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john d. swain

lucifer

El famoso Caso Remsen fue el tema de una charla de mesa hace un año más o menos, aunque hoy en día pocos podrían citar los detalles. Por eso, media docena de hombres discutían trivialidades psíquicas, de una manera más o menos despectiva. Bliven, el psicoanalista, estaba hablando.
—Todo depende de una tendencia que, quizás, se exprese mejor en lugares comunes. Cuando los hombres han agotado la ciencia y la religión, recurren a médiums, clarividentes y medicamentos patentados. Conocí a un farmacéutico inteligente que se estaba muriendo de una enfermedad maligna. Fue operado tres veces. Los especialistas lo habían desahuciado. Luego comenzó a probar combinaciones de remedios curativos en sus propios estantes, aunque sabía perfectamente bien lo que contenían. La otra opción era consultar con indios curanderos y especialistas en publicidad.
—Y, por supuesto, sin resultado —comentó el pequeño médico inglés.
—No sería de extrañar —dijo Bliven—. Pero lo cierto es que el hombre mantuvo viva la triste esperanza de su alma. Mejor que simplemente doblar las manos y esperar lo inevitable. Estaba comenzando a probar con una milagrosa raíz brasileña cuando murió. Todo está en tu propia mente, sabes. Nada más cuenta.
—Todos esos casos son un fraude —asintió Holmes, quien dio una conferencia sobre psicología experimental.
El pequeño doctor sacudió la cabeza despectivamente.
—No debería ir tan lejos como para decir eso, realmente —objetó—. Porque, de vez en cuando, en medio de los fraudes conscientes, como lo llamas, con sus imanes ocultos, cables invisibles y todo eso, estos médiums y pseudo-magos se enfrentan a algo completamente desconcertante. He hablado con un conocido prestidigitador. El sujeto puede fingir la cosa hábilmente, ¿entiendes? pero no puede comprender las fuerzas desconocidas detrás de todo. Es un terreno peligroso.
—¡Disparates! —exclamó Bliven—. La mente subconsciente lo explica todo; y solo hemos bordeado sus límites. Cuando hayamos dominado el terreno, sacaremos del negocio a todos los astrólogos y profetas.
Nadie parecía tener nada que responder, y el psicoanalista se volvió hacia el pequeño doctor.
—Tu sabes esto, Royce —afirmó, un poco desafiante.
—No pretendo ser concluyente aquí, pero recuerdo un incidente en mi práctica inicial que no es explicable en la etapa actual de su ciencia, según tengo entendido.
Bliven gruñó.
—Bueno, ¡dispara! —dijo—. Por supuesto, no podemos verificar los hechos, pero si usted fuera un observador preciso quizás podríamos ofrecer una teoría plausible, al menos.
Royce se sonrojó ante la brusquedad de Bliven, pero no se ofendió. Todo el mundo sabía que era un buen sujeto, muy seguro de sí mismo, y esclavo de su pasatiempo.
—Sucedió hace mucho, mucho tiempo —comenzó Royce—; cuando estaba internado en un hospital de Londres. Si saben algo acerca de nuestros hospitales, comprenderán que se trata de los últimos lugares del mundo en los que puede ocurrir algo extraño. Todo es terriblemente ético y rígido, mucho más que en las instituciones de aquí.
»Pero casi cualquier cosa puede pasar en Londres, y pasan. Nos encanta señalar a Nueva York como a típica ciudad cosmopolita: porque tiene una población italiana más grande que Borne, una comunidad alemana más grande que Berlín, etcétera. Bueno, Londres tiene todo esto y más. Tiene núcleos de afganos, turcomanos y árabes; tiene barrios donde la conversación se lleva a cabo en una lengua desconocida. Incluso tiene una sinagoga de judíos negros, que data de la dinastía Plantagenet, y probablemente desde antes incluso.
»Miríadas pasan toda su vida en Londres y mueren sin saber nada al respecto. Sir Walter Besant dedicó veinte años a la recopilación de datos para su historia de la ciudad, y confesó que solo logró conseguir una porción ínfima de su objetivo. Variedad, señores: agentes de Scotland Yard, compradores de libros viejos de peltre o de boletines, importadores de té, hoteleros, abogados, clubmen; pero fuera de su propia pequeña piscina, la niebla eterna oculta al verdadero Londres en su abrazo pegajoso y amarillo. Nací allí, asistí a su universidad, practiqué durante un par de años en Whitechapel y emigré al elegante distrito de Westminster; pero visito la ciudad como un extraño.
»Entonces, si ocurriera algo misterioso en algún lugar, bien podría ser en Londres; aunque, como he dicho, difícilmente lo buscaría en uno de nuestros aburridos e intensamente prosaicos hospitales.
»Watts-Bedloe fue el gran hombre de mi época. Encontrará sus obras en bibliotecas médicas, Bliven; aunque me atrevo a decir que la historia de la ciencia lo ha dejado de lado. La osteopatía le debe mucho, creo; y yo reconozco que el doctor Lorenz, el gran ortopedista de hoy, reconoce libremente su propia deuda.
»Un día nos trajeron un caso particularmente angustiante: Sir William Hutchison, un viudo cuyas esperanzas se habían centrado casi idolátricamente en su hijo, que era lisiado. Tendría que ser británico para entender cómo este cabalero sentía que era un gran deportista. Practicaba todos los deportes al aire libre superlativamente bien, montó a sus sabuesos sobre sus propios campos, cazó tigres desde la espalda de un elefante en la India, y a pie en África; pescó salmones en los arroyos de Noruega, capitaneó el equipo de polo de Inglaterra durante años, navegaba frecuentemente y escaló los picos suizos más difíciles; y además de todo eso fue el primer aficionado en comprar y operar un biplano.
»De modo que a la aflicción parental natural se sumó la amarga caída de todos los planes que Sir Hutchinson tenía para este niño. El hombre sentía que, en lugar de un compañero, en cuyo temperamento podría apoyarse en sus últimos años, tenía a un criatura desvalida a quien él mismo debería cuidar hasta el final de sus días.
»Era un muchacho querido y paciente, con la cabeza más bella y ojos grandes e inteligentes; pero su pequeño cuerpo era miserable, retorcido, deformado, marchito, mucho más allá de la habilidad del propio Watts-Bedloe, quien había sido el último recurso de Sir William. Cuando él confesó tristemente que no había nada que pudiera hacer, que la ciencia y la medicina apenas podrían agregar algunos años a la mera existencia del pequeño mártir, comprenderá que su padre llegó a ese estado que usted, Bliven, ha ilustrado al citar El caso del farmacéutico. En resumen, estaba listo para intentar cualquier cosa: recurrir a charlatanes, nigromantes, al mismo Satanás, si su hijo pudiera ser sanado.
»Oh, naturalmente, había buscado la ayuda de la religión. El notable clero de su propia fe había ungido los ojos valientes, los labios pacientes, las extremidades torcidas, y había rezado para que Dios pudiera obrar un milagro. Pero ninguno fue atestiguado. No. No tengo la menor idea de quién fue el que sugirió a los luciferinos a Sir William.
—¿Luciferinos? ¿Adoradores del diablo? —interrumpió Holmes—. ¿Acaso todavía existen en nuestro tiempo?
—Hay muchos de ellos hoy; pero es la secta más secreta del mundo. Huysmand, en La-Bas, nos ha dicho tanto como cualquiera; y usted sabe perfectamente, o debería, que los sacerdotes creen en el diablo, y algunos lo adoran. A veces, a hostia sagrada es robada de los templos. Este es un elemento esencial para la celebración de la infame Misa Negra, la ceremonia principal del ritual luciferino. Y cada año se informan en la prensa varios robos o intentos de robo del tabernáculo.
»Ahora bien, la teoría de esta extraña secta no carece de una cierta racionalidad distorsionada. Argumentan que la Estrella de la Mañana, es decir, Lucifer, fue expulsado del cielo después de una gran batalla en la que fue derrotado, pero no destruido, ni siquiera herido. Hoy, después de siglos de celo misionero, el cristianismo solo ha reunido un diezmo del pueblo en su redil; la gran mayoría está, y siempre ha estado, afuera. Los malvados florecen, a menudo los justos tropiezan; y en la última gran batalla del Armagedón, los luciferinos creen que su campeón finalmente triunfará.
»Mientras tanto, y en un secreto casi impenetrable, practican sus ritos infames y sirven al diablo, reuniéndose preferiblemente en alguna iglesia abandonada, que tiene un altar, y encima de él un crucifijo, que invierten. Se cree que suman cientos de miles y florecen en todos los rincones del mundo, y se presume que emplean apretones de mano especiales, contraseñas, pero en medio de tantas conjeturas, este hecho queda claro: el culto a Lucifer existe, y desde tiempos inmemoriales.
»Nunca tuve la menor idea de quién se los sugirió a Sir William. Puede haber sido un amigo que era un devoto secreto y deseaba hacer un prosélito. El punto es que descubrió que los sacerdotes impíos reclamaban un poder oculto, estaba listo para hipotecar su propiedad o vender su alma por este pequeño muchacho, y de alguna manera se puso en contacto con ellos.
»El hecho es que se las arregló, intimidando al propio Watts-Bedloe para que permitiera que una de las fraternidades ingresara en el hospital. Este es el mejor ejemplo de su desesperada persistencia. En eso, el médico estuvo de acuerdo solo en ciertos aspectos, y puso condiciones. El hombre no debía tocar al pequeño paciente, ni siquiera acercarse a su cama. No debía hablar con él, ni tratar de mantener su mirada. No habría hipnotismo falso, ni nada de eso.
»Watts-Bedloe, creo, puso esas condiciones con la esperanza de que tal vez pondrían fin a las negociaciones; y se mostró profundamente disgustado cuando se enteró que los luciferinos, aunque apáticos, no estaban impresionados por la dureza de los términos. Por el contrario, el médico intentó persistentemente saber cómo Sir William había escuchado hablar de los luciferinos, cómo había conseguido su dirección, y por qué estos se rehusaban a obtener algún tipo de remuneración.
»En fin, había cinco de nosotros en la habitación a la hora indicada, además del pequeño paciente, que dormía tranquilamente. El hecho es que Watts-Bedloe había tomado la precaución de administrarle una medicación para el sueño, de manera tal que el charlatán no pueda influenciar negativamente sobre el sistema nervioso del paciente. Watts-Bedloe estaba de pie junto a la cama, su cabello arenoso revuelto, su bigote rígido erizado, para todo el mundo como un terrier en guardia. El padre estaba allí, por supuesto; y la jefa de enfermeras, y un poderoso y taciturno ordenado. ¡Puedes ver que no había muchas posibilidades de que el sacerdote del diablo hiciera algo malo!
»Cuando la puerta se abrió y él se paró frente a nosotros, sufrí una sorpresa tan grande como nunca otra en mi vida; y una rápida mirada a los rostros de mis compañeros me mostró que su asombro era igual al mío. No sé exactamente qué tipo de sujeto habíamos visualizado: si un místico de barba blanca, vestido con una capa larga y un sombrero de pico con símbolos cabalísticos; o un hombre de mundo, pálido, siniestro y elegante, pero ciertamente no la criatura completamente insignificante que se inclinó torpemente, y se quedó girando un bombín en sus manos cuando la puerta se cerró detrás de él.
»Era un hombre pequeño, regordete y calvo de mediana edad. Aunque el día era fresco, con una niebla amarilla y húmeda arremolinándose sobre el ciudad, transpiraba libremente, y continuamente se limpiaba la frente con un pañuelo barato. Parecía a la vez incómodo, pero perfectamente seguro, si sabes a lo que me refiero. Me doy cuenta de que esto parece contradictorio, pero esa es la única manera en que puedo describirlo: totalmente seguro de que podría hacer lo que había venido a hacer, pero deseando estar en otro lugar. Escuché a Watts-Bedloe murmurar algo. Y creo que habría escupido los pies del visitante, si ese fuese un acto imaginable en un médico de un hospital de Londres.
»El sacerdote luciferino se volvió hacia sir William. Cuando habló, su tono parecía completamente de acuerdo con su apariencia:
»—Estoy aquí, señor. A su servicio.
»Watts-Bedloe habló bruscamente:
»—Escuche, caballero, ¿pretende decir que puede curar a este niño lisiado?
»El extraño hombre volvió su rostro húmedo y pastoso, lívido, hacia el especialista.
»—Aquel a quien sirvo sí puede, y lo hará. Yo solo Soy un intermediario, en cierto modo. Un transmisor.
»Watts-Bedloe se volvió hacia sir William.
»—¡Pongamos fin a esta repugnante farsa —dijo secamente—. ¡Necesito aire fresco!
»Sir William asintió con la cabeza al hombrecillo, que se secó la frente con el pañuelo y señaló hacia la cama.
»—¡Retiren la colcha! —ordenó.
»La enfermera obedeció, después de una mirada inquisitiva a Watts-Bedloe.
»—Ahora quítenle el camisolín —continuó el visitante.
»Los labios de Watts-Bedloe se separaron en un gruñido, pero Sir William lo detuvo con un gesto. Se acercó a su hijo, quien aún dormía, y con infinita gentileza le quitó a prenda.
»Una vez más sentí una oleada de lástima atravesándome. La noble cabeza, el pecho de paloma, que ahora subía y bajaba suavemente, la columna torcida, las pequeñas extremidades desviadas. Pero mi atención volvió rápidamente hacia el extraño hombre.
»Apenas mirando al niño, buscó su grasiento chaleco, mientras Watts-Bedloe lo miraba como un lince. Extrajo un pedazo de tiza y, en cuclillas, dibujó un grosero círculo en el suelo a su alrededor; posiblemente cuatro pies de diámetro. Y dentro de este círculo comenzó a trazar laboriosamente ciertas figuras y símbolos.
—Espera —interrumpió Bliven—. ¿Qué símbolos?
—Había un emblema de la esvástica —respondió Royce con prontitud—, y otros símbolos familiares de algunas de las órdenes secretas más antiguas, y a veces encontradas en ruinas aztecas y tablillas babilónicas: el ojo abierto, por ejemplo, y un puño grosero con el pulgar extendido. También garabateó la secuencia 1-2-3-4-5-6-7-9, se omitió el 8. Por último, escribió la oración: Sigma te, sigma, temere tangis et angis. Un palíndromo, es decir, una frase que se lee igualmente hacia atrás o hacia adelante.
—Faltó que escribiera Hocus pocus. Cosas de viejas —resopló Bliven.
Royce lo miró suavemente.
—Cosas viejas, diría yo, profesor. Más viejas que la historia registrada.
—Continúa, por favor.
—Habiendo hecho esto durante unos cinco minutos, tal vez, con Watts-Bedloe cada vez más inquieto, y evidentemente conteniéndose con dificultad, el hombre se levantó rígidamente de su posición en cuclillas. Guardó cuidadosamente el fragmento de tiza en su bolsillo, se secó la frente por vigésima vez e hizo un gesto hacia la cama con la palma húmeda.
»—Ahora, cúbranlo —ordenó—: Completamente. Con cabeza y todo.
»La enfermera colocó suavemente la sábana sobre la pequeña figura. Pudimos verla subir y bajar con la respiración regular del sueño. De repente, con los ojos bien abiertos y mirando al suelo, el tipo comenzó a rezar, en latín. Si su inglés era parco, su latín era hermoso de escuchar. Me costó seguirlo debido a la fluidez del discurso. Más tarde hice una transcripción tan buena como pude, y me alegrará mostrártela, Bliven. Pero, de todos modos, fue una oración a Lucifer, o mejor dicho, a la vez una oración y una petición que garantizara ante estos incrédulos cristianos una prueba de su dominio sobre el fuego, la tierra, el aire y el agua. En todo caso, cesó abruptamente como había comenzado, y asintió con la cabeza hacia la cama:
»—¡Ya está! —suspiró, y una vez más se secó la frente.
»—¡Charlatán infernal! —gruñó Watts-Bedloe, incapaz de contenerse por más tiempo—. ¿Tienes el descaro de quedarte ahí parado y decirnos que algo ha cambiado en ese niño gracias a tus balbuceos?
»El hombre lo miró con ojos sin brillo.
»—Compruébelo usted mismo —le respondió.
»Fue Sir William quien le arrebató la sábana a su hijo; y hasta el día de mi muerte recordaré la belleza sobrenatural que vieron nuestros ojos asombrados. Tumbado allí, con una sonrisa en sus labios, como una forma perfecta recién salida de la mano de su Creador, sus pequeñas extremidades rectas y delicadamente redondeadas, una imagen de belleza casi asombrosa, yacía el niño que cinco minutos antes habíamos visto como una parodia destrozada y rota de la humanidad.
De nuevo Bliven interrumpió explosivamente:
—Royce, admito que cuentes una historia desgarradora como tal; incluso me tienes colgando sin aliento. ¡Pero esto es demasiado! Como hombre inteligente, no puedes sentarte allí y decirnos que este niño se curó.
—No dije eso. Estaba muerto.
Bliven se quedó sin palabras, por una vez; pero Holmes habló en protesta:
—Me parece curioso que una historia tan extraña no se haya repetido y discutido.
—No es extraño, si sabes algo sobre los hospitales de Londres —explicó Royce pacientemente—. ¿Quién la divulgaría? ¿Watts-Bedloe permitiría que se supiera que, con su permiso, se admitió el ingreso de un charlatán y que durante sus encantamientos diabólicos murió un paciente? ¿El padre afectado mencionaría el tema? ¿O la jefa de enfermeras?
»Todo esto ocurrió hace casi cuarenta años; y es la primera vez que hablo de eso. Watts-Bedloe murió años atrás; y la línea de sangre de Sir William está extinta. No puedo verificar los detalles, pero todo sucedió exactamente como lo he contado. En cuanto a los luciferinos, ninguno de nosotros, creo, lo vimos partir. Simplemente se escabulló hacia la niebla amarilla y viscosa, de vuelta al infierno privado del que provenía, en algún lugar de Londres, la ciudad que nadie conoce, y dónde cualquier cosa puede pasar.