País Relato - Autores

jesús poza peña

la primera pregunta

Se sentía como un turista abandonado de noche en un museo.
El indio era realmente de color rojo, llevaba un medallón con una imagen al cuello, y le miraba con intensidad. La Biblioteca era muy agradable, pero estaba empezando a aburrirse de aquello. Agentes federales le habían sacado de su fiesta de Año Nuevo, le habían traído hasta aquí sin demasiados miramientos, y ahora le estaban haciendo esperar. Ya llevaba más de media hora en la Biblioteca. Ignoraba por qué le habían recluido en aquella habitación en particular, pero se había cansado de admirar los títulos de los libros y sus encuadernaciones.
Por eso Diego Cruz miraba al indio.
Debajo había un pequeño cartel; Sharitarish, Wicked Chief, Charles Bird King, 1822. El cuadro estaba al lado de una puerta cerrada. Debajo, otro cuadro mostraba una jefa india.
Se oían, lejanas y amortiguadas, voces de hombres y mujeres, sonidos de fiesta. Seguramente el Presidente de los Estados Unidos celebraba el Año Nuevo igual que cualquier hijo de vecino.
De pronto oyó un ruido a sus espaldas, pisadas que se acercaban por la otra puerta. Se giró y vio allí a un hombre bajo y delgado, oriental, pero aun así con la coronilla calva. El hombre le vio a él y se detuvo en el alféizar. Ambos se habían reconocido al primer vistazo: era Xue Zheng, o Zheng Xue, como suelen decir los chinos. Diego rió por lo bajo y se giró elegantemente, dando a entender que la presencia del visitante no le inquietaba en absoluto.
Zheng era uno de sus «agraviados». Desde que se había hartado del mundo académico, Diego se había dedicado a escribir diatribas contra todo y contra todos, siempre que se tratase de personas respetables e intelectuales de renombre. En realidad no había dejado títere con cabeza. Estaba harto de todos aquellos imbéciles más preocupados por mantener su statu quo de grandes intelectuales que de realizar el más mínimo trabajo científico. Así que últimamente no se llevaba nada bien con sus compañeros de profesión. A Xue le había acusado en un ensayo y varios programas de radio de ser un «vago incapaz de mover el culo», porque había aconsejado mantener cerradas un grupo de tumbas chinas de la época de Qin Shihuang, el primer emperador, que según el propio Zheng podían contener algunas formas de paleoescritura china nunca vistas. Cruz denunció que Zheng sólo quería mantener su beca y viajar por los Estados Unidos dando conferencias.
El oriental se deslizó hasta un sillón cercano a la puerta. Diego siguió dando paseos circulares por la Biblioteca de la Casa Blanca durante veinte minutos más. La situación era esperpéntica; Diego no dejaba de caminar, y Xue no movía ni un músculo.
Apareció otro hombre:
—¿Tienen la bondad de acompañarme? —dijo el funcionario.
Le siguieron sin hablarse ni mirarse. Cruzaron un pasillo adornado con hermosos retratos en ambas pareces, atravesaron una puerta y bajaron varios tramos de escaleras. La zona de la Casa Blanca donde se hallaron no estaba incluida en la visita para turistas. El paseo acabó en una pequeña sala de conferencias, no aquella famosa donde el presidente comunica al pueblo sus decisiones, sino una mucho más reducida, indicada, tal vez, para dar explicaciones a los agentes de seguridad.
Todos los asientos estaban forrados de azul, como la moqueta del suelo, pero las paredes eran de un tono verde pastel que tenía un efecto sedante. Una pequeña mesa de conferencias se erguía en la tarima. Nadie estaba sentado en ella, aunque en el patio de butacas había cuatro personas. Diego conocía a alguno de ellos.
Sigurd Saknussemm, lingüista noruego especializado «en todas las gilipolleces posibles en el mundo», estaba sentado en la primera fila, justo en el centro. Era altísimo, más de un metro noventa, tan rubio que casi parecía albino. Lo que Cruz había llamado «todas las gilipolleces del mundo» eran las lenguas aisladas de Europa y Asia, ejemplos de sistemas lingüísticos antiguos y casi olvidados. Sigurd hablaba con fluidez vascuence, kyukyu, ket y gilyak, y había escrito volúmenes con miles de páginas sobre las lenguas ugrofinesas. Diego le había dedicado un artículo o dos, molesto por la escasa practicidad de esos conocimientos, que, sin embargo, se financiaban con fondos públicos.
Una fila detrás, en una de las butacas laterales, se encontraba un hombre joven pero grueso que era el único que Diego no conocía. Lucía una poblada barba negra y, a juzgar por su postura, parecía a punto de quedarse dormido. Curiosamente era el único de los presentes que no estaba vestido de fiesta.
Algo más atrás, al otro extremo, estaban Anupam y Kalie Hinduja. El primero, de origen hindú, era un brillante genio de la física cuántica que se había dedicado a buscar la teoría de la unificación hasta que conoció a Kalie, su mujer; una joven y rubia lingüista computacional que desarrolló hace tiempo su propio programa de procesamiento de texto, cientos de veces más perfeccionado que los basados en la Gramática Generativa de Noam Chomsky. Se rumoreó de ambos que ganarían el premio Nobel por separado, y luego juntos. Pero desaparecieron; hacía años que no se sabía nada de ellos ni de sus investigaciones. Kalie era una de las escasas personalidades del mundo de la Lingüística que no pertenecía al club de los «agraviados» de Diego Cruz. El propio Diego no sabía si eso se debía a la rutilante carrera de la filóloga o a su deslumbrante belleza.
El funcionario indicó a los recién llegados que podían sentarse. Xue adelantó a Diego y ocupó un lugar en el centro mismo del patio de butacas. Diego fue menos enérgico y sencillamente se sentó en la butaca de la esquina superior. El funcionario se marchó, y durante un rato sólo se oyeron los murmullos de los señores Hinduja. Kalie miró a Diego un instante con ojos curiosos, y éste asintió levemente con una sonrisa.
Volvieron a transcurrir con lentitud los minutos. Nadie hablaba, nadie se soportaba en esa sala excepto la pareja indo-americana. Diego pensó que eran un extraño grupo: un chino, un noruego, un hindú, una americana, un tipo gordo al que no conocía y él mismo; hijo de una india zuñi de Nuevo México y un inmigrante chicano. Pero además todos se conocían o estaban relacionados; Xue era experto en lenguas del sudeste asiático, Sigurd era el mayor conocedor de lenguas aisladas en el mundo, Kalie era la más importante lingüista computacional de la Tierra y seguramente de la Historia. Y Diego era sociolingüista, especializado en la función social de los dialectos. Sus trabajos con los Indios Pueblo, y la miseria de estos en mitad del país más rico del mundo, le hicieron replantearse su posición como profesor de la Universidad John Hopkins. Fue entonces cuando comenzó a crecer su lista de «agraviados». Obviamente Anupam estaba allí porque su mujer lo había arrastrado hacia su campo de trabajo, y el otro hombre, el gordo... ¿Quién sería?
Diego Cruz se levantó de un salto. Los Hinduja lo miraron un instante y volvieron a su charla en susurros. El sociolinguista se enderezó y descendió hasta la segunda fila. Sigurd le obsequió con una gélida mirada escandinava, y él hizo como si no la hubiera visto. Luego se inclinó sobre el tipo grueso. Iba totalmente vestido de negro.
—Buenas noches —dijo Diego.
El otro hombre alzó la cabeza con poco interés y le miró de arriba abajo.
—Buenas.
—¿Me permite sentarme?
—Haga lo que le plazca.
Diego esperó un instante a que el gordo se apartara para dejarle pasar, pero no lo hizo, así que se sentó en la butaca inmediatamente anterior.
—Me llamo Diego Cruz —dijo.
—Yo Frank Roswell.
Diego se agarró con ambas manos al respaldo del tal Roswell, su nombre no le sonaba absolutamente de nada. Se inclinó sobre él hasta estar cerca de su oreja.
—Perdone, señor Roswell, pero creí que conocía a todos los miembros relevantes de la comunidad filológica en EEUU. Y me parece que usted no es uno de ellos.
Por primera vez Frank mostró curiosidad. Se giró para mirar a Diego a la cara.
—¿Eh? ¿Y a qué viene eso?
Diego se apartó.
—Ésta es obviamente una reunión de lingüistas —dijo mientras hacia un gesto con la mano, como si le mostrase la sala a Frank.
—¿Ah, si? —dijo el gordo mirando a su alrededor—. No lo sabía.
Diego volvió a inclinarse sobre su interlocutor. Pero no habló más bajo sino más alto. Aquel hombre no era filólogo pero había sido arrastrado hasta una reunión con los mejores lingüistas de América en la Nochevieja. El sociolinguista quería que su respuesta fuera oída por todos en la sala.
—¿Y a qué se dedica usted?
—¿Yo? Trabajo para la NASA. Soy astrobiólogo.
La respuesta dejó a Diego estupefacto. Miró de reojo y vio que Sigurd les estaba observando, también lo había oído. Los Hinduja habían dejado de hablar, y Xue se inclinaba discretamente para oír mejor.
—¿Y sabe usted qué hacemos aquí?
—Ni idea. Me sacaron de Ames esta tarde y me han traído aquí. Todo es clasificado, nadie me ha dicho nada.
De pronto se oyó un griterío lejano y sonó la música. Sin duda allá arriba, en la fiesta, habían dado las doce campanadas. Era el día 1 de enero de 2012. Diego puso su sonrisa más cínica y exclamó mirando a la sala:
—¡Feliz Año!
Sigurd volvió a mirar al frente. El matrimonio multicultural saludó inclinando las cabezas y Xue se retrajo al respaldo de su asiento.
—Feliz Año —replicó Frank sin emoción—. ¿Dice usted que son lingüistas?
—Sí, señor Roswell, está usted acompañado por algunas de las mejores mentes del mundo, en lo que a Lengua se refiere.
—¿Cuál es su especialidad?
Diego sonrió.
—Comunicación. Estudio la forma en que las lenguas cambian, se adaptan a nuevos usos e intercambios humanos. Cómo una lengua identifica una clase social o económica... Esas cosas. ¿Y la suya?
Frank Roswell sonrió. Hizo una pausa, aparentemente buscando las palabras adecuadas.
—Pues yo... Imagino cosas. Sí, me dedico a imaginar cómo puede ser la vida allá afuera, qué formas adoptaría, de qué viviría...
—No parece que haya relación. ¿Qué hacemos aquí juntos?
La respuesta llegó inmediatamente. El funcionario que había acompañado a Diego y Xue entró en la sala por la parte delantera y se acercó a la mesa. Dio un golpecito al micrófono y, satisfecho con el resultado, habló al público.
—Señoras y señores, el Secretario de Defensa, Gordon Palmer.
Después salió por donde había venido. Hubo lo más parecido a una exclamación de asombro en la silenciosa concurrencia. El Secretario de Defensa, ni más ni menos. Estaba allí, él les había reunido e iba a hablarles. Entró por el mismo lugar que el funcionario, acompañado de hombres de seguridad vestidos elegantemente, y un hombrecillo con grandes gafas que parecía sobrepasado por la cantidad de papeles que portaba. El Secretario sólo traía unos periódicos bajo el brazo, pero vestía un traje de fiesta y llevaba la pajarita desatada. Se sentó delante del micrófono, el hombrecillo se sentó a su derecha y los guardaespaldas permanecieron de pie.
—Buenas noches, y feliz Año Nuevo, si me permiten decírselo.
Hizo una pausa. Nadie le respondió. Había más caras de impaciencia que de expectación.
—Lamento haberles hecho esperar, pero el Presidente insistía en que estuviera presente en la celebración. Es posible que cuando terminemos de hablar pueda invitarles a una copa de champaña francesa.
De nuevo silencio.
—Se preguntarán qué hacen ustedes aquí y por qué hemos interrumpido sus vacaciones. Verán, lo que voy a comunicarles es alto secreto. Ninguno de ustedes podrá revelarlo. Una vez que lo hayan oído serán trasladados a un centro de máxima seguridad donde sólo mantendrán comunicación con personal militar específicamente adiestrado.
Diego se puso en pie como un rayo. Xue y los Hinduja también, aunque estos últimos no gritaron.
—¡Exijo una explicación! ¡No tienen derecho a encerrarme! —chilló Diego.
—¡Soy ciudadano de la República Popular China, esto es un atropello! —exclamó Xue.
—¡Señores, siéntense! —gritó el Secretario Palmer.
La voz fue tan autoritaria que Xue se sentó, e incluso Diego se sintió algo intimidado. Se encogió y apoyó una mano en uno de los brazos de la butaca, pero no tomó asiento.
—Esto no es un juego de niños —continuó el Secretario—, nadie va a encerrarles. Y el gobierno chino ha concedido su autorización, señor Zheng, no debe temer nada. Luego podrá hablar con un delegado de su nación. Lo que van a oír dentro de unos instantes, si se callan, es materia de seguridad nacional. Ustedes han sido escogidos como los mejores expertos en lenguas y comunicación del país, y sólo ustedes pueden cumplir la misión que voy a asignarles.
—Somos voluntarios forzosos —dijo Diego.
—Sí, así es. Pero sólo por razones de extrema necesidad. Son los únicos capacitados. Nuestros expertos han decidido que ustedes son los adecuados.
Sigurd Saknussemm se removió en su asiento y cruzó las largas piernas. Habló sin agresividad y en un inglés más perfecto incluso que el de los nativos.
—Bien, señor. Ya hemos entendido que ocurre algo grave. Si nos dice qué es, al menos podremos decidir si actuamos voluntariamente o bajo coacción.
El Secretario de Defensa se serenó.
—Tiene usted razón. Por favor, les ruego que se sienten y escuchen.
Diego, que en realidad era el único que quedaba en pie, procedió a sentarse, levantando las manos como si le apuntaran con un arma.
—Ahora iré al grano. Supongo que todos ustedes han oído hablar del proyecto SETI. Para resumir les diré que SETI analiza, en busca de vida inteligente, toda señal de radio que nos llega desde el espacio. Hace casi un mes descubrieron una señal distinta a las demás...
Hubo algunas miradas de desconcierto entre los filólogos. Diego sonrió irónicamente. Pero Frank Roswell se incorporó en su asiento como un zorro que levanta las orejas.
—...se trata de una señal que se repite con un patrón regular. Dicha señal procede de un sector del cielo que desde la Tierra domina la constelación de Aries. Exactamente de una estrella llamada HIP 14810. Según nuestros expertos es posible que alrededor de ese astro, similar a nuestro sol, pueda haber un planeta parecido a la Tierra. De hecho ya conocíamos la existencia de dos planetas de los llamados jovianos en su órbita. Los astrónomos del observatorio de Arecibo comunicaron el hecho en cuanto tuvieron la certeza de que la señal era inteligente.
—Un momento —interrumpió Sigurd—, ¿cómo se cercioraron?
—A eso puedo responder yo.
El hombrecillo que estaba a la derecha de Palmer habló por primera vez. El Secretario le miró y le presentó:
—Éste es Walter Reardon, catedrático de física aplicada en la Universidad de Yale. Ha sido nombrado asesor presidencial por designación directa. Será el enlace entre el equipo de ustedes y el gobierno de la nación.
Reardon mostró sus dientes descolocados en una ingenua sonrisa y estuvo a punto de ponerse en pie para hablar.
—La respuesta es sencilla. Hay dos factores que nos permiten asegurar que la señal es sin duda inteligente. Primero el contenido de la misma. Se trataba de una continuidad de dos tonos; uno agudo y otro grave. Durante semanas los astrónomos de Arecibo trataron de darle sentido. Para ellos era claramente inteligente, aunque estaba sucia por el ruido blanco y otras interferencias. Al final la respuesta fue muy sencilla, como casi siempre. Marcaron en una pizarra los tonos, atribuyendo a los agudos un signo +, y a los graves un signo -. El patrón era desigual, irregular. Por favor, luces.
La luz en la pequeña sala de conferencias se redujo. La pantalla detrás de la mesa se iluminó con el foco de un proyector, y su superficie mostró la susodicha serie de signos positivos y negativos:
++--+--+----++++++-++-+-+-+---+---+----+-++-+---++...
—Los astrónomos no lo entendieron, pero uno de los informáticos sí. Fue casi por casualidad. Probó a cambiar los signos por números. Si el positivo se convierte en 1 y el negativo en 0, el resultado es...
—Un número binario, como es lógico —dijo Diego, que no pudo dejar pasar la oportunidad de intervenir.
—Sí, señor Cruz, pero no un número cualquiera.
La diapositiva cambió al binario:
110010010000111111011010101000100010000101101000110000100011010011...
—¡Es el número Pi! —exclamó Kalie, que también era informática.
Ni el Secretario ni el señor Reardon contestaron. Esperaron más bien a que las mentes de los presentes aceptaran el hecho por sí mismas. Sigurd fue el primero en formular una pregunta con sentido.
—Realmente parece que nos estén tomando el pelo, señores. Pero dado el lugar donde nos encontramos, y la autoridad del señor Secretario, voy a aceptar que dicen la verdad. ¿No podría ser una casualidad? ¿La onda de radio de un cuásar que se parece a Pi?
Reardon todavía aguardó unos instantes más. Xue se había levantado hablando en chino y todavía dudaba si sentarse o largarse de allí.
—La razón que usted pide —dijo Reardon— es nuestro segundo factor indicativo de su procedencia inteligente. Algo menos de una semana después la transmisión cambió. Ya no se trataba de una señal sonora, traía algo más con su emisora; un gráfico.
Entonces la pantalla se llenó de símbolos desconocidos. Todos los lingüistas allí reunidos se quedaron mudos de asombro. Se veían tres franjas de símbolos. La primera contenía los de mayor tamaño y estaba escorada a la izquierda, la segunda, en el centro, tenía símbolos similares pero más pequeños. Los signos de la tercera eran diferentes, se continuaban los unos a los otros y eran los más pequeños de todos. Había espirales dextrógiras y levógiras, triángulos equiláteros, isósceles y escalenos que aparecían rodeados por uno, dos o tres puntos sobre sus lados, había curvas que se bifurcaban, círculos divididos en porciones, cosas similares a estrellas o cruces, curvas que danzaban y se entrecruzaban.
Desde la oscuridad fue el Secretario Palmer el que preguntó ahora.
—Bien, ¿pueden decirme qué es eso?
Diego respondió sin vacilación.
—Es una escritura, no cabe duda. Parecen ideogramas.
—¡No! —replicó Xue con autoridad—. No son ideogramas. Es falso, no es oriental.
La voz calmada y gutural de Sigurd añadió sus impresiones al misterio:
—Puede ser sólo un juego de niños. Pero desde luego, no se parece a ninguna escritura que yo haya conocido. Ningún pueblo de la Tierra usa esos símbolos.
Diego se sintió con ganas de pinchar un poco más a sus compañeros, así que dijo con una sonrisa de sorna:
—Aunque vengan de Marte, parecen ideogramas. Seguramente lo son.
Xue volvió a chillar.
—¡No! ¡No ideogramas!
—Pudieran serlo —dijo Sigurd—, no veo por qué no.
Xue parecía a punto de estallar de nuevo, pero Frank le interrumpió:
—Un momento —todos le miraron—, ustedes han dicho que el mensaje cambió. Eso es imposible. ¿Sigue un patrón, cambia de un mensaje a otro? Y... ¿Continúa? Es decir, ¿recibieron una única señal con estos dos mensajes o se repiten las emisiones?
—Se repiten —dijo Reardon—, de hecho se incrementan, hasta ahora hemos obtenido una docena de mensajes diferentes.
Frank se acomodó en su butaca y se mesó las barbas oscuras.
—Eso es imposible. Esto es una broma. Conozco HIP 14810, está a 173 años luz. Una señal de radio es una onda electromagnética, se mueve por el espacio a la misma velocidad que la luz. Tardaría 173 años en llegar desde su planeta. Pensemos un poco. ¿Cuándo enviaron esta señal? Como mínimo hace 173 años, al menos la señal que ustedes han analizado debe tener esa antigüedad. Entonces debieron estar transmitiendo durante mucho tiempo, usando una potencia enorme y una cantidad ingente de ancho de banda. Y sin embargo usted dice que no es una señal perdida lanzada al espacio como el mensaje de Arecibo. No es un SOS en una botella.
—Efectivamente —replicó Reardon—. Creemos que están emitiendo en tiempo real.
Roswell se pasó la mano por la cara, Diego lanzó una carcajada, hasta Xue parecía divertido.
—Repito lo que ya he dicho —dijo Frank—, eso es imposible. La señal debió llegar y perderse. Se detendrá o desaparecerá. No puede ser una retransmisión continuada. Y mucho menos en tiempo real. Alguien les está engañando.
Walter Reardon y el Secretario de Defensa Palmer se quedaron por unos instantes mirando a sus «invitados». Ambos adoptaron una expresión de inocencia angelical solapada bajo la sonrisa de un ladronzuelo de novela de Dickens. Los lingüistas parecían satisfechos con las explicaciones del astrobiólogo, y habían retomado sus apáticas posturas en las butacas. Todos excepto los Hinduja que seguían parloteando en voz baja y en lengua hindú. Mantenían una discusión, a juzgar por las frases cortas y rápidas que estaban usando.
—¿Pero y si estos alienígenas poseyeran una tecnología capaz de enviar sus mensajes a una velocidad superior a la de la luz? —preguntó Palmer.
Frank respondió en tono paternalista.
—Eso es imposible. Ya he explicado antes en qué consiste una onda enviada al espacio. Pero además, ese detalle resulta irrelevante. Salvo que nos enviaran una de sus máquinas, nosotros no podríamos responder más rápido que la constante. Aunque recibiéramos sus mensajes en tiempo real, los nuestros seguirían tardando casi dos siglos en llegar a ellos.
Palmer parecía muy satisfecho con el comentario.
—Eso es obvio, pero ¿y si nosotros tuviéramos una máquina capaz de emitir también a mayor velocidad que la luz?
Frank sonrió y miró hacia los demás. Diego le devolvió la sonrisa, Xue se reía por lo bajo e incluso el gélido noruego tenía una expresión divertida, como de quien reconviene a un niño que ha cometido algún pequeño error. Sin embargo los Hinduja seguían discutiendo. Sus palabras eran ininteligibles para los demás, pero estaba claro que sostenían diferentes posturas respecto a algún hecho, y levantaron la voz. Los otros se les quedaron mirando. Se oyeron verdaderos gritos en hindú hasta que Anupam se levantó violentamente y se dirigió a voz en cuello al Secretario Palmer.
—¡No! ¡No tienen ustedes derecho a hacernos esto!
La expresión y la voz del Secretario de Defensa se volvieron sombrías.
—Sí —dijo—, sí lo tenemos. El pueblo de los EEUU le concedió generosamente una beca para que estudiara en nuestro país. Luego le cedió sus instalaciones en Gakona, Alaska. Y le aportó una nueva beca para que construyera su prototipo. No me diga que no tenemos derecho. Claro que lo tenemos.
Aquí estaba ocurriendo algo que se escapaba al entendimiento de Diego, y de todos los presentes, excepto los Hinduja. Kalie también se levantó y puso una mano en el hombro de su marido. Habló fríamente:
—Secretario Palmer, no nos tome por desagradecidos. Somos científicos, nuestro prototipo tiene gran multitud de errores. Si fuese una obra acabada y operativa nosotros mismos la habríamos presentado a alguna publicación. Necesitamos más tiempo y más recursos.
—¡Eso sí! —interrumpió Cruz—. Dinero a fondo perdido. Que no falte.
Palmer hizo como si no hubiera oído el sarcasmo.
—Entonces, señora Hinduja, tómeselo como una oportunidad de mejorar su prototipo con la práctica de un caso real.
Sigurd Saknussemm también se levantó de la butaca y se dirigió a ambos interlocutores:
—Veo que aquí sucede algo que nos incumbe. Ya que nuestra colaboración es imprescindible en estos momentos, creo que lo mejor es que nos aclaren exactamente de qué se trata.
Palmer suspiró, cruzó los dedos sobre la mesa y miró a Reardon. El profesor de Yale mantenía su expresión inocente. El noruego se sentó, pero el matrimonio continuó de pie. Al fin el Secretario de Defensa cogió uno de los periódicos que había traído consigo y mostró la portada a los demás. «PRIMER CONTACTO» rezaba el titular. Luego levantó otro: «STEVEN SPIELBERG AFIRMA: SETI ESTABLECIÓ CONTACTO». Y otro más: «NO ESTAMOS SOLOS». Un pensamiento se formó en la mente de Cruz con la celeridad del rayo. Alguien había filtrado la noticia, y ni más ni menos que al entusiasta del SETI, Steven Spielberg. No podrían ocultarlo y necesitaban trasladar a la opinión pública la imagen de que estaban trabajando en el asunto.
—Mañana esto será una bomba —dijo Palmer.
—Por eso nos han traído —afirmó Diego—, quieren que analicemos esas comunicaciones.
—No sólo que las analicen. Queremos que las contesten.
Volvieron a aparecer expresiones de asombro en la sala.
—Por esa razón están aquí los señores Hinduja —continuó el Secretario—, su máquina puede comunicarse a mayor velocidad que la luz.
—¡Eso es imposible! —protestó Frank.
Anupam negó tristemente con la cabeza, cogió la mano de su esposa y la forzó gentilmente a sentarse. Luego se dirigió a sus colegas en un tono erudito.
—No, no lo es. Trabajaba en Silicon Valley para IBM. Estábamos inmersos en la creación de un ordenador cuántico cuando, por casualidad, como suelen ocurrir estas cosas, descubrí que había un aporte de información mayor del esperado entre ordenadores. Todo esto es algo complicado y escasamente relacionado con la Lingüística. Trataré de ser conciso. En estos ordenadores almacenamos información en moléculas y la trasladamos por medio de partículas subatómicas. Simplemente nos dimos cuenta de que la información llegaba a destino antes de que hubiese salido. Esto no es imposible en Física Cuántica. Después de cientos de pruebas llegamos a la conclusión de que había una partícula que se movía a mayor velocidad que la luz. No podemos aislarla ni sabemos exactamente cómo funciona. Pero funciona.
Frank Roswell también se puso de pie, lentamente y sin dejar de mirar a los Hinduja. Estaba anonadado.
—Ha descubierto usted los taquiones.
El americano de origen hindú sonrió.
—No podría decir tanto. Pueden ser taquiones como se entienden en la Teoría de Campos o tal y como los permite la Relatividad Especial. Pero como no podemos aislarlos ni medirlos con exactitud, no lo sabemos. No pensamos en esos términos, y dejaremos que aquel que consiga aislarlos les ponga nombre. Lo que a nosotros nos compete es que estas partículas son susceptibles de transportar información, y de hacerlo más rápido que la luz.
La interrogación podía leerse en las caras de todos. Sólo Reardon y Palmer parecían tranquilos y a la expectativa. Anupam continuó:
—Nuestra teoría es que esta partícula, sea un taquión o no, es parte de una supercuerda. Es decir, que transporta información a través de estas estructuras hipotéticas. Como ustedes saben la Teoría de las Supercuerdas establece que el tejido del Universo está formado por «líneas» compuestas a su vez de partículas. La naturaleza mensurable de estas partículas, es decir, lo que nosotros podemos apreciar, depende del estado vibratorio de la supercuerda. Sospechamos que cuando una supercuerda es capaz de transmitir información vibra en la «nota musical» de las partículas que nos ocupan esta noche.
—¡Increíble! —dijo Frank—. Con una máquina que se comunicara en esos términos podríamos... Podríamos...
—¡Van a hacerlo! —exclamó Palmer—. Primero aprenderán su lenguaje y luego se comunicarán con ellos. Les mantendremos aislados, pero no habrá límite de presupuesto ni les faltarán comodidades.
Anupam interrumpió al Secretario.
—Yo no lo veo tan fácil. Nosotros podemos recibir sus transmisiones, y ustedes sospechan que las envían con un sistema similar al nuestro. Pero, ¿y si no es así? ¿Quién sabe qué tecnología tendrán esos seres?
Diego estaba tan asombrado como todos los demás, pero todavía le quedaban ganas de molestar un poco a sus colegas. Decidió intervenir:
—Sí, y hay que averiguar qué significan esos ideogramas. ¿Cómo vamos a hacerlo sin una Piedra de Roseta?
Palmer levantó las palmas de sus manos como si bendijera la eucaristía.
—Esa es su tarea. El mayor experto en Sociolingüística del mundo. Usted encontrará la forma de entenderse si la máquina de los Hinduja funciona. Saknussemm y Zheng discernirán si son ideogramas o no, y Roswell les asesorará en todo los relacionado con Biología y Astronomía. Pensamos en añadir un psicólogo al equipo, pero no confío en ellos. Son ustedes un buen grupo. Deberán dejar de lado sus diferencias y trabajar en equipo.
—No, no ideogramas —insistió Xue, que llevaba mucho tiempo callado.
Pacientemente Reardon le replicó:
—¿Podría decirnos por qué está tan seguro, señor Zheng?
Xue no hizo ningún gesto.
—No estoy seguro. Pero sí sé que es ese texto.
—Bien, ¿qué es?
—Un periódico.
Diego se llevó las manos a la cabeza. ¡Tenía razón! ¿Cómo no lo había visto él mismo? Era claramente la noticia de un diario. Los signos más gruesos eran el encabezamiento, el titular, los medianos y más escasos componían el subtítulo, y el resto, más pequeños y numerosos, eran la noticia. Pero estaban girados noventa grados, o bien escribían de arriba abajo, o de abajo a arriba. Diego se llenó de entusiasmo. Aunque había estado meditando negarse a formar parte del equipo por su reticencia a aceptar dinero del Estado, dejar pasar esta oportunidad sería un crimen. Por eso, aunque se sintió tentado de contestar a Xue, no lo hizo. Ya se había decidido. Sería el primero en hablar con un alienígena. Sin embargo no pudo evitar la tentación de decir una última maldad:
—Bueno, señores. Todo parece muy prometedor, pero quizá no deberíamos olvidar una cosa.
Fue Palmer el que le contestó con una sonrisa.
—¿Qué es, señor Cruz?
—Que no fuimos nosotros quienes les encontramos. Es su búsqueda la que ha tenido éxito, su tecnología.
—Sólo por unos meses de adelanto —aclaró Anupam algo molesto.
—Es posible —dijo Palmer—, pero el señor Cruz tiene razón. Ese es el motivo de que este proyecto sea militar.
* * *
La mente de Diego comenzó a cavilar ya mientras les trasladaban en helicóptero a alguna instalación secreta en medio del desierto. Les habían dicho que allí encontrarían sus cosas y enseres, aquellos que tenían familia esperaban que sus seres queridos llegaran una semana más tarde. Se mudaban, y lo hacían, previsiblemente, para un largo periodo de tiempo.
Desde el helicóptero en el que fueron transportados pudieron observar como el ejército ya se había puesto manos a la obra. Grupos de ingenieros y soldados se afanaban en un pequeño valle rocoso levantando las estructuras que sostendrían la antena de emisión y recepción. Los Hinduja no se sintieron especialmente animados al ver las obras, pero se quedaron de piedra al visitar las instalaciones interiores. Alguien había trasladado allí todo su equipo, incluidas determinadas computadoras extremadamente delicadas. Todos los sabios contaban con cómodos laboratorios y despachos. No se les negó la conexión a la Internet, aunque los mensajes eran monitoreados 24 horas al día. Había pantallas y pizarras, que resultaron indispensables para Sigurd y Xue.
Las habitaciones también eran cómodas, pero algo impersonales. Kalie traía de vez en cuando plantas del exterior, donde visitaba las obras de la antena, y meses después Sigurd recibió permiso militar para salir y recoger algunos cactos para las mesas de los ordenadores. Frank demostró ser un buen dibujante, y cuando consiguió que le trajeran pinturas, se dedicó a hacer muchos cuadros de imaginados paisajes alienígenas a todo color.
Fue el que más se aburrió al principio.
La estrategia militar exigía que se ocultara el conocimiento que los terrestres tenían de las transmisiones, al menos hasta estar seguros de que los aliens no suponían peligro alguno, o se pudiera traducir su lenguaje. Por eso Frank tuvo poco que hacer los primeros meses. Los más ocupados fueron Xue y Sigurd. Era inevitable, a pesar de la vehemencia del chino, que se iniciara una discusión sobre la naturaleza de los signos: ¿ideogramas o grafemas?
El dilema no era menor. Xue explicó que los ideogramas se basan en pictogramas, es decir, sencillas representaciones de un concepto. El chino se empeñaba una y otra vez en dibujar en la pizarra uno de los más sencillos ideogramas, «rén» que significa persona, y no es otra cosa que una simplificación del dibujo de un ser humano. La diatriba consistía en que no había ninguna representación similar entre los numerosos signos que cada día, incluso cada hora, llegaban del espacio.
—Eso no significa nada —argumentaba Sigurd—. ¿Cómo sabemos que esos extraterrestres poseen brazos o piernas?
Y todo comenzaba otra vez. Xue interpretaba que si escribían y construían máquinas, debían parecerse a nosotros en algo. Al menos debían tener manos y dedos para escribir. Inmediatamente Sigurd le respondía que quizá sostuvieran el pincel con tentáculos o con la boca.
No avanzaban. Estaban paralizados.
Al aburrido Frank se le ocurrió una idea. Otras formas de vida muy diferentes de la nuestra eran posibles sobre el papel, pero incluso los restos fósiles de bacterias encontrados en meteoritos, daban una imagen de la vida similar a la terrestre. Eso significaba varias cosas. Necesitarían elementos y ambientes que se diferenciaran poco de los de la Tierra.
En una reunión, delante de todos los miembros del equipo, Frank expuso su ocurrencia.
—HIP 14810 es una estrella amarilla, idéntica al Sol. Es muy probable que las condiciones del planeta en cuestión apenas difieran de las nuestras.
La conjetura de Frank era aparentemente sencilla. Si su química era similar a la nuestra, entonces debían beber agua, y esta agua debía moverse por el planeta en forma de ríos, mares y... precipitaciones. No debían buscar piernas y manos, sino tejados; construcciones con vertientes a dos aguas que permitieran a la lluvia deslizarse. Si encontraban algo semejante, significaría que eran ideogramas, con tentáculos o sin ellos.
Era una buena idea. Pero no hallaron nada.
Sin embargo esto ayudó mucho a Diego. Ideogramas o grafemas no servían sin una clave. Lo que el sociolinguista necesitaba no era conocer la naturaleza de los símbolos, sino su significado y su relación interna. Hasta entonces no habían llegado imágenes ni sonidos articulados. Los tonos musicales que representaban números primos, elementos de la Tabla Periódica y algunos guarismos singulares, indicaban que ellos podían transmitir sonido. Pero ¿y la imagen? Después de ponerse muy pesado, Anupam le explicó que las imágenes requerirían más ancho de banda, y cuanto más ancho de banda más energía. Si los aliens estaban trabajando en un proyecto similar al SETI, era probable que tuvieran escasos recursos. «Seguro que están subvencionados», pensó Diego.
Mientras Sigurd y Xue se ponían de acuerdo en que la escritura alienígena estaba constituida por grafemas, y hasta que la antena y el ordenador de los Hinduja no estuvieran listos, Diego tuvo mucho tiempo para reflexionar y buscar por la Internet. Ya había decidido qué código iba a utilizar para comunicarse con los aliens. No tenía una clave; ni para interpretar los signos por separado, ni las palabras, ni las frases. Enviar o recibir diccionarios no serviría de nada, ya que ambos lenguajes estaban aislados. Pero una imagen valía más que mil palabras. La solución era tan sencilla como lo venían siendo todas hasta ahora. Había que unir vocablos a imágenes que los representasen.
Se le había ocurrido gracias a Frank y su idea de buscar casas en los supuestos ideogramas. Diego recorrería el camino del pictograma al fonograma, pero al revés. Harían un diccionario palabra por palabra, le importaba un pito el ancho de banda que necesitase. Crearía su propia Piedra de Roseta. Mensajes cortos y precisos, sin lugar a equivocaciones. Una imagen con su término escrito, y el sonido en una lengua. Pero, ¿en qué lengua?
Era decisión suya, por supuesto. En cualquier otro momento de su vida habría optado por su cuenta y riesgo, sin consultar a los demás. Pero algo estaba ocurriendo también dentro de él. No es que le gustase de pronto el asunto de las subvenciones públicas, pero había algo en el ambiente. Habían pasado cuatro meses y los militares apenas les importunaban, los Hinduja ya no refunfuñaban cada vez que les consultaban sobre algún aspecto técnico, Sigurd y Xue habían logrado un acuerdo y se trataban como auténticos camaradas. Incluso Frank se interesaba por lo que hacían los otros y les ofrecía ayuda cuando se atascaban.
Así que convocó una reunión e hizo propuestas.
La idea del diccionario visual humano-alienígena fue recibida con cruces de miradas y asentimientos. Xue le dio unas palmaditas en la espalda a Saknussemm. Luego se pusieron a elegir una lengua para comunicarse.
—Debe estar entre las más habladas de la Tierra —dijo Frank Roswell—, ¿Cuáles son?
—Si no me equivoco —dijo Sigurd—, chino mandarín, inglés, hindi, español, árabe...
—El francés es la lengua de la diplomacia —añadió Kalie.
Todos torcieron el gesto.
—No quiero que sea chino —dijo Xue de repente.
Los demás le miraron.
—No quiero. Chino sólo hablamos en China. Debería ser una lengua que conocieran gentes de muchos lugares.
—Eso elimina también al hindi —dijo Diego—. Nos quedan inglés, español y árabe.
Frank parecía muy concentrado, y lo que dijo sorprendió a todos.
—Debería ser una lengua con tratamiento de cortesía. Por si acaso. No queremos molestarles.
—Segunda persona del singular formal —dijo Diego—, muy bien, Frank.
—Eso nos deja en español y árabe —dijo Sigurd—. Ambos tienen muchos millones de hablantes, ambos usan la segunda persona de cortesía y ambos son hablados en diferentes países.
—Difícil elección —afirmó Diego—, ¿qué hacemos?
La pregunta quedó en el aire durante unos minutos. Algunos bajaron la cabeza, Diego miraba al techo. Sólo Xue permanecía tan impasible como siempre. Fue su marcado acento extranjero el que se oyó:
—¿Alguien habla español?
El resto se giró hacia él.
—Yo —dijo Diego—, desde que nací.
—Y yo —dijo Kalie—, sólo un poco. Soy de Florida.
—Bien —continuó Xue—, ¿y árabe?
Los presentes se miraron entre ellos. El destino había mostrado sus cartas.
A continuación eligieron el primer término para ser enviado. Aquí no hubo discusión.
Paz.
Los Hinduja tardaron casi una semana en convencer a los responsables militares de que habían encontrado la forma adecuada de comunicarse, y que había llegado el momento. En ese tiempo Diego se entregó a una búsqueda frenética de imágenes que representaran la paz. Al poco Frank se le unió, por fin encontraba algo en lo que emplear su capacidad de análisis. Hicieron una larga selección entre las que se encontraban fotos tan dispares como la de los Aliados en Yalta, el Rebelde Desconocido de Tiananmen, palomas de la paz en una olimpiada, una rama de olivo, el Papa, el Dalai Lama... Frank se inclinaba por la famosa Paloma de la Paz de Picasso. Desesperados, habían comenzado a hacer búsquedas en idiomas diferentes al inglés cuando Diego vio algo que le conmovió.
Parecía una manifestación, había miles, más que eso, decenas o incluso cientos de miles de personas reunidas en una amplia avenida. Había tanta gente que desaparecían en la perspectiva. Todos alzaban sus manos curiosamente pintadas de blanco hacia la cámara. Diego observó la foto durante largo rato. Miró sus caras, serias, las manos que se levantaban, blancas, teñidas de deseos de libertad. Luego leyó el artículo que la acompañaba y llamó a su amigo.
—Frank, creo que he encontrado algo.
Los ojos le brillaban húmedos.
Cuando Frank Roswell leyó el artículo puso una mano en el hombro del sociolinguista. Era un nuevo capricho del destino. La fuerza del símbolo de las manos abiertas y la pintura blanca, sumado a la ingente cantidad de personas que aparecían en la foto, hacían de aquella una imagen casi perfecta para los fines de Diego. Éste pensó por un instante que el hecho de que el mensaje fuera a ser enviado en español, acompañado de esa foto en particular, no podía ser una casualidad.
Y llegó el gran momento. Anupam estaba sentado ante el teclado, detrás de él se encontraba todo el grupo de filólogos más Frank, Walter Reardon, el Secretario Palmer y algunos oficiales de la base secreta. En un gran monitor de plasma se veían las partes plásticas del mensaje: a la izquierda las manos blancas contra el terrorismo, a la derecha la palabra española «paz» en letras mayúsculas.
—La última prueba —pidió Palmer.
Anupam asintió y pulsó con el ratón sobre el texto y luego sobre la foto. En ambas ocasiones se oyó la voz de Diego diciendo: «paz».
Palmer se limitó a hacer un gesto de invitación al físico hindú. Éste pulsó «intro». Contuvieron la respiración y luego se vieron forzados a calmarse. Todos los sensores indicaban que la máquina de los Hinduja había funcionado bien, el mensaje había sido transmitido de forma casi instantánea. En teoría.
Pero ninguna respuesta llegó.
Durante los quince primeros minutos Kalie explicó que era imposible calcular realmente cuanto tardaría el mensaje en llegar a su destino. Podía ser verdaderamente instantáneo o tardar treinta años. No podían saberlo pues trabajaban a ciegas. Esto era lo que Anupam había intentado explicar aquella primera noche en la Casa Blanca. Palmer comprendió entonces. Incluso él mostró su desilusión. Ordenó que se sirviera café.
A los 45 minutos seguía sin haber respuesta. Pero la transmisión que llegaba de afuera se interrumpió.
Todos corrieron como locos a sus puestos. Todo tipo de gente de la base, con sus cafés y donuts, exhaustos sin excepción de tanto trabajar, aunque nuevamente ilusionados.
A las tres horas seguía sin haber respuesta.
A las cinco horas Palmer no puedo aguardar más y tuvo que irse. Reardon prometió volver al día siguiente y les pidió que no se desanimaran.
A las ocho horas sólo quedaban en pie Anupam y Frank. Éste último miraba a la pantalla como a un fuego de campamento. No podía apartar la vista.
A las diez horas Anupam se caía de sueño. Explicó a Roswell cómo había que hacer para actualizar la información en pantalla y se fue a dormir.
A las doce horas Frank despertó del sopor que le había hecho desplomarse sobre la mesa. Levantó la cabeza y rompió a llorar. A reír y a sollozar, incapaz de hacer nada durante unos minutos. Luego comenzó a gritar como un salvaje; daba verdaderos alaridos. A la izquierda de la pantalla se veía a un grupo de seres extraterrestres sosteniendo lo que a todas luces era una bandera, una bandera pintada apresuradamente de color azul celeste. A la derecha estaban representados unos símbolos, similares a aquellos que Sigurd y Xue habían pasado tantos meses analizando. Frank no necesitó conocer el idioma para entenderlos. Paz, leyó sin entender la escritura, paz.
El cabo de guardia fue el primero en llegar. Lo vio y se arrodilló para entonar una plegaria. Anupam fue el segundo, quizá ni siquiera había sido capaz de pegar ojo. Detrás llegó su mujer. El hindú sujetó a Frank por los hombros y le miró entre lágrimas.
—Lo han entendido —dijo Roswell.
Reardon regresó, claro está. Esa misma mañana, apenas tres horas después del hallazgo. Trajo champaña y se hizo una pequeña celebración. Todo el mundo quería enviar un nuevo mensaje cuanto antes. Se había creado la sensación general de que había que responder en menos tiempo del que habían tardado los otros. Había que demostrar que éramos tan listos como ellos. Por aclamación popular Walter Reardon se puso a llamar por teléfono a Palmer y a todo el mundo en Washington. Durante toda la mañana Sigurd, que se había quedado de guardia en el ordenador, estuvo recibiendo soldados y oficiales que se cuadraban en la puerta de la oficina y solicitaban:
—¡Permiso para mirar, señor!
Los chicos más jóvenes solían darse codazos o intercambiar miradas cómplices mientras susurraban:
—¿Cuáles de esas serán las marcianas?
Sigurd sonreía, pero no trataba de explicarles que no eran de Marte.
Cuando apareció Reardon los oficiales de mayor graduación acudieron a mirar. El General que comandaba la base dio muchas veces la enhorabuena a los científicos, y concedió permiso a los soldados para celebrar la feliz noticia. Uno de los hombres tenía una cámara de fotos y se tomaron varias instantáneas. Algunos de los chicos, admiradores de Kalie, pidieron que los retrataran con ella saludando y con botellas de champaña en la mano. Todos los altos cargos se fotografiaron con el equipo de investigación. Pero la foto más importante fue la del propio equipo con el primer mensaje alienígena de fondo. Frank, que no se había acostado, trajo pequeños pedazos de tela rectangulares pintados de azul celeste, y todos se los prendieron en la solapa.
—¿Cuál será el próximo concepto que enviará? —preguntó Reardon a Diego.
Él hizo un gesto hacia la gente que seguía celebrando, y respondió:
—Alegría.
El permiso para continuar la comunicación tardó todavía cinco horas en llegar. Aun así los humanos fueron más rápidos que sus interlocutores. Así que la foto de los filólogos con trapos azules viajó a 173 años luz con la palabra española «alegría» escrita a su lado. La respuesta apareció en la enorme pantalla treinta y siete minutos más tarde. Los mismos alienígenas que habían aparecido en la foto anterior estaban en esta, pero acompañados de muchos más. Algunos sentados en sillas, otros de pie en extrañas posturas, algunos mirando a la cámara y mostrando sus manos de tres dedos pintadas de blanco.
—¿Qué hacen? —preguntó un coronel.
—Me parecen que están bailando —respondió Frank riéndose.
El Secretario de Defensa regresó a las instalaciones a la hora del almuerzo. Felicitó a todo el mundo y analizó cuidadosamente las fotos en compañía de los expertos. Ya habían enviado tres más: «casa», «botella» y «comer».
—Efectivamente se nos parecen mucho —comentó Frank Roswell a Palmer—. Su fisonomía es simétrica. Tienen dos ojos en la parte delantera de la cabeza, en fin, tienen cabeza. Van vestidos, como es lógico, nunca entendí por qué los extraterrestres de las películas van siempre desnudos. ¿Ve esos que llevan chaquetillas cortas y pantalones amplios de color blanco?
—Sí, ¿qué son?
—Científicos. Científicos con batas blancas.
El Secretario enarcó las cejas. Palmer, viejo soldado, tenía la misma inquietud que sus camaradas de armas más jóvenes.
—¿Y cuáles...? —carraspeó—. ¿Cuáles son las hembras?
—Es difícil de decir, llevan ropa de invierno, parece que están en un gran espacio cerrado, igual que nosotros, y la temperatura es algo baja. Pero me da la impresión que son las que usan ropas de colores más brillantes.
—No tienen nariz.
—En realidad creemos que sí. ¿Ve ese orificio similar a un esfínter que hay en su garganta? Cuando aparecen en imágenes de júbilo las dos «bocas» están abiertas en forma de «o». Me parece que ese orificio cumple la función de nuestra nariz.
—Muy bien. ¿Cuál es el siguiente paso?
—Vamos a construir un traductor automático —respondió Kalie.
—Efectivamente —intervino Diego—, los mensajes tardan en llegar exactamente treinta y un minutos con veinte segundos. A ese ritmo podemos obtener unos once intercambios al día. Y dentro de un año, cuatro mil quince. Nos gustaría esperar un poco más, hasta superar las cinco mil palabras, pero entendemos que pueda haber prisas.
—Bueno, en realidad me gustaría acortar plazos de todos modos. En Noviembre hay elecciones, anunciar algo como esto puede marcar la diferencia.
—¡Sólo faltan tres meses para Noviembre! —protestó Xue.
—¿Cuantas palabras necesitan para comunicarse?
—Una persona cualquiera suele usar cada día poco más de cien palabras, y se comunica —anunció Sigurd—, pero a nosotros no nos está permitido cometer errores. Sería fatal para las relaciones diplomáticas.
Palmer tomó asiento con expresión cansada en el rostro. Hasta ese instante no se habían dado cuenta de lo viejo que era. De pronto parecía la estatua esculpida en gris piedra de un anciano que se hubiera detenido a recordar. El equipo se reunió a su alrededor.
—Han hecho ustedes un gran descubrimiento —dijo el Secretario de Defensa—, las imágenes que tenemos demuestran que han contactado con una raza pacífica, al menos tanto como lo somos nosotros. Y sin embargo en la Tierra siempre hay guerras, hambre y terrorismo. Amigos míos, la paz no es un derecho de todo ser consciente, digamos lo que digamos los políticos. La paz es algo que se gana con esfuerzo, y habitualmente con sangre. Tarde o temprano, así lo dicta la naturaleza, surgirá el conflicto ellos y nosotros. Es inevitable. Pero por ahora nos acabamos de conocer, y hay que disfrutarlo. No adelanten lo malo por venir, pues aún falta mucho para que estemos tan cerca que podamos tocarnos. No tengan miedo.
—Bien —dijo Diego—, ¿qué propone el gobierno?
—Dentro de un par de meses comunicaremos su hallazgo al mundo. Entonces el presidente hará un llamamiento a todos los hombres del planeta para que envíen sus preguntas. Las preguntas que les gustaría hacer a esta nueva raza. La más repetida será la primera pregunta que formulemos. ¿Qué les parece?
Anupam asintió.
—Es factible —dijo—, aunque tendremos que hacerles entender nuestro plan.
Les llevó esos dos meses completos, pero se hicieron entender.
Desde la bomba informativa de Steven Spielberg había pasado casi un año, y los medios se habían olvidado de la noticia. Pero cuando el presidente de los Estados Unidos se presentó ante el mundo para comunicar el éxito del contacto, la reacción fue un clamor. La primera página de todos los periódicos del mundo, la primera imagen en todos los informativos televisivos fue el equipo de investigadores con los extraterrestres al fondo. Las emisoras de radio transmitieron los sonidos de las voces de otro mundo, los blogs y foros de la Internet se colapsaron, tertulianos de todo el mundo discutieron el descubrimiento en programas monográficos. Todas las demás noticias se olvidaron.
El mundo occidental se volcó en la propuesta y cientos de miles de cartas comenzaron a llegar. Un regimiento entero tuvo que desplazarse a la base para abrir los sobres y correos electrónicos, y leer las cartas. Inmediatamente después tuvieron que traer también a un ejército de traductores e intérpretes. Muchas misivas llegaban de África, donde poblaciones enteras ponían sus preguntas en una sola carta. La reacción más negativa vino de Oriente Próximo. Imanes iraníes y clérigos árabes declararon el contacto como herejía, y a la nueva raza «demonios infieles», y dictaron una fatwa contra el equipo de investigación, ahora conocido en el mundo entero como Equipo Cruz, contra todos los seres de la nueva raza y contra los EEUU. No importó, las misivas llegaron de todos los rincones del Islam, desde Casablanca a Islamabad. Un mes más tarde la Universidad Al-Azhar dictaminó que no había herejía, pero no se levantó la fatwa. Oriente no se libró de la fiebre; entre China y Japón invadieron la base con más de dos millones de cartas el primer mes.
Muchas de las preguntas eran bastante tontas. Cosas como: ¿Nos habéis visitado antes? ¿Hay liga de fútbol en vuestro planeta? Otras eran de ciencia-ficción: motores espaciales, armas de rayos láser... Una de las más repetidas era: ¿está Elvis con vosotros? Y había un enorme número de cartas a Papá Noel, los Reyes Magos y otros personajes similares.
Poco después la Academia Sueca comunicó que los Nobel de Física, Medicina y Fisiología, y de la Paz serían otorgados ese año al Equipo Cruz y el proyecto SETI. También los Premios Príncipes de Asturias de Comunicación y Humanidades, Ciencias Sociales, Investigación Científica y Técnica, Cooperación Internacional y de la Concordia.
Entre tanto se seguían enviando y recibiendo mensajes. Hubo momentos difíciles, como cuando se transmitió el concepto «militar». El equipo decidió enviar la foto de un desfile. No hubo sorpresas en la respuesta, que consistió en otro desfile prácticamente idéntico. Aquello hizo que se extendiera una sensación de frialdad entre los filólogos. No había habido emoción en ese intercambio. Diego, al que ya nadie negaba el liderato del grupo, encontró una forma original de solucionarlo: volvió a enviar el concepto «militar», pero con la foto que Kalie se había hecho con unos soldados el día de la fiesta. La contestación fue un grupo de militares extraterrestres sentados a una mesa y armados de lápiz, papel y dados. Sonreían con sus dos «bocas» en forma de «o» y saludaban. Estaban jugando.
Pero también hubo instantes de profunda comprensión cuando se trasmitieron los conceptos de «vida» y «muerte». Y otros de duda, como cuando se planteó de qué manera se podría comunicar el concepto de «Jesucristo». Ellos no lo entenderían sin más aclaraciones. Así fue como empezaron a intercambiar frases enteras. Acordaron no transgredir ciertos límites hasta que las respectivas preguntas de los habitantes de sus mundos se hubieran recogido y formulado, pero se compararon detalles técnicos sobre los transmisores de supercuerdas y los traductores simultáneos, y los aliens aclararon porqué su transmisión se había cortado cuarenta y cinco minutos después del primer mensaje terrestre: sus militares habían querido ser precavidos. El trato era que ambas primeras preguntas se enviarían a una hora acordada, de tal manera que llegaran a sus destinatarios al mismo tiempo.
El programa de traducción se completó en el plazo previsto, y poco después se pudo anunciar en la sede de la ONU cuál había sido la pregunta más repetida. La ceremonia se retransmitió a todo el mundo. Miles de millones de seres humanos se pegaron al televisor cuando el Secretario General de las Naciones Unidas abrió un pequeño sobre, como si de la entrega de un Oscar se tratara, y dijo:
—Tras el recuento de más de dos mil millones de cartas, y cientos de millones de preguntas, nuestros expertos han tenido que escoger una estructura en Lengua Española que represente de forma coherente el interrogante que seres humanos de todo país, edad, credo y condición han repetido con mayor frecuencia. Dicha pregunta ha sido formulada en diferentes formas y variantes que nuestros expertos han unificado en la siguiente expresión: «¿tienen ustedes pruebas de la existencia de Dios?»
Lo que venía a querer decir: ¿Dios existe? ¿Estáis seguros?
«¿Por qué?» Era la pregunta que Diego se hacía mientras aguardaban en la base la hora del envío. ¿Por qué miles de millones de seres humanos, con toda una nueva civilización por descubrir, decidían preguntar si esa civilización podía aseverar la existencia de Dios? Por supuesto era una convención. Entre los que habían formulado esa cuestión había cristianos, sintoístas, islamistas, budistas...
—Quizá sólo tenemos miedo —le dijo Frank Roswell—. Hemos esperado mucho tiempo en soledad, preguntándonos si éramos los únicos seres pensantes del cosmos. La religión, Dios, ha sido la única esperanza, la única forma de rebajar ese miedo. Es posible que lo único que pretendamos sea saber si los otros comparten nuestro temor.
—Pensarán que somos unos bárbaros supersticiosos.
—No lo creo. Mira, hasta ahora se ha demostrado que nos parecemos mucho. He pensado sobre ello últimamente. Recuerdo la noche que llegó el primer mensaje, y puedo imaginarme a uno de esos seres aguardando igual que yo. Sorprendido, maravillado, paralizado cuando vio la foto de un millón de manos blancas aparecer en su pantalla. Sus emociones y las nuestras han resultado muy parecidas. Y es probable que participen de nuestros miedos, que hayan tenido los mismos problemas y dudas que nosotros al intercambiar información. Puede que también compartan nuestras esperanzas. ¿Por qué no? Recuerda lo que tú mismo dijiste. Ellos nos encontraron. Tenían la misma necesidad de no sentirse solos en el universo.
Diego asintió lentamente.
Sólo algunos privilegiados se hallaban en la sala del ordenador; el Equipo Cruz al completo, Reardon, Palmer, el General de la base, los presidentes de EEUU, Noruega, India, China más España y otros países hispanoamericanos, por el idioma. Cuando faltaban cinco minutos para la transmisión Anupam se sentó ante el teclado y escribió la pregunta en el interfaz para envío. Todos miraron las sencillas palabras como si la vida les fuera en ello. Reinaba un silencio expectante. Llegó la hora. Anupam miró a Cruz, y éste enarcó las cejas. El hindú se giró y pulsó el botón «intro», igual que aquella primera vez. La pantalla con la pregunta mostró el clásico: «mensaje enviado».
Al ver que transcurrían los treinta y un minutos y no había contestación, Anupam se volvió hacia los dirigentes políticos que allí había.
—Puede tardar un poco.
No hubo que esperar. La respuesta apareció en pantalla: una línea de símbolos a los que los filólogos ya se habían acostumbrado. Diego y Sigurd ni siquiera necesitaron la intervención del traductor automático.
—No puede ser —dijo el sociolingüista.
Su silencioso colega escandinavo le sostuvo la mirada con su habitual frialdad.
Anupam puso en marcha el traductor, y las palabras extraterrestres se tradujeron al español y luego a los respectivos idiomas de los presentes. Nadie dijo nada, hasta que el presidente de los EEUU hizo un gesto de interrogación a su Secretario de Defensa. Palmer, que estaba igual de desconcertado que los demás, sólo acertó a pedir explicaciones a Anupam.
—¿Qué es esto, señor Hinduja? ¿No funciona el traductor? ¿Es una broma extraterrestre? ¿Qué...?
Frank dio una palmada en la espalda a Diego.
—¿Lo ves? —preguntó risueño—. Ya te lo dije.
Después de consultar su base de datos de miles de vocablos, comparar los términos en ambas lenguas, hallar los más adecuados para la traducción y reescribir la pregunta en español, el ordenador había escogido la fórmula más correcta y comprensible de entre todas las variantes posibles. La que no dejase lugar a dudas sobre el significado. En la gran pantalla de plasma se podía leer:
«¿Tienen ustedes pruebas de la existencia de Dios?»