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jean gómez ramirez

crucial dilema

Cuando recibí esa llamada telefónica, me resultaba difícil poder creer lo que me estaban contando. A pesar de mi carácter férreo, no pude evitar derramar un par de lágrimas, tal vez representaban la congoja por la descripción de los hechos relatados a través del móvil.
Apenas concluyó la comunicación, empecé a correr de forma intempestiva hacia mi auto. Javier, mi compañero, comenzó a perseguirme preguntándome a gritos qué sucedía.
Subí al vehículo y antes de poder arrancar, Javier también ingresó muy agitado. Se inició el desplazamiento y mi mente estaba alborotada. El caos dentro de mí solo se componía de recuerdos, teorías, preguntas, respuestas… Necesitaba despejar la confusión en mi interior, era indispensable que la calma se apoderara de mí para pensar fríamente las cosas.
Llegamos al semáforo, así que le pedí a Javier que él condujera, pues las manos me temblaban y no estaba concentrada en el camino. No quería provocar otra tragedia. Él aceptó sin replicar antes de que la luz se volviera verde. Retomamos el trayecto y le pedí que siguiera hasta la dirección que había colocado en la aplicación de GPS.
Observaba todo a través de la ventana y parecía que el mundo se ralentizaba justo cuando pedía lo contrario. La ansiedad me estaba carcomiendo, porque me urgía percibir con mis propios sentidos, aquella situación que me habían descrito.
Javier me apartó de mis pensamientos. Me pidió que le explicase lo que estaba ocurriendo, porque nunca me había visto tan preocupada o nerviosa. Solo atiné a contarle que ocho personas habían fallecido dentro de un teatro, por lo que debíamos realizar las averiguaciones respectivas. Su asombro era entendible, ya que, en nuestro trabajo como investigadores policiales, siempre nos topábamos con este tipo de casos y yo no actuaba de esa forma. Mi postura era muy conservadora y sosegada para resolver este tipo de circunstancias; sin embargo, esta vez era diferente. No le di más detalles, pues le mencioné que llegando a la escena del crimen nos informarían con mayor precisión.
Los interminables minutos por fin se desvanecieron. Cuando bajamos del auto, nos dimos cuenta de que las voces que surgían del tumulto eran estridentes. La entrada del teatro estaba absorbida por periodistas, fisgones, algunos compañeros nuestros y parte del público asistente a la función de dicha noche.
Logramos atravesar el mar de gente para encontrarnos con un panorama bastante aterrador. El escenario estaba cubierto por manchas de sangre de un par de personas, actores de la obra que estaban en el clímax de la representación cuando se inició el tiroteo. Otro de los abatidos era un guardia de seguridad que tenía un orificio en el pecho. Las cinco víctimas restantes eran parte del público.
Al inspector Javier Linares le pareció que era un típico suceso más del que debíamos encargarnos, pero no lo era para mí. Me daba terror tener que acercarme a cada uno de los cuerpos sin vida para tratar de reconocerlos.
Sentía náuseas y mareos al caminar. Me tambaleaba aun cuando me apoyaba de los asientos del establecimiento. El frío que recorría mi espalda, en una noche muy calurosa de verano, patentizaba el miedo auténtico que se siente cuando el futuro va a estar plagado de dolor y sufrimiento.
Javier se acercó a mí y me sugirió que debíamos entrevistarnos con el personal del teatro, o con los testigos para que pudieran darnos su versión de los acontecimientos. Mi compañero había notado mi comportamiento y estaba tratando de darme algo de tiempo antes de enfrentarme con los occisos.
Nos acercamos al jefe de seguridad que estaba siendo interrogado por el oficial Márquez. Nos presentamos y ambos comenzaron a llenarnos de datos sobre lo ocurrido.
El siniestro empezó veinticinco minutos después del primer acto de la obra. El autor de los disparos se había sentado en la tercera fila próxima al escenario. Sin que nadie lo anticipara, el sujeto se levantó y disparó a dos de los cuatro actores que en ese momento estaban en la tarima. Ante la confusión por los estruendos de bala, el joven dejó su lugar y en el pasadizo central del patio de butacas abrió fuego a quemarropa a cinco de los asistentes que huían despavoridos. A todos los impactó por la espalda. La última descarga de su arma la hizo contra el personal de vigilancia que intentó reducirlo. Antes de que pudiera seguir con la retorcida carnicería, el resto del equipo de seguridad se abalanzó sobre él despojándolo del revólver y controlándolo. Ante los arrebatos de resistencia que ejecutaba, un golpe en la cabeza con la empuñadura de su propia pistola, por parte de uno de los guardias, lo dejó inconsciente.
Márquez siguió leyendo sus apuntes y nos aclaró que el responsable de lo ocurrido responde al nombre de Rodrigo Santiesteban de veintidós años de edad. Había sido llevado a la estación para que se pudiera dar paso al proceso judicial.
Mis ganas de quebrar en llanto eran latentes. Sentía que las piernas ya no me respondían. Tenía el típico nudo en la garganta que me imposibilitaba emitir sonidos para transmitir las preguntas que mi cerebro formulaba.
La objetividad de Javier cubrió todos los aspectos e interrogantes. Nuestro trabajo en equipo por varios años, había permitido que no fuera necesaria mi intervención para conocer todos los detalles que nos podían brindar en ese sitio.
Entonces llegó el momento de examinar los cuerpos de los difuntos. Vi cada uno y conforme avanzaba en la revisión no dejaba de sentir pavor. Dicho infortunio iba a quedar impregnado en mis retinas.
Concluimos nuestro trabajo y era hora de marcharnos. De pronto recibí la llamada del director Casares. Coloqué el modo altavoz para que Javier también escuchara y sin que pase un segundo más, nuestro jefe me exigió que vaya de inmediato a la estación. Estaba algo exaltado. Me exhortó a que no me distrajera con nadie en el camino y que su oficina sería el único lugar al que debía asistir. Me pedía explicaciones diciendo que solo yo era capaz de brindar.
Mi prioridad para nada era ir con mi jefe a tratar de despejar sus dudas. Lo que yo necesitaba era ir con Rodrigo y escuchar de sus propios labios qué le había impulsado para cometer semejante atrocidad.
Casares colgó y Javier ahora comprendía menos lo que estaba sucediendo. Era poco común que la inspectora Alina Cárdenas flaqueara con un caso, que en comparación a otros que había llevado, estaba dentro de los estándares. Además, la actitud del director también escapaba a su comportamiento habitual. Miré fijamente a Javier para pedirle que él se hiciera cargo de desentrañar los hechos mientras yo estuviese retenida. Eso encrespó más al recto inspector Linares. ¿Por qué estaría yo retenida si no tenía nada que ver con el crimen? Eso me inquirió, a lo que argumenté que aún no podía explicarle. Entendería la conexión después de charlar con Casares. No refutó más y condujo sin decir palabra alguna hasta que ingresamos al despacho del director.
Después de un buen rato salimos de la oficina. El rostro de Javier estaba desencajado. Ahora sí tenía sentido cada una de mis expresiones, mi conducta y mi aparente retención.
Ya nada me impedía que fuese en búsqueda de Rodrigo. Debía enfrentarme a él. Era fundamental conocer qué pasaba por su cabeza cuando decidió escoger el teatro Cárdenas para llevar a cabo lo que nos habían indicado. El famoso edificio que mi padre había construido con su esfuerzo en el centro de la ciudad, a esta hora tenía grabado en sus paredes lamentos y desesperación.
Javier tramitó lo que hacía falta para poder hacer un careo con Rodrigo. No fue posible. Nos dijeron que ya había pasado la revisión médica, su atestación estaba completa y que lo evaluaba en ese instante el personal de psicología.
Lo que me generó una furia incontrolable, fue que me dijeran que yo no podía abandonar la estación. Debía colaborar con todo lo que sabía acerca del caso, pero eso no significaba que tendría acceso a la información y mucho menos que podía interactuar con el detenido.
En mí hervía la rabia y se desbordaba la melancolía. Nadie era tan empático como para evitarme el sufrimiento de tener que esperar todos los trámites burocráticos que se exigen en estas circunstancias.
Caminaba de un lado para otro en la sala de reuniones que me habían asignado, esperando tener nuevos datos acerca de Rodrigo.
Las manecillas del reloj de pulsera que llevaba en mi muñeca izquierda, parecían no moverse. Yo no quería que estuvieran quietas. Me hacía ilusión que avanzaran lo más rápido posible, o que girasen en sentido contrario hasta el momento en el que la gente estaba buscando sus asientos en el teatro, para que alguien pudiera evitar la fatalidad.
De improviso, Javier llegó a la sala para llevarme con el director. Necesitaban que respondiera algunas preguntas y luego podrían darme un mayor alcance de la situación. Acepté sin chistar, porque sabía que era la vía más accesible para conocer cómo iba todo. Casares ya había hablado conmigo; no obstante, las formalidades se deben cumplir. Me hicieron el interrogatorio bajo todos los protocolos.
La primera pregunta de rigor fue qué relación tenía con el arrestado. Luego de que el oficial expresó la interrogante, mi mente comenzó a dibujar la habitación de hospital en la que hace veintidós años, estuve sosteniendo entre mis brazos a mi pequeño Rodrigo.
A la vez que decía ser su madre, rememoraba cuando mi hijo se ponía a jugar con sus rompecabezas. Entonces me preguntaron si tenía conocimiento de los actos que Rodrigo había cometido esa noche. Mi respuesta fue un no rotundo. Era preferible decir la verdad para poder ayudarlo. La interpelación continuaba y cada minuto sin poder verlo era un flagelo para mi corazón.
La inquisición se hizo más incisiva cuando me pidieron que explicase cómo era la actitud y rutina de Rodrigo. Por instinto, empecé mi relato contando que mi hijo siempre ha sido un joven poco expresivo con los demás. La introversión es lo que más se destaca en su personalidad. Jamás me había hablado de alguna novia y ningún compañero lo ha visitado en casa cuando yo he estado allí. Le gusta leer historias de diversos géneros, sobre todo obras de teatro. No va a otro lugar que no sea la universidad. Siempre que yo llego a casa y él ya está ahí, lo encuentro en su dormitorio después de haberme preparado la cena. Alguna vez le pregunté, el porqué de no salir a divertirse con sus amigos, solo me dijo que él era hogareño con lo que ir de fiesta le parecía aburrido.
Con esa información, la próxima pregunta cayó por sí sola. Saber si mi hijo había sido o era víctima de bullying, me llevó a recordar una conversación con él hace un par de meses. Estaba leyendo el periódico en voz alta, mientras Rodrigo armaba un rompecabezas de mil piezas en la mesa frente a mí. Entonces visualicé que habían evitado el suicidio de una persona que era acosada en su escuela. Eso hizo que le preguntase si en algún momento a él lo habían molestado. Su respuesta fue tajante diciéndome que tan solo un par de veces habían pretendido golpearlo, pero que en ambas ocasiones advirtieron que era hijo de una policía, por lo que eso le daba cierta protección. Lo había respondido con la mirada fija en su puzzle, y tan solo por un par de segundos, alzó su rostro para decirme que no me preocupara. Lo que generó en mí algo de intranquilidad fue su sonrisa. No me terminó de convencer, pues se la sentí falsa. Pensé que no debía preocuparme porque nunca lo había visto con contusiones, muy triste o tratando de ocultarme algo.
Contesté que él siempre me contaba sus cosas. Les dije que me había comentado el par de veces que no le hicieron nada debido a mi cargo.
Inquirieron si, en los últimos días en específico, yo había apreciado algo fuera de lo común en Rodrigo. En ese instante recordé que la noche anterior le noté algo de cansancio. Le pregunté qué le pasaba y me dijo unas cuantas frases a lo lejos. Prefería estar un rato solo porque había reprobado un par de exámenes parciales, algo atípico en él, debido a que es muy aplicado. Estaba algo triste por eso y opté por darle su espacio, aconsejándole que estudiara más para los finales, pues tenían mayor puntaje. Había sido la última vez que lo había visto, pues la mañana de la desgracia, fui a resolver un caso muy temprano y lo dejé descansar.
Apenas terminé de contar lo ocurrido, me mostraron el primer revólver que me asignaron como inspectora. Lo guardaba en el escritorio de mi dormitorio bajo llave. Confirmé que era mío y una estaca de hielo atravesó mi alma cuando me aseguraron que esa había sido el arma homicida.
Fue cuando se derrumbó el mundo. La probabilidad de que mi Rodrigo fuese culpable se disparó de inmediato. Antes de salir de casa había visto la pistola en el cajón donde siempre estaba guardada.
Concluyó el interrogatorio y me notificaron que no podía seguir ejerciendo como inspectora hasta que todo se resolviera. Eso ya no me importaba, aunque me quitaba la ventaja de poder estar dentro para tener información de primera mano.
Rodrigo ya tenía un abogado que Javier había contratado. Atinaron a decirme que cualquier novedad debía verla con él. Lo llamé desesperada y así Mateo Zuloaga dijo ser quien estaba a cargo de su defensa. Aceptó verme para explicarme lo que había obtenido y poder salvar a mi hijo del castigo que le impondrían.
Cuando nos reunimos, sin perder un minuto, supliqué saber qué pasaba con Rodrigo. Mateo me contó que mi hijo sufría una particular amnesia. Podía deberse al trauma de haber vivido esos momentos o por el golpe recibido por el guardia de seguridad. Él recordaba haberse ido a la cama el día anterior a la tragedia y lo siguiente que se acordaba era la habitación médica de la estación de policía. En su testimonio, juraba que era inocente y que en su vida había manejado un arma de fuego. Había llorado sin cesar diciendo que él no era capaz de acabar con la vida de una persona. El abogado continuó diciéndome que las pruebas de balística confirmaban que él sí era el autor de los disparos. Además, eso era respaldado por las cámaras de videovigilancia del teatro y por las pruebas de reconocimiento que habían pasado los testigos presenciales.
La incriminación hacia mi hijo era inminente. Su amnesia tan solo parecía una tonta excusa como último recurso de salvación; sin embargo, Mateo me dio una luz de esperanza para la redención de Rodrigo. La evaluación psicológica por parte de varios expertos, colocaba el caso como un incidente muy particular. Zuloaga pronunció unas palabras que yo ya había escuchado con anterioridad. De pronto una analepsis se posó en mí.
El síndrome Amok es denominado en psiquiatría como el “ataque homicida”. Es un trastorno que consiste en la aparición súbita de una cólera brutal que despierta el deseo asesino de una persona. En la mayoría de casos ocurridos alrededor del mundo, los autores de estos crímenes van a un lugar sin aparente razón y exterminan a cualquiera que esté en su mira. El final siempre es desgarrador. Decenas de víctimas mortales o heridos quedan como consecuencia. El homicidio o suicidio es el destino del causante del horror. Muy pocas veces logran atrapar con vida al sujeto en cuestión. Esa es la causa para que no se tenga claro el detonante de este síndrome, pues hay pocas evaluaciones que permitan dar explicaciones claras. A eso se suma que quienes sobreviven sufren de una amnesia completa o lacunar, olvidando así el traumático episodio, lo que no permite un diagnóstico objetivo.
Hace unos seis meses había leído de este síndrome, en unos expedientes que Javier me había pedido revisar por un caso de un compatriota fallecido en Malasia. La explicación de Mateo se asoció con la defensa que había querido presentar el abogado del caso malayo.
Eso fue justo lo que Zuloaga me dijo. Debía argumentar que Rodrigo Santiesteban Cárdenas había presentado el síndrome Amok, porque de lo contrario sería condenado a cadena perpetua. Si el juez aprobaba la moción entonces mi hijo sería llevado a un centro psiquiátrico para ser evaluado y desde ese punto se podría tomar otras medidas. Ese era el camino, pues los medios de prensa ya lanzaban titulares que exigían la pena de muerte para el autor de los asesinatos del teatro Cárdenas. El odio de los familiares de los caídos resonaba implorando el castigo merecido.
Acabada la charla, habiendo sido expuestos todos los pormenores, Mateo prometió avisarme el día del juicio, pues atestaría a favor de mi hijo.
Es por eso que hoy estoy aquí, sentada en el lugar en el que los testigos responden las preguntas de los abogados. Rodrigo está al frente con un rostro ojeroso y lleno de terror. Su mirada refleja confusión y su cuerpo parece fatigado.
Siento que voy a estallar por la pregunta que me acaba de formular el fiscal. Ahora mismo estoy en un crucial dilema, pues debo narrar todo lo que vivimos Rodrigo y yo la noche anterior a los crímenes.
Ya he pasado por esta pregunta, pero ahora mismo acabo de recordar datos importantes que pondrían en jaque a mi hijo. Su situación se vería comprometida si les relato que los expedientes del caso de Malasia, estaban en el mismo escritorio en donde guardaba el revólver que tienen en custodia. Tampoco sé si contar que además de haberme comentado acerca de sus malas calificaciones en los exámenes, Rodrigo hizo hincapié en que prefería olvidarse de todo, que estaría muy a gusto si tenía amnesia por ese día.
Como policía, sé que si lo que tengo en mente ve la luz, entonces todo tendría sentido para que culpen a Rodrigo por asesinato deliberado. La cuestión es que, como madre, no quisiera ver a mi hijo tras las rejas de por vida.
Hace treinta segundos que estoy en silencio por la presión de la sala y no logro decidirme. Le hago caso a mi subjetividad dejándome llevar por el amor de madre y omito estos detalles. O que impere mi deber como policía y como persona, revelando todo lo que sé, para que mi Rodrigo sea sentenciado por haber planificado con intención esos actos macabros que son reflejo de uno de los peores pecados capitales, como lo es la ira.