PAIS RELATO

Libros de jean gómez ramírez

Autores

jean gómez ramírez

afección

Esta extraña sensación de encontrarme incompleto está en mí desde que tuve uso de razón, o incluso puede que estuviese ahí desde que mi madre me tenía en su vientre. Es algo que se avivó conforme transcurrieron los años, como la intensificación de las llamas de una fogata cuando están expuestas al viento.
Recuerdo que un día me quedé frente al espejo por varios minutos. Contemplaba mis facciones, mi contextura, mi forma de mirar. Trataba de hallar alguna pista que resolviera aquello que me estrujaba el pecho.
En mi niñez había momentos en los que parecía ser un fantasma, pues muchas veces estaba en un rincón viendo cómo mi cuerpo y rostro se desplazaban por toda la casa, pero yo seguía en el mismo lugar. Era como la típica escena de película en la que el alma puede distinguir, desde una perspectiva global, lo que sucede a los lejos con su complemento corpóreo.
Por las mañanas, en la biblioteca observaba cómo dicho ser realizaba movimientos sorprendentes en contra de mi padre en el ajedrez. Con mucha más experiencia, el señor Rob Lingard estaba tan orgulloso de que su hijo tuviera ese perfil de estratega, y no solo eso, sino que también fuera capaz de aprender rápidamente las maniobras con la raqueta cuando disputaban entrenamientos en el campo de tenis.
Lo mismo pasaba con mamá, que estaba fascinada con la forma en la que su pequeño tenía tanto garbo y estilo al declamar los poemas que a ella le gustaban. No había ocasión en la que esa bella mujer no sonriera mientras peinaba el liso cabello castaño de su elegante príncipe Luca.
A pesar de todo, lo más impresionante era cuando podía acercarme y colocarme frente a los ojos de mi otro yo. Analizaba de cerca la sonrisa, las expresiones de la faz, el pestañeo algo constante, y por alguna razón, no entendía el porqué de no tenerlas. Es que me pertenecían; sin embargo, la realidad era distinta por completo.
Entonces comprendí que en algún momento regresarían a mí. Estaba seguro de que todo lo que ese ser llamado Luca poseía, en algún momento fue mío y me lo arrebataron. Puede ser que mi subconsciente creyera que el tiempo se encargaría de encauzar las cosas y volveríamos a ser uno. No obstante, el destino es demasiado caprichoso porque solo se encargó de mostrarme el realce de mi hermano gemelo sobre mí.
Seguimos creciendo y cada persona que nos conocía nos decía que Luca y yo éramos como dos gotas de agua. Esa afirmación dejaba de tener sentido cuando al hacer una elección siempre optaban por escoger el carisma, la personalidad y la admirable forma en la que Luca Lingard llevaba su vida.
A mí, a Daren Lingard, solo me consideraban el hermano menor del genial Luca. Nací unos minutos después y eso bastó para que yo fuera el pequeño gemelo con enfermedad cardíaca terminal.
Que Luca fuera el centro de atención hizo que se acrecentara en mí el deseo de poseer su esencia. Él y yo éramos un solo ser, pero la naturaleza decidió separarlo de mí. Me dejó todo lo negativo y a él le brindó lo positivo. Nos convertimos en la ejemplificación perfecta del yin yang.
En el apogeo de mi juventud estuve muchas veces meditando en mi habitación. Necesitaba encontrar la respuesta sobre cómo cambiar la balanza a mi favor. Era fundamental que Luca regresara a mí para volverme alguien perfecto. El insomnio me visitaba casi a diario y me susurraba que carecía de plenitud. Sus escalofríos eran tan fuertes que me provocaban gelidez en las manos, sudoración en el cuerpo y una calentura interna de proporciones infernales. Por eso me costaba respirar y las palpitaciones de mi corazón estaban a la velocidad de la luz. Literalmente el pecho me iba a reventar.
En una noche de estas sin poder conciliar el sueño tuve una iluminación que me llevó a desconectarme de la realidad en donde reinaba el desvelo y la afección. El trance en el que me encontraba me dejó saber la misión que debía cumplir. Nadie puede juzgar que lo que estaba a punto de planear era lo correcto o no. Tan solo me dejé llevar por mis propios instintos.
Cuando desperté, Luca estaba a mi lado en una habitación tan blanca como la nieve. Él tenía cara de preocupación por lo que me había sucedido, así que aproveché esa debilidad y ni siquiera supliqué para que me prometiese que saliendo de ese lugar haríamos todo lo que yo quisiera.
Un par de semanas después de salir del hospital y sin estar tan convaleciente, le mencioné a Luca que deseaba ir a un centro comercial en el centro de la ciudad. Le dije que quería ir al área de jardinería en concreto. Me apetecía comprar algo de abono, unas semillas y una pequeña pala que me ayudaran en el florecimiento de girasoles. Su reacción fue algo confusa. Creo que no sabía si alegrarse por la distracción que eso significaba para mí, o preocuparse por lo delirante que sonaba el escucharme decir que esas flores estarían en mi tumba. La solicitud no era malintencionada por lo que no se negó y me apoyó para que nuestros padres no se opusieran por mi estado de salud. Fue tan sencillo que él los convenciera, que no tardamos en subirnos a su camioneta y así nos enrumbamos a realizar la extravagante adquisición.
El día se notaba muy especial. Tenía un clima de lo más agradable y se contemplaba una gran sonrisa en cualquier persona con la que te topabas. Puede que exagere las cosas, pero yo lo apreciaba así. Presentía que era una fecha para una confluencia monumental y placentera.
Ya habíamos pagado por los artículos que nos llevábamos cuando de repente aparecieron un par de personas con pasamontañas y revólveres. Las jóvenes que se encargaban de cobrar los productos se escondieron mientras los llantos embargados de gritos estallaban. Mi hermano, que estaba delante de mí, extendía sus brazos pidiendo calma para no resultar heridos.
Los atracadores jamás van a obedecer mientras no obtengan lo que buscan. Solo vociferaban amenazas de muerte por doquier pensando que eso sería la dosis para que las personas se volvieran dóciles y colaboradoras.
Entonces aquella extraña sensación en el centro de mi torso me inundó totalmente en ese instante. Había llegado la hora anhelada. Empujé a Luca detrás de mí y comencé a gritar a la vez que me acercaba a ese par de individuos para pedirles que dejaran a todos en paz. Mi acto y mis diálogos eran el detonante para mi transformación. Uno de los sujetos me apuntó desde donde se encontraba y supe que no me pasaría nada. Cerré los ojos y “mágicamente” todo sucedió como lo creí.
Escuché un par de disparos y al abrir los ojos me di cuenta de que los ladrones corrían desesperados sin importarles que se caían varios de los billetes que habían sustraído.
Bajé la mirada suspirando. A mis pies me encontré a Luca con la camiseta repleta de sangre. Tenía un orificio de bala a la altura del riñón izquierdo. El otro había impactado entre el hombro y el pectoral del mismo lado. Mi hermano estaba inconsciente mientras el líquido de rojo intenso seguía brotando de él.
Lo bueno de dicha contingencia era que estábamos tan solo a dos cuadras del centro de atención médica donde, por coincidencia, había estado yo varios días atrás. No pasó mucho para oír la sirena de la ambulancia que ya venía al lugar del siniestro para auxiliar a la víctima. Todo pasó en un santiamén que de inmediato estábamos en el centro de salud.
El tiempo con su irremediable paso se encargó de quitarme la preocupación e incrementarme el éxtasis. Incluso hablando con mis padres se daban cuenta de que en ocasiones esbozaba pequeñas sonrisas. Creo que me malentendían. Era cierto que la felicidad se asomaba, pero no por el hecho de que Luca estaba en un estado crítico. Por el contrario, se debía a que nuestra unificación estaba más cerca.
Más tarde el galeno nos reunió para decirnos que a pesar de todo lo que habían tratado de hacer por mi gemelo no había sido suficiente. No auguraba que pasara de esa noche.
El desgarrador lamento de mi madre me conmovió y fue el momento ideal para mostrarles algo que podría aliviar la pena de no tener más a Luca.
Las lágrimas de mis padres pasaron de ser pequeñas gotas de tristeza a ríos incontrolables de emociones encontradas. Después de ver un video casero en el que le preguntaba a Luca acerca de su forma de afrontar la vida después de mi muerte, quedaron conmovidos con su respuesta.
En tanto él miraba de forma fija la cámara que lo grababa, confesó que trataría de llevar su vida cumpliendo mis sueños y recordándome siempre. Sin embargo, lo más impactante fue lo que dijo en el minuto final de la reproducción. Expresó que cambiaría todo para que yo pudiera vivir, aun si eso significaba que él tuviera que sacrificarse dando su propia vida. Declaró que su amor fraternal era inmenso tanto como para arrancarse el vital músculo involuntario. No vacilaría en donármelo. Sabía que el sacrificio era minúsculo en comparación con lo que se iba a ganar, pues de esta manera yo ya no sentiría más dolor y nuestros padres tendrían a sus dos hijos. Los atesorarían uno en cuerpo y otro en corazón.
La mirada meditabunda de Rob Lingard y el dulce rostro desencajado de su esposa Anne eran el reflejo de que ambos no podían concebir la idea de que esa noche perderían a Luca. No solo eso, sino que luego de un periodo no tan largo también dejarían de verme.
Eso impulsó la unánime decisión de ambos para buscar al médico y pedirle que evalúe la posibilidad de realizar un trasplante. Había llegado el momento de sustituir mi defectuoso órgano por el de mi complemento. Primera parte que retornaba a su dueño.
De ahí en adelante todo sería más sencillo. El cariño de mis padres sería exclusivo para mí. Lo mismo pasaría con todos nuestros amigos pues ya no tendrían que escoger entre dos Lingard. Siempre sería yo. Al convivir más conmigo, notarían que ya era poseedor de los sentimientos de Luca. Con mi renovado y completo estilo de vida vendría una normal forma de hacer actividades físicas, realizar viajes, hasta la adrenalina comenzaría a incorporarse en mí con la progresión adecuada. Por fin se daría la integración absoluta.
Pese a que la intervención quirúrgica conllevaba engorrosos procedimientos tanto documentales como técnicos, el resultado definitivo fue el pretendido. La anatomía de Luca Lingard expiró o, dicho de otra forma, solo se transformó debido a que ya se había reintegrado a mi humanidad. Lo que la naturaleza se empeñó en separar, ahora ya estaba junto, por lo que era indispensable recuperar el tiempo perdido.
Pasaron minutos, días, meses, pero seguí sintiéndome inconforme. Lo advertí desde el día en el que enterramos los restos de mi hermano. Ya no estaba en el plano terrenal y seguía teniendo la atención de todos.
Mi madre se dedicaba un poco más a mis atenciones y sin darse cuenta en ocasiones me llamaba Luca. Se disculpaba diciendo que lo extrañaba a la vez que me tocaba el pecho para sentir el corazón del hijo que ya no veía sonreír. Yo trataba de explicarle que debía soltar a mi hermano para que su recuerdo descanse en paz. Le hice ver que todavía tenía un hijo vivo y que no podía albergar sentimientos que le provocaban desdicha. Ella, cabizbaja en su expresión, atinó a decirme que por más que fuéramos gemelos jamás podría suplantar uno al otro. Ese era el amor de una madre con cada uno de sus pequeños príncipes. Nunca iba a olvidarlo.
Sus palabras fueron dardos que se incrustaron en mi entendimiento. Era contradictorio lo que me había dicho. Daren no tomaría el lugar de Luca; no obstante, a veces me llamaba como él. No tenía sentido. Era una colosal mentira lo que la señora Anne Lingard había expuesto. Es que ni siquiera se dio cuenta de que en el video de confesión acerca de la donación de corazón, Luca no aparecía. Yo me había hecho pasar por él, y con algunos pequeños trucos del arte de la edición, estaba alcanzando un propósito. Sé que si realmente se lo hubiera preguntado al propio Luca habría dicho las mismas palabras que pronuncié. En fin, mi mente tenía su siguiente objetivo.
La próxima meta que me propuse la estoy concretando en este preciso instante. Después de cavilar por horas llegué a la conclusión de que debía permanecer con Luca y eso solo lo lograría si alcanzaba su nuevo estado. Por eso es que ahora mismo estoy recordando todo lo que viví.
A la semana siguiente de mi alta médica correspondiente al trasplante, regresé al centro comercial para recuperar las semillas de girasol, el fertilizante y la pala por los que ya había pagado. Esa misma pala es la que he usado hace un rato para cavar hasta toparme con el féretro de Luca.
Hace treinta minutos que cerré la caja y de eso, veinte minutos que sentí que la tierra caía sobre mí. Es probable que alguno de los individuos que contraté, haya sido puntual para realizar el trabajo que le encomendé. Estoy seguro de que haberle dicho que solo debía rellenar el hueco de una tumba que personas extrañas estaban desenterrando ha bastado. Eso o que la fuerte suma de dinero que le pagué por su discreción, haya sido suficiente para que no haya querido indagar más de lo que estaba sepultando.
Era arriesgado involucrar a otros sujetos en esto, pues algo podría haber salido mal. La cuestión es que ya estoy aquí, con los restos de Luca y con mi pala; aun así, siento que no termino de estar pleno.
Pensé que reunirme en su fosa con él, al estar en contacto con su alma, podría alcanzar la totalidad como ser humano, y lo único que siento es esa insólita presión en el medio de todo mi tórax.
Han pasado algunos minutos más y ahora mismo me aterra pensar que lo que estoy escuchando sea verdad. No podría soportar tener que pasar mis últimos instantes de esta manera.
Si alguien estuviera escuchando mi historia, podría pensar que yo tenía una enfermiza afección por mi hermano gemelo o que todo se ha debido a que padecía de una terrible afección cardíaca. Sin embargo, las innumerables voces no paran de murmurarme que la extraña sensación en mi pecho es una afección transgresora del mandato divino.
No soy capaz de comprender que un pecado capital se haya engendrado en mí por el simple hecho de que no nací como un solo ser.
No creo ser merecedor del perdón… Preferí no caminar por el sendero de la caridad, evitando procurar el bien de Luca sin darme cuenta. Amo a mi hermano y eso nunca va a cambiar, pero me cegué al creer que estaba bien volver a ser un solo ente.
Todos mis actos han sido generadores de desgracia. No me queda más que aceptar vagar por el averno con un traje lúgubre que permita esconderme entre las sombras. Me cosería los ojos con alambres para evitar observar algo que avive nuevamente en mí lo que me condenó.
Al final, elegir enterrarme ha sido la decisión más acertada, porque solo así, me llevaré conmigo lo que me condenó y eso no es otra cosa que la envidia.