El fin del mundo fue ayer, pero ella aún seguía ahí; oculta tras un montón de basura barrida por el viento. Nora se hacía la muerta, aunque de vez en cuando, si no oía a nadie a su alrededor, se atrevía a abrir un ojo y observaba cómo los primeros rayos de luz del Día Después lo bañaban todo con su brillo purificador.
Les habían vendido el fin del mundo como si se tratara de una ceremonia de clausura olímpica a la que todos estaban invitados, un gran espectáculo que prometía ruido e impresionantes fuegos artificiales. Aquella iba a ser la fiesta más salvaje que se hubiera celebrado jamás porque nadie temería las consecuencias. No habría límites ni ley operante. Esa noche, todos sabían que iban a morir.
Nora seguía escondida entre envases de comida basura porque su juventud y su cabello pelirrojo la convertían en un suculento objetivo para los depredadores… y porque había recuperado la Leica con la que su tío fotografió la Guerra de los Balcanes. De algún modo, Nora se sentía con la responsabilidad de documentar lo que estaba aconteciendo y no podía fiarse de una cámara digital. Hacía una semana que la electricidad iba y venía a intervalos, así que el revelado fotoquímico era la elección más segura.
Cuando alguien piensa en el fin del mundo, imagina ciudades reducidas a escombros plagadas de cadáveres calcinados, pero lo que Nora observaba a través de su cámara era la soledad de los objetos: el coche abollado como una lata de refresco que un niño había utilizado para atropellar gente por todo el barrio, las ventanas apedreadas de los edificios, un maniquí con el rostro desfigurado tras arder en el escaparate de una tienda…
Toda esa soledad le recordó a su madre. Cuando un grupo de científicos, tras mil y una comprobaciones, decidieron revelar que el mundo tenía fecha de caducidad inmediata, la mayoría de la gente entró en pánico. Aportaron pruebas tan sólidas que nadie pudo refutarlas y la madre de Nora, como tantas otras, se suicidó sin ni siquiera dejar una nota. ¿Para qué, si todos conocían el motivo y no iba a dejar a nadie atrás culpándose por lo sucedido?
Sin embargo, su padre no se dio por vencido tan fácilmente. El instinto de supervivencia prevaleció por encima del miedo y dedicó las dos primeras semanas a construir un refugio en el sótano de su casa, pero a medida que los gobiernos quedaban huérfanos y los medios de comunicación dejaban de informar, comprendió que aquello no se trataba de algo contra lo que se pudiera luchar, que estaban definitivamente sentenciados.
Todos nos hemos preguntado alguna vez qué haríamos si supiéramos que vamos a morir en cuestión de días y todos hemos llegado a las mismas conclusiones: hacer algo osado, como tirarse en paracaídas, declararnos a esa persona tan especial a pesar de creer que no seremos correspondidos, confesar algún terrible secreto… o una variante de cualquiera de ellas. Tener la certeza de que tu muerte es inminente te despoja del miedo. Pero ¿qué harías si supieras que vas a morir en unos pocos días junto al resto de la humanidad? ¿Qué harías si supieras que no vas a dejar nada ni a nadie atrás? Tu madre no tendría que acarrear la vergüenza que le traerían tus actos, ni tu hermano sería señalado por culpa de tus malas decisiones. En ese escenario todos mueren, así que no habría arrepentimiento, ni culpa, ni rencor, ni ningún tipo de daños colaterales. Si la muerte te despoja del miedo, el fin del mundo te otorga la libertad. Absoluta.
Eso, y no los ataques de una guerra, el impacto de un meteorito, una invasión alienígena o cualquier otro invento del imaginario catastrofista, es lo peor del fin del mundo. Cuando es a tus vecinos, a tus padres, a tus profesores a los que debes temer. Cuando no puedes justificar su locura con un virus zombi. Cuando la sociedad, ese castillo de naipes tan frágil como necesario, se desmorona y nadie piensa más que en sí mismo, sientes la verdadera soledad. Te conviertes en uno de esos objetos abandonados.
Los acólitos de Dios, sin importar su credo, encontraron en ese final anunciado la prueba definitiva de la existencia de su Señor, mientras que los ateos lo tomaban como una evidencia irrefutable de todo lo contrario. Los enfermos terminales dejaron de sentirse el eslabón débil y se convirtieron en alumnos aventajados, irguiéndose como guías entre sus seres queridos para ayudarles a asumir su propia muerte. De pronto, dejó de haber ricos y pobres para dejar paso a los que cogían lo que querían y los que no. Viejos y jóvenes dilapidaron sus prejuicios y dieron rienda suelta a sus deseos ocultos; la mayoría relacionados con la lujuria o la venganza. En cuestión de días, la gente abandonó sus responsabilidades, los lobos se quitaron la máscara de cordero y los verdaderos corderos perdieron el miedo a cazar lobos… y a otros corderos. Esa revelación cambió el mundo tal y como lo conocemos y echó al traste milenios de afinada civilización.
Pero lo que nadie tenía previsto era que en el último momento no pasara nada.
¿Y ahora qué?
La calle estaba despejada. Nora tenía hambre y sentía los músculos entumecidos. Había pasado lo peor; ahora, los que no se habían matado saltando de una terraza o por sobredosis de cualquier cosa, se encontraban en un estado de confusión que ella podía aprovechar.
Nora se aferró a la cámara de su tío como si se tratara de un fusil y salió a gatas de la montaña de basura hasta atrincherarse tras el coche abollado. “¡Mierda!”, exclamó al ver que el niño que lo había conducido aún seguía adentro, desnucado sobre el volante. Se había propuesto documentarlo todo, por duro que le pareciera, así que introdujo la cámara por la ventanilla y apretó el disparador casi sin pensar.
Nadie lo reclamaba, probablemente sus padres lo habían abandonado. En ese contexto, un niño muerto también podía considerarse un objeto solitario.
Nora apartó la mirada y tomó aire para tranquilizarse. De pronto, escuchó: “¿Qué he hecho, Dios mío?”. Alzó la vista y encontró a lo lejos un grupo de ancianos desnudos. Uno de ellos, no dejaba de clamar al cielo mientras se miraba las manos cubiertas de sangre. Ella lo reconoció de inmediato, se trataba del dueño de la ferretería de al lado de su casa, un hombre malhumorado al que creía incapaz de sentir nada más que apatía. Y allí estaba, llorando como un niño pequeño, rogando respuestas a un Dios al que parecía no haber tenido demasiado en cuenta durante las últimas horas. La imagen de un hipócrita del fin del mundo bien merecía una foto.
Le quedaban dieciséis disparos y aún tenía que recorrer tres manzanas para volver a casa. Nora se había propuesto encontrar a su padre y traerlo de vuelta, aunque sabía que lo más probable es que no le gustara lo que viera.
Durante los últimos días, una vez hubo perdido la esperanza, se había convertido en un hombre esquivo. A veces lo encontraba acurrucado en un rincón, llorando en silencio aferrado a una botella de whisky, en otras ocasiones se marchaba durante horas con uno de los grupos carpe diem de la zona a cometer toda clase de locuras antes de que fuera demasiado tarde.
Nora recorrió la calle contemplando los despojos de lo que estaba segura que con el tiempo se llamaría la Gran Resaca. Gente de todas las edades ahogada sobre su propio vómito, desconocidos tratando de recordar qué había pasado, niños alimentándose de desechos mientras reclamaban a gritos la atención de sus madres. Se había decidido a fotografiar el infierno en la Tierra y no podía permitirse derramar una sola lágrima.
Apuntó al cuerpo sin vida de un hombre abrazado a un perro y de pronto alguien la interrumpió agarrándola del brazo.
—¿Pero qué clase de sádica sacaría una foto de algo así? —la acusó un muchacho joven, de más o menos su edad.
—Soy periodista —mintió ella.
—Ahora ya nadie es nada, ¿es que no lo ves?
—Alguien tiene que dejar constancia de lo que ha pasado.
—¿Y qué ha pasado? ¿Es que acaso tú lo sabes?
—Sé lo que no ha ocurrido, y lo que está ocu…
—Como todos —le interrumpió.
El muchacho relajó su expresión y le ofreció una botella de agua. Nora se aseguró de que estuviera precintada y entonces se la bebió toda, sin tomar apenas aire para respirar.
—¡Vaya! Estabas sedienta.
—Gracias.
—No hay de qué. Los Hijos de la Nueva Era tenemos que ayudarnos entre nosotros.
Nora retrocedió un paso de forma refleja. Sospechaba que ese muchacho no había ido a su encuentro para regañarla y tampoco para ofrecerla un trago de forma desinteresada.
—Nuestro Pastor dice que los primeros en seguirle heredaremos el planeta. ¿Te imaginas? Estoy pensando en pedirle que me nombre presidente de una isla paradisiaca.
—A un presidente se le elige, no se le nombra a dedo —le corrigió, buscando con la mirada el mejor modo de escapar.
—Tienes razón, ¡entonces que me convierta en rey!
Nora comprobó que estaba rodeada de gente cargada de botellas de agua auxiliando a los desorientados. Estuvo a punto de tomar una instantánea, pero no quería arriesgarse a molestar a nadie. Para interpretar aquella imagen correctamente sería necesario un pie de foto explicativo. Cualquiera diría que tras un fin del mundo fallido en el que todos habían perdido la cordura, unos pocos la habían recuperado a tiempo para ayudar con su bondad a los descarriados…, pero ella intuía que lo que estaba presenciando tenía una finalidad mucho más oscura.
En cuestión de horas, el planeta entero se había convertido en un tablero de ajedrez vacío en el que los primeros en colocar correctamente sus piezas dominarían la partida. Países sin gobierno, líderes espirituales que habían perdido su credibilidad, estructuras familiares y sociales desestabilizadas… Aquél era un terreno fértil para los avispados con carisma que fueran capaces de reclutar a su propio ejército. Las primeras horas eran cruciales: toda esa gente confusa en busca de respuestas y perdón eran presa fácil de la charlatanería y las promesas de cualquier pirado con labia y visión de futuro.
¿Quién podía resistirse a un tipo que te aseguraba que si le seguías ciegamente te convertiría en rey en vez de devolverte a tu aburrido trabajo de oficina? ¿Quién diría que no a alguien que te ofrece la posibilidad de redimir todos tus pecados? La primera de otras muchas sectas había nacido: los Hijos de la Nueva Era.
—¿Puedo conocer a tu Pastor? —soltó Nora, casi sin pensarlo. Ya que no parecía sencillo escapar de allí, por lo menos le robaría un retrato a su oponente.
El muchacho no esperaba despertar su interés tan fácilmente. Le contestó con una sonrisa y una bolsa repleta de botellas de agua.
—Ayúdame a repartirlas. Cuantos más seamos, más sencillo será liderar el mundo.
Nora siguió al chico manteniendo siempre unos pasos de distancia. Si algo salía mal, quería disponer de espacio para reaccionar.
Camufló su cámara bajo la chaqueta y de vez en cuando, si algo le llamaba la atención, apretaba el disparador sin apenas apuntar.
La gente se arremolinaba en la calle para hacerse con una de las botellas mientras los supuestos voluntarios les repetían una y otra vez las mismas consignas: “No ha sido culpa vuestra”, “Se trataba de una situación excepcional”, “Todo el mundo comete errores”, “Uníos y sed perdonados”. Cuando alguien sospechaba de sus intenciones o rechazaba la botella, era automáticamente apartado del grupo para ser amordazado.
Nora reconoció en las colas a su antigua profesora de historia, que antes de abandonar su clase para siempre se encargó de comunicar a todos los alumnos lo mucho que les despreciaba. También encontró al cartero que se había dedicado a leer la correspondencia de todo el vecindario, al médico que no dejó de atender a sus pacientes hasta el último momento y a la madre de su mejor amiga, que lejos de tomar la vía fácil y suicidarse, como la suya, protegió a sus hijas de todos los peligros que se habían presentado durante los últimos días. Malas y buenas personas, o tal vez sólo personas confundidas y personas que fingían no estarlo.
Quedaban tres disparos y aún no había encontrado a su padre. Temía descubrirlo en una de esas colas, suplicando un poco de agua para curar su cuerpo descompuesto, o mucho peor: repartiendo las botellas a cambio de promesas vacías, creyéndose el futuro emperador de China. De cualquier modo, Nora estaba dispuesta a ayudarle a recuperarse.
—No te aseguro que puedas hablar con el Pastor —le dijo el muchacho—. Está muy liado. Lleva toda la mañana organizando expediciones para esparcir nuestro mensaje más allá de esta ciudad.
—Lo comprendo —le siguió la corriente Nora, sin quitar ojo a los dos grandullones que resguardaban la entrada de uno de los pocos edificios que conservaban todas las ventanas intactas.
—Tienes suerte de haber dado conmigo. He sido uno de los primeros en alistarme y por eso me trata de un modo especial. Probablemente acabe convirtiéndome en un hijo para él.
En ese instante, Nora se percató de que ese pobre chico en realidad no buscaba ser el rey de ningún sitio, que no le movía la codicia; tan sólo deseaba recuperar a su familia, volver a sentir que tenía un padre que velaba por él. Ella sintió asco por el autoproclamado Pastor. Se estaba aprovechando de la gente. ¿Qué clase de monstruo podría hacer algo así?
Recorrieron un larguísimo pasillo hasta que por fin encontraron una sala repleta de gente. Nora tomó otra foto. Quedaban dos disparos y los tenía reservados: el primero sería para el rostro del líder de esa secta, un retrato acusatorio con el que esperaba delatarle algún día, y el segundo lo guardaba para el instante en que se reencontrara con su padre, sin importar si estaba vivo o muerto.
El muchacho la tomó de la mano y se abrió paso entre el gentío. Algunos de los presentes discutían sobre qué hacer con los amordazados; unos proponían liberarlos lejos de la ciudad, otros asesinarlos para que no se convirtieran en un obstáculo. Finalmente, encontraron a un hombre corpulento sentado en un butacón. Nora aprovechó el momento y tomó la foto. Al instante, el hombre levantó la cabeza y ella sintió cómo se le retorcían las entrañas.
Su cámara contaría con un disparo de más.
Siempre había considerado a su padre un hombre honrado, pero ahora era el líder de esa maldita secta.
—¡Hija mía! —exclamó, levantándose para abrazarla.
Incapaz de reaccionar, Nora analizó el momento petrificada entre sus brazos. Rápidamente comprendió que aquél era el final de la historia que estaba documentando.
Miró a su cámara y apretó el disparador.
Su expresión inerte quedó impresa para la posteridad en una foto borrosa que años después, cuando todo había vuelto más o menos a la normalidad, dio la vuelta al mundo gracias al antiguo editor de su tío.
Y el pie de foto que Nora —ahora una periodista de verdad— escribió, decía así: “Si los científicos no vuelven a equivocarse, el final de todo lo que conocemos se parecerá más a una película de Truffaut que a un blockbuster de Hollywood. La muerte de nuestro universo transcurrirá a ritmo de vals y se dilatará durante miles de millones de años. De hecho, si nos detenemos a pensarlo fríamente: ya ha comenzado. Todos los astros del firmamento están separándose constantemente y llegará el día en que estarán tan lejos los unos de los otros que únicamente quedará silencio, frío y soledad.
Y los planetas serán objetos abandonados en un vacío cósmico perpetuo.”