País Relato - Autores

john brunner

los totalmente ricos

Son totalmente ricos. Usted nunca oyó hablar de ellos porque son las únicas personas en el mundo lo suficientemente ricas como para comprar lo que desean: una vida completamente privada. A usted puede alcanzarlo un rayo y a mí también…, puede ganar un gran premio o resultar ser el vecino de un asesino que usa un hacha para matar, o comprar un loro que sufra de psitacosis… y quedar expuesto, parpadeando tímidamente y deseando con toda su alma estar muerto.
Ellos ganaron un premio con sólo nacer. No tienen vecinos, y si necesitan asesinar a alguien, no recurren a un medio tan torpe como un hacha. No tienen loro. Y si por una posibilidad de uno en un millón, quedan iluminados por las linternas de los perseguidores, pagan a quienes las usan para que las apaguen.
No sé cuántos son. He tratado de estimar el total sumando el producto bruto interno de todos los países de la Tierra y dividiéndolo por la cantidad necesaria para comprar un gobierno o una gran potencia industrial. No es necesario decir que no se puede conservar la privacidad a menos que uno compre un par de gobiernos.
Supongo que habrá un centenar de esas personas. Yo conocí a una, y estuve a punto de conocer a otra.
En general son gente de la noche. Comprarle luz a la oscuridad fue el primer progreso económico. Pero usted no los encontrará con sólo buscarlos a las dos de la mañana, así como no los encontraría a las dos de la tarde. No están en los clubes aprobados; no están en los campos de polo; no están en el Sector Real de Ascot, ni en el césped de la Casa Blanca.
No están en los mapas, ¿comprende usted? Literalmente, los lugares donde eligen vivir figuran como espacios en blanco en los atlas. No están en las listas de los censos, en el Quién es Quién, ni en la Guía Social de Burke. No figuran en los archivos de recaudadores de impuestos, y el correo no tiene registradas sus direcciones. Piense en todos los lugares donde aparece su nombre… los registros escolares que empiezan a amarillear, los registros de hospitales, los duplicados de las tiendas, las firmas en las cartas. Los nombres de esas personas no figuran en ninguno de esos lugares.
¿Cómo se hace?… no, no lo sé. Sólo puedo aventurar la opinión de que para casi todos los seres humanos, la promesa de tener más de lo que jamás han conseguido como deseable actúa como una conmoción traumática. Es un instantáneo lavado de cerebro; en el momento en que cree en las promesas, se imprime un modelo de obediencia, como dicen los psicólogos. Pero no corren riesgos. No son amos absolutos… en realidad, no son amos de nada, excepto de lo que les pertenece directamente… pero tienen mucho en común con el califa de Bagdad quien acudió a un escultor, con el encargo de construir una fuente. Esa fuente era la más hermosa del mundo, y el califa la aprobó. Luego preguntó al escultor si algún otro podría haber construido una fuente tan hermosa, y el escultor respondió orgullosamente que solamente él podría haberla logrado.
—Que le paguen lo que se le prometió —dijo el califa—. Y además… que le arranquen los ojos.
Esa noche yo quería champagne, muchachas que bailaran, luces brillantes, música. Sólo tenía una lata de cerveza, pero por lo menos estaba fría. Fui a buscarla, y cuando volví me detuve en la puerta de la cocina mirando mi… living, taller, laboratorio, lo que fuera. Era un poco de cada una de esas cosas.
Bien, no podía creerlo. Era 23 de agosto, hacía un año y medio que estaba allí, y el trabajo estaba terminado. No podía creerlo, y no lo creería hasta que se lo contara a la gente… hasta que invitara a mis amigos a tomar una cerveza para hacer un brindis.
Levanté la lata. Dije:
—¡Por el fin del trabajo! —Bebí. No sirvió de nada. Dije:— ¡Por fin el efecto Cooper!—. Me acercaba un poco más, pero todavía no del todo.
Entonces fruncí el entrecejo un momento, pensé que lo tenía, y dije con tono triunfante:
—¡A Santadora… el lugar más maravilloso de la Tierra, sin el cual esta concentración jamás habría sido posible: que Dios lo bendiga y también a todos los que parten desde aquí con sus barcos!
Iba por el tercer brindis con una sensación de satisfacción, cuando habló Naomi desde las sombras del porche abierto.
—Bebe por mí, Derek —dijo—. Estás acertando, pero todavía no lo has logrado.
Dejé la lata de cerveza con un golpe en una mesa cercana, atravesé la habitación a grandes pasos, y le di un abrazo. Ella no respondió; era como un hermoso maniquí que exhibiera creaciones de París en la vidriera de una tienda. Nunca la había visto con ropas que no fueran negras. Y esa noche llevaba una blusa negra de seda cruda con pantalones negros ajustados que se afinaban al llegar a las sandalias, negras. Su cabello, de color trigo pálido; sus ojos, azules como zafiros; su piel, luminosa bajo el glorioso bronceado, siempre habían sido tan perfectos, que parecían irreales. Yo nunca la había tocado antes. A veces, despierto durante la noche, me había preguntado por qué; ella no tenía compañero. Pero yo me decía que valoraba ese refugio de paz, y la concentración que allí era posible; que la valoraba demasiado como para querer complicarme con una mujer que nunca exigía nada pero que —uno lo sabía— no se conformaría si no era con todo.
—He terminado —dije, con un ademán—. ¡Ha llegado el milenio! ¡Por fin lo logré! —Corrí hacia la máquina loca que nunca había esperado ver con existencia real—. Se impone una celebración… voy a buscar a todos los que pueda encontrar y…
Me di cuenta de que mi voz se apagaba. Ella había dado un paso hacia mí y levantado una mano que antes colgaba al costado, por el peso de algo que llevaba. En ese momento lo vi, a la luz. Una botella de champagne.
—¿Cómo…? —pregunté. Y además pensé otra cosa. Nunca había estado solo con Naomi, en los trece meses desde que llegué a Santadora.
—Siéntate, Derek —dijo ella. Puso la botella de champagne sobre la misma mesa donde estaba la lata de cerveza—. De nada servirá ir a buscar a la gente. Aquí no hay nadie excepto tú y yo.
No respondí nada.
Ella arqueó una ceja enigmáticamente.
—¿No me crees? Ya me creerás.
Dio media vuelta y fue a la cocina. Esperé su regreso con un par de vasos que tenía para las visitas; estaba inclinado hacia adelante, apoyado con las manos en el respaldo de una silla, y de pronto me pareció que subconscientemente había tratado de poner esa silla entre ella y yo.
Diestramente Naomi retiró el alambre que sostenía el corcho de la botella de champagne, dejó caer la espuma que seguía al corcho en el primer vaso, sirvió en el segundo y me lo ofreció. Me acerqué… moviéndome como un animal estúpido, torpe… a tomarlo.
—Siéntate —volvió a decir ella.
—Pero… ¿dónde están todos los demás? ¿Dónde está Tim? ¿Dónde están Conrad y Ella? ¿Dónde…?
—Se han ido —respondió. Se acercó, con el vaso en la mano, para sentarse frente a mí en la única silla que no estaba llena de fragmentos rotos de mi equipo—. Se fueron hace aproximadamente una hora.
—Pero… ¡Pedro! ¡Y…!
—Salieron al mar. Van a otra parte. —Hizo un gesto ambiguo—. No sé dónde, pero tienen lo que necesitan.
Levantando su copa de champagne, agregó:
—Por ti, Derek… con mis felicitaciones. Nunca estuve segura de que lo lograras, pero había que intentarlo.
Corrí a la ventana que daba al mar, la abrí y miré en la oscuridad cada vez mayor. Vi cuatro o cinco botes de pescadores, con sus luces encendidas como estrellas móviles, que salían del puerto. En el muelle había algunos muebles abandonados y equipos de pescadores. Realmente parecía que se marchaban para siempre.
—Derek, siéntate —dijo Naomi por tercera vez—. Estamos perdiendo tiempo, y además tu champagne se está quedando sin espuma.
—Pero ¿cómo pueden tolerar…?
—¿Abandonar sus hogares ancestrales, desarraigarse, ir a buscar bosques y campos nuevos? —Su tono era liviano y burlón—. Nada de eso. No tienen lazos especiales con Santadora. Santadora no existe. Santadora fue construida hace dieciocho meses, y será demolida el mes que viene.
Después de un silencio que parecía eterno dije:
—¿Te… te sientes bien, Naomi?
—Maravillosamente bien. —Sonrió, y sus dientes blancos brillaron a la luz—. Además, los pescadores no eran pescadores y el padre Francisco no era sacerdote y Conrad y Ella no eran artistas, excepto en un muy pequeño aspecto del asunto, como pasatiempo. Además yo no me llamo Naomi, pero como te has acostumbrado a ese nombre… y yo también… lo seguiremos usando.
Tenía que beber el champagne. Estaba excelente. El más perfecto que había probado jamás. Lamenté no estar con ánimo para apreciar el hecho.
—¿Quieres decir que todo el pueblo es de cartón? —pregunté—. ¿Una especie de colosal… digamos… decorado de película?
—En cierto modo. Sería más correcto llamarlo decorado teatral. Ve al porche y estira una mano hasta el trozo de utilería que cuelga sobre el umbral. Tira de él. Se desprenderá. Fíjate en lo que encuentras en la superficie expuesta. Haz lo mismo en cualquier otra casa del pueblo que tenga un porche parecido… hay cinco. Luego vuelve y podremos hablar seriamente.
Cruzó sus bellísimas piernas y sorbió el champagne. Sabía con seguridad que yo haría exactamente lo que ella decía.
Con aire decidido, aunque más para evitar sentirme tonto que por ninguna otra razón, salí al porche. Encendí la luz —una lamparita amarilla que se balanceaba en un cable colocado en forma precaria— y levanté la mirada hacia el adorno calado que colgaba del borde. Los insectos del verano se acercaron zumbando hacia la atractiva lámpara.
Tiré del pedazo de madera, y se desprendió. Alzándolo hacia la luz, leí en la superficie expuesta: Número 14 006 - José Barcos, Barcelona.
No tenía ninguna reacción preparada. Por lo tanto, sosteniendo el pedazo de madera como un talismán frente a mí, volví a entrar en la casa y me detuve junto a Naomi, que seguía sentada. Estaba a punto de hacer algún comentario furioso, pero nunca supe cuál, porque en ese momento mi mirada quedó atrapada por la etiqueta de la botella. No era champagne. No conocía el nombre de los fabricantes.
—Es el mejor espumante del mundo —dijo Naomi. Había captado mi mirada—. Hay suficiente para, aproximadamente… bueno… una docena de botellas por año.
Mi paladar me decía que había al menos algo de cierto en las palabras de Naomi. Caminé, tambaleante, hasta mi silla, y por fin me dejé caer en ella.
—No pretendo entender esto. Yo… ¡no he pasado un año en un lugar que no existe!
—Ya lo creo que sí. —Muy serena, sostenía el vaso entre sus manos bellas y delicadas, y apoyaba los codos en los sucios brazos del sillón—. A propósito, ¿has notado que nunca hay mosquitos entre los insectos que se acercan a tus luces? No era muy probable que contrajeras la malaria, pero había que tomar precauciones.
Me sobresalté. Más de una vez había comentado en broma a Tim Hanningan que una de las más grandes ventajas de Santadora era que allí no había mosquitos…
—Bien. Los hechos comienzan a impresionarte. Ahora vuelve mentalmente al invierno anterior al último. ¿Recuerdas que conociste a un hombre que se llamaba Roger Gurney, con quien luego te encontraste otra vez?
Asentí. Por supuesto que recordaba a Roger Gurney. A menudo, desde mi llegada a Santadora, había pensado que ese primer encuentro con él era uno de los dos acontecimientos cruciales que cambiaron mi vida.
—Tú llevaste a Gurney en el auto una noche de noviembre bastante desagradable… el auto de él se descompuso y no había esperanzas de conseguir el repuesto necesario antes de la mañana, y él tenía que llegar a Londres para una cita urgente al día siguiente a las diez. Te pareció una persona muy agradable, encantadora. Lo alojaste en tu departamento; cenaron juntos y charlaron hasta las cuatro de la mañana sobre lo que ahora tiene forma concreta en esta habitación. Hablaron del Efecto Cooper.
Yo sentía un frío increíble, como si por la ventana hubiera entrado un dedo de esa melancólica noche de noviembre y me hubiera recorrido la columna vertebral con su contacto helado. Dije:
—Entonces, esa misma noche, le mencioné que sólo veía una forma de realizar los experimentos necesarios. Dije que tenía que encontrar un pueblo en alguna parte, sin distracciones externas, sin teléfono ni periódicos, sin siquiera una radio. Un lugar donde la vida fuera tan barata que yo pudiera dedicarme durante dos o tres años a mi trabajo, sin tener que preocuparme por mantenerme.
¡Dios mío! Me llevé una mano a la frente. Era como si surgiera la memoria, como una tinta invisible puesta al fuego.
—Eso es. —Naomi asintió con aire de satisfacción—. Y la segunda y única vez que te encontraste con ese encantador Roger Gurney fue el fin de semana en que celebrabas tu pequeña ganancia en las apuestas de fútbol. Dos mil ciento cuatro libras, diecisiete chelines y un penique. Y él habló de un cierto pueblito español, llamado Santadora, donde las condiciones para la investigación eran perfectas. Dijo que había visitado a algunos amigos allí, llamados Conrad y Ella Willams. La posibilidad de que tus sueños se convirtieran en realidad ni se te había ocurrido, pero después de haber tomado unas cuantas copas con Gurney, te pareció extraño no haber hecho ya tus planes.
Di un golpe tan fuerte con el vaso en la mesa, que podría haberlo roto. Dije con dureza:
—¿Quién eres tú? ¿Qué es este juego?
—No es un juego, Derek. —En ese momento se inclinaba hacia adelante, con sus ojos azules como joyas fijos en mi cara—. Es un asunto muy serio. Y tú también estás comprometido en él. ¿Puedes decir honestamente que si no fuera por tu encuentro con Roger Gurney, y por haber ganado esa modesta suma de dinero, estarías aquí… o en cualquier parte… con el Efecto Cooper transformado en realidad?
Después de una larga pausa en que evoqué un año entero de mi vida, respondí:
—No, debo ser honesto. No podría decirlo.
—Entonces ésta es la respuesta a la pregunta que hiciste hace unos momentos. —Dejó el vaso en la mesa y sacó una pequeña cigarrera del bolsillo de los ajustados pantalones—. Soy la única persona del mundo que quería poseer y usar el Efecto Cooper. Ninguna otra persona podría haberlo obtenido… ni siquiera Derek Cooper. Toma uno de estos cigarrillos.
Extendió la caja; con sólo abrirla se llenó el aire de una fragancia que me pareció desconcertante. El cigarrillo que tomé no tenía marca, la única clave con respecto a su origen era un leve rayado en el papel, pero en cuanto exhalé el humo por primera vez supe que, como el vino, era el mejor del mundo.
Ella observó mi reacción, divertida. Me relajé parcialmente… la sonrisa la convertía en alguien conocido… ¿cuántas veces había visto su sonrisa así, en ese mismo lugar, o con mucha más frecuencia en casa de Tim o de Conrad?
—Yo deseaba el Efecto Cooper —repitió—. Y ahora lo tengo.
—¡Un momento! Yo…
—Entonces quiero alquilarlo. —Se encogió de hombros como si el asunto fuera básicamente superficial—. Después de que lo haya alquilado, es y será tuyo para siempre. Has conseguido eso pero… por ciertas intervenciones en claves, digamos… para mí sería sólo una teoría. Un juguete intelectual. Pero, aun así, no te pediré que me lo alquiles por una suma razonable. Por el uso de esa máquina para un fin muy específico, te pagaré tanto durante el resto de tu vida, que puedes hacer absolutamente cualquier cosa que te dicte tu fantasía. ¡Toma!
Arrojó algo al aire —yo no sabía dónde lo había tenido escondido— y lo atrapé reflexivamente. Era una billetera larga y angosta de cuero suave y blando, con un cierre relámpago en el borde.
—Ábrela.
Obedecí. Adentro descubrí una., dos… tres tarjetas de crédito a mi nombre, y una chequera con mi nombre impreso en los cheques. En cada una de las tarjetas decía algo que nunca había visto antes: una sola palabra sobreimpresa en rojo. La palabra era ILIMITADO.
Volví a ponerlos en la billetera. Se me había ocurrido dudar de que lo que ella decía fuera cierto, pero la duda se esfumó de inmediato. Sí, Santadora había sido creado para permitirme trabajar en condiciones ideales. Sí, era obra de ella. Después de lo que había dicho sobre Roger Gurney, no me quedaban posibilidades de dudar.
De manera que podía ir a Madrid, entrar en una agencia, y salir manejando un Rolls-Royce; ir al Banco con el auto y hacer un cheque por un millón de pesetas y cobrarlas… si el Banco tenía tanto dinero en efectivo.
Siempre mirando la billetera, corriendo el cierre para abrirla y cerrarla mecánicamente, dije:
—Muy bien. Eras la única persona que quería el Efecto. ¿Quién eres?
—La persona que podía obtenerlo. —Soltó una risita irónica y sacudió la cabeza. Sus cabellos ondearon alrededor de su rostro como alas—. No te molestes en hacer más averiguaciones, Derek. No responderé porque las respuestas no significarían nada.
Guardé silencio un momento. Luego, finalmente, como no tenía otros comentarios que hacer, agregué:
—Al menos debes decirme por qué querías lo que yo podía darte. Al fin y al cabo, todavía soy la única persona en el mundo que lo comprende.
—Sí. —Me estudió—. Sí, es cierto. Sirve más vino; creo que te gusta.
Mientras yo servía más vino, y mientras sentía calmarse mi cuerpo después de la conmoción de los últimos diez minutos, ella dijo, sin mirarme:
—Realmente eres único, ¿sabes? Un genio sin igual en tu campo particular. Por eso estás aquí, por eso me he molestado un poco por ti. Puedo conseguir todo lo que quiero, pero con respecto a ciertas cosas, dependo inevitablemente de la única persona que puede proporcionármelas.
Sus ojos vagaron hacia la máquina destartalada… pero en funcionamiento.
—Quería que esa máquina me devolviera a un hombre —dijo—. Hace tres años que ha muerto. —Tuve la sensación de que el mundo se detenía en su curso. Estuve ciego desde que me deslumbró la visión del dinero sin límites. Acepté que, como Naomi podía obtenerlo todo, sabía lo que obtenía. Y, por supuesto, no lo sabía.
Por mi mente pasó un pequeño desfile imaginario, de muñecos sin rostros que se movían en un mundo de nubes rosadas, móviles. Una muñeca vestida de negro, con largos cabellos claros, dijo:
—Ha muerto. Quiero recuperarlo. No discutas. Encuentra la manera.
Los otros muñecos hicieron una reverencia y se alejaron. Eventualmente uno de los muñecos volvió y dijo:
—Hay un hombre llamado Derek Cooper que tiene algunas ideas no ortodoxas. Ninguna otra persona en el mundo piensa en este problema en absoluto.
—Ocúpate de que obtenga lo que necesita —dijo la muñeca de cabellos largos.
Dejé en la mesa la botella de vino. Vacilé… sí, todavía vacilé, seguía encandilado. Pero luego tomé la billetera de cuero blando y la arrojé a la falda de Naomi. Dije:
—Te has engañado.
—¿Qué? —No lo creía. La billetera que había caído en su falda era una alucinación, no hizo ningún movimiento para tomarla, como si al tocarla pudiera despertar de una pesadilla o una realidad cruel.
Proseguí, muy cuidadosamente porque iba elaborando lo que decía:
—Dijiste que querías mi máquina para una tarea especial. Yo estaba demasiado maravillado como para preguntarme de qué tarea se trataría… hay cosas que pueden hacerse con la máquina, de manera que lo dejé pasar. Tú eres muy rica, Naomi. Has sido tan rica toda la vida que no sabes lo que hay entre la formulación de un problema y su solución. ¡Hay tiempo, Naomi!
Di unos golpecitos en la parte superior de la máquina. Todavía estaba orgulloso de ella. Tenía todo el derecho de estarlo.
—Eres… eres como una emperatriz de la antigua China. Tal vez existió, no lo sé. Imagina que un día ella dijo: «Me ha sido revelado que mis antepasados están en la Luna. Quiero ir allá y rendirles los honores de una hija obediente. Encuentra la manera». Entonces buscaron a lo largo y a lo ancho del imperio, y un día llegó un cortesano con un hombre pobre y harapiento, y dijo a la emperatriz: «Este hombre ha inventado un cohete». «Bien», repuso la emperatriz. «Perfecciónenlo de tal manera que yo pueda ir a la Luna».
Yo había tratado de contar esa fábula con tono jocoso… y reírme al final. Pero me volví a mirar a Naomi, y ya no pude reír.
Su rostro estaba tan pálido como el de una estatua de mármol, los labios un poco separados, los ojos enormemente abiertos. En una mejilla, como un diamante, brillaba una lágrima.
Mi tono festivo se evaporó. De pronto tuve la horrible impresión de que había dado un puntapié contra algo que parecía una piedra y que había hecho añicos un valiosísimo jarrón.
—No, Derek —dijo ella después de un rato—. No es necesario que me hables del tiempo. —Se movió, se volvió a medias en su silla, y miró la mesa a su lado—. ¿Este vaso es mío? —agregó en tono ligero, tendiendo la mano delgada y hermosa para señalarlo. No se enjugó la lágrima; la lágrima permaneció en su mejilla durante un rato, hasta que el aire seco y caluroso de la noche la borró con su beso.
Asentí con un gesto y tomó el vaso, se puso de pie y fue a mirar mi máquina. La contempló sin hacer comentarios, y luego dijo:
—No pensaba decirte lo que quería. El tiempo me obligó a decírtelo. Quiero saber exactamente lo que tu modelo piloto puede hacer.
Vacilé. Gran parte del asunto todavía no había sido expresado en palabras; mi pensamiento en palabras se había mantenido separado de mi pensamiento de trabajo durante el pasado año, y últimamente no había hablado de nada excepto de lugares comunes cuando descansaba en compañía de mis amigos. Cuanto más me acercaba al éxito, más supersticioso me ponía con respecto a mencionar el objetivo de ese proyecto.
Y —el colmo del absurdo— ahora que sabía lo que ella quería, me avergonzaba un poco de que, al examinarlo de cerca, mi triunfo se redujera a tan poca cosa.
Percibiendo mi estado de ánimo, ella me miró y sonrió débilmente.
—Sí, señor Faraday —¿o dijo Humphry Davy?—… pero ¿para qué sirve? Perdóneme.
Un bebé recién nacido. Bastante bien. Por algún motivo la frase me tocó… me llegó emocionalmente… y de pronto no tuve ninguna vergüenza de nada. Me sentí tan orgulloso como cualquier padre y mucho más.
Aparté una pila de borradores que había en un ángulo de la mesa junto a la máquina y me apoyé en ese lugar. Sostenía el vaso entre las palmas de las manos, y estaba tan inmóvil que me parecía oír las burbujas que subían a la superficie del vino.
—No es por brindarme dinero, ni nada parecido, que tengo una deuda de gratitud contigo. Es por enviarme a ese persuasivo y encantador Roger Gurney. Nunca conocí a nadie que estuviese preparado para aceptar mis ideas excepto como tema de conversación divertida. Había echado a rodar mi concepto entre algunos de los mejores intelectos que conozco… gente que conocí en la universidad, por ejemplo, que desde entonces me ha dejado muy atrás. —No había pensado en eso antes. Por lo que parecía, no había pensado en muchas cosas—. Pero él las tomaba en serio. Lo que le dije fue muy parecido a lo que les dije a los otros antes. Había hablado de… del espacio alrededor del cual se define un organismo vivo comportándose como se comporta. Como un móvil. Por eso tengo uno aquí. —Señalé, alzando el brazo, y, como si yo la hubiera ordenado, entró una brisa por la ventana abierta y movió los paneles de metal colgantes en el ángulo medio en sombras en el otro extremo de la habitación. Chirriaron un poco al moverse; últimamente yo había estado demasiado ocupado como para acordarme de aceitar los soportes.
Fruncí el entrecejo, y al hacerlo puse en tensión los músculos de la frente, hasta darme dolor de cabeza, pero no podía evitarlo.
—Debe haber una interrelación total entre el organismo y su entorno, incluidos, especialmente, los organismos parecidos a él. El autorreconocimiento fue una de las primeras cosas con las que chocaron al construir simulacros mecánicos de los seres vivos. No lo planearon… construyeron tortugas mecánicas con lucecitas en la parte superior y un simple impulso de búsqueda de la luz, y al poner el animal frente a un espejo, parecía reconocerse a sí mismo. Éste es el camino, no el armado deliberado, pieza por pieza, de un hombre, sino el intento de definir la forma misma como el intento que el hombre mismo define al reaccionar con otras personas. Bastante simple. Pero ¿puede uno proyectar un trillón de informaciones, almacenarlas, etiquetarlas a tiempo, traducirlas para su reproducción como… bien, como qué? A mí no se me ocurre nada. Lo que tú quieres es… —Me encogí de hombros, vacié mi copa, y me puse de pie—. Tú quieres el Efecto Cooper —terminé—. Mira… toma esto—. De un pequeño estante que había sobre la máquina tomé un disco chato y translúcido del tamaño de una moneda de un penique, pero más grueso. Para manejarlo usé una llave que introduje en un agujero en el centro con tanta exactitud que sostenía el peso por fricción. Se la tendí a Naomi.
Me temblaba la voz, porque era la primera prueba al azar que hacía.
—Toma esto. Es para que lo manipules… frota tus dedos sobre él, apriétalo suavemente por los lados chatos, enciérralo en tu mano.
Ella obedeció. Mientras lo tenía en la mano, me miró.
—¿Qué es?
—Es un cristal artificial piezoeléctrico. Bien, suficiente. Vuelve a ponerlo en la llave… no quiero confundir las lecturas tocándolo yo mismo.
No fue fácil volver a deslizar el disco en la llave, y ella hizo dos falsos intentos antes de tomarme la mano para que lo colocara bien. Sentí una vibración a través de sus dedos: parecía que todo su cuerpo cantaba como un instrumento musical.
—Ahí está —dijo ella con tono neutro.
Devolví el disco a la máquina. Con todo cuidado lo trasladé de la llave a un pequeño lugar en la parte superior de la pantalla. Se deslizó hacia abajo como un disco que cae en la bandeja. Durante los dos segundos que eso tardó en suceder no respiré. Luego apareció la reacción.
Estudié cuidadosamente las lecturas en los diales. No eran perfectas. Me sentí un poco desilusionado… esta primera vez había esperado un resultado perfecto. Sin embargo era extraordinariamente aproximado, considerando que ella apenas había tenido el disco entre sus manos durante diez segundos.
—La máquina dice que eres de sexo femenino, delgada, de cabellos rubios y probablemente de ojos azules, potencialmente artística, no acostumbrada al trabajo manual, con un cociente intelectual que oscila entre 120 y 140, que estás bajo un intenso estrés emocional…
Su voz cortó la mía como un látigo.
—¿Cómo? ¿Cómo sé que la máquina te dice eso, y no tus propios ojos?
No levanté la mirada. Dije:
—La máquina me está diciendo qué cambios se produjeron en ese pequeño disco de cristal cuando lo tocaste. Lo estoy leyendo como una especie de gráfico, en todo caso… mirando el dibujo en los diales e interpretándolos en palabras.
—¿Te dice algo más?
—Sí… pero me temo que debe de haber un error en alguna parte. La calibración fue un poco vaga, y habría que completarla con una buena muestra estadística de, digamos, mil personas de todo tipo. —Me reí forzadamente mientras me apartaba de la máquina—. Ya ves, dice que tienes de cuarenta y ocho a cincuenta años, y eso es ridículo a simple vista.
Ella permanecía muy quieta. Recorrí toda la distancia hasta la mesa que había junto a ella, para volver a llenar mi vaso, antes de darme cuenta de lo inmóvil que estaba. Con la mano en el cuello de la botella, la miré fijamente.
—¿Te pasa algo?
Ella se estremeció y volvió de inmediato a la vida. Dijo con tono ligero:
—No. No, absolutamente nada. Derek, eres el hombre más asombroso del mundo. La semana que viene cumpliré cincuenta años.
—Bromeas. —Me pasé la lengua por los labios—. Yo hubiera dicho… bien, treinta y cinco y sin hijos y muy cuidadosa de su aspecto. Pero no más. Ni un día más.
Una cierta amargura pasó por su cara mientras hacía un gesto afirmativo.
—Es así. Yo quería ser hermosa… creo que no hace falta que explique por qué. Quería seguir siendo hermosa porque era lo único que podía darle a alguien que tenía, como tengo yo, todo lo que es concebible desear. Entonces… me ocupé de eso.
—¿Qué le sucedió a él?
—Tenía la intención de que no lo supieras. —La respuesta fue serena y definitiva. Se relajó deliberadamente, estirando las piernas, y sonrió perezosamente. Su pie tocó algo en el suelo cuando se movió, y echó una mirada hacia abajo.
—¿Qué…? ¡Ah, eso! —Estiró la mano para recoger la billetera de cuero blando, que había caído de su falda cuando yo se la arrojé de vuelta y ella se levantó. Con la billetera en la mano, dijo:
—Toma esto, Derek. Sé que ya te lo has ganado. Por accidente… por error… llámalo como quieras, has probado que puedes hacer lo que yo esperaba.
La tomé. Pero no la puse enseguida en mi bolsillo; la retuve en mis manos, haciéndola girar distraídamente.
Dije:
—No estoy tan seguro, Naomi. Escucha. —Tomé mi vaso que acababa de llenar y volví al sillón frente a ella—. Lo que me propongo en última instancia es poder deducir al individuo por las huellas que deja. Tú lo sabes; ése es el sueño que le conté a Roger Gurney. Pero entre ahora y entonces, entre el simple análisis superficial de un material especialmente preparado y recorrer, pieza por pieza, diez mil objetos afectados no solamente por el individuo en cuestión, sino por muchos otros, algunos de los cuales probablemente no pueden encontrarse para identificar y destruir su influencia extraña —y después procesar los resultados para lograr un tono coherente— puede haber años, décadas, de trabajo y estudio, mil huellas falsas, mil experimentos preliminares con animales… ¡habrá que inventar nuevas técnicas enteras para emplear los datos producidos! Suponiendo que obtengas tu… tu análogo de un hombre: ¿qué harás con él? ¿Tratarás de fabricar un hombre, artificialmente, que encaje con las especificaciones?
—Sí.
Esa simple palabra me dejó literalmente jadeando, era como una trompada en el estómago, que me dejaba sin aliento. Me dirigió su brillante mirada y una vez más sonrió débilmente.
—No te preocupes, Derek. Eso no te concierne. Hace mucho tiempo que se trabaja en muchos lugares, según me dicen, sobre este problema. Lo que nadie hacía, excepto tú, era luchar con el problema de la persona total.
No pude replicar. Llenó su propio vaso antes de continuar, con voz más tensa.
—Tengo que plantearte un problema, Derek. Es tan crucial que tengo miedo de oír la respuesta. Pero no soporto esperar más tiempo, tampoco. Quiero saber cuánto tiempo crees que pasará hasta que pueda tener lo que quiero. Supongamos, recuerda que tienes que suponer, que los mejores hombres del mundo pueden ponerse a trabajar en los problemas subsidiarios; probablemente con esto obtengan su reputación, sin duda harán sus fortunas. Quiero saber lo que piensas.
Dije con dificultad:
—¡Bien, me parece muy difícil! Ya he mencionado el problema de aislar las huellas de…
—Este hombre vivió una existencia diferente de la tuya, Derek. Si te detuvieras un momento a pensar, te darías cuenta. Puedo llevarte a un lugar que era únicamente suyo, donde su personalidad se formó y se moldeó y aceptó cada grano de polvo. No es una ciudad donde ha caminado un millón de personas, no es una casa donde ha vivido una docena de familias.
Tenía que ser cierto, aunque media hora antes me hubiera parecido increíble. Asentí.
—Bien, también tendré que elaborar formas de manejar los materiales no preparados… de calibrar las propiedades de cada sustancia por separado. Y está el riesgo de que el paso del tiempo haya cubierto las huellas con ruido molecular y movimientos azarosos. Además, la prueba misma, antes de las lecturas en sí, podría perturbar las huellas.
—Tienes que suponer… —Trató de repetir pacientemente—… que los mejores hombres del mundo se ocuparán de los asuntos laterales.
—No es un asunto lateral, Naomi. —Deseaba no tener que ser honesto. Ella se sentía herida por mi insistencia, y yo comenzaba a pensar que, a pesar de todo lo que uno podía envidiarle, ya había sufrido mucho—. Es simplemente un hecho que hay que enfrentar.
Bebió el vino hasta la última gota y dejó la copa sobre la mesa. Con aire pensativo dijo:
—Creo que sería correcto decir que el… el objeto que una persona más afecta, más directamente, es su propio cuerpo. Si el solo hecho de manipular tu pequeño disco revela tanto, cuánto más deberá revelarse a través de las manos mismas, los labios, los ojos…
Respondí, incómodo:
—Sí, por supuesto. Pero es difícilmente practicable procesar un cuerpo humano.
Ella respondió:
—Tengo su cuerpo.
Ese silencio fue terrible. Un estúpido moscardón, gordo como una bala, golpeaba contra la pantalla de la lámpara en el porche, y otros insectos zumbaban, también, y se oía el ruido lejano del mar. Sin embargo, había un silencio de tumba.
Por fin ella prosiguió:
—Todo lo que podía conservarse se ha conservado, por todos los medios existentes. Yo lo había… —Su voz se quebró por un segundo—… lo había preparado. Sólo lo que es él, la trama en el cerebro, las pequeñas corrientes murieron. Es curioso que una persona sea tan frágil. —Recuperándose, volvió a lanzar la pregunta—: Derek, ¿cuánto tiempo?
Me mordí los labios y miré el suelo junto a mis pies. Me hervía la cabeza mientras consideraba, descartaba factores irrelevantes, visualizaba problemas, suponía que eran solubles, reducía todo al simple factor irreductible del tiempo. Podría haber dicho diez años y sentía que eso era ser estúpidamente optimista.
Pero finalmente no dije nada.
Ella esperaba. Luego, muy inesperadamente, dejó escapar una carcajada y se puso de pie de un salto.
—¡Derek, no es justo! Has logrado algo fantástico, necesitas y te mereces descansar y celebrarlo, y aquí estoy yo persiguiéndote con preguntas y pidiéndote que saques respuestas del aire. Sé perfectamente bien que eres demasiado honesto como para darme una estimación sin tiempo para pensar, o para hacer algunos cálculos. Y te tengo encerrado en tu habitación atestada cuando probablemente lo que más deseas es salir de ella por un rato. ¿No es así?
Tendió la mano, con el brazo totalmente estirado, como para arrancarme de mi silla. Tenía el rostro iluminado por algo que parecía puro placer, y verlo era experimentar nuevamente la consternación de oírla decir que tenía cincuenta años. Parecía… lo menos que puedo decir es que parecía transformada. Parecía una muchacha en su primera fiesta.
Pero esa transformación sólo duró un momento. Su expresión se tornó grave y calma. Dijo:
—Lo siento, Derek. En el amor hay una cosa que… que odio. ¿Alguna vez has pensado qué egoísta se vuelve uno cuando ama?
Salimos de la casa de la mano, y entramos en la oscuridad de esa noche de verano. Había un delgado cuarto creciente y estrellas como antorchas salvajes. Por centésima vez caminé por la calle estrecha y mal pavimentada que llevaba desde mi hogar temporario hasta el puerto; allí estaban la casa de Conrad, el almacén y la vinería; la iglesia, con su techo plateado por la luna, las casitas en hileras junto al mar, donde vivían las familias de los pescadores. Y aquí, abandonado, el detrito de doscientas setenta y cinco vidas que nunca habían existido en realidad… conjuradas con una orden.
Cuando llegamos al muelle, dije:
—Naomi, esto no se puede creer, aunque sé que es cierto. Este pueblo no fue un decorado, el escenario de un espectáculo. Fue real lo sé.
Ella echó una mirada alrededor.
—Sí. Tenía que ser real. Pero sólo se requiere pensamiento y paciencia.
—¿Qué dijiste? ¿Tú le ordenaste… a quien fuera… «construye un pueblo real»?
—No fue necesario. Ellos sabían. ¿Te interesa saber cómo lo hicieron? —Volvió hacia mí un rostro curioso, que yo apenas veía por la escasa luz.
—Por supuesto —respondí—. ¡Dios mío! Crear personas reales y un lugar real… cuando me ordenan recrear a una persona real, ¿no debería interesarme?
—Si fuera tan fácil recrear como lo es crear —dijo ella con tono hueco—, yo no estaría tan… sola.
Nos detuvimos, junto a la pared de piedra baja que iba desde el muelle hasta las rocas puntiagudas del promontorio que protegía la playa, y nos apoyamos en ella. A nuestras espaldas estaba la hilera de casitas, frente a nosotros… sólo el mar. Ella se apoyaba en los dos codos, mirando el agua. Yo me apoyaba en un solo codo, con las manos unidas, estudiándola como si nunca la hubiera visto antes de esa noche. Por supuesto que no la había visto.
—¿Tienes miedo de no ser hermosa? Algo te preocupa.
Ella se encogió de hombros.
—La palabra «eternamente» no existe… ¿verdad?
—Tú haces que uno sienta que existe.
—No, no. —Soltó una risita—. Gracias por decirlo, Derek. Aunque sé… aunque veo en el espejo… que todavía soy hermosa, me gusta que me lo confirmen.
¿Cómo lo había logrado? Querría preguntárselo, y no quería. Tal vez ella no lo sabía; acababa de decir que lo deseaba, y así era. Entonces le hice otra pregunta.
—¿Por qué es… lo que es más tuyo?
Sus ojos se apartaron del mar, me miraron, regresaron.
—Sí. Es lo único que es mío. Eres una persona excepcional; sientes compasión. Gracias.
—¿Cómo vives? —pregunté. Saqué cigarrillos del bolsillo, un poco ajados; ella los rechazó con un movimiento de cabeza, pero yo encendí uno.
—¿Cómo vivo? —repitió—. Ah… de muchas maneras. Como si fuera varias personas, por supuesto, con varios nombres. Ya ves, ni siquiera tengo un nombre que pueda llamar propio. Dos mujeres que tienen exactamente mi mismo aspecto existen para mí, de manera que cuando lo deseo puedo ocupar sus lugares en Suiza, o en Suecia o en Sudamérica. Tomo prestadas sus vidas, las uso durante un tiempo, se las devuelvo. Las he visto envejecer, las he cambiado por reemplazantes… convertidas en duplicados míos. Pero ésas no son personas; son máscaras. Yo vivo detrás de unas máscaras. Supongo que eso es lo que tú dirías.
—No puedes hacer otra cosa —dije.
—No. No, por supuesto que no puedo. Y hasta que esto me invadió, ni siquiera concebía que podía desearlo.
Sentí que comprendía lo que me decía. Dejé caer la primera ceniza de mi cigarrillo al mar. Echando una mirada alrededor, dije algo inconexo:
—¿Sabes? Me parece una lástima desmantelar Santadora. Podría ser un pueblito encantador. Un pueblo real, no un decorado teatral.
—No —dijo ella. Y luego, mientras se enderezaba y giraba sobre sí misma—: ¡No! ¡Mira! —Echó a correr como una loca por el medio de la estrecha calle señalando las piedras—. ¿No ves? ¡Ya hay piedras que nunca fueron agrietadas! ¡Y las casas! —Levantó el brazo hacia arriba y echó a correr hacia la puerta de la casa más cercana—. ¡La puerta se está torciendo! Y esa persiana… ¡se ha aflojado de los goznes! ¡Y el umbral! —Cayó de rodillas, tocó el escalón que daba directamente a la calle.
Yo la seguía, desconcertado por su pasión.
—¡Toca! —ordenó—. ¡Toca! Está gastada por la gente que ha caminado sobre ella. Incluso la pared… ¿no ves que la grieta desde el ángulo de la ventana se está agrandando? —Se había incorporado nuevamente, y pasaba la mano por la pared áspera—. El tiempo la mordisquea, como haría un perro con un hueso. ¡Por Dios, no, Derek! ¿Voy a dejarla sabiendo que el tiempo la está rompiendo, rompiendo, rompiendo?
Yo no podía encontrar palabras.
—¡Escucha! —dijo ella—. ¡Ah, Dios mío! ¡Escucha! —Se había puesto tensa como un ciervo asustado, con la cabeza inclinada.
—No oigo nada —dije. Tragué saliva.
—Como si retiraran los clavos de un ataúd —dijo. Estaba en la puerta de la casa, golpeándola, empujándola—. ¡Debes oírlo! —En ese momento lo oí. Desde el interior de la casa llegaba un ruido de tic-tac… un ritmo gigantesco, majestuoso, tan débil que yo apenas lo notaba hasta que ella me ordenó aguzar el oído. Un reloj. Nada más que un reloj.
Alarmado por su frenesí, la tomé del hombro. Ella se volvió y se aferró a mí como un niño lloroso, hundiendo la cabeza en mi pecho.
—No puedo soportarlo —dijo, apretando los dientes. La sentía temblar.
—Vamos —murmuré—. Si te hace tanto daño, vamos.
—No, no es eso lo que quiero. Seguiría escuchando… ¿no entiendes? —Se echó un poco hacia atrás y levantó los ojos para mirarme—. ¡Seguiría escuchándolo! —Sus ojos se empañaron, y toda su atención se centró en el reloj que había adentro de la casa—. Tic-tac, tic-tac… por Dios, ¡es como estar enterrado vivo!
Vacilé un momento. Luego dije:
—Muy bien, yo lo arreglaré. Vete un poco hacia atrás.
Obedeció. Levanté el pie y di un golpe con toda la suela del zapato en la puerta. Algo se quebró; me dolió la pierna hasta el muslo por el impacto. Volví a hacerlo, y saqué la puerta de su quicio. Se abrió bruscamente. Y nuevamente se oyó el tic-tac, fuerte y claro.
Iluminado por un rayo de luna, frente a la puerta, se veía el reloj mismo. Un alto reloj de pie, más alto que yo, con su péndulo que brillaba con cada balanceo.
Recordé una frase de un antiguo y macabro Negro Spiritual.
«Se oyen los martillazos en el ataúd de alguien…».
De pronto fue tan fúnebre para mí como para Naomi. Crucé la habitación a grandes pasos, abrí violentamente la puerta de vidrio del reloj, y detuve el péndulo con rapidez. El silencio fue un alivio como el agua fría cuando uno tiene mucha sed.
Ella se acercó con desconfianza, mirando fijamente la cara del reloj como si estuviera hipnotizada. Me llamó la atención que no llevara reloj de pulsera, nunca la había visto llevarlo.
—Hazlo desaparecer —dijo. Seguía temblando—. Por favor, Derek… no quiero verlo más.
Dejé escapar un silbido, echando otra mirada al viejo monstruo.
—¡No será tan fácil! ¡Estos relojes son pesados!
—¡Por favor, Derek! —Me asustaba la urgencia de su voz. Me dio la espalda, mirando hacia un rincón del cuarto. Como todas esas casas atestadas, imitación de casas antiguas, ésta sólo tenía tres habitaciones, y la habitación donde nos hallábamos estaba llena de muebles… una gran cama, una mesa, sillas, un arcón. Si no hubiera sido por eso, presentí que ella habría corrido a esconderse a un rincón.
Bien, podía intentarlo.
Estudié el problema y llegué a la conclusión de que sería mejor ir por partes.
—¿Hay una lámpara? —dije—. Trabajaría mejor si tuviera luz.
Naomi murmuró algo inaudible; luego se oyó el ruido de un encendedor, y una llama amarilla se transformó en un resplandor constante que iluminó la habitación. El olor a kerosene me llegó a las fosas nasales. Puso la lámpara en una mesa donde la luz me iluminaba y llegaba al reloj.
Retiré las pesas y las guardé en mi bolsillo; luego saqué un destornillador del bolsillo de mi chaqueta y ataqué los tornillos en los ángulos de la cara del reloj.
Como había esperado, al salir los tornillos fue posible quitar todo el mecanismo, con las cadenas colgando como cordones umbilicales, produciendo ruiditos raspantes al arrastrarlas sobre el borde de madera donde habían estado apoyadas.
—¡Dame! —murmuró Naomi, y me lo arrancó. Era una proporción sorprendentemente pequeña del peso del reloj entero. Salió corriendo de la casa a la calle. Un momento después oí un ruido.
Me envolvió un estremecimiento de pena. Luego sentí ira contra mí mismo. Sin duda éste no era un raro espécimen de antigua artesanía, sino un objeto de utilería. Como todo el pueblo. Abracé la caja para tirarla hacia mí y eché a andar hacia la puerta. Había estado trabajando con el cigarrillo entre los labios; en ese momento el humo me molestaba los ojos, y lo escupí al suelo y lo aplasté.
De alguna manera logré sacar la caja de la casa a la calle y arrastrarla hasta el malecón. Me detuve un segundo allí, limpiándome el sudor de la cara, luego me puse detrás del objeto y le di el empujón más violento que pude. Saltó por encima de la pared, dio una vuelta en el aire y cayó al agua.
Miré hacia abajo, y de inmediato deseé no haberlo hecho. Parecía exactamente un ataúd oscuro flotando en el mar.
Pero me quedé allí un par de minutos, sin poder apartar la mirada, debido a una poderosa impresión de que había realizado algún acto simbólico, que poseía un significado imposible de definir en términos lógicos, y que sin embargo era pesado, sólido… real como esa masa de madera que flotaba a la deriva.
Regresé lentamente, sacudiendo la cabeza, y me encontré en la puerta de la casa, antes de prestar atención nuevamente a lo que había ante mis ojos. Luego me detuve en seco, con un pie en el escalón que Naomi había despreciado al ver que estaba gastado por los pies de los que pasaban. La llama de la lámpara amarilla oscilaba un poco en el viento, y estaba demasiado alta… el olor del humo era fuerte, y la chimenea se estaba oscureciendo.
Lentamente, como si disfrutara de cada movimiento, Naomi se desabotonaba la blusa negra que llevaba, mirando hacia la lámpara. La sacó de la cintura de los pantalones y se la quitó. El corpiño que llevaba era negro también. Vi que se había quitado las sandalias.
—Llámalo acto de desafío —dijo con tono pensativo… hablando más consigo misma, pensé, que conmigo—. Me quitaré las ropas de luto. —Bajó el cierre del pantalón y lo dejó caer. Su bombacha también era negra.
—He terminado con el luto. Creo que se logrará. Se logrará muy pronto. ¡Ah, sí! Muy pronto. —Sus brazos delgados y dorados se arquearon hacia atrás. Dejó caer el corpiño al suelo, pero recogió esa última prenda y la arrojó a la pared. Por un momento permaneció inmóvil. Luego pareció percibir mi presencia por primera vez y se volvió lentamente hacia mí.
—¿Estoy hermosa? —preguntó.
Yo tenía la garganta muy seca.
—Por Dios, sí. Eres una de las mujeres más hermosas que he visto.
Se inclinó sobre la lámpara y la apagó. En el instante en que volvió la oscuridad dijo:
—Muéstrame.
Y, un poco más tarde, sobre la tosca manta de la cama, y cuando yo había dicho dos o tres veces: «Naomi… Naomi…», volvió a hablar. Su voz era fría y distante.
—Yo no quería llamarme Naomi. Lo que había pensado era Niobe, pero no podía recordarlo.
Mucho más tarde, cuando ya se había acercado tanto a mí, que parecía aferrarse a mi cuerpo en búsqueda de consuelo, de la existencia misma, rodeándome con los brazos y las piernas, bajo la manta porque la noche estaba fría, sentí que nuevamente sus labios se movían junto a mi oído.
—¿Cuánto tiempo, Derek?
Yo estaba casi perdido; nunca me había sentido tan vaciado de mí mismo; arrojado como un corcho a un océano tormentoso y golpeado por las rocas, apenas podía abrir los ojos. Dije con voz poco clara:
—¿Qué?
—¿Cuánto tiempo?
Arranqué una última afirmación a mi mente fatigada, sin saber qué era ni preocuparme por ello.
—Con suerte —murmuré—, podría llevar menos de diez años. Naomi, no sé… —Y haciendo un verdadero esfuerzo, terminé—: Dios mío, ¿me haces esto y esperas que luego pueda pensar?
Pero eso era lo extraordinario. Había imaginado que estaba a punto de caer en la oscuridad, en el coma, de dormirme como un cadáver. En cambio, mientras mi cuerpo descansaba, mi mente se elevó a una zona más allá de la conciencia… a un punto privilegiado desde donde podía contemplar el futuro. Me di cuenta de lo que había hecho. De mi máquina elemental, experimental, saldrían una segunda y una tercera, yo lo sabía, y la tercera sería suficiente para la tarea. Vi y reconocí los problemas asociados, y supe que tenían solución. Concebí los nombres de los hombres que quería para trabajar en esos problemas… a algunos los conocía, y si se les daba la oportunidad que me habían dado a mí, podrían crear, en sus diversos campos, técnicas nuevas como las que yo había creado. Ensamblándose como engranajes accionados a mano, las partes componían el todo.
Todo el tiempo tenía un calendario y un reloj en la cabeza.
No todo eso era un sueño; en gran parte pertenecía a la naturaleza de la inspiración, con la sola diferencia de que yo lo sentía suceder y estaba bien. Pero hacia el final tuve un sueño… no con imágenes visuales sino como una especie de aura emocional. Tuve una sensación completamente satisfactoria, que derivaba del hecho de que estaba a punto de encontrarme por primera vez con un hombre que era ya mi amigo más íntimo, a quien conocía tan detalladamente como es posible que un ser humano conozca a otro.
Me estaba despertando. Durante un rato más quise gozar de esa fantástica calidez de emoción; luché por no despertar mientras sentía que estaba sonriendo y que hacía tanto tiempo que sonreía que me dolían los músculos de las mejillas.
También había estado llorando, la almohada estaba húmeda.
Me volví de costado y tendí la mano para tocar a Naomi, comenzando a decir ya las palabras maravillosas que tenía para ella.
—¡Naomi! Ahora sé cuánto tiempo llevará. No se necesitarán más de tres años, tal vez poco más de dos y medio.
Mi mano sólo encontró la áspera tela, y buscó más allá. Entonces abrí los ojos y me incorporé con un estremecimiento. Estaba solo. La luz del día entraba en la habitación; era brillante y muy cálida. ¿Dónde estaba ella? Tenía que buscarla y comunicarle la maravillosa noticia.
Mi ropa estaba en el suelo junto a la cama; me la puse, metí los pies en las sandalias, y fui hasta la puerta, deteniéndome con una mano en el marco roto para acostumbrar mis ojos a la luz.
En la acera de enfrente de la estrecha calle, con los codos apoyados en la pared de piedra, había un hombre vuelto de espaldas hacia mí. No dio la menor impresión de percibir que lo observaban. Era un hombre que reconocí de inmediato, aunque sólo me había encontrado con él dos veces en mi vida. Se hacía llamar Roger Gurney.
Pronuncié su nombre, y no se volvió. Levantó un brazo e hizo una especie de señal. Entonces estuve seguro de lo que había sucedido, pero avancé para llegar junto a él, esperando que él me lo dijera.
Sin embargo no me miró. Se limitó a hacer un gesto hacia las rocas puntiagudas con las que se unía el final de la pared.
Dijo:
—Salió al amanecer y fue hasta allá. Hasta la cumbre. Llevaba sus ropas en la mano. Las arrojó una por una al mar Y luego… —Dio vuelta la mano, con la palma hacia abajo, como si volcara un puñado de arena.
Traté de decir algo, pero tenía la garganta cerrada.
—No sabía nadar —agregó Gurney un momento después—. Por supuesto.
En ese momento pude hablar. Dije:
—¡Pero, Dios mío! ¿Tú lo viste suceder?
Asintió.
—¿No corriste tras ella? ¿No la rescataste?
—Recuperamos su cuerpo.
—Entonces… ¡respiración artificial! ¡Tienes que haber podido hacer algo!
—Perdió la carrera contra el tiempo —dijo Gurney después de una pausa—. Ella lo había admitido.
—Yo… —Me controlé. Todo se tornaba tan claro que me maldije por imbécil. Lentamente proseguí—: ¿Cuánto tiempo más habría sido hermosa?
—Sí. —Pronunció cuidadosamente la palabra—. De eso escapaba. Quería que él volviera y la encontrara todavía hermosa, y nadie en el mundo le prometía más que otros tres años. Después de eso, dicen los médicos, habría… —Hizo un gesto vacío—. Se habría desmoronado.
—Siempre habría sido hermosa —dije—. ¡Dios mío! Aunque representara su verdadera edad, habría sido hermosa…
—Eso creemos —dijo Gurney.
—¡Qué estúpido, qué fútil! —Me di un golpe con el puño en la palma de la otra mano—. Tú también, Gurney… ¿te das cuenta de lo que has hecho, imbécil? —Me temblaba la voz de furia, y por primera vez me enfrentó.
—¿Por qué diablos no la reviviste y me mandaste buscar? ¡No tendría que haber llevado más de tres años! Anoche me pidió una respuesta y dije diez años, ¡pero durante la noche comprendí que podía hacerse en menos de tres!
—Creo que así debe haber sido. —Tenía el rostro blanco, pero los lóbulos de las orejas… absurdamente rosados—. Si no hubieras dicho eso, Cooper; si no lo hubieras dicho.
Y entonces (todavía me sentía como un corcho arrojado a las olas, que un momento está arriba, un momento baja, luego vuelve a subir) se me ocurrió lo que mi inspiración de la noche realmente implicaba. Me golpeé la frente con la mano.
—¡Idiota! —exclamé—. ¡Todavía no sé lo que hago! Mira, ¡tú tienes su cuerpo! Llévalo… donde sea, junto al otro, rápido. ¿Qué otra cosa he estado haciendo sino trabajar para recrear a un ser humano? Y ahora que he visto lo que se puede hacer, puedo hacerlo… ¡puedo recrearla lo mismo que a él! —Yo estaba en una fiebre de excitación, después de haberme lanzado mentalmente a ese extraño futuro que había visitado mientras dormía, y mis teorías apenas visualizadas eran hechos sólidos.
El me miraba con expresión extraña. Pensé que no había entendido, y proseguí:
—¿Por qué te quedas allí parado? Puedo hacerlo, te digo… he visto cómo puede hacerse. Se necesitarán hombres y dinero, pero eso es posible conseguirlo.
—No, no —dijo Gurney.
—¿Qué? —Dejé caer los brazos a los costados, parpadeando al sol.
—No —repitió. Se puso de pie, estirando los brazos acalambrados por haber estado tanto tiempo apoyados en la áspera parte superior de la pared—. ¿No te das cuenta? Ya no es suyo. Ahora ya está muerta, y le pertenece a otra persona.
Desconcertado, retrocedí un paso. Dije:
—¿A quién?
—¿Cómo puedo decírtelo? ¿Y qué significaría para ti si pudiera? Ya debes saber con qué clase de personas estás tratando.
Me puse la mano en el bolsillo, buscando mis cigarrillos. Trataba de aclararlo para mí mismo: ahora que Naomi estaba muerta ya no controlaba los recursos que podían traerla de vuelta. De manera que mi sueño era… un sueño. ¡Ah, Dios mío!
Yo miraba estúpidamente lo que mi mano había encontrado; no era mi paquete de cigarrillos sino la billetera de cuero que ella me había dado.
—Puedes guardarla —dijo Gurney—. Me han dicho que puedes conservarla.
Lo miré. Y supe.
Muy lentamente corrí el cierre de la billetera. Saqué las tres tarjetas plastificadas. Las doblé en dos, y el plástico se quebró. Las retiré y las dejé caer al suelo. Luego, uno por uno, arranqué los cheques de la libreta y los esparcí como papel picado sobre la pared, para que cayeran al mar.
Él me miraba, y el color le volvía a la cara hasta que finalmente se puso muy rojo… de culpa, vergüenza, no sé. Cuando terminé, dijo con voz todavía inexpresiva:
—Eres un tonto, Cooper. Con eso podrías haber comprado tus sueños.
Le arrojé la billetera a la cara y me aparté. Había subido diez escalones ciego de furia y dolor, cuando le oí pronunciar mi nombre y me volví. Tenía la billetera con las dos manos, y sus labios se movían.
—Vete al carajo, Cooper. ¡Ah, vete a la mierda! Yo… yo me decía que la amaba, y que no podría haber hecho eso. ¿Por qué quieres hacerme sentir tan sucio?
—Porque lo eres —dije—. Y ahora lo sabes.
Tres hombres que no había visto entraron en mi casa, mientras embalaba la máquina. Silenciosos como fantasmas, impersonales como robots, me ayudaron a colocar mis pertenencias en mi auto. Me alegró su ayuda simplemente porque quería salir lo más rápido posible de esa imitación de pueblo. Les dije que dejaran las cosas que quería llevar conmigo en los asientos del auto, sin embalarlas. Entretanto, vi a Gurney que se acercaba a la casa y se detenía junto al auto, como si tratara de juntar coraje para hablarme nuevamente, pero lo ignoré, y cuando bajé se había ido. No encontré la billetera hasta llegar a Barcelona y examinar mis desordenadas pertenencias. Esa vez contenía treinta y cinco mil pesetas en billetes nuevos. Él simplemente la había arrojado en el asiento de atrás bajo una pila de ropas.
Escuchen. No fue un largo espacio de tiempo lo que derrotó a Naomi. No fueron los tres años ni los diez años ni ningún número de años. Lo descubrí más tarde… demasiado tarde. (De manera que el tiempo me derrotó a mí, también, como siempre nos derrota).
No sé cómo murió su hombre. Pero estoy seguro de que sé por qué ella quería recuperarlo. No porque lo amara, como ella misma creía. Sino porque él la amaba a ella. Y sin él, ella tenía miedo. No se necesitaban tres años para recrearla a ella. Ni siquiera se necesitaban tres horas. Se necesitaban tres palabras.
Y Gurney, el hijo de puta, podría haberlas pronunciado, mucho antes que yo… tanto antes que todavía habría habido tiempo. Podría haber dicho: «Yo te amo».
Éstos son los totalmente ricos. Habitan el mismo planeta, respiran el mismo aire. Pero se están convirtiendo, poco a poco, en una especie diferente, porque lo que hay en ellos de más humano está —bien, al menos en mi opinión— muerto.
Se mantienen aparte, como he dicho y, ¡Dios, Dios mío!, ¿no se sienten ustedes agradecidos por eso?