País Relato - Autores

jack dann

el naufragio

Era Hermoso, Enorme, Elegante como un barco de carrera. Era un Palacio de Cristal flotante, tan magnífico como podía concebirlo J. P. Morgan. Diseñado por Alexander Carlisle y construido por Harland y Wolff, llevaba la banda dorada de la compañía a todo lo largo de sus doscientos setenta y cuatro metros. Tenía una altura de cincuenta y tres metros, como la caída de un acantilado, con nueve cubiertas de acero, cuatro chimeneas de dieciocho metros, más de dos mil ventanas y luces laterales para iluminar los lujosos camarotes y suites y salones. Pesaba cuarenta y seis mil toneladas, y sus motores de pistones y sus turbinas de tipo Parsons podían generar más de cincuenta mil caballos de fuerza y permitir al barco una velocidad de veinte nudos. Tenía gimnasio, un baño turco, canchas de tenis y de squash, una piscina, bibliotecas, salones y salas de estar. Había habitaciones y suites para alojar a setecientos treinta y cinco pasajeros de primera clase, seiscientos setenta y cuatro de segunda y más de mil en la bodega.
Era el RMS Titanic, y Stephen conoció a Esme en la Cubierta de Paseo cuando salieron del muelle de Southampton con destino a Nueva York en su viaje inicial.
Esme estaba junto a él, con una caja que parecía de cedro apoyada sobre la barandilla, y miraba a las multitudes entusiastas allá abajo, en los muelles. Esme tenía facciones comunes y era bastante joven. Tenía frente alta, nariz pequeña y recta, húmedos ojos castaños, bajo cejas depiladas y arqueadas, y labios tal vez un poco gruesos. Sus cabellos rubios estaban limpios, pero descuidadamente atados y enredados sobre la espalda.
A Stephen le parecía hermosa.
—Hola —la saludó. En el aire ondeaban cintas y serpentinas de colores, y todo parecía posible.
Esme le echó una mirada.
—Hello you —respondió ella.
—¿Cómo?
—Dije hello you. Es una expresión que estaba de moda cuando este bote zarpó por primera vez, por si te interesa. Quiere decir: «Hola, me pareces interesante y creo que me acostaría contigo si tuviera ganas».
—Debes llamarlo barco —replicó Stephen.
Ella rió y por un instante lo miró atentamente, como si en ese segundo pudiera saber todo acerca de él… que él hacía ese viaje porque estaba aburrido de la vida, que nunca le había sucedido realmente nada. Stephen sintió que le ardía la cara.
—Muy bien. «Barco». ¿Ahora te sientes mejor? —preguntó ella—. De todas maneras quiero imaginar que vivo en el pasado. No quiero volver al presente. Supongo que tú sí quieres volver.
—¿Por qué piensas eso?
—Mira cómo estás vestido. No tendrías que haberte puesto ropa moderna en este barco. Tendrás que cambiarte más tarde, ¿sabes? —Ella estaba perfectamente vestida con un traje de color azul grisáceo y una chaqueta haciendo juego, una blusa plisada con adornos de terciopelo en la parte delantera y sombrero con pluma de avestruz. Parecía salida de otro siglo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Stephen.
—Esme. —Dio vuelta la caja que apoyaba sobre la barandilla y la abrió por el lado que daba a cubierta—. Ya ves —dijo a la caja—. Realmente estamos aquí.
—¿Qué dijiste?
—Le hablaba a papá —respondió ella, cerrando y trabando la caja.
—¿A quién?
—Más tarde te mostraré, si quieres. —Comenzaron a sonar campanas y los silbatos del barco hendieron el aire. A Stephen le pareció que la tierra, y no el barco, se movía. Toda Inglaterra flotaba tranquilamente, alejándose, mientras la banda de cuerdas en el puente del barco tocaba a Oskar Strauss.
Miraron hasta que la tierra se convirtió en una delgada línea en el horizonte, y entonces Esme le tomó la mano a Stephen, la estrechó un momento y se alejó rápidamente.
Stephen volvió a encontrarla en el Café Parisién, sentada en un gran sillón de mimbre junto a una pared muy adornada con rejas.
—Bueno, Hello you —dijo Esme sonriendo. Era un modelo de muchacha elegante, con estilo.
—¿Quiere decir que todavía estás interesada? —preguntó Stephen, de pie frente a ella. La sonrisa de Esme era contagiosa, y Stephen se sorprendió perdiendo su aplomo, ya que no podía dejar de sonreír él también.
—Pero mais oui —respondió ella—. Acabo de hablar en francés, un idioma que ya no se habla, pero que era el idioma cuando este barco zarpó por primera vez. —Se echó hacia atrás en su sillón, acurrucada, como si de pronto pudiera volver a ser una niña, y miró a su alrededor como si Stephen hubiera desaparecido del salón.
—Creo que era inglés —dijo él.
—Bien —replicó Esme, mirándolo—, sea lo que fuere, significa que yo todavía podría tener interés si haces el favor de sentarte en vez de mirarme desde las alturas. —Stephen se sentó junto a ella—. Tardaste bastante tiempo en encontrarme.
—Bien, tenía que vestirme, ¿recuerdas? Mi primer atuendo no te parecía…
—De acuerdo, discúlpame —se apresuró a decir Esme, temiendo herir sus sentimientos. Cruzó las manos sobre la caja que había centrado perfectamente sobre la mesa cubierta con un mantel de damasco. Su pierna rozó la de él; Stephen estaba realmente atractivo con sus pantalones a rayas grises, polainas, chaqueta negra para la mañana, chaleco azul y corbata de seda anudada bajo el cuello palomita—. ¿No te sientes mejor ahora?
Stephen estaba fascinado con la muchacha; nunca le había sucedido antes. Un camarero alto los molestó preguntándole si querían cócteles, pero Esme prefirió un Narcodrine.
—Perdón, señora, pero en el barco no se sirven Narcodrines ni inhaladores en público.
—Pero eso es lo que yo quiero.
—Uno tendría que pedirle al camarero bebidas más modernas.
—Pero tú dijiste que querías vivir en el pasado —replicó Stephen. Pidió un Campari para ella y un Drambuie para él.
—En este momento preferiría pedirle algo a un robot —dijo Esme.
—Lo siento, pero en este barco tampoco tenemos robots —respondió el camarero antes de retirarse.
—¿Vas a mostrarme lo que hay en la caja? —preguntó Stephen.
—Podría provocar inquietud que levantara la tapa aquí.
—Pensé que eso te gustaría.
—Así que ya me conoces íntimamente. —Esme sonrió y le guiñó el ojo a alguien sentado unas mesas más allá—. Qué encanto, ¿no?
—¿Quién?
—El niñito peinado con raya al medio. —Le hizo un saludo, pero el chico la ignoró e hizo un gesto obsceno a una mujer que parecía ser su niñera. Entonces Esme abrió la caja, y eso atrajo la atención del niño. Sacó una cabeza de hombre de tamaño natural y la puso al lado de la caja.
—Dios mío —dijo Stephen.
—Stephen, te presento a papá. Papá, éste es Stephen.
—¿Quién es Stephen? —preguntó Papá—. ¿Dónde estoy? ¿Qué está sucediendo? Estoy asustado.
Esme se inclinó hacia la cabeza y susurró algo en su oído.
—A veces se desorienta al despertar —dijo luego confidencialmente a Stephen—. Todavía no se acostumbró. Pero enseguida estará bien.
—Tengo pánico —dijo Papá en voz más fuerte—. Estoy solo en la oscuridad.
—Ya no —respondió Esme con firmeza—. Papá, éste es mi amigo Stephen.
—Hola, Stephen —dijo la cabeza. En ese momento su voz era potente, imperiosa—. Mucho gusto en conocerte. —Giró las pupilas y luego dijo a Esme—: Vuélveme un poco, para que pueda ver a Stephen sin forzarme la vista. —La cabeza tenía cabellos blancos un poco amarillentos en las puntas, prolijamente recortados a los costados y peinados en un estilo Pompadour algo descuidado adelante. El rostro era fuerte, aunque disipado. Era el rostro de un hombre de cerca de setenta años, arrugado y bronceado.
—Mi nombre es Elliott —dijo la cabeza—. Llámame Elliott, por favor.
—Qué tal, Elliott —replicó Stephen. Sabía de la existencia de esas cosas, pero nunca las había visto.
—Harán furor en los próximos meses —dijo Esme—. Todavía no son de consumo masivo, pero puedes imaginar el potencial para adultos y niños. Puede programárselas para que hablen y reaccionen en forma muy realista.
—Ya veo —contestó Stephen.
La cabeza sonrió, aceptando el cumplido.
—Además aprende y piensa muy bien —agregó Esme.
—Así lo espero —dijo la cabeza.
—¿Tu padre vive? —preguntó Stephen.
—Yo soy su padre —intervino la cabeza, sin disimular su impaciencia—. Al menos trátame con un poco de respeto.
—Pórtate bien, papá, o cerraré la caja —respondió Esme, molesta. Miró a Stephen—. Murió hace poco tiempo. Por eso hago este viaje y por eso… —Señaló la cabeza con un gesto—. De todas maneras es maravilloso. Es mi padre en todo sentido. —Y agregó con aire pícaro—: Bien, la verdad es que hice algunos cambios. Papá era muy exigente.
—Eres ingrata…
—Cállate, papá.
Papá cerró los ojos.
—En cuanto digo eso se cierra —explicó Esme.
El niñito que había estado mirando la escena sin ninguna timidez se acercó a la mesa mientras Esme guardaba la cabeza en la caja.
—¿Por qué lo guardas? —preguntó—. Quiero hablar con él. Sácalo.
—No —respondió Esme con firmeza—. Ahora está durmiendo. ¿Y tú cómo te llamas?
—Michael. ¿Puedo ver la cabeza, aunque sea un minuto, por favor?
—Si quieres, Michael, puedes tener una audiencia privada con papá, mañana. ¿Qué te parece?
—Quiero hablar con él ahora.
—¿No tienes que volver con tu niñera? —preguntó Stephen, poniéndose de pie e indicando a Esme que hiciera lo mismo. En ese lugar no tendrían privacidad.
—Acábala —dijo Michael—. No es mi niñera. Es mi hermana. —Luego hizo una mueca a Stephen: contorsionaba los labios moviendo la boca de izquierda a derecha como si fuese de goma. Stephen y Esme salieron del café y subieron la escalera hasta la Cubierta de los Botes y Michael los siguió.
Al menos la Cubierta de los Botes no estaba muy atestada; afuera estaba fresco, casi frío. Mirando hacia adelante, Stephen y Esme veían las cuatro gigantescas chimeneas del barco a su izquierda y un grupo de cuatro botes a su derecha. El océano era una inmensidad calma de un verde profundo que se tornaba azul hacia el horizonte. El cielo estaba vacío, excepto por una gigantesca nave aérea nuclear que flotaba sobre el Titanic… Era el dirigible California, una nave francesa de lujo que podía transportar dos mil pasajeros.
—¿Ustedes están casados? —preguntó Michael.
—No, no, —respondió Esme con impaciencia—. Todavía no, al menos —y Stephen se sintió eufórico al pensar que realmente le gustaba a Esme. En realidad no tenía sentido, porque él podía tener cualquier muchacha que se le ocurriera. ¿Por qué Esme? Simplemente porque en ese momento era perfecta.
—Eres muy bonita —le dijo Michael.
—Bueno, gracias —respondió ella con entusiasmo—. Tú también me gustas a mí.
—¿Te quedarás en el barco y te morirás cuando se hunda?
—¡No! —replicó Esme, aparentemente sorprendida.
—¿Y tu amigo?
—¿Papá?
Molesto, el chico replicó:
—No, él —mientras indicaba a Stephen con una mirada.
—No lo sé. —Esme se había sonrojado—. ¿Tú optaste por un bote salvavidas, Stephen?
—Sí, por supuesto.
—Bien, nosotros vamos a morir en el barco.
—No seas tonto —dijo Esme.
—Te digo que nosotros vamos a morir en el barco.
—¿Quiénes son «nosotros»? —preguntó Stephen.
—Mi hermana y yo. Hemos prometido hundirnos con el barco.
—No lo creo —respondió Esme. Se detuvo junto a uno de los botes salvavidas, apoyó sobre la barandilla la caja que contenía a Papá y contempló el mar.
—Trata de provocarnos —dijo Stephen—. De todos modos es demasiado pequeño como para tomar semejante decisión, y su hermana, si es realmente su hermana, no puede tomar esa decisión por él, aunque sea su tutora. Sería ilegal.
—Estamos en el mar —replicó Michael con el tono mimoso que usan los chicos—. Mañana hablaré de las ramificaciones de mi herencia con Papá. Creo que él habla más de estas cosas que ustedes.
—¿No quieres volver ahora con tu hermana? —preguntó Stephen.
Michael contorsionó la boca y se alejó, tirando de la parte trasera de sus pantaloncitos como si le molestara la ropa interior. Sólo se volvió para hacer un gesto de despedida a Esme, y ella le arrojó un beso.
—Chiquilín inteligente —dijo Stephen para congraciarse.
Pero Esme lo miró como si se hubiese olvidado del chiquillo y de él. Miraba la caja y le rodaban lágrimas por las mejillas.
—Esme…
—Lo amo y ahora está muerto —dijo. Luego pareció reponerse. Tomó la mano de Stephen y entraron, bajaron la escalera, recorrieron varios pasillos ruidosos —las fiestas en los salones estaban en su apogeo— hasta la suite de Esme. Stephen estaba un poco nervioso pero, considerando la situación, todo se desarrollaba con el ritmo adecuado.
La suite de Esme tenía una sala y una cubierta de paseo privada, con paredes parcialmente revestidas de madera. Esme llevó a Stephen directamente al dormitorio alfombrado y empapelado, donde había una cama con dosel, una mesa de noche antigua, y un escritorio con sillón tapizado junto a la puerta. La adornada lámpara de escritorio con forma de arpa estaba encendida, lo mismo que la lámpara que había detrás de los cortinados de la cama. Por un ojo de buey se veía el mar y el cielo, pero a Stephen le pareció que la cama era el elemento dominante en la habitación.
Esme corrió la lámpara a un costado, y luego sacó a Papá de la caja y lo colocó cuidadosamente en el centro del escritorio.
—Muy bien —dijo. En reposo, la cabeza parecía aun más bella y muy tranquila, aunque de vez en cuando tenía un tic en un ojo. Luego Esme se desvistió rápidamente, apartando tímidamente la mirada de Stephen, que se tomaba su tiempo. Se deslizó entre las cortinas entreabiertas de la cama y se quejó de que oía a las malditas máquinas a través de las almohadas que le daban picazón… no le gustaba la seda. Un momento después se incorporó y preguntó a Stephen si pensaba desvestirse o quedarse allí parado.
—Perdona —dijo Stephen—, pero es que… —Señaló la cabeza con un gesto.
—Papá está apagado —respondió Esme.
El párpado izquierdo de la cabeza se movía.
Michael llamó a la puerta de Esme a las siete y media de la mañana siguiente.
—Buen día —dijo Michael, mirándola de arriba abajo. Ella no se había preocupado de ponerse nada encima antes de abrir la puerta—. Vine a ver a Papá. No voy a molestarte.
—Pero, Michael, es demasiado temprano…
—Al que madruga Dios lo ayuda.
—Ah. ¿Y eso qué quiere decir?
—Pensé que la mejor forma de hablar con Papá era despertarte. Tú vuelves a la cama y yo hablo con él sin que nos molesten. Tendría muchas menos posibilidades si…
—Entra.
—El camarero que estaba en el vestíbulo te vio desnuda.
—Qué gran cosa. Mira, ¿por qué no vuelves más tarde? No estoy preparada para esto, y no sé por qué te permití entrar.
—Ya ves, me fue bien. —Michael miró a su alrededor—. Está en el dormitorio, ¿verdad?
Esme asintió y lo siguió. Michael llevaba la misma camisa y pantaloncitos arrugados del día anterior; su cabello no estaba peinado, sólo alborotado.
—¿Él también está contigo?
—Si te refieres a Stephen, sí.
—Eso pensaba. —Michael se sentó ante el escritorio—. Hola, Papá —dijo.
—Estoy asustado —repuso la cabeza—. Está tan oscuro: tengo miedo.
Michael miró a Esme.
—Siempre está así cuando ha pasado un tiempo apagado —dijo Esme—. Háblale un poco más.
—Soy Michael. He venido a hablar contigo. Estamos en el Titanic.
—Ah, Michael —respondió la cabeza, más tranquila—. Creo que me acuerdo de ti. ¿Por qué estamos en el Titanic?
—Porque va a hundirse.
—Ésa es una razón tonta —dijo la cabeza con convicción—. Debe de haber otras.
—Hay muchas otras.
—¿No podemos estar en privado? —preguntó Stephen, sentándose en la cama. Esme se sentó junto a él y aspiró su inhalador. Cuando estaba drogada parecía todavía más vulnerable—. Creí que me habías dicho que Papá quedaba desconectado toda la noche —prosiguió Stephen con furia.
—Pero es que estaba desconectado. Acabo de encenderlo otra vez para Michael.
—Te contaré todo sobre el Titanic —dijo Michael a la cabeza con tono confidencial. Se acercó y le habló en un susurro.
—Realmente estaba desconectado —repitió Esme—. Acabo de conectarlo para Michael. —Se acurrucó junto a Stephen, tan íntimamente como si hiciera días que fueran amantes. Eso pareció aplacarlo.
—¿Te sobra un Narcodrine? —preguntó Michael a los gritos.
Stephen miró a Esme, quien se echó a reír.
—No —respondió Esme—. Eres muy chico para esas cosas. —Corrió la cortina para que Michael y la cabeza quedaran separados de la cama—. Déjalo que hable con Papá —continuó—. De todas maneras pronto estará muerto.
—¿Así que le crees? Voy a hablar de esto con su hermana, o con quien sea.
Michael espió por la cortina.
—Oí lo que dijiste. Tengo muy buen oído. Oigo todo. Ve a hablar con ella, ve a hablar con el capitán, si quieres. No te servirá de nada. Para que lo sepas, soy un héroe internacional. Esa muchacha que lleva una cámara en la cabeza ya me hizo una entrevista para la apuesta. —Cerró la cortina.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Esme.
—La reportera de Interfax —respondió Stephen.
Michael volvió a entreabrir las cortinas.
—Ella se ocupa de averiguar cuáles pasajeros optarán por morir y por qué. Entrevista a los pasajeros más interesantes, luego comunica sus predicciones a su público, que es numeroso. Responden inmediatamente a una apuesta que se realiza varias veces por día. Nos mantiene presentes, y a todos les gusta el olor de la muerte. —Se cerró la cortina.
—Bien, a mí no ha tratado de entrevistarme —dijo Esme, enojada.
—¿Realmente quieres que te entreviste?
—¿Y por qué no? Estoy a favor del consumo conspicuo, y deseo que esta experiencia sea un éxito. Por Dios, que el mundo entero nos vea hundirnos, si lo desean. Incluso podrían hacer apuestas. —Luego, en un susurro de conspiración, agregó—: Ninguno de nosotros sabe quiénes han optado realmente por morir. Eso es parte de la diversión.
—Me imagino —respondió Stephen.
—Ah, tú eres tan presumido —dijo Esme—. Cualquiera diría que eres un actuante.
—¿Un qué?
—Un actuante. Todos somos actuantes u observadores, ¿no es cierto? Pero los actuantes quieren hacer algo —y para ilustrarlo dobló la cabeza, sacó la lengua e hizo ruidos con la garganta como si se estuviese ahogando—. Los observadores, en cambio, sólo han venido por el paseo. ¿Estás seguro de que no eres un actuante?
Michael, que había estado escuchando otra vez, respondió por Stephen:
—¡No es un actuante, te lo aseguro! Es un observador de la peor clase. Se toma todo en serio.
—Bien, ya me han faltado bastante el respeto, los dos —dijo Papá con tono imperioso—. Michael, deja de perseguir a Stephen. Esme dice que lo quiere. Esme, pórtate bien con Michael. Estoy muy contento con él. Y no hace falta que amenaces con desconectarme. Me estoy desconectando solo. Tengo que pensar. —Papá cerró los ojos.
—Bueno —dijo Esme a Michael, que se había parado frente a la cama y trataba de ver hasta dónde podía separar las piernas—, nunca había hecho eso antes. Generalmente tiene tanto miedo de tener miedo al despertar. ¿Qué le dijiste?
—Poco y nada.
—Vamos, Michael, yo te permití entrar, ¿recuerdas?
—Recuerdo. ¿Puedo meterme en la cama contigo?
—Carajo, no —intervino Stephen.
—No es más que un niño —dijo Esme mientras se corría para hacerle lugar a Michael, que se colocó junto a Stephen—. No seas aburrido, tú eres el hombre que amo.
Stephen se acercó a Esme para que Michael pudiera meterse en la cama. Hablaron de la transmigración de las almas. Michael creía firmemente en eso, pero Esme pensaba que era demasiado confuso. Stephen no tenia opinión propia.
Finalmente lograron sacarse de encima a Michael para la hora del almuerzo. Esme parecía contenta de haberse liberado del chico, y pasaron el resto del día descubriendo el barco. Se dieron una zambullida rápida en la piscina, pero el agua estaba demasiado fría y el aire también. Si el dirigible volaba sobre el barco, ellos no lo veían porque el cielo estaba cubierto de pesadas nubes grises. Se cambiaron de ropa, pasearon por la Cubierta de Paseo inferior, que estaba cerrada con vidrio, buscaron los peces voladores que pasaban de vez en cuando, y pasaron una interesante media hora con la mujer de Interfax que los entrevistó. Luego tomaron un refrigerio en el opulento salón de fumar de primera clase. A Esme le encantaron los espejos y los vitrales. Después de explorar las otras dos clases, convenció a Stephen de que jugaran un partido de squash, que Stephen jugaba bastante bien. A la hora de la cena fueron a los lujosos baños turcos de azulejos azules. Estaba vacío y caluroso; hicieron el amor con suavidad en uno de los divanes, y quedaron agotados. Luego volvieron a cambiarse de ropa, bailaron en el salón y comieron algo a última hora en el café.
Stephen pasó la noche con Esme en la suite de ella. Eran aproximadamente las cuatro de la mañana cuando lo despertó una conversación en voz baja. No dio señales de que estaba despierto, fingió seguir durmiendo y escuchó.
—No puedo tomar una decisión —decía Esme mientras se paseaba junto al escritorio donde estaba Papá.
—Sigo asustado —dijo Papá con voz débil—. Dame un minuto, esto fue tan repentino. ¿Dónde dijiste que estoy?
—En el Titanic —respondió Esme con furia—. Y tengo que tomar una decisión. Compréndelo.
—Ya me has dicho muchas veces lo que sabes que tienes que hacer, ¿verdad? —dijo Papá. Su voz sonaba mejor, se le estaba pasando la desorientación—. ¿Ahora cambias de idea?
—Creo que han cambiado las cosas.
—¿En qué sentido?
—Stephen. Él…
—Ah —respondió Papá—. Así que ahora la excusa es el amor. Pero ¿sabes cuánto durará?
—No esperaba conocerlo, sentirme mejor con todo.
—Pasará.
—Pero precisamente ahora no quiero morir.
—Has gastado una fortuna en este viaje, y en mí. Y ahora quieres tirarla a la basura. Mira, lo que sientes por Stephen es bueno, ¿no comprendes? Tu partida de este mundo será más dulce porque eres feliz, estás enamorada, o como quieras llamarlo. Pero ahora quieres borrar todo lo que hemos planeado y quitarte la vida en otro momento, probablemente cuando estés desesperada y desdichada y yo no esté cerca de ti para ayudarte. Quieres morir tan inconscientemente como naciste.
—No es así, papá. Pero yo soy quien elige.
—Ya elegiste, ahora no reniegues de tu elección porque te morirás de golpe como yo.
—Esme, ¿de qué diablos estás hablando? —preguntó Stephen.
Esme se sobresaltó en las penumbras y luego le dijo a Papá:
—Tú hablabas en voz alta a propósito para despertarlo, ¿verdad?
—Tú me hiciste programar para que te ayudara. Te quiero y me preocupo por ti. ¡Eso no puedes cambiarlo!
—Puedo hacer lo que se me antoje —replicó Esme con petulancia.
—Entonces déjame ayudarte, como siempre lo he hecho. Si estuviera vivo y tuviera mi cuerpo te diría exactamente lo que te digo ahora.
—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Stephen.
—Te toma por tonto —respondió suavemente Papá a Stephen—. Te usa porque está asustada. Se aferra a cualquiera que encuentra.
—¿Qué diablos te está diciendo? —preguntó Stephen.
—La verdad —respondió Papá—. Conozco todo lo relativo al miedo, ¿no lo sabías?
Esme se sentó en la cama junto a Stephen y se echó a llorar; luego, como si pasara fácilmente a un nuevo papel, lo miró y dijo:
—Es verdad que programé a Papá para que me ayudara a morir. Papá y yo hablamos de todo esto con gran cuidado, incluso de lo que haríamos si sucedía algo así.
—¿Si te enamorabas y querías seguir viviendo?
—Y ella decidió que en ninguna circunstancia se volvería atrás —dijo Papá—. Había planeado la mejor muerte posible para ella, una muerte para experimentar y disfrutar. Ha renunciado a todo y ha gastado todo su dinero para esto. No tiene un centavo. No puede echarse atrás ahora, ¿verdad, Esme?
Esme se tomó las manos, tragó saliva y miró a Stephen.
—Es así —admitió.
—Pero no estás segura —dijo Stephen—. Es evidente.
—La ayudaré como siempre lo he hecho —replicó Papá.
—Por favor, haz callar a esa cosa —gritó Stephen.
—No es una…
—Por favor —siguió Stephen—, al menos danos una oportunidad.
Eres la primera experiencia auténtica que he tenido jamás, te amo, y no quiero que esto termine…
Papá siguió insistiendo en su punto de vista con elocuencia hasta que Esme lo hizo callar.
El gran barco chocó con un iceberg la cuarta noche del viaje, exactamente un día antes de lo programado. Stephen y Esme estaban junto a la barandilla de la Cubierta de Paseo. Los dos llevaban los atuendos de la década del veinte que proporcionaba el barco: él, pantalones de lana, chaqueta, gorra de automovilista, y sobretodo con capa y bufanda larga; ella, un abrigo de piel, un elegante sombrero estilo «Viuda Alegre», zapatos de taco alto con botón y un traje de dos piezas de terciopelo negro con seda blanca. Estaba encantadora y muy joven, a pesar de la ropa.
—Tíralo —dijo Stephen con tono autoritario—. Ahora.
Esme levantó hasta el pecho la caja de cedro que contenía a Papá, como si estuviera a punto de lanzarla hacia adelante, luego, lentamente, volvió a apoyarla sobre la barandilla.
—No puedo.
—¿Quieres que lo haga yo?
—No veo por qué tengo que tirarlo.
—Porque estamos empezando una nueva vida juntos.
En ese momento alguien gritó, y, como a la distancia, se oyeron tres campanadas.
—¿Puede haber otro barco cerca? —preguntó Esme.
—¡Esme, tira esa caja! —saltó Stephen; luego lo vio. Alejó a Esme de la barandilla. Un iceberg alto como el castillo de proa rozó el costado del barco; la montaña de hielo azulada y brillante parecía otro barco que pasaba, daba la impresión que lo que se movía era el hielo y no el barco. Llovieron pedazos de hielo sobre la cubierta, resbalaron por la madera barnizada, y luego el iceberg se perdió en la oscuridad del lado de la popa. Debía de tener por lo menos treinta metros de alto.
—¡Ah, Dios mío! —gritó Esme, abalanzándose hacia la barandilla.
—¿Qué pasa?
—¡Papá! Lo dejé caer cuando me apartaste del iceberg.
—Es demasiado tarde para eso…
Esme desapareció en medio de la multitud, llamando a gritos a Papá.
Hacía un frío terrible y la Cubierta de los Botes estaba atestada de gente que corría de un lado al otro, gritando, luchando por llegar a los botes y, por supuesto, los que a último momento habían cambiado de idea con respecto a hundirse con el barco, eran los que gritaban más fuerte, esforzándose porque los dejaran subir a los botes. Todavía no habían bajado un solo bote. Había dieciséis botes salvavidas de madera y cuatro Englehardts de tela, los plegables. Pero no podían bajarlos antes de sacar de los pescantes los dos botes de adelante.
—Les avisaremos cuando sea el momento de subir a los botes —gritó un oficial a las familias que se apretaban a su alrededor.
El piso de la Cubierta se inclinaba. Esme se retrasaba, y Stephen no iba a esperarla. A ese paso la proa se hundiría con gran rapidez.
«Debe de estar con Michael», pensó. «El pequeño hijo de puta debe de haberla convencido de que muera».
Michael tenía un camarote de lujo en la Cubierta C. Stephen golpeó, llamó a Esme y a Michael, trató de abrir la puerta, finalmente hizo saltar la cerradura de un puntapié.
Michael estaba sentado en la cama. Su hermana estaba a su lado, muerta.
—¿Dónde está Esme? —preguntó Stephen, asqueado ante el espectáculo de Michael sentado tan tranquilo junto a su hermana muerta.
—Aquí no. Obviamente. —Michael sonrió y contorsionó los labios.
—Por Dios —dijo Stephen—. Ponte el abrigo. Vienes conmigo.
Michael rió y se alisó el pelo.
—Ya estoy muerto, como mi hermana, casi. Yo también tomé una pastilla, ¿sabes?
—Tú eres una criatura…
—Creí que Papá te había explicado todo. —Michael se acostó junto a su hermana y miró a Stephen como un cachorro, con la cabeza ladeada en un ángulo forzado.
—Tú sabes dónde está Esme, entonces, dímelo.
—Nunca la comprendiste. Ella vino aquí a morir.
Un instante después, Michael dejó de respirar.
Stephen buscó por todo el barco, nivel por nivel, se metió en las fiestas donde los que habían elegido morir disfrutaban de los últimos placeres, recorrió los salones donde estaban sentadas las parejas de viejos, esperando el final. Bajó a la Cubierta F, donde había hecho el amor con Esme en el baño turco. El agua le llegaba a las rodillas, estaba verde y jabonosa. Tenía miedo, porque la inclinación era cada vez peor. Veía subir al agua mientras caminaba.
Tenía que subir las escaleras, llegar arriba y salir, subir a un bote salvavidas, alejarse del barco, pero seguía caminando, incapaz de detenerse. Tenía que encontrarla. Hasta podía estar en la Cubierta de los Botes en ese mismo momento, pensó, caminando por un corredor en medio del agua. Pero él debía asegurarse de que no estaba allí.
El baño turco se estaba llenando de agua, y las luces todavía estaban encendidas y producían una iluminación fantasmal. En el lugar flotaban los más diversos objetos: unas chinelas azules, un peine, papeles, cigarrillos, y varios envoltorios plásticos.
En el diván distante estaba Esme, meditando, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre la falda. Llevaba un sencillo vestido blanco. Lleno de felicidad, Stephen le gritó. Ella se estremeció y despertó; parecía desorientada, y sin decir una palabra echó a andar chapoteando en el agua hacia la otra salida, metiendo las manos en el agua como si de esa manera pudiera acelerar el paso.
—Esme, ¿dónde vas? —gritó Stephen, siguiéndola—. No te escapes de mí.
Una explosión los arrojó a los dos al agua y se derrumbó una pared. Una lámina sólida de agua pareció entrar en la habitación, golpeó a Stephen, lo derribó y lo arrastró. Luchó por llegar a la superficie y trató de volver nadando, para encontrar a Esme. Se desprendió una lámpara del techo, y cayó rozándolo.
—¡Esme! —gritó, pero no la veía, y de pronto tragó agua. Comenzó a nadar, mientras la corriente lo arrastraba por un corredor apartándolo de ella.
Finalmente Stephen pudo agarrar una barandilla de hierro y subir a un lugar seco. Hubo otra explosión, el suelo se inclinó. Stephen miró el agua que llenaba el corredor, el baño turco, la cubierta entera, y llamó a gritos a Esme.
El barco se estremeció, luego todo quedó inmóvil. En los grandes salones las arañas colgaban en los ángulos; las mesas y las sillas resbalaban por el suelo y parecían alinearse frente a las paredes como animales de madera. Las luces seguían encendidas, como si todo estuviera bien excepto la gravedad, que estaba haciendo travesuras. Stephen caminaba y trepaba, seguido por el mar, como en un sueño.
Aterido, se encontró nuevamente en la Cubierta de los Botes. Parte de la cubierta estaba ya sumergida. Casi todo el mundo se había trasladado al otro lado, subiendo la cuesta mientras la proa se hundía cada vez más en el agua. Los botes habían desaparecido, y la tripulación también. Había algunos hombres y mujeres en el techo del sector de oficiales. Trabajaban intensamente, tratando de lanzar los plegables C y D, su única posibilidad de ponerse a salvo alejándose del barco.
—Es mejor que nada —gritó una mujer, y ella y sus amigos saltaron tras el bote.
Stephen temblaba de frío, todavía no se decidía a saltar al agua de menos de cero grado de temperatura, aunque sabía que no quedaba mucho tiempo, y que tenía que apartarse del barco antes de que se hundiera. Todo lo que estuviera en el barco o cerca de él sería succionado hacia el fondo. Cruzó a la zona de estribor, donde algunos otros hombres trataban de empujar el bote hasta el borde de la cubierta. El gran barco se inclinaba pesadamente a babor.
Esa vez Stephen simplemente se puso a trabajar con los demás. Nadie se quejaba. Estaban tratando de deslizar el bote sobre el borde en las planchadas. Todas esas personas parecían estar en excelente estado físico… Stephen observó que alrededor de la mitad eran mujeres que llevaban los mismos abrigos que los hombres. Eso era un juego para todos ellos, sospechó Stephen, y se divertían. Cada uno trataba de vencer al destino, de una u otra manera; el atractivo estaba en ganarle a la suerte, optar por morir y sin embargo sobrevivir.
Pero enseguida el puente se hundió bajo el agua.
Hubo un terrible estallido y Stephen resbaló por el piso mientras todo se inclinaba. «¡Se hunde!», gritó alguien. Así era: la proa del barco se elevaba bruscamente. Las luces parpadearon. Hubo un rugido y se rompieron las entrañas del barco, las cadenas de las anclas, las gigantescas máquinas y calderas. Cayó una de las enormes chimeneas negras y se hizo pedazos en el agua en medio de un montón de chispas. Pero el barco seguía brillantemente iluminado, cada ojo de buey parecía estar en llamas. La cofa para el vigía que Stephen veía frente a él estaba casi sumergida, pero Stephen nadó hacia ella. Luego reaccionó y trató de apartarse del barco, pero era demasiado tarde. Se sintió chupado hacia atrás, hacia abajo. Iba a ser arrastrado al ventilador, que estaba frente a la chimenea de adelante; jadeó, tragó agua, y sintió el tejido metálico, la parrilla que lo salvaba de ser succionado hacia adentro. Contuvo la respiración desesperadamente.
Las aguas se alborotaban a su alrededor, y luego hubo otra explosión. Stephen sintió calor en la espalda, mientras una vaharada de aire caliente lo empujaba hacia arriba. Luego fue expulsado al aire helado. Nadó con todas sus fuerzas, apartándose del barco, de los estallidos y los golpes del vidrios y la madera, de los restos de sillones, planchadas, sogas, y especialmente de otras personas que gemían, gritaban y trataban de aferrarse a él como a una boya y de arrastrarlo hacia abajo con el barco que se hundía.
Siguió nadando y oyó voces cerca y vio una forma oscura. Por un momento no supo qué era, luego se dio cuenta de que estaba cerca de un bote dado vuelta, el plegable que había visto lanzar al agua. Había casi treinta personas, hombres y mujeres, parados sobre el bote. Stephen trató de subir a bordo y alguien le gritó: «¡Nos hundirás, ya somos demasiados!». Una mujer trató de golpear a Stephen con un remo, y por poco logró darle en la cabeza. Stephen nadó hacia el otro lado del bote. Se aferró otra vez, encontró el pie de alguien, y recibió un puntapié que volvió a arrojarlo al agua.
—Ven —dijo un hombre—, tómate de mi brazo y te ayudaré a subir.
—¡No hay lugar! —gritó otro.
—Hay bastante lugar para uno más.
El bote comenzó a balancearse.
—Caeremos todos al agua si seguimos así —gritó el hombre que sostenía a Stephen a bordo. Se paró junto a los otros; realmente apenas había lugar. En ese momento todos formaron una doble fila, frente a la proa, y se inclinaban en dirección opuesta al oleaje, todos rogando por vivir, por tener una última oportunidad. Mirando hacia donde antes estaba el barco, Stephen pensó en Esme. No toleraba imaginarla muerta, flotando en los corredores del barco.
Se oía muy bien a los que estaban en el agua; en realidad los llamados parecían magnificados, como para ser oídos claramente por todos los que estaban a salvo como castigo por pasados pecados.
—Somos todos los que elegimos morir —dijo una mujer parada junto a Stephen—. Estoy segura de que nadie vendrá a rescatarnos antes del amanecer, cuando tengan que recoger a los sobrevivientes.
—Seremos los últimos que recojan, si es que piensan recogernos.
—Los que están en el agua han pagado por algo y tienen que recibirlo. Y como nosotros optamos por la muerte…
—Yo no —respondió Stephen, hablando casi para sí.
—Bien, la tendrás de todas maneras.
Stephen estaba tieso, pero ya no sentía frío. Como desde lejos oyó el ruido de alguien que caía al agua desde el bote, que se hundía muy lentamente a medida que el aire escapaba bajo el casco. Por momentos el agua le llegaba a las rodillas, pero sin embargo ni siquiera temblaba. El tiempo se distendía o se contraía. Lo medía por el ruido que hacían sus compañeros al caer por la borda. Se oyó llamando a Esme, tal vez para despedirse, tal vez para encontrarse con ella.
Al amanecer, Stephen estaba tan desequilibrado por el frío que creía estar en tierra, porque el mar estaba lleno de restos… corcho, sillones, cajas, pilastras, alfombras, madera tallada, ropas, y por supuesto los cadáveres de los desafortunados que no habían podido o no habían querido sobrevivir… y los grandes icebergs y los más pequeños, llamado growlers, parecían acantilados y laderas de montañas. Los icebergs era brillantes y de muchas tonalidades, como si los hubiera pintado algún melancólico Gauguin del Norte.
Se oyó la voz ronca de una mujer que decía: «¡Está bajando, está bajando!». El dirigible, que parecía una gran ballena blanca, parecía descender hacia su elemento más natural, el agua, y no el aire puro y frío. Los motores eléctricos no se oían.
A la distancia Stephen veía los otros botes. Pronto la nave comenzaría a rescatar a los que estaban en los botes, que en ese momento se hallaban atados entre sí, arracimados. Mientras dejaba vagar sus pensamientos y se le humedecían los ojos por el reflejo del sol, vio un trozo de roble tallado que aparecía y desaparecía del agua cerca del bote. Allí en la caja destapada, con los ojos cerrados, flotaba Papá. Papá abrió los ojos y miró a Stephen. Stephen gritó, perdió el equilibrio y se hundió como un cuchillo en las aguas heladas y negras.
El salón Laurel del dirigible California estaba oscuro y lleno de sobrevivientes. Algunos estaban sentados en las sillas tapizadas en tela floreada; otros se paseaban por el salón. Pero todos miraban los tapes holográficos de tamaño natural del Titanic. Las imágenes llenaban el espacioso ámbito.
Stephen estaba de pie, al fondo, apartado de los otros que aplaudían cada vez que había un primer plano de alguien que saltaba al agua. Se arrebujó en su abrigada manta y se estremeció. Hacía veinticuatro horas que estaba en el dirigible, y todavía estaba aterido. Un hombre de la tripulación le dijo que eso se debía a las inyecciones que le habían dado al subir al dirigible.
Hubo otra ovación y, horrorizado, vio que lo ovacionaban a él. Se vio succionado por el ventilador y luego lanzado hacia arriba hasta la superficie. Le dolía el cuerpo por los golpes. Pero se había salvado. Sobrevivió y la experiencia había sido real. Valía la pena por eso, pero Esme…
—La tuya fue una de las experiencias más interesantes —le dijo una mujer tocándole la mano. Stephen retrocedió y ella se encogió de hombros, y luego se apartó de él.
—Quiero presentar una queja —dijo un hombre corpulento con ropa de época a uno de los oficiales del Titanic, que estaba de pie junto a Stephen bebiendo un cóctel.
—¿Si?
—Me salvaron contra mis deseos. Hice este viaje específicamente para lanzarme contra los elementos.
—¿Firmó su renuncia a nuestra protección?
—No sabía que había que firmar nada.
—Toda esa información se dio —dijo el oficial con indiferencia—. Los pasajeros que realmente se han comprometido a aceptar el riesgo firman, y los dejamos librados a sus propios medios. En los demás casos somos responsables de la vida de cada pasajero.
—Lo mismo habría dado que saltara al océano al comienzo y me rescataran —repuso el pasajero con amargura.
El oficial sonrió.
—La mayoría de los pasajeros prefiere ponerse a prueba el mayor tiempo posible. Pero si quiere presentar una queja formal…
El pasajero se alejó, furioso.
—El hombre trata de defender su amor propio —explicó el oficial a Stephen—. Pero usted tuvo un trayecto interesante. Nos sobresaltó mucho; pensábamos que iba a subir a un bote salvavidas con los demás, pero desapareció debajo de la cubierta. Fue un poco más difícil controlarlo, pero nos arreglamos… ésa es la diversión para nosotros. Nunca estuvo en peligro, por supuesto. Bien, tal vez un poquito.
Stephen estaba consternado. Sentía que sus experiencias habían sido reales, que realmente se había salvado solo. Pero nada había sido real. Sólo Esme…
Y entonces la vio entrar en el salón.
—Esme… —No podía creerlo—. ¡Esme!
Ella fue hacia él y le sonrió como cuando se vieran por primera vez. Llevaba una caja de cedro dañada por el agua.
—Hola, Stephen. Qué increíble, ¿no?
Stephen la estrechó entre sus brazos, pero ella no respondió. Esperó un tiempo razonable, y luego se apartó.
—Y mira —dijo—, hasta encontraron a Papá. —Abrió la caja y se lo mostró.
Papá parpadeó y abrió los ojos. Por unos momentos su mirada fue vaga y descentrada; luego fijó los ojos en Esme y se puso alerta.
—Esme… —dijo con tono incierto, y sonrió—. Esme, qué sueño extraño tuve. —Rió—. Que era una cabeza en una caja…
Esme cerró la caja de un golpe.
—¿No es maravilloso? —comentó. Dio unos golpecitos a la caja y sonrió—. Casi me convenció de que siguiéramos hasta el final, esta vez.