País Relato - Autores

jack williamson

el expreso cósmico

El señor Eric Stokes-Harding se levantó de la cama desordenada. Era un joven de agradable figura, con su piyama a rayas rojas. Sonrió a su esposa dormida y mecánicamente comenzó los ejercicios de la mañana. Sin embargo, después de la primera flexión profunda, dejó escapar un gemido y se volvió hacia la ventana abierta.
Abajo se veía un hermoso parque. Pirámides en terrazas, muy espaciadas, se elevaban hasta el techo de la ciudad. Por encima del vidrio, una tempestad de nieve aullaba sobre esa ciudad de Nueva York del año 2432 d. C. Aspiró el aire fragante de la primavera sintética antes de entrar en su estudio.
Eric era escritor. Una pared del estudio estaba repleta de sus libros, con sus brillantes sobrecubiertas y numerosas ediciones. Escribía «fascinantes novelas de acción», como decía su agente, «de épocas pasadas, cuando los hombres todavía conocían la pasión y la realización de la vida primaria».
Eric era imparcial con respecto a la fuente de su fascinación… en ese momento estaban bastante lejos de la segura utopía que lo rodeaba. Su héroe era a veces un hombre mono que rugía por la selva con un garrote ensangrentado bajo un brazo y una hermosa muchacha bajo el otro, otras un cowboy de una hacienda prehistórica, que vivía a caballo y a los tiros, y a veces un hombre abandonado con su pareja en una isla de coral.
Cien millones de personas leían las novelas de Eric o miraban las versiones en video. Le pagaban altos derechos de autor y subconscientemente compartían la opinión de que la civilización había corrompido la natural nobleza de los hombres.
En ese momento cuando acababa de reunirse con su héroe del momento para saborear la médula de los huesos medio podridos de un mamut que había atrapado, su esbelta esposa entró en el estudio bostezando… más hermosa, pensó Eric, que todas sus heroínas.
Nada Stokes-Harding también era escritora. Escribía gozosos poemas sobre el mar, los atardeceres, las alondras y los ruiseñores de las praderas, sobre flores silvestres y la comunión extática con la naturaleza. Los hombres leían sus poemas y pensaban que Nada era un genio, aunque los pájaros y las flores favoritos de la muchacha se habían extinguido siglos atrás y nunca había visto un amanecer.
—Eric, querido… —Se interrumpió para servir el desayuno, frunciendo el entrecejo con un gesto encantador mientras elegía los botones que debía apretar—. ¿Como podemos soportar todo esto? —Señaló el parque y su alto techo—. ¡Encerrados aquí, tan lejos de la naturaleza virgen que los dos amamos!
—El progreso. —Encogiéndose de hombros aceptó el plato de frutas sintéticas que le ofrecía la obediente máquina—. A menudo deseo haber vivido hace diez mil años, antes de que comenzara el progreso.
—¿No hay forma de escapar?
—No hay dónde ir. El Antiguo Oeste, El Continente Negro, Los Mares del Sur… —Mordió con tristeza un durazno cultivado en una solución mineral—. La última frontera quedó ahogada bajo los techos de la ciudad, hace doscientos años.
—¡Sí al menos pudiéramos ir a Venus! Anoche vi una película científica sobre Venus. Las mesetas más altas son más húmedas y más frescas que lo que podría pensarse. Hay continentes primitivos, con vida primitiva. Si lográramos llegar allá, sin arrastrar todos los lazos de esta odiosa civilización…
—¡Tal vez podamos! —El joven escritor dejó caer el durazno y besó a su esposa—. ¡Está el Expreso Cósmico!
—¿El expreso qué?
—Un nuevo invento, que acaban de construir.
—Sabes que no me preocupan los nuevos inventos. —Volvió a tomar el durazno—. Han profanado el templo de la naturaleza con billones de tontas personas artificiales, que hacen cosas tontas y artificiales.
—Pero el Expreso Cósmico es realmente notable, querida. Supe de él por un joven admirador mío, aquí en la oficina de Nueva York. Es una forma de viajar a la velocidad de la luz.
Ella mordisqueó el durazno.
—¿Eso no es imposible?
—Para la masa, sí. —Asintió—. Pero la masa de los pasajeros se convierte en un rayo de energía radiante. El rayo tiene la velocidad de la luz. En el punto focal, la energía vuelve a transformarse en masa.
—¿Y ese punto focal podría estar en Venus?
—Cuando el planeta está en línea, y en este momento lo está.
—¿Podrías…? —Enmudeció un momento—. ¿De veras podemos ir a Venus?
—Creo que es posible. —Sonriendo, Eric buscó un resorte oculto bajo su escritorio—. Mi joven amigo no puede trasladar pasajeros a ninguna parte excepto entre las terminales que su compañía está abriendo en todo el mundo, pero tiene un punto débil.
Nada, que estaba sentada en sus rodillas, se levantó y esperó ansiosamente.
—Un producto psicoquímico primitivo… —Sacó una botellita del bolsillo—… llamado Muía Blanca. Mi amigo lo conoce por las novelas, y desea probarlo.
—¡Ah, Eric! —Dejó caer otra vez el durazno—. Vamos.
Diez minutos después estaban en una pequeña sala de espera, frente a una puerta con rejas cromadas. Un joven perezoso, de cabello largo, estaba apoyado en un mostrador. Detrás de él, semioculta por las rejas, había una máquina gigantesca, brillante.
—¡Rápido! —Un hombrecito con una gran valija negra bailaba frente a las rejas—. Tengo un paciente en París…
—Un momento, señor —dijo el muchacho de cabello largo—. Estamos con un pasaje. Un diplomático ruso de Moscú a Río. Ya llega su turno… son novecientos ochenta dólares… nuestro servicio todavía es experimental, y no asumimos responsabilidad por actos divinos o resplandores solares… bien, bien. Tenemos un canal disponible para París.
El muchacho hizo un cambio y abrió una puerta en las rejas.
—Acuéstese en la placa para examinarlo —instruyó—. Las manos a los costados. Quédese quieto. No respire después que cuente hasta tres… uno, dos, tres…
Comenzó a apretar botones.
—¡Pero si es el señor Stokes-Harding! —Su voz cobró vida—. De manera que ésta es la muchacha de quien hablaba… —Sonó una campana—. Perdón. Tengo otro pasaje.
Volvió a oprimir los botones, y esperó que una mujer muy gorda saliera por la reja, seguida de un caniche color púrpura que jadeaba.
—Queremos ir a Venus —le dijo Eric—. A lo alto de la meseta polar. Si este rayo de ustedes puede llevarnos allí.
—Perdón, señor Stokes Harding. Me gustan sus novelas, pero no puedo hacer lo que me pide. Con nuestra franquicia temporaria, nuestra operación se limita a dieciséis estaciones designadas…
—Escucha, Charley. —Eric bajó la voz y miró hacia atrás—. Si verdaderamente te interesan los psicoquímicos primitivos, prueba oler esto. —Cuidadosamente, mostró el frasco plateado—. Muía Blanca de verdad, como la bebían nuestros antepasados.
El muchacho miró el frasco, y luego se lo arrancó a Eric de la mano.
—¡Verdadero alcohol prehistórico! —Lo deslizó bajo el mostrador—. Por esto te enviaría al cielo, si me dieras los transmisores.
—¡Eric! —chilló Nada, encantada—. Realmente nos estamos volviendo nativos.
—Tengo que advertirte. —El muchacho parecía desdichado—. Tengo que decirte que Venus no es un paraíso.
—Construiremos nuestro propio paraíso.
—Pero tú no conoces Venus. Yo sí. A través del buscascopio. Las tierras bajas son un desierto calcinado, donde no hay nada vivo. La meseta polar es peor. —Se estremeció—. Árboles, mal tiempo y seres extraños.
—¡La naturaleza en crudo! —exclamó Nada, radiante—. Nos encantará.
—No estoy tan seguro. ¿Cuánto tiempo quieren quedarse?
—Nos tomaremos nuestro tiempo —dijo Eric—. ¿Puedes anotarnos por un mes o algo así?
—Temo que no. El planeta está saliendo de la alineación. Los resplandores solares provocan interferencias. Estarán fuera de nuestro alcance, más allá del Sol durante casi un año.
Eric miró a Nada.
—Queremos tener una buena muestra de lo que es la naturaleza impoluta —dijo ella—. Danos un año.
—Que sea un año completo —repuso Eric—. Volveremos al punto de aterrizaje.
—Realmente yo no debería… —El muchacho metió la mano bajo el mostrador y sonrió con aire soñador al frasco plateado—. ¡Un verdadero medio prehistórico para expandir la mente! —Tendió la mano rápidamente para abrir la puerta de las rejas—. Si les sucede algo, ustedes se lo buscaron.
Les mostró, más allá de la rejas, una estrecha celda rodeada de prismas brillantes, con piso de cristal pulido.
—Acuéstense en la placa de reconocimiento —gritó—. Las manos a los costados. No respiren después de que cuente hasta tres… rápido, antes de que deba ocuparme de otro pasaje regular.
Eric ayudó a Nada a entrar en la célula.
—Escuche, señor Stokes-Harding —oyó decir a la voz vacilante del muchacho—. Si tienen algún tipo de problemas, podemos recurrir a nuestro agente de Borneo. Podría enviarlos allá…
—Envíanos a Venus.
—¡Muy bien! Se han comprado un planeta. Déjenme buscar un lugar mejor… éste estaría bien… si les gustan los árboles y la vida al aire libre. En este momento no hay seres grandes a la vista.
—Adelante.
—Beberé por ustedes… —Sonaron las campanas, y el muchacho empezó a contar—. ¡Uno… dos… tres!
Los rodeó un fuego ardiente.
La voz del muchacho se interrumpió bruscamente. El piso frío y las llamas ardientes habían desaparecido. Eric sentía algo blando debajo de él y la lluvia le salpicaba la cara. Nada estaba tendida a su lado. Se sentaron, jadeantes, manchados de barro negro.
A su alrededor estaba la jungla, oscura, extraña y muy húmeda. Árboles gigantescos, parecidos a palmeras o a helechos, agitaban su extraño follaje hacia las nubes que se descargaban en fuerte lluvia. Se pusieron de pie con dificultad, mareados por el triunfo.
—¡Por fin! —susurró Nada—. Realmente hemos vuelto a la naturaleza.
—Hemos escapado de la máquina.
—¡Ah, Eric! Eres tan maravilloso. —Se aferró a él, a pesar del barro—. Eres como uno de tus propios héroes.
—Tú eres perfecta, Nada. —La besó a través del barro—. Esto no podría ser mejor. Pero ahora debemos ser prácticos. Primero debemos encontrar una linda cueva seca. Necesitaremos un fuego frente a la puerta, para mantener a esos seres a distancia.
—Necesitaremos arcilla para hacer cacharros. —Se secó la lluvia de la cara—. Recogeremos semillas de las plantas comestibles, para nuestra huerta. Debemos guardar las pieles de los animales para hacer mantas y ropas.
—Pero primero debemos encontrar pedernal —dijo él—. Lo necesitamos para fabricar herramientas, y para hacer fuego. Busquemos cobre virgen, también. Se encuentra en la naturaleza, y podemos trabajarlo con herramientas de piedra.
Echaron a andar por la meseta polar. Nada marchó junto a él un trecho, y después lo siguió un poco más atrás. La lluvia continuaba y seguían cubiertos de barro. No encontraron cobre ni pedernal.
—Eric, querido, me hundo. —Nada se detuvo, jadeando—. Y no veo ninguna roca. Creo que tendremos que usar herramientas de madera, afiladas al fuego.
—Tal vez tengas razón —asintió Eric—. Esta tierra debe de ser aluvional. Y no me extrañaría que todas las piedras y metales nativos estén enterrados fuera de nuestro alcance.
—¿Puedes hacer fuego? —La voz de ella se tornaba ligeramente ansiosa—. ¿No puedes, querido?
—Por supuesto que sí —respondió él—. Sólo necesito algunas ramas secas para frotarlas.
Siguieron avanzando por el barro. La lluvia se hacía más intensa. El cielo estaba más oscuro. El barro se les adhería en grandes pedazos. La madera seca parecía tan escasa como el cobre virgen.
—¿Trajiste fósforos, querida?
—¡Fósforos! ¿No era que volvíamos a la naturaleza?
Ella sollozó.
—Perdona.
—No te preocupes por mí, querido. Procura hacer fuego, y nada más. —Siguieron adelante, a los tumbos—. Mientras buscamos madera, consigue algo para comer. Tengo… tengo hambre, querido.
Buscaron cerezas y palmeras con cocos y bananas, y nueces, pero nada parecía comestible. Finalmente tuvieron que detenerse por puro agotamiento. Nada se quedó tendida en el barro, sollozando, mientras Eric colocaba algunas ramas secas contra un gran árbol arrancado de raíz para construir un precario refugio.
—Cuando pare la lluvia —prometió él—, estaremos mejor.
Se metieron en el refugio.
—Es casi de noche. —Nada tembló, apoyándose en Eric—… Me… me gustaría que pudiéramos hacer fuego.
—A mí también. Cuando llegue la noche, durará meses. Porque la rotación del planeta es muy lenta. Pero tal vez esto no sea más que una tormenta.
Ya fuera porque llegaba la noche o por la tormenta, la oscuridad cayó sobre la jungla.
Sobre los árboles extraños aullaban salvajes vientos. Algo se rompió entre la maleza. Algo hizo un ruido sordo.
—¿Qué… qué es eso?
—Supongo que son los seres de que hablaba Charley. —Eric dio una palmada a algo pequeño, que picaba—. Tal vez no nos encuentren.
Se oyó nuevamente un ruido, más cerca.
—Eric, querido… —Nada se aferró a él—. ¿Crees que podremos soportar un año entero de esto?
—Es la naturaleza, querida —respondió él con firmeza—. La fuerza primaria de lo bueno. Nos purificará. Nos fortalecerá. Debemos tener paciencia.
—No puedo sentirme paciente. —Nada volvió a sollozar, siempre apoyada en él—. No puedo dejar de pensar en nuestro viejo departamento. En nuestras cosas, nuestros amigos, la comida caliente que llegaba con sólo apretar un botón. —Su voz se tornó quejosa y acusadora—. ¡Y ni siquiera puedes encender el fuego!
—Lo siento, querida. —Dio una palmada a ciegas a algo que se arrastraba—. Quizá… —Tragó saliva y la abrazó—. Tal vez me equivoqué…
Un ruido más cercano lo interrumpió. Algo cayó en el agua y rugió en la oscuridad. Algo golpeó contra el árbol caído. El precario techo cayó sobre ellos. Salieron de entre las ramas enredadas a la lluvia fría, penetrante.
—¡Quédate con la naturaleza! —exclamó Nada—. Yo me quedo con la civilización…
El fuego ardiente los rodeó.
Temblando y chorreando, se encontraron en el suelo de cristal en la terminal de Nueva York del Expreso Cósmico. Un ser pequeño, rosado, con muchas patas, cayó de la camisa de Eric, y él lo aplastó cruelmente.
—Aquí, señor. Ahora está a salvo, señorita. Permítame que la ayude. —Un hombre sudoroso, de cara rubicunda, se inclinó para ayudarlos a salir de la célula transmisora—. Créame, señor, lo lamentamos muchísimo.
—Nosotros también —respondió Eric, estremeciéndose—. ¡Una experiencia espantosa!
—No entiendo. —El funcionario sacudió el barro que llevaba—. Acabo de llegar de Estambul. Encontré a nuestro agente aquí, casi inconsciente. Olía a alguna vil sustancia psicoquímica que mi médico no puede identificar.
—Yo… —Nada miró a Eric y se interrumpió bruscamente—. ¡No sé qué puede ser!
—De todos modos sus vuelos estaban equivocados y sus registros eran un desastre. Lo revivimos lo suficiente como para que nos dijera lo que había hecho con ustedes. —El funcionario estaba casi sin alienta—. ¡Un accidente muy lamentable! Espero que no pidan una excesiva indemnización por daños.
—De ninguna manera. —Eric sonrió débilmente—. Sólo pido que no castigue a su agente en ninguna forma. En cuanto a nosotros… —Sonrió débilmente a Nada—. Estamos contentos por el solo hecho de haber vuelto a la civilización.
De regreso en su departamento, los dos jóvenes escritores se lavaron el barro primitivo de Venus. Apretaron botones para obtener una buena cena y pasaron las doce horas siguientes en la cama.
A fin de mes, el señor Eric Stokes-Harding entregó una nueva novela a su agente literario. Era la salvaje historia de un hombre aislado en Venus con su hermosa compañera. El héroe, lleno de recursos, frotaba ramas secas para hacer fuego, fabricaba herramientas de piedra y de cobre virgen, y luchaba contra los enormes saurios de la jungla. En la impresionante culminación del relato, estaba en lo alto de una montaña azotada por las tormentas, sitiado por las llamas que llegaban desde las tierras bajas y allí construía su propio transmisor de materias y llevaba a la muchacha de vuelta a la Tierra. El libro tuvo un enorme éxito.