País Relato - Autores

javier fernández

a day in the life

UNA extensa planicie en una época perdida de la memoria. Arrabales de una ciudad antigua de altas murallas pulidas como el mármol, tersas a la vista en la distancia, veteadas y brillantes por el día y blancas como la arena del desierto bajo el ojo de la luna. Una muchedumbre alegre y gozosa. El sitio improvisado de la trinidad: Anu, Enlil y Ea, pero también de Apis y el carnero sagrado, y de Ahura Mazda y Angra Mainu, congregados junto a espíritus neblinosos provenientes de la unidad de las cosas. Sitio de todos los dioses, incluso del único, el incipiente, el del pueblo sin tierra. Y de otros cultos y otros olimpos que eran y habían sido. Allí donde la tiniebla retrocedía frente a las pavesas de leña ardiente la oración mudaba en libaciones y se desataba el desenfreno.
—Dejadme, dejadme que os cante —⁠entonó un greñudo aupado a las tablas, y todos se reían⁠— la nueva del noble Mamilio que ha llegado hoy a mis oídos. ¿Quién de vosotros lo conoce? —⁠Ninguno del feliz gentío levantó la mano. Era noche de luminarias, lejos de las arterias jaspeadas y los firmes pasadizos de suelos empedrados, del agua habitualmente refulgente de las doradas fuentes y los jardines paradisíacos, de los atrios místicos y luminosos, lejos también de paredes caliginosas y techos desvencijados. Bebían sentados en largas tarimas o recostados en el suelo o en cuclillas en torno a los fuegos como animales salidos de sus jaulas, depredadores y mansos, reunidos alrededor del festín de carne y frutos que atestaban las mesas. En los labios y gargantas de los hombres se escanciaban el vino y la cerveza, que fluían por doquier a la tierra roja regada de huesos y médula, escamas de pescado, corteza de queso y cáscaras rotas de caracol. Y los envolvía la pesada humareda de las fogatas y los aromas religados de vinagre de manzana, orujo y anís, y de las insólitas salsas que se cocinaban sin pausa en el interior de las cocinas, alargados pabellones portátiles compuestos de varas enclavadas, cercados con sábanas oscuras y celados con doseles⁠—. La triste historia —⁠prosiguió la balada⁠— de Mamilio el afortunado, el de noble estirpe, el ascendido por capricho. Sí, el bueno para nada, el querido de su madre, el protegido de los dioses. Que pena, qué pena. Habéis visto su efigie en la plaza, el tercero de la izquierda. ¿Recordáis ahora? No, porque sois idiotas y nada os interesa salvo llenaros la tripa y fornicar. ¡Quietos, quietos! Que yo soy el más tonto de todos… —⁠Rugieron de contento y le sirvieron más vino al desdentado y pajaritos fritos ensartados en una varilla de latón decorada con las coloridas plumas de las aves⁠—. A primera hora, el infeliz se enfundó unas sandalias de tacón alto. ¡Tres pies! Para auparse. Pero no os riáis aún, os digo que es triste el relato. Se colocó un yelmo de dos penachos y enormes grebas que sobresalían un palmo de la rodilla, la falda roja y el peto leonado de sus ancestros, tan radiante, el pobre desgraciado. ¿Y luego? Embozado con la capa larga, solicita a sus esclavos que le traigan el caballo más altanero de la yeguada, un membrudo negro y obstinado, oportuno para su humor de señorearse por placer. Y en estas que el favorito de todos lo monta de un salto, resbaloso desde tanta plataforma, y aguijonea con tal tino el vientre de la bestia que le hunde sin enmienda el tacón… ¡Tres pies! Ahí se erigen verticales los cuartos traseros, y ahí desliza el marcial por el mismo lado por el que había entrado y se despeña al suelo sobre los dos penachos, la sandalia enredada en el estribo, la capa ensartada en los adornos de la silla, y vuela sin remedio cuando la fiera voltea a ver y es deslumbrada por el chorro de sol que salpica el peto, el león. Gira Mamilio medio ahorcado por la tela, mentón sobre empedrado: ¡Fuera grebas, fuera la falda en jirones, todo fuera menos Mamilio y su capa, con la pierna alzada que las redes han recogido! Y van las millas bajo Mamilio deshaciendo piel y carne, acompañantes inmediatas del osario aullante, aquí y allí tan melosamente hilvanadas. ¡Claro que los ancestros abandonan la nave, qué os pensabais, el hocico arañado, empachados de tierra! De esa guisa se pasea al galope Mamilio hasta que al fin, para el almuerzo, la calaña reunida lancea galante al carnicero allá por la muralla. ¿Seguro que no fuisteis vosotros? Dan vuelta al despojo y recomponen cuidadosamente el odre. ¿No te habíamos visto antes?, se escucha en susurros. ¿No es de un noble este pellejo? —⁠Tenía ojos corroídos el rapsoda, reía con todo el cuerpo y al hacerlo se encorvaba hacia delante y luego retiraba de su rostro la pelambre castaña con dedos largos como palillos, secos y arrugados. Debajo de la mata grasienta, a cada lado de una trompa grande y recta, tenía dos cuencas negras y circulares del tamaño de un medallón de plata que fulguraban maliciosamente en su centro. Otros tres melenudos golpeaban las palmas al compás mientras inhalaban el humo de unos pequeños braseros de cobre en los que se quemaban hojas de eucalipto y adobos traídos de ultramar. Tenían el torso y las piernas desnudas e incitaban a la masa para que también se despojase de sus ropas. «¡Más, más!», gritaban algunos, y otros chasqueaban los dedos pidiendo que se rellenasen las copas y se trajeran nuevas fuentes de manjares⁠—. ¿Queréis otra? —⁠se prolongó el canto⁠—. Ésta la he aprendido de memoria, no penséis que estaba yo hoy allí. La del camino de los reyes. De generales y soldados cruzando altivos y polvorientos el arco del triunfo. ¿No la conocéis? Desde la puerta sur, por la avenida ancha, ha subido el ejército victorioso hasta el templo. ¿Cien mil hombres? ¿Quién ha tenido la paciencia de contarlos? Llevaban el sol en las espaldas y sangre seca en el filo de las espadas. Y los rodeaba por todas partes la muchedumbre. ¿No erais vosotros? Ya me parecía a mí. Uno gritó: ¡La guerra ha terminado! Pero todos apartaban la mirada del desfile. Los más ilustres ciudadanos, la misma historia de siempre, echando mano a la bolsa, escondiendo las monedas dentro de sus botas, en el cielo de la boca. ¡Tragándoselas a manos llenas! Y pensaban: ¿Quién pagará la soldada a los mercenarios? ¿Para qué tanta paz? ¡Mejor se hubieran quedado moliéndose a palos! Qué idiotas sois, qué idiotas… ¡Brindad! ¡Embriagaos! ¡Echad más hierba a los braseros!
Al metro de las palmadas se unió el del golpeteo creciente de puños en las mesas, el repique de metales y el zapateo acompasado sobre el suelo embarrado, ahíto de sobras masticadas y frutas pisoteadas. Uno del vulgo se puso en pie, escupió y se meneó obscenamente sus partes, y otro, reclinado en el trono de un olivo, le arrojó encima el tibio contenido de una jarra. El primero gruñó y avanzo ebrio y desafiante por entre la masilla de cuerpos pero patinó y cayó de bruces sobre el firme. Al instante, media docena de hombres lo alzaron y arrojaron por un terraplén, más allá de unas palmeras. Al fondo, lejos de la luz de las brasas, unos viejos desnudaban a una doncella y la sostenían firmemente por los hombros, abriéndole las piernas para que la ensartasen por turnos unos párvulos a los que comenzaba a asomar el vello en la quijada. Se hizo un pequeño corrillo en torno a dos muchachas de pechos descubiertos que se arañaban la cara, se daban patadas y se tiraban del pelo. De las cocinas salió una fila de esclavos portando enormes bandejas con puercos bañados en su propia grasa y engalanados con fresones, pero la procesión se detuvo descaradamente a admirar la creciente algarabía. Los más jóvenes cantaban versos sicalípticos y algunos saltaban sobre los leños candentes y arrojaban alcohol a las llamas, que se alzaban como enormes lenguas hacia el cielo estrellado, multiplicando las sombras. Dentro del follaje se ocultaban formas enlazadas, parejas o tríos sudorosos rodando en pleno éxtasis sexual. Entre risas, algunos estiraban sus brazos para tocarlos y su contacto era húmedo como la lengua de un animal. La turba aullaba gozosa a punto de desbocarse pero, de pronto, otro de los rapsodas tomó un velo, se plantó sobre una mesa y dio un chillido que devolvió la serenidad el tiempo suficiente para que las bandejas llegaran a su destino.
—¡Hala! Ya me he despertado —⁠vociferaba en falsete con el velo puesto en los hombros. Se agachó y los otros tres le peinaron y le recogieron la melena en un moño sobre la cabeza. Uno de ellos le tendió ceremoniosamente un cuenco y el fingidor metió dentro los dedos y los mojó en un ungüento blancuzco con el que se tiñó el rostro, y luego otro de colorante rojo con el que se pintó burdamente los pómulos y los labios. Volvió a incorporarse⁠—. ¡Qué duro que está este catre! Esperad, que me despabilo. —⁠Extendió los brazos, abrió de par en par el maloliente agujero de su boca y lanzó un eructo largo a modo de bostezo. Luego se rascó los sobacos y todos rieron en tropel⁠—. ¿Quién soy? ¿Qué hora es? ¡Dadme de desayunar! —⁠Le acercaron un enorme vaso de cerveza y se la bebió de un trago, dejándola resbalar por las comisuras de los labios. Tenía la barba llena de espuma y se movía de un lado a otro de la mesa, contorneando las caderas como si fuese un efebo⁠—. ¡Uy, qué tarde es! ¿Me están esperando? ¡Que esperen! —⁠Se puso el velo sobre el moño, instaló encima el vaso y se subió a horcajadas en los hombros de un negro forzudo, un esclavo que observaba impávido el espectáculo⁠—. Despacio. ¡No tienen más remedio que aguardarme! —⁠Se paseaba entre la gente, chillando y cantando con desafino, y golpeaba al esclavo en las mejillas o le tapaba los ojos y le daba pellizcos en la nariz⁠—. ¡Arre, arre! ¿De dónde han salido todos éstos? ¡Pues sí que tenemos hoy clientela! —⁠La multitud bramó alborozada y el adefesio soltó la montura y se asió las nalgas con las dos manos, perdiendo casi el equilibrio. El negro alzó sus brazos y lo afianzó en las alturas, meneándolo con tal fuerza que el vaso voló de la cabeza al barro. Luego devolvió al jinete a la tabla y éste se hincó de rodillas, sosteniendo delante de sí un brasero oloroso. Inhaló el vapor profundamente. Uno de los rapsodas se le acercó y le dijo algo al oído y el disfrazado cerró los ojos, y se abandonó a los efluvios.
Volvió otra vez el chillido pero pronto se transmutó en un soniquete gutural y éste en un dulce aullido que dio paso a la recitación de un mantra rítmico, firme y entrecortado. El hombre abrió los ojos y se levantó de un salto, impregnado del olor excitante de las drogas. Movía la cabeza en círculos y daba vueltas alrededor de la punta de un pie con todo su cuerpo. La mantilla de gasa se soltó y ascendió con una súbita ráfaga de viento y el peinado se destrenzó, despegándose de la peonza humana por los extremos en grasientos amasijos, como flechas de cabello que saliesen oscuras de su cráneo o una extravagante y alargada corona que girara al mismo son que el resto de los órganos. Los tres que lo acompañaban sobre el tablón saltaban y se estremecían desordenadamente y pronunciaban los nombres execrables de demonios y enigmas ocultos y conjuraban a los espíritus y a los ancestros para que se arrimaran a la fiesta. Cada vez que se vaciaba un cántaro, se colmaba hasta rebosar. Cada bandeja rebañada era sustituida por otra y las cocinas aún no se habían vaciado. Sin previo aviso, el protagonista del baile se desplomó y los otros tres se detuvieron con los brazos en alto y entonaron una misma nota tornadiza. Sus voces se combinaban hipnóticamente para repasar, sílaba a sílaba, los apodos profanos de divinidades menores que eran de todos conocidos. Y el retumbo de las gargantas estalló y se extinguió cuando los tres se callaron al unísono y resoplaron de alivio entre vítores y abucheos y el impetuoso murmullo de los que no prestaban atención a la pantomima, sólo concentrados en el libertinaje del buche o del bajo vientre. El greñudo desdentado se repuso rápidamente, mordió un trapo empapado en vino, se chupó los dedos y se preparó, jadeante, para la última etapa de la función.
—¡Cuatro mil bocas hay al raso! No aquí sino allá lejos en el terruño, la herida negra lo llaman. Hoy lo he escuchado y por eso os lo canto. La puerta del inframundo, los intersticios del diablo que exuda humores fuliginosos, nido de criaturas informes. Yo sé que soñáis con ellas, que se os aparecen invisibles por la espalda. Un hálito frío, un seco farfullar, se os eriza el vello de la nuca y salís corriendo como chiquillos a resguardaros en el culo de vuestra madre. Y hacéis bien, hacéis bien. Cuatro mil cuevas que se abren y se cierran a su antojo, bajo las sandalias. Escuchadme, roñosos, me lo dijo uno que cayó al interior y vive para contarlo. Abrazado a la piedra húmeda y pegajosa rogaba a los dioses día y noche, enredado en las barbas de felinos que son sanguijuelas gigantescas y le lamían con su baba peguntosa. Las hormigas recorrían su carne, hormigas rojas y negras, y le mordisqueaban traviesas la carne y las ratas le arañaban el cuero. Es fétido el aliento de la tierra, el del leviatán podrido acercándose pausadamente a devorarlo. Relamiéndose. Pero ocurrió que abrió las fauces y luego las cerró sin probar bocado. ¿Se olvidó de él, lo dio por muerto? Ahí estaba el hombre, vertical y acurrucado encima del abismo, enterrado en lo profundo, más helado que la luna del desierto, llorando y maldiciendo el mal paso. Escuchaba el malhadado alaridos y sentía el crujir de huesos en los hoyos contiguos. Cuatro mil es mucha cifra, paraos a calcularla. Y eso lo salvó. Otra chicha más tierna. Ya os gustaría a vosotros. Que se zampe a mi hijo, mientras no sea yo. ¡Que se zampe a mi padre! Dejadme que os cante, hay cuatro mil bocas en el raso pero vosotros estáis más huecos, hay aquí más agujeros y son más negros. Y más aún allí arriba en el emporio, en los palacios. ¡Qué os importará a vosotros! ¡Echad hierba! ¡Brindad! ¡Embriagaos!
Pero ya no le escuchaban, andaban apilados en las vaporosas puertas de las cocinas cuya brega se había al fin silenciado pues no restaba ni una áspera sardina que asar. Las jarras se estrujaban en las mesas y con la gota postrera la loza surcaba el aire de la explanada junto con el latón apurado y roídas osamentas. Había cada vez menos gemidos de placer y de rapto y más blasfemias y advertencias. Se enzarzaron a golpes. Los imberbes y las muchachas corrieron a salvaguardarse y los esclavos, arrinconados, retrocedieron mansamente para escapar, todos a una, de la reyerta. Había quien brincaba sobre los maderos y los quebraba para proveerse de palos. Arrancaron las sábanas de los tenderetes y se improvisaron antorchas con las que se desafiaban ciegos unos a otros. Alguien sacó un estilete y asestó una exangüe puñalada al vacío y pronto se hizo una alberca de aire a su alrededor. Salieron de la nada más metales y los aullidos alternaban con las risotadas. Al salpicar la primera sangre, la mayoría se esfumó por donde pudo, y con ellos los rapsodas, cargando en hombros al pintado desfallecido, pero hubo quien lamía el licor de las mesas o las volteaba en busca de mujeres aovilladas. Se lanzaron pedruscos al cielo que luego caían como lotería divina. Aquí y allí saltaban muelas, se descolgaban los morros y se partían las molleras, coreándose risas y cánticos, además de quejidos. La calva extensión se fue aclarando y los que quedaron se reunieron junto a los restos desvencijados de las cocinas y luego amontonaron algunos troncos donde las telas para construir una fogata opulenta. Convocaban ingenuamente a la lluvia pero la lluvia no llegó. Eran sólo varios cientos, una alegre pandilla que ya no reñía sino que se saludaba gozosa y fatigada, preguntándose a dónde ir ahora. La ciudad centelleaba en el horizonte, y finalmente hubo silencio.
Parecía que el estruendo previo hubiese absorbido todos los demás sonidos de la noche, engulléndolos en un solo silbido monocorde y decreciente que llenaba de golpe mis oídos como la resonancia de un dolor. Salí de las sombras y caminé con calma hacia los desperdicios desplegados por la explanada. Un perro famélico se arqueaba en el suelo y se rascaba las orejas con las patas como si quisiera hacer desaparecer el mismo zumbido de su interior. Me acerqué a la pira que antes había sido las cocinas y me quedé observando las llamas. Las lenguas rojas y áureas bailaban sordamente delante de mis ojos, con un aire de irrealidad. Eran una muralla silenciosa de ondas ardientes que se interponía entre mi cuerpo y el resto de las cosas. Luego abandoné el sitio mesmerizante y rodeé el incendio para adentrarme en el área embarrada. En el extremo vi a un hombre retorciéndose de dolor o tal vez a causa de la severa curda, pero él no me vio a mí. Supongo que gemía, porque abría y cerraba la boca, pero sus palabras no formaban parte de la reverberación. Por todas partes había restos de alimentos que antes había sabido nombrar con claridad y que ahora se desdibujaban en mi entendimiento. Y troncos rotos y astillas y trozos desgarrados de vestidos. Las ascuas de las fogatas menores poseían el mismo poder letárgico que la hoguera con que me había topado al principio, así que me alejé de ellas. En mi imaginación, esas brasas eran los sanguinolentos ríos del tiempo que me habían traído hasta aquí, y la brisa, al acariciarlos, semejaba bombear el fluido por sus delgados cauces. Vi ahora que, entre los maderos, correteaban pequeñas alimañas dándose un festín, y había otras sombras más gruesas que bien podían ser bultos humanos, exánimes o palpitantes, o de otras bestias a las que prefería no acercarme. Me senté unos instantes sobre un taburete que quedaba en pie y recogí del suelo una fruta intacta, de piel gruesa y olor ácido, cuyo color no alcanzaba a distinguir en la penumbra. Arranqué la cáscara con mis dedos y un hilo de jugo inodoro me saltó a la cara. Luego clavé mis dientes en la pulpa y tragué un trozo carnoso que no me supo a nada. Solté despreocupadamente la pieza, me incorporé y me acerqué al tablón que había servido de escenario para la rapsodia. Todas las demás mesas yacían desquiciadas pero ésta había sobrevivido al arrebato pasional. Me aupé para divisar mejor el sombrío panorama. El pitido había disminuido hasta casi la extinción, pero ningún sonido estaba por sustituirlo. Oteé en la dirección de la ciudad: la negrura cubría el exterior de una amplia circunferencia menguante de la que yo era el centro y pronto ni siquiera pude ver las llamas de las cocinas. Las pocas imágenes que aún permanecían se derrumbaron en el torrente temporal y desaparecieron. Entonces dejé de teclear.