siete días para pecar
DÍA 1. ¿Cómo llegar vivo al fin del mundo? Tenía siete días para conseguirlo. Siete días para consumir una vida a la que quizás le quedaran cincuenta años más. Cincuenta años en siete días, así de fácil. Era el 7 de abril de 2029 y acababan de confirmar que estábamos todos condenados. En siete días, la vida tal y como la conocíamos, se extinguiría de la faz de la Tierra. ¿Qué grandes planes tenía para mi última semana?
Ninguno. No pensaba hacer nada.
La prensa había estado elucubrando diversas teorías a lo largo de los últimos años sobre las pocas probabilidades de que el asteroide Apofis supusiera un peligro real para la Tierra. Hasta que había sido demasiado tarde. La NASA, así como otras agencias espaciales, habían confirmado que el impacto sería inevitable. Todos los intentos por desviarlo en el espacio habían sido un fracaso. La única esperanza recaía en que nuestro país, ubicado en la zona prevista del impacto, hiciera un intento desesperado por desplegar su obsoleto arsenal nuclear el último día. Las probabilidades de éxito eran muy escasas. En lugar de eliminar el problema, todas las simulaciones indican que lo dividirán, repartiendo su poder destructivo junto a los perjuicios de la radiación.
¿Sabéis una cosa? Me daba absolutamente igual. No es que fuera un insensible, pero tenía mis compromisos laborales, y pensaba ser fiel a mis principios hasta el final. Me daba igual que la raza humana fuera a dejar de existir. La falta de un futuro no implicaba dejar de hacer lo correcto. Todo el mundo estaba en un frenesí por aprovechar los pocos días que les quedaban, pero yo no. Llamadme soberbio, orgulloso, o el apelativo que queráis, pero tenía trabajo que hacer.
«La arrogancia es el arma que solo pueden esgrimir quienes están completamente convencidos de lo que piensan», medité haciendo una pequeña autocrítica.
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DÍA 2. Me acababan de llamar por una urgencia. Lo normal en mi trabajo. No es que fuera un médico. No, era lo que comúnmente se denomina un manitas. Me daba igual que fuera domingo, no iba a dejar tirada a la señora Lébedeva. La pobre tenía problemas con la domótica de su casa, y estoy seguro de que me pediría algún favor más. Me monté en mi bicicleta eléctrica para ir a su casa. La degradación había hecho acto de presencia: vehículos abandonados en mitad de la carretera, algunas tiendas saqueadas y muy poca gente por la calle, y eso que era domingo. ¿A dónde había ido todo el mundo?
La anciana no se había enterado de nada de todo esto del fin del mundo. Para ella su problema más acuciante era que su asistente virtual había dejado de funcionar; no podía encender la televisión usando la voz. Mientras trabajaba, noté en la nuca su mirada de desaprobación. Hacía años que me enorgullecía de llevar una larga melena rebelde, quizás fruto de los héroes que habían marcado mi infancia. El rezongueo de la señora Lébedeva, era la banda sonora para los reproches que más tarde haría sobre mi pelo.
Tras volver a vincular su cuenta, todo había quedado solucionado. Me quedé unos segundos mirando la vajilla de porcelana de la pared: platos dibujados con antiguas escenas de amoríos en posturas anatómicamente imposibles. Sonreí. Ahora, como siempre, tocaba el favor. Tenía la sensación de que a veces se inventaba esas asistencias y que su única necesidad real era la de compañía. No todo el mundo elige, como yo, estar solo.
Bajé al supermercado 24 horas cercano y me quedé angustiado por lo que vi. La gente entraba y salía llevándose todo lo que quería con total impunidad. Cogí una cesta para comprar lo que había escrito en la lista de mi fiel clienta. Pedí permiso para pasar a un hombre en bata y pijama que estaba llenando un carro con botellas de licor en mitad de un pasillo. «No tendrá días suficientes para beberse todo eso. Antes caerá en un coma etílico», pensé enarcando una ceja inconscientemente.
Justo cuando había localizado todas las verduras y hortalizas de la lista, oí gritos. Corrí hacia la salida donde me encontré con un grupo de encapuchados que, cuchillo en mano, estaban reclamando aquel local como de su propiedad. Salí sin pagar, y por algún motivo que desconozco, no pude evitar robar dos botellines de cerveza de importación que alguien había dejado tirados en el suelo.
«Esta historia, cuando se lo cuente, le servirá como sustituto a sus series en streaming a la señora Lébedeva», pensé.
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DÍA 5. No os podéis imaginar qué me ha pasado en los últimos tres días. Algunas cosas, de hecho, no sé si voy a ser capaz de explicarlas. En aquellos momentos me encontraba atado de manos en un sótano junto a otras tres personas. O debería decir una, ya que había dos cuerpos tendidos en un charco formado por su propia sangre. Hacía horas que no se movían. Una pareja de chicas bajaba una vez al día para traernos algo de comer, limpiar nuestros excrementos y torturarnos. No siempre en ese orden. ¿Qué cómo llegué aquí y no seguí con mi apacible vida hasta el viernes? No tengo ni idea. Salí a arreglar una caldera, y cuando me iba a montar en la bicicleta caí desvanecido.
Acababan de depositar un cuenco de madera en el suelo frente a mí. Miré de soslayo a la chica de mi derecha y me arrastré como un gusano, para comerme su dudoso contenido. Con la cabeza sumergida en el oscuro líquido ahogué un grito entre burbujas tras luxarme la muñeca. Me liberé. Justo cuando mi secuestradora pasaba a mi lado, le golpeé la cabeza con el cuenco de madera, sintiendo el sello de la astenia en mi embate. Le sorprendí más que hacerle daño. Estaba débil y hecho una piltrafa. Caí al suelo tras una patada frontal contra mi estómago. La chica gritaba mientras me maltrataba. Me incliné hasta su cara, como si le fuera a revelar mi última voluntad, pero en lugar de eso, mi boca chorreó con un oscuro líquido carmesí. Saboreé el gusto oxidado de la sangre, que hasta cierto punto agradecí frente a la basura que nos habían dado estos días para mantenernos temporalmente con vida. La joven retrocedió aullando de dolor por el mordisco y terminó tropezando con uno de los cuerpos inertes tendidos en el suelo. Cayó al suelo y se desnucó. Cada segundo, era vital. Corrí hacia la puerta, pero me detuve frente a la otra persona cautiva que aún seguía con vida. Miré en derredor buscando, en aquel anodino lugar, alguna herramienta que me pudiera ser útil. Abrí varios cajones del mueble cercano, tirando al suelo herramientas oxidadas, hasta que descubrí algo que podría serme útil. Totalmente nueva, una amoladora angular apareció en su caja original sin estrenar. La desempaqueté, cual niño con los regalos en navidad, y pulsé el botón para comprobar que la batería portátil contaba con energía. Me bastaba.
Me acerqué hasta la desconocida quien, asustada, comenzó a negar rápidamente agitando su apelmazado cabello que días atrás debía de haber sido de un rubio azucena.
—Tranquila, no es la primera vez que uso una de estas. No te haré daño —pronuncié con más confianza de la que realmente tenía. Una cosa era cortar metal, y otra era seccionar unas esposas sin llegar a la carne.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó cogiéndome por sorpresa. «¿Qué más daba eso en aquellas circunstancias?», pensé.
—Magnus, ¿y tú? —conseguí empatizar para, al menos, tenerla distraída.
No oí su nombre. La herramienta devoró el metal y tuve la suerte de parar en el momento justo sin cortarle la mano. Pese a mi agotamiento, mis dedos acostumbrados al trabajo manual consiguieron liberarla.
—Virdzhiniya. Llámame Vir, por favor y… gracias —pronunció tan sorprendida como yo. Sus ojos se movían como los de una gacela, rápidamente buscando nuevas amenazas.
Sin soltar la herramienta, nos dirigimos hacia la puerta de salida que nos llevaría hasta nuestra libertad. Aún quedaba otra secuestradora en aquella casa, y desconocíamos si había algún cómplice más. Abrimos la puerta con cautela y, sigilosos como hurones escapando de una granja, ascendimos por las escaleras. El sonido atronador de una guitarra eléctrica junto a un doble bombo, proveniente de una sala cercana, fue una evidencia de por qué nadie había socorrido a nuestra torturadora. La única forma de salir de aquella casa era pasando por delante del cuarto de donde salía aquella música. Nos armamos de valor, y continuamos. En aquellos momentos no tenía miedo. Algo mucho más oscuro y primigenio se apoderaba de mí. El fuego de la ira ardía con más fuerza que cualquier anhelo de libertad que me estimulara a salir corriendo. Antes de que pudiera decidirme, Vir entró bramando como una loca en la estancia. La seguí, y vi cómo se lanzaba sobre una pareja que estaba cocinando. A un hombre le apuñaló con un trozo de metal en el ojo, antes de que la empujara haciéndola caer al suelo. No escuchaba mis propios insultos cuando esgrimí mi herramienta de construcción, como si de un hacha vikinga se tratara. Aticé con la máquina de amolar en marcha el rostro de la mujer que había acabado con los otros prisioneros. La sangre formó una constelación rojiza en los blancos muebles de la cocina. El hombre, de rasgos europeos, me propinó un potente puñetazo que me hizo chocar pesadamente contra el frigorífico. Levanté los brazos en defensa propia, pero antes de que pudiera hacer nada más, comenzó a estrangularme. Mi visión se hizo borrosa como la vista ante una lectura que necesitaba de horas diurnas para no cerrarse ante Morfeo. Apenas podía hacer palanca contra los brazos de mi agresor. Justo antes de caer al suelo, vi cómo una flor nacía de la garganta del hombre. Vir, cuchillo deshuesador en mano, se agachó a socorrerme. Sonreí agradecido a la dama andante que me había rescatado.
«La violencia solo puede tener un final posible, y suele ser a partir de un acto aún más violento», cavilé basándome en cómo se habían resuelto los últimos acontecimientos.
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DÍA 6. Devoramos unos pirozhki que había en el interior de la ensangrentada nevera, dejando caer migas por doquier de esos riquísimos panecillos rellenos de carne. Recuperamos la cantidad desmesurada de blinis, que los propietarios de la casa estaban cocinando, y los engullimos añadiendo más capas de suciedad a nuestros rostros con los restos de chocolate, confitura y miel que habíamos rellenado aquel tipo de crepes. Comimos hasta que nuestros estómagos no pudieron más y el cansancio se hizo tan pesado que fue una puerta abierta al sueño.
Caímos rendidos en la amplia cama del segundo piso. Era la única en la vivienda, y una extraña evidencia de la posible relación que habrían tenido nuestros carceleros. Dormimos más horas de las que la prudencia dictaba. Habíamos atrancado la puerta de entrada y amontonado los cadáveres en aquel sótano, que nos perseguiría en las pocas pesadillas que aún nos podía dar tiempo a tener.
El jueves nos aprovisionamos y decidimos salir a la calle. Ninguno de los dos deseaba pasar ni un segundo más allí. Pedí a Vir que me acompañara. El mundo se había vuelto loco y, tras verla en acción, no se me ocurría mejor aliada. Ella debió de pensar algo parecido, porque asintió en silencio. Me quedé por unos segundos absorto contemplándola. Su pelo níveo destacaba como la espuma del mar en su bronceada piel de arena de playa. Cuando me dijo a qué se dedicaba, no me sorprendí. De ojos rápidos, sus potentes brazos eran prueba más que evidente de su talento como tenista profesional.
Encendí mi teléfono, encontrado al fin amontonado como exceso de un botín innecesario en el interior de la casa junto a las pertenencias del resto de desdichados. Aún me dolía la muñeca, pero pude comprobar cómo tenía cientos de mensajes sin leer y varias llamadas perdidas. Hice caso omiso de todo, y me centré en la aplicación de mapa, que nos indicó que nos encontrábamos a las afueras de Novosibirsk. Justo al otro extremo de la ciudad yacía mi casa.
Era un día nublado y hacía frío. Aún no había localizado ningún vehículo al que pertenecieran las llaves que había encontrado tiradas en el sofá.
—Quizás encontremos algún coche abandonado que podamos usar de…
—Un momento —me silenció Virdzhiniya llevándose un dedo a sus agrietados labios.
Me quedé escuchando en silencio mientras la contemplaba. Su pelo, limpio y peinado, parecía casi albino. El jersey que había robado le estaba grande y no hacía justicia al atlético cuerpo de la joven.
—¿Oyes eso? Viene de esa casa… —murmuró.
—Las personas solo pueden traernos problemas hoy en día.
—Vamos —ordenó más que sugirió. Le hice caso, no por falta de voluntad, sino porque realmente no tenía ninguna otra cosa que hacer. Con mis padres muertos hacía cinco años y distanciado de la familia, no tenía ningún otro propósito para aquellos últimos días.
Nos colamos por la puerta subrepticiamente. Se oía música y sonidos indescifrables.
—¿Hola? ¿Podemos entrar? —pregunté, demasiado tarde, sin obtener respuesta.
La lujosa vivienda de una sola planta estaba ricamente decorada. Una sombra se dibujó en el cristal opaco de la doble puerta del comedor. Apoyé la mano en el picaporte, y al abrir, mi compañera y yo nos quedamos asombrados por lo que encontramos en su interior.
Una masa serpenteante de cuerpos se movía, frotaba y saltaba entre sí. Eran personas que habían llevado el coito hasta límites insospechados. Sin ser muy consciente de cuándo había dado los pasos necesarios, me encontré en el interior de aquel libertinaje. Sentí una mano en mi trasero, y cuando me giré para sonreír a Vir, me encontré con un imponente joven de color que me mostraba su dentadura perfecta, totalmente desnudo. Por un segundo bailé en la cuerda floja de mi sexualidad, pensando un fugaz: «¿Por qué no? Total, ya qué más da…». Una mano tiró de mí, y no era la del portador de aquella sonrisa que podría desentrañar tantos misterios para mi virilidad. Vir me cogió de la mano y avanzamos abriéndonos paso entre aquella congregación carnal hasta que una joven pelirroja nos detuvo. Sin mediar palabra, pegó su cuerpo al de mi amiga, y con él sus labios. La tenista se dejó hacer sin soltar mi mano. Sin llegar a ser plenamente consciente de lo que estaba pasando, un cuerpo se pegó a mi espalda, y antes de que pudiera comprobar quién era la portadora de tan turgentes curvas, una nueva participante selló mis labios cegando mi visión. Eran ya tres las personas que habían tomado el control de mi cuerpo, pero la mano que me tenía cogido seguía apretándome con fuerza. No se separó de mí ni por un segundo en aquel onírico lugar. Nuestros brazos y cuerpos se agitaban y pasaron a formar parte de aquella masa cárnica que se había convertido en un único ser dedicado al goce.
«El tiempo se licua ante el desenfreno del placer», especulé.
Desconocíamos el tiempo que habíamos pasado en aquel lugar, tan lejano en hechos de aquel horrible sótano en el que nos habían secuestrado. Nuestros cuerpos se recuperaban abrazados sintiendo la calidez del otro en absoluta paz.
Hasta que estallaron los primeros disparos.
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DÍA 7. Los sádicos quizás no nazcan sádicos, pero determinadas situaciones les activan y se convierten en seres que disfrutan con el dolor ajeno. Conseguimos huir a duras penas de aquella casa de las tentaciones. Un pequeño grupo armado descendió de un vehículo y se abrió paso sembrándolo todo de cadáveres con sus AK-47. A costa de la protección fortuita de otros cuerpos pudimos salvar la vida. Escapamos desnudos de aquella casa, con la irónica suerte de encontrar en la parte trasera el coche aparcado, aún encendido, de aquellos locos. Lo robamos sin pensar, y con la calefacción a toda potencia, nos encaminamos hasta mi pequeño ático.
El trayecto no fue sencillo, pero conseguimos llegar sin incidentes. Las calles estaban destrozadas, y había cadáveres y gente errante por doquier. «Es increíble cómo las personas nos adelantamos a cualquier final para tener control de este», pensé mientras daba un rodeo para esquivar a un grupo que quemaba muebles en mitad de la calle. «La gente siempre ha justificado muchos actos incorrectos ante la premisa de que de algo hay que morir. El alcohol, tabaco, una mala alimentación… Todo ante excusas para tener el erróneo control sobre nuestra propia muerte», medité. Finalmente llegamos al portal de mi casa.
Aún desnudos, pedí a Vir que esperara un momento. Desmonté el timbre de mi vivienda, empleando la uña de mi pulgar a modo de improvisado destornillador. Retiré el mecanismo con sumo cuidado para no quitar los cables, y metí dos dedos en el hueco. Hice un movimiento sobreactuado, y cual prestigiador, mostré a mi amiga la reluciente llave de emergencia que acababa de rescatar de su escondite secreto.
Entramos a mi apartamento y su inmutabilidad me hizo olvidar por unos segundos aquella semana tan diferente de lo que era mi vida centrada en el trabajo.
Sonreí ante la visión de Vir con una camisa a cuadros mía anudada en la cintura para intentar ajustar su holgura. Decidió ponerse unos pantalones cortos, y sentí una mezcla de tristeza y rabia al ver las heridas y moratones de sus piernas. Yo no estaba mucho mejor, y aún me dolían las quemaduras con las que me habían torturado, así como mi autolesionada muñeca.
Sintonicé un directo de noticias en el móvil y comprobé que la cuenta atrás estaba llegando a su fin. El mundo pronto se acabaría.
—Ha llegado el fin de tu mundo —masculló mi amiga.
—¡Ja!, y del tuyo. Ven, vamos a verlo en primera fila —le dije con una afligida sonrisa al tiempo que le ofrecía una de las dos últimas cervezas. Recordé sonriente que aquellas dos botellas eran las que había robado en el supermercado en el encargo de la señora Lébedeva. «Espero que la pobre señora haya vivido en la ignorancia hasta el día de hoy», cavilé.
Subimos por la estrecha escalera de caracol hasta la terraza del ático. No había silencio ni tranquilidad en aquellos momentos dramáticos. El ruido de disparos distantes se acoplaba al ritmo incesante de las alarmas de la ciudad. Nos sentamos en unas hamacas y no fui consciente del frío que hacía, hasta que Vir apoyó su cabeza en mi hombro. Miramos hacia la desembocadura del río Obi para ser testigos de cómo se iba a extinguir la vida en la Tierra.
—Siento que no nos hayamos conocido antes —pronuncié aquellas palabras nacidas de la sinceridad de quien no tiene nada que perder, porque lo va a perder todo.
—Pues yo me alegro de que nos hayamos encontrado. Quizás no tengamos más futuro que unos minutos, pero habremos vivido al menos hasta este momento.
Me apretó su cálida y encallecida mano, y ambos nos sobresaltamos ante la primera explosión. Una onda expansiva se abrió en lontananza como una gota de líquido lavavajillas en una olla llena de grasa. Vimos ascender en el cielo el hilo de lo que debían ser misiles. Involuntariamente entrecerré los ojos ante la inminente luz cegadora. No se produjo. «¿Tan mal está nuestro arsenal nuclear?, ¿o es que habremos errado el blanco?», pensé.
Por fin, conocimos a Apofis: una desmesurada bola de fuego, precedida por una kilométrica cola que rasgó el cielo como un ejército invasor. En la lejanía, los árboles se aplastaron contra el suelo a su paso. No pude contener un suspiro. El tiempo pareció transcurrir a cámara lenta. Sin darnos cuenta, ambos saludamos a aquel destructor levantándole el dedo corazón en una peineta. Compartimos una risotada, en la que soltamos todo el aire de nuestros pulmones, sin oír nada cuando el estruendo del objeto al entrar en la atmósfera llegó hasta nosotros. Fue un grito a la vida, un último suspiro.
Todo acabó.
El asteroide se alejó de nuestro campo visual. Esperamos sin hacer nada la detonación final. Éramos fantasmas esperando en la ventana a que Dios nos diera el paso al más allá.
Los segundos se convirtieron en minutos. De pronto, un estallido nos sorprendió. Contemplamos el agorero cielo crepuscular y una palmera brillante degradaba sus colores hasta desaparecer. Pronto, otro fuego artificial reventó en el aire, hasta que el horizonte se convirtió en un espectáculo digno de la fiesta de fin de año. Contemplé mi móvil, y el periodista había dejado de rezar para beber a morro de forma descontrolada de una botella de champán.
Contemplé a Vir sin comprender del todo qué estaba pasando. Ella me hizo recuperar el foco. Me dio un beso que sabía a toda la esperanza del mundo y que me hizo querer ser mejor persona. Seguíamos vivos.
—¡Ahora sí tendremos tiempo para conocernos! —canturreó con una voz que podría haberse convertido en un himno que corear.
—Nada de sótanos —dije guiñándole un ojo.
—¡Nada!
Mecánicamente ojeé el móvil. Tenía varias llamadas perdidas y decenas de mensajes de mis clientes. Tras la destrucción que la humanidad se había causado a sí misma aquella semana, iba a tener mucho trabajo. Construcción, reconstrucción, reparaciones… era fácil confeccionar una lista.
—Los principios evolucionan —rumié en voz alta.
Inteligente, apagué el teléfono y me fundí en un abrazo con mi nueva prioridad. Habíamos tenido siete días para pecar y habíamos sobrevivido a ellos. Ya habría tiempo para el trabajo más adelante.
«No debería tenerse que acabar el mundo para cambiar uno mismo», pensé irónicamente.