua, la formación de una familia, esos puntos los tenemos en común. Y dudo que ninguna pareja darotha se haya casado debido a que la hembra haya estado embarazada o debido a que tengan algún sentimiento de culpa por el coito premarital. Por supuesto que existen algunos matrimonios obligados. Los solterones y las solteronas, no son bien vistos por la sociedad, mucho más acentuadamente que entre nosotros. Hay matrimonios encantadores, así como hay rencillas y discusiones y demandas, etc. No son más perfectos que nosotros, solo un poco diferentes, es todo.
—¿Diferentes? —exclamó Blanche—. Diferentes… oh, sí. Somos diferentes, por supuesto. ¡Mira, Dennis, hacia nuestra izquierda! ¿No es aquel un lago hermoso?
Pendray reflexionando pensó:
«A ella no le gustan los darothas y el único indio bueno es el indio muerto, solo que ella nunca diría eso».
—¿Entonces no es locura? —dijo Ghundruth.
—Estoy completamente seguro de ello —dijo Hiroa—. Al menos no en el sentido en que usted quiere decir. Esos jóvenes aprendieron precisamente algo a lo que ninguno de su raza había estado expuesto antes. Por supuesto es culpa nuestra. Nosotros terrícolas hemos estado haciendo esa clase de cosas desde tiempos tan lejanos como podemos recordar. Solamente durante los pasados dieciocho meses en que un grupo disponible de terrícolas ha vivido aquí en Great Shoals, y solamente durante ese tiempo sus adolescentes han estado expuestos a ellos.
—Temo no entenderle —dijo Ghundruth—. Esas alucinaciones, esas cosas irreales que ha forjado en sus propias mentes. ¿No es eso locura?
—No. Los jóvenes no creen que esas cosas no sean reales. Mire, Ghundruth, usted puede decir una mentira, ¿verdad?
—Sí, cuando sea necesaria, sí. Pero, ¿por qué sienten ellos que sea necesario decir tan abominables mentiras?
—En eso estriba la cosa, de manera absoluta. No lo consideran necesario. Lo hacen por diversión, porque eso los divierte.
Durante unos largos segundos Ghundruth permaneció en silencio y enseguida exclamó:
—¡No lo entiendo! ¿Cómo pueden divertirse con tales cosas? No es… no es normal. Eso es como divertirse con el parpadeo o algo semejante. Uno lo hace cuando tiene que hacerlo, pero no lo hace por placer.
—¿Usted come solamente cuando tiene que hacerlo?
—No. No.
—¿Y lo disfruta?
—Sí. ¿Hay alguna relación?
—Por supuesto. Véalo desde un punto de vista distinto: usted utiliza a menudo parábolas y analogías, ¿no es así?
—Para instrucción. Para el propósito de mostrar un ejemplo o para hacer una generalidad aplicable específicamente. O para mostrar alguna similitud o correlación, como usted aparentemente lo está haciendo ahora. Pero no solo por diversión. No puedo entender eso. Ninguno de nosotros lo entiende.
Hiroa cerró los ojos.
—Quizá nunca lo entienda usted, Ghundruth.
—¿Y por qué no? Si un pequeño lo puede entender, ¿por qué yo no? —Y no lo entendía, no quería entenderlo. Pero no le gustaba que le dijeran que tal entendimiento podía ser más allá de su capacidad.
El doctor Hiroa continuó:
—¿Ha habido casos, no es verdad, en que un pequeño darotha se ha perdido en una tormenta cuando solo tenía diez años y sido arrojado a las costas en algún lugar precisamente cuando el cambio final ha tenido lugar en su organismo, cuando sus agallas se han desvanecido y sus pulmones están cumpliendo sus funciones?
—Sí, ocasionalmente. No muy a menudo. Generalmente encuentran el camino para regresar.
—¿Pero a veces allí permanecen?
—Se han dado casos de que sí. Normalmente el pequeño, muere después de eso. Quiere decir que el pequeño tiene que volver al mar. Pero sí ha habido casos como ese.
—Y cuando los encontraron, ¿cómo eran?
—De mentes enfermizas. No podían hablar ni pudieron aprender a hablar, ni pudieron civilizarse en ningún aspecto. Llegamos a la conclusión de que esa había sido la razón por la cual no regresaron con sus compañeros, porque tenían mentes enfermizas.
—No. Ha sido precisamente lo contrario. No regresaron a reunirse con los demás porque carecían de mentes enfermizas. Hay un periodo crítico para aprender a hablar. Entre nosotros, si alguno de nuestros pequeños, a la edad de cinco años no ha aprendido a hablar, ya nunca aprenderá. Con sus pequeños, ese periodo crítico de los cinco años aparentemente se presenta inmediatamente después de la metamorfosis. No serán el símbolo de usarlos hasta entonces. Si no se les ha enseñado a hablar, entonces ya nunca aprenderán.
—Ahhh —exclamó Ghundruth pensativo—. Como a nadar, ¿eh?
—¿A nadar? ¿Cómo es eso?
—Ocasionalmente un pequeño tendrá un accidente poco antes de su décimo aniversario y tendrá que ser hospitalizado. Su cola está desapareciendo y la tendrá en pleno crecimiento. Si no aprende a caminar durante el siguiente año, tampoco aprenderá a hacerlo.
—Entonces ya entiende mi punto de vista. Si lo hubiera sabido hubiera utilizado el mismo ejemplo.
—¿No es lo mismo entre ustedes? —inquirió Ghundruth.
—No. Con nosotros, la natación es algo que puede aprender en cualquier época de nuestra vida, aunque sí es más fácil hacerlo durante la niñez.
—¿Y qué tiene todo eso que ver con decir mentiras para divertirse?
—No solo con el decirlas, sino con el entendimiento de que son dichas solo por diversión. Me pregunto si no sería posible que el mentir por diversión sea considerado como un arte que tiene que ser aprendido desde muy temprana edad o no aprenderse del todo. Si así es, entonces un darotha mayor no podrá aprenderlo y por lo tanto, tampoco entenderlo. Creo que eso es verdad.
—¿Y todos los terrestres lo hacen? ¿Cómo es que nunca lo hemos reconocido? ¿Por qué razón no lo sabíamos?
—No lo habían visto porque no reconocieron su existencia en lo absoluto, Ghundruth, nuestras dos razas tienen un buen sentido del humor y en algunos lugares lo exageran. Chascarrillos, por ejemplo, nuestras dos razas se divierten con ellos.
—Sí. Porque de allí parte una correlación cruzada inadvertida entre dos símbolos que de otra manera no tendrían relación. Son instructivos y por lo tanto divertidos.
Hiroa lo miró con atención.
—¡Qué tonto he sido! —dijo suavemente—. Nunca había pensado en ello. Mire, ustedes dicen bromas, del mismo modo que nosotros lo hacemos. Nosotros no disfrutamos de todas ellas y tampoco ustedes de las suyas, pero hay algunas que celebramos. ¿Por qué las dice usted?
—Son instructivas. Un chiste es una parábola instructiva que tiene algo inesperado y por lo tanto un resultado imprevisto, ¿no es así?
—Después de tantos años, apenas me doy cuenta de ello —dijo el doctor—. Me doy cuenta de que reímos por las mismas cosas por razones enteramente distintas. Estaría dispuesto a apostar que nuestros chistes que usted no entendió fueron aquellos que no tenían nada de instructivo. ¡Vaya!
—Aprendemos más acerca de nosotros en cada momento, ¿eh, mi amigo? Me pregunto si algún día realmente llegaremos a entendernos el uno al otro. Pero usted iba a establecer una correlación entre los chistes y las mentiras dichas por pura diversión.
—Iba a decir que los chistes son mentiras dichas por pura diversión. Pero evidentemente no lo son, de acuerdo a su modo de pensar.
—No. No. No entiendo lo que quiere decir. ¿Cuál es el propósito de esas parábolas no instructivas? Son tonterías sin sentido. Explíqueme el significado de la parábola de «La de las Espinillas de Plata y los tres Yahoos».
Paul Hiroa tuvo que contenerse para no reír. Quienquiera que hubiera inventado ese había logrado combinar una buena pareja. Unas espinillas plateadas en la piel de una hembra darotha era estimada de la misma manera que las mujeres rubias entre los terrícolas. Y «Los Tres Yahoos» eran casi perfectos.
—No tiene ningún sentido instructivo —dijo Hiroa—. Es una adaptación de un cuento muy viejo para niños. Casi todos los terrícolas la oyeron cuando fueron niños. ¿En dónde la oyó?
—Una de mis pequeñas me la contó. Me preguntó si la había oído, le dije que no y me di cuenta de que gozaba al decírmelo, pero no vi razón para ello.
—Dígame, ¿cuándo se la contó utilizó diferentes cambios de voz para diferenciar a los tres yahoos? ¿La voz de papá Yahoo era la de una persona con voz grave y la del pequeño yahoo era aguda y chillante?
—Sí, así fue como me la dijo.
—¿Y la pequeña gozaba con ello?
—Aparentemente sí.
—¿Cuál fue la reacción de usted?
—Me impresionó. Sabía yo que ella la había oído de alguno de ustedes y no pude ver por qué alguien deliberadamente le decía mentiras a una pequeña sin ninguna razón. Aún no lo entiendo. Los yahoos no pueden hablar y es una mentira decir que lo hagan.
—¿Y le explicó que los yahoos no hablan?
—Sí, y ella replicó: «Oh, ya lo sé, es solo un cuento». Pero yo no lo entendía, y aún no lo entiendo.
—Quizá algún día lo entienda.
—Pero usted no lo cree, ¿verdad, amigo Hiroa? —dijo sonriendo.
—No podría apostar de otro modo. Pero los pequeños lo entenderán y a eso nos lleva el siguiente paso. Ellos inventan sus propios cuentos. Dicen sus mentiras y enseñan a sus custodios a entenderlas. O no lo hacen. Usted pensaba que ellos, esos jóvenes estaban locos.
—Sí. Y tengo que decirle francamente que no estoy del todo seguro de que usted tenga razón en su explicación. Aunque usted, con lo mucho que sabe, desconoce cómo funciona nuestra mente del mismo modo en que nosotros no lo entendemos a usted.
—Lo acepto, son dos países separados por una lengua común —habló para sí mismo—. Lo único que podemos hacer es esperar para ver. Si usted quiere les pediré a mis conterráneos que no cuenten más historias a sus pequeños.
—Quizá sería mejor —dijo Ghundruth reflexivamente—. Ya han causado muchos disturbios entre los darothas mayores. No quiero ver que se hieran sus sentimientos su gente y la mía —y después de una breve pausa dijo—: Pero para ser sincero, yo creo que ya el daño está hecho. Podríamos prohibir a los pequeños que se cuenten cuentos entre sí, ¿pero cómo podríamos obligarlos? No sería posible. Por lo tanto no lo haremos, ya que es tonto elaborar reglamentos que no pueden ser aplicados.
—Yo tampoco podría aplicar esas medidas, pero creo —repuso Hiroa— que mis gentes verían la sabiduría en acceder a mi petición.
Se quedó Hiroa reflexionando:
«Y se reirán con todas sus ganas con la idea de que “La de las Espinillas de Plata y Los Tres Yahoos” es un cuento que corrompe a los menores y que contribuye a la delincuencia de ellos. Pero lo entenderán aunque se rían.
«Y Ghun tiene razón, el daño ha sido hecho».
—Doctor Hiroa —dijo Blanche con enojo—. Me gustaría saber por qué ha dado órdenes a una máquina de carga voladora de darothas que nos siga con rumbo norte hacia el territorio darotha.
Ella había llamado a la puerta del doctor Hiroa y cuando este dio la orden de «Adelante» ella irrumpió en el cuarto y soltó la pregunta.
—No lo ordené, señora Barlow —suavemente—. Esa es la ley no mi ley. Es ley darotha. Aquello es un territorio protegido.
—¡Pero van armados!
—Por supuesto. Es una zona peligrosa, señora Barlow.
—¡Yo no necesito protección! ¡Mi esposo y yo podemos cuidarnos solos! ¡Los humanoides no nos harán ningún daño si les damos muestra de que vamos en son de paz y hermandad! ¡No quiero ser seguida por monstruos armados!
Hiroa pudo oír cada exclamación que iba cayendo en su lugar.
—Señora Barlow. Escúcheme cuidadosamente. No hay nada que yo pueda hacer al respecto. La ley no puede ser derogada por mí ni por nadie más. El grupo de vigilancia tiene que seguir a cualquiera que vaya allá. No son simplemente para protección; van para proteger a los humanoides también. Los estatutos legales tienen que ser obedecidos.
—¡Estatutos legales! —repitió la rubia con fulgor en su mirada—. De modo que son precisamente…
—¡Señora Barlow! —Hiroa tenía una voz sorprendentemente poderosa cuando quería hacer uso de ella—. No quiero seguir oyendo ninguna de sus objeciones sobre derechos, privilegios o dignidad de los humanoides. Los estatutos legales fueron establecidos mucho antes de que el hombre llegara a este mundo. Los guardianes les informarán a ustedes de esas leyes antes de que salga de aquí. Le sugiero que oiga y obedezca. Si no tiene nada más que tratar, entonces, señora Barlow, buenos días.
—A eso yo lo llamo una maldita tontería, un maldito y peligroso acto —dijo el doctor Pendray con un murmullo áspero.
—Mi esposa sabe lo que hace —replicó el doctor Dennis Barlow en el mismo tono—. Callémonos y dejémosla hacer. Ella sabe cómo manejar a los salvajes primitivos.
—¡Pero no a animales salvajes!
—¡Silencio!
Los dos hombres se encontraban en el interior de una máquina voladora. Barlow tenía una cámara de televisión enfocada hacia su esposa que se encontraba a unos treinta metros de distancia con la espalda hacia ellos, caminando lentamente hacia adelante a través de un pastizal que le daba a la mitad de la pantorrilla. Veinte metros adelante, frente a ella, al pie de una montaña baja y rocosa, estaba sentado en silencio un grupo de unos veinticinco o treinta yahoos que la observaban.
Se veía ese grupo como de humanos. Aun el mismo James Pendray tenía que admitirlo. No estaban muy limpios pero tampoco demasiado sucios. No usaban ropas, ni adornos de ninguna clase. Sus cabellos eran de color castaño y les colgaban en rizos desordenados, pero no muy largos.
Los machos tenían barbas pero eran más bien ralas y cortas. Sus frentes eran amplias y sus maxilares inferiores muy toscos, pero no más que algunos seres humanos. En medio de un silencio inmóvil observaron a la mujer que se aproximaba.
Caminó hacia ellos con las manos al frente y los dedos abiertos para mostrarles que no llevaba ninguna arma.
Pendray daba gracias silenciosamente de que cuatro darothas guardianes estaban parapetados alrededor del área, escondidos, pero alerta.
A unos cinco metros de distancia del grupo, que parecía estatuario, Blanche Barlow se detuvo. Habló en una voz tan suave que los miembros de su grupo no pudieron oírla, aunque su voz era recogida por el micrófono direccional que Dennis había enfocado hacia ella.
La rubia no decía palabras, emitía sonidos amables, tranquilos y amistosos. Sus intenciones eran provocar mayor emoción, no inteligencia. Su voz era suave, dulce y tierna.
Uno de los yahoos gruñó.
Blanche continuó emitiendo sonidos amables. El único movimiento era el que hacían dos pequeños que se revolvían en los brazos de una hembra de senos exuberantes. El resto de los yahoos observaba con miradas cautelosas.
Entonces uno de los machos, un espécimen de hombros anchos y un mechón de cabellos canos, empezó a caminar hacia ella. La voz de Blanche cambió un poco, adquirió un tono de aliento, y extendió la mano hacia el que se aproximaba.
Él la sujetó, tiró de ella hacia él y con el puño cerrado la golpeó fuertemente en un lado de la cabeza. Como si eso hubiera sido una señal, el resto del grupo se lanzó contra ella, agitando las manos, aullando y ladrando.
Al desplomarse Blanche rasgaron el aire las balas de unos rifles. Cuatro balas de grueso calibre y alta velocidad fueron dirigidas contra el grupo de yahoos. Dos de los proyectiles hicieron impacto en el pecho del que había golpeado a Blanche. Los dos yahoos que se encontraban a su lado recibieron otro proyectil cada uno. Se oyeron más disparos.
Los yahoos que permanecían de pie dieron media vuelta y huyeron hacia las rocas, en busca de protección. Algunos recogieron piedras y empezaron a arrojarlas contra Blanche, sin saber realmente de dónde provenía el peligro, pero los disparos de los cuatro vigilantes darothas les impidieron arrojar las piedras con precisión hacia Blanche.
Dennis Barlow y James Pendray ya se encontraban corriendo velozmente hacia la rubia.
Solo estaba atontada. Después de un intento logró sentarse y miró, estupefacta, a su alrededor.
—¡Mantente en el suelo, Blanche! —gritó Dennis—. ¡Sigue en el suelo!
Ella pareció no haberlo oído. Su mirada estaba posada en aquella tragedia. La hembra de los senos exuberantes estaba tirada, con las piernas abiertas y el cráneo perforado por una bala. Los dos pequeñuelos que había sostenido en sus brazos cuando Blanche llegó, no estaban lastimados pero chillaban vigorosamente, sentados al lado de la madre.
Dennis llegó primero al lado de Blanche, seguido solamente, a unos pasos, por el doctor Pendray.
—¡Vamos, mi vida; alejémonos de aquí! —le dijo, ayudándola a ponerse en pie.
Habían cesado las pedradas y también los disparos de los darothas.
—Estoy bien —dijo ella débilmente—, puedo caminar, Atrapa a los pequeños, atrápalos.
—¿No son hermosos, doctor Hiroa? ¿Verdaderamente hermosos?
—Son graciosos, sí —repuso Hiroa—. He visto, en mis tiempos, bebés humanos mucho más feos.
—No tienen más que un mes de edad. ¡Vea cómo toman la mamila! ¿No son un encanto?
Blanche veía con ternura a los dos pequeños que había colocado en la cuna que compró especialmente para ellos.
La señora Barlow había tenido que conseguir permiso especial de las autoridades darothas para llevar a Point Garrison a los pequeños yahoos, pero el doctor Hiroa, lo bastante sorprendido, había tenido que ejercer su influencia en su favor. En esos momentos, ya bañados y con pañales, los pequeños se veían como cualquier otro bebé de Point Garrison.
—Esto probará mi punto de vista, doctor Hiroa; Dennis y yo los vamos a criar como si fueran nuestros propios hijos —se volvió hacia el doctor Hiroa y le dijo—: Estas pobres criaturas nunca tuvieron una oportunidad, doctor. Durante miles de años han venido siendo cazados y eliminados, alejados por los darothas como bestias salvajes. No han tenido oportunidad de desarrollar ninguna clase de cultura estable. Su lenguaje ha permanecido primitivo.
—¿Está usted segura de que tienen un lenguaje? —preguntó Hiroa.
—Absolutamente segura. Todas las sociedades humanas tienen un lenguaje, es algo que los distingue de los animales.
Hiroa asintió. No era el tiempo apropiado para objetar la particularidad de su razonamiento.
—Es algo que tiene que ver con el medio ambiente —continuó Blanche—. Un bebé humano de la Tierra, si fuera criado por estos humanoides locales, se conduciría de la misma manera salvaje. No habría conocido nada mejor. Después de generaciones de ser tiroteados, agrupados como rebaños y destazados, consideran a cualquier extraño como enemigo. Difícilmente puedo reprocharles que me hayan tratado como tal.
«Pero estos pequeños van a tener su oportunidad. No han sido aún expuestos al medio ambiente el tiempo suficiente para que los haya impresionado, al menos nada profundo ni ninguna impresión perdurable.
«Al criarlos y educarlos como lo haríamos con nuestros propios hijos, nunca sabrán su historia racial y nunca estarán expuestos a los tormentos que sus padres tuvieron que sufrir. En vez de eso, ellos aprenderán los modales y tratamientos que usted y yo aprendimos cuando fuimos creciendo. Aprenderán el lenguaje terrícola en vez del crudo de sus padres.
«Hasta donde yo sé, este es el primer experimento de esta clase que se ha hecho. Es una maravillosa oportunidad para añadir nuevos conocimientos al campo antropológico».
—Creo que tiene razón —dijo el doctor Hiroa—. Creo que aprenderá usted mucho con este experimento, señora Blanche.
—Estoy segura que sí. Nuestro contrato de investigación con el Instituto establece que mi esposo y yo tenemos que permanecer aquí tres semanas. Para cuando el plazo expire, tendremos una buena cantidad de información sobre este campo de investigaciones y aún más sobre Jane y Michel.
—Jane y Michel, ¿eh? Sí, sí; yo creo que aprenderá de ellos, mucho.
—Paul —era el doctor Landau el que hablaba—, no sé si su expresión indica disgusto o satisfacción.
Hiroa, Landau y Pendray estaban sentados alrededor de la mesa de conferencias del Instituto de Investigaciones, sobre la mesa había tazas de café, libretas de apuntes, lápices y reportes.
—Yo tampoco —dijo Hiroa—. El hecho está allí. Yo simplemente lo acepto y confieso que había esperado, firmemente esperado, que el darotha me indicaría la línea imaginaria tras de la que andaba yo. Las indicaciones que recogí al principio me hicieron pensar que así sería. Pero, como usted puede ver en estos reportes, la situación se ha establecido durante el pasado año. La imaginación por su propio bien, el placer de la imaginación creadora pura, en una fase pasajera en la mente darotha. Los pequeños se recrearán en ella por un corto tiempo, pero eventualmente se aleja de ellos. A la mitad del segundo año, después que han salido del mar, la fase ha pasado. Ven hacia ese pasado de la misma manera que un humano adulto ve hacia el tiempo en que él o ella pensaba que una dieta de pasteles, dulces y helados, era una perfecta situación, o cuando acostumbraban a recortar muñecos de papel era para ellos el pasatiempo más grande del mundo.
—Pero ustedes no han perdido toda la esperanza, eso creo —dijo Pendray.
—No, ciertamente no. Habrá unos cuantos, uno o dos quizá, en cada generación, que retendrán esa línea creadora. No sé cuánto tiempo nos llevará, pero creo que sí vendrá la época en que los darothas sean innovadores de la misma manera en que sean buenos discípulos. Eso espero…
Fue interrumpido por un llamado a la puerta.
—Adelante.
El doctor Dennis Barlow abrió la puerta y entró en la sala.
—Hola, Paul, Marc, Jim. Espero que no haya interrumpido algo. Dijeron ustedes que a las quince treinta, ¿no fue así?
—Sí, correcto; pase. Precisamente estábamos terminando. Tome una silla y siéntese. Hay café en la cafetera y tazas limpias junto a ella. Sírvase.
Mientras Barlow fue por su café, Hiroa dijo:
—Creo que lo que hemos dicho, nos tiene enterados de todo hasta la fecha. Entonces, el próximo caso. ¿Tiene usted, Jim, el expediente de los chicos Mike y Janie Barlow?
—Aquí está —Pendray tomó un fólder y lo entregó al doctor Hiroa—. Estamos aprendiendo algo nuevo de esos pequeños.
Dennis Barlow se sentó, dio un sorbo a su café, y dijo:
—¿Están saludables, doctor?
—Físicamente se encuentran en condiciones estupendas. Mentalmente…; bueno, ¿quién puede decir algo a la edad de catorce meses? No les hemos hecho ninguna prueba sicológica que nos pueda decir algo tan temprano. ¿A usted qué le parecen?
Barlow hizo una mueca singular.
—De verdad que crecen rápidamente, ¿no es verdad?
Están tan fuertes y grandes como criaturas de cuatro años. ¡Y los líos que arman! Es sorprendente. No se lastiman entre sí, ¡pero vaya si se abofetean el uno al otro! ¿No han seguido la secuencia de sus películas?
Los tres científicos asintieron.
—Sí, las hemos visto —dijo Hiroa.
—Entonces entenderán lo que quiero decir, juegan juntos la mayor parte del tiempo, pero si alguno de los dos se interpone en los deseos del otro, ¡hay que ver la que arman! El otro día, Janie estaba jugando con sus cubitos y Mike resolvió que quería jugar con ellos, de modo que le quitó a ella un par y recibió el tercero al momento: se lo había arrojado ella a la cabeza. Blanche tuvo que intervenir para separarlos, como de costumbre. Los sujetó y les dio una sacudida y les habló muy seriamente. Por supuesto que nunca les pega. No creemos que eso sea necesario para una educación apropiada de los niños.
«Creo que el problema estriba en que aún son tan egocéntricos como cualquier chico de esa edad, pero ya son más grandes que la mayoría de los nacidos en la fecha de ellos, y pueden atacarse el uno al otro físicamente, de la manera en que ningún otro de catorce meses pudiera hacerlo, ni en fuerza física ni en coordinación.
—Que la mayoría de los chicos terrícolas, querrá decir —lo corrigió Pendray—. Ese grado de desarrollo a esa edad es normal para los humanoides de Sandaroth.
—¿De veras? Eso no fue mencionado en ninguno de los reportes.
—Bueno, debemos confesar que no tenemos mucho en relación con ellos —dijo el doctor Landau—. Ya sabemos que los adultos no procrean en el cautiverio y que…
—Yo tampoco, si fuera metido en una jaula —interrumpió Barlow, malhumorado.
Landau chasqueó la lengua.
—De todos modos, como iba yo diciendo, no tenemos una información definida. Es difícil seguir a los individuos por un periodo de años, y esta es la primera vez que los yahoos han sido criados desde la infancia. Pero los darothas nos dicen que aquellos alcanzan la madurez muy rápidamente, y que estos pequeños no tienen nada anormal para su edad.
—Mmm… Muy interesante. Entonces, ¿ya le han mostrado estas películas a algún darotha?
—Ghundruth las ha visto. Él está tan interesado en esto como nosotros —explicó el doctor Hiroa.
La mueca en la cara de Barlow se desvaneció, y aclaró:
—Por supuesto que debe estarlo. El criar a los yahoos como ganado les sería más fácil que llevarlos al matadero después de rodearlos en la floresta. Pero puede decirle, de mi parte, que ninguno de esos dos pequeños yahoos va a terminar convertido en un emparedado de «lurgh» o cecina. Y quizá ninguno de los humanoides tendrá dentro de unos pocos años aquel fin.
—Eso, por supuesto, dependerá del reporte que rinda a la Fundación —indicó Hiroa pausadamente—. Ghundruth ha confesado su interés. Él y su gente dependen tanto de los rebaños de yahoos como los indios norteamericanos dependían hace algunos siglos de los rebaños de bisontes. Cuando esos bisontes fueron reducidos casi a la nada, la resistencia de los indios norteamericanos contra los invasores se vino abajo.
«Pero Ghundruth no está pensando en eso, aunque parezca extraño. Está positivamente interesado en saber si los humanoides son inteligentes, humanamente inteligentes. Los darothas son raza eminentemente ética, doctor Barlow; mucho más de lo que nosotros podamos ser. Si descubren que los yahoos son capaces de una conducta inteligente, no habrá necesidad de que nosotros tengamos que protegerlos contra ellos con tropas. El darotha nunca matará a nadie para comer. En efecto, si resolvieron que había sido su propia culpa el que los yahoos nunca hubieran desarrollado una cultura propia, harían todo lo posible, dentro de su alcance, para ayudarlos.
—Ya veo —dijo Barlow en tono de disculpa—. Lo siento. Olviden lo que he dicho. Pero, por su propio bien, nunca digan nada semejante a Blanche. Preferiría que ni siquiera le dijeran que Ghundruth está interesado o que ha visto las películas.
—No lo haremos —aseguró Hiroa—. Respetamos las convicciones de su esposa al respecto.
Y el doctor Marc Landau no pudo dejar de pensar:
«¡Y con su temperamento! La furia dorada se ha vuelto aún más sensible desde que se convirtió en madrastra. El que hubiera sido golpeada y apedreada no pudo domarla».
—¿Y cuál ha sido el progreso que los pequeñuelos han logrado para aprender a hablar? —preguntó Pendray, haciendo girar la conversación para apartarla de la controversia.
—Hasta ahora solamente papá y mamá —dijo Barlow—. Pero, ¿qué más pueden ustedes esperar de unos pequeños de catorce meses?
—Por favor, Dennis, no se moleste por la pregunta —objetó Pendray—. Yo no espero nada, solo deseo información.
—Lo siento; trataré de sacar el pie de mi boca.
—Está bien. Ellos lo llaman a usted papá y a Blanche mamá, ¿no es así?
Barlow frunció ligeramente el ceño.
—No. Todavía no. Hasta ahora usan las palabras intercambiándolas —dijo, y el fruncido de sus cejas se transformó en una sonrisa—. Saben que si gritan cualquiera de las dos palabras alguno de nosotros acudirá corriendo. Recuerdo una vez cuando Mike estaba jugando en el corralito de juegos y Janie estaba afuera. Algo ocurrió y ella sujetó al hermanito por los cabellos a través de los barrotes y empezó a tirar. Mike no podía desasirse y empezó a gritar ¡mamá! con todas las fuerzas de sus pulmones. Yo fui en su auxilio y la obligué a que lo soltara. Supongo que debíamos haber arreglado de manera que yo solo contestara al llamado de papá, y Blanche respondiera al de mamá, a fin de que de ese modo aprendieran a diferenciar.
Pendray hizo una señal afirmativa.
—Sí. Le sugiero que lo intente. De otro modo ellos no podrán establecer la diferencia entre dos palabras. Y dígame, ¿en otras ocasiones usan esas palabras para otros propósitos que no sean los de llamar pidiendo ayuda?
—Cuando tienen hambre. Cuatro o cinco veces al día gritan prácticamente a coro: mamá, mamá, papá, papá. Ya sabemos que están hambrientos. Y, ¡vamos!, ¡de qué manera comen esos chiquillos! Por supuesto, es natural que así sea con la rapidez con que están creciendo. Su grado de metabolismo debe ser realmente muy elevado.
—Me alegro de que haya usted mencionado eso —dijo Pendray—. Me gustaría que los trajera alguna vez y mientras más pronto mejor, para hacerles una prueba de su metabolismo básico. ¿Podría usted?
—Por supuesto. Cuando usted guste. ¿Qué le parecería la semana próxima, a la hora en que generalmente se les hacen sus revisiones médicas?
—Muy bien. Haré los arreglos necesarios. ¿Hay algo notable digno de mencionarse?
—Nada que se me ocurra por el momento, pienso que es una lástima que no tengan algunos otros compañeros con quienes jugar. El problema es que son demasiado grandes y rudos para otros pequeños de su edad, y los de cuatro o cinco años que alcancen la misma estatura se encuentran muy adelante de ellos en educación y capacidad mental por lo cual no podrían comunicarse. Además, los vecinos y padres de aquellos otros chicos no lo permitirían. Tienen tantos prejuicios contra los yahoos y se sienten temerosos de que sus pequeños puedan sufrir algún daño. Supongo que piensan que Mike y Janie devorarían a sus hijos vivos o les causarían serios daños.
—Probablemente —dijo el doctor Hiroa—. Tienen muy buenas razones para pensarlo. Usted vio lo que les pasó a los yahoos que murieron a tiros ese día, tan pronto como ustedes se alejaron en su máquina voladora. Los guardianes de caza tomaron muy buenas películas de ello.
—Hubo algún tiempo, doctor Hiroa, en que sus propios ancestros practicaron el canibalismo y eso no quería decir que no fueran humanos.
—Supongo que debería yo tener la gracia de sonrojarme —apuntó Hiroa—. Pero no me sonrojaré. Todos tenemos entre nuestros ancestros aunque sean muy lejanos algunos caníbales. Lo único que ocurre es que los últimos de mis ancestros antropófagos vivieron más tarde que los últimos de ustedes.
—Yo podría contestar con usted, Paul —dijo el doctor Landau con una sonrisa benevolente—, el honor de haber tenido el árbol de familia con caníbales, pero no lo haré —enseguida se volvió a mirar a Barlow con la misma sonrisa—. El punto que mi instruido amigo Maori trataba de aclarar, al menos así me parece, no era el hecho del canibalismo «per se» sino el cuadro de él. No estamos hablando ahora de los casos de hambre extrema, cuando los hombres han sido impulsados hasta el borde de la locura o aún más allá. Esos casos son excepcionales y nosotros lo sabemos. Ahora estamos refiriéndonos acerca del canibalismo como una práctica normal, regular. En cada caso conocido había un ritual de cierta clase conectada con él, de manera muy especial si la víctima para ser sacrificada era un miembro de la misma tribu o un grupo familiar. Aun cuando un enemigo de otro grupo fuera muerto para tal propósito, había cierto grado de dignidad y preparación.
—Nuestros ancestros humanos, doctor Barlow, no se arrojaban sobre sus propios muertos ni los destazaban en trozos pequeños como si fueran un hato de lobos.
—Quizá no, que nosotros sepamos —dijo Barlow con cierta ironía.
—No que nosotros sepamos —concedió Landau—. Yo acepto que las pruebas que tenemos están muy lejos de ser concluyentes. En sí misma no prueba nada contra los yahoos. Pero sí con certidumbre tiene que ser tomada en cuenta, ¿no es así?
—Yo pienso que la prueba más elocuente serán Mike y Janie —dijo Barlow.
—Indudablemente —aceptó Landau.
—Yo creo que es un punto sobre el cual todos tenemos que estar de acuerdo —dijo Hiroa con una voz en la que puso todo su cuidado para mantener un tono neutral.
El doctor James Pendray se lavó las manos en el lavabo colocado en una esquina de la sala de cirugía. Sin levantar la mirada hacia el doctor Barlow, dijo:
—Janie quedará bien, Dennis; lo único que necesita usted es asegurarse de que ella no se quite las puntadas cuando vuelva en sí.
La voz de Dennis Barlow reflejaba un tono mezcla de disculpa y preocupación cuando le dijo al doctor Pendray:
—Espero que cuando vuelva de la anestesia no se ponga a pelear. Se ha puesto de un humor que parece un diablo sobre ruedas. Nunca pensé que pudiera luchar contra la aguja del modo en que lo hizo.
—¿Y cómo está el ojo morado de Mike? —le preguntó Pendray.
—Está bien. Nada de qué preocuparnos. La inflamación casi ha desaparecido. Pero, ¿de dónde le vendría la idea de morder a su hermana en la pierna como lo hizo?
—Si la hubiera mordido en la nariz no hubiera sido tan malo, pero esos dientes terribles le infligieron una herida muy dolorosa a la hermana.
—Sí, así fue —asintió Pendray—. Para tener solamente dos años de edad tiene muy buena dentadura.
Hubo un momento de silencio mientras el doctor cuidadosamente se secaba las manos.
—Jim —dijo Barlow.
—¿Sí?
—No diga nada a Blanche, pero empiezo a preguntarme si nuestra hipótesis es tan precisa como pensamos.
—¿Cómo dice? —Deliberadamente el doctor Pendray adoptó un tono despreocupado.
—Bueno, es una regla general que mientras más largo es el tiempo entre la pubertad y la adolescencia, es más grande el intelecto del animal. Vea usted a esos pequeños. Dan la impresión de que tienen diez años.
—¿Y cómo ha progresado su vocabulario? —Pendray sabía la respuesta pero solo deseaba llevar la conversación a un punto determinado.
—Mamá, papá.
—¿Alguna diferencia?
—Nada. Parece que no saben la diferencia entre las dos palabras.
—Si un chimpancé es criado y educado en una casa de humanos, generalmente puede aprender a decir unas pocas palabras. Algunas sencillas por supuesto —afirmó Pendray.
—Lo sé, lo sé —aquí el doctor Barlow hizo una pausa y cuando habló nuevamente su voz reflejaba cierto enojo—. Pero, Jim, ellos no son chimpancés; vea a Janie —dijo señalando hacia la mesa de operaciones en donde la pequeña dormía bajo la influencia de la inyección que Pendray le había aplicado—. ¿Cómo pudo usted llamar a una criatura tan hecha como esa un animal?
—Los seres humanos son animales, así lo creo —dijo Pendray.
—No estoy para bromas. Usted sabe lo que quiero decir.
—Sí, lo sé. Simplemente me sorprende oír a un zoólogo usando una palabra que tiene un significado científico, y que le imprime un rasgo emocional. ¿Acaso pueden ellos vestirse solos?
—No, ni desvestirse tampoco. No les importa si están vestidos o no, pero usted no esperaría eso de un niño de dos años.
—Sí. Pero no son mis argumentos, Dennis, son los de usted mismo.
Barlow se pasó la mano por la cara con desesperación manifiesta.
—¡Lo sé, maldita sea! ¡Maldita sea!
—¿Y qué va usted a hacer acerca de ellos, Dennis?
Barlow retiró la mano de su cara.
—¿Qué? ¿Hacer qué? Proseguiré adelante con el experimento. Aún no está terminado; hay un largo camino por delante. Todavía no ha habido tiempo suficiente.
—Usted y su esposa son los únicos jueces de eso, Dennis. Es su experimento. Pero… —ahí se detuvo.
—¿Pero qué?
—El verse envuelto emocionalmente en un experimento no tiende a hacer una observación científica parcial de los resultados. Ninguno puede ser objetivo totalmente acerca de un experimento que está probando sus teorías, pero… Un hombre debía intentarlo, Dennis. Un hombre debía intentarlo.
—De modo que usted ya ve lo que estamos tratando de hacer, doctor Barlow —dijo Hiroa—. Aquí en este planeta, podemos empezar, por primera vez en la historia humana, y en la historia de los darothas, a construir una civilización compuesta de dos formas de vida inteligente, cooperando plenamente, exentos de competencia. En comparación con ellos somos de una elevada imaginación abstracta creadora y de baja ética. Es obvio que lo opuesto es verdadero en ellos. Los darothas no pueden operar muy lejos del mar, y no pueden soportar humedad baja; fisiológicamente es una raza que desperdicia mucha agua. No solamente su organismo no está adaptado para vivir en el interior de un continente. Ellos pueden explorar el interior, de la misma manera que nosotros podemos bucear en el agua. Pero ni ellos pueden vivir en ese interior de manera permanente, ni nosotros podemos bucear más allá de nuestra resistencia física. Entendamos entonces que ellos pueden hacer cosas en el mar qué nosotros no podemos.
«Pero si este experimento falla quizá nunca podamos tener otra oportunidad. Por eso no quiero ver este planeta abierto a la generalidad de los colonizadores. Prácticamente yo seleccioné a cada persona que viniera aquí. Utilizamos las mejores pruebas fisiológicas de que fuimos capaces para asegurarnos de que nuestra gente tenía un nivel de ética muy por arriba del promedio humano. No particularmente inteligencia, sino ética. Si el promedio de colonizadores llega aquí, sería muy probable que los darothas siguieran el curso de los indios americanos. Tendremos que darles tiempo para ajustarse a las nuevas tecnologías, para que aprendan lentamente que hay gentes en las que no se puede confiar. El promedio de colonizadores es un mal ajuste social y los niveles de ética están actualmente abajo de las normas humanas. El darotha al principio confiaría en ellos y se dejaría robar y defraudar, y quizá esclavizar. Pero después esa confianza se trocaría en una desconfianza total hacia todos los seres humanos y más tarde tomaría siglos para enderezar la situación, si es que se pudiera lograr.
«¿Ve usted mi punto de vista?»
—Por supuesto que sí, doctor Hiroa —dijo Dermis Barlow—. Pero, ¿cómo afectaría eso un reporte positivo de la inteligencia de los yahoos?
Después de tres años ya el doctor Dermis Barlow podía usar en sus pláticas la palabra «yahoo» sin sentirse culpable, aunque nunca la usaba cuando Blanche estaba oyéndolo.
Hiroa sabía que tenía que dar una respuesta cuidadosa. Cualquier sugestión de que la Fundación Darlington fuera un grupo de chicanería sería rechazada inmediatamente.
—Hay ciertos intereses en negocios sin escrúpulos allá en la Tierra que desean que este planeta dé entrada libre a cualquiera. Su reporte y esas fotografías serían utilizadas para inflamar los sentimientos públicos contra los darothas si esos hombres sin escrúpulos echaran mano de ello.
—¿Pero supongamos que los yahoos son inteligentes humanamente? —preguntó Barlow—. En ese caso yo no podría falsificar un reporte.
—¡Por supuesto que no! ¡Yo nunca sugeriría tal cosa! —dijo Hiroa indignado y enseguida añadió con más calma—. Asumamos que los yahoos son inteligentes y que el experimento con Michael y Jane lo prueba. Le aseguro a usted que los darothas se impresionarían absolutamente, harían todo lo que estuviera a su alcance para remediar lo que han hecho. Dependería de nosotros naturalmente el proporcionarles un sustituto para su comida animal, pero podríamos encontrar algo, quizá ganado. Entonces tendríamos en el planeta cooperando a tres razas inteligentes.
«En otras palabras quisiera que en su reporte dijera que ya los darothas no matan y comen yahoos, que el problema ha sido resuelto. Eso haría la información inofensiva. Los intereses sin escrúpulos ya no serían capaces de utilizar ese argumento como un arma. ¿Ve usted?
—Ciertamente, yo…
El teléfono del escritorio del doctor Hiroa sonó. Disculpándose se levantó para atender el llamado.
—Doctor Hiroa para servirle. Sí, Jim… ¿Cómo dice? —Repentinamente levantó la mirada fijándola en el rostro de Barlow—. Sí… iremos enseguida para allá —colgó y volvió inmediatamente al lado del doctor Barlow—. Vamos rápidamente al hospital, ha ocurrido un accidente.
Dennis Barlow ya estaba en pie.
—¿Alguno de los pequeños?
—No, su esposa. No sé cuán serio sea.
Les tomó cinco minutos llegar al hospital. Marc Landau los esperaba en el recibidor.
—¿En dónde está Blanche? —Casi gritó Dennis—. ¿Qué ha sucedido?
—La verá usted ahora, hijo. Está en cirugía de emergencia. Jim la atiende, está en buenas manos, tranquilícese.
—¿Qué pasó? ¿Está muy mal herida?
—No sabemos lo que ocurrió. Está… muy mal herida. Su condición es seria, pero no crítica, eso dice Jim.
Dennis se sentó nervioso e insistió:
—¿Dígame qué pasó? Tengo que saberlo.
—Uno de los vecinos la oyó gritar, Dennis. Y ahora tranquilícese. Johnson la oyó que gritaba y acudió al momento. Tuvo el presentimiento de lo que pasaba, por lo cual al salir tomó un bastón grueso —Landau se detuvo y antes de proseguir se mordió el labio inferior—. Dennis, esos yahoos estaban tratando de matarla. Casi lo lograron. También Johnson resultó mordido en un brazo, pero se las arregló para ponerlos fuera de combate. Ahora los tenemos encerrados.
—No puedo creerlo —dijo Dennis muy apesadumbrado. Pero era obvio que sí lo creía—. ¿Por qué? ¿Por qué tenían que hacer tal cosa?
—No lo sabemos. Ni lo sabremos hasta que Blanche pueda decírnoslo. ¿Habría alguna razón?
—No —dijo tristemente Dennis Barlow—. No, ninguna, usted ha leído mis reportes progresivos. Desde el año pasado los pequeños dejaron de pelear entre sí. Usted recuerda cómo ellos acostumbraban golpearse. Ya no lo hacen más. Pensamos que era una buena señal. ¿Qué razón había para que esos pequeños de tres años atacaran a Blanche? ¿Por qué?
Esas últimas frases las pronunció con un dejo de monotonía, como si se le hubiera agotado la emoción.
—Solo tienen tres años de edad cronológicamente hablando —dijo Landau amablemente—. Fisiológicamente tienen dieciséis, si usted los juzga por niveles humanos. ¿Mentalmente? Bueno, no sabría decirlo. Johnson dijo que estaban gritando ¡mamá! ¡papá! mientras atacaban a Blanche, esas son las únicas palabras que saben, ¿no es así?
—Sí —dijo descorazonado el doctor Barlow.
—Usted es zoólogo, Dennis. ¿Qué edad diría usted que pudiera alcanzar un mamífero que alcanzó la pubertad en treinta meses?
—Alrededor de… Alrededor de veinte años máximo.
—¿Y su nivel de inteligencia?
—Bajo. Bestial —levantó la mirada del suelo para hacer esta afirmación—: Son cinocéfalos, Marc. Cinocéfalos, solo que peor que ellos. Sí, peor.
Hiroa se veía muy preocupado y expresó:
—No esperaba que esto sucediera. Lo siento, yo lo permití, Dennis. Lo siento muchísimo.
—Pero no fue su culpa. De nadie fue la culpa más que mía. Yo lo vi venir, pero me resistí aceptarlo. Blanche estaba más ciega que yo. Algunas veces me preguntaba si no se daba cuenta de lo que ocurría. Aún me pregunto si con esto que le ha ocurrido lo verá claramente. ¿Los disculpará nuevamente, aun después de esto? ¿Continuará pensando en racionalizarlos?
Fue hasta veinticuatro horas después cuando tuvieron las respuestas a esas preguntas.
—Dennis, ya ha despertado —le dijo Jim Pendray—. Está consciente, se pondrá bien y quiere verlo.
Jim guio a Dennis al cuarto en donde estaba su esposa y lo dejó solo con ella, pero dejando la puerta entreabierta a fin de que él y los doctores Hiroa y Landau pudieran oír.
—¡Blanche! ¡Blanche, mi vida!
Ella estaba cubierta de vendas pero entreabrió los ojos o trató de sonreír.
—Mi vida, ¿qué pasó? ¿Puedes decírmelo?
Ella cerró los ojos nuevamente para decirle:
—Fue horrible. Horrible lo que sucedió. Estaba yo… estaba yo trabajando en mi escritorio. Oí ruidos extraños —las palabras le brotaban con breves sollozos—. Me levanté para ir a la sala. Michael y Jane estaban… estaban sobre el piso. Estaban… Oh, Dennis. ¡Estaban haciéndose el amor!
—Sí. ¿Y después qué?
—Perdí la cabeza y… entré… y arrastré a Michael lejos de Jane. Y entonces le di una bofetada. Los dos chillaron, volvieron a juntarse y repentinamente se arrojaron sobre mí, como… como animales salvajes. No pude pelear contra ellos, son demasiado fuertes. Me mordieron, arañaron y golpearon… No recuerdo más después de eso —durante un momento permaneció Blanche en silencio y después repitió—: Como bestias salvajes —enseguida abrió los ojos y miró a su esposo—. ¡No son humanos, Dennis! ¡Sencillamente no son humanos!
Afuera en el corredor los tres hombres se cruzaron miradas dándose gracias solemnes.