el barco
Se despertaba en la cama en un mar de tristezas, siempre navegante de aquel océano profundo que se llenaba de tormentas, el barco de su interior se tambaleaba con los primeros rayos del alba. Los relámpagos le rodeaban entre los gritos de su padre, que se levantaba para ir a trabajar a las ocho de la mañana. Una rutina ritual, decepción, vejaciones y apatía. Por mucho que tratara de abandonar el barco, no podía. Algo le anclaba a esa existencia, algo que ni siquiera él conocía. Aunque su padre lo ayudara con los insultos que vociferaba desde la cocina.
—¡Eres una desgracia, Matías! ¿Acaso no vas a hacer nada con tu vida? —Se oía el ruido de las tazas, la sartén siendo movida de un lado a otro, la cuchara lanzada a la pila con rabia—. Aunque no trabajes, no sé… Ve al gimnasio, sal un poco. Estás hecho un tirillas, ¡eres un afeminado!
Solo escuchaba las olas romper contra su barco. Aunque cayeran tempestades se había acostumbrado a transitar entre ellas. Cerró los ojos dejando que la luz que se entreveía por la persiana pintara sus párpados. Los insultos seguían, el mar intacto. Hasta que él mencionó a su madre. Ahí la tranquilidad se quebró por completo. Aguantó las lágrimas, no quería que siguiera llamándole afeminado, nenaza o algo peor.
Siempre soportaba en aquella cama sobre las aguas, esperando a ser un náufrago lejos de aquella casa por casualidad del destino. Navegar hacia el otro lado y no volver nunca. Contaba los segundos, ocho y media era la hora, cogería las llaves, su pistola, el gorro y la placa. El uniforme entero, impoluto, perfecto como él, preparado para ser útil para la sociedad un nuevo día. Como mucho, se retrasaría cinco minutos si se entretenía con las noticias o la vieja cafetera de cápsulas que no sacaba el café como debía porque le faltaba agua. Su padre era puntual y odiaba que los demás llegaran tarde, así que se aseguraba de acudir a su hora. En vez de oír la voz que le acuchillaba, se centró en el vaivén de las olas, el viento de aquel punto perdido de su conciencia. Como hacía todos los días.
El portazo de la puerta. Su padre se había marchado. Y el silencio no fue reconfortante. Abrió los ojos de nuevo llenos de lágrimas. “Ojalá estuviera aquí mamá”, pensó. Hacía mucho que no abría la boca, se le olvidaba poco a poco el sonido de su voz. Los mensajes del WhatsApp hacía tiempo que cesaron por completo, las llamadas del colegio por su ausencia, estaba solo.
“Ella no permitiría que me hablara así”, continuó, sintiendo que las olas cada vez eran más grandes. Crecían en su subconsciente tratando de hundirle de aquel navío, ese algo misterioso, sin embargo, no le dejaba caer. En el cielo subconsciente solo veía las nubes, en el agua un secreto asfixiante. “Dormiré de nuevo, prefiero soñar que estar aquí”.
Allí, debajo del lecho marino, en la profundidad abisal, estaría mejor. Donde todo es oscuridad, no se oye a nadie gritarte, solo estás tú y la melodía del mar. ¿Nunca has deseado vivir allí, bajo el mar?
Se despertó con el estómago vacío. Estaba hambriento. Un rugido de sus tripas le hizo levantarse con la manta alrededor del cuerpo como una toga. Su padre nunca le guardaba sobras de absolutamente nada, así que sacó un par de donas de la alacena y se las comió allí mismo. Podía encender el ordenador y jugar un rato, horas si quisiera. Los juegos en línea eran lo único que le separaba de la cama. Sacó una rebanada de pan, abrió la nevera para coger la mantequilla, dentro del cajón de cubiertos, Matías agarró el cuchillo.
¿Por qué no me dejan irme allí? Sería tan feliz…
Volvió a su habitación con el desayuno de las dos y media. Su padre volvería bien tarde y lo agradecía. La primera dona se terminó en dos bocados, aunque el azúcar no era capaz de calmar el agua que golpeaba su barca. Encendió el ordenador mientras miraba Twitter en el móvil, su última publicación tenía muchas interacciones.
Las frases que aparecían en su perfil eran un poco: “¿No ves que no puedo salvarme?” y muy “Extrañas a alguien que ya no piensa en ti, que se ha olvidado de que existes”. La cafetera que tenía por ordenador ya estaba entrando en el escritorio, de repente se dio cuenta de que tenía un mensaje privado. Quizá era alguna persona preocupada por su estado emocional, solía ignorar esos mensajes cuando las olas de su océano no se encabronaban. Si una tempestad de las grandes sucedía tras una discusión fuerte con su padre, las lágrimas apenas le dejaban ver las bonitas palabras de la persona que estaba al otro lado de la pantalla. Los recuerdos del último golpe todavía se le marcaban en la mejilla. Aquella noche Matías casi se ahoga.
Dio un mordisco grande a la tostada y abrió el mensaje. Una sola frase que le dejó helado. La cuenta era una de esas anónimas con una foto aleatoria y un nombre cualquiera, pero lo que leyó en aquel mensaje provocó que le temblaran las piernas. El barco se tambaleó, se acercaba un temporal. El trago de pan se le atascó en la garganta y Matías tosió mientras lo leía de nuevo en voz alta.
“Seguro que finges para llamar la atención. Madura”.
Su voz sonó temblorosa, rasposa y sin fuerza. Matías arrancó el cable que conectaba el ordenador a la luz y la pantalla se quedó en negro. Sin terminar el desayuno se metió en la cama tapándose hasta la cabeza. ¿Quién era ese? Absolutamente nadie, pero lloraba. Lloraba a mares. Las olas empezaban a cubrir sus sábanas y no tenía a nadie que le sacara de ellas. De hecho, quería que le cazaran y le hundieran, ni náufrago ni isla desierta, solo un pez en la oscuridad. Su cerebro le repetía aquella frase una y otra vez como una tortura. Tantas veces en labios de su padre. Madura, búscate un trabajo, levántate de la cama, haz algo útil, desperdicias tu vida. “¿Cómo voy a desperdiciar mi vida, si soñando soy lo que yo quiera?” pensó Matías mojando la almohada.
Antes tenía tantas cosas, ya no se acordaba ni cuando, era como si aquella vida formase parte de otra persona. No era él, era un chico alegre, divertido, lleno de vida que corría por los pasillos de la Universidad de Historia saludando a la gente, que salía los fines de semana con su novio. “¿Cómo me quedé tan solo?” y lo único que tenía eran sus recuerdos, deformes y descoloridos. Su madre en su cerebro como la imagen de una santa que se ha borrado de la pared de la iglesia, que ya no se diferencia su rostro. Y su padre como cura en el atril, señalándole con la biblia en las manos. La almohada de su barco ya no era de plumas, era de agua. Un remolino le destrozó lo poco que quedaba de su embarcación y Matías fue engullido al fondo.
¿Por qué no me dejan ir?… ¿Por qué?… ¿Por qué?… ¿Por qué?…
Matías se durmió, hundiéndose poco a poco en aquel océano mientras dormía. No soñó nada, se despertó cada hora, escuchó a su padre volver sin dirigirle la palabra. No cenó aquella noche. Durmió, durmió hasta la mañana.
¿Por qué?… ¿Por qué?… ¿Por qué?… Déjame ir.
Su padre entró en su habitación y abrió de golpe la persiana. La luz se clavó en sus ojos como estacas. Matías profesó un grito, su padre le respondió con una bofetada. Le sacó a contra voluntad de su cama y le llevó al baño.
—¡Vístete, que hoy te vas de esta casa! ¡A buscar un trabajo! —Su padre le señaló la ducha— A ver si así espabilas.
—¿Me…? ¿Me echas…? —Fueron las únicas palabras que le brotaron. Todavía estaba confuso y desorientado por tan brusco despertar. Su padre le empujó y Matías cayó en la ducha.
—¡Ya no te aguanto! Si te viera tu madre… ¡Qué vergüenza debe sentir de ti ahora mismo! —Cerró la puerta de un portazo.
Su padre hizo el ritual mañanero de cacerolear en la cocina, discutir con la cafetera y desayunar viendo las noticias. Matías estaba petrificado en la bañera, adolorido, por un momento no le salían las lágrimas. Se levantó y se miró al espejo. Estaba demacrado, no, no tenía fuerza. No tenía fuerzas para buscar un trabajo, tampoco para salir, todavía menos para ducharse. No tenía fuerzas para nada.
Matías se hundió en sus manos acallando los sollozos que se le salían. Su padre gritándole a la televisión. Todavía debían ser y cuarto. “Me echa, me obliga” y no encontraba una salida a aquel problema. Matías salió del baño con sigilo, trató de no hacer ruido con la puerta. Entró cuidadosamente al dormitorio de su padre.
Las fotos de su madre estaban por todas partes. El día de su boda, una foto de los tres en el chalet familiar con unas sonrisas deslumbrantes, la graduación del instituto en la mesilla de noche, Matías en los brazos de su madre todavía siendo un bebé. “Solo me quedan recuerdos, nada más”. Matías buscó desesperado por los cajones, en las chaquetas del uniforme, en los cinturones. Finalmente, la encontró en la cómoda de los zapatos.
Depresión. El pecado de la pereza incluía la acedia. Porque iba en contra de Dios querer atentar contra tu vida.
Temblaba en sus manos. No sabía si recordaba cómo funcionaba, había visto a su padre usarla en el campo de tiro y él lo probó con una de balines. Comprobó primero si tenía balas.
Su padre se levantaba de la cocina, sus pasos eran inconfundibles. Matías quitó el seguro y se puso la pistola en la boca. No fue el mar el que apretó el gatillo. Fueron los gritos de su padre, el abandono de sus amigos, el vacío de su destino, las burlas del psicólogo, los que lo apretaron.
Boom.
Pero no estaba muerto. Algo había desviado el disparo. En aquel momento entró su padre más enfadado que nunca. Matías miró la pistola, confundido, y escuchó un leve susurro:
“Tienes que sobrevivir a tus enemigos”, le susurró una voz familiar, “No seas pereza, sé ira”. Y el cañón cambió de dirección.