País Relato - Autores

jack williamson

oh, estrella brillante

El señor Jason Peabody bajó del autobús. Tras inspirar aliviado el aire libre, empezó a recorrer Bannister Hill. Sus ojos preocupados vieron surgir la primera estrella en el cielo.
Aquello le hizo retroceder a los días olvidados de su infancia, a la magia de las palabras que había conocido. Susurró el cántico de poder:
Estrella brillante, brillante estrella,
la primera estrella que esta noche veo.
Ojalá pudiera, ojalá pudiera
cumplir el deseo que esta noche quiero.
El señor Peabody era un hombre bajito, anodino y calvo. Aunque caminaba erguido y desafiante, sus delgados hombros traicionaban aún la inclinación que habían cogido después de veinte años de trabajar encorvado sobre máquinas calculadoras y libros mayores. Su cara, normalmente dulce, tenía ahora una expresión lastimera y desesperada.
—Ojalá…
Con los ojos fijos en la estrella, lleno de esperanza, el señor Peabody dudó. Su mente volvió al doloroso paisaje doméstico del que acababa de escaparse. Una sonrisita amarga se asomó a su cara preocupada.
—¡Ojalá pudiera hacer milagros! —le dijo a la estrella.
La estrella empezó a titilar con un tono rojo y pícaro.
—Hay que hacer milagros para mantener una familia con el sueldo de un contable —añadió el señor Peabody—. Es decir, una familia como la mía.
La estrella parpadeó con un tono verde de promesa.
El señor Peabody aún debía más de trece mil dólares de la pequeña casa de estuco, situada a dos manzanas de distancia de la parada de autobuses de la línea que pasaba por la avenida Locust. Dentro de diez años, la casa sería suya. Esta tarde, Ella le estaba esperando en la puerta y le recibió con un beso húmedo.
Ella era la señora Peabody, una rubia escultural que medía unos pocos centímetros más que él, y tenía una voz notable. Su beso le hizo sentirse incómodo. Supo instantáneamente, después de veintidós años de experiencia, que aquello significaba que quería algo.
—Qué bien sienta volver a casa, querida. —Intentó comenzar una contraofensiva—. Las cosas no han ido bien hoy en la oficina. —Su suspiro de cansancio fue bastante real—. El viejo Berg ha reducido el número de empleados y ahora estamos haciendo el trabajo de dos hombres. No sé quién será el siguiente.
—Lo siento, querido. —Ella le volvió a besar, y su voz fue tierna y simpática—. Ve a lavarte ahora. Quiero cenar temprano, porque esta noche es la Liga Delfiana.
Su voz era demasiado dulce. El señor Peabody se preguntó qué quería. Siempre tardaba un buen rato en llegar a su punto. Cuando lo alcanzaba, era invencible. Hizo otro débil esfuerzo.
—No sé qué más puede pasar. —Se encogió de hombros cansinamente—. Berg está intentando reducir la paga. Con el seguro, los plazos de la casa y los chicos, no sé cómo vamos a poder vivir.
Ella Peabody volvió junto a él y le rodeó suavemente con un brazo. Olía levemente al perfume que había utilizado la noche anterior, no a cocina.
—Nos las arreglaremos, querido —dijo valientemente.
Empezó a hablar vivamente de los pequeños hechos del día. Mientras lo hacía, no interrumpió su labor en la cocina. Su voz llegaba con claridad, aunque hablaba a través de la puerta cerrada del baño.
Con una exagerada muestra de fatiga, el señor Peabody se acomodó en su sillón. Encontró el periódico de la mañana, que nunca tenía tiempo de leer hasta la noche, lo abrió y luego lo dejó caer sobre sus rodillas como si estuviera demasiado cansado para leer. Intentó débilmente cambiar de conversación y preguntó:
—¿Dónde están los chicos?
—William ha ido a ver al encargado por lo de su coche.
El señor Peabody olvidó su fatiga.
—Le dije a William que no podía tener coche —dijo, algo acalorado—. Le dije que es demasiado joven e irresponsable. Si insiste en comprar un montón de chatarra, tendrá que pagársela él. No me preguntes cómo.
—Y Beth —continuó la voz de la señora Peabody—, está en el salón de belleza. —Se acercó a la puerta de la cocina—. ¡Pero tengo una noticia sorprendente para ti, querido!
La alegría en su voz le hizo esperar lo peor. El temido momento había llegado. Desesperado, alzó el papel de sus rodillas y se sumergió en él.
—Sí, querida —dijo—. Mira, veo que el campeón va a tomar parte en esta competición australiana si…
—Querido, ¿me has oído? —La penetrante voz de la señora Peabody no podía ser ignorada—. Voy a leer un artículo esta noche en la Liga Delfiana sobre el Renacimiento Trascendental. ¿No es una oportunidad maravillosa?
El señor Peabody soltó el periódico. Estaba anonadado. La chispa líquida en la voz de ella era prueba suficiente de que su momento de victoria estaba al caer. Sin embargo, aún no conocía su propósito.
—Ella, querida —preguntó suavemente—, ¿qué sabes tú del Renacimiento Trascendental?
—No te preocupes por eso, querido. El joven de la biblioteca hizo la investigación y escribió el artículo por mí, y sólo por diez dólares. Pero es tan dulce por tu parte que quieras ayudarme… Hay una cosa que puedes hacer.
El señor Peabody se removió incómodo en el sillón. La trampa se cerraba y no podía ver ninguna escapatoria.
—Sabría que lo entenderías, querido. —Su voz tenía una vibración tierna—. Y sabes que no tengo nada decente que ponerme. Querido, he comprado el jersey azul que estaba en el escaparate del Famous. Costaba sesenta y nueve con ochenta, pero el encargado me lo dejó por sólo cuarenta y nueve con noventa y cinco.
—Lo siento muchísimo, querida —dijo lentamente el señor Peabody—. Pero me temo que, simplemente, no podemos permitírnoslo. Me temo que tendrás que devolverlo.
Los ojos de Ella se agrandaron y empezaron a brillar.
—¡Querido! —El arrullo de su voz se rompió—. Querido, tienes que comprender. No puedo leer mi artículo con esos harapos que llevo. Además, ya lo he adaptado a mi talla.
—Pero querida…, es que no tenemos dinero.
El señor Peabody volvió a coger su periódico, esta vez invertido. Tras veintidós años, sabía lo que vendría a continuación: una serie de llorosas llamadas a su amor, su orgullo y su deber. Luego seguiría una agonía de sentimientos, hasta que se rindiera.
Y no podía rendirse: ése era el problema. En veintidós años, su afecto por su mujer y sus hijos no había variado. Le habría dado el dinero alegremente. Pero tenía que pagar las facturas a la mañana siguiente.
Suspiró con un alivio momentáneo cuando un coche desconocido tocó el claxon. William Peabody entró por la puerta trasera, desgarbado e indolente.
William era un joven flaco y pecoso, con el pelo amarillo y unos prominentes dientes saltones. Curiosamente, a pesar de que continuadamente pedía dinero para comprar ropa, llevaba siempre la misma cazadora de cuero sucia y los mismos pantalones.
Todos los esfuerzos por enviarle a la universidad, a una escuela de televisión o a una academia de peluquería habían fracasado por la falta de cooperación de William.
—Hola, Gob —dijo mientras llenaba una pipa negra, propia de un intelectual—. Hola, mamá. ¿Está lista la cena?
—No me llames Gob —pidió mansamente el señor Peabody. Se levantó y se acercó a la ventana—. ¡William! —dijo con voz grave—. ¿De quién es ese coche rojo que hay aparcado ante la puerta?
William se dejó caer en el sillón que el señor Peabody acababa de dejar vacante.
—Oh, ¿el coche? —Exhaló una nube de humo azul—. Vaya, ¿no te lo ha dicho mamá, Gob? Acabo de recogerlo.
El cuerpecito del señor Peabody se enderezó.
—De modo que has comprado un coche. ¿Quién va a pagarlo?
William agitó la pipa descuidadamente.
—Son sólo veinte al mes. Y es un buen coche, Gob. Tiene sólo ciento veintiocho mil kilómetros, y lleva radio incorporada. Mami dijo que podrías permitirlo. Será mi regalo de cumpleaños, Gob.
—Tu cumpleaños no es hasta dentro de seis meses.
La voz de la señora Peabody, engolada y suave, flotó desde la cocina.
—Pero aún estarás pagándolo cuando sea su cumpleaños, Jason. Así que le dije a Bill que estaría bien. Un chico está tan mal visto hoy día si no tiene coche… Si quieres darme ahora el dinero para el traje…
El señor Peabody iba a empezar a replicar cuando se detuvo de repente. Su hija Beth entró por la puerta principal. Beth era su ojito derecho. Era una muchacha alta y delgada, con unos hermosos y suaves ojos marrones. Sus cabellos del color de la miel brillaban con rizos exquisitos.
Tal vez era natural que un padre sintiera fervor por su hija. Pero el señor Peabody no podía evitar contrastar su alegría con la pereza de William. Estaba estudiando empresariales para poder llevar los libros del doctor Rex Brant después de casarse.
—Hola, papá. —Se acercó a él y le rodeó con sus suaves brazos y le dio un apretón lleno de afecto—. ¿Qué te parece mi nueva permanente? Me la hice porque tengo una cita con Rex esta noche. No tenía dinero suficiente, así que dije que le pagaría los otros tres dólares a la señora Larkin antes de las siete. ¿Tienes tres dólares, papá?
—Llevas un peinado muy bonito, querida.
El señor Peabody palmeó el hombro de su hija y se llevó alegremente la mano al bolsillo. No le importaba darle dinero a Beth… cuando lo tenía. A menudo lamentaba no tener más para darle.
—Gracias, papá —susurró ella mientras le besaba la frente—. ¡Te quiero!
William volvió a coger su pipa y miró a su madre.
—Lo que hay que ver —se quejó—. Si fuera Beth la que quiere un coche…
—Te lo he dicho, hijo —declaró firmemente el señor Peabody—. No voy a pagar ese automóvil. Simplemente no tenemos dinero.
William se puso en pie lánguidamente.
—Una cosa, Gob. No querrás perder tu equipo de pesca, ¿no?
La cara del señor Peabody se estiró llena de ansiedad.
—¿Mi equipo de pesca?
En veintidós años, el señor Peabody no había encontrado tiempo y dinero suficientes más que para hacer tres excursiones de pesca. Sin embargo, aún se consideraba un ardiente pescador. A veces se había privado de su almuerzo, durante semanas, para poder ahorrar y comprar una caña, o un carrete o anzuelos especiales. A veces se pasaba las horas en el patio de atrás lanzando la caña a una marca en el suelo.
Intentando mirar a William, preguntó bruscamente:
—¿Qué pasa con mi equipo de pesca?
—Jason —interrumpió la suave voz de la señora Peabody—. No te alteres así. Sabes que no has usado ese viejo equipo durante los últimos diez años.
El señor Peabody, envarado, se dirigió a su hijo.
—William, ¿qué es lo que has hecho con él?
William estaba llenando su pipa otra vez.
—Tranquilo, Gob —advirtió—. Mamá dijo que estaría bien. Y tenía que conseguir pasta para pagar el primer plazo del coche. No te sulfures. Te daré los recibos.
—¡Bill! —La voz de Beth sonó aguda, llena de reproche—. ¡No te habrás…!
El señor Peabody emitió un gemido incoherente. Se encaminó a ciegas hacia la puerta principal.
—¡Jason! —La voz de Ella estaba llena de dulzura y razón—. Contrólate, Jason. No has cenado todavía y…
El señor Peabody cerró violentamente la puerta a sus espaldas.
No era la primera vez en veintidós años que el señor Peabody huía a la libertad de Bannister Hill. Ni siquiera era la primera vez que pedía un deseo a una estrella. Tenía una fe ciega en aquella superstición de su infancia y aún pensaba que era una idea muy agradable.
Un instante después de murmurar las palabras, vio la estrella errante. Era un brillante punto de luz que surcaba hacia arriba el anochecer púrpura. No era blanca, como la mayoría de las estrellas fugaces, sino verde pálida.
Recordó otra vieja creencia, muy parecida a la primera. Si se ve una estrella fugaz y se formula un deseo antes de que la estrella desaparezca, el deseo se vuelve realidad. Ansiosamente, tomó aliento.
—¡Desearía poder hacer milagros! —repitió.
Acabó las palabras a tiempo. La estrella aún brillaba. De repente, se dio cuenta que su verde resplandor aumentaba.
¡Aumentaba! ¡Y explotaba!
Entonces, bruscamente, la vaga satisfacción del señor Peabody se convirtió en pánico. Advirtió que un fragmento del meteoro verde, como una bala celestial, venía derecho hacia él. Hizo un frenético esfuerzo por apartarse, por protegerse la cara con las manos…
El señor Peabody se despertó. Estaba tumbado de espaldas en la colina. Gimió y alzó la cabeza. La luna había salido. Sus rayos rielaban en la hierba.
El señor Peabody se sintió envarado y aterido. Tenía las ropas húmedas por el rocío. Y le pasaba algo en la cabeza. En la base de su cerebro, muy adentro, sentía un dolor extraño. No era intenso, pero tenía una pulsación lenta y desagradable.
Se palpó la frente y notó una franja de sangre seca y luego el borde de una pequeña herida.
Dio un gritito y se llevó la mano a la nuca. Pero no tenía sangre en el pelo. El dolor parecía estar cerca de donde había puesto la mano, pero no había ninguna herida en la superficie.
—¡Santo Dios! —susurró el señor Peabody—. ¡Se ha metido en mi cerebro!
La evidencia era bastante clara. Había visto al meteoro dirigirse directamente hacia él. Había un agujerito en su frente, por donde tendría que haber entrado. No había ninguno por donde pudiera haber salido.
¿Por qué no lo había matado? Tal vez porque el calor había cauterizado la herida. Recordó haber leído una de esas historias increíbles acerca de un hombre que había vivido muchos años con una bala en el cerebro.
¡Un meteoro alojado en su cerebro! La idea le hizo temblar. Ella y él habían tenido sus más y sus menos, pero su vida había sido bastante corriente. Podía imaginar que le disparaba un atracador o le atropellaba un taxi. Pero esto…
—Será mejor que vaya a ver al doctor Brant —susurró.
Se tocó la frente llena de sangre y esperó que la herida se curara. Cuando intentó levantarse, sintió un desmayo. La sed le quemó la garganta.
—¡Agua! —jadeó.
Mientras se echaba hacia atrás y se apoyaba en los codos, la sed dibujó en su mente la imagen de un brillante vaso de agua. Éste apareció sobre una roca plana, brillando a la luz de la luna. Parecía tan tangible que alargó la mano y lo cogió.
Bebió sin sorprenderse. Unos pocos sorbos aliviaron su sed y su mente volvió a aclararse. Entonces, la súbita comprensión de lo increíble le hizo temblar de pánico.
El vaso cayó de su mano y se hizo añicos en la roca. Los fragmentos brillaron burlonamente bajo la luz de la luna. El señor Peabody parpadeó.
—¡Era real! —susurró—. ¡Lo hice real! ¡Lo saqué de la nada! Un milagro… ¡He realizado un milagro!
La palabra era extrañamente confortable. En realidad, no sabía mucho más que antes de tener la palabra con que definirlo. Sin embargo, gran parte de aquella turbadora extrañeza desapareció.
Recordó una película que había escrito aquel inglés, H. G. Wells. Trataba de un hombre que podía realizar los milagros más sorprendentes. El señor Peabody recordó que terminó destruyendo el mundo.
—No quiero nada parecido —susurró un poco alarmado, y luego se dispuso a comprobar su don.
Primero intentó levantar mentalmente la roca sobre la que había aparecido el vaso milagroso.
—¡Arriba! —ordenó bruscamente—. ¡Arriba!
La roca, sin embargo, se negó a moverse. Intentó forjar una imagen mental de la roca levantándose. De repente, donde había intentado imaginarla, apareció otra roca aparentemente idéntica.
La piedra milagrosa cayó instantáneamente contra su gemela y se rompió. Los fragmentos golpearon al señor Peabody en la cara. Comprendió que su don, fuera cual fuese su naturaleza, era potencialmente peligroso.
—Lo que he conseguido, es diferente de lo que tenía el hombre de la película —se dijo—. Puedo hacer cosas. Al menos cosas pequeñas. Pero no puedo moverlas. —Se sentó sobre la hierba mojada—. ¿Puedo… puedo deshacerlas?
Fijó los ojos en los fragmentos del vaso roto.
—¡Vete! —ordenó—. ¡Vete…, desaparece!
Los fragmentos brillaron a la luz de la luna, inmutables.
—No —concluyó el señor Peabody—. No puedo deshacer cosas.
Aquello, en cierto sentido, era una lástima.
Tomó nota mentalmente de otra precaución. Tenía que evitar todo tipo de animales grandes y criaturas peligrosas. Se dio cuenta, de repente, que tiritaba. Se frotó las manos contra el cuerpo y deseó una taza de café.
—Bien… ¿y por qué no? —Intentó forzar la voz contra la aprensión que le dominaba—. ¡Quiero una taza de café!
No pasó nada.
—¡Vamos! —gritó—. ¡Café!
Siguió sin pasar nada. Y la duda regresó. Probablemente estaba atontado por el meteoro. Pero las alucinaciones parecían tan completamente reales… Aquel vaso de agua, brillando sobre la roca…
¡Y allí estaba otra vez!
O al menos otro igual. Tocó el vaso, inseguro, y tomó un sorbo de agua helada. Era real. El señor Peabody sacudió la cabeza calva y dolorida. Resopló.
—El agua es fácil —murmuró—. Pero ¿cómo conseguir café?
Dejó que su mente creara la imagen de una gran taza blanca, junto con su plato, humeando sobre la roca. La imagen tembló extraña, medio real.
Hizo un esfuerzo. Notaba una especie de rumor en su cabeza, más allá del latido doloroso. Y de repente la taza se hizo real.
La levantó con dedos espantados y temblorosos. El café hirviente sabía igual que el que Ella compraba, el más barato, cada vez que tenía problemas con el presupuesto. Pero era café.
Ahora sabía cómo crear la leche y el azúcar. Simplemente creó una imagen de la jarra y los tres terrones e hizo aquel esfuerzo especial… y allí aparecieron. Momentáneamente, se sintió débil, con una fatiga desconocida.
Hizo una cucharilla y movió el café. Estaba aprendiendo a usar su don. No había diferencia en lo que dijera. Sólo tenía poder para realizar las cosas que dibujara en su mente. Requería un esfuerzo especial, y el acto venía acompañado de aquel poderoso y distante rumor en sus oídos.
Los objetos milagrosos, además, tenían todas las imperfecciones de sus imágenes mentales. Había un agujero irregular en el plato, donde no había completado su imagen.
El señor Peabody, sin embargo, no reflexionó demasiado sobre los detalles de su don. Tal vez el doctor Brant podría explicarlo: era un cirujano joven y brillante. El señor Peabody se concentró en sus preocupaciones más inmediatas.
Estaba tiritando de frío. Decidió no encender un fuego milagroso y se dispuso a crearse un abrigo. Esto resultó más difícil de lo que había supuesto. Fue necesario dibujar mentalmente las fibras de lana, los detalles de los botones y los ojales, la forma de cada una de las piezas y las costuras.
El proceso de materializarlo, además, resultó muy agotador. Pronto empezó a tambalearse, preso de un extraño cansancio. El dolor en la base de su cerebro latió más rápidamente. Una vez más, sintió el rumor, como un Niágara de poder sobrenatural.
Sin embargo, el abrigo quedó terminado finalmente. Al intentar ponérselo, el señor Peabody descubrió que le sentaba muy mal. Los hombros eran grotescamente anchos. Lo que era peor, había hecho que las mangas estuvieran pegadas.
Cansado, se lo puso sobre los hombros como si fuera una capa. Estaba seguro de que con un poco de cuidado y práctica, podría hacerlo mejor. Sería capaz de hacer todo lo que quisiera.
Sintiendo una cansada satisfacción, el señor Peabody regresó por Bannister Hill. Ahora podía regresar triunfante y en paz a casa. Su cuerpo helado anticipaba las comodidades de su casa y de su cama. Imaginó la alegría que sentiría Ella, William y Beth cuando se enteraran de su don.
Tiró el abrigo a un contenedor de basura y subió al autobús. Al buscar dinero suelto para pagar la tarifa de veinte centavos, sólo encontró una moneda de diez. Una réplica milagrosa resolvió el problema. Se relajó en su asiento con un suspiro de silenciosa satisfacción.
Su hijo, William, fue la primera persona a quien intentó revelar su extraño don. William estaba tumbado en el sillón más cómodo. Se despertó con un sobresalto. Sus ojos se volvieron vidriosos. Al ver al señor Peabody, sonrió lleno de alivio.
—Hola, Gob —saludó—. ¿Se te pasó el berrinche?
La consciencia de su don confería al señor Peabody una nueva autoridad.
—No me llames Gob. —Su voz era más fuerte que de ordinario—. No tenía un berrinche. —Sintió una repentina aprensión—. ¿Qué te ha pasado, William?
—Un tipo chocó conmigo —rezongó el muchacho—. Un idiota con un Buick nuevo. Dice que yo iba en dirección contraria. Llamó a los polis y tuve que volver en autobús. Supongo que te demandarán por los daños, Gob. A menos que quieras pagar la factura. El chapista dijo que la factura serían unos novecientos… ¿Tienes tabaco, Gob?
La vieja furia fruto de la indefensión hirvió en el interior del señor Peabody. Empezó a temblar y crispó los puños. Un instante después, sin embargo, la consciencia de su nuevo poder le permitió sonreír. A partir de ahora las cosas iban a ser diferentes.
—William —dijo gravemente—. Me gustaría ver un poco más de respeto en tus modales en el futuro. —Se estaba preparando para llegar a la dramática revelación de su don—. El coche era tuyo y el accidente también. Arréglalo como quieras.
William hizo un gesto descuidado con su pipa.
—Te equivocas, como de costumbre, Gob. Verás, no quisieron venderme el coche. Tuve que hacer que mamá firmara los papeles. Así que no puedes desentenderte de esto tan fácilmente. Eres el responsable. ¿Tienes tabaco?
Una segunda oleada de furia sacudió al señor Peabody de arriba a abajo. Sin embargo, una vez más, la consciencia de su don vino a rescatarle. Decidió hacer un milagro de duplicación. Eso pondría a William en su sitio.
—Aquí tienes tu tabaco. —Hizo un gesto hacia el centro vacío de la mesa de la biblioteca—. ¡Mira! —Se concentró en la imagen mental de la cajetilla de hojalata roja—. ¡Presto!
La escasa curiosidad que William sentía se convirtió rápidamente en simulada sorpresa. Estiró perezosamente la mano hacia la cajetilla.
—Muy bueno, Gob —rezongó—. Pero aquel mago del Palace hizo el mismo truco el año pasado con más rapidez y con más habilidad. —Alzó la vista de la cajetilla abierta con un reproche triunfante—. Vacía, Gob. Qué truco más malo.
—Lo olvidé. —El señor Peabody se mordió el labio—. Encontrarás una cajetilla medio llena en mi cajón.
Mientras William salía de la habitación, el señor Peabody se dedicó a un proyecto más importante. Con la excitación general que le invadía, no se había puesto a considerar la limitación que las leyes imponían a sus actos de creación, milagros o lo que fueran.
Vació de su flaca cartera lo que quedaba de la paga de la semana. Seleccionó un flamante billete de diez dólares y se concentró en él. Su primera copia salió con el reverso en blanco. La segunda apareció borrosa por los dos lados. Después, sin embargo, consiguió cogerle el truco.
Cuando William volvió arrastrando los pies y encendiendo la pipa, había un pequeño montón de dinero milagroso sobre la mesa. El señor Peabody se recostó en su sillón y cerró los ojos. El dolor punzante disminuyó de nuevo, y el rumor del poder fue apagándose.
—Toma, William —dijo con cansado triunfo—. Dijiste que necesitabas novecientos dólares para pagar el accidente.
Contó los billetes mientras William le miraba con la boca abierta y los ojos brillantes.
—¿Qué es esto, Gob? —jadeó. Había una nota de alarma en su voz—. ¿Dónde has estado esta noche, Gob? ¿El viejo Berg dejó abierta la caja fuerte?
—Si quieres el dinero, cógelo —dijo el señor Peabody bruscamente—. Y cuida lo que dices, hijo.
William recogió los billetes. Los contempló con incredulidad durante unos instantes, y luego se los metió en el bolsillo y salió corriendo de la casa.
Con la mente nublada por la fatiga, el señor Peabody se relajó en el sillón. Una profunda satisfacción le invadía. Esta vez, la utilización de su don no había salido mal. Sobraba suficiente dinero milagroso para poder darle a Ella los cincuenta dólares que quería. Y podría hacer más, sin límite.
Una mosca vino volando y se colocó bajo la lámpara. Al verla deambular sobre una caja de bombones que había sobre la mesa y por encima de la imagen de una cereza, el señor Peabody decidió hacer otro experimento. ¡Tras un simple instante de esfuerzo creó otra mosca!
Sólo había salido mal una cosa con el insecto milagroso. Por lo que podía ver, era exactamente igual al original. Pero, cuando alargó la mano hacia ella, la mosca no se movió. No tenía vida.
¿Por qué? El señor Peabody se quedó ligeramente asombrado. ¿Le faltaba algún truco imprescindible para crear vida, o aquello era algo completamente fuera del alcance de su poder, algo misteriosamente prohibido?
Se dedicó a experimentar. El problema continuó sin resolverse, aunque la mesa quedó llena de moscas sin vida y las formas inertes de una cucaracha, una rana, un gorrión. Entonces oyó ruido en la puerta principal.
La señora Peabody entró. Llevaba puesto el vestido azul nuevo. Las líneas lisas parecían dar una nueva juventud a su amplia figura, y el señor Peabody pensó que parecía casi hermosa.
Ella estaba aún enfadada. Correspondió a su saludo con un envarado movimiento de cabeza y se dirigió a la escalera, ignorándole. El señor Peabody la siguió ansiosamente.
—¿Ése es tu vestido nuevo, Ella? Te sienta muy bien.
—Gracias, Jason. —Su voz era fría—. No pude pagarle al muchacho porque no tenía dinero. Fue una situación muy embarazosa. Se marchó cuando le prometí que iría por la mañana a la tienda para pagarle.
El señor Peabody sacó diez billetes milagrosos.
—Aquí tienes, querida —dijo—. Y cincuenta más.
Ella se quedó mirándole con la boca abierta.
El señor Peabody le sonrió.
—De ahora en adelante, querida —le prometió—, las cosas van a ser muy distintas. Ahora podré darte todo lo que siempre te has merecido.
La alarma y la sorpresa tensaron la cara de Ella Peabody.
—¿Qué estás diciendo, Jason? —preguntó mientras se acercaba a él.
Vio las moscas sin vida que había creado, y luego emitió un gritito de desagrado y dio un paso atrás, apartándose de la cucaracha, la rana y el gorrión.
—¿Qué son estas cosas? —Su voz era un chillido—. ¿Qué estás haciendo?
Un latido de angustia golpeó el corazón del señor Peabody. Se dio cuenta de que a las otras personas les iba a resultar difícil comprender su don. Probablemente, lo mejor sería hacer una cándida demostración.
—Observa, Ella. Te lo enseñaré.
Se dirigió a las revistas que había en el otro extremo de la mesa. Había descubierto que era difícil materializar bien las cosas confiando sólo en la memoria. Necesitaba un modelo.
—Esto es. —Encontró un anuncio que mostraba un brazalete de platino engarzado de diamante—. ¿Te gustaría tener esto, querida?
La señora Peabody se apartó de él, pálida.
—Jason, ¿estás loco? —Su voz era rápida y turbada—. Sabes que apenas puedes pagar las pocas cosas que necesitamos. Y ahora esto… dinero… diamantes. ¡No te comprendo!
El señor Peabody dejó la revista sobre sus rodillas. Mientras intentaba cerrar los oídos a la penetrante voz de Ella, empezó a concentrarse en la joya. Resultó más difícil que el dinero. La cabeza le resonaba de dolor. Pero completó aquel esfuerzo final y lo consiguió.
—Bien, ¿te gusta, querida?
Le tendió el brazalete. El platino, blanco y resplandeciente, tenía un peso satisfactorio. Los diamantes brillaban con fulgor genuino. Pero ella no hizo ningún ademán para cogerlo.
—Jason, ¿de dónde has sacado ese brazalete?
—Yo… lo he hecho. —Su voz era suave y tímida—. Es… milagroso.
La expresión de ella hizo que su argumento pareciera muy débil, incluso para el propio señor Peabody.
—¿Milagroso? ¡Mentira! —Ella olfateó el aire—. ¡Jason, creo que estás borracho! —Avanzó de nuevo hacia él—. Ahora quiero saber la verdad. ¿Qué has hecho? ¿Has estado… robando?
Ella le arrancó el brazalete de las manos y lo agitó amenazadoramente ante él.
—¿De dónde has sacado esto?
Al mirar intranquilamente a su alrededor, el señor Peabody vio que la puerta de la cocina se abría muy despacio. William se asomó con mucha cautela. Estaba pálido y las manos le temblaban. En ellas tenía un largo cuchillo de cocina.
—¡Mamá! —exclamó con un ronquido—. ¡Mamá, ten cuidado! El Gob está actuando de manera muy extraña. Intentó hacerme algunos trucos de magia, y luego me dio un montón de billetes falsificados.
Sus ojos ligeramente saltones captaron el resplandor del brazalete y se sorprendió.
—Cosa fina, ¿eh? —Su voz se hizo más dura por la indignación—. Gob, ¿te acuerdas de cuando ésta era una familia respetable y decente? ¡Pasando dinero falso! ¿Cómo has podido?
—¿Falso? —La palabra salió de la garganta reseca del señor Peabody como un áspero susurro—. ¿Qué quieres decir con… falso?
—El chiste del inocente, ¿eh? —replicó William—. Bien, Gob, déjame explicártelo. El dinero falso es ilegal. Pensé que el montón que me diste tenía un aspecto extraño. Así que fui a ver a un tipo en la sala de apuestas que está acostumbrado a manejarlo. Un ciego podría darse cuenta. No vale ni el níquel con que está hecho un dólar. ¡Dice que es un pasaporte seguro para que te caigan quince años!
Los acontecimientos habían tomado un giro que el señor Peabody no esperaba. Un instante de reflexión le dijo que, al no haber distinguido la pieza de valor del valor en sí, ya era culpable.
—Ilegal…
Miró atontado las caras tensas y suspicaces de su mujer e hijo. Un escalofrío de frustración le invadía. Reunió fuerzas para combatirlo.
—Yo no… no pensé —tartamudeó—. Tendremos que quemar también el dinero que te di, Ella.
Se secó el sudor de la frente y contuvo la respiración.
—Pero, mirad —dijo en voz alta—. Aún tengo el don. Puedo hacer cualquier cosa que quiera… puedo sacarlo de la nada. Os lo enseñaré. Os haré… os haré un lingote de oro.
Su esposa retrocedió, con la cara blanca y estirada por el miedo. William hizo un gesto de amenaza con el cuchillo y le observó con recelo.
—De acuerdo, Gob. Haz tu numerito.
No podía haber ningún crimen en fabricar oro auténtico. Pero el proyecto resultó ser más difícil de lo que el señor Peabody había supuesto. Los primeros contornos del lingote empezaron a desvanecerse y se sintió mareado y enfermo.
El latido de dolor constante llenaba toda su cabeza, más fuerte que nunca. El rumor del poder invisible se convirtió en un huracán que borraba toda su consciencia. Desesperado, se agarró al respaldo de una silla.
El enorme lingote amarillo brilló de verdad bajo la lámpara. Secándose mansamente el sudor de la cara, el señor Peabody hizo un gesto de cansado triunfo y se sentó.
—¿Qué pasa, querido? —preguntó su esposa ansiosamente—. Pareces tan blanco y cansado. ¿Estás enfermo?
Las manos de William se cebaron rápidamente sobre el lingote dorado. Alzó con esfuerzo un extremo y lo dejó caer. El lingote dio un golpe sólido.
—¡Cielos, Gob! —susurró William—. ¡Es oro! —Sus ojos se abrieron como platos y luego se empequeñecieron con recelo—. Será mejor que dejes de intentar engañarnos, Gob. Has forzado una caja fuerte esta noche.
—Pero lo he hecho. —El señor Peabody se levantó en una ansiosa protesta—. Me visteis.
Ella le cogió por un brazo y le obligó a sentarse.
—Lo sabemos, Jason —dijo suavemente—. Pero pareces tan cansado…, será mejor que te vayas a la cama. Te sentirás mejor por la mañana.
William rascó el lingote de oro con su navaja y exclamó:
—¡Eh, mamá! Mira…
La señora Peabody se llevó un dedo a los labios e hizo un ademán significativo para hacer callar a su hijo. Ayudó al señor Peabody a subir la escalera, le llevó a la puerta de su dormitorio y luego regresó corriendo junto a William.
El señor Peabody se desnudó cansinamente y se puso el pijama. Con un suspiro, se metió bajo las sábanas y cerró los ojos.
Naturalmente que había cometido unos cuantos errores al principio, pero ahora estaba seguro de que todo saldría bien. Con un poquito más de práctica, podría darles a su mujer y a sus hijos todo lo que se merecían.
—¿Papaíto?
El señor Peabody abrió los ojos y vio que Beth estaba de pie ante su cama. Sus ojos marrones parecían anchos y extraños, y su voz sonaba ansiosa.
—Papaíto, ¿qué cosa espantosa te ha sucedido?
El señor Peabody estiró la mano bajo la sábana y tomó la de ella. La notó tensa y fría.
—Una cosa maravillosa, Bee, querida. No tiene nada de espantosa. Simplemente tengo un don milagroso. Puedo crear cosas. Quiero hacer algo por ti. ¿Qué te gustaría, Bee? ¿Tal vez un collar de perlas?
—¡Papá…!
Su voz estaba ahogada por la preocupación. Se sentó a su lado en la cama y observó ansiosamente su cara. Su mano fría temblaba en la suya.
—Papá, ¿estás… enfermo?
El señor Peabody sintió un temblor de aprensión incontrolable.
—Naturalmente que no, hija. ¿Por qué?
—Mamá y Bill me han estado diciendo cosas terribles —susurró ella, mirándole—. Dicen que estabas jugando con moscas muertas y una cucaracha, y que decías que podías obrar milagros, y que les diste dinero falso, y una joya robada y un lingote de oro falso…
—¿Falso? —jadeó él—. No; era oro de verdad.
Beth sacudió la cabeza.
—Bill me lo enseñó —susurró—. Parece oro por fuera. Pero al rascarlo sólo es plomo.
El señor Peabody se sintió enfermo. No pudo contener las lágrimas de frustración que anegaban sus ojos.
—Lo intenté —gimió—. No sé por qué todo sale mal. —Inspiró con determinación y se sentó en la cama—. Pero puedo hacer oro…, oro auténtico. Te lo demostraré.
—¡Papá! —La voz de Beth era baja, seca y sin aliento—. Papá, estás enfermo. —Se llevó las manos a la cara, temblando—. Mamá y Bill tenían razón. Pero la policía… ¡oh, no puedo soportarlo!
—¿La policía? —El señor Peabody saltó de la cama—. ¿Qué pasa con la policía?
La chica retrocedió lentamente, mirándole con una expresión sombría y temerosa.
—Mamá y Bill les telefonearon. Creen que estás loco, y además mezclaron algunos crímenes horribles. Te tienen miedo.
Retorciendo las manos, el señor Peabody se acercó temeroso a la ventana. Tenía un miedo instintivo a la ley, y sus amplias lecturas de historias de detectives le habían transmitido el horror por el interrogatorio de tercer grado.
—¡No pueden detenerme! —exclamó roncamente—. No creerán lo de mi don. Nadie lo hace. Me encarcelarán por lo del dinero falso, y el lingote de oro y el brazalete. ¡Me encerrarán! —Tembló convulsivamente—. ¡Bee, tengo que irme!
—Papá, no puedes. —Ella le agarró por el brazo, protestando—. Te cogerán al final. Escapar sólo hará que crean que eres culpable.
Él apartó su mano.
—Te digo que tengo que marcharme. No sé adónde. Si tan sólo hubiera alguien que pudiera entender…
—¡Papá, escucha! —Palmeó Beth, y él dio un respingo ante el sonido—. Tienes que ir a ver a Rex. Él puede ayudarte. ¿Irás, papá?
Tras un instante, el señor Peabody asintió.
—Es médico. Puede que comprenda.
—Le llamaré por teléfono para que te espere. Vístete.
El señor Peabody se estaba poniendo los zapatos cuando ella regresó corriendo a la habitación.
—Hay dos policías abajo —susurró—. Rex dice que te esperará. Pero ahora no puedes salir…
Se calló llena de sorpresa cuando una cuerda apareció mágicamente sobre la alfombra. El señor Peabody anudó rápidamente un extremo a una pata de la cama y arrojó el otro por la ventana.
—Adiós, Bee —jadeó—. El doctor Rex ya te llamará.
Ella se giró rápidamente hacia la puerta, pues habían empezado a llamar autoritariamente al otro lado. La notable voz de la señora Peabody atravesó la hoja.
—¡Jason! Abre la puerta inmediatamente. ¡J-a-s-o-n!
El señor Peabody estaba aún a varios metros del suelo cuando la cuerda mágica se rompió inesperadamente. Se levantó como pudo y vio el sedán negro de la policía aparcado delante de la casa.
Recorrió la ciudad, huyendo y temblando por el miedo y el esfuerzo, y encontró abierta la puerta del modesto apartamento de dos habitaciones del doctor Brant. El joven soltó el libro que estaba leyendo, y se levantó, sonriendo, para saludarle.
—Me alegra verle, señor Peabody. ¿No quiere sentarse y contarme lo que le pasa?
Sin aliento, el señor Peabody se apoyó contra la puerta cerrada. Pensó que Brant se comportaba con demasiada amabilidad, y que a la vez estaba en guardia. Comprendió que tenía que moverse con mucha cautela para no meterse en un lío aún mayor del que acababa de escapar.
—Beth probablemente le previno para que esperase a un lunático —empezó a decir—. Pero no estoy loco, doctor. Todavía no. Sucede simplemente que he adquirido un don único. La gente no quiere creer que existe. Recelan de mí.
A pesar de sus esfuerzos por parecer seguro y confiado, su voz temblaba llena de amargura.
—¡Y ahora mi propia familia ha lanzado a la policía contra mí!
—Sí, señor Peabody. —La voz del doctor Brant era muy tranquilizadora—. Siéntese, ¿quiere? Póngase cómodo. Y cuéntemelo todo.
Tras echar el cerrojo a la puerta, el señor Peabody se permitió hundirse cansinamente en el cómodo sillón del doctor Brant. Miró al médico a los ojos.
—No tenía ninguna intención de hacer nada malo. —Su voz aún tenía un tono de protesta—. No soy culpable de ningún crimen deliberado. Sólo intentaba ayudar a las personas que amo.
—Lo sé —le tranquilizó el doctor.
La alarma hizo que el señor Peabody se enderezase. Se dio cuenta de que los modales profesionales de Brant tenían por fin calmar a un loco peligroso. Las palabras no le servirían de nada.
—Beth debe de haberle dicho lo que piensan —dijo desesperadamente—. No quisieron creerlo, pero puedo crear cosas. Déjeme demostrárselo.
Brant le sonrió, amablemente y sin un escepticismo evidente.
—Muy bien, adelante.
—Le haré una pecera.
Miró una pequeña estantería, que estaba abarrotada con las pipas y las revistas médicas del doctor y se concentró en aquel esfuerzo peculiar. El dolor y el rumor pasaron y la pecera se hizo real. Miró interrogante la suave cara de Brant.
—Muy bien, señor Peabody. ¿Puede poner peces dentro?
—No. —El señor Peabody se apretó la cabeza con las manos—. Parece que no puedo crear nada vivo. Ésa es una de las limitaciones que he descubierto.
—¿Eh?
Los ojos de Brant se ensancharon un poco. Se acercó lentamente al pequeño recipiente de cristal, lo tocó con curiosidad y metió un dedo en el agua. Abrió la boca.
—Bien —repitió la palabra con énfasis creciente—. ¡Bien, bien, bien!
Sus ojos grises se clavaron en el señor Peabody.
—¿Está siendo sincero conmigo? ¿Me da su palabra de que no hay ningún truco? ¿Materializó este objeto sólo con un esfuerzo mental?
El señor Peabody asintió.
Ahora le tocaba a Brant el turno de excitarse. Mientras el señor Peabody permanecía sentado, recuperando la respiración, el joven médico recorrió la habitación de arriba abajo. Encendió su pipa y dejó que se apagara, y preguntó una andanada de cuestiones con voz tensa.
El señor Peabody, cansado, trató de responder a sus preguntas. Hizo nuevas manifestaciones de su don, materializando un clavo, una cerilla, un terrón de azúcar y una pulsera supuestamente de plata. Al comentar el color plomizo de esto último, recordó sus desgracias con el lingote de oro.
—Una dificultad menor… asumiendo siempre que sea un hecho.
Brant se quitó las gafas y las limpió nerviosamente.
—Probablemente es debido a la falta de costumbre con la estructura atómica… ¡Pero, Dios Santo!
Una vez más, empezó a recorrer la habitación.
Exhausto por la fatiga, el señor Peabody por fin pudo arrastrarse a la cama del doctor Brant. A pesar de aquel pequeño latido en su cerebro, durmió como un tronco.
Y arriba en el cielo una estrella brillante parpadeó en verde.
Brant, si llegó a dormir, lo hizo en el sofá. A la mañana siguiente, arrugado, ojeroso y sin afeitar, despertó al señor Peabody. Refrescó su asombrada memoria mostrándole el clavo, la cerilla, el terrón de azúcar y la pulsera de plomo y le preguntó frenéticamente si aún poseía el don.
El señor Peabody se sentía atontado y pesado. El dolor de cabeza era peor que nunca, y se sintió remiso a intentar ningún otro milagro. Sin embargo, consiguió servirse una taza de café inexplicable.
—¡Bien! —exclamó Brant—. ¡Bien, bien, bien! Toda la noche he estado dudando de mis propios sentidos. Dios Santo… es increíble. ¡Pero qué oportunidad para la ciencia médica!
—¿Eh? —El señor Peabody se agitó, temeroso—. ¿Qué quiere decir?
—No se alarme —le tranquilizó Brant—. Naturalmente, tendremos que mantener su caso en secreto, al menos hasta que tengamos datos suficientes para hacer una declaración oficial. Pero, tanto por su bien como por el de la ciencia, tiene que permitirme que estudie su nuevo poder.
Nervioso, empezó a limpiarse las gafas.
—Es usted mi tío —declaró bruscamente—. Se llama Homer Brown. Vive en Pottysvylle. Está pasando conmigo unos cuantos días, mientras le examinan en el hospital.
—¿Hospital?
El señor Peabody inició una débil protesta. Desde que nació Beth, le aterrorizaban los hospitales. Insistía en que incluso el olor bastaba para ponerle enfermo.
Sin embargo, en medio de sus objeciones, se encontró en el interior de un taxi.
Brant le condujo al enorme edificio gris, entre enfermeras e internos. Le hicieron una interminable serie de exámenes. Desde la amabilidad remota y alerta que le rodeaba, el señor Peabody se dio cuenta de que le trataban como si estuviera loco. Por fin, Brant le llevó a una pequeña sala de consulta y cerró la puerta.
—Señor Peabody, tengo que pedirle disculpas por todas mis dudas —dijo—. Los rayos X prueban lo increíble. Tenga, véalo usted mismo.
Sentó al señor Peabody ante dos espejos que reflejaban un cráneo de aspecto extraño. Las dos imágenes se fundieron en una. En la base del cráneo, más allá de las cuencas de los ojos, Brant señaló un objeto negro.
—Eso es.
—¿Quiere decir que es el meteoro?
—Es un cuerpo extraño. Naturalmente, no podemos determinar su auténtica naturaleza sin recurrir a la cirugía cerebral. Pero los rayos X muestran las cicatrices de su paso a través del tejido cerebral y el hueso frontal… milagrosamente sanados. Sin duda, es el objeto que le golpeó.
El señor Peabody se puso en pie, jadeando sin voz.
—¡Cirugía cerebral! —gimió roncamente—. ¡No van…!
Brant sacudió muy despacio la cabeza.
—Ojalá pudiéramos —dijo gravemente—. Pero la operación es imposible. Envolvería toda una sección del cerebro. Ningún cirujano que conozco se atrevería a intentarlo.
Tomó del brazo amablemente al señor Peabody. Bajó la voz.
—Sería injusto ocultarle que su caso es extremadamente serio.
Las rodillas del señor Peabody temblaron.
—Doctor, ¿qué quiere decir?
—Ese cuerpo extraño es radiactivo —dijo deliberadamente—. Me di cuenta de que la película tendía a velarse, y el contador Geiger se volvió loco cuando se lo acercamos.
La cara del doctor estaba blanca y tensa.
—Comprenda que no puede ser retirado. Y el efecto destructivo de las radiaciones sobre el tejido cerebral será inevitablemente fatal dentro de unas pocas semanas.
Meneó la cabeza mientras el señor Peabody le miraba sin comprender.
La sonrisa de Brant era tensa, amarga.
—Parece que su vida es el precio que debe pagar por su don.
El señor Peabody dejó que Brant le condujera de vuelta al apartamento. El latido en su cabeza era un recordatorio incesante de que los rayos de la piedra estaban destruyendo su cerebro. La desesperación le invadió y se sintió desfallecer de dolor.
—Ahora que voy a morir —le dijo al médico—, hay algo que tengo que hacer. Tengo que usar el don para conseguir el dinero suficiente para que mi familia no quede desatendida.
—Estoy seguro de que podrá hacerlo —coincidió Brant. Llenó una pipa y se acercó al sillón del señor Peabody—. No quiero despertarle falsas esperanzas —dijo lentamente—, pero quiero sugerirle una posibilidad.
—¿Eh? —El señor Peabody se incorporó a medias—. ¿Quiere decir que se me puede quitar la piedra?
Brant negó con la cabeza.
—No puede hacerse con ninguna técnica quirúrgica. Pero estaba pensando una cosa: su extraordinario poder sanó la herida que produjo la piedra al atravesar el cerebro. Si puede adquirir control sobre la creación y manipulación de la materia viviente, podríamos intentar la operación… dependiendo de su don para sanar la sección.
—No hay ninguna posibilidad. —El señor Peabody se hundió cansinamente en el cómodo sillón del doctor Brant—. Lo he intentado y no puedo crear nada vivo. Ese poder, simplemente, no se me ha concedido.
—Tonterías —le dijo Brant—. Probablemente, la dificultad consiste en que usted no sabe suficiente biología. Un poco de formación en bioquímica, anatomía y fisiología podrían remediarlo.
—Lo intentaré —accedió el señor Peabody—. Pero primero tengo que solucionar el problema de mi familia.
Después de que el doctor le instruyera sobre los últimos descubrimientos en estructura atómica y molecular, pudo crear objetos de metales preciosos sin que ninguno de ellos se convirtiera en plomo, como el lingote de oro.
Durante dos días se esforzó al máximo creando oro y platino. Moldeó los metales en forma de cajas de relojes, joyas antiguas, piezas dentales y medallas, de forma que pudiera utilizarlas sin despertar sospechas.
Brant llevó algunos objetos a un tratante de oro viejo. Regresó con cinco mil dólares y la seguridad de que el lote completo, puesto a la venta gradualmente, valdría varios miles.
El señor Peabody enfermó por el dolor y el cansancio que le provocaba su trabajo de creación, y aún sentía miedo a la ley. Supo por los periódicos que la policía vigilaba su casa, y ni siquiera se atrevió a telefonear a su hija Beth.
—Todos piensan que estoy loco, incluso Beth —le dijo a Brant—. Probablemente nunca volveré a ver a ninguno. Quiero que guarde usted el dinero y se lo dé cuando yo ya no esté.
—Tonterías —dijo el joven doctor—. Cuando tenga un poco más de control sobre su don, podrá solucionarlo todo.
Pero incluso Brant tenía que admitir que la enfermedad progresiva del señor Peabody amenazaba con interrumpir la investigación antes de que alcanzaran el éxito.
Pálido y ojeroso, murmurando acerca de «conversión de energía», «entropía-reversa» y «capacidad psitelúrgica», Brant pasaba despierto noche tras noche mientras el señor Peabody dormía, investigando en gruesos tomos sobre la relatividad, física atómica y parapsicología, con el afán de descubrir una explicación racional al don.
—Creo que ese rumor que dice que oye —le dijo al señor Peabody— no es sino una sensación de la energía radiante libre del espacio cósmico. La piedra radiactiva, de alguna manera, ha capacitado su cerebro…, tal vez estimulando la facultad psicofísica, que es rudimentaria en todos nosotros…, le ha permitido concentrarse y convertir esa energía difusa en átomos materiales.
El señor Peabody sacudió su cabeza enfebrecida.
—¿De qué me sirve su teoría? —La desesperación le hizo exponer amargamente su caso—. Puedo obrar milagros, pero ¿qué bien me ha hecho el don? Me ha separado de mi familia. Me ha convertido en un fugitivo de la justicia. Me ha vuelto una especie de conejillo de indias para sus experimentos. No es más que un dolor de cabeza… uno auténtico, quiero decir. Y al final, va a matarme.
—No, si puede aprender a crear materia viva —le aseguró Brant.
Sin mucha esperanza, pues el dolor y la debilidad que acompañaban sus milagrosos esfuerzos aumentaban día a día, el señor Peabody siguió las lecciones de Brant sobre anatomía y fisiología. Materializó porciones de protoplasma, células simples y pedazos de tejido.
El doctor, evidentemente, tenía ideas grandiosas sobre un ser humano milagroso. Hizo que el señor Peabody estudiara y creara miembros y órganos humanos. Tras unos cuantos días, el cuarto de baño quedó lleno de extraños montones de residuos milagrosos que flotaban en una solución preservativa.
Entonces el señor Peabody se rebeló.
—Me estoy debilitando demasiado, doctor. Mi poder está… desapareciendo. A veces parece que las cosas van a desvanecerse en vez de hacerse reales. Sé que no puedo crear algo tan grande como un ser humano.
—Bien, haga algo pequeño —le dijo Brant—. Recuerde que si se rinde, perderá la vida.
Con un manual de biología marina sobre las rodillas, el señor Peabody formaba pequeños peces de colores en la pecera que había creado la noche de su llegada. Eran brillantes, perfectos… excepto que siempre flotaban en la superficie del agua, muertos.
Brant había salido. El señor Peabody estaba solo ante la pecera cuando Beth entró silenciosamente en el apartamento. Parecía pálida y nerviosa.
—¡Papá! —exclamó ansiosamente—. ¿Cómo estás? —Se acercó a él y cogió sus manos temblorosas—. Rex me advirtió por teléfono de que no viniera; temía que la policía pudiera seguirme. Pero no creo que me hayan visto. Y tenía que venir, papá. Estaba tan preocupada… Pero ¿cómo estás?
—Creo que me pondré bien —mintió sin fuerzas el señor Peabody, mientras intentaba ocultar el temblor en su voz—. Me alegro de verte, querida. Háblame de tu madre y de Bill.
—Están bien. Pero papá, pareces tan enfermo…
—Toma, tengo algo para ti. —El señor Peabody sacó los quinientos dólares de su cartera y se los puso en la mano—. Habrá más… más tarde.
—Pero papá…
—No te preocupes, querida. No es falso.
—No es eso. —Su voz era nerviosa—. Rex ha intentado hablarme de esos milagros. No lo comprendo, papá; no sé qué creer. Pero sí sé que no queremos el dinero que haces con ellos. Ninguno de nosotros.
El señor Peabody trató de ocultar su dolor.
—Pero querida, ¿cómo vais a vivir?
—Voy a ponerme a trabajar la semana que viene. Voy a ser la recepcionista de un dentista… hasta que Rex tenga su propia consulta. Y mamá va a aceptar dos inquilinos en la habitación libre.
—Pero ¿y William?
—Bill tiene ya un trabajo —le informó Beth—. ¿Te acuerdas del tipo con el que chocó? Bien, pues tiene un garaje. Dejó que Bill trabajara para él. Bill gana cincuenta a la semana, y paga treinta por el accidente. Bill lo está haciendo muy bien.
La forma en que lo dijo aclaró al señor Peabody que había habido un espíritu guiando la notable reforma de su familia… y que Beth tenía mucho que ver con ello. El señor Peabody sonrió agradecido para demostrar que comprendía, pero no dijo nada.
Ella rehusó verle demostrar su don.
—No, papá. —Se retiró casi horrorizada de la pecera con los peces de colores sin vida flotando en ella—. No me gusta la magia, y no creo que se dé algo a cambio de nada. Siempre hay un precio.
Se le acercó y volvió a cogerle las manos, ansiosa.
—Papá —suplicó suavemente—, ¿por qué no renuncias a ese don? Sea lo que sea. ¿Por qué no se lo explicas a la policía y a tu jefe e intentas recuperar tu antiguo trabajo?
El señor Peabody sacudió la cabeza con una sonrisita amarga.
—Me temo que explicarlo no será tan fácil. Pero estoy dispuesto a renunciar al don… si puedo.
—No te comprendo, papá. —Su cara temblaba—. Ahora tengo que irme. Espero que la policía no me viera. Volveré en cuanto pueda.
Cinco minutos más tarde la puerta se abrió bruscamente. El señor Peabody alzó la vista sorprendido. Y el fantasma brillante de un pececito, medio materializado, parpadeó y desapareció.
El señor Peabody había esperado ver a Brant de regreso. Pero cuatro policías, dos de ellos de paisano, irrumpieron en la habitación. Triunfantes, le informaron que estaba arrestado y empezaron a registrar el apartamento.
—¡Eh, sargento! —gritó uno de ellos, lleno de excitación, desde el cuarto de baño—. Parece que el doctor Brant también está en el ajo. Y no es sólo robo de joyas, fraude y falsificación. ¡Es asesinato… con mutilación!
Los sorprendidos oficiales se acercaron cuidadosamente al señor Peabody haciendo oscilar las esposas. El señor Peabody, sin embargo, parecía curiosamente relajado para tratarse de un hombre al que acababan de arrestar acusado de los mayores crímenes. La sombra acechante de dolor desapareció de su cara y sonrió felizmente.
—¡Eh, han desaparecido! —Era el patrullero del cuarto de baño. Su excitación llena de horror se había convertido en una consternación incrédula—. Los vi hace un minuto, lo juro. Pero ahora no hay nada más que agua.
El sargento miró receloso al señor Peabody, quien parecía inexpresivo pero exhausto. Luego hizo unas cuantas observaciones al policía y finalmente maldijo con mucha convicción.
Los ojos del señor Peabody se cerraron. La sonrisa de su cara se suavizó, llena de cansada relajación. El sargento le cogió cuando empezó a caerse. Se había quedado dormido.
Se despertó a la mañana siguiente en una cama del hospital. El doctor Brant se encontraba junto a la cama. En respuesta a la primera pregunta alarmada del señor Peabody, sonrió tranquilizándole.
—Es usted mi paciente —explicó—. Ha estado bajo mi cuidado por un extraño caso de amnesia. Una amnesia muy conveniente. Y se está recuperando muy bien.
—¿La policía?
Brant hizo un amplio gesto.
—No tiene nada que temer. No hay ninguna evidencia de que fuera culpable de ningún acto criminal. Naturalmente, se preguntan cómo pudo llegar usted a poseer dinero falso; pero desde luego no pueden probar que usted lo hiciera. Ya les he dicho que, como víctima de la amnesia, usted no podrá decirles nada.
El señor Peabody suspiró y se estiró bajo las sábanas, agradecido.
—Ahora tengo que hacerle un par de preguntas —dijo Brant—. ¿Qué pasó con los residuos del cuarto de baño? ¿Y la piedra de su cabeza? Los rayos X demuestran que ha desaparecido.
—Simplemente los deshice —contestó el señor Peabody.
Brant inspiró y asintió muy lentamente.
—Ya veo —dijo por fin—. Supongo que la contrapartida inevitable de la creación debe ser la aniquilación. Pero ¿cómo lo hizo?
—Se me ocurrió cuando entró la policía. Estaba creando otro de esos malditos peces de colores y estaba demasiado cansado para acabarlo. Cuando oí la puerta, hice un pequeño esfuerzo para… Bueno, para dejarlo ir.
Suspiró de nuevo, feliz.
—Así sucedió. El pez desapareció de la existencia. Hizo una explosión en mi cabeza, como una bomba. Eso me dio la idea de deshacer. Aniquilación, lo llama usted. Es mucho más fácil que crear en cuanto se le coge el truco. Me deshice de las cosas del baño y de la piedra de mi cabeza.
—Ya veo. —Brant dio una vuelta por la habitación y volvió a preguntar—. Ahora que la piedra se ha ido… supongo que su notable poder se ha… ¿perdido?
Pasaron varios segundos antes de que el señor Peabody replicara. Entonces dijo suavemente:
—Se ha perdido.
Esto último, sin embargo, era mentira. El señor Peabody había aprendido algunas lecciones. La aniquilación de la piedra meteórica había acabado con su dolor. Pero, tal como se había asegurado con la creación y la destrucción instantánea de un pececillo bajo las sábanas, su poder continuaba intacto.
El señor Peabody sigue trabajando como contable y en gran medida continúa siendo el mismo hombre que era aquella noche desesperada en que se acercó a Bannister Hill. Sin embargo, hay una sutil diferencia en él.
Una nueva confianza en sí mismo ha hecho que el señor Berg le haya aumentado sus responsabilidades y su sueldo. Los misterios aún no resueltos relacionados con su ataque de amnesia hacen que su familia y sus vecinos le traten con cierto temor. William ahora le llama «Gob» muy de tarde en tarde.
El señor Peabody continúa practicando muy discretamente su don. A veces, cuando está solo, se atreve a proporcionarse un cigarrillo milagroso. Una vez, en mitad de la noche, un mosquito que le había atormentado más allá de lo tolerable simplemente desapareció.
Y, de alguna manera, ha llegado a poseer un equipo de pesca que es la envidia de sus amigos… un equipo que ahora encuentra tiempo de usar.
Su don lo reserva, principalmente, para ejecutar trucos inexplicables que son la delicia de sus dos nietos, y para crear juguetes pequeños y milagrosos.
Todo esto, les alecciona estrictamente, no debe ser revelado a Beth ni al doctor Brant, sus padres.